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CAPITULO 18
LOS GANADORES DE ALMAS Y
SUS
ORACIONES
La oración eficaz del justo, puede
mucho (Santiago 5:16).
Todos los grandes ganadores de almas han sido
hombres muy consagrados a la oración, y cuando oraban, lo hacían con mucho poder;
además, todos los grandes avivamientos han sido precedidos por la obra perseverante
efectuada de rodillas, en privado, y se han realizado por medio de ella. Antes que Jesús
comenzara su ministerio, cuando le seguían grandes multitudes, pasó cuarenta días y
cuarenta noches en oración y ayuno (Mateo 4:1-11).
Pablo oraba sin cesar. De día y de noche
ascendían a Dios sus oraciones e intercesiones (Hechos 16:25; Filip. l:3-11; Col.
1:3,9-11).
El bautismo pentecostal del Espíritu Santo y
las tres mil conversiones que hubo en un solo día, fueron precedidos por diez días de
oración, alabanzas, examen del corazón y lectura de la Biblia. Y continuaron orando
hasta que, otro día, se convirtieron cinco mil, y muchos de los sacerdotes creyeron en la
nueva fe (Hechos 2:4-6; 4:4; 6:4-7).
Lutero solía orar tres horas por día, y él
quebrantó el hechizo de siglos y libertó a naciones que estaban cautivas.
Juan Knox solía pasar noches enteras en
oración, y clamaba a Dios diciendo: Dame a Escocia o me muero. Y Dios le dio
Escocia.
Baxter tiñó las paredes de su estudio con
el aliento de sus oraciones y envió una onda de salvación por todo el país.
Mr. Wesley en su Diario (que por
su lectura atrayente y cautivadora se coloca después de los Hechos de los Apóstoles)
habla, vez tras vez, de medias noches y noches enteras de oración, en las que Dios se
acercó y bendijo a la gente casi hasta la muerte, y luego él y sus colaboradores fueron
dotados de poder para rescatar a Inglaterra del paganismo, y enviar por todas partes un
avivamiento de religión pura y activa.
David Brainerd solía tenderse sobre el suelo
helado, durante la noche, envuelto en cueros de oso, y escupía sangre y clamaba a Dios
pidiéndole que salvara a los indios; y Dios le oyó, y convirtió y santificó por
veintenas y por centenares a los pobres indios ignorantes, paganos, díscolos y borrachos.
La noche antes de que Jonatán Edwards
predicara el admirable sermón que comenzó el avivamiento que convulsionó a la Nueva
Inglaterra, él y algunos otros la pasaron en oración.
En Escocia había un joven llamado
Livingstone, que fue llamado para que predicara ante una de las grandes asambleas. Como
éste sentía su completa inaptitud para ello, pasó la noche orando. Al día siguiente
predicó un sermón por cuya influencia se convirtieron quinientas personas. ¡Alabado sea
Dios! ¡Oh Señor mío! levanta más gente de oración.
Mr. Finey solía orar hasta que comunidades
enteras caían bajo el poder del Espíritu de Dios, y nadie podía resistir su poderosa
influencia. En una ocasión estaba tan postrado por el trabajo, que sus amigos
consiguieron que hiciera un viaje por el mar Mediterráneo. Pero estaba tan embebido en el
interés de salvar a los hombres, que no pudo descansar, y a su regreso sufrió gran
agonía de alma por la evangelización del mundo. Al fin la ansiedad y agonía de su
alma llegaron a ser tan intensas que oró durante un día entero, hasta que, a la entrada
de la noche, recibió la certidumbre de que Dios haría la obra.
A su arribo a Nueva York, pronunció sus
Discursos sobre Avivamiento, que se publicaron en su propio país y en el
extranjero y dieron por resultado avivamientos en todas partes del mundo. Sus escritos
cayeron en manos de la señora Catherine de Booth, e influyeron poderosamente en ella, de
modo que el Ejército de Salvación es, sin duda, en gran parte, la respuesta de Dios a la
oración insistente y prevalente de ese hombre, que le rogaba al Señor que glorificase su
santo nombre salvando al mundo.
En la América del Norte hay un joven
evangelista que fue salvado del catolicismo. Dondequiera que va se levanta un
torbellino de avivamiento, y la gente se convierte por centenares. Yo me
preguntaba en qué consistiría el secreto de su poder, hasta que una señora, en cuya
casa solía alojarse, me dijo que oraba todo el tiempo. Tenía dificultad para conseguir
que se presentara a la mesa a las horas de comidas, pues no quería cesar de luchar con
Dios por medio de la oración.
Antes de afiliarme al Ejército de
Salvación, conversaba yo en una ocasión con el doctor Cullis, de Boston, ese hombre de
fe sencilla, pero poderosa. Estaba mostrándome unas fotografías y entre ellas había una
de Mr. Bramwell Booth, que llegó a ser segundo general del Ejército de Salvación.
Ese hombre, dijo, dirige las reuniones
de santidad más poderosas que se realizan en toda Inglaterra.
Me contó entonces acerca de aquellas famosas
reuniones de Whitechapel. Cuando yo fui a Inglaterra, hice la determinación de descubrir,
si ello fuere posible, el secreto de ese poder.
Una de las cosas era, según me dijo un
oficial, que Mr. Bramwell, en aquel entonces, solía tener reuniones con los jóvenes en
el Cuartel General y pedía a cada uno de aquellos que eran salvados, que pasasen
diariamente cinco minutos a solas con Dios, dondequiera que pudiesen hacerlo, y que
orasen por las reuniones que se efectuaban los viernes de noche. Un oficial, que ahora es
Brigadier, y que en aquel entonces era empleado en una gran ferretería, tenía que
meterse en uno de los grandes cajones vacíos que había en el depósito del negocio, a
fin de poder disfrutar de los cinco minutos de oración.
Dios no ha cambiado. El quiere contestar las
oraciones de los hombres de oración.
Mr. Finney cuenta acerca de una iglesia en la
que hubo un avivamiento continuo durante trece años. Al fin cesó el avivamiento, y todos
se llenaron de temor y se preguntaron a qué se debía eso, hasta que un día, un hombre,
inundado en llanto, se puso de pie y dijo que durante trece años había orado todos los
sábados hasta más de media noche, pidiéndole a Dios que glorificase su nombre y salvara
a la gente, pero hacía dos semanas que había dejado de hacerlo y el avivamiento había
cesado. Si Dios contesta la oración de ese modo, ¡cuán tremenda es la responsabilidad
que pesa sobre todos nosotros instándonos a que oremos!
¡Ojalá hubiese un soldado santo en cada
cuerpo, y un miembro lleno de fe en cada iglesia, que pasasen orando media noche todos los
sábados! Aquí hay trabajo para los oficiales que están descansando, y para aquellos que
no pueden entrar a la obra debido a dificultades invencibles. Pueden hacer un
trabajo de rodillas, que mucho se precisa.
Pero nadie debe imaginarse que ése es
trabajo fácil. Es difícil, y algunas veces significa gran agonía, pero se convertirá
en una agonía de júbilo en unión y comunión con Jesús. ¡Cuánto oraba Jesús!
El otro día, un capitán, que ora una hora o
más todas las mañanas, y media hora antes de sus reuniones nocturnas, y que tiene mucho
éxito en salvar almas, se lamentaba de que muchas veces tenía que hacer esfuerzos para
orar en secreto. Pero en esto él es tentado y probado al igual que sus hermanos. Todos
los hombres que han orado mucho, han sufrido así. El Rey. William Bramwell, que solía
ver a la gente convertirse y ser santificados por centenares por todas partes donde iba,
oraba seis horas por día y, sin embargo, decía que siempre tenía que esforzarse para ir
a orar en secreto. Y después de haber comenzado a orar tenía períodos muy áridos, pero
perseveraba por la fe, y los cielos se abrían y contendía con Dios hasta obtener la
victoria. Después, cuando predicaba, se partían las nubes y caían las lluvias de
bendiciones sobre la gente.
Un hombre le preguntó a otro cómo era que
Mr. Bramwell podía decir tantas cosas nuevas y maravillosas, que servían de bendición a
tanta gente. El interrogado, contestó: Ello se debe a que vive muy cerca del trono
y Dios le dice sus secretos, después de lo cual él nos los dice a nosotros.
El Rey. Juan Smith, cuya vida me dijo el
General William Booth que había ejercido maravillosa influencia sobre él, igual que Mr.
Bramwell, pasaba mucho tiempo en oración. Siempre le era difícil comenzar, pero luego
recibía tanta bendición que le era difícil cesar. Por donde iba llevaba consigo grandes
olas de avivamiento.
La resistencia a la oración privada podrá
emanar de una o más causas:
1.
Es
inspirada por espíritus malos. Me imagino que no le importa mucho al Diablo ver a las
personas de corazón tibio de rodillas en las reuniones públicas, porque sabe que lo
hacen sencillamente porque deben hacerlo y por costumbre. Pero aborrece ver a uno de
rodillas en secreto, pues el que lo hace quiere conseguir algo y si persevera con fe,
moverá a Dios y a los cielos a favor de lo que pide. Por eso el Diablo le hace
oposición.
2.
Debido al
decaimiento físico y mental a causa de enfermedad, falta de sueño, demasiado sueño o
por haber comido demasiado, pues esto sobrecarga el sistema digestivo, interrumpe la
circulación de la sangre y nubla las facultades más elevadas y nobles del alma.
3.
Por no
responder prestamente cuando nos sentimos impulsados a orar en secreto. Si cuando nos
viene la sensación de que debemos orar, vacilamos más tiempo del que es realmente
necesario, y continuamos leyendo o hablando cuando bien podríamos estar orando, se
apagará el espíritu de la oración.
Debiéramos acostumbrarnos a sentir alegría
al pensar en que pasaremos un rato en secreta comunión con Jesús y en oración, tanto
como se regocijan dos personas que se aman cuando están juntas.
Debiéramos responder prestamente a la voz
interna que nos llama a la oración. Resistid al Diablo y huirá de vosotros,
y mantengamos nuestros cuerpos en sujeción, no sea que habiendo sido heraldo para
otros, yo mismo venga a ser eliminado (1 Corintios 9:27).
Jesús dijo que es necesario orar
siempre, y no desmayar (Lucas 18:1) y Pablo dice: Orad sin cesar (1
Tesalonicenses 5:17).
Algunas veces un hombre que se atreve a
atacar al Diablo y que ora con fe, es capaz de conseguir la victoria de una ciudad o de
una nación entera. Así lo hizo Elías en el monte Carmelo; Moisés lo hizo para el
retrógrado pueblo de Israel; Daniel lo hizo en Babilonia. Pero si se pudiera conseguir
que un número de personas orasen de ese modo, la victoria sería tanto más decisiva. Que
nadie se imagine, dominado por un corazón malo de incredulidad, que Dios resiste y no
quiere contestar las oraciones. El está más dispuesto a responder a las oraciones de
aquellos cuyos corazones están bien con él, que lo están los padres a dar pan a sus
criaturas. Cuando Abraham oró por Sodoma, Dios contestó, hasta que Abraham cesó de
pedir (Génesis 18:22-23). ¿Y no se enojará con nosotros muchas veces a causa de que le
pedimos con tanta timidez, y porque le pedimos cosas tan pequeñas, del mismo modo como
Eliseo el profeta se enojó con el rey que golpeó tres veces cuando debió hacerlo cinco
o seis? (2 Reyes 13:18,19).
Acerquémonos confiadamente al Trono de la
Gracia, y pidamos en abundancia para que nuestro gozo sea cumplido (Hebreos 4:16).
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