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Contenido

 

I.

Creencias Acerca de la Fe…………………………………………………

Las creencias son importantes. El objeto de la fe religiosa. Cómo se revela Dios.

 

II.

Creencias Acerca del Dios Triuno……………………………………………

El Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Nuestra Esperanza. El Espíritu Santo de Dios. La Trinidad.

 

III.

Creencias Acerca de la Redención………………………………………....

“¿Qué es el Hombre, para que Tengas de él Memoria?” La Maldición del Pecado: La Mordedura de la Serpiente. El Costo de la Redención.

 

IV.

Creencias Acerca de la Nueva Vida en Cristo………………………………..

Una Experiencia Personal. El Aspecto Humano de la Salvación. El Aspecto Divino de la Salvación. Victoria Sobre el Pecado.

 

V.

Creencias Sobre la Santificación………………………………………

¿Qué es la Santificación? Variedad de la Enseñanza del Nuevo Testamento. El Aspecto Humano de la Santificación. El Aspecto Divino de la Santificación. Algunos Puntos Prácticos.

 

VI.

Creencias Acerca de la Iglesia del Futuro………………………………

La Iglesia y las Iglesias. La Iglesia y la Sanidad Divina. Escatología: el Futuro.

 

 

 


Prefacio

El propósito de este libro es el de presentar “la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3), en forma que despierte interés y que tenga significado pa­ra los cristianos del siglo veinte.

Los que estén acostumbrados a leer libros de texto notarán la ausencia de citas de otros autores y también de notas al pie de la página, excepto las que se dan del Manual de la iglesia. No es que el autor no tenga moti­vos para incluirlos. Los lectores asiduos notarán que el autor tiene motivos sobrados para expresar su recono­cimiento y gratitud por el material usado. Pero el pro­pósito de este libro no es probar, sino explicar. Por tanto, los detalles técnicos de la erudición han sido puestos a un lado, sin perder, por ello, la exactitud y el cuidado en las declaraciones.

Dos hombres estaban discutiendo acerca de la doc­trina Monroe, y uno acusó al otro de no ser un buen estadounidense. A lo cual su amigo le replicó enojado: “Yo creo en la doctrina Monroe. Estoy dispuesto a pe­lear y morir por la doctrina Monroe. Todo lo que dije fue que no sé qué es la doctrina Monroe.

El propósito de esta investigación sobre Creencias para la Vida, es explicar una vez más lo que significa la fe cristiana.

 

—W. T. PURKISER

 


I

Creencias Acerca de la Fe

La religión es uno de los grandes hechos de la vi­da humana. Aun los que no quieren saber nada de ella— según ellos mismos lo dicen—no pueden negar su im­portancia universal. La humanidad es incurablemente religiosa.

Por tanto se puede decir con toda justicia, que el hombre adorará algo. Es probable que sus dioses sean falsos. Se dice del “hombre que se ha hecho a sí mismo” que adora a su “creador” —él mismo—y esta es la ido­latría más grande de todas. Pero adora. Dedica su vida a aquello que él cree ser la cosa de más valor. Debe es­coger a quién debe servir. Martín Lutero lo expresó muy bien: “Cualquiera cosa de la cual tu corazón se aferre y dependa, eso es precisamente tu dios.”

Las Creencias son Importantes

Esto significa que, lo admitamos o no, el asunto de la fe nos incumbe. Es verdad que vivimos en una edad que se jacta de su “realismo” y que pone en tela de duda los credos y el creer. La adoración de la ciencia y su lealtad absoluta solamente a los hechos, parece haber desplazado a la fe y a la religión en el marco de la vida, por no decir que la ha sacado completamente de su marco más ade­cuado.

Lo que necesitamos hacer es detenernos a pensar clara y detenidamente sobre las Creencias para la Vida, y antes que todo, en la fe misma, en relación a la vida como debemos vivirla. Porque, como veremos más adelante, no sólo el justo vive por la fe, sino también el injus­to. Así como la pregunta fundamental no es: “¿Debemos adorar?”, sino: “¿A quién (o a qué) debemos adorar?”, de la misma manera la pregunta final no es: “¿Debemos creer?” sino: “¿En qué (o a quién) debemos creer?”

1.    La Naturaleza de la Fe

En primer lugar, hablemos de lo que significa creer. Creer, en general, es aceptar como verdadero lo que no se puede probar con absoluta certeza y sostenerlo con tal confianza, hasta el punto de vivir por ello. De esta manera, una creencia difiere de una opinión. Las opi­niones son cosas sobre las cuales la gente arguye las creencias son cosas por las cuales vive.

Hay una relación muy estrecha entre la fe y la vi­da. Todos los seres humanos viven por fe. Creemos que el sol saldrá mañana, y nadie se pone a argüir sobre este punto seriamente. Pero ¿quién se atrevería a tratar de probar en forma absoluta antes de que el acontecimiento suceda, de que el sol saldrá? Creemos que el comer ali­mento nos dará fuerzas, pero muchos han comido y han muerto. Las ideas de las cuales podemos estar absoluta­mente seguros son pocas y distan mucho las unas de las otras. Se descubrirá que la mayoría de ellas son certezas en el campo de lo espiritual.

Poner dinero en el banco y aceptar un cheque son hechos de fe. Aun el dinero mismo está basado en la fe sobre el gobierno que lo emite. El amor, el casamiento, la confianza en la integridad, y la honradez de nuestros amigos, aun la conversación—todas estas cosas, y cen­tenares de otros detalles de la vida que tomamos por sentados, son ejemplos de fe. La mayoría de las veces la fe no se justifica. En algunos casos, desafortunada­mente, prueba estar equivocada.

2.    La Fe y el Hecho

Esto nos lleva a otro punto muy importante. El valor de una creencia no depende de la sinceridad del que cree. En ningún aspecto de la vida es cierto que “no importa lo que usted crea, basta que sea sincero.” La gente más peligrosa en el mundo hoy día es la que cree una men­tira y es sincera en su creencia.

Pablo, en segunda Tesalonicenses, capítulo dos, dice que hay quienes creen una mentira y son condenados en esa creencia. Muestra que ellos tuvieron suficiente oportunidad para aprender y creer la verdad, pero re­husaron hacerlo. Y dice que nuestra salvación depende en “la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (v. 13).

Medite un poco sobre esta última frase, y el asunto se hará claro en seguida. Las dos palabras importantes son verdad y fe (creencia). Estos dos términos van jun­tos, aunque a veces se separan. La verdad representa lo que es realmente el caso. La creencia representa nuestra convicción de lo que es realmente el caso.

Por tanto puede haber verdades que no son creí­das, así como puede haber creencias que no son verda­deras. Por tanto, nunca es suficiente con ser sincero en creer. Debemos estar correctos en lo que creemos. Por otro lado, es probable que la verdad se nos presente, pero que nosotros rehusemos creerla.

Recuerde que no estamos diciendo que la sinceridad no es importante. Lo que decimos es que no es suficien­te. Todos los que son salvos son sinceros. Pero de este hecho no se deduce que todos los que son sinceros sean salvos (o estén a salvo), pues el que las ovejas tengan cola, no nos permite llegar a la conclusión de que todos los animales con cola son ovejas. Algunas son cabras.

3.    Fe y Escogimiento

Ahora surge otro punto que también debe considerarse. Creer es algo que nosotros hacemos, y podemos escoger creer o rehusar creer, según sea el caso. Por su­puesto, hay algunas creencias que nos sentimos com­pelidos a aceptar, por lo menos si queremos que el mun­do tenga sentido para nosotros. Pero en la mayor parte de las esferas, el creer es un acto voluntario. Escogemos creer o escogemos dudar. Eso significa que hay un ele­mento de consagración en el asunto de creer.

Si esto no fuera así—es decir, que el creer fuera al­go que somos forzados a hacer, y algo sobre lo cual no tenemos un verdadero escogimiento—no seríamos libres, sino simples maquinarias obedeciendo a los impulsos más fuertes que nos vienen desde afuera. La vida perdería su significado, y tanto el mal como el bien, la verdad y el error, serían etiquetas que no tendrían sentido co­mún. Cualquiera persona con raciocinio grita a voz en cuello que esto no es así. La vida que vivimos es el re­sultado de las creencias que sostenemos. Y las creencias que sostenemos no se nos dan por la fuerza. Son la res­puesta de la mente y el alma, cuando éstas se enfrentan a la verdad.

4.    La Fe y la Razón

Es una desgracia que la gente haya caído en el há­bito de contrastar la fe con la “razón” como si fueran dos polos opuestos y no como dos cosas íntimamente re­lacionadas entre sí. En realidad, tanto la fe como la ra­zón son instrumentos por los cuales venimos al cono­cimiento de la verdad. Ambas son aijadas, no enemigas. Pero por más que el “racionalista” ataque la fe, y el hombre de fe descarte la razón, ambas son la imagen de Dios en el hombre y ambas son vitales para la existencia humana.

Es cierto que la fe nos ayuda a afirmar aquello que la razón no puede entender con claridad. Alguien ha comparado a la fe con los paracaidistas que se dejan caer detrás de la línea de fuego del enemigo y sostienen la posición hasta que las tropas de choque pueden avanzar y tomar posesión. La naturaleza de la fe es ir más allá de lo que la razón puede al momento penetrar.

Si tuviéramos que vivir dentro de los estrechos lí­mites de lo que podemos entender, todos nos moriríamos de hambre o pereceríamos de sed y frío. ¿Quién puede cabalmente entender el proceso misterioso de la vida, por el cual un grano de trigo, plantado en la tierra, se multiplica centenares de veces? Pero, ¿rehusaría usted comer pan sólo porque no puede entender cabalmente la maravilla de la vida? ¿Hay algún hombre con racio­cinio que pueda explicar claramente lo que la electrici­dad es en su verdadera naturaleza? Pero la fe puede apretar el botón y regocijarse en la luz aun cuando la razón esté intrigada sobre los misterios de la energía eléctrica y magnética.

Creer, por tanto, es algo sencillo y profundo. Es co­mún a todas las personas y a la vez de un valor incal­culable por los valores que trae a la vida. Su valor no sólo reside en su sinceridad o en su fuerza, aunque sa­bemos que no tiene valor si no es sincera y fuerte. Su valor consiste en la verdad que afirma y en su poder pa­ra traer nuestras vidas en armonía con Dios y los gran­des principios inmutables y fundamentales de este uni­verso en el cual El nos ha colocado.

El Objeto de la Fe Religiosa

El fundamento de toda religión es creer en el Ser Supremo, a quien conocemos como Dios. Casi todos cre­en en alguna clase de Dios. El verdadero ateísmo es en verdad muy difícil de practicar. El enemigo más peli­groso de la religión no es el ateísmo teorético. Es lo que se llama “secularismo” o ateísmo práctico, que no niega la existencia de Dios en teoría, pero que vive co­mo si El no existiera.

1.    Conocimiento por Experiencia

Para el verdadero cristiano la respuesta a la pre­gunta: “¿Por qué cree usted en Dios?” generalmente será de acuerdo a lo que él haya encontrado en su propia experiencia. “Un día me encontré con El, y mi vida fue cambiada. Creo en Dios por lo que El ha hecho en mí y por mí.”

Aunque hay otras muchas razones para creer en Dios, no hay otra mejor que ésta. Yo puedo pensar y argüir acerca de la existencia de alguien acerca de quien he leído, y acerca de quien he aprendido algunos hechos. Pero nunca pongo en tela de duda la existencia de una persona a quien he conocido personalmente. Esto es para explicar que hay dos clases de conocimiento: hay cono­cimiento por oídas; y hay conocimiento personal. El co­nocimiento personal siempre lleva consigo una convic­ción y una certeza mucho más allá de las que posee el conocimiento de oídas.

2.    Una Fe Razonable

Pero tenemos que considerar algunas otras razones para creer en Dios. La mayoría de ellas dependen en que este universo, tal como nosotros lo conocemos, debe tener alguna explicación. Está aquí como un hecho tan cierto que nadie puede negar. El problema consiste en explicar cómo es que está aquí.

a.    Causa y Efecto. El creer en Dios como el Creador, ofrece la única verdadera respuesta a la existencia del universo. Todas la explicaciones de la evolución sin Dios requieren mucha más fe que la simple pero pro­funda declaración de Génesis 1: 1; “En el principio crió Dios.” ¿Cómo puede alguien creer que todo este vasto universo con toda su estructura intrincada y mara­villosa apareció sólo por medio del andar a tientas, ciego y sin sentido de las leyes naturales?

El doctor C. A. McConnell, en su interesante historieta Daughter of the Hill Country, cuenta de "Happy,” hijita de un médico agnóstico. Sentada sobre las rodillas de su padre sobre el césped de su casa, mirando las es­trellas brillantes una noche de verano, Happy preguntó:

—Papá, ¿quién hizo las estrellas?

—Nadie las hizo, Happy, replicó el doctor. —Se hicieron solas—. Y a pesar de toda la insistencia de la niña, ésta fue la única respuesta que salió de sus la­bios.

Al regresar de visitar a sus pacientes a la mañana siguiente, el doctor Day encontró todos sus instrumentos de cirugía desparramados por el suelo de su oficina y los restos de los hermosos peces que la familia guardaba celosamente en su pecera, los cuales evidentemente ha­bían sufrido una operación de importancia, aunque con resultados fatales. Sus cabezas estaban separadas de sus cuerpos, sus colas cortadas, y sus intestinos regados por el piso.

Movido por una sospecha muy cierta, el doctor lla­mó a su hijita:

— ¿Quién hizo todo esto?—le preguntó.

Con sus ojos muy grandes y demostrando su sincera inocencia, Happy miró a su padre, y le dio la respuesta que él le había dado la noche anterior:

—Nadie lo hizo, papá—se hizo solo.

Por supuesto, el razonamiento de Happy no era me­jor que el de su padre. Si las estrellas y el universo se hubieran hecho “solos,” entonces la travesura de su hi­jita también se pudiera haber hecho sola. Pero este no es un mundo donde las cosas se “hacen solas.” Alguien, hablando acerca de las pretensiones del naturalismo de que el universo es el producto de las leyes ciegas y sin sentido, dijo: “Creo en Dios, porque yo no creo en mila­gros.” Esta persona quería decir que era más fácil para él creer en la obra creadora de una Persona1idad Crea­tiva Suprema, que creer en el más grande de todos los “milagros,” de que un mundo como el nuestro haya apa­recido por accidente.

b.    Las Alternativas. ¿Hay en realidad otras expli­caciones a nuestra disposición aparte de estas dos? El universo, o es la creación de un Dios infinito, o el re­sultado de fuerzas que no ven ni piensan, de las cuales el caos es el padre del orden y las cosas se suceden sin causa adecuada que las explique.

En realidad, ¿no resulta que tener fe en Dios como el Creador, demanda menos credulidad que la fe en la “evolución,” o la “ley,” o la “materia,” o cualquiera de los substitutos modernos que toman el lugar de Dios? Cuando uno se enfrenta a la realidad, la “fe” más in­fantil y conmovedora es la “fe” del filósofo o el cientí­fico que cree que este universo tuvo su origen en algo sin inteligencia y sin un propósito consciente. Esto es, en realidad, un camino más corto hacia lo que no tiene sentido.

c.   Propósito y Significado. Además, la clase de uni­verso en el que vivimos, nos da algunas ideas en cuanto a su origen. Por dondequiera que miramos, encontramos evidencias de propósito y significado en el mundo. El solo hecho de que las cosas que no hacen sentido pare­cen molestarnos tanto nos muestra que la mayor parte de las cosas encuadran dentro de un marco racional. Simplemente no podernos escapar de la convicción de que las cosas que van juntas han sido creadas juntas, y que todo lo que tiene significado y hace sentido es el producto de la inteligencia y de una Mente Suprema.

Un gran científico, Sir James Jeans, dijo que él no podría admitir que una docena de monos, apretando las teclas de una docena de máquinas de escribir, even­tualmente escribirían todos los libros que se encuentran en el Museo Británico, más que lo que puede admitir que este universo nuestro sea el producto de la pura ca­sualidad y de una fuerza sin inteligencia.

d.    La Personalidad de Dios. Incluidas en la creencia en Dios como el Creador, hay otras creencias impor­tantes acerca de El. Una de ellas es que debe ser una Persona. Esto no quiere decir que El tenga cuerpo o forma física, sino que es una Mente infinita que concibe propósitos racionales y obra para que se cumplan.

Es verdad que no debemos pensar en un Dios limi­tado como nosotros, por el espacio y por el tiempo. Sin embargo, es también cierto que somos hechos de acuer­do a su imagen. Por tanto, la razón, el sentimiento y la capacidad de escogimiento que nosotros encontramos en una medida limitada dentro de nosotros mismos, son un reflejo de lo que Dios es, aunque sin las limitaciones hu­manas.

e.    El Significado de la Fe. Puesto que Dios es una persona infinita, y ha creado seres humanos a su propia imagen, debe deducirse que sus propósitos para las per­sonas que El ha hecho son buenos y perfectos. Dios nos ha colocado en un universo donde podemos crecer en bondad y en amor por medio de la verdad y la justicia. Pero la misma capacidad que nos permite hacer lo que es bueno y justo también nos capacita para pecar y hacer el mal. Toda nuestra experiencia nos muestra que Dios y su universo están del lado de lo bueno y de lo justo, y opuestos al pecado y al mal.

Esto nos conduce a creer que el Dios-Creador será también el Dios-Salvador, que no nos dejará ir a tientas por nuestro camino de la vida sin ponernos señales para guiamos, a fin de no encontrar sólo una gran oscuridad al fin de nuestra jornada. Que Dios es infinito significa que nunca debiéramos esperar saber todo lo que se pue­de llegar a conocer acerca de El. Pero que El es infinito también significa que puede encontrar la forma de re­velarse a nosotros.

No es suficiente con que sepamos que Dios existe. Necesitamos saber qué clase de Dios es El, y cuáles son sus propósitos y planes para nosotros. El mundo en el que vivimos no tiene sentido alguno sin la creencia en Dios. Ni tampoco nuestra vida tiene sentido, sin creer que Dios se ha hecho realmente conocer, mostrándonos lo que la vida significa y ofreciéndonos su ayuda para vivirla.

Cómo se Revela Dios

El cristianismo tiene una diferencia grande y fun­damental con las otras religiones del mundo. Todas las religiones contienen el principio de la búsqueda que el hombre hace de Dios, o de lo que se cree que es la Causa Primera en el universo. Pero la fe cristiana descansa sólidamente sobre la convicción de que Dios no ha es­perado que el hombre le encuentre, sino que El ha ve­nido a la raza humana mediante una revelación divi­na, y que tuvo su punto culminante en la llegada de su Hijo unigénito, cuya obra redentora veremos más ade­lante.

Esta revelación de Dios es una revelación perso­nal. Es comunicación en una forma vicaria, de Persona a personas. Es la revelación que Dios hace de sí mismo en sus propósitos redentores, una revelación hecha a personas creadas a su propia imagen. El no revela un sistema de verdades como tales, sino que se revela a sí mismo. Tal como Blaise Pascal dijo hace mucho tiempo, el Dios de la Biblia no es el Dios de los filósofos, sino el Dios de Abraham, Issac y Jacob, el Dios que se revela a sí mismo como Salvador y Compañero en el largo ca­mino que el hombre tiene que recorrer.

Cuando nos preguntamos: “¿Cómo pueden suce­der estas cosas?” encontramos que Dios se hizo conocer al hombre en tres formas principales: mediante sus po­derosos actos en la historia; en forma suprema, en su propio Hijo; y por la inspiración de su Espíritu en las Escrituras. Consideraremos brevemente cada una de es­tas tres formas de revelación.

1.    La Revelación de Dios en la Historia

Especialmente en los siglos antes de Cristo “Sus caminos notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras” (Salmos 103:7). Fue principalmente mediante sus actos poderosos que el Señor Dios hizo conocer su voluntad. La revelación fue un registro de lo que Dios hizo: llamando a Abraham para que saliera sin saber dónde iba, mas ciertamente sabiendo con quién iba: liberando a su pueblo de la esclavitud de Egipto; hacien­do un pacto con ellos en el Sinaí y dándoles su ley; di­rigiéndoles en la conquista de la Tierra Prometida; le­vantando a David, su siervo, para prefigurar a uno más Grande que habría de venir; castigando la idolatría y el pecado de su pueblo en los cautiverios asirio y ba­bilónico; trayendo un remanente que había sido pur­gado y castigado en el exilio.

Por sus poderosos actos en la historia Dios enseñó las grandes lecciones incluidas particularmente en el Antiguo Testamento. El es un Dios que ama y escoge un pueblo para sí. No es un mero espectador, ni un “Pre­sidente Honorario del universo.” sino el Señor soberano de la historia humana. A medida que los grandes pro­fetas presenciaban los grandes eventos de la historia mediante los ojos de la fe, ellos veían en el levantamien­to y caída de las naciones el cumplimiento del propósito divino. Es bueno recordar que los judíos llamaban a los libros históricos del Antiguo Testamento “los Antiguos Profetas.” Dios habla en la historia.

Pero la historia de la salvación, en el Antiguo Testa­mento es una historia incompleta. Señala hacia el fu­turo, hacia el acto más poderoso de Dios, la venida de Cristo. La historia se convierte en profecía. Lo retros­pectivo se transforma en perspectiva. El hombre tiene su pequeño día, pero el día del Señor todavía ha de venir. El reino político perdido de Israel, debe ser reem­plazado por el reino de Dios, que espera la llegada de su Rey. Aquí llegamos al más grande de todos los medios de revelación.

2.    La Revelación de Dios en Cristo

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (Hebreos 1:1-3a).

La revelación suprema y final de Dios es “Dios mismo encarnado en Cristo Jesús nuestro Señor,” de quien Juan escribe: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. A Dios nadie le vio jamás; el uni­génito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1: 1, 14, 18).

Por tanto, la Palabra Viviente de Dios es la per­fecta revelación del Padre. En realidad, es difícil com­prender cómo una Persona divina podría verdadera­mente hacerse conocer a los humanos aparte de una encarnación, es decir, tomar una naturaleza humana. Un Dios personal sólo se puede conocer por medio de una personalidad. Pablo sintetiza el más grande de todos los actos de Dios al decir que “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (II Corintios 5:19).

3.    La Revelación de Dios en Las Escrituras

Es probable que alguien diga, y con mucha razón: “Pero la revelación de Dios en la historia y en su Hijo tomó lugar muchos siglos atrás. ¿Cómo podemos conocer al Señor en nuestros tiempos?” La respuesta se encuentra en la Palabra escrita, el registro inspirado de los poderosos actos de Dios y una interpretación inspirada de la vida redentora, muerte y resurrección del Señor Jesucristo.

a.   El Libro de las Edades. El Libro que nos imparte este conocimiento es la Biblia, las Santas Escrituras, la Palabra de Dios. Como el presidente Woodrow Wilson dijo en cierta ocasión, sabemos que la Biblia es la Pa­labra de Dios, porque encontramos que es el secreto pa­ra nuestra propia felicidad, nuestra propia responsabi­lidad y el significado de la vida. El Espíritu de Dios vie­ne a nosotros mediante las Escrituras, y nos confronta con su evangelio.

La Biblia es un Libro muy antiguo, que a la vez ha­bla a nuestra generación tan clara y acertadamente como habló en el siglo sexto antes de Cristo o en el primer siglo después de Cristo. Es siempre de actualidad porque su verdad no está sujeta al tiempo. La naturaleza hu­mana que describe con tanta franqueza y exactitud no ha cambiado a través de las edades, ni tampoco la obra de Dios en las vidas humanas.

Un examen más detenido nos revela que la Biblia es en realidad una sagrada Biblioteca de sesenta y seis libros, treinta y nueve de los cuales fueron escritos an­tes de Cristo, los cuales forman el Antiguo Testamento; y veintisiete en el Nuevo Testamento, escritos dentro de los primeros cincuenta o sesenta años después de la muerte de nuestro Señor. El Libro dice de sí mismo que “santos hombres de Dios hablaron siendo inspira­dos por el Espíritu Santo” (II Pedro 1:21).

b.    La Humanidad de la Biblia. Esto nos señala dos hechos maravillosos acerca de la Biblia. Primero, fueron santos hombres de Dios quienes hablaron y escribieron la Palabra de Dios. Porque como es natural, si Dios iba a hablar a los hombres, tenía que hacerlo por medio de hombres, en un idioma que nosotros pudiéramos enten­der, usando términos comunes dentro del marco de la experiencia humana.

Estos santos hombres de Dios vinieron de todos los niveles de la sociedad. Fueron pastores, sacerdotes, pro­fetas, reyes, campesinos, pescadores; algunos eran ricos, otros pobres; algunos muy educados, otros sin educa­ción. Las palabras que ellos usaron, fueron palabras que brotaron de su propia experiencia, y escribieron en estilos muy diferentes.

Por lo tanto, la humanidad de la Biblia es una de sus principales fuentes de poder. Nos habla en un len­guaje que no podemos dejar de entender. En sus páginas encontramos reflejada la clase de personas que somos. El rápido y el lento, el impulsivo y el cuidadoso, el in­telectual, el hombre de acción, la persona de profundos sentimientos—cualquiera que sea la particularidad de nuestro carácter o personalidad, podemos encontrarnos en las páginas del Libro.

c.   La Divinidad de la Biblia. Pero la humanidad de la Biblia es sólo la mitad de la verdad. La singularidad de las Escrituras no reside en su forma humana, sino en el Espíritu divino que inspiró a los escritores y que usa la verdad para traemos a Dios. Si bien es cierto que fueron santos hombres de Dios quienes escribieron, ellos escribieron y hablaron a medida que eran inspirados por el Espíritu de Dios.

Aquí encontramos una maravillosa semejanza entre la Palabra escrita de Dios en la Biblia y la Palabra vi­viente, o sea la Persona del Señor Jesucristo. Ya hemos visto que al principio del Evangelio de Juan, Cristo se describe como el Verbo. El fue en el principio con Dios, y El era Dios. Sin embargo se hizo carne y habitó en­tre nosotros, y nosotros vimos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre.

La figura central de la fe cristiana es Dios en forma humana, el Dios-hombre, Cristo Jesús. En el próximo capítulo veremos que El era un ser humano perfecto y completo—perfectamente humano. Pero El fue también la plenitud de la Divinidad—perfectamente divino. Toda su vida terrenal fue una continua fusión y unión de humanidad y deidad. El hecho de ser hombre no le ha­cía menos Dios. El hecho de que era Dios no le impi­dió entrar en la plenitud de la experiencia humana, excepto el pecado.

En esta misma forma maravillosa encontramos en la Biblia la fusión de lo humano y lo divino. El hecho de que sus autores terrenales fueran hombres como no­sotros, no lo hace menos Palabra de Dios. El hecho de que sea divina en su inspiración, de que su prepara­ción fuera guiada y preservada del error por el Espí­ritu de Verdad, no le impide enfrentarse a nosotros en nuestro propio nivel para juzgar el pecado y la justicia entre nosotros.

d.  La Biblia como la Palabra de Dios. Pero hay otro punto que debemos notar. Así como Cristo fue el Dios-hombre en todo el sentido de la palabra, la Biblia ES la Palabra de Dios en su totalidad. Es decir, Cristo no fue parcialmente humano y parcialmente divino. El fue ver­dadero Dios y verdadero hombre, en cada partícula de su ser. De la misma manera la Biblia, en su totalidad, es la Palabra de Dios al hombre por medio de hombres.

Hay a quienes les gusta decir que la Biblia no es la Palabra de Dios, sino que contiene la Palabra de Dios. Pero esta posición roba al Libro de su autoridad sobre la vida y el pensamiento humano. Porque, ¿quién puede decir cuál parte es la Palabra de Dios y cuál no lo es? Es decir, si pensamos sólo en términos de que la Biblia contiene la revelación de Dios, inmediatamente saca­mos a relucir nuestra propia razón, o instinto, o juicio para decidir qué parte es la Palabra de Dios y qué es solamente la cáscara humana en la cual se encuentra la semilla.

Y así encontramos algunos que quitan una parte y otros que le quitan otra. Algunos le quitan la historia de la creación, otros el relato de la caída. Otros quisie­ran deshacerse de los milagros de las Escrituras. Para cuando todos los críticos terminen cortando y podando lo que cada uno de ellos piensa que es solamente humano, no quedará mucho.

Probablemente parte del problema sea que tenemos la tendencia a pensar solamente en términos de nuestra propia generación y de nuestra propia forma de ver las cosas. Olvidamos que la revelación de Dios en la Biblia fue dada a la raza entera: para todos los hombres en todas partes y en todas las épocas. A veces impacien­temente pensamos que la Palabra de Dios se nos de­biera dar en nuestra propia forma de pensar del siglo veinte. Lo que no recordamos es que, todos los libros de la Biblia a la vez que fueron escritos para nosotros, fueron escritos también para personas que vivieron en los siglos pasados; y que Dios los amó y estaba inte­resado en ellos tanto como El nos ama y está interesado en nosotros. Mucho de lo que se encuentra en el Anti­guo Testamento tendría nuevo sentido si tan sólo man­tuviéramos esto en mente.

e.    Personas de un Libro. Hay una conclusión muy práctica que sigue a todo esto. Si la Biblia es la Palabra de Dios, entonces debemos conocerla mejor y amarla más que cualquier otro libro. Lo mismo que Juan Wes­ley, debemos hacernos la determinación de ser “per­sonas de un Libro”—no que no hemos de leer o estudiar ningún otro libro, sino que todo otro libro debe estar vitalmente relacionado a la verdad dada a nosotros en las Escrituras.

Uno de los antiguos escritores sagrados hace la pre­gunta: “¿Con qué limpiará el joven (o, por supuesto, cualquiera persona, su camino?” Luego da la respuesta: “Con guardar tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado no me dejes desviarme de tus mandamientos. En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmos 119:9-11).

Creemos en un solo Dios eternalmente exis­tente e infinito, el Soberano del universo. Que El solo es Dios, creador y administrador…[1]

Creemos en la inspiración plenaria de las Sagradas Escrituras por las cuales entendemos los sesenta y seis libros del Antiguo y Nuevo Tes­tamentos, dados por inspiración divina, revelan­do infaliblemente la voluntad de Dios respecto a nosotros en todo lo necesario para nuestra sal­vación: de manera que ninguna cosa que no con­tengan ellos ha de imponerse como Artículo de Fe.[2]

 

 

Para Discusión y Estudio

 

1.  ¿En qué sentido la fe requiere consideración imparcial?

2.  ¿Por qué no es suficiente con sólo ser sincero en lo que uno cree?

3.  ¿Cuál es la mejor base para la verdad acerca de la exis­tencia de Dios?

4.  Mencione algunos de los puntos que hacen que la fe en Dios sea una fe razonable.

5.   ¿En qué formas se puede decir que Dios se revela al hom­bre? ¿Cuál es el lugar y valor de cada una de ellas?

6.  ¿Qué se quiere decir por la “humanidad de la Biblia” y la “divinidad de la Biblia”?

7.  ¿Cuál es la principal objeción a la declaración de que la Biblia “contiene la Palabra de Dios”?


II

CREENCIAS ACERCA DEL DIOS TRIUNO

En el capítulo anterior vimos que la fe religiosa tie­ne como objeto la Persona suprema que nosotros cono­cemos como Dios. También vimos que el Dios de un universo moral, tal como en el que vivimos, sin duda se revelaría a sus criaturas. Esto, afirma el cristiano, toma lugar mediante los actos de Dios en la historia, la venida de su Hijo al mundo; y en la Biblia, según el Espíritu de Verdad que la inspiró la hace vivir en nosotros.

¿Qué debemos creer entonces acerca de Dios? Al­guien dijo que para él Dios era algo incierto. Pero la fe no es el resultado de nuestra búsqueda de Dios a tientas. En el sentido más verdadero, es nuestra respuesta a la revelación de Dios, cuando El se enfrenta a nosotros en Cristo mediante su Espíritu. He aquí, en síntesis, lo que los cristianos quieren decir cuando hablan de la Tri­nidad.

El Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo

Nada más importante se ha dicho acerca de que El es “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Efe­sios 1:3). Todos los rayos de verdad que han brillado a través de las páginas del Antiguo Testamento, se jun­tan y se enfocan en una luz muy brillante en el rostro de Cristo Jesús, El nos muestra lo que Dios es. Porque el Dios de la Biblia es semejante a Cristo.

1.    Un Dios de Amor Santo

Mucho se ha escrito y dicho acerca de Dios que nos ayuda a entenderle y a comprender su forma de obrar con los hombres. A través de todas las Escrituras, se de­clara que Dios es un Espíritu infinito; eterno en su ser, es decir, sin principio y sin fin; inmutable y perfecto; presente en todas partes, y todopoderoso; que todo lo sabe, es sabiduría y todo bondad; un Dios de justicia, verdad y gracia. El es el soberano Señor de la historia que se sienta a juzgar todos los pecados humanos, na­cionales e individuales. Pero por sobre todo esto, El es un Dios de amor santo. Esto es lo que vemos cuando pen­samos acerca de Cristo. “El que me ha visto a mí, ha vis­to al Padre,” dijo nuestro Salvador en su memorable declaración en Juan 14:9-10, “las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.”

La síntesis de las enseñanzas tanto del Antiguo co­mo del Nuevo Testamento, es que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, es un Dios de amor santo. En cierto sentido la santidad de Dios sobresale más en el Antiguo Testamento y el amor de Dios sobresale más en el Nuevo Testamento. Pero no debemos poner de­masiado énfasis sobre esto. El Antiguo Testamento de­clara el amor de Dios: “Con amor eterno te he amado” (Jeremías 31:3). El Nuevo Testamento nos dice cuán grande es ese amor: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito” (Juan 3:16). De la misma manera, el Nuevo Testamento declara la santidad de Dios: “Sino como aquel que os llamó es san­to, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” (I Pedro 1: 15).

Dios no puede ser otra cosa que amor. Aun lo que la Escritura describe como la ira de Dios es una expre­sión de su amor. Lo contrario del amor no es ira, sino odio. La ira es el otro lado del amor, la constante opo­sición de Dios hacia aquello que destruye a quienes El ama.

Un padre escuchó en cierta ocasión a sus dos hijos en una seria conversación. El más grande estaba re­prendiendo al más pequeño: “Si eres malo papá no te amará más.” El padre llamó a sus dos niños. “Eso no es verdad,” dijo él. “Cuando ustedes son buenos, papá les ama con un amor que le hace feliz. Cuando ustedes son malos, papá les ama con un amor que les hace sen­tirse triste. El hecho de que el amor de Dios sea justo y santo y castigue lo malo, no hace que sea menos amor. En realidad un amor que no tuviera estas características no sería verdadero amor. Dejar que el pecado actuara libremente y que el mal quedara sin castigo, sería des­cuido e indiferencia y no un verdadero amor.

El Señor Jesucristo, Nuestra Esperanza

En la Biblia sobresale la figura del Señor Jesucristo. Lo que El es y lo que enseñó es el criterio por el cual ha de interpretarse toda creencia de la fe cristiana.

Pero la creencia acerca de Cristo significa mucho más que la aprobación general de lo que El hizo y enseñó. “¿Qué pensáis del Cristo?” (Mateo 22:42), es una pre­gunta que penetra hasta el corazón mismo de la fe que cualquier persona tenga, y establece separación entre la fe y la incredulidad. Ser cristiano significa algo más que tener puntos de vista correctos acerca de Cristo, pero di­fícilmente puede significar menos que esto.

En realidad, lo que nosotros sabemos acerca de Cris­to intelectualmente depende del testimonio de las Es­crituras. Ese testimonio, tomado como un todo, es claro e inconfundible, y nos habla de dos grandes hechos acer­ca de la persona del Señor Jesucristo. Ya mencionamos que estos dos hechos en el capítulo anterior represen­tan dos grandes verdades acerca de la Biblia misma, pero debemos considerarlos de nuevo.

1.    Humanidad Perfecta

El primero de estos grandes hechos en el testimonio de la Biblia acerca de Cristo es el de su perfecta humani­dad. El no fue medio humano y medio divino. Fue total­mente humano, tanto que podía “compadecerse de nues­tras debilidades,” y “tentado en todo según nuestra se­mejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).

Nunca debemos perder de vista este hecho. La única forma en que Dios podía verdaderamente revelarse era tomando la forma de la naturaleza humana, y en la per­sona de su Hijo, enseñándonos tanto lo que El es como lo que El quisiera que nosotros fuéramos. Un ser celes­tial puede anunciar los requisitos de la ley, pero la gra­cia y el amor de Dios podían verse sólo en una perso­nalidad viviente. Nosotros no podríamos ser reconcilia­dos a Dios, a menos que nuestra Reconciliación hubiera participado de nuestra naturaleza de modo que pudiera tomar nuestra mano y la mano del Padre para unirlas.

2.    La Deidad de Cristo

El otro gran hecho del cual la Biblia da testimonio es el de la Deidad de Cristo. No es suficiente hablar acerca de la “divinidad,” porque había muchas “divini­dades” en el tiempo de la Biblia, y muchos “dioses” eran adorados por los habitantes del mundo Mediterráneo. Si los cristianos primitivos se hubieran conformado con la “divinidad” de Cristo, no hubieran sufrido persecu­ción—porque donde hay muchos dioses hay lugar para uno más. Y aun en nuestros días hay personas que ha­blan de la “divinidad” del hombre o de la “chispa de la divinidad” en cada alma humana.

La afirmación del cristiano acerca de Jesús es que El es verdadero Dios, y es su deidad por la que santos y mártires dieron sus vidas. Gozosamente tomaron sus lugares en “la iglesia del Señor, la cual el ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28). Ellos hablaron del “mis­terio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, jus­tificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en glo­ria” (I Tesalonicenses 3:16). Vivieron con la esperanza de “la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:13); ellos hablaban de El como del Verbo quien estuvo desde el principio con Dios (Juan 1:1); y le adoraron como “Señor mío y Dios mío” (Juan 20:28).

La gran fe se fortaleció porque Cristo no nació por un proceso natural, sino por medio de una virgen, mediante la intervención del Espíritu Santo. Los que ponen en tela de duda el nacimiento virginal de Cristo deben conside­rar bien la alternativa de esta creencia, porque las Escri­turas dicen claramente que José no fue el padre de nues­tro Señor.

3.    Propósito de la Encarnación

¿Por qué, —quizá se pregunte, —tomó Dios forma hu­mana y en la persona de su Hijo invadió la historia hu­mana, dividiendo así el tiempo en antes de Cristo y des­pués de Cristo, en lo que alguien ha llamado la “lógica irrefutable del calendario?” No se puede obtener una respuesta más clara que la clásica respuesta de Pablo, ya citada anteriormente: “Dios estaba en Cristo reconcilian­do consigo al mundo” (II Corintios 5:19).

En estas nueve palabras tenemos material para va­rios volúmenes de teología. La gran tragedia del pecado humano había separado al hombre de Dios. Los justos requisitos de la ley moral debían llenarse, una ley en la que el pecado es seguido por la muerte, tan cierta e inevitablemente como la noche sigue a la puesta del sol. Al hacerse El mismo nuestra Ofrenda por el pecado, al ser levantado otra vez de entre los muertos para nues­tra justificación, el Señor Jesucristo se convierte en Salvador de todos los que creen en El.

4.    La Fe en Cristo

Estas últimas palabras nos dan un punto que debemos considerar cuidadosamente. En ninguna parte pro­meten las Escrituras vida eterna a los que tienen con­ceptos acertados acerca de Cristo, no importa cuán im­portantes sean esos conceptos. La frase clave es siempre: “Cree en,” o “Cree en el Señor Jesucristo, y serás sal­vo” (Hechos 16:31).

Porque creer puede significar dos cosas. Puede sig­nificar solamente “considerar verdaderas, ciertas ideas acerca de algo.” O puede significar, como en realidad debiera serlo, “aferrarse a esas ideas hasta el punto de hacerlas parte de su vida.” La fe no es un mero asunto de intelecto. Es un acto de la voluntad. Significa confiar en, entregar a, escoger, como un principio dominante de la vida.

Por tanto, la fe en Cristo es fe salvadora cuando con­duce a rendir la vida a su voluntad y a una confianza plena en su poder para salvar. Pero el resultado de la fe tal como se encuentra en nuestras vidas, no es sola­mente lo que nosotros hacemos acerca de ello, sino lo que El hace en nosotros. Y El obra en nosotros mediante su Santo Espíritu.

El Espíritu Santo de Dios

Cuando Cristo se enfrentó a la cruz, reveló a sus dis­cípulos el desaliento y la tristeza que su partida les cau­saría. Pero juntamente con estas advertencias les dejó algunas de sus promesas más grandes. “Rogaré al Padre,” dijo El, “y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora en vosotros, y estará en vosotros” (Juan 14:16-17).

Pasamos ahora a considerar nuestras creencias acerca del Espíritu Santo. Sería difícil pensar en otra creencia que tenga más importancia en la vida cristiana práctica.

1.    “Otro Consolador”

Cristo dijo, hablando acerca del Espíritu, que sería otro Consolador. Este término a veces se traduce tam­bién en “Abogado” o, como dice en el original: “Uno llamado para que venga a ayudar.”

Aun el antiguo término castellano “Consolador” tiene una interesante profundidad de significado cuando se aplica al Espíritu Santo. No significa: “Uno que im­parte solaz o consuelo en momentos de tristeza,” como el término nos sugiere en nuestros días. Significa más bien “fortalecer” o “fortificar.” El Consolador, por tanto, viene con poder, para fortalecer a un cristiano.

En la sección siguiente veremos que la doctrina cristiana de la Trinidad significa el reconocimiento de tres Personas divinas en una naturaleza o Deidad. La tercera Persona de la Trinidad es el Espíritu Santo.

Aquí tenemos dos puntos claves. El primero es la personalidad del Espíritu Santo.

2.    La Personalidad del Espíritu

No es correcto referirse al Espíritu Santo en forma neutra. Tenemos que ser cuidadosos y usar siempre el pronombre “El” cuando hablamos del Espíritu Santo. El es tanto una Personalidad divina como lo son Cristo y Dios el Padre.

El nombre más común que encontramos en la Bi­blia para la Tercera Persona de la Trinidad es el de Es­píritu Santo, y es el que preferiblemente debiéramos usar. Sin embargo, se usan en la Biblia buen número de diferentes nombres y títulos para referirse al Espíritu Santo. En el Antiguo Testamento se habla de su obra creadora en el segundo versículo de la Biblia cuando se nos dice que “el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Génesis 1:2).

En el Nuevo Testamento se le llama “el Espíritu Santo,” “el Consolador,” “el Espíritu de Cristo,” “el Es­píritu de verdad,” “el Espíritu de gracia,” “el Espíritu de adopción,” y también “el Espíritu de poder, de amor y de cordura.”

3.    La Deidad del Espíritu

El segundo punto clave que debemos considerar acerca del Espíritu Santo es su deidad. La Biblia nos enseña que una mentira en contra del Espíritu Santo es una mentira en contra de Dios (Hechos 5:3-4); El es eterno, como lo son Dios el Padre y Dios el Hijo (He­breos 9: 14); y la Iglesia usa formas de bautismos y ben­diciones que incluyen los nombres del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en forma paralela e igual (Mateo 28: 19; II Corintios 13: 14).

4.    El Espíritu y la Vida Cristiana

Pero ahora hemos de considerar el lugar que esta Persona divina tiene en la vida del cristiano. Puede re­sumirse este asunto diciendo que todo contacto con Dios el Padre y Cristo Jesús, el Hijo, por un lado, y el alma humana por el otro, es por el Espíritu Santo.

Cristo enseñó esto claramente en su última conver­sación con sus discípulos que se registra en el Evange­lio de Juan, en los capítulos 14 al 16. El Espíritu Santo ha de tomar el lugar del Maestro en la vida de los cre­yentes (14: 18); El ha de enseñar todas las cosas, y re­cordar todo lo que Cristo ha enseñado (14:26); El ha de inspirar testimonio acerca de Cristo (15: 26-27); y es mejor para los cristianos tener el Espíritu que tener la presencia del Señor Jesús con ellos en la carne (16:7).

a.    Su Obra. Por lo tanto vemos que no hay vida es­piritual bajo ningún concepto sin el Espíritu de Dios. Antes de convertirnos, somos despertados y convencidos del pecado por el Espíritu Santo (Juan 16: 8). El prin­cipio de una verdadera vida cristiana es el nacimiento del Espíritu, (Juan 3:5-6). Necesitamos nacer no so­lamente del Espíritu, sino también ser bautizados con el Espíritu (Mateo 3:11). Y a través de toda su vida cris­tiana el creyente continúa siendo guiado por el Espíritu (Romanos 8: 14).

b.    El Ejecutivo Divino. Esta es la razón por la que el doctor Daniel Steele llamó al Espíritu Santo “El Ejecutivo de la Deidad.” El ilustró la doctrina de la Trinidad señalando que en cualquier gobierno hay tres funciones o facultades. Incluido en el Congreso de nues­tro gobierno está la función legislativa o la de hacer las leyes. Luego está la función judicial, tal como se ve en los juzgados del país. Y finalmente está la función eje­cutiva, representada por el presidente y su gabinete.

De la misma manera, en la Trinidad está Dios el Padre, el Dador de la ley. Está Cristo Jesús, el Hijo, el Juez divino de toda la humanidad. Y está el Espíritu del Señor, el Ejecutivo.

Así como todas las relaciones del ciudadano indivi­dual con su gobierno, y las acciones del gobierno