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Capítulo 5
Perfección Monástica
En tiempos apostólicos,
indudablemente la iglesia se concebía como que estaba formada exclusivamente por
cristianos nacidos de nuevo. Había en la iglesia algunos que necesitaban la disciplina,
tal como sale a la luz al leer las epístolas del Nuevo Testamento, pero el ideal de la
iglesia era que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante.
Pero el crecimiento del
cristianismo a través del imperio diluyó este concepto de una iglesia santa. Cuando el
tercer siglo llegó a sus últimas décadas ya había muchas personas en la iglesia cuyos
padres, o sus ancestros más remotos, habían experimentado la gracia salvadora, pero
quienes ahora meramente acudían a los cultos públicos, y eran nada más cristianos de
nombre.
Durante los siglos tres y
cuatro la iglesia creció rápidamente y con la misma rapidez se volvió mundana. Conforme
la práctica cristiana se fue volviendo menos y menos severa, en la mente de los creyentes
serios el ascetismo fue ganando lugar. El Didakhé, uno de los más antiguos textos
de la literatura cristiana, redactado alrededor de la primera mitad del segundo siglo
exhortaba a sus lectores con estas palabras: Si tú eres capaz de llevar todo el
yugo del Señor, serás perfecto; pero si no eres capaz, haz lo que puedas hacer.
La tendencia hacia una
separación entre la vida cristiana superior, y la inferior recibió considerable ímpetu
por una distinción trazada claramente por Tertuliano y Orígenes, entre el
consejo y los requisitos del evangelio. Si bien los requisitos
eran obligación, todos los cristianos estaban obligados a cumplir los requisitos, el
consejo era sólo para aquellos que verdaderamente querían ser santos.
Cristo le dijo al joven
rico: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y
tendrás tesoro en el cielo.1 El Señor también declaró que había
eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los
cielos,2 y que en la resurrección ni se casarán, ni se darán en
casamiento.3 Pablo escribió: Digo, pues, a los solteros y a las
viudas, que bueno les fuera quedarse como yo.4 Estas declaraciones de la
Biblia fueron aceptadas literalmente por todos aquellos que anhelaban la verdadera
santidad; empero, es obvio que la pobreza voluntaria y el celibato voluntario se
consideraron consejos que la mayoría de los cristianos no podían acatar. Como veremos,
estos pasajes se volvieron los cimientos, las piedras sobre las que se levantaron el
monasticismo y el ascetismo cristianos.
La conversión de
Constantino y el reconocimiento del cristianismo como la religión oficial del imperio le
abrieron las puertas de la iglesia a grandes números de miembros paganos, y esto, a su
vez produjo una excesiva valorización de la vida ascética, de parte de los cristianos
serios. Cuando terminó la época de los martirios, la vida ascética quedó como el logro
más elevado al que podía aspirar un cristiano. El mundo estaba lleno con espectáculos y
costumbres que ofendían la conciencia cristiana, de todo lo cual parecía ser que lo
correcto era huir. Además, la manera de pensar de la antigüedad favorecía la práctica
de la contemplación por sobre la vida activa. Pero lo que fue aun de mayor importancia
fue que el formalismo del culto público que se desarrolló hacia las postrimerías del
tercer siglo produjo un deseo de una manera más libre e individual por la que el
cristiano se pudiera acercar a Dios.
Estas parecen haber sido las
poderosas fuerzas que le dieron nacimiento al movimiento monástico. En el corazón del
monasticismo estaba el anhelo de recobrar la pureza y el poder perdidos de la fe
cristiana, y de darle atención seria y suma al llamado de Cristo a la perfección. El
doctor R. Newton Flew declara que el monasticismo es el esfuerzo organizado más
audaz para alcanzar la perfección cristiana en toda la larga historia de la
iglesia.5
A.
PRINCIPIOS
DEL MONASTICISMO
Antonio (Abad), el padre del
monasticismo, nació en Coma, aldea de Alto Egipto. Cuenta Atanasio que Antonio iba camino
a la iglesia, y se sintió afligido por su propia indignidad, en comparación a los
apóstoles, que lo habían dejado todo para seguir a Cristo. Resultó que la porción del
evangelio que fue leída ese día incluía la exhortación del Señor Jesús al joven
rico: ¡Si quieres ser perfecto
! La hora de Antonio había llegado. Vendió
todo lo que tenía y compró su libertad de las cadenas del mundo. Eso
sucedió alrededor del año 270. Al principio Antonio adoptó la vida ascética en su
propia aldea, pero quince años después se retiró a vivir en la soledad, como monje.
Confirmó su propósito de no retornar a la casa de sus padres, ni a ser recordado
por sus familiares; sino a conservar y usar todas sus energías y todo su deseo para
perfeccionar su disciplina.6
Indudablemente el suelo del
monasticismo fue preparado por muchos movimientos ideológicos, tales como el razonamiento
de que la vida física es intrínsicamente mala, el ideal de la vida de contemplación
como algo superior a la vida de acción, y el anhelo neo-platónico de la visión
beatífica, pero la semilla misma del monasticismo es discernible fácilmente. Y fue
sembrada por los que estaban sumamente atareados en el huerto de la iglesia.
La meta de Antonio era
alcanzar la perfección. Él se propuso adquirir las virtudes que había observado en
otros, y, mediante una vida constante de oración lograr la verdadera comunión con Dios.
Al leer los otros documentos producidos en esa primera etapa del monasticismo uno
encuentra exactamente la misma búsqueda de la perfección. Los grandes líderes del
movimiento monástico Pacomio, Basilio, Benedicto y Francisco de Asís, quien vino
mucho tiempo después oyeron el mismo llamado a la perfección.
B. LOS
IDEALES MONÁSTICOS
El monje cristiano vivía de
acuerdo a dos únicas realidades: Dios y su propia alma, su propia alma y Dios. El
monasticismo era la religión del alma solitaria con su Dios.
Uno de los textos básicos
de Antonio era: El reino de Dios está entre vosotros. Otros escritores
ensancharon la idea, diciendo que la meta de la vida espiritual es el reino de Dios, lo
que significa pureza de corazón. Para llegar a ser perfecto uno debe renunciar al mundo,
combatir contra la carne, y trabar combate contra el pecado hasta la muerte; pero la
cúspide de la perfección es la oración, la oración sin cesar.
Pero si bien la vida de
contemplación y de comunión se volvió el ideal del monasticismo, muchos de sus
seguidores vieron que la vida solitaria hacía posible que el monje desarrollara al mismo
tiempo una vida de servicio a su prójimo. Basilio fue un paso más adelante, al oponerse
a la idea de la vida solitaria como si fuese un fin deseable en sí misma:
La forma del amor de
Cristo no permite que cada uno de nosotros busque sólo su propio bien, puesto que leemos
que el amor no busca lo suyo. Ahora la vida solitaria tiene un solo
propósito: satisfacer las necesidades de quien vive tal clase de vida. Pero tal cosa
está en obvio conflicto con la ley del amor, que el Apóstol cumplió cuando buscó, no
su propio bienestar, sino el de muchos, para que pudieran ser salvos.7
En oposición a Basilio
(350-435), Casiano abogó por la superioridad de la vida solitaria. Con el trabajo de
Tomás de Aquino (1225-1274), el concepto de la vida solitaria finalmente triunfó como el
valor superior y se volvió dominante en la Iglesia Católica Romana. Pero Crisóstomo y
el célebre Jerónimo (340-420), en la iglesia oriental, siguieron el ejemplo de Basilio.
Otra marca del ideal
monástico es la cruz. El monje tomaba su cruz para seguir a Jesús. La actitud de Basilio
hacia la renuncia involucrada al tomar la cruz es típica. Después de citar Mateo 17:24 y
Lucas 14:33 y 26, Basilio escribe:
De acuerdo a esto, la
renuncia perfecta consiste en que un hombre alcance la impasibilidad en lo que toca a la
vida cotidiana, y en tener la sentencia de muerte, al grado de que no ponga su
confianza en sí mismo. Si bien el principio de esto consiste en la separación de las
cosas externas, tales como las posesiones, la vanagloria, las costumbres comunes de la
vida, o apego a cosas inútiles
de modo que todo aquel que esté dominado por el
deseo vehemente de seguir a Cristo ya no puede estar interesado en tener mucho que ver con
esta vida.
Pero Basilio ofrece una
corrección y enseña claramente que la meta final de la renuncia es conocer y ganar a
Cristo. Cita, dando evidencia de que las comprende, las palabras de Pablo: por amor
del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo. Basilio
comenta: Lo más grande de todo es que la renuncia es el principio para que nuestro
ser llegue a ser como Cristo. La meta es ese amor hacia Dios que logra ambas
cosas, acicatearnos para cumplir los mandamientos de Dios, y a su vez es preservado por
ellos permanente y seguramente.8
La demostración más
convincente del deseo de entrar en comunión con el Cristo crucificado es el sentimiento
que se desprende de las secciones finales de la Moralía:
¿Cuál es la señal de un
cristiano? El ser purificado de toda contaminación de carne y de espíritu, en la sangre
de Cristo
¿Cuál es la señal de
los que comen el pan y beben el vaso del Señor? Conservar en perpetua memoria a quien
murió por nosotros y ascendió otra vez.
¿Cuál es la señal de
los que conservan tal recuerdo? Que ya no viven para sí mismos, sino para Aquel que
murió por ellos y ascendió otra vez.
¿Cuál es la señal de un
cristiano? Que su justicia debe abundar en todo, más que la de los escribas y los
fariseos, de acuerdo a la medida de la enseñanza del Señor en los evangelios.
¿Cuál es la señal de un
cristiano? Amarse los unos a los otros, así como Cristo nos amó.
¿Cuál es la señal de un
cristiano? Ver al Señor siempre delante de él.
¿Cuál es la señal de un
cristiano? Velar cada noche y cada día en la perfección de agradar a Dios para estar
listo, sabiendo que el Señor viene en la hora en que nadie lo espera.9
No puede haber duda alguna
de que Basilio creía que en esta vida el corazón puede ser purificado de pecado, y los
mandamientos del amor observados.10 W. K. Lowther Clarke escribe lo siguiente
refiriéndose a Basilio: Cree intensamente en la santificación. En el Espíritu y
por el Espíritu, el cristiano que vive en las condiciones favorables de un monasterio,
puede evitar el pecado.
En las reglas de Basilio y
de Benedicto el ideal de la perfección fue socializado. Es injusto juzgar el monasticismo
por unas cuantas expresiones individuales extremistas, o pensar en él sólo en función
de las formas degeneradas a las que los reformadores protestantes se opusieron tan
intensamente.
No debemos olvidar que los
benedictinos se convirtieron en los misioneros de Europa. En las formas más maduras del
monasterio, la misión ideal de los monjes fue idéntica a la del remanente en el Antiguo
Testamento: ayudar a la iglesia en su tarea de purificarse a sí misma y de evangelizar el
mundo. Paul Tillich ha observado muy atinadamente: El monasticismo representa una
negación a prueba de claudicación del mundo, pero esta negación no fue de naturaleza
quieta. Fue una negación acoplada con actividad dirigida hacia la transformación del
mundo, en el trabajo, la ciencia, otras formas de cultura, arquitectura eclesiástica,
poesía y música. Fue un fenómeno muy interesante, y tiene muy poco que ver con el
monasticismo deteriorado contra el cual combatieron los reformadores y los humanistas. Por
un lado fue un movimiento radical de renunciación o separación del mundo; pero, por el
otro, no cayó meramente en una forma mística de ascetismo; se dedicó a la
transformación de la realidad.11
C.
"MACARIO
EL EGIPCIO"
En las Homilías de Macario
el egipcio12 la doctrina de la meta de la vida cristiana puede ser
aceptada como representativa del monasticismo.13 Es sorprendente que
Macario sea tan poco conocido, pero sus homilías han tenido influencia en la historia de
la perfección cristiana. William Law admiró esa obra en gran manera, y Juan Wesley
publicó extractos de ella en el primer volumen de su Biblioteca Cristiana,
que fue una serie de libros diseñada para que los primeros metodistas se nutrieran con
los mejores productos de los santos. Wesley hace la siguiente anotación en su Diario durante
una tempestad cruzando el mar: Leí a Macario y canté.
Macario enseñó que en su
perfección original, el hombre estaba vestido con la gloria de Dios como si fuese una
túnica. El pecado le había hecho perder esa gloria, pero ahora le era restaurada a los
santos. En el último día esta gloria los cubrirá, por así decirlo los vestirá, y los
transportará al cielo.
Es la Encarnación lo que le
da a Macario la base de su confianza. Puesto que Dios ha venido a nosotros en Cristo, no
hay región del progreso del alma que no encuentre en Cristo.
El alma ha sido nombrada
el templo y la habitación de Dios, pues la Escritura declara: Habitaré en ellos y
caminaré en ellos. Así le agradó a Dios, puesto que Él descendió de los
cielos santos y abrazó tu naturaleza razonable, la carne, la que es de la tierra, y la
mezcló con su Espíritu divino, a fin de que tú, el terreno, pudieras recibir el alma
celestial. Y cuando tu alma tiene comunión con el Espíritu y el alma celestial entra en
tu alma, entonces tú eres un hombre perfecto en Dios, y un heredero, y un hijo. 14
Macario fue un místico,
pero, usando la frase de Buber, la comunión de la que él habla es siempre una comunión
de Yo y Tú. Él nunca fue más allá del lenguaje de Pablo en Gálatas 2:20,
para describir la unión del alma con Dios. En el mero corazón de su misticismo estaba el
Jesús crucificado. El meramente abstenerse del mal no es la perfección,
recalcó Macario, y añadió: la pureza de corazón no puede ser ganada en ninguna
otra forma sino a través de Aquel que fue crucificado.
Usando palabras muy
parecidas a las de Pablo en 2 Corintios 3:18, Macario escribe que la vida cristiana es una
contemplación larga de Cristo, quien imprime su propia imagen en el corazón de quien
así lo contempla.
Así como un pintor pone
sus ojos en el rostro del rey y luego pinta, y cuando el rey torna su rostro hacia él, el
pintor puede pintar fácilmente y bien... de igual manera Cristo, el buen artista, para
aquellos que creen en Él y que lo contemplan fijamente, inmediatamente pinta a la
semejanza de su propia imagen un hombre celestial
Por lo tanto nosotros debemos
contemplarlo, creyendo y amándolo, tirando aun lado todo lo demás, y dándole a Él
nuestra atención, a fin de que Él pueda pintar su propia imagen celestial y enviarla a
nuestras almas, y así, al estar vestidos de Cristo, podamos recibir la vida eterna, y aun
aquí podamos tener completa certidumbre y gozar de descanso.15
D.
GREGORIO
DE NISA
En el tiempo de Wesley
generalmente se aceptaba que las homilías de Macario eran efectivamente el trabajo de
Macario el egipcio. Las investigaciones eruditas de años recientes han
establecido un eslabón significativo entre los escritos de Macario y Gregorio de Nisa.
Werner Laeger ha demostrado que el autor de lo que se ha llamado las Homilías
de Macario no fue un padre egipcio del desierto, del siglo cuatro, sino
más bien un monje sirio del siglo cinco, ¡quien había derivado su
interpretación de la vida cristiana casi exclusivamente de Gregorio de Nisa! De modo que
en los escritos que Juan Wesley leyó, creyendo que representaban el pensamiento de
Macario el egipcio, él realmente estaba en contacto con Gregorio de Nisa,
el más grande de todos los maestros cristianos de la rama oriental de la iglesia,
en lo que toca a la búsqueda de la perfección.16
Gregorio en efecto escribió
dos tratados sobre ello, titulados, Lo que Significa que Uno se Llame
Cristiano, y Sobre la Perfección. Para Gregorio, Cristo es el Prototipo
de la vida cristiana, y el subtítulo de su segundo tratado es Sobre lo que Es
Necesario para que un Cristiano Sea. Virginia Callahan piensa que un mejor título
para el tratado habría sido: Cristo, el Modelo de la Perfección, puesto que
la parte central del mismo consiste de un análisis detallado de treinta referencias, más
o menos, de Pablo a Cristo; Gregorio creía que Pablo sabía más que cualquier otra
persona quién es Cristo verdaderamente, conocimiento que lo llevó a transformar su
propia alma en imitación de Cristo.17
Entre los pasajes paulinos
que Gregorio considera significativos para el cristiano en búsqueda de la perfección
están los que declaran que Cristo es el poder de Dios, y sabiduría de Dios
(1 Co. 1:24), paz (Ef. 2:14), luz inaccesible en la que Dios mora
(1 Ti. 6:16), santificación y redención (1 Co. 1:30), el resplandor de
su gloria, y la imagen misma de su sustancia (He. 1:3), alimento
espiritual (1 Co. 10:3), y la misma bebida espiritual
la roca
espiritual (1 Co. 10:4), la cabeza del cuerpo que es la iglesia (Col.
1:18), el primogénito de toda creación (Col. 1:15), el primogénito
entre muchos hermanos (Ro. 8:29), el primogénito de entre los muertos
(Col. 1:18), mediador entre Dios y los hombres (1 Ti. 2:5), unigénito
Hijo de Dios (Jn. 3:18), y Señor de gloria (1 Co. 2:8).18
La tesis de Gregorio es:
Es necesario
que los que se aplican a sí mismos el nombre de Cristo, en
primer lugar se vuelvan lo que el nombre implica, y luego, que se adapten a ese
título.19 Las características que no podemos imitar las adoramos y les
damos reverencia. Por ende, es necesario que la vida cristiana ilustre todos los
términos interpretativos que significan a Cristo, algunos por medio de la imitación,
otros por la adoración, si es que el hombre de Dios ha de ser perfecto, como
dice el Apóstol.20
En el desarrollo de su tema
Gregorio hace la advertencia, no sea que el cristiano siga siendo una persona de
doblado ánimo, un centauro que combina razón y pasión, y esgrime la pregunta de
Pablo, ¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas? como un argumento de
que la persona que tenga ambos elementos opuestos en si misma se volverá su propia
enemiga, y estará dividida en dos, entre la virtud y el mal, y por ende
tendrá una línea de antagonismo de un extremo a otro de su persona.21
Gregorio se refiere varias veces a esta guerra civil que sólo puede ser
resuelta mediante la muerte de mi enemigo, o sea el pecado que permanece. 22
Refiriéndose a Cristo como
el poder de Dios y la sabiduría de Dios, Gregorio observa que una persona que
ora, se recoge a si misma y fija su mirada en Cristo (quien es poder), y
es fortalecida con poder en el hombre interior, como escribe el
Apóstol, y la persona que invoca la sabiduría que el Señor es... se vuelve sabia.23
Cristo se vuelve
nuestra paz no sólo cuando nos reconcilia con aquellos que luchan
contra nosotros exteriormente, sino también cuando reconcilia los elementos que chocan
entre sí dentro de nosotros, a fin de que la carne ya no luche contra el
Espíritu
ni el Espíritu contra la carne.24 Puesto
que la definición de paz es la armonía entre partes discordantes, una vez que la guerra
civil de nuestra naturaleza ha sido expulsada, entonces nos volvemos paz, y revelamos el
hecho de que tomamos el nombre de Cristo como algo veraz y auténtico.25
Conociendo a Cristo
como la luz verdadera, es necesario que nuestras vidas también sean
iluminadas por los rayos del... Sol de justicia, que refulge para
iluminarnos. Y si reconocemos a Cristo como nuestra
santificación, demostremos con nuestra vida que nosotros mismos estamos
firmes... con el poder de su santificación.26
Expresiones como estas son
típicas de la enseñanza de Gregorio sobre la perfección. Para él, la vida santa es una
vida en la que la carne que es hostil a Dios y que no se sujeta a la ley de
Dios, ha sido mortificada en la consagración de un sacrificio vivo, santo,
agradable a Dios, y que la mente ha sido transformada, para que comprobemos
cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.27 Así que la
vida perfecta es, vivir en la carne, pero no de acuerdo a la
carne.
Aunque el tema de Gregorio
es el de la imitación de Cristo, él ve también muy claramente la verdad más profunda
de la participación en Cristo. Tal comprensión es obvia en su exposición de
Cristo como la Cabeza del cuerpo (en el que las diversas partes viven
mediante su comunión con la cabeza), así como en el desarrollo que Gregorio
hace de Cristo como el Primogénito de toda criatura (quien ha formado nuestra
vida). En conexión con esta última imagen, Gregorio nos recuerda que los que hemos
sido renacidos por agua y el Espíritu y por ende nos hemos
vuelto hermanos del Señor, hemos de reflejar a nuestro Hermano mayor en nuestra
vida diaria. Escribe: Pero, ¿qué hemos aprendido de las Escrituras en cuanto a lo
que es el carácter de su vida? Lo que hemos dicho muchas veces, y es, que nunca
hizo maldad, no hubo engaño en su boca. Por lo tanto, si vamos a portarnos como
hermanos de Aquel que nos dio vida, la victoria sobre todo pecado en nuestra vida
será una evidencia de nuestra relación con Él.29
Finalmente, Gregorio comenta
sobre la figura de Cristo como la Roca espiritual:
Bebiendo de Él, como de
un manantial puro y sin contaminación, una persona manifestará en sus pensamientos tal
parecido a su Prototipo como el que existe entre el agua que corre en el riachuelo y el
agua que es sacada del riachuelo y que ahora llena el cántaro. Pues la pureza en Cristo y
la pureza que se observa en la persona que tiene parte en Él son la misma; una está en
el cauce, y la otra ha salido de él.30
Esta es, por lo tanto,
la perfección en la vida cristiana... la participación del alma, la manera de hablar y
de ser de uno, en todos los nombres con que se hace referencia a Cristo, de modo que la
santidad perfecta, de acuerdo al panegírico de Pablo, es algo que uno toma sobre sí
mismo en todo (el) ser, espíritu, alma y cuerpo, protegiéndose continuamente
en contra de mezclarse con el mal.31
La vida cristiana que está
siendo perfeccionada es esa vida en la que el cristiano está (constantemente) cambiando
gloria por gloria, haciéndose más grande mediante un crecimiento diario,
continuamente perfeccionándose a sí misma, y sin jamás llegar con demasiada rapidez al
límite de la perfección. Pues esto es verdaderamente la perfección, el jamás dejar de
crecer hacia lo que es mejor, y jamás poner límite alguno a la perfección.32
Sea que esto se derivó de
Macario el egipcio, o de Gregorio de Nisa, esta es la visión de la
perfección que incendió la imaginación de Juan Wesley, y que encontró una expresión
nueva y vigorosa en el pensamiento y la enseñanza del reformador inglés.
Sinlessness of our life,
literalmente, vidas en las que no hay pecado. N. del t.
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