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Una Clara Explicación de la Perfección Cristiana Como la Creyó y Enseñó el reverendo Juan Wesley del año 1725 al año 1777 |
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IO ME PROPONGO con esta obra es exponer clara y nítidamente los distintos
pasos por los cuales fui guiado durante el curso de varios años a abrazar la
doctrina de la perfección cristiana. Esta narración la dedico a un buen
número de personas serias que son parte del conglomerado humano, que anhelan saber toda
la verdad, tal como es en Jesús (Efesios 4:21); pues son éstos los únicos que sienten
un profundo interés por esta doctrina. A los tales declararé el asunto tal como es,
procurando siempre probar lo que creo y por qué lo he creído durante estos años.
¶ 1.
En el año 1725, cuando tenía veintitrés años de edad, llegó a mis manos el libro del
obispo Taylor: Reglas y ejercicios para vivir y morir santamente. Algunas partes de
dicho libro me afectaron en gran manera, especialmente al leer aquella parte que trata de
la pureza de intención. Instantáneamente resolví dedicar a Dios toda mi vida, todos mis
pensamientos, palabras y acciones, y me convencí que no había término medio, que no una
parte de mi vida, sino toda ella, debería ser un sacrificio o a Dios, o bien a mí mismo,
lo cual sería como darla al diablo.
¿Puede alguna persona seria dudar de esto, o
encontrar la manera de servir a Dios y servir al diablo?
¶ 2. En el año 1726, leí Modelo cristiano de
Kempis. La naturaleza y extensión de la religión interior, la religión del corazón,
presentóseme con más claridad que nunca antes. Comprendí que aun dando toda mi vida a
Dios (suponiendo fuese posible hacerlo, y no seguir más allá) no me serviría de ningún provecho a
menos que le diera a El todo mi corazón.
Descubrí que la sencillez de intención, y
la pureza de afectos, (es decir, un solo propósito en todo cuanto hablamos o
decimos, y un solo deseo gobernando nuestro carácter), son realmente las alas del
alma, sin las cuales no puede ella ascender al monte de Dios.
¶ 3. Un año o dos después me fueron entregados Perfección
cristiana, y Llamamiento serio por el reverendo Law.
Estos me convencieron aún más de la absoluta
imposibilidad de ser cristiano a medias; y siendo así persuadido, por la gracia de Dios
hice la determinación de dedicarme todo a El: darle mí alma, mi cuerpo, y mis
posesiones.
¿Dirá un hombre sensato, que esto es exigir
demasiado, o que se debe dar algo menos que nuestro ser, y todo lo que tenemos y somos a
Aquel que se dio a Sí mismo por nosotros?
¶ 4. En el año 1729 empecé no sólo a leer, sino a
estudiar la Biblia como la única norma de
verdad, y el único modelo de religión pura. Como consecuencia de esto, vi. más
claramente la necesidad indispensable de tener la mente de Cristo (1 Corintios
2:16) y de andar como él anduvo (1 Juan 2:6), de tener, no sólo una parte,
sino toda la mente que estaba en El, y andar como El anduvo, no en algunas, ni aun en la
mayoría de las cosas, sino en todas las cosas. Y esta fue la luz a través de la cual
consideré entonces la religión como un seguimiento continuo de Cristo, una completa
conformidad interior y exterior a nuestro Maestro. Nada me fue más terrible que tratar de
ajustar esta regla a mis propios intereses, o a los de otros, o permitirme el menor
desvío del gran Modelo.
Sermón
sobre La Circuncisión del Corazón
ante la Universidad de Oxford
...la circuncisión es la del corazón, en
espíritu,
no en letra.
Romanos 2:29
§ 5. El primero de enero de 1733, prediqué delante de
la universidad en la Iglesia de Santa María sobre La Circuncisión del
Corazón, doctrina que expliqué como sigue:
Es esa disposición habitual del alma que en
las Sagradas Escrituras es llamada santidad; la cual significa en primer lugar ser
limpio del pecado, de toda contaminación de carne y espíritu (2 Corintios
7:1); y, en consecuencia, significa ser investidos de aquellas virtudes que tuvo también
Jesucristo; ser así renovados en el espíritu de vuestra mente (Efesios
4:23), hasta ser perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es
perfecto (Mateo 5:48).
Sermones de Juan Wesley, tomo l, p. 267.
En el mismo sermón hice notar que el amor es
el cumplimiento de la ley (Romanos 13:10), es el propósito de este
mandamiento (1 Timoteo 1:5). No es solamente el primero y grande mandamiento, sino todos
los mandamientos resumidos en uno. Todo lo justo, todo lo puro, todo lo
amable, u honorable; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza,
todo está comprendido en la palabra amor. En él se encuentra perfección, gloria
y felicidad. La ley regia de cielos y tierra es ésta: Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente
(Lucas 10:27). El, quien es el perfecto bien, será vuestro último fin. Una sola cosa
desearéis por su valor intrínseco, y es el disfrutar de Aquel que es todo en todo. Una
felicidad procuraréis para vuestras almas, la unión con el Hacedor de ellas, el tener
comunión verdadera con el Padre y el Hijo, (1 Juan 1:3) el estar unidos al Señor en un
espíritu. Debéis perseguir un propósito hasta el fin del tiempo, y éste es el de gozar
de Dios por toda la eternidad. Desead otras cosas hasta donde conduzcan a este fin; amad a
la criatura mientras eso os conduzca al Creador. Pero a cada paso que déis, sea éste el
blanco glorioso de vuestra visión. Que todo afecto, pensamiento, palabra y acción se
sujete a esto. Cuanto deseéis o temáis, cuanto busquéis o rechacéis, cuanto penséis,
habléis o hagáis, sea para vuestra felicidad en Dios, el solo fin, como también origen
de vuestro ser.
Concluí con estas
palabras: He aquí el cumplimiento de la perfecta ley: la verdadera circuncisión
del corazón que regrese el espíritu al Dios que lo dio, con todo el cúmulo de sus
afectos. Otros sacrificios no le son gratos; pero el sacrificio vivo del corazón le es
grato. Que éste, pues, sea ofrecido continuamente a Dios por medio de Cristo en llamas de
santo amor, y que ninguna criatura lo comparta con El; pues El es un Dios celoso. Su trono
no compartirá con otro; El reinará sin rival. Que no se admita en el corazón ningún
deseo o propósito, cuyo fin u objeto no sea El. Así caminaron aquellos hijos de Dios,
quienes estando muertos, aún nos hablan: Desead la vida sólo para alabar su
nombre; que todos vuestros pensamientos, palabras y obras tiendan a su gloria. Permitid
que vuestras almas estén llenas de un amor tal hacia El que no améis nada a menos que
sea para gloria de El. Tened una pura intención de corazón, y un constante respeto
a su nombre en todas vuestras acciones. Porque entonces, y no antes, estará en nosotros
ese sentir que hubo también en Cristo Jesús (Filipenses 2:5): (1) cuando en
cada impulso de nuestros corazones, en cada palabra que pronuncien nuestras lenguas, en
cada obra de nuestras manos, busquemos sólo aquello que se relaciona con El, y esté
subordinado a su voluntad; (2) cuando nosotros ni pensemos, ni hablemos, ni actuemos para
hacer nuestra propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que nos ha enviado; (3) cuando
sea que comamos o hagamos otra cosa lo hagamos todo para la gloria de Dios.
Debe tenerse en cuenta que
de todos mis trabajos publicados, este sermón fue mi primera producción. Este era el
concepto de la religión que entonces tenía. Sin escrúpulos la llamaba entonces la
perfección. Es el mismo concepto que tengo de ella ahora sin ningún aumento ni
disminución material. ¿Y qué hay en tal concepto a lo que pueda oponerse cualquier
hombre entendido que cree en la Biblia? ¿Qué puede él negar sin negar la palabra de
Dios?
¶ 6. Este mismo concepto
lo conservamos mi hermano y yo (en compañía de todos aquellos jóvenes llamados en
sentido burlón metodistas), hasta que nos embarcamos para la América a fines del
año 1735. Fue el año siguiente, estando en Savannah, cuando escribí las siguientes
líneas:
¿Hay debajo del astro rey,
Algo que lucha
Para contigo, mi corazón
compartir?
¡Arráncalo, y reina Tú,
Como único dueño y Señor de él!
A principio del año 1738,
al regresar de allí, el clamor de mi corazón fue:
¡Concede que mi alma
Sea sólo de tu puro amor
morada!
¡Que ese amor de mi ser
entero se apodere, Y sea mi gozo, mi tesoro y corona!
¡Fuegos extraños, lejos de
mi corazón aparte;
Para que cada acto, palabra
y pensamiento, Sea tu amor la fuerza que lo impulse!
Nunca oí que nadie objetara
a esto. ¿Quién puede realmente oponerse? ¿No es éste el lenguaje, no sólo de cada
creyente, sino de cada uno que está realmente despierto? ¿Qué he escrito hasta hoy que
sea más expresivo o más claro?
¶ 7. En agosto del mismo
año sostuve una larga conversación
con Arvid Gradin en Alemania. Después de narrarme su experiencia le solicité que me
diera por escrito, una definición de la plena certidumbre de fe (Hebreos
10:22), lo cual hizo por medio de las palabras que siguen:
Requies in sanguine Christi:
firma fiducia in Deum, et persuasio de gratia Divina; tranquillitas mentis summa atque
serenitas et pax; cum absentia omnis desiderii carnalis, et cessatione peccatorum etiam
internorum.
Reposo en la sangre de
Cristo: una firme confianza en Dios, y persuasión de su favor; la más alta
tranquilidad, serenidad y paz mental con una liberación de todo deseo carnal, y una
cesación de todo pecado aun de los interiores.
Esta fue la primera
explicación que yo oí de un ser viviente, conforme a lo que yo mismo había
aprendido antes en los oráculos de Dios, y por lo cual había orado y esperado por varios
años junto con la pequeña compañía de mis amigos.
¶ 8. En el año 1739, mi
hermano y yo publicamos un volumen del Himnos y poemas. En
varios de éstos declaramos firme y explícitamente nuestros conceptos.
(Mi primer tratado)
¶ 9. El primer tratado que
escribí expresamente sobre este tema, fue publicado a fines de ese año. A fin de que
nadie tuviera prejuicios antes de leerlo, le di el título indiferente de El
Carácter de un Metodista. En este tratado describí al cristiano perfecto,
escribiendo en la primera página, No que yo lo haya obtenido. Incluyo partes
de ese tratado sin ninguna alteración:
Un metodista es uno que ama
a su Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente, y con toda su fuerza.
Dios es el gozo de su corazón, y el deseo de su alma, la cual continuamente clama: ¿A quién tengo yo en los
cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. ¡Mi Dios y mi todo!
La roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre (Salmos
73:25, 26). Es por lo tanto feliz en Dios, feliz,
como teniendo en sí una fuente de agua viva inundando su alma de paz y gozo. Habiendo el
perfecto amor echado fuera el temor, se regocija para siempre. Su gozo es completo, y sus
huesos claman:
Bendito el Dios
y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer
para una esperanza viva,. . . para una herencia
incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros
(1 Pedro 1:3, 4), y es para mí.
Y cualquiera que tiene esta
esperanza llena de inmortalidad, en todo da gracias, sabiendo que aquella (sea lo que
fuere) es la voluntad de Dios en Cristo Jesús tocante a él. De El, pues, recibe
alegremente todas las cosas, diciendo: Buena es la voluntad del Señor; y sea
que el Señor le dé o le quite, bendice su santo nombre. Esté en comodidad, o en
ansiedad, en salud o en enfermedad, en vida o en muerte, da gracias de lo más profundo de
su corazón a Aquel que lo ordena para bien, en cuyas manos ha encomendado completamente
su alma y cuerpo, como a fiel Criador. Por lo tanto, por nada está afanoso,
pues ha puesto toda su confianza y echado toda su solicitud en Aquel que tiene cuidado de
él, y ha hecho notorias sus peticiones delante de Dios con hacimiento de gracias.
El, verdaderamente, ora sin
cesar; el lenguaje de su corazón es en todo tiempo éste: A ti es mi boca, aunque
sin voz; y mi silencio te habla. Su corazón está elevado a Dios en todo tiempo, y
en todo lugar. En esto nunca es estorbado, ni menos interrumpido por persona o cosa
alguna. En el retiro, o en compañía, en ocio, en negocios o conversaciones, su corazón
está siempre con el Señor. Ya esté acostado o levantado, Dios está en todos sus
pensamientos; camina con Dios continuamente, teniendo el ojo amante de su alma fijo en El,
y por todas partes viendo a Aquel que es invisible.
Y amando a Dios, ama a su
prójimo como a sí mismo: ama a todos los hombres como a su propia alma. Ama a sus
enemigos y a los enemigos de Dios. Y si no está en su poder hacer bien a los que le
aborrecen, sin embargo no cesa de orar por ellos, aunque rechacen su amor, y aun más,
aunque lo desprecien y persigan.
Lo hace, puesto que es
de limpio corazón. El amor ha purificado su corazón de la envidia, malicia,
ira, y toda mala índole. Le ha limpiado de orgullo el cual sólo trae contención, y
tiene ahora entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de
paciencia (Colosenses 3:12). Nadie puede quitarle este tesoro, puesto que no ama
al mundo, ni las cosas que están en el mundo (1 Juan 2:15), sino todo su
deseo es en Dios.
De acuerdo con esto, su
único deseo, el solo objeto de su vida es hacer, no su propia voluntad, sino la voluntad
de Aquel que lo envió. Su sola intención en todo tiempo y en todo lugar es, no agradarse
a sí mismo, sino agradar a quien su alma ama. Es de ojo sencillo; y porque su ojo es
sencillo, todo su cuerpo está lleno de luz. Todo es luz como cuando el resplandor de una
vela ilumina la casa. Dios reina solo; todo cuanto hay en el alma es santidad al
Señor. No hay en su corazón un motivo que no esté de acuerdo con la voluntad
divina. Todo pensamiento que surge señala hacia El, y está en consonancia con la ley de
Cristo.
Cada árbol se conoce
por su fruto, y así se conoce al cristiano perfecto. El se agrada en guardar no
solamente una parte o la mayoría de la ley, sino toda la ley sin ofender en un punto. Con
respecto a todos los mandamientos, él tiene una conciencia sin ofensa para con Dios
y los hombres (Hechos 24:16 V. M.). El evita todo cuanto Dios ha prohibido, y hace
todo lo que El ordena. Sigue la senda de sus mandamientos, ya que Dios ha libertado así
su corazón. El hacerlo así es su gloria y alegría; su corona diaria de regocijo es
hacer la voluntad de Dios, como en el cielo, así también en la tierra.
El guarda todos los
mandamientos de Dios, y esto con todas sus fuerzas, pues su obediencia es en proporción a
su amor. Y por consiguiente, amando a Dios de todo su corazón, le sirve con toda su
fuerza, continuamente presentando su alma y cuerpo en sacrificio vivo, santo,
agradable a Dios (Romanos 12:1), completamente y sin reserva dedicándose con todo
cuanto tiene y es, a su gloria. Todos los talentos que posee, los emplea constantemente
según la voluntad de su Maestro, incluso cada facultad de su alma, y cada miembro de su
cuerpo.
Por consiguiente, todo lo
hace para la gloria de Dios. En sus ocupaciones de toda clase, no solamente persigue este
fin (el cual se sobreentiende es tener ojo sencillo), sino que lo logra; su negocio, sus
diversiones, como también sus oraciones, todo sirve a este gran fin. Ya esté sentado en
la casa, ya caminando por la calle, sea que se acueste o que se levante, desarrolla con
todos sus dichos y hechos este único fin de su vida. Sea que se vista, trabaje, coma o
descanse de excesiva labor, todo tiende al adelanto de la gloria de Dios, mediante la paz
y buena voluntad entre los hombres. Su regla invariable es esta: Y todo lo que
hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando
gracias a Dios Padre por medio de él (Colosenses 3:17).
Ni las preocupaciones del
mundo, le impiden correr la carrera que ha sido puesta delante (Hebreos 12:1
V.M.). Por lo tanto el acumular tesoros en la tierra le es tan dañino como
llevar fuego en el pecho.
También como no puede
mentir ni a Dios ni al hombre, no puede hablar mal de su prójimo. No puede pronunciar
palabras hirientes contra nadie, porque el amor guarda las puertas de sus labios. No puede
hablar palabras ociosas; ni inmorales, ni corrompidas salen de su boca. La conversación
ociosa es toda aquella que no edifica ni sirve para administrar gracia a sus oidores.
Pero, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre (Filipenses
4:8), justamente en esto piensa, y, en consonancia con esto habla y obra para que en
todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador (Tito 2:10).
Estas son las mismas
palabras con que declaré, por primera vez, mis conceptos de la perfección cristiana. ¿Y
no se ve bien claro, (1) que éste es el mismo punto al cual yo me encaminaba desde el
año 1725, y con más determinación desde el año 1730, cuando empecé a ser homo unius
libri, un hombre de un libro, no considerando ningún otro comparable con
la Biblia? ¿No es igualmente claro, (2) que esta es la misma doctrina que creo y enseño
hasta hoy, sin añadir otro punto al concepto de la santidad interior y exterior que he
sostenido durante treinta y ocho años? Y es la misma, que por la gracia de Dios, he
seguido enseñando desde entonces hasta ahora, según puede verlo toda persona imparcial
por medio de las citas que siguen.
Hasta hoy no he sabido de
ningún escritor que haya hecho objeción a ese tratado; y por algún tiempo no encontré
mucha oposición con respecto al título, es decir, presentada por personas serias. Pero
más tarde surgió la oposición, y lo que me sorprendió fue el hecho de que ésta
provenía de los hombres religiosos, los que afirmaban, no hay perfección en la
tierra, atacándonos con vehemencia a mi hermano y a mí por afirmar lo contrario.
No esperábamos un ataque tan borrascoso de parte de éstos, especialmente al estar de
acuerdo sobre la justificación por la fe, y atribuir toda la salvación a la libre gracia
de Dios. Pero lo que más nos sorprendió fue el hecho de que se nos acusara de
deshonrar a Cristo por la afirmación de que El puede salvar hasta lo sumo
(Hebreos 7:25), y afirmar que El reinará sin rival en nuestros corazones, y someterá
todo a su voluntad.
Sermón publicado
¶ 10. Si no recuerdo
mal, fue a fines del año 1740, que sostuve en Whitehall una conversación con el doctor
Gibson, quien era entonces obispo de Londres. Me preguntó qué quería decir con el
término la perfección. Le contesté sin ambages y sin reservas. Al
terminar mi exposición, él dijo: Señor Wesley, si eso es todo lo que usted quiere
decir, publíquelo al mundo. Y si alguno puede refutar lo que usted dice, tiene licencia
para ello. Contesté: Lo haré, señor mío. Por lo tanto, escribí y
publiqué el sermón La Perfección Cristiana, en el cual traté de probar:
(a) en qué sentido los cristianos no son perfectos, y (b) en qué sentido lo son.
(a) ¿En qué sentido no
lo son? No son perfectos en sabiduría. No están libres de equivocaciones. Así como
no podemos esperar omnisciencia en un hombre, tampoco podemos esperar infalibilidad. No
están libres de flaquezas, tales como debilidad o torpeza de entendimiento o una imaginación anormal ya sea tardía o
ligera. Otras flaquezas serían: impropiedad del lenguaje, la pronunciación poco
elegante, a las cuales podríamos añadir otros mil defectos innominados de la
conversación o conducta. Nadie está perfectamente libre de flaquezas como estas, hasta
que su espíritu vuelva de nuevo a Dios. Tampoco podemos esperar hasta entonces estar
libres de tentación, porque el siervo no es mayor que su señor. En este
sentido no hay perfección absoluta en la tierra. No existe perfección en este mundo que
no admita un continuo crecimiento.
(b) ¿En qué sentido,
pues, son perfectos? Observad, no hablamos de niños en Cristo, sino de cristianos
maduros. Pero aun los niños en Cristo (1) tienen tal perfección de no cometer pecado.
Esto lo afirma San Juan expresamente (1 Juan 3:9), y no puede ser negado por los
ejemplos del Antiguo Testamento. Alguno dirá que los más santos de los antiguos judíos
cometieron pecado; pero no debe inferirse de ello que todos los cristianos cometen o
tienen que cometer pecado mientras vivan.
Pero, uno
pregunta, ¿no dicen las Escrituras que un hombre justo peca siete veces al
día?
No dice eso. Dice esto:
Porque siete veces cae el justo (Proverbios 24:16). Pero esto cambia la idea
por completo, porque en primer lugar, las palabras al día no se encuentran en
el texto. En segundo lugar, no hay mención de caer en pecado. Lo que se menciona es caer
en aflicción temporal. Pero en otro lugar Salomón dice: Ciertamente no hay hombre
justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque (Eclesiastés 7:20).
Indudablemente era así en los días de Salomón; y de Salomón hasta Cristo no hubo
hombre que no pecara. Pero sea cual fuera el caso de aquellos bajo la ley, podemos afirmar
con San Juan, que desde que se ha dado el evangelio todo aquel que es nacido de
Dios, no practica el pecado (1 Juan 3:9).
Los privilegios de los
cristianos no pueden medirse en manera alguna por lo que el Antiguo Testamento registra en
cuanto a los que estaban bajo la dispensación judía; siendo que la plenitud del tiempo
ya ha venido, que el Espíritu Santo ya ha sido dado, la gran salvación de Dios se les ha
brindado a los humanos por la revelación de Jesucristo. El reino de los cielos está
establecido en la tierra, acerca de lo cual el Espíritu de Dios declaró en tiempo pasado
(¡tan lejos así está David de ser la norma o ejemplo de la perfección cristiana!):
El que entre ellos fuere débil, en aquel tiempo será como David; y la casa de
David como Dios, como el ángel de Jehová delante de ellos (Zacarías 12:8).
Pero los mismos
apóstoles cometieron pecados; Pedro con sus disimulos, y Pablo con su discusión acre con
Bernabé. Aun concediendo que así fuera, ¿quiere usted razonar de esta manera:
Si dos de los apóstoles cometieron un pecado, todos los cristianos de todas las
épocas cometen y deben cometer pecado en tanto que vivan? No; muy lejos esté de
nosotros el hablar de esa manera. Realmente no era necesario que ellos hubieran pecado;
sin duda alguna, la gracia de Dios era suficiente para ellos. Y es suficiente para
nosotros hoy.
Pero Santiago dice:
Porque todos ofendemos muchas veces (Santiago 3:2).
Sí, lo dice; pero,
¿quiénes son las personas de quien habla? Pues, aquellos muchos maestros a
quienes Dios no envió; pero no se refiere al Apóstol mismo, ni a ningún verdadero
cristiano. Una prueba que el uso de nosotros (una
figura de dicción común en todas las escrituras, tanto seculares como sagradas) no puede
referirse al Apóstol ni a ningún otro verdadero creyente, aparece primero en el
versículo nueve donde dice: Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella
maldecimos a los hombres (Santiago 3:9). ¡Seguramente que no quiere decir nosotros
los apóstoles, ni nosotros los creyentes! Segundo, se deduce esto por las
palabras que preceden al texto: Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de
vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación. Porque todos ofendemos muchas
veces. ¡Nosotros! ¿Quiénes? Ni los apóstoles, ni los verdaderos
creyentes, mas aquellos que recibiremos mayor condenación por aquellas muchas
ofensas. Tercero, el versículo mismo prueba que todos ofendemos no puede
aplicarse a todos los hombres, ni a todos los cristianos, porque en él se hace mención
inmediatamente de un hombre que no ofende. Este se distingue de
todos en la primera parte del versículo, y es llamado varón
perfecto.
Pero, otro
dirá, San Juan mismo dice: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a
nosotros mismos (1 Juan 1:8). Y dice también: Si decimos que no hemos pecado,
le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros (1 Juan 1:10).
Yo contesto: 1. El
versículo diez aclara el sentido del versículo ocho. Es decir, Si decimos que no hemos
pecado (versículo 10) es el sentido en que debe tomarse el versículo ocho,
Si decimos que no tenemos pecado. 2. El punto bajo consideración no es
si hemos o no pecado anteriormente; además ninguno de estos versículos afirma que
pecamos, o cometemos pecado ahora. 3. El versículo nueve explica tanto el ocho
como el diez: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar
nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Es como si él hubiera dicho:
Ya he afirmado que la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo
pecado (versículo 7). Y ningún hombre puede
decir, No la necesito; no tengo ningún pecado del cual debo ser limpio.
Si decimos que no tenemos pecado (es decir, que no hemos cometido pecado), nos
engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Pero, si
confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo no sólo para perdonar
nuestros pecados, sino también para limpiarnos de toda maldad, para que vayamos y
no pequemos más. En conformidad, pues, con la doctrina de San Juan y el tenor del
Nuevo Testamento, asentamos esta conclusión: todo cristiano tiene esta perfección en el
sentido de que no peca.
Este es el glorioso privilegio de cada
cristiano, aún siendo un niño en Cristo. Pero sólo de cristianos desarrollados se puede
afirmar que (2) son perfectos en el sentido de ser libres de malos deseos y del mal
genio. Primero, de deseos malos, o pecaminosos. ¿Dónde realmente nacen éstos?
Del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos (Marcos 7:21). Pero
si el corazón ya no es malo, entonces de él no pueden proceder malos deseos; porque
no puede el buen árbol dar malos frutos (Mateo 7:18).
Y así como están libres de malos deseos, lo
están también del mal genio. Cada uno de estos cristianos puede decir con San Pablo:
Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en
mí (Gálatas 2:20), palabras que manifiestamente describen libertad del pecado
interior y exterior. Esta libertad está expresada en forma negativa, no vivo
yo (es decir, mi naturaleza mala no vive; el cuerpo de pecado ha sido destruido), y
positivamente vive Cristo en mí y como es natural, junto con El, todo lo
santo, justo y bueno. Estas dos frases, Cristo vive en mí y no vivo
yo, están conectadas de manera inseparable. Porque, ¿qué comunión tiene la luz
con las tinieblas, o Cristo con Belial?
Por lo tanto, Aquel que vive en estos
cristianos ha purificado sus corazones por la fe, por cuanto cualquiera que tiene a
Cristo, la esperanza de gloria (Colosenses 1:27), se purifica a sí
mismo, así como él es puro (1 Juan 3:3). Está purificado de orgullo; porque
Cristo es humilde de corazón. Está libre de su mal deseo y voluntad obstinada; porque
Cristo hacía sólo la voluntad de su Padre. Y está libre de ira, en el sentido lato de
la palabra; porque Cristo es manso y tierno. Digo en el sentido lato de la palabra, porque
El odia el pecado, y tiene compasión por el pecador. Siente disgusto por cada ofensa
contra Dios, pero sólo tierna compasión para los delincuentes.
Así salva Jesús a su pueblo de sus
pecados (Mateo 1:2 1), no sólo de los pecados exteriores, sino también de los
pecados de sus corazones. Es verdad, dicen algunos, pero eso no ocurre
mientras vivimos, sino en el momento de expirar. No obstante, San Juan dice:
En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el
día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo (1 Juan 4:17).
El Apóstol en esta exposición afirma sin
lugar a dudas, que tanto él mismo como todos los cristianos, no sólo después de la
muerte, sino también en este mundo, son como su Maestro.
En estricta conformidad con esto San Juan nos
dice en el primer capítulo: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él
(1 Juan 1:5). Pero si andamos en la luz, como él está en luz, tenemos comunión
unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado (1 Juan
1:7). En otro versículo dice: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo
para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (versículo 9). Ahora,
es evidente que el Apóstol habla aquí de una liberación llevada a cabo en este mundo.
Porque él no dice: La sangre de Cristo limpiará en la hora de la muerte, o en el día
del juicio, sino que dice, nos limpia actualmente, en el presente, como cristianos vivos,
de toda maldad. Es igualmente evidente que si queda algún pecado, entonces no
estamos limpios de toda maldad. Si queda injusticia en el alma, entonces no está limpia
de toda injusticia. Nadie puede afirmar que esto se refiere sólo a la justificación, o a
la limpieza de la culpa del pecado: primero, porque así se confunde lo que el Apóstol
distingue claramente, pues menciona primero: para perdonar nuestros pecados, y
entonces dice: y limpiarnos de toda maldad; segundo, porque eso es enseñar en
el sentido más enfático, la justificación por las obras; es decir, que toda santidad
interior o exterior sea necesariamente previa a la justificación. Porque si la limpieza
de la que aquí se habla no es otra que la de la culpa del pecado, entonces no
estamos limpios de culpa, es decir, no somos justificados, a menos que andemos en luz
como él está en luz.
Queda dicho entonces que los cristianos son
salvos en este mundo de todo pecado, y de toda maldad, y están en tal sentido perfectos
que no cometen pecado, y están libres de malos deseos y de mal genio.
Un discurso de esta clase que contradice
directamente la opinión favorita de muchos quienes eran estimados por otros, y
posiblemente se consideraban como los mejores cristianos, no podía dejar de ser motivo de
gran ofensa para ellos, porque siendo todas estas cosas la verdad, resultaba que ellos no
eran los cristianos que pretendían ser. Por lo tanto, yo esperaba muchas protestas y
animosidad, pero recibí la agradable sorpresa de que no fue así. No hubo ninguna
protesta. Así que seguí tranquilamente mi camino.
Prólogos de Himnarios Publicados
¶ 11. No mucho tiempo después, creo que en la primavera de
1741, publicamos un segundo tomo de himnos. Como la doctrina era todavía mal entendida, y
por consiguiente mal representada, juzgué necesario explicar más aún sobre ella; lo
cual hice en el prólogo en la forma que sigue:
Este gran don de Dios, la salvación de los
hombres, no es otra cosa que su imagen estampada en el corazón. Es una renovación del
espíritu de sus mentes a la semejanza de Aquel que los creó. Dios ahora ha puesto el
hacha a la raíz del árbol del corazón, purificándolo por la fe, y limpiando todos sus
pensamientos por la inspiración de su Santo Espíritu. Con la esperanza de que verán a
Dios tal como El es, se purifican así como él es puro (1 Juan 3:3), y son
santos en todas sus actividades como Aquel que los ha llamado, es santo. No que hayan
alcanzado todo lo que alcanzarán, o que en este sentido son perfectos. Pero, diariamente
van de gracia en gracia, mirando ahora, como en un espejo la gloria del
Señor, y son transformados de gloria en gloria en la misma semejanza, como por el
Espíritu del Señor (2 Corintios 3:18).
Y donde está el Espíritu del Señor,
allí hay libertad (2 Corintios 3:17), libertad de la ley del pecado y de la
muerte (Romanos 8:2) que los hijos de este mundo no creen, a pesar de ver este hecho
cumplido en el testimonio de los fieles. A estos seres renovados el Hijo liberta de esa
profunda raíz de pecado, amargura y orgullo. Sienten que toda su suficiencia es de Dios,
que sólo El está en todos sus pensamientos, el cual obra en ellos así el querer
como el obrar de su buena voluntad (Filipenses 2:13, V.M.). Sienten que no son ellos
quienes hablan, sino el Espíritu de su Padre que habla en ellos, y todo cuanto es hecho
por sus manos, es la obra del Padre que está en ellos. De manera que Dios es para ellos
su todo en todo, y ellos se sienten como siervos inútiles. Están libres de
obstinación, deseando solamente la santa y perfecta voluntad de Dios, clamando
continuamente desde lo íntimo de sus almas: Padre, sea hecha tu voluntad. En
todo tiempo hay tranquilidad en sus almas, y sus corazones están firmes e inmovibles. Su
paz, corriendo como un río, sobrepasa todo entendimiento, y ellos se
regocijan con gozo inefable y glorioso.
No quiero decir que todo aquel que no haya
sido de tal manera renovado en amor sea un hijo del diablo. Al contrario, quienquiera
que tiene segura confianza en Dios de que por los méritos de Cristo sus pecados le son
perdonados, es un hijo de Dios; y si permanece en El, es heredero de todas las promesas.
No debe de ningún modo perder su confianza o negar la fe que ha recibido porque sea
débil, o porque ésta sea probada con fuego, aun cuando su alma esté abatida por
múltiples tentaciones.
La
Conversión no Obra la Salvación Completa
Tampoco nos atrevemos a afirmar, como han
hecho algunos, que toda esta salvación es dada de una vez. Hay realmente una obra
instantánea de Dios en sus hijos, como también gradual, y sabemos que existe una nube de
testigos quienes han recibido en un momento dado o un conocimiento claro de sus pecados
perdonados, o el testimonio del Espíritu Santo. Pero no tenemos conocimiento de un solo
caso, en ninguna parte, de una persona que haya recibido, en el mismo momento, remisión
de pecados, testimonio del Espíritu, y un corazón limpio y nuevo.
No podemos realmente decir cómo obra Dios,
pero la manera general en que lo hace es ésta: aquellos que una vez confiaron en sí
mismos creyéndose que eran justos, y que tenían abundancia de bienes sin necesidad de
ninguna cosa, ahora, redargüidos por la palabra de Dios, aplicada por el Espíritu Santo,
se dan cuenta de que en verdad son pobres y desnudos. Todas las cosas que han hecho son
traídas a su memoria y presentadas delante de ellos mismos, de manera que ven la ira de
Dios sobre ellos y reconocen que merecen ser condenados al infierno. En su angustia claman
al Señor, y El les enseña que les ha perdonado sus pecados, y establece el reino de los
cielos en sus corazones, que se traduce en justicia, paz y gozo en el Espíritu
Santo (Romanos 14:17). El dolor y la pena han desaparecido, y el pecado no les
domina ya más. Sabiendo que han sido justificados gratuitamente por la fe en su sangre,
tienen paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1),
se regocijan en la esperanza de la gloria de Dios (Romanos 5:2), y el
amor de Dios ha sido derramado en sus corazones (Romanos 5:5).
Lo que Viene después de la Conversión
En este estado de paz permanecen por algunos
días, semanas, o aun meses, y generalmente suponen, que no tendrán más guerra, hasta
que algunos de sus viejos adversarios, sus pecados internos, o los pecados que más
fácilmente les vencían (tal vez la ira o los malos deseos) les asaltan duramente para
vencerles de nuevo. Entonces nace el temor de que no podrán perseverar hasta el fin, y a
menudo piensan que tal vez Dios los haya olvidado, o que se han engañado al pensar que
sus pecados habían sido perdonados. Bajo estas dudas, especialmente si razonan con el
diablo, andan amargados todo el tiempo. Pero raras veces se prolonga este estado antes de
que su Señor responda por Sí mismo, enviándoles el Espíritu Santo para consolarles y
asegurarles continuamente en su espíritu de que son hijos de Dios (Romanos 8:16).
Entonces se tornan mansos y apacibles y dóciles como los niños pequeños.
La Depravación en el Corazón del Convertido
Es ahora cuando por primera vez se dan cuenta
del negro estado de sus corazones, el cual a Dios no le plugo revelárselos antes, a fin
de que no desmayaran. Ahora ven toda la abominación que se oculta en ellos mismos, la
profundidad del orgullo, de su terquedad y del infierno mismo. Sin embargo, en medio de
esta dura prueba, la cual aumenta cada vez más el convencimiento de su propia impotencia,
y su anhelo inexplicable de una plena renovación en la imagen de Dios (la cual es en
justicia y en santidad de verdad), con todo, tienen en sí mismos este testimonio:
Eres heredero de Dios y coheredero con Cristo. Entonces Dios tiene memoria del
deseo de aquellos que le temen y les da un ojo sencillo y un corazón puro; imprime sobre
ellos su propia imagen e inscripción; los crea de nuevo en Cristo Jesús; viene a ellos
con su Hijo y su bendito Espíritu; y haciendo de sus almas su morada, los hace entrar en
el reposo que queda para el pueblo de Dios (Hebreos 4:9).
No puedo menos que hacer notar aquí, que,
nuestra doctrina presente, sea buena o mala, es la misma que enseñé desde el principio.
No hemos añadido nada a ella ni en prosa ni en verso, que no esté aquí ya contenido. No
necesito dar pruebas adicionales de esto por medio de una multiplicación de citas del
libro. Tal vez baste con citar parte de un solo himno, de la última parte del libro:
Señor, yo creo que un descanso queda
Para todo tu pueblo conocido.
Un descanso do reina puro goce,
Y Tú eres el ser amado.
Un descanso do los deseos de nuestras almas
Están fijos en las cosas de arriba,
Do expiran la duda y el dolor,
Vencidos por el perfecto amor.
De todo motivo vil
Nos ha librado el Hijo,
Y los poderes del infierno pisamos
En gloriosa libertad.
Seguros en el camino de la vida,
Sobre la muerte, el mundo y el infierno nos
elevamos;
Y perfeccionados en amor
Encontramos nuestro muy buscado paraíso.
¡Oh que yo el descanso ahora llegue a
conocer,
A creer y en él entrar!
Señor, ahora el poder concede
Para que yo deje de pecar.