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Trigo y Cizaña

 

20. En el año 1762 hubo un gran crecimiento de la obra de Dios en Londres. Muchos, que hasta entonces no se habían preocupado de estas cosas, fueron profundamente convencidos de su estado perdido; muchos encontraron la redención en la sangre de Cristo; y no pocos desviados volvieron al camino y un número considerable testificó que Dios los había salvado de todo pecado. Previendo fácil­mente que Satanás trataría de sembrar cizaña entre el trigo, me empeñé mucho en amonestarles del peligro que les acechaba con respecto al orgullo y fanatismo. Durante mi estadía en la ciudad tuve razones para creer que con­tinuaban tanto humildes como serenos. Pero tan pronto me ausenté, estalló el fanatismo. Dos o tres comenzaron a considerar sus propias imaginaciones como revelaciones venidas de Dios, y de ahí a suponer que nunca morirían; y éstos luchando por hacer que otros fueran de la misma opi­nión, ocasionaron mucho ruido y confusión. Poco después, esas mismas personas con algunas más, cometieron otras locuras, creyéndose inmunes a la tentación y a los dolores y poseedores del don de profecías y discernimiento de espíritus. Cuando volví a Londres, en el otoño, algunos acep­taron mi reprensión, mas otros habían ido más allá del terreno de la instrucción. Mientras tanto, llovían sobre mí los reproches en casi todas las direcciones; de los mismos, porque los refrenaba en toda ocasión; y de otros, quienes se quejaban de que yo no los refrenaba. Sin embargo la mano del Señor no se detuvo, sino que más y más peca­dores fueron convencidos, y había conversiones casi dia­rias a Dios y otros eran establecidos en el amor divino.

 

21. Por esta época, un amigo que vivía a alguna distancia de Londres me escribió como sigue:

“No os alarméis que Satanás siembre cizaña entre el trigo de Cristo. Siempre ha sido así, especialmente en ocasión de algún notable derramamiento del Espíritu y continuará siendo así hasta que Satanás haya sido encadenado por mil años. Hasta entonces él remedará y hará esfuerzos por contrarrestar la obra del Espíritu de Cristo. Uno de los resultados tristes de esto ha sido que un mundo que está siempre dormido en los brazos del maligno ha ridiculizado toda obra del Espíritu Santo.

“Pero, ¿qué pueden hacer los cristianos verdaderos? Respondo, si desean conducirse bien a sí mismos, deben:

1. Orar para que toda alma engañada sea libertada; 2. es­forzarse para rescatarla en el espíritu de mansedumbre; y 3. tener el mayor cuidado, tanto por medio de la oración como de la vigilancia, para que el engaño de otros no dis­minuya su celo por buscar esa santidad completa del alma, cuerpo y espíritu ‘sin la cual nadie verá al Señor’ (Hebreos 12:14).

“Es verdad, que esto de la ‘nueva criatura’ carece de sentido a un mundo loco. Pero es, no obstante, la volun­tad y sabiduría de Dios. ¡Que todos busquemos esta transformación!

“Pero algunos quienes aceptan esta doctrina en toda su extensión muy a menudo son culpables de limitar al Todopoderoso. El reparte sus dones conforme le plazca; por lo tanto no es ni prudente ni honesto afirmar que una persona debe ser creyente por largo tiempo antes de sen­tirse capaz de recibir un grado más alto del Espíritu de santidad.

“El método general de Dios es una cosa, pero su so­berano placer es otra. El tiene sabias razones tanto para apresurar su obra como para retardarla. A veces viene sú­bita e inesperadamente; otras veces no viene hasta después de haberla esperado por mucho tiempo.

“Ha sido mi opinión por varios años que una de las grandes razones por la cual los hombres adelantan tan poco en la vida de santidad se debe a su propia frialdad, negligencia, e incredulidad. Nótese que hablo de los creyentes.

“Que el Espíritu de Cristo nos dé justo juicio en todas las cosas, y nos llene ‘de toda la plenitud de Dios’ (Efesios 3:19), para que así seamos ‘perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna’ (Santiago 1:4).”

 

22. Por este tiempo se levantaron unos cinco o seis faná­ticos bien intencionados y predijeron que el mundo se acabaría el 28 de febrero de este año. Inmediatamente los detuve por todos los medios posibles, tanto en público como en privado. Prediqué expresamente sobre este punto tanto en West Street como en Spitalfields. Amonesté a la sociedad de creyentes vez tras vez, y hablé a tantos como pude y tuve la satisfacción de ver el fruto de mi labor. Estos ganaron muy pocos seguidores; escasamente treinta en toda la sociedad. Sin embargo hicieron mucho ruido y dieron grandes motivos de ofensa a los que tenían especial cuidado en adelantar hasta lo último toda ocasión contra mí; y aumentó grandemente el número y valor de los que se oponían a la doctrina de la perfección cristiana. Algunas preguntas publicadas por uno de éstos movieron a un hombre sencillo a escribir lo siguiente:

 

23. Cuestionario propuesto humildemente a los que niegan que la perfección cristiana puede obtenerse en esta vida

1. ¿No es verdad que ha sido dado más universal-mente el Espíritu Santo bajo el evangelio que bajo la dis­pensación judaica? Si no es así, ¿cómo pueden interpre­tarse las palabras que encontramos en Juan 7:39: “...pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado?”

2. ¿Fue la gloria que siguió a los sufrimientos de Cris­to (1 Pedro 1:11) una gloria externa o interna, es a saber, la gloria de la santidad?

3. ¿Exige Dios de sus hijos en alguna parte de las Escrituras algo superior a la gracia que El mismo les promete?

4. ¿Tendrán las promesas de Dios, con respecto a la santidad, su cumplimiento en esta vida o sólo en la otra?

5. ¿Está el cristiano bajo algunas otras leyes fuera de las que Dios ha prometido escribir en su corazón? (Jere­mías 31:31; Hebreos 8:10).

6. ¿En qué sentido es cumplida “...la justicia de la ley...en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu?” (Romanos 8:4).

7. ¿Es imposible que alguien en esta vida ame “a Je­hová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas”? ¿Y está el cristiano bajo alguna ley no cumplida en este amor?

8. ¿La separación del alma del cuerpo efectúa la puri­ficación del pecado innato?

9. Si así fuera, ¿no sería entonces otra cosa ajena a la sangre de Cristo, la que limpia de todo pecado?

10. Si su sangre nos limpia de todo pecado, mientras el alma y el cuerpo están unidos, ¿no es en esta vida?

11. Si se opera cuando esa unión ya no existe, ¿no es verdad que será en la otra vida? ¿Y no será entonces dema­siado tarde?

12. Si se opera en el momento de expirar, ¿en qué es­tado estaría el alma si no se encuentra ni dentro del cuerpo ni fuera de él?

13. ¿Nos ha enseñado Cristo en alguna parte que de­bemos orar por lo que El no tiene intención de dar?

14. ¿No nos ha enseñado a orar así: “...Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra?” (Mateo 6:10). ¿Y no se hace su voluntad perfectamente en el cielo?

15. Siendo así, ¿no nos ha enseñado El a orar para alcanzar la perfección en la tierra? ¿No tendrá El pues el propósito de dárnosla?

16. ¿No oró San Pablo conforme a la voluntad de Dios, cuando él pedía que los tesalonicenses fuesen santi­ficados en todo y que su “espíritu, alma y cuerpo sea guardado” (en este mundo, no en el otro, a menos que él estuviera orando por los muertos) “irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”? (1 Tesalonicenses 5:23).

17. ¿Desea usted sinceramente ser libre del pecado innato en esta vida?

18. Si tiene usted ese deseo, ¿no le habrá sido dado por Dios?

19. Si Dios se lo ha dado, ¿no ha sido para burlarse de usted, ya que es imposible obtenerlo?

20. Si no es usted lo bastante sincero para desearlo, ¿no está usted disputando acerca de cosas que no están a su alcance?

21. ¿Acaso ora usted a Dios para que le limpie los pensamientos de su corazón, para que pueda amarle con amor perfecto?

22. ¿Si usted ni desea lo que pide, ni lo cree accesible, no está usted orando como un necio ora?

¡Que Dios le ayude a considerar estas preguntas serena e imparcialmente!

 

Algunos Testigos

 

24. Al fin de este año, Dios sacó de este mundo aquella antorcha luminosa que se llamó Jane Cooper. Ella fue una fiel testigo de la perfección cristiana, tanto en vida como en muerte, y no está de más dar aquí un corto relato de su muerte sirviéndonos de una de sus propias cartas, la cual contiene un relato sencillo y sincero de la manera como a Dios le plugo operar ese gran cambio en su alma:

2de mayo de 1761

 

“Creo que mientras dure mi memoria, la gratitud continuará en mí. Desde que usted predicó del texto en Gálatas 5:5, vi. claramente el verdadero estado de mi alma. Ese sermón describió mi corazón y lo que él deseaba; es a saber, la verdadera felicidad. Usted leyó la carta del señor M…, y ella me reveló la religión que mi corazón deseaba. Desde entonces la perfección cristiana apareció a mi vista, y pude ir en pos de ella con verdadero empeño. Permanecí en vela y oración, a veces muy apenada, otras veces en paciente expectación de la deseada bendición. Por varios días, antes de su partida de Londres, mi alma descansaba sobre una promesa que me fue dada mientras oraba: '...vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis…'(Malaquías 3:1). Creí que lo haría, y que residiría como un fuego purificador. El martes, después de que usted salió de Londres, pensé que me sería imposible reconciliar el sueño a menos que El cumpliera su palabra esa noche. No conocía, hasta entonces, la fuerza de estas palabras: `Estad quietos, y conoced que yo soy Dios...´ (Salmos 46:10). Me humillé hasta lo sumo ante su presencia, y disfruté de perfecta calma en mi alma. No sabía si El había destruido mi pecado o no; pero deseaba saberlo, para alabarle. Sin embargo me di cuenta de que la duda había aparecido nuevamente, y gemí bajo su peso. El miércoles fui a Londres, y busqué al Señor sin cesar. Le prometí que si me salvaba del pecado, yo le alabaría. Podía abandonar todas las cosas, para ganar a Cristo. Pero descubrí que todas estas argumentaciones carecían de valor; que si El me salvaba, debía ser por gracia, por amor de su nombre. El jueves tuve la tentación de suicidarme, o de nunca conversar más con los creyentes en Dios. Con todo, no tenía ninguna duda de su amor indulgente; pero:

 

Era peor que la muerte a mi Dios amar,

Y no amarlo sólo a El.

 

“El viernes mi pena se hizo más honda. Traté de orar, y no pude. Fui donde la señora D., quien oró por mí, y me dijo que era la muerte del viejo hombre. Abrí mi Biblia y se presentó a mi vista este texto: ‘Pero los cobardes e incrédulos...tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre’ (Apocalipsis 21:8). No pude aguantar eso. Miré otro texto (Marcos 16:6-7): ‘...No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno...id, decid a sus discípulos...que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis...' Recibí ánimo y ayuda para orar, creyendo que vería a Jesús al regresar a mi hogar. Regresé esa noche y encontré a la señora G. Ella oró por mí; y su súplica sólo era:'...Dios no hace acepción de personas' (Hechos 10:34). Y Dios confirmó que era así, bendiciéndome. En aquel momento pude echar mano de Cristo Jesús, y encontré la salvación por medio de una fe sencilla. El me dio seguridad, el Señor, el Rey, quien estaba conmigo, de que no vería más el mal. Bendije a Aquel que me había visitado y redimido y había venido a ser mi ‘sabiduría, justificación, santificación y redención’ (1 Corintios 1:30). Vi a Jesús en toda su hermosura; y supe que El era mi sacerdote en todos sus oficios. Y, gloria sea a El, pues ahora reina sin rival en mi corazón. No tengo otra voluntad que la de El. No siento orgullo; ni deseo otra cosa que no sea El. Sé que por fe estoy en pie, y que el velar y orar deben ser los guardianes de la fe. Soy feliz en Dios en este momento, y tengo fe para el momento que sigue. He leído a menudo el capítulo que usted menciona (1 Corintios 13), y he comparado mi corazón y vida con él. Haciendo esto, veo y siento mis defectos, y la necesidad que tengo de la sangre expiatoria. Sin embargo no me atrevo a decir que no siento una medida del amor allí descrito, aunque no soy todo lo que debo ser. Deseo perderme en ese amor que sobrepuja todo entendimiento. Sé que el justo vivirá por la fe; y a mí, que soy menos que el menor de todos los santos, ha sido dada esta gracia. ¡Si yo fuera un arcángel, me cubriría el rostro en su presencia y dejaría que el silencio le alabara!”

El siguiente testimonio fue dado por una que fue testigo ocular de lo que dice:

1. A principios de noviembre, parece que ella previó lo que le sobrevendría, y cantaba con frecuencia estas estrofas:

Cuando el dolor sobre esta débil carne prevalezca,

De paciencia y mansedumbre armad mi pecho.

Y cuando envió a decirme que estaba grave, escribió en su esquela, “Sufro la voluntad de Jesús; todo lo que El me envía es endulzado por su amor. Estoy tan feliz como si oyera una voz decir:

Por mí, mis hermanos mayores aguardan,

Los ángeles me dan la señal de partida,

Y Jesús me dice: ‘¡Ven!’”

2. Al decirle yo, “No puedo escoger ni vida ni muerte para usted”, respondió: “Pedí al Señor que, si era su voluntad, muriera yo primero. Y El me dijo que usted me sobrevivirá, y me cerrará los ojos.” Cuando descubrimos que eran viruelas, le dije, “¿Querida, no os alarmará si os decimos cuál es vuestro mal?” Su respuesta fue, “La voluntad de El no puede asustarme”.

3. Este mal se agravó muy pronto, pero mientras más se agravaba, más se fortalecía su fe. El martes 16 de noviembre, me dijo ella, “He estado adorando delante del trono de una manera gloriosa. ¡Mi alma estaba envuelta en Dios!” Preguntéle, “¿Le dio el Señor alguna promesa en particular?” “No”, contestó ella. “Se redujo todo a:

 

Aquel reverente temor que no se atreve a moverse,

Y todo el silencioso cielo de amor.”

 

4. El jueves, al preguntarle qué tenía que decirme, me contestó con estas palabras: “Nada que no sepáis ya: “Dios es amor.” Interrogándola con respecto a si tenía alguna promesa especial, replicó, “Me parece no desear una; puedo vivir sin ella. Moriré siendo una masa deforme, pero os encontraré gloriosa, y mientras tanto, continuaré teniendo comunión con vuestro espíritu”.

5. El señor M. preguntó cuál creía ella que era el más excelente camino, y cuáles eran sus principales impedimentos. Su respuesta fue: “El obstáculo o impedimento más grande viene generalmente de la constitución natural de uno mismo. El mío era ser reservada, taciturna, sufrir mucho y decir poco. Algunos pueden pensar que una manera es más excelente, y otros otra; pero el punto importante es vivir en la voluntad de Dios. En meses pasados cuando estuve particularmente dedicada a esto, sentía tal dirección de su Espíritu, y la unción que recibí del Ser Santo me ha enseñado acerca de todas las cosas, y no necesité que ningún hombre me enseñara.”

6. El viernes en la mañana dijo: “Creo que moriré.” E incorporándose en la cama pronunció estas palabras:

“Señor, te bendigo porque estás siempre conmigo, y todo cuanto tienes es mío. Tu amor es más potente que mi impotencia, más fuerte que mi debilidad, más grande que mi indignidad. ¡Señor, Tú dices a esta ruina: Eres mi hermana! Y gloria sea a ti, oh buen Jesús, porque eres mi Hermano. ¡Déjame comprender, junto con todos los santos, la longitud, anchura, profundidad y altura de tu amor! Bendice a éstos (los presentes); y haz que se ejerciten cada momento en todas las cosas que sean de tu agrado.”

7. Algunas horas después, se apoderó de ella la agonía de la muerte; pero su rostro estaba iluminado con triunfante sonrisa, y ella daba palmadas de gozo. Díjole la señora C., “Querida, eres más que vencedora por la sangre del Cordero”. Como respuesta dijo: “¡Sí, oh sí, dulce Jesús! ¿Oh muerte, dónde está tu aguijón?” Quedóse entonces medio dormida por algún tiempo, y luego, al tratar de hablar, no pudo; sin embargo dio testimonio de su amor dando la mano a todos los que estaban en el cuarto.

8. Llegó entonces el señor Wesley a quien ella dijo:

“Señor, no sabía que yo viviría para verle. Pero me alegro que el Señor me haya dado esta oportunidad, y a la vez poder hablarle. Yo le amo. Usted ha predicado siempre la más estricta doctrina; y yo me gocé siguiéndola. Continúe haciéndolo, señor Wesley, sin tener en cuenta a quién le agrade o desagrade.” Hízole él la siguiente pregunta, “¿Cree usted actualmente que es salvada de pecado?” “Sí, hace meses que no tengo duda de ello. El haber dudado en otro tiempo se debió a que no permanecí en la fe. Ahora siento que he guardado la fe; y el amor perfecto echa fuera el temor. En cuanto a usted, el Señor me ha revelado que sus trabajos postreros excederán a sus primeros, aunque yo no lo vea. He sido una gran “entusiasta”, según el término usado por algunos, estos últimos seis meses; pero nunca antes había vivido tan cerca del corazón de Cristo. Usted debe, señor, continuar consolando los corazones de centenares siguiendo aquella sencillez que ama su alma.”

9. A uno que había recibido el amor de Dios bajo sus oraciones, ella dijo, “Sé que no he seguido una fábula astutamente arreglada, porque soy tan feliz como el más feliz mortal puede ser. Siga adelante, hasta llegar al blanco”. Sus palabras a la señorita M. fueron: “Ama a Cristo, pues El te ama. Creo que te veré a la diestra de Dios. Pero como una estrella difiere de otra en gloria, así será en la resurrección, y por eso te requiero en presencia de Dios que me encuentres en aquel día llena de su gloria. Evita toda conformidad con el mundo. Estás privada de muchos privilegios. Sé que yo seré encontrada sin culpa. Esfuérzate para ser hallada por El en paz sin mancha.”

10. Su oración el sábado por la mañana fue más o menos como sigue: “Yo sé, Señor, que mi vida se prolonga sólo para hacer tu voluntad. Y aún cuando no coma o beba más (ella no había tomado nada por espacio de 28 horas), sea hecha tu voluntad. Estoy dispuesta a permanecer así doce meses: No con solo el pan vivirá el hombre. Te alabo porque no hay sombra de queja en nuestros ayes. En este sentido no sabemos lo que significan las enfermedades. Verdaderamente, Señor que ni vida, ni muerte, ni cosas presentes, ni porvenir, ni ninguna criatura puede separarnos de tu amor un momento. Bendice a éstos, para que no haya falta en sus almas. Creo que no la habrá. Oro con fe.”

A pesar de su estado delirante, el domingo y el lunes tuvo momentos de cordura, en los cuales se comprendía claramente que su corazón estaba aun en el cielo. Al decirle uno de los presentes, “Jesús es nuestra meta”, ella contestó: “Yo tengo un solo blanco; soy toda espiritual.” Díjole entonces la señorita M: “Tú moras en Dios”, a lo que contestó ella, con la palabra: “Completamente.” Alguien le preguntó si amaba al Señor, a lo que ella contestó: “¡Oh, yo amo a Cristo: amo a mi Cristo!” A otro dijo, “No estaré aquí por mucho tiempo; Jesús es precioso, muy precioso, en verdad”. Hablando nuevamente a la señorita M., le dijo: “El Señor es muy bueno; El conserva mi alma por encima de todas las cosas.” Por quince horas antes de su muerte, sufrió horriblemente de fuertes convulsiones. Uno de los testigos de su terrible sufrimiento le dijo: “Eres hecha perfecta por medio de los sufrimientos”, a lo cual contestó ella: “Más y más así.” Después de un rato de tranquilidad, dijo: “¡Señor, Tú eres fuerte!” Luego, tras larga pausa pronunció sus últimas palabras, las cuales fueron: “Mi Jesús es todo en todo para mí; gloria sea a El por toda la eternidad”, y después de media hora de completa tranquilidad expiró sin un suspiro o una queja.”

 

Otros Pensamientos acerca de la Perfección Cristiana

 

25. El año siguiente (1768), como seguía en aumento el número de los que creían ser salvos del pecado, juzgué necesario publicar, principalmente para la instrucción de éstos, “Otros Pensamientos acerca de la Perfección Cristiana”, los cuales incluyo aquí:

1. Pregunta ¿Cómo es Cristo “el fin de la ley…para justicia a todo aquel que cree”? (Romanos 10:4).

Respuesta — Para entender esto, hay que saber de cuál ley se habla, la cual creo que es: 1. La ley mosaica, toda la dispensación mosaica, de la cual San Pablo continuamente habla como si fuera una, aunque contiene tres partes: la política, la moral y la ceremonial. 2. La ley adámica, dada a Adán en su inocencia, y propiamente llamada “la ley de las obras”. Esta es en sustancia igual a la angelical, siendo común a los ángeles y a los hombres. Esta ley requería que el hombre usara para la gloria de Dios todos los poderes con que fue creado. Sabemos que fue creado libre de defecto, tanto en su entendimiento como en sus afectos. Por consiguiente, su cuerpo no era un obstáculo para su mente; no le impedía comprender claramente todas las cosas, juzgando fielmente con respecto a ellas, y razonando justamente, en caso de que razonara, porque es posible que no lo hiciera. Tal vez no tuvo necesidad de analizar hasta que su cuerpo corruptible enturbió su mente y dañó sus facultades originales. Puede ser que hasta entonces la mente viera tan claramente como hoy el ojo ve la luz todas las verdades que se presentaban.

Por consiguiente, esta ley, proporcionada a sus facultades originales, requería que el hombre pensara, hablara y procediera siempre con justa precisión en todos estos puntos. El estaba bien preparado para hacerlo; y Dios por lo tanto no podía menos que exigir el servicio que el hombre podía hacer.

Pero Adán cayó, y su cuerpo incorruptible se tornó corruptible; y desde entonces, éste ha sido un obstáculo para su alma, e impide sus actividades tanto espirituales como físicas. Por lo tanto, actualmente, ningún ser humano puede siempre comprender claramente, o juzgar con verdadero juicio. Y donde el juicio o la comprensión es defectuosa, es imposible razonar justamente. Así que, es tan natural en el hombre el equivocarse como el respirar, siendo tan imposible vivir sin el uno como sin el otro. Por consiguiente ningún hombre puede cumplir los servicios requeridos por la ley adámica.

Y ningún hombre está obligado a cumplirla; porque Dios no lo requiere de ninguno; pues Cristo es el fin de la ley tanto adámica como mosaica. Con su muerte El puso fin a ambas; El ha abolido tanto la una como la otra, con respecto al hombre; y la obligación de observar tanto la una como la otra dejó de ser. Además, ningún hombre está obligado a observar la ley adámica, como no lo está a la ley mosaica. (Quiero decir, que su observancia no es una condición exigida para la salvación presente o futura.)

En lugar de éstas, Cristo ha establecido otra ley, es a saber, la ley de la fe. Ahora no es aquel que obra, sino el que cree quien recibe justicia en el sentido completo de la palabra; es decir, es justificado, santificado y glorificado.

2. Pregunta ¿Estamos muertos a la ley?

Respuesta Estamos “muertos a la ley mediante el cuerpo de Cristo” dado por nosotros, Romanos 7:4; tanto a la ley adámica como a la mosaica. Estamos completamente libres de ellas por su muerte, habiendo expirado la ley con El.

3. Pregunta ¿Cómo es entonces, que dice en 1 Corintios 9:21 que no estamos “sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo”?

Respuesta Estamos sin esa ley; pero eso no indica que estamos sin ninguna ley, porque Dios ha establecido otra ley en su lugar, la ley de la fe; y todos estamos bajo esta ley para con Dios y Cristo. Tanto nuestro Creador como nuestro Redentor exigen que la observemos.

 

El Amor Es el Cumplimiento de la Ley

 

4. Pregunta ¿Es el amor el cumplimiento de esta ley?

Respuesta Indudablemente que sí. Toda la ley, bajo la cual ahora estamos, se cumple en el amor: Romanos 13:9-10. La fe que obra animada por el amor es todo cuanto Dios exige del hombre, pues El ha reemplazado la perfección angelical por el amor.

5. Pregunta ¿Por qué es el amor “el propósito de este mandamiento”? 1 Timoteo 1:5.

Respuesta Porque es el fin de cada mandamiento de Dios. Pues es el centro al que se dirige todo y cada parte de la institución cristiana. Su fundamento es la fe, purificando el corazón; el fin es el amor, preservando una buena conciencia.

6. Pregunta ¿Qué amor es este?

Respuesta El amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, nuestra mente, alma y fuerza; y el amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, como a nuestras propias almas.

7. Pregunta ¿Cuáles son los frutos o propiedades de este amor?

Respuesta — San Pablo nos los muestra con claridad en 1 Corintios 13. El amor es “sufrido”. Sufre todas las debilidades de los hijos de Dios, todas las perversidades de los hijos del mundo; y no por poco tiempo solamente, sino por el tiempo que a Dios le plazca. En todo ve la mano de Dios, y voluntariamente se somete a ella. Es al mismo tiempo “benigno”. En medio de todo, y a pesar de todo lo que sufre, es suave, manso, tierno y benigno. “El amor no tiene envidia”, excluye toda clase y grado de envidia del corazón; “el amor...no hace nada indebido”, ni con violencia, ni con dureza, ni juzga severa o imprudentemente; “no es jactancioso”, no es altanero, no hace sinrazón; “no busca lo suyo”, es decir, su placer, honra, comodidad o ganancia; “no se irrita”, excluye del corazón toda ira; “no guarda rencor”, echa fuera toda tendencia celosa, sospechas, e inclinación a creer lo malo; “no se goza de la injusticia”, llora por el pecado o las imprudencias de su enemigo más acérrimo; “mas se goza de la verdad”, de la santidad y felicidad que cada persona pueda disfrutar. El amor cubre todas las cosas, no habla mal de nadie; “todo lo cree”, todo lo que tiende a elevar el carácter de otro. “Todo lo espera”, todo cuanto puede disminuir las faltas que no pueden negarse; y “todo lo soporta”, todo lo que Dios puede permitir, o pueden los hombres o diablos infligir. Esta es “la ley de Cristo”, la perfecta ley”, “la ley de libertad”.

Y esta distinción entre la “ley de la fe” (o amor) y la “ley de las obras”, no es ni inútil, ni innecesaria. Es sencilla, fácil e inteligible a cualquiera que tenga sentido común. Y es absolutamente necesaria para evitar mil dudas y temores, aun en aquellos que “andan en amor”.

8. Pregunta Pero, ¿no es verdad que “todos ofendemos muchas veces”, y el mejor de nosotros viola esta ley?

Respuesta — En un sentido no lo hacemos, mientras nuestro genio, pensamientos, palabras y obras emanen del amor. Pero en otro sentido lo hacemos, y lo haremos, más o menos, mientras vivamos. Porque ni el amor, ni la unción del Espíritu Santo nos hace infalibles. Por lo tanto, debido a inevitables deficiencias de nuestro entendimiento, no podemos menos que equivocarnos en algunas cosas. Y estos errores frecuentemente ocasionarán males, tanto en nuestro genio, como en nuestras palabras y acciones. Por estar equivocados con respecto al carácter de una persona, podemos llegar a amarla menos de lo que realmente merece. Y debido a esa misma equivocación, somos inevitablemente guiados a hablar o proceder con respecto a esa persona de una manera contraria a esta ley.

 

La Expiación Es Necesaria

 

9. Pregunta De lo expuesto, entonces, ¿quiere decir que no necesitamos más a Cristo?

Respuesta El más santo de los hombres necesita aun a Cristo como su profeta, como “la luz del mundo”.

Porque El no les da luz sino de momento a momento desde el instante en que El se retira de nosotros, todo es tinieblas. Necesitan aún a Cristo como su Rey, pues Dios no les da un depósito de santidad. De no recibir una provisión de santidad a cada instante, no quedaría otra cosa que; impureza. Necesitan aún a Cristo como su sacerdote, para presentar por medio de El, lo santo y consagrado de ellos a Dios. Aun la santidad perfecta es sólo aceptable a Dios por medio de Jesucristo.

10. Pregunta — ¿No puede entonces el mejor de los hombres adoptar la confesión del mártir moribundo que dijo: “No soy en mí mismo otra cosa sino pecado, tinieblas e infierno; pero Tú eres mi luz, mi santidad, mi cielo”?

Respuesta — No exactamente. Pero el mejor de los hombres puede decir: “Tú eres mi luz, mi santidad, mi cielo. Por mi unión contigo, estoy lleno de luz, santidad, y felicidad. Pero si fuese abandonado a mi propio ser, nada sería sino pecado, tinieblas e infierno.”

Además digo que el mejor de los hombres necesita a Cristo como su sacerdote, su expiación y su abogado para con el Padre, no sólo porque la continuación de todas sus bendiciones depende de su muerte e intercesión, sino debido a su impotencia de llenar todos los requisitos de la ley del amor. Todo ser viviente es impotente para llenarlos. Vosotros que sentís todo el amor, comparaos con la descripción precedente. Pesaos en esta balanza, y ved si no estáis faltos en muchos detalles.

11. Pregunta Pero si todo eso es compatible con la perfección cristiana, luego esa perfección no es libertad de todo pecado, siendo que el pecado es la trasgresión de la ley, y los perfectos en amor violan la ley bajo la cual están. Además, necesitan la expiación de Cristo; y El no expía otra cosa sino el pecado. ¿Es correcto entonces usar el término “perfección sin pecado”?

Respuesta No vale la pena discutir sobre ello. Pero observad en qué sentido necesitan las personas en referencia la expiación de Cristo. Ellos no la necesitan para reconciliarse nuevamente con Dios, porque están ya reconciliados. No la necesitan para restaurar el favor de Dios, sino para continuarlo. El no consigue el perdón para ellos de nuevo, sino vive “siempre para interceder por ellos”. Y “con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que son santificados” (Hebreos 10:14, V.M.).

Por no considerar debidamente esto, algunos niegan que necesitan la expiación de Cristo. Son en verdad pocos los que así piensan; no recuerdo haber encontrado cinco de éstos en Inglaterra. De las dos, yo preferiría dejar la perfección cristiana más que la expiación de Cristo, pero no tenemos que dejar ni la una ni la otra. La perfección que yo retengo, el amor que se regocija siempre, la oración sin cesar, y la acción de gracias en todo, es compatible con la otra. Si alguno conserva una perfección que no llena este ideal, debe examinarla.

12. Pregunta ¿Son entonces la perfección cristiana y la sinceridad sinónimas?

Respuesta Sí, si con el término sinceridad queréis decir el amor inundando el corazón, expulsando el orgullo, la ira, el mal deseo, y la obstinación; estar siempre gozosos, orar sin cesar y dar gracias en todo. Pero dudo que muchos usen el término sinceridad en este sentido. Por lo tanto creo que el término antiguo es mejor.

Una persona puede ser sincera conservando aún su carácter natural; su orgullo, ira, concupiscencia y obstinación. Pero no es perfecta hasta que su corazón haya sido limpiado de todas estas y otras corrupciones.

Para aclarar más este punto diré lo siguiente: Conozco a muchos que aman a Dios con todo su corazón. El es su único deseo, su único deleite, y ellos son continuamente felices en El. Aman a su prójimo como a sí mismos. Sienten un deseo sincero, ferviente, y constante por la felicidad de todos los hombres, buenos o malos, amigos o enemigos, como si fuera su propia felicidad. Están siempre gozosos, oran sin cesar y en todo dan gracias. Sus almas están continuamente elevándose hacia Dios en santo gozo, oración y alabanza. Esto es un hecho, porque es una experiencia clara, sana y bíblica.

Pero estas almas moran aún en un cuerpo quebrantado, y por lo mismo están a veces tan oprimidas que no pueden siempre ejercitarse como desean, pensando, hablando, procediendo con justa precisión. Por falta de mejores facultades, a veces piensan, hablan, o proceden mal; no, de veras, por falta de amor, sino por carecer de sabiduría. Y cuando éste sea el caso, a pesar de estas deficiencias y sus consecuencias, cumplen la ley del amor.

Sin embargo, como no hay una plena conformidad a la ley perfecta aun en este caso, por lo tanto aun los más perfectos, por esta misma razón, necesitan la sangre expiatoria, y pueden decir tanto para sus hermanos como para sí mismos: “Perdónanos nuestras deudas.”

13. Pregunta Pero si Cristo ha puesto fin a esa ley, ¿qué necesidad hay de expiación por la violación de ella?

Respuesta Observad en qué sentido Cristo ha puesto fin a ella, y desaparecerá la dificultad. Si no fuera por el mérito permanente de su muerte, y por su continua intercesión por nosotros, esa ley nos condenaría aún. Por lo tanto necesitamos la expiación por cada trasgresión de ella.

 

La Santidad no Excluye la Tentación

 

14. Pregunta Pero, ¿puede uno que está salvo del pecado ser tentado?

Respuesta Sí, puesto que Cristo no hizo pecado y sin embargo fue tentado.

15. Pregunta Lo que usted llama tentación, yo lo llamo corrupción de mi corazón. Y, ¿cómo distingue usted la una de la otra?

Respuesta En algunos casos es imposible distinguirlas sin la intervención directa del Espíritu. Pero generalmente podemos distinguirlas de este modo:

Alguien me elogia. Así se me presenta la tentación del orgullo. Pero inmediatamente mi alma se humilla delante de Dios, y no siento orgullo. Estoy tan seguro de esto como estoy seguro de que el orgullo no es humildad.

Un hombre me abofetea. Así me viene la tentación de encolerizarme. Pero mi corazón rebosa de amor. No siento ninguna cólera. Estoy tan seguro de esto como estoy seguro de que el amor y la ira son antagónicos.

Me solicita una mujer, presentándoseme así la tentación a la sensualidad. Pero al instante huyo de la tentación y estoy tan seguro de no sentir deseos lascivos como lo estoy de que mi mano está fría o caliente.

Así sucede si uno es tentado por un objeto presente, y es lo mismo cuando el objeto está ausente; el diablo trae a nuestra mente un elogio, una injuria o una mujer. Al instante, el alma rechaza la tentación y permanece llena de amor puro.

Y la diferencia es aún más patente cuando comparo mi presente estado con mi pasado, en el cual sentía la tentación y también la corrupción.

 

Cómo Sabemos que Estamos Santificados

 

16. Pregunta Pero, ¿cómo es que uno llega a saber que está santificado, a salvo de la corrupción innata?

Respuesta No se puede saber por otro modo sino por el mismo por el cual sabemos que somos justificados. “...Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado” (1 Juan 3:24).

Lo sabemos por el testimonio y los frutos del Espíritu. Primero, por su testimonio. Como, cuando fuimos justificados, el Espíritu dio testimonio a nuestro espíritu de que nuestros pecados eran perdonados, así cuando fuimos santificados El dio testimonio de que eran quitados. Es verdad que el testimonio de la santificación no es siempre claro al principio (como tampoco el de la justificación); a veces es más fuerte y otras veces más débil, y aun llega a retirarse. Sin embargo, generalmente el testimonio del Espíritu de que somos santificados es tan claro y firme como el testimonio de la justificación.

17. Pregunta Pero, ¿qué necesidad hay de ello, siendo la santificación un cambio real, y no relativo como lo es la justificación?

Respuesta Pero, ¿es el nuevo nacimiento sólo un cambio relativo? ¿No es un cambio real? Por lo tanto, si no necesitamos testimonio de nuestra santificación, puesto que es un cambio verdadero, por la misma razón no debemos necesitar uno de que hemos nacido de Dios, o de que somos sus hijos.

18. Pregunta Pero, ¿no tiene la santificación su propio brillo?

Respuesta ¿No lo tiene también el nuevo nacimiento? A veces sí, a veces no, igual que la santificación. En la hora de la tentación Satán nubla la obra de Dios, e inculca varias dudas especialmente en aquellos que tienen o mucho o muy poco entendimiento. En tales ocasiones hay absoluta necesidad de este testimonio; sin él, la obra de santificación no sólo no pudiera ser discernida sino que ni pudiera permanecer.

Si no fuera por esto, el alma no podría continuar en el amor de Dios; mucho menos podría estar siempre gozosa y dar gracias en todo. En estas circunstancias pues, es necesario un testimonio directo de que somos santificados.

Alguien dice: “Pero, no tengo el testimonio de que soy salvo del pecado, y sin embargo no tengo duda de ello.” Muy bien; el no tener duda basta; pero cuando aparezca la duda entonces hay necesidad del testimonio.

 

Prueba Bíblica del Testimonio del Espíritu a la Santificación

 

19. Pregunta Pero, ¿qué cita de las Escrituras menciona tal cosa o da alguna razón para esperarlo?

Respuesta Aquella cita que dice: “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido” (1 Corintios 2:12).

Ahora bien, sin duda alguna, la santificación es una de las bendiciones “que Dios nos ha concedido”. No se puede especificar ninguna razón por la que esto no deba esperarse. El Apóstol dice que recibimos el Espíritu precisamente para este fin, para que “conozcamos lo que Dios nos ha concedido”.

¿No indica la misma cosa el bien conocido pasaje que dice: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”? (Romanos 8:16). ¿Testifica el Espíritu esto solamente a aquellos que son hijos de Dios en grado menor? No solamente a éstos, sino también a los que son en grado superior. Y, ¿no testifica el Espíritu que los tales lo son en un sentido más alto? ¿Qué razón tenemos para dudarlo?

Y, ¿qué, si un hombre afirmara (como hacen muchos) que este testimonio corresponde sólo a la clase espiritual más alta de cristianos? ¿No le contestaríais que el Apóstol no ha hecho restricción y por lo tanto pertenece indudablemente a todos los hijos de Dios? Y, ¿no se puede dar la misma respuesta al que afirma que corresponde únicamente a la clase menos espiritual de cristianos?

Considerad igualmente 1 Juan 5:19: “Sabemos que somos de Dios.” ¿Cómo lo sabemos? “Por el Espíritu que nos ha dado” (1 Juan 3:24). De este modo “sabemos que él permanece en nosotros”. ¿Qué base tenemos, o de las Escrituras o por el razonamiento, para decir que el Apóstol no se refirió tanto al testimonio como al fruto del Espíritu Santo en estos versículos? (1 Corintios 2:12). Por este medio entonces “sabemos que somos de Dios”, y en qué sentido lo somos; ya seamos niños, jóvenes o padres, lo sabemos del mismo modo.

No quiero afirmar que todos los jóvenes y aun los padres tienen a cada momento este testimonio. Puede haber interrupciones del testimonio directo de que han nacido de Dios; pero estas interrupciones son menos frecuentes y más cortas en tanto que el individuo va creciendo en Cristo. Algunos llegan a tener el testimonio de su justificación y santificación sin ninguna interrupción, experiencia que presumo pudieran tener muchos más, si anduvieran más humildemente con Dios.

20. Pregunta ¿No puede suceder que algunos tengan el testimonio del Espíritu de que no caerán para siempre de la gracia de Dios?

Respuesta Puede suceder. Y esta persuasión, que ni la vida, ni la muerte nos separará de El, lejos de ser perjudicial, puede en algunas circunstancias ser extremadamente útil. A esos, por lo tanto, no debemos en ningún modo afligir, sino sinceramente animarles a retener firme su confianza hasta el fin (Hebreos 3:6).

21. Pregunta Pero, ¿hay quien tenga el testimonio del Espíritu de que nunca pecará?

Respuesta Hasta donde sabemos, no. Además, no encontramos descrito en las Escrituras ningún estado general del cual el hombre no puede volver a pecar. Si hubiera algún estado del cual fuera imposible volver a pecar, sería el estado de los santificados, quienes son ya maduros en Cristo, quienes están siempre gozosos, oran sin cesar y en todo dan gracias; pero no es imposible que éstos vuelvan atrás. Aun los santificados pueden caer y perecer (Hebreos 10:29). Aun éstos, llenos del amor de Cristo necesitan aquella amonestación: “No améis al mundo” (1 Juan 2:15). Aquellos que se regocijan, oran y dan gracias sin cesar, pueden, no obstante, apagar “al Espíritu” (1 Tesalonicenses 5:19, etc.). Aun aquellos que están “sellados para el día de la redención” pueden contristar “al Espíritu Santo” (Efesios 4:30).

De modo que, aunque Dios diera tal testimonio a alguna persona en particular, no debe ser esperado por los cristianos en general, no habiendo ninguna base bíblica para semejante esperanza.

 

El Fruto del Espíritu en la Santificación

 

22. Pregunta ¿Por cuáles “frutos del Espíritu” podemos saber con certeza que somos hijos de Dios?

Respuesta Por medio del amor, gozo, y paz permanentes; por medio de la tolerancia invariable, paciencia, y resignación; por medio de la mansedumbre triunfante sobre toda provocación; por medio de la bondad, benignidad, dulzura, y ternura de espíritu; por medio de la fidelidad, la sencillez y piadosa sinceridad; por medio de la calma y serenidad de espíritu; por medio de la temperancia, no sólo en el comer y el dormir, sino en todas las cosas naturales y espirituales.

23. Pregunta Pero, ¿qué gran cosa hay en eso? ¿No recibimos todo eso al ser justificados?

Respuesta ¡Qué dice! ¿Que recibimos completa resignación a la voluntad de Dios, sin mezcla de obstina­ción? ¿Mansedumbre, sin ninguna chispa de ira, aún en el momento de provocación? ¿Amor a Dios, sin el menor amor por la criatura, sino en y por Dios, excluyendo todo orgullo? ¿Amor a la humanidad, excluyendo toda envidia, celos, y juicio imprudente? ¿Humildad, conservando el alma bajo una calma inviolable? ¿Y templanza en todas las cosas? Niegue que alguno haya alcanzado esto, si usted quiere; pero no diga que todos los justificados lo alcanzan.

 

Los Justificados Sienten Ira, Orgullo, y Obstinación

 

24. Pregunta Pero algunos recién justificados lo alcanzan. ¿Qué les dirá entonces a ellos?

Respuesta Si realmente lo han alcanzado, diré que están santificados; salvos de pecado en ese momento, y que no necesitan nunca perder lo que Dios les ha dado, ni sentir más el pecado.

Pero esto seguramente sería un caso excepcional. Ocurre lo contrario con la mayoría de los justificados; sienten en sí algo de orgullo, ira, obstinación e inclinación a desviarse; y, hasta no amortiguar gradualmente éstos, no son completamente renovados en amor.

25. Pregunta Pero, ¿no es éste el caso de todos los justificados? ¿No mueren gradualmente al pecado y crecen en la gracia, hasta que en la hora de la muerte, o poco antes, Dios los perfecciona en el amor?

Respuesta — Creo que éste es el caso de la mayoría, pero no de todos. Dios generalmente da un tiempo considerable a los hombres para recibir luz, crecer en gracia, y hacer su voluntad aun cuando esté en pugna con la voluntad de la carne, antes de ser justificados o santificados; pero El no se adhiere invariablemente a este método; a veces acorta su trabajo, haciendo el trabajo de varios años en pocas semanas, tal vez en una semana, un día o una hora. Dios justifica o santifica de igual modo a los que no han hecho o sufrido nada, y quienes no han tenido tiempo para experimentar un crecimiento gradual ni en luz ni en gracia. ¿No puede El hacer lo que le plazca con lo suyo? ¿Es tu ojo malo porque El es bueno? (Mateo 20:15).

No es necesario, pues, afirmar vez tras vez, ni probar por cuarenta textos bíblicos, que la mayoría de los hombres son al fin perfeccionados en amor, que hay una obra gradual de Dios en el alma, o que generalmente hablando, corre mucho tiempo, aun varios años, antes de que el pecado sea destruido. Sabemos todo esto; pero sabemos también, que Dios puede, con la buena voluntad del hombre, acortar su trabajo en cualquier grado que le plazca, y hacer el trabajo de varios años en un momento. El lo hace en muchos casos; y todavía queda una obra gradual, antes y después de este momento. Así que uno puede afirmar que el trabajo es gradual; otro, que es instantáneo, sin haber contradicción.

26. Pregunta ¿Quiere San Pablo decir con la frase “sellado con el Espíritu” algo más de ser “renovado en amor”?

Respuesta — Tal vez en un lugar (2 Corintios 1:22), no quiere decir tanto; pero en otro (Efesios 1:13), él parece incluir tanto el fruto, como el testimonio; y esto es un grado más alto aún de ése que experimentamos cuando por primera vez somos “renovados en amor”. Dios nos selló con el Espíritu de la promesa, dándonos una plena seguridad de esperanza, es decir, la seguridad de recibir todas las promesas de Dios que excluye toda posibilidad de duda; nos selló con ese Santo Espíritu, por santidad universal, y grabó la verdadera imagen de Dios en nuestros corazones.

27. Pregunta Pero, ¿cómo pueden los que así son sellados contristar “al Santo Espíritu de Dios”?

Respuesta — San Pablo contesta esta pregunta muy particularmente, dando a conocer que se puede contristar al Espíritu: 1. Por conversaciones ociosas, que no son útiles para la edificación, ni aptas para ministrar gracia a los oyentes. 2. Por entregarse a la amargura o falta de caridad. 3. Por la ira, continuo descontento, o falta de ternura de corazón. 4. Por la cólera, no importa cuán pronto pase; por no perdonarse instantáneamente el uno al otro. 5. Por alborotos, clamor, dureza y altanería en el hablar. 6. Por hablar mal, chismear, pelear e innecesariamente mencionar las faltas de una persona ausente, aun cuando sea de una manera benigna.

 

Cómo Veía Wesley a los de Londres que Fueron Santificados

 

28. Pregunta ¿Qué opina usted con respecto a los creyentes en Londres que parecen haber sido recientemente “renovados en amor”?1

Respuesta Hay algo muy peculiar en la experiencia de la mayoría de ellos. Uno esperaría que un creyente fuera primero lleno de amor y por ende vacío del pecado; pero éstos fueron descargados primero del pecado y luego llenos de amor. Tal vez le plugo a Dios proceder de esa manera, para hacer más clara e innegable su obra; y para distinguirlo mejor de esa superabundancia de amor que a menudo se siente aun en un estado de justificación.

Además concuerdan con la gran promesa: “...seréis limpiados de todas vuestras inmundicias...y os daré un corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros...” (Ezequiel 36:25, 26).

Pero no pienso del mismo modo de todos; hay una gran diferencia entre algunos de ellos. Creo que la mayoría de aquellos con quienes he hablado tienen fe, amor, gozo y paz. Creo que de éstos, algunos han sido renovados en amor, y tienen el testimonio directo de ello; y manifiestan los frutos arriba descritos, en todas sus palabras y acciones. Ahora, dejad que llamen esto como les plazca. Yo lo llamo la perfección cristiana.

Pero hay algunos que tienen mucho amor, paz y gozo, y sin embargo no tienen el testimonio de esta perfección, mientras que a otros que piensan que lo tienen, les faltan manifiestamente los frutos. Cuántos, no lo sé; tal vez uno en cada diez; tal vez más, quizás menos. Pero a algunos innegablemente les hace falta la resignación cristiana. No ven la mano de Dios en todo lo que ocurre, para aceptarla alegremente. No están siempre gozosos; ni dan gracias en todo. No son felices, o al menos, no lo están siempre, porque a veces se quejan diciendo, “¡Esto, o lo otro, es muy duro!”

A algunos les hace falta más mansedumbre. Ofrecen resistencia al malo, en lugar de presentar la