|
Capítulo 2
La Doctrina Bíblica de la
Santidad
La fuente original de la
enseñanza de la santidad cristiana, y la única con autoridad, es la Palabra escrita de
Dios. Hay razones por las que las Escrituras son llamadas la Santa Biblia. La Biblia es un
libro de santidad.
El obispo Foster nos dio la
descripción clásica sobre este particular:
La santidad late en la
profecía, ruge en la ley, murmura en los narrativos, susurra en las promesas, suplica en
las oraciones, irradia en la poesía, resuena en los salmos, musita en los tipos,
resplandece en las imágenes, enuncia en el lenguaje, y quema en el espíritu de todo el
sistema, desde el alfa hasta la omega, desde el principio hasta el fin. ¡La santidad!
¡La santidad necesaria! ¡La santidad requerida! ¡La santidad ofrecida! ¡La santidad
posible! ¡La santidad, un deber presente, un privilegio actual, un gozo presente, es el
progreso y complemento de su maravilloso tema! Es la verdad brillando por doquiera,
mezclándose por toda la revelación; la verdad gloriosa que irradia, susurra, canta y
grita en toda su historia, biografía, poesía, profecía, precepto, promesa, y oración;
la gran verdad central de todo el sistema. Lo sorprendente es que no todos la vean, que no
todos la consideren, y que haya algunos que se levanten a poner en tela de duda una verdad
tan conspicua, tan gloriosa y tan llena de consuelo.1
A. RAICES
DE LA DOCTRINA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
El énfasis que se le ha
dado recientemente a la teología bíblica ha resultado en la producción de varios
excelentes estudios de la teología del Antiguo Testamento. Esto a su vez ha añadido
considerablemente al caudal de nuestra comprensión de lo que el Antiguo Testamento
enseña acerca de la santidad, particularmente respecto a la revelación de la santidad de
Dios en las Escrituras del viejo pacto.
1. La santidad de Dios
La teología bíblica ha
demostrado conclusivamente que la santidad no es meramente uno de los atributos de
Dios, y ni siquiera el atributo principal. Representativa de la mejor erudición bíblica
es la posición de Edmond Jacob, quien escribe: La santidad no es una cualidad
divina entre otras, y ni siquiera la principal de todas ellas, puesto que expresa lo que
es característico de Dios y corresponde precisamente a su deidad.2 La
siguiente observación de Snaith apoya la posición de Jacob:
Cuando el profeta Amós
declara (4:2) que Jehová... juró por su santidad, quiere decir que
Jehová ha jurado por su Deidad, por Sí mismo como Dios, y el significado es, por lo
tanto, exactamente el mismo de lo que leemos en Amós 6:8, donde el profeta dice:
Jehová el Señor juró por sí mismo.3
Un estudiante de la
literatura rabínica observa que el nombre que con más frecuencia usan los rabinos para
Dios es el Santo.4 Esto es una reflexión del nombre profético de
Dios, que es el Santo de Israel.5 Aulén afirma que la
santidad es el cimiento sobre el que descansa el entero concepto de Dios.
Además, le da un tono
específico a cada uno de los diversos elementos en la idea de Dios, y los hace parte de
un concepto, o percepción, más completo de Dios. Cada declaración acerca de
Dios, sea en referencia a su amor, su poder, su justicia
deja de ser una afirmación
acerca de Dios cuando no es proyectada sobre el fondo de su santidad.6
La palabra hebrea que
traducimos en santidad es qodesh, la que, con sus cognadas aparece más de 830
veces en el Antiguo Testamento. Los eruditos encuentran tres significados fundamentales en
qodesh: (1) Frecuentemente connota la idea de irrumpir con esplendor.
Así, un erudito escribe: No hay una distinción clara entre santidad y
gloria.7 (2) La palabra también expresa una cortada, una separación,
una elevación. (3) Es probable que qodesh haya venido de dos raíces, una de las
cuales significa nuevo, fresco, puro. La santidad
significa pureza, ceremonial o moral. La pureza y la santidad son, prácticamente,
sinónimas.
Como Dios, el Señor refulge
con una gloria peculiar a Sí mismo. Él se manifestó en la zarza ardiente,
en la columna de fuego, y en el Sinaí rodeado de humo. Refiriéndose al tabernáculo,
Dios dijo: El lugar será santificado con mi gloria (Éx. 29:43). En
cuanto al culto declaró: En los que a mí se acercan me santificaré, y en
presencia de todo el pueblo seré glorificado (Lv. 10:3). La narración de la
majestuosa visión de Isaías dice: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos;
toda la tierra está llena de su gloria (Ls. 6:3).
Como Dios, el Señor está separado,
aparte, de toda la creación. La santidad es la naturaleza misma de lo divino, de lo
que caracteriza a Dios como Dios, y de lo que motiva la adoración del hombre. Dios es el
Completamente Otro, y se levanta enteramente aparte de todos los demás
dioses, los que por cierto son imaginarios. No hay santo como Jehová; porque no hay
ninguno fuera de ti (1 S. 2:2). La santidad de Dios significa su diferencia, su
carácter único como Creador, Señor y Redentor. Solamente Aquel que puede decir:
Yo soy el Señor, y aparte de mí no hay salvador alguno puede ser el
Santo de Israel.8 Sin embargo, su trascendencia, o su separación
no significan que sea remoto. Dios fue trascendente desde el principio puesto que
era diferente del hombre, pero no era trascendente en el sentido de que fuese remoto del
hombre. Dios soy, y no hombre, el Santo en medio de ti, Oseas 11:9...
La trascendencia no significa que sea remoto. Significa otridad.9
Como Dios, el Señor es pureza
sublime. Es imposible que el Santo tolere el pecado. En Génesis lo vemos preocupado
por la mala imaginación, los designios de los pensamientos de la humanidad (Gn. 6:1-6).
La santidad de Dios es trastornada por la perversidad crónica del corazón del hombre
(Jer. 3:17,21; 17:9-10). Los ojos divinos son demasiado limpios para ver el
mal (Hab. 1:13). Recordemos que cuando el profeta Isaías captó un mero destello de
la santidad de Dios, gimió: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre
inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis
ojos al Rey, Jehová de los ejércitos (Is. 6:5). Más adelante en su profecía
Isaías declara: ¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? ¿Quién de
nosotros habitará con las llamas eternas? (Is. 33:14). La santidad de Dios es un
fuego devorador: ¡o purgará nuestro pecado, o nos destruirá con él! Es tal como
Jesucristo advirtió: Todos serán salados con fuego (Mr. 9:49). Podemos
escoger entre el fuego refinador que nos hace santos (Mal. 3:2-3) y la ira que nos
destruye (Mal. 4:1).
2. Santificación
Seréis santos, porque
santo soy yo Jehová vuestro Dios (Lv. 19:2). Este mandato se refiere tanto a la
moral como al ritual, tal como resulta evidente al leer el código de santidad (Lv.
1726). En los primeros días de la historia de Israel los elementos ritualísticos o
del culto eran sobresalientes, pero los elementos éticos estaban también presentes. En
los profetas, los motivos morales y éticos de la santidad eran los temas dominantes, pero
el ritual no se perdió de vista enteramente. Si bien es cierto que la doctrina de
la santidad de Israel al principio describía un estilo de vida en el que los elementos
ritualista y ético se mezclaban al grado que no podían ser reconocidos, hacia el fin, la
doctrina denotaba un estilo de vida en el que los dos todavía estaban mezclados, pero en
el cual la ética era el elemento esencial y sobresaliente.10
La palabra hebrea que
traducimos en santo generalmente se interpreta como separado,
apartado. Pero este es sólo su segundo significado, que se deriva del propósito de
aquello que es santo. Su significado primordial es ser espléndido, bello, puro y libre de
toda contaminación. Dios es santo como Aquel que es absolutamente puro,
resplandeciente y glorioso. Por ende, el símbolo de ello es la luz. Dios habita en una
luz inaccesible.... E Israel había de ser un pueblo santo, como si estuviera morando en
la luz, merced a su relación de pacto con Dios.
Lo que hizo que Israel
fuese un pueblo santo no fue el hecho de que fuera seleccionado de entre todas las demás
naciones, sino la relación con Dios que tal selección hizo posible para el pueblo. El
llamado de Israel, su decisión y su selección, fueron sólo los medios. La santidad
misma había de ser lograda, o alcanzada por medio del pacto, que proveía el perdón y la
santificación, y en el cual Israel sería guiado hacia adelante y hacia arriba, mediante
la disciplina de la ley y la dirección del brazo santo de Dios. De modo que, si Dios
manifestó la excelencia de su nombre en la creación, el camino de su santidad estaba en
Israel.11
Bowman hace una distinción
entre los significados profético y sacerdotal de la santidad. La idea sacerdotal es la de
ser apartado, dedicado, separado. Lo santo es aquello que ha sido separado
para Dios. En este sentido, el templo, el sacerdocio, el diezmo, el día de descanso,
toda la nación, eran santos. La idea profética es ética, tal como la vemos
en Isaías 6 y Malaquías 3. Ambos significados combinan, como ya hemos visto, el
código de santidad de Levítico 19, cuya culminación sublime es un pasaje
ético que reza: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová (véanse
vv. 9-18). El Nuevo Testamento, finalmente recoge sólo el lado profético del
término y lo perpetúa. Todos los cristianos han de ser santos
(llamados a ser santos, Ro. 1:7), o sea, éticamente santos, separados,
consagrados al servicio de Dios (Mr. 6:20; Jn. 17:17; Ap. 3:7), para que puedan tener
compañerismo con el Santo (Hch. 9:13; Ro. 1:7; He. 6:10; Ap. 5:8)12
Walter Eichrodt establece
el mismo concepto al escribir: El elemento decisivo en el concepto de la santidad resulta
ser el de pertenecerle a Dios... (Pero) el hombre que le pertenece a Dios debe poseer una
clase especial de naturaleza, la cual al incluir al mismo tiempo la pureza externa e
interna, ritual y moral, corresponderá a la naturaleza del santo Dios.13
La visión de Isaías en el
templo revela con claridad la naturaleza ética de la santidad tal como se relaciona a la
experiencia humana. La santidad de Dios se comunica a sí misma al adorador y se vuelve un
fuego santificador que purga la naturaleza interior. El resultado de la purificación del
corazón de Isaías fue la afirmación y la expansión de su misión profética.
Jehová de los ejércitos será exaltado en juicio, y el Dios santo será
santificado con justicia (Is. 5:16).
3. Perfección
En la predicación de los
profetas la santidad de Dios se vuelve una demanda de justicia personal y de justicia
social. Es en esta combinación de santidad y justicia que el llamado de Dios a la
perfección puede entenderse.
De Dios se ha dicho,
perfecto es su camino (Sal. 18:30), pero el hombre que teme a Dios debería
también, en efecto, caminar con Dios en este camino perfecto
(Sal. 18:32; 101:2, 6). Una revelación de Dios incluye un reconocimiento de su santidad
única. Esto a su vez pone en manifiesto la falta de santidad del hombre, su
pecaminosidad, cuánto necesita la misericordia. La santificación es el acto
de gracia de Dios que hace que el pecado sea removido, y que logra la
conformidad de hombres obedientes a la perfección de Dios en justicia. La consecuencia de
esta secuencia es la perfección del hombre en santidad.14
El término hebreo que
traducimos en perfección significa plenitud, justicia, integridad, libertad de
mancha o culpa, paz perfecta. Una manera de expresar la idea en el Antiguo Testamento era
la expresión metafórica de caminar con Dios en fidelidad y compañerismo.
Enoc caminó con Dios (Gn. 5:22, 24). En Hebreos 11:5, la idea se expresa
diciendo que Enoc tuvo testimonio de haber agradado a Dios. De Noé leemos que
con Dios caminó (Gn. 6:9), en contraste a sus vecinos. El mandato que Abram
recibió fue: Anda delante de mí y sé perfecto (Gn. 17:1).
Además de ser una excelente
producción poética sobre el tema del sufrimiento inmerecido, el libro de Job es un
tratado sobre la perfección. En este libro Job es presentado como un hombre
perfecto y recto (que es una traducción literal del original), y temeroso de
Dios y apartado del mal (Job 1:1). Satanás admite, muy a su pesar, tal
descripción, pero los amigos de Job la rechazaron. Si bien el problema del
mal queda sin contestación, Job resulta vindicado. En el prólogo del libro, Satanás
admite que Job es un hombre justo, pero es cínico en cuanto a los móviles del patriarca,
e insiste en que su justicia resulta de su deseo de ser próspero materialmente. Quítese
este factor, o ganancia, demanda Satanás, y veremos cuán pronto se rebela Job. Pero Job
pasa airoso la prueba y de esa manera justifica la aseveración de Dios de que la justicia
de su siervo es sincera, y por ende genuina. La perfección de Job era un asunto de móvil,
de su amor desinteresado a Dios. El corazón de Job era perfecto delante de
Dios porque su intención era pura. Esta es la idea básica de la perfección en el
Antiguo Testamento.
Excepción hecha del
Decálogo, es probable que ningún otro pasaje del Antiguo Testamento haya influido más
en el pueblo judío que el Shema, que ha sido llamado el credo de Israel: Oye,
Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu
corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas (Dt. 6:4-5). Se declara que el
amor es el móvil por el que el Señor escogió a Israel, y que el amor, demostrado por la
obediencia, ha de ser la respuesta de Israel a ese amor (Dt. 7:6-11). Para hacer posible
esta perfección en amor, debe haber una extirpación o excisión de la perversidad.
Pero si la necesidad es
grande, la provisión es cabal: Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el
corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con
toda tu alma, a fin de que vivas (Dt. 30:6). Esto se convierte en la gran doctrina
nuevotestamentaria de la circuncisión del corazón por el Espíritu Santo (Ro. 2:29; Col.
2:12). ¡Mediante la circuncisión del corazón y la extirpación del pecado original, el
amor perfecto es hecho posible para el pueblo de Dios! Esta es la doctrina de Juan Wesley
de la perfección cristiana (véase el c. 1).
B. LA
DOCTRINA DEL NUEVO TESTAMENTO
1. La promesa del Pentecostés
¿Podían los hombres ser
santos antes del tiempo de Cristo? La experiencia de Isaías en el templo es una respuesta
afirmativa refulgente. Era posible alcanzar la perfección bajo el Antiguo Pacto. Pero el
privilegio de una visión santificadora del Señor sólo era dada a los miembros de una
aristocracia espiritual; los soldados de fila, casi la totalidad de los israelitas,
estaban encerrados bajo la ley, y vivieron en el valle de fracasos repetidos (He. 10:1-4;
véase también Ro. 7:7-25). Antes de que todos pudiesen experimentar la libertad del
pecado, y la perfección en amor, era necesario que interviniera un derramamiento
espiritual sobre el pueblo de Dios. Esta efusión del Espíritu de Dios era lo que los
profetas anticipaban intensamente.
A través de Jeremías, Dios
había declarado en cuanto a ese día: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en
su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará
más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque
todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande (Jer.
31:33-34).
Ezequiel hizo una profecía
casi idéntica: Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados... Os
daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros... Y pondré dentro de
vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos (Ez. 36:25-27).
Refiriéndose al mismo día,
Jehová declara a través de Joel: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne
(Jl. 2:27-29). Es muy significativo que los rabinos judíos interpretaron estas promesas y
otras parecidas como que describían una actividad santificadora futura del Espíritu de
Dios que caracterizaría a la edad mesiánica. Un ejemplo típico de la literatura
rabínica sobre este particular es la forma en que S. Simeón b. Johai interpreta la frase
de Ezequiel; reza: Y Dios dice, En esta edad, porque el impulso malo existe en
ustedes, han pecado contra mí; pero en la edad venidera lo extirparé de
ustedes.15
El texto de santidad más
importante del Nuevo Testamento es la declaración de Simón Pedro el día de
Pentecostés: Mas esto es lo dicho por el profeta Joel
(Hch. 2:16 y
ss.). El derramamiento del Espíritu, por tanto tiempo esperado, había acaecido. La era
del Espíritu que Ezequiel había anticipado estaba ya aquí. La profecía de Jeremías se
había vuelto parte de la historia, tal como el escritor de Hebreos declara: Porque
con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Y nos atestigua lo
mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho: Este es el pacto que haré con
ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, y en
sus mentes las escribiré, añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y
transgresiones (He. 10:14-17).
Sería difícil exagerar la
importancia de esta verdad. Lejos de ser algo en la periferia, la santificación está en
el corazón mismo del Nuevo Pacto. Al pregonar la venida del Mesías, de quien era
predecesor, y haciendo eco de las palabras de Malaquías, Juan el Bautista declaró:
Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero... él os bautizará en
Espíritu Santo y fuego (Mt. 3:11, 12).
Este... es el énfasis
constante del Nuevo Testamento: la obra, la presencia, la pureza, el poder del
Espíritu Santo. Dispensacionalmente todo había de culminar en Él y con Él. Su venida
al corazón del creyente individual, y su resultante presencia purificadora y
capacitadora era la realización final de las edades.16
Juan Wesley vio esto
claramente, y lo expresó así en Una clara explicación de la perfección cristiana:
Los privilegios de los
cristianos no pueden en manera alguna ser medidos por lo que el Antiguo Testamento dice
respecto a los que vivieron bajo la dispensación judía, puesto que la plenitud del
tiempo ha llegado, el Espíritu Santo ha sido dado, y esa grande salvación ha
sido ya ofrecida a los hombres por la revelación de Jesucristo.17
2. El significado de la santificación
La doctrina del Nuevo
Testamento es edificada sólidamente sobre el cimiento de la enseñanza del Antiguo
Testamento. Un repaso cuidadoso de las referencias nuevotestamentarias sobre el asunto
indica que, si bien es cierto que la enseñanza profético-ética es dominante, el
significado ritualista y religioso ha sido preservado.
De la iglesia cristiana se
dice que es una nación santa, cuyos habitantes constituyen un real
sacerdocio (1 P. 2:9-10). Otra descripción es que los cristianos son un
templo santo (1 Co. 3:17; Ef. 2:21; véase 1 P. 2:5). Por esta razón, todos
los cristianos son santos, título que se encuentra sesenta y seis veces. Pero
con aun mayor énfasis que en el Antiguo Testamento, la santidad del culto demanda pureza
ética: Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en
toda vuestra manera de vivir (1 P. 1:15). La santificación implícita debe volverse
explícita al saturar y hacer santas todas las partes de la vida.
La idea central del
cristianismo es la purificación del corazón de todo pecado, y su renovación a la imagen
de Dios. Al interpretar hagiazo (el verbo griego que significa santificar), Thayer
incluye dos clases de purificación: (1) purificar por expiación, librar de la
culpa del pecado; (2) purificar interiormente por la reforma del alma.
Esto corresponde a las dos épocas que llamamos justificación (con el nuevo nacimiento) y
entera santificación.
Con la justificación y la
regeneración hay la purificación por expiación de la culpa del pecado (1
Co. 6:11; Stg. 4:8a). Wiley se refiere a esto como la purificación de la depravación adquirida.18
Mediante el lavamiento de la regeneración (Tit. 3:5) la contaminación
resultante de nuestros pecados es quitada, y nosotros somos hechos limpios
(Jn. 15:3). Esta es la razón por la cual se dice que la santificación principia en la
regeneración.
Negativamente, la entera
santificación purifica el corazón de la raíz o presencia del pecado, logrando o
efectuando una devoción completa (de un solo ánimo) a Dios (Jn. 17:17, 19; Ef. 5:26; 1
Ts. 5:23; Stg. 4:8b). La entera santificación no es tanto un estado como una condición
preservada de momento en momento, conforme andamos en la luz (1 Jn. 1:7).
Positivamente, la
santificación es la restauración de la imagen moral de Dios en la justicia y
santidad de la verdad (Ef. 4:24). Esta santificación positiva incluye una obra
progresiva, que es iniciada en la regeneración, acelerada por la purificación del
corazón y el ser llenos con el Espíritu, y consumada en la glorificación. El proceso es
bellamente descrito por Pablo con las siguientes palabras: Por tanto, nosotros
todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos
transformados de gloria en gloria en la misma imagen (2 Co. 3:18).
a.
La
santificación como un proceso total. La palabra hagiasmos aparece diez
veces en el Nuevo Testamento y es traducida santificación en cada caso por la
Revisión de Valera (60) y por muchas otras versiones. La palabra denota estado,
pero no ese estado oriundo del sujeto, sino el que resulta de cierta acción y cierto
progreso.19 El significado amplio de hagiasmos, que describe e incluye el
proceso total de la santificación, es indicado en 1 Co. 1:30; 2 Ts. 2:13 y He. 12:14.
Viéndola éticamente, la
salvación es santificación: al hacer santas nuestras vidas por el Espíritu
santificador. De principio a fin, nuestra santificación personal es su obra de gracia en
nosotros. Esta santificación es toda una pieza, una continuidad de gracia
llevada adelante por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, escribió Juan
Wesley, no sólo es santo en Sí mismo, sino también la causa inmediata de toda
santidad en nosotros.
b.
Santificación
inicial. La santificación principia en la regeneración. La nueva vida impartida por
el Espíritu Santo es un principio de santidad. El amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado (Ro. 5:5). Al escribirle
a los cristianos corintios, Pablo dijo: ¿No sabéis que los injustos no heredarán
el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni
los afeminados... heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados,
ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre
del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Co. 6:9-11). En su sermón
El Pecado en los Creyentes, Wesley dice lo siguiente sobre ese pasaje:
Ya habéis sido
lavados, dice el Apóstol, ya habéis sido santificados, lo que
significa, que habían sido purificados de la fornicación, la idolatría, la
borrachera y toda otra forma de pecado externo; y sin embargo, al mismo
tiempo y en otro sentido de la palabra, no eran santificados, no eran lavados, internamente,
de la envidia, de pensar mal, de la parcialidad.20
Por lo tanto nosotros
hablamos de la santificación inicial diciendo que es parcial en vez de completa, o
entera. Este último término, dice Wesley, no es indefinido, en el sentido de que
no denote la purificación en grado mayor o menor de la contaminación del pecador. Es un
término definido, y se limita estrictamente a esa culpa y depravación adquirida
resultante de pecados cometidos, de los cuales el pecador mismo es responsable.21
La exhortación de Pablo en
2 Corintios 7:1 es otro pasaje donde también se implica la santificación inicial o
parcial. El Apóstol escribe: Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas,
limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad
en el temor de Dios. Este versículo aboga por ambas, la santificación inicial
y la entera santificación. Los corintios habían de perfeccionar, o de hacer que fuese
completa una santidad que (entonces) sólo era parcial.
c.
Entera
santificación. Si bien muchos pasajes del Nuevo Testamento implican la doctrina de la
entera santificación, muchos otros parecen demandarla; entre éstos citamos Juan 17:17,
19; Romanos 6:12-13; 12:1-2; 2 Corintios 7:1; Efesios 1:4; 5:26; 1 Tesalonicenses 5:23;
Tito 2:14, y tal vez Hebreos 13:12. Los límites de esta obra no permiten incluir una
exégesis de todos estos pasajes, pero unos cuantos comentarios son esenciales.
En Romanos 6, Pablo exhorta
a sus lectores que han muerto al pecado y que han sido resucitados a novedad de vida
(6:1-10), a que hagan tres cosas: (1) a que se consideren a sí mismos como aquellos que
en efecto murieron con Cristo al pecado, y a través de Él fueron hechos vivos a Dios
(6:11); (2) a que dejen, o desistan de poner los miembros de su cuerpo a la disposición
del pecado (6:12); y, (3) a que se entreguen, o se presenten a sí mismos ante Dios
como personas que han muerto y han vuelto a vivir (6:13, VP).
La relación de este acto de fe obediente a la verdadera santificación se indica en el
versículo 19: Así como antes entregaron su cuerpo al servicio de la impureza y de
la maldad, para hacer la maldad, así entreguen ahora su cuerpo al servicio de la vida
recta, con el fin de vivir completamente consagrados a Dios (VP; empero una
versión correctamente traduce esto último, para santificación). Romanos 12:1-2 repite
la misma exhortación a una consagración completa o total, para una santidad completa.
Efesios 5:25-27 marcha en la
misma dirección: Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para
santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de
presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa
semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Cristo se entregó a Sí mismo para
santificar la iglesia, que ya ha tenido el lavamiento de la regeneración. El
versículo 24 nos informa que esta santificación logra la condición de estar sin
mancha postulada en 1:4.
En 1 Tesalonicenses, Pablo
se regocija porque sus convertidos habían recibido el evangelio en poder, en el
Espíritu Santo y en plena certidumbre (1:5); pero su oración por ellos es que su
fe sea perfeccionada (3:10), con el fin de que Dios afirmara sus corazones,
irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor
Jesucristo (3:13). Pablo procede a recordarles a sus lectores que su santificación
es la voluntad de Dios y el llamado a aquellos a quienes ya les ha dado el Espíritu Santo
(4:3-8). La culminación de su apelación se halla en 5:14-24. El propósito de toda la
epístola se expresa en los versículos 23 y 24, que rezan:Y el mismo Dios de paz os
santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado
irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el
cual también lo hará. El adverbio traducido por completo es la palabra
griega más fuerte que Pablo pudo haber usado. Es un término compuesto, que significa
enteramente y perfectamente. Morris escribe lo siguiente acerca de
la oración del Apóstol:
La oración es que Dios os
santifique por completo. Hay un aspecto de nuestra parte en la santificación
puesto que se nos pide que rindamos nuestra voluntad para hacer la voluntad de Dios. Pero
el poder manifestado en la vida santificada no es humano sino divino, y la oración de
Pablo se expresa de esa manera en armonía con ello. En el sentido más profundo, nuestra
santificación es la obra de Dios dentro de nosotros. La obra puede ser atribuida al Hijo
(Ef. 5:26) o al Espíritu (Ro. 15:16), pero en cualquier caso es divina, La palabra
traducida por completo es excepcional, holoteleis, y sólo aquí se
encuentra en el Nuevo Testamento. Es una combinación de las ideas de estar completo y de
ser entero, y Lightfoot sugiere que se podría traducir así: que Él os santifique
para que podáis estar completos.22
La segunda parte de esta
petición muestra que Pablo está pronunciando una oración a fin de que el hombre
completo intacto en todas sus partes sea preservado santo e irreprensible
hasta la Parousía. La fidelidad de Dios, escribe Morris, es la
base de nuestra certidumbre de que la oración ofrecida será contestada.23
3. Perfección cristiana
Perfección cristiana y
entera santificación son dos términos que describen la misma experiencia de la gracia de
Dios La perfección en amor delante de Dios es la santidad cristiana.
El verbo teleio, que
se traduce perfeccionar, aparece veinticinco veces en el Nuevo Testamento.
Significa (1) realizar un propósito, alcanzar cierta norma, lograr una meta dada, y (2)
cumplir o completar. Pablo usa el adjetivo, teleios, siete veces. En varios casos
es obvio que el significado es maduro en el sentido moral (1 Co. 14:20; Ef.
4:13-14). Pero en 1 Co. 2:6 y 15, los perfectos son considerados iguales a los
espirituales (que sucede también en 1 Co. 3:1). Un estudio de este último
pasaje indica que los perfectos son los que han sido enteramente santificados.
J. Weiss llega a la conclusión de que si bien la perfección generalmente es futura en
los escritos de Pablo (como en Fil. 3:12), sin embargo, en algunos casos (1 Co. 2:6; Fil.
3:15) la perfección ya está presente.24 Weiss sostiene que el uso que Pablo
hace de teleios en Colosenses 1:28 y 4:12 designa una perfección moral y
espiritual.
Por lo tanto la evidencia
apunta a un significado doble de perfección. Un cristiano puede ser al mismo tiempo
perfecto e imperfecto, de acuerdo al sentido en que se usen las palabras. Una perfección relativa
es ahora posible mediante la fe en el Espíritu, pero la perfección final no
será realidad sino hasta la resurrección (Fil. 3:11-12, 20-21).
a.
Perfección
en amor. Una de las secciones más importantes sobre la perfección es Mateo 5:43-48,
que culmina con el mandato del Maestro: Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro
Padre que está en los cielos es perfecto. La palabra pues es la clave
de este texto. Jesús está diciendo en efecto: Así como vuestro Padre en los
cielos es perfecto, (y que lo demuestra) enviando sus bendiciones sobre amigos y enemigos,
vosotros debéis ser perfectos en vuestro amor hacia todos los hombres. Es evidente
que este es el amor de agape, espontáneo, buena voluntad que no se rinde, que
emana de la vida interior de una persona en la que mora el Espíritu. Como tal, el amor
perfecto es tanto el don de Dios (Ro. 5:5; 8:3-4; 1 Jn. 4:13-17), como el mandato
de Dios (Mr. 12:29-31; 1 Jn. 4:21).
Cuando este amor se expresa,
la ley es cumplida (Mt. 22:40; 1 Ti. 1:5). No debáis a nadie nada, sino el amaros
unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley... el amor no hace mal al
prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor (Ro. 13:8, 9-10). La
perfección cristiana es perfección en amor.
b.
Semejanza
a Cristo perfeccionada. La meta final de la perfección es ser cabalmente como Cristo,
lo cual será el don que Dios nos dará en la venida de Cristo (1 Jn. 3:2). En vista de
esta meta futura, cada cristiano debe confesar, con Pablo: No que ya lo haya
alcanzado, o que ya haya sido perfeccionado (Fil. 3:12, traducción libre de la
traducción de Wesley). Hay una diferencia entre uno que es perfecto explica
Wesley, y uno que ha sido perfeccionado. Uno está equipado para la carrera; el otro
está listo para recibir el premio.25
Traducción
literal de otherness, la característica de ser enteramente otro, aparte, diferente
de todos los demás.
|