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Una Clara Explicación de la Perfección Cristiana Como la Creyó y Enseñó el reverendo Juan Wesley del año 1725 al año 1777 |
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LO QUE PROPONGO con esta obra es exponer clara y nítidamente los distintos
pasos por los cuales fui guiado durante el curso de varios años a abrazar la
doctrina de la perfección cristiana. Esta narración la dedico a un buen
número de personas serias que son parte del conglomerado humano, que anhelan saber toda
la verdad, tal como es en Jesús (Efesios 4:21); pues son éstos los únicos que sienten
un profundo interés por esta doctrina. A los tales declararé el asunto tal como es,
procurando siempre probar lo que creo y por qué lo he creído durante estos años.
¶ 1.
En el año 1725, cuando tenía veintitrés años de edad, llegó a mis manos el libro del
obispo Taylor: Reglas y ejercicios para vivir y morir santamente. Algunas partes de
dicho libro me afectaron en gran manera, especialmente al leer aquella parte que trata de
la pureza de intención. Instantáneamente resolví dedicar a Dios toda mi vida, todos mis
pensamientos, palabras y acciones, y me convencí que no había término medio, que no una
parte de mi vida, sino toda ella, debería ser un sacrificio o a Dios, o bien a mí mismo,
lo cual sería como darla al diablo.
¿Puede alguna persona seria dudar de esto, o
encontrar la manera de servir a Dios y servir al diablo?
¶ 2. En el año 1726, leí Modelo cristiano de
Kempis. La naturaleza y extensión de la religión interior, la religión del corazón,
presentóseme con más claridad que nunca antes. Comprendí que aun dando toda mi vida a
Dios (suponiendo fuese posible hacerlo, y no seguir más allá) no me serviría de ningún provecho a
menos que le diera a El todo mi corazón.
Descubrí que la sencillez de intención, y
la pureza de afectos, (es decir, un solo propósito en todo cuanto hablamos o
decimos, y un solo deseo gobernando nuestro carácter), son realmente las alas del
alma, sin las cuales no puede ella ascender al monte de Dios.
¶ 3. Un año o dos después me fueron entregados Perfección
cristiana, y Llamamiento serio por el reverendo Law.
Estos me convencieron aún más de la absoluta
imposibilidad de ser cristiano a medias; y siendo así persuadido, por la gracia de Dios
hice la determinación de dedicarme todo a El: darle mí alma, mi cuerpo, y mis
posesiones.
¿Dirá un hombre sensato, que esto es exigir
demasiado, o que se debe dar algo menos que nuestro ser, y todo lo que tenemos y somos a
Aquel que se dio a Sí mismo por nosotros?
¶ 4. En el año 1729 empecé no sólo a leer, sino a
estudiar la Biblia como la única norma de
verdad, y el único modelo de religión pura. Como consecuencia de esto, vi. más
claramente la necesidad indispensable de tener la mente de Cristo (1 Corintios
2:16) y de andar como él anduvo (1 Juan 2:6), de tener, no sólo una parte,
sino toda la mente que estaba en El, y andar como El anduvo, no en algunas, ni aun en la
mayoría de las cosas, sino en todas las cosas. Y esta fue la luz a través de la cual
consideré entonces la religión como un seguimiento continuo de Cristo, una completa
conformidad interior y exterior a nuestro Maestro. Nada me fue más terrible que tratar de
ajustar esta regla a mis propios intereses, o a los de otros, o permitirme el menor
desvío del gran Modelo.
Sermón
sobre La Circuncisión del Corazón
ante la Universidad de Oxford
...la circuncisión es la del corazón, en
espíritu,
no en letra.
Romanos 2:29
§ 5. El primero de enero de 1733, prediqué delante de
la universidad en la Iglesia de Santa María sobre La Circuncisión del
Corazón, doctrina que expliqué como sigue:
Es esa disposición habitual del alma que en
las Sagradas Escrituras es llamada santidad; la cual significa en primer lugar ser
limpio del pecado, de toda contaminación de carne y espíritu (2 Corintios
7:1); y, en consecuencia, significa ser investidos de aquellas virtudes que tuvo también
Jesucristo; ser así renovados en el espíritu de vuestra mente (Efesios
4:23), hasta ser perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es
perfecto (Mateo 5:48).
Sermones de Juan Wesley, tomo l, p. 267.
En el mismo sermón hice notar que el amor es
el cumplimiento de la ley (Romanos 13:10), es el propósito de este
mandamiento (1 Timoteo 1:5). No es solamente el primero y grande mandamiento, sino todos
los mandamientos resumidos en uno. Todo lo justo, todo lo puro, todo lo
amable, u honorable; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza,
todo está comprendido en la palabra amor. En él se encuentra perfección, gloria
y felicidad. La ley regia de cielos y tierra es ésta: Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente
(Lucas 10:27). El, quien es el perfecto bien, será vuestro último fin. Una sola cosa
desearéis por su valor intrínseco, y es el disfrutar de Aquel que es todo en todo. Una
felicidad procuraréis para vuestras almas, la unión con el Hacedor de ellas, el tener
comunión verdadera con el Padre y el Hijo, (1 Juan 1:3) el estar unidos al Señor en un
espíritu. Debéis perseguir un propósito hasta el fin del tiempo, y éste es el de gozar
de Dios por toda la eternidad. Desead otras cosas hasta donde conduzcan a este fin; amad a
la criatura mientras eso os conduzca al Creador. Pero a cada paso que déis, sea éste el
blanco glorioso de vuestra visión. Que todo afecto, pensamiento, palabra y acción se
sujete a esto. Cuanto deseéis o temáis, cuanto busquéis o rechacéis, cuanto penséis,
habléis o hagáis, sea para vuestra felicidad en Dios, el solo fin, como también origen
de vuestro ser.
Concluí con estas
palabras: He aquí el cumplimiento de la perfecta ley: la verdadera circuncisión
del corazón que regrese el espíritu al Dios que lo dio, con todo el cúmulo de sus
afectos. Otros sacrificios no le son gratos; pero el sacrificio vivo del corazón le es
grato. Que éste, pues, sea ofrecido continuamente a Dios por medio de Cristo en llamas de
santo amor, y que ninguna criatura lo comparta con El; pues El es un Dios celoso. Su trono
no compartirá con otro; El reinará sin rival. Que no se admita en el corazón ningún
deseo o propósito, cuyo fin u objeto no sea El. Así caminaron aquellos hijos de Dios,
quienes estando muertos, aún nos hablan: Desead la vida sólo para alabar su
nombre; que todos vuestros pensamientos, palabras y obras tiendan a su gloria. Permitid
que vuestras almas estén llenas de un amor tal hacia El que no améis nada a menos que
sea para gloria de El. Tened una pura intención de corazón, y un constante respeto
a su nombre en todas vuestras acciones. Porque entonces, y no antes, estará en nosotros
ese sentir que hubo también en Cristo Jesús (Filipenses 2:5): (1) cuando en
cada impulso de nuestros corazones, en cada palabra que pronuncien nuestras lenguas, en
cada obra de nuestras manos, busquemos sólo aquello que se relaciona con El, y esté
subordinado a su voluntad; (2) cuando nosotros ni pensemos, ni hablemos, ni actuemos para
hacer nuestra propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que nos ha enviado; (3) cuando
sea que comamos o hagamos otra cosa lo hagamos todo para la gloria de Dios.
Debe tenerse en cuenta que
de todos mis trabajos publicados, este sermón fue mi primera producción. Este era el
concepto de la religión que entonces tenía. Sin escrúpulos la llamaba entonces la
perfección. Es el mismo concepto que tengo de ella ahora sin ningún aumento ni
disminución material. ¿Y qué hay en tal concepto a lo que pueda oponerse cualquier
hombre entendido que cree en la Biblia? ¿Qué puede él negar sin negar la palabra de
Dios?
¶ 6. Este mismo concepto
lo conservamos mi hermano y yo (en compañía de todos aquellos jóvenes llamados en
sentido burlón metodistas), hasta que nos embarcamos para la América a fines del
año 1735. Fue el año siguiente, estando en Savannah, cuando escribí las siguientes
líneas:
¿Hay debajo del astro rey,
Algo que lucha
Para contigo, mi corazón
compartir?
¡Arráncalo, y reina Tú,
Como único dueño y Señor de él!
A principio del año 1738,
al regresar de allí, el clamor de mi corazón fue:
¡Concede que mi alma
Sea sólo de tu puro amor
morada!
¡Que ese amor de mi ser
entero se apodere, Y sea mi gozo, mi tesoro y corona!
¡Fuegos extraños, lejos de
mi corazón aparte;
Para que cada acto, palabra
y pensamiento, Sea tu amor la fuerza que lo impulse!
Nunca oí que nadie objetara
a esto. ¿Quién puede realmente oponerse? ¿No es éste el lenguaje, no sólo de cada
creyente, sino de cada uno que está realmente despierto? ¿Qué he escrito hasta hoy que
sea más expresivo o más claro?
¶ 7. En agosto del mismo
año sostuve una larga conversación
con Arvid Gradin en Alemania. Después de narrarme su experiencia le solicité que me
diera por escrito, una definición de la plena certidumbre de fe (Hebreos
10:22), lo cual hizo por medio de las palabras que siguen:
Requies in sanguine Christi:
firma fiducia in Deum, et persuasio de gratia Divina; tranquillitas mentis summa atque
serenitas et pax; cum absentia omnis desiderii carnalis, et cessatione peccatorum etiam
internorum.
Reposo en la sangre de
Cristo: una firme confianza en Dios, y persuasión de su favor; la más alta
tranquilidad, serenidad y paz mental con una liberación de todo deseo carnal, y una
cesación de todo pecado aun de los interiores.
Esta fue la primera
explicación que yo oí de un ser viviente, conforme a lo que yo mismo había
aprendido antes en los oráculos de Dios, y por lo cual había orado y esperado por varios
años junto con la pequeña compañía de mis amigos.
¶ 8. En el año 1739, mi
hermano y yo publicamos un volumen del Himnos y poemas. En
varios de éstos declaramos firme y explícitamente nuestros conceptos.
(Mi primer tratado)
¶ 9. El primer tratado que
escribí expresamente sobre este tema, fue publicado a fines de ese año. A fin de que
nadie tuviera prejuicios antes de leerlo, le di el título indiferente de El
Carácter de un Metodista. En este tratado describí al cristiano perfecto,
escribiendo en la primera página, No que yo lo haya obtenido. Incluyo partes
de ese tratado sin ninguna alteración:
Un metodista es uno que ama
a su Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente, y con toda su fuerza.
Dios es el gozo de su corazón, y el deseo de su alma, la cual continuamente clama: ¿A quién tengo yo en los
cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. ¡Mi Dios y mi todo!
La roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre (Salmos
73:25, 26). Es por lo tanto feliz en Dios, feliz,
como teniendo en sí una fuente de agua viva inundando su alma de paz y gozo. Habiendo el
perfecto amor echado fuera el temor, se regocija para siempre. Su gozo es completo, y sus
huesos claman:
Bendito el Dios
y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer
para una esperanza viva,. . . para una herencia
incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros
(1 Pedro 1:3, 4), y es para mí.
Y cualquiera que tiene esta
esperanza llena de inmortalidad, en todo da gracias, sabiendo que aquella (sea lo que
fuere) es la voluntad de Dios en Cristo Jesús tocante a él. De El, pues, recibe
alegremente todas las cosas, diciendo: Buena es la voluntad del Señor; y sea
que el Señor le dé o le quite, bendice su santo nombre. Esté en comodidad, o en
ansiedad, en salud o en enfermedad, en vida o en muerte, da gracias de lo más profundo de
su corazón a Aquel que lo ordena para bien, en cuyas manos ha encomendado completamente
su alma y cuerpo, como a fiel Criador. Por lo tanto, por nada está afanoso,
pues ha puesto toda su confianza y echado toda su solicitud en Aquel que tiene cuidado de
él, y ha hecho notorias sus peticiones delante de Dios con hacimiento de gracias.
El, verdaderamente, ora sin
cesar; el lenguaje de su corazón es en todo tiempo éste: A ti es mi boca, aunque
sin voz; y mi silencio te habla. Su corazón está elevado a Dios en todo tiempo, y
en todo lugar. En esto nunca es estorbado, ni menos interrumpido por persona o cosa
alguna. En el retiro, o en compañía, en ocio, en negocios o conversaciones, su corazón
está siempre con el Señor. Ya esté acostado o levantado, Dios está en todos sus
pensamientos; camina con Dios continuamente, teniendo el ojo amante de su alma fijo en El,
y por todas partes viendo a Aquel que es invisible.
Y amando a Dios, ama a su
prójimo como a sí mismo: ama a todos los hombres como a su propia alma. Ama a sus
enemigos y a los enemigos de Dios. Y si no está en su poder hacer bien a los que le
aborrecen, sin embargo no cesa de orar por ellos, aunque rechacen su amor, y aun más,
aunque lo desprecien y persigan.
Lo hace, puesto que es
de limpio corazón. El amor ha purificado su corazón de la envidia, malicia,
ira, y toda mala índole. Le ha limpiado de orgullo el cual sólo trae contención, y
tiene ahora entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de
paciencia (Colosenses 3:12). Nadie puede quitarle este tesoro, puesto que no ama
al mundo, ni las cosas que están en el mundo (1 Juan 2:15), sino todo su
deseo es en Dios.
De acuerdo con esto, su
único deseo, el solo objeto de su vida es hacer, no su propia voluntad, sino la voluntad
de Aquel que lo envió. Su sola intención en todo tiempo y en todo lugar es, no agradarse
a sí mismo, sino agradar a quien su alma ama. Es de ojo sencillo; y porque su ojo es
sencillo, todo su cuerpo está lleno de luz. Todo es luz como cuando el resplandor de una
vela ilumina la casa. Dios reina solo; todo cuanto hay en el alma es santidad al
Señor. No hay en su corazón un motivo que no esté de acuerdo con la voluntad
divina. Todo pensamiento que surge señala hacia El, y está en consonancia con la ley de
Cristo.
Cada árbol se conoce
por su fruto, y así se conoce al cristiano perfecto. El se agrada en guardar no
solamente una parte o la mayoría de la ley, sino toda la ley sin ofender en un punto. Con
respecto a todos los mandamientos, él tiene una conciencia sin ofensa para con Dios
y los hombres (Hechos 24:16 V. M.). El evita todo cuanto Dios ha prohibido, y hace
todo lo que El ordena. Sigue la senda de sus mandamientos, ya que Dios ha libertado así
su corazón. El hacerlo así es su gloria y alegría; su corona diaria de regocijo es
hacer la voluntad de Dios, como en el cielo, así también en la tierra.
El guarda todos los
mandamientos de Dios, y esto con todas sus fuerzas, pues su obediencia es en proporción a
su amor. Y por consiguiente, amando a Dios de todo su corazón, le sirve con toda su
fuerza, continuamente presentando su alma y cuerpo en sacrificio vivo, santo,
agradable a Dios (Romanos 12:1), completamente y sin reserva dedicándose con todo
cuanto tiene y es, a su gloria. Todos los talentos que posee, los emplea constantemente
según la voluntad de su Maestro, incluso cada facultad de su alma, y cada miembro de su
cuerpo.
Por consiguiente, todo lo
hace para la gloria de Dios. En sus ocupaciones de toda clase, no solamente persigue este
fin (el cual se sobreentiende es tener ojo sencillo), sino que lo logra; su negocio, sus
diversiones, como también sus oraciones, todo sirve a este gran fin. Ya esté sentado en
la casa, ya caminando por la calle, sea que se acueste o que se levante, desarrolla con
todos sus dichos y hechos este único fin de su vida. Sea que se vista, trabaje, coma o
descanse de excesiva labor, todo tiende al adelanto de la gloria de Dios, mediante la paz
y buena voluntad entre los hombres. Su regla invariable es esta: Y todo lo que
hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando
gracias a Dios Padre por medio de él (Colosenses 3:17).
Ni las preocupaciones del
mundo, le impiden correr la carrera que ha sido puesta delante (Hebreos 12:1
V.M.). Por lo tanto el acumular tesoros en la tierra le es tan dañino como
llevar fuego en el pecho.
También como no puede
mentir ni a Dios ni al hombre, no puede hablar mal de su prójimo. No puede pronunciar
palabras hirientes contra nadie, porque el amor guarda las puertas de sus labios. No puede
hablar palabras ociosas; ni inmorales, ni corrompidas salen de su boca. La conversación
ociosa es toda aquella que no edifica ni sirve para administrar gracia a sus oidores.
Pero, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre (Filipenses
4:8), justamente en esto piensa, y, en consonancia con esto habla y obra para que en
todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador (Tito 2:10).
Estas son las mismas
palabras con que declaré, por primera vez, mis conceptos de la perfección cristiana. ¿Y
no se ve bien claro, (1) que éste es el mismo punto al cual yo me encaminaba desde el
año 1725, y con más determinación desde el año 1730, cuando empecé a ser homo unius
libri, un hombre de un libro, no considerando ningún otro comparable con
la Biblia? ¿No es igualmente claro, (2) que esta es la misma doctrina que creo y enseño
hasta hoy, sin añadir otro punto al concepto de la santidad interior y exterior que he
sostenido durante treinta y ocho años? Y es la misma, que por la gracia de Dios, he
seguido enseñando desde entonces hasta ahora, según puede verlo toda persona imparcial
por medio de las citas que siguen.
Hasta hoy no he sabido de
ningún escritor que haya hecho objeción a ese tratado; y por algún tiempo no encontré
mucha oposición con respecto al título, es decir, presentada por personas serias. Pero
más tarde surgió la oposición, y lo que me sorprendió fue el hecho de que ésta
provenía de los hombres religiosos, los que afirmaban, no hay perfección en la
tierra, atacándonos con vehemencia a mi hermano y a mí por afirmar lo contrario.
No esperábamos un ataque tan borrascoso de parte de éstos, especialmente al estar de
acuerdo sobre la justificación por la fe, y atribuir toda la salvación a la libre gracia
de Dios. Pero lo que más nos sorprendió fue el hecho de que se nos acusara de
deshonrar a Cristo por la afirmación de que El puede salvar hasta lo sumo
(Hebreos 7:25), y afirmar que El reinará sin rival en nuestros corazones, y someterá
todo a su voluntad.
Sermón publicado
¶ 10. Si no recuerdo
mal, fue a fines del año 1740, que sostuve en Whitehall una conversación con el doctor
Gibson, quien era entonces obispo de Londres. Me preguntó qué quería decir con el
término la perfección. Le contesté sin ambages y sin reservas. Al
terminar mi exposición, él dijo: Señor Wesley, si eso es todo lo que usted quiere
decir, publíquelo al mundo. Y si alguno puede refutar lo que usted dice, tiene licencia
para ello. Contesté: Lo haré, señor mío. Por lo tanto, escribí y
publiqué el sermón La Perfección Cristiana, en el cual traté de probar:
(a) en qué sentido los cristianos no son perfectos, y (b) en qué sentido lo son.
(a) ¿En qué sentido no
lo son? No son perfectos en sabiduría. No están libres de equivocaciones. Así como
no podemos esperar omnisciencia en un hombre, tampoco podemos esperar infalibilidad. No
están libres de flaquezas, tales como debilidad o torpeza de entendimiento o una imaginación anormal ya sea tardía o
ligera. Otras flaquezas serían: impropiedad del lenguaje, la pronunciación poco
elegante, a las cuales podríamos añadir otros mil defectos innominados de la
conversación o conducta. Nadie está perfectamente libre de flaquezas como estas, hasta
que su espíritu vuelva de nuevo a Dios. Tampoco podemos esperar hasta entonces estar
libres de tentación, porque el siervo no es mayor que su señor. En este
sentido no hay perfección absoluta en la tierra. No existe perfección en este mundo que
no admita un continuo crecimiento.
(b) ¿En qué sentido,
pues, son perfectos? Observad, no hablamos de niños en Cristo, sino de cristianos
maduros. Pero aun los niños en Cristo (1) tienen tal perfección de no cometer pecado.
Esto lo afirma San Juan expresamente (1 Juan 3:9), y no puede ser negado por los
ejemplos del Antiguo Testamento. Alguno dirá que los más santos de los antiguos judíos
cometieron pecado; pero no debe inferirse de ello que todos los cristianos cometen o
tienen que cometer pecado mientras vivan.
Pero, uno
pregunta, ¿no dicen las Escrituras que un hombre justo peca siete veces al
día?
No dice eso. Dice esto:
Porque siete veces cae el justo (Proverbios 24:16). Pero esto cambia la idea
por completo, porque en primer lugar, las palabras al día no se encuentran en
el texto. En segundo lugar, no hay mención de caer en pecado. Lo que se menciona es caer
en aflicción temporal. Pero en otro lugar Salomón dice: Ciertamente no hay hombre
justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque (Eclesiastés 7:20).
Indudablemente era así en los días de Salomón; y de Salomón hasta Cristo no hubo
hombre que no pecara. Pero sea cual fuera el caso de aquellos bajo la ley, podemos afirmar
con San Juan, que desde que se ha dado el evangelio todo aquel que es nacido de
Dios, no practica el pecado (1 Juan 3:9).
Los privilegios de los
cristianos no pueden medirse en manera alguna por lo que el Antiguo Testamento registra en
cuanto a los que estaban bajo la dispensación judía; siendo que la plenitud del tiempo
ya ha venido, que el Espíritu Santo ya ha sido dado, la gran salvación de Dios se les ha
brindado a los humanos por la revelación de Jesucristo. El reino de los cielos está
establecido en la tierra, acerca de lo cual el Espíritu de Dios declaró en tiempo pasado
(¡tan lejos así está David de ser la norma o ejemplo de la perfección cristiana!):
El que entre ellos fuere débil, en aquel tiempo será como David; y la casa de
David como Dios, como el ángel de Jehová delante de ellos (Zacarías 12:8).
Pero los mismos
apóstoles cometieron pecados; Pedro con sus disimulos, y Pablo con su discusión acre con
Bernabé. Aun concediendo que así fuera, ¿quiere usted razonar de esta manera:
Si dos de los apóstoles cometieron un pecado, todos los cristianos de todas las
épocas cometen y deben cometer pecado en tanto que vivan? No; muy lejos esté de
nosotros el hablar de esa manera. Realmente no era necesario que ellos hubieran pecado;
sin duda alguna, la gracia de Dios era suficiente para ellos. Y es suficiente para
nosotros hoy.
Pero Santiago dice:
Porque todos ofendemos muchas veces (Santiago 3:2).
Sí, lo dice; pero,
¿quiénes son las personas de quien habla? Pues, aquellos muchos maestros a
quienes Dios no envió; pero no se refiere al Apóstol mismo, ni a ningún verdadero
cristiano. Una prueba que el uso de nosotros (una
figura de dicción común en todas las escrituras, tanto seculares como sagradas) no puede
referirse al Apóstol ni a ningún otro verdadero creyente, aparece primero en el
versículo nueve donde dice: Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella
maldecimos a los hombres (Santiago 3:9). ¡Seguramente que no quiere decir nosotros
los apóstoles, ni nosotros los creyentes! Segundo, se deduce esto por las
palabras que preceden al texto: Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de
vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación. Porque todos ofendemos muchas
veces. ¡Nosotros! ¿Quiénes? Ni los apóstoles, ni los verdaderos
creyentes, mas aquellos que recibiremos mayor condenación por aquellas muchas
ofensas. Tercero, el versículo mismo prueba que todos ofendemos no puede
aplicarse a todos los hombres, ni a todos los cristianos, porque en él se hace mención
inmediatamente de un hombre que no ofende. Este se distingue de
todos en la primera parte del versículo, y es llamado varón
perfecto.
Pero, otro
dirá, San Juan mismo dice: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a
nosotros mismos (1 Juan 1:8). Y dice también: Si decimos que no hemos pecado,
le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros (1 Juan 1:10).
Yo contesto: 1. El
versículo diez aclara el sentido del versículo ocho. Es decir, Si decimos que no hemos
pecado (versículo 10) es el sentido en que debe tomarse el versículo ocho,
Si decimos que no tenemos pecado. 2. El punto bajo consideración no es
si hemos o no pecado anteriormente; además ninguno de estos versículos afirma que
pecamos, o cometemos pecado ahora. 3. El versículo nueve explica tanto el ocho
como el diez: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar
nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Es como si él hubiera dicho:
Ya he afirmado que la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo
pecado (versículo 7). Y ningún hombre puede
decir, No la necesito; no tengo ningún pecado del cual debo ser limpio.
Si decimos que no tenemos pecado (es decir, que no hemos cometido pecado), nos
engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Pero, si
confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo no sólo para perdonar
nuestros pecados, sino también para limpiarnos de toda maldad, para que vayamos y
no pequemos más. En conformidad, pues, con la doctrina de San Juan y el tenor del
Nuevo Testamento, asentamos esta conclusión: todo cristiano tiene esta perfección en el
sentido de que no peca.
Este es el glorioso privilegio de cada
cristiano, aún siendo un niño en Cristo. Pero sólo de cristianos desarrollados se puede
afirmar que (2) son perfectos en el sentido de ser libres de malos deseos y del mal
genio. Primero, de deseos malos, o pecaminosos. ¿Dónde realmente nacen éstos?
Del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos (Marcos 7:21). Pero
si el corazón ya no es malo, entonces de él no pueden proceder malos deseos; porque
no puede el buen árbol dar malos frutos (Mateo 7:18).
Y así como están libres de malos deseos, lo
están también del mal genio. Cada uno de estos cristianos puede decir con San Pablo:
Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en
mí (Gálatas 2:20), palabras que manifiestamente describen libertad del pecado
interior y exterior. Esta libertad está expresada en forma negativa, no vivo
yo (es decir, mi naturaleza mala no vive; el cuerpo de pecado ha sido destruido), y
positivamente vive Cristo en mí y como es natural, junto con El, todo lo
santo, justo y bueno. Estas dos frases, Cristo vive en mí y no vivo
yo, están conectadas de manera inseparable. Porque, ¿qué comunión tiene la luz
con las tinieblas, o Cristo con Belial?
Por lo tanto, Aquel que vive en estos
cristianos ha purificado sus corazones por la fe, por cuanto cualquiera que tiene a
Cristo, la esperanza de gloria (Colosenses 1:27), se purifica a sí
mismo, así como él es puro (1 Juan 3:3). Está purificado de orgullo; porque
Cristo es humilde de corazón. Está libre de su mal deseo y voluntad obstinada; porque
Cristo hacía sólo la voluntad de su Padre. Y está libre de ira, en el sentido lato de
la palabra; porque Cristo es manso y tierno. Digo en el sentido lato de la palabra, porque
El odia el pecado, y tiene compasión por el pecador. Siente disgusto por cada ofensa
contra Dios, pero sólo tierna compasión para los delincuentes.
Así salva Jesús a su pueblo de sus
pecados (Mateo 1:2 1), no sólo de los pecados exteriores, sino también de los
pecados de sus corazones. Es verdad, dicen algunos, pero eso no ocurre
mientras vivimos, sino en el momento de expirar. No obstante, San Juan dice:
En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el
día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo (1 Juan 4:17).
El Apóstol en esta exposición afirma sin
lugar a dudas, que tanto él mismo como todos los cristianos, no sólo después de la
muerte, sino también en este mundo, son como su Maestro.
En estricta conformidad con esto San Juan nos
dice en el primer capítulo: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él
(1 Juan 1:5). Pero si andamos en la luz, como él está en luz, tenemos comunión
unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado (1 Juan
1:7). En otro versículo dice: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo
para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (versículo 9). Ahora,
es evidente que el Apóstol habla aquí de una liberación llevada a cabo en este mundo.
Porque él no dice: La sangre de Cristo limpiará en la hora de la muerte, o en el día
del juicio, sino que dice, nos limpia actualmente, en el presente, como cristianos vivos,
de toda maldad. Es igualmente evidente que si queda algún pecado, entonces no
estamos limpios de toda maldad. Si queda injusticia en el alma, entonces no está limpia
de toda injusticia. Nadie puede afirmar que esto se refiere sólo a la justificación, o a
la limpieza de la culpa del pecado: primero, porque así se confunde lo que el Apóstol
distingue claramente, pues menciona primero: para perdonar nuestros pecados, y
entonces dice: y limpiarnos de toda maldad; segundo, porque eso es enseñar en
el sentido más enfático, la justificación por las obras; es decir, que toda santidad
interior o exterior sea necesariamente previa a la justificación. Porque si la limpieza
de la que aquí se habla no es otra que la de la culpa del pecado, entonces no
estamos limpios de culpa, es decir, no somos justificados, a menos que andemos en luz
como él está en luz.
Queda dicho entonces que los cristianos son
salvos en este mundo de todo pecado, y de toda maldad, y están en tal sentido perfectos
que no cometen pecado, y están libres de malos deseos y de mal genio.
Un discurso de esta clase que contradice
directamente la opinión favorita de muchos quienes eran estimados por otros, y
posiblemente se consideraban como los mejores cristianos, no podía dejar de ser motivo de
gran ofensa para ellos, porque siendo todas estas cosas la verdad, resultaba que ellos no
eran los cristianos que pretendían ser. Por lo tanto, yo esperaba muchas protestas y
animosidad, pero recibí la agradable sorpresa de que no fue así. No hubo ninguna
protesta. Así que seguí tranquilamente mi camino.
Prólogos de Himnarios Publicados
¶ 11. No mucho tiempo después, creo que en la primavera de
1741, publicamos un segundo tomo de himnos. Como la doctrina era todavía mal entendida, y
por consiguiente mal representada, juzgué necesario explicar más aún sobre ella; lo
cual hice en el prólogo en la forma que sigue:
Este gran don de Dios, la salvación de los
hombres, no es otra cosa que su imagen estampada en el corazón. Es una renovación del
espíritu de sus mentes a la semejanza de Aquel que los creó. Dios ahora ha puesto el
hacha a la raíz del árbol del corazón, purificándolo por la fe, y limpiando todos sus
pensamientos por la inspiración de su Santo Espíritu. Con la esperanza de que verán a
Dios tal como El es, se purifican así como él es puro (1 Juan 3:3), y son
santos en todas sus actividades como Aquel que los ha llamado, es santo. No que hayan
alcanzado todo lo que alcanzarán, o que en este sentido son perfectos. Pero, diariamente
van de gracia en gracia, mirando ahora, como en un espejo la gloria del
Señor, y son transformados de gloria en gloria en la misma semejanza, como por el
Espíritu del Señor (2 Corintios 3:18).
Y donde está el Espíritu del Señor,
allí hay libertad (2 Corintios 3:17), libertad de la ley del pecado y de la
muerte (Romanos 8:2) que los hijos de este mundo no creen, a pesar de ver este hecho
cumplido en el testimonio de los fieles. A estos seres renovados el Hijo liberta de esa
profunda raíz de pecado, amargura y orgullo. Sienten que toda su suficiencia es de Dios,
que sólo El está en todos sus pensamientos, el cual obra en ellos así el querer
como el obrar de su buena voluntad (Filipenses 2:13, V.M.). Sienten que no son ellos
quienes hablan, sino el Espíritu de su Padre que habla en ellos, y todo cuanto es hecho
por sus manos, es la obra del Padre que está en ellos. De manera que Dios es para ellos
su todo en todo, y ellos se sienten como siervos inútiles. Están libres de
obstinación, deseando solamente la santa y perfecta voluntad de Dios, clamando
continuamente desde lo íntimo de sus almas: Padre, sea hecha tu voluntad. En
todo tiempo hay tranquilidad en sus almas, y sus corazones están firmes e inmovibles. Su
paz, corriendo como un río, sobrepasa todo entendimiento, y ellos se
regocijan con gozo inefable y glorioso.
No quiero decir que todo aquel que no haya
sido de tal manera renovado en amor sea un hijo del diablo. Al contrario, quienquiera
que tiene segura confianza en Dios de que por los méritos de Cristo sus pecados le son
perdonados, es un hijo de Dios; y si permanece en El, es heredero de todas las promesas.
No debe de ningún modo perder su confianza o negar la fe que ha recibido porque sea
débil, o porque ésta sea probada con fuego, aun cuando su alma esté abatida por
múltiples tentaciones.
La
Conversión no Obra la Salvación Completa
Tampoco nos atrevemos a afirmar, como han
hecho algunos, que toda esta salvación es dada de una vez. Hay realmente una obra
instantánea de Dios en sus hijos, como también gradual, y sabemos que existe una nube de
testigos quienes han recibido en un momento dado o un conocimiento claro de sus pecados
perdonados, o el testimonio del Espíritu Santo. Pero no tenemos conocimiento de un solo
caso, en ninguna parte, de una persona que haya recibido, en el mismo momento, remisión
de pecados, testimonio del Espíritu, y un corazón limpio y nuevo.
No podemos realmente decir cómo obra Dios,
pero la manera general en que lo hace es ésta: aquellos que una vez confiaron en sí
mismos creyéndose que eran justos, y que tenían abundancia de bienes sin necesidad de
ninguna cosa, ahora, redargüidos por la palabra de Dios, aplicada por el Espíritu Santo,
se dan cuenta de que en verdad son pobres y desnudos. Todas las cosas que han hecho son
traídas a su memoria y presentadas delante de ellos mismos, de manera que ven la ira de
Dios sobre ellos y reconocen que merecen ser condenados al infierno. En su angustia claman
al Señor, y El les enseña que les ha perdonado sus pecados, y establece el reino de los
cielos en sus corazones, que se traduce en justicia, paz y gozo en el Espíritu
Santo (Romanos 14:17). El dolor y la pena han desaparecido, y el pecado no les
domina ya más. Sabiendo que han sido justificados gratuitamente por la fe en su sangre,
tienen paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1),
se regocijan en la esperanza de la gloria de Dios (Romanos 5:2), y el
amor de Dios ha sido derramado en sus corazones (Romanos 5:5).
Lo que Viene después de la Conversión
En este estado de paz permanecen por algunos
días, semanas, o aun meses, y generalmente suponen, que no tendrán más guerra, hasta
que algunos de sus viejos adversarios, sus pecados internos, o los pecados que más
fácilmente les vencían (tal vez la ira o los malos deseos) les asaltan duramente para
vencerles de nuevo. Entonces nace el temor de que no podrán perseverar hasta el fin, y a
menudo piensan que tal vez Dios los haya olvidado, o que se han engañado al pensar que
sus pecados habían sido perdonados. Bajo estas dudas, especialmente si razonan con el
diablo, andan amargados todo el tiempo. Pero raras veces se prolonga este estado antes de
que su Señor responda por Sí mismo, enviándoles el Espíritu Santo para consolarles y
asegurarles continuamente en su espíritu de que son hijos de Dios (Romanos 8:16).
Entonces se tornan mansos y apacibles y dóciles como los niños pequeños.
La Depravación en el Corazón del Convertido
Es ahora cuando por primera vez se dan cuenta
del negro estado de sus corazones, el cual a Dios no le plugo revelárselos antes, a fin
de que no desmayaran. Ahora ven toda la abominación que se oculta en ellos mismos, la
profundidad del orgullo, de su terquedad y del infierno mismo. Sin embargo, en medio de
esta dura prueba, la cual aumenta cada vez más el convencimiento de su propia impotencia,
y su anhelo inexplicable de una plena renovación en la imagen de Dios (la cual es en
justicia y en santidad de verdad), con todo, tienen en sí mismos este testimonio:
Eres heredero de Dios y coheredero con Cristo. Entonces Dios tiene memoria del
deseo de aquellos que le temen y les da un ojo sencillo y un corazón puro; imprime sobre
ellos su propia imagen e inscripción; los crea de nuevo en Cristo Jesús; viene a ellos
con su Hijo y su bendito Espíritu; y haciendo de sus almas su morada, los hace entrar en
el reposo que queda para el pueblo de Dios (Hebreos 4:9).
No puedo menos que hacer notar aquí, que,
nuestra doctrina presente, sea buena o mala, es la misma que enseñé desde el principio.
No hemos añadido nada a ella ni en prosa ni en verso, que no esté aquí ya contenido. No
necesito dar pruebas adicionales de esto por medio de una multiplicación de citas del
libro. Tal vez baste con citar parte de un solo himno, de la última parte del libro:
Señor, yo creo que un descanso queda
Para todo tu pueblo conocido.
Un descanso do reina puro goce,
Y Tú eres el ser amado.
Un descanso do los deseos de nuestras almas
Están fijos en las cosas de arriba,
Do expiran la duda y el dolor,
Vencidos por el perfecto amor.
De todo motivo vil
Nos ha librado el Hijo,
Y los poderes del infierno pisamos
En gloriosa libertad.
Seguros en el camino de la vida,
Sobre la muerte, el mundo y el infierno nos
elevamos;
Y perfeccionados en amor
Encontramos nuestro muy buscado paraíso.
¡Oh que yo el descanso ahora llegue a
conocer,
A creer y en él entrar!
Señor, ahora el poder concede
Para que yo deje de pecar.
De mi corazón quita esta dureza,
Esta incredulidad aleja:
Del descanso de la fe hazme participar
Y de tu amor gozar.
¡Ven presto, oh Señor, Y a mi alma
desciende!
No te alejes de tu criatura, Mi autor y fin.
Que no se retarde más
La dicha que para mí has preparado:
Llegue hasta mí el premio excelente
Para el cual en primer lugar fui hecho.
¡Ven Padre, Hijo y Espíritu,
Y ponme el sello de tu morada!
Que todo lo que soy en ti se pierda:
¡Que todo sea perdido en Dios!
Carlos Wesley, 1740
¿Puede haber algo más claro? (1) Aquí
hablamos de la salvación plena y sublime de Dios expresada como mejor hemos podido. (2)
Hablamos de ella como recibida por mera fe, e impedida sólo por la incredulidad. (3) Que
esta fe, y por consiguiente la salvación que trae, es presentada como algo que puede
recibirse en un instante. (4) Afirmamos que ese instante puede ser ahora, que no
necesitamos esperar un momento más: He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí
ahora el día de esta plena salvación (2 Corintios 6:2). Y por último, si alguien
habla de otro modo, el tal está presentando una doctrina herética entre nosotros.
¶ 12.
Como un año más tarde, en 1742, publicamos otro tomo de himnos. Habiendo la controversia
llegado ya al colmo, hablamos más extensamente sobre este tema que nunca antes. En efecto
un buen número de los himnos de este libro tratan expresamente sobre este asunto, como
también el prólogo; el cual, como es corto, no está de más incluirlo aquí:
Tal vez el prejuicio general contra la
doctrina de la perfección cristiana puede haber nacido de una errónea interpretación de
la naturaleza de ella. Gustosamente admitimos, y continuamente declaramos, que no hay en
esta vida tal perfección que nos exima de hacer el bien y atender a todas las ordenanzas
de Dios por una parte, o que libre de la ignorancia, la equivocación, la tentación o de
mil flaquezas más relacionadas con sangre y carne.
En primer lugar, admitimos y sinceramente
sostenemos que en esta vida no hay tal perfección que nos exima de la obediencia a los
mandamientos de Dios, o de hacer el bien a nuestros semejantes mientras vivamos y
mayormente para con los que son de la familia de la fe (Gálatas 6:10, V. M.).
Creemos que es indispensable, tanto a los recién nacidos en Cristo, como también a los
ya maduros en el camino que, cuantas veces puedan, participen de la Santa Cena,
escudriñen las Sagradas Escrituras, y por medio de ayunos `y templanza mantengan sus
cuerpos bajo Sujeción, y sobre todo, que derramen sus almas en oración, tanto secreta
como públicamente.
En segundo lugar, creemos que no hay tal
perfección en esta vida que comprenda una completa inmunidad en cuanto a la ignorancia o
a los errores en cosas no esenciales a la salvación, o a las múltiples tentaciones, o
numerosas flaquezas con las cuales el cuerpo corruptible más o menos afecta el alma. No
encontramos en las Escrituras ninguna base que nos haga suponer que el hombre nacido de
mujer pueda estar enteramente exento de enfermedades físicas o de ignorancia de muchas
cosas, o sea incapaz de equivocarse, o de caer en diversas tentaciones.
Surge esta pregunta: Pero, ¿a quién
se refieren entonces cuando hablan de uno que es perfecto? Nos referimos
a uno que tiene la mente del Señor (1 Corintios 2:16) y que anda como Cristo
anduvo (1 Juan 2:6), un hombre de manos limpias y corazón puro (Salmos 24:4,
V.M.). En otras palabras, un hombre perfecto es limpio de toda contaminación de
carne y de espíritu (2 Corintios 7:1), uno en quien no hay ocasión de tropiezo,
y que por consiguiente, no comete pecado. Para aclarar esto un poco más, entendemos por
esa expresión bíblica hombre perfecto, uno en quien esta promesa de Dios se
ha cumplido: De todas vuestras impurezas, y de todos vuestros ídolos os
limpiaré...os salvaré de todas vuestras inmundicias (Ezequiel 36:25, 29, V.M.).
Entendemos por esto, uno a quien Dios ha santificado en todo, espíritu, alma y
cuerpo (1 Tesalonicenses 5:23), uno que anda en la luz como él está en
luz, en quien no hay sombra de tinieblas, porque la sangre de Jesucristo le ha
limpiado de todo pecado (1 Juan 1:7).
Tal hombre puede ahora testificarle al mundo
así:
Con Cristo estoy juntamente
crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí (Gálatas 2:20). Entonces El es
santo como Dios quien le ha llamado es santo, tanto de corazón como en toda vuestra
manera de vivir (1 Pedro 1-15). Ama al Señor su Dios de todo su corazón y le sirve
con todas sus fuerzas. Ama a su prójimo como a sí mismo, así como Cristo nos ama;
particularmente a aquellos que le desprecian y persiguen, porque no conocen al Hijo, ni al
Padre. Su alma es verdaderamente todo amor, llena de entrañable misericordia, de
benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia (Colosenses 3:12). Su vida,
por lo tanto, está llena de fe, paciencia, esperanza y de obras de amor. Y todo cuanto
hace, sea en palabra o en hecho, lo hace todo en el nombre y en el amor y poder del Señor
Jesús. En resumen él hace la voluntad de Dios, como en el cielo, así también en
la tierra.
He aquí lo que quiere decir ser un hombre
perfecto, es decir, un hombre santificado cabalmente: es tener un corazón ardiendo en
el amor de Dios, o como dice el arzobispo Archer, un corazón que continuamente
ofrece cada pensamiento, palabra y obra como un sacrificio espiritual, agradable a Dios en
Cristo. En cada pensamiento de nuestros corazones, en cada palabra de nuestras lenguas,
en toda obra de nuestras manos, expresamos alabanza a Aquel que nos llamó de las
tinieblas a su luz maravillosa. ¡Que todos nosotros, como todos aquellos que buscan
al Señor sinceramente, seamos hechos perfectos en uno!
Esta es la doctrina que predicamos desde el
principio, y que predicamos hasta hoy. Es verdad que examinándola bajo todo punto de
vista, y comparándola una y otra vez con la Palabra de Dios por un lado, y la experiencia
de sus hijos por otro, tuvimos una visión más clara de la naturaleza y de las
propiedades de la perfección cristiana. Pero a pesar de esto, ninguna contradicción hay
entre nuestros Primeros conceptos y los últimos. Nuestro primer concepto de la
perfección cristiana fue este: Tener la mente de
Cristo y andar como El
anduvo, tener toda la mente que hubo en Cristo y andar, no por un tiempo sino siempre como
El anduvo. Quiere decir, en otras palabras, estar interior y exteriormente consagrados a
Dios; una consagración de corazón y vida. Tenemos el mismo concepto ahora sin añadirle
ni quitarle. Muchos son los himnos que expresan nuestros conceptos a ese respecto.
Conferencias
sobre la Perfección Cristiana
¶ 13. El lunes 25 de junio de 1744, dimos principio a
nuestra primera conferencia, estando presentes seis clérigos y todos nuestros
predicadores. A la mañana siguiente consideramos seriamente la doctrina de la
santificación o perfección. Las preguntas hechas concernientes a ese estado, y la
esencia de las respuestas dadas fueron como sigue:
Pregunta ¿Qué quiere decir ser
santificado?
Respuesta Ser renovado a la imagen de
Dios en la justicia y santidad de la verdad (Efesios 4:24).
Pregunta ¿Qué se entiende por ser
un cristiano perfecto?
Respuesta El amar a
Dios con todo nuestro corazón, mente y alma (Deuteronomio 6:5).
Pregunta ¿Quiere esto decir, que
es quitado todo pecado interior?
Respuesta Indudablemente: ¿De qué
otro modo pudiéramos ser salvos de todas nuestras inmundicias? (Ezequiel 36:29).
¶
14. Nuestra
segunda conferencia se dictó el primero de agosto de 1745. En la mañana del día
siguiente hablamos de la santificación en los términos que siguen:
Pregunta ¿Cuándo principia la
santificación interior?
Respuesta: Desde el momento que un
hombre es justificado. (Sin embargo, el germen de todo pecado permanece en él hasta que
sea santificado cabalmente.). Desde ese momento un creyente muere gradualmente al pecado y
crece en gracia.
Pregunta Por lo general, ¿no es
santificado el hombre únicamente momentos antes
de morir?
Respuesta Si esto ocurre así, es por
su falta de fe para recibirla antes.
Pregunta Pero, ¿podemos tener fe
para recibirla antes?
Respuesta Claro que sí. Pues aunque
admitimos (1) que la generalidad de los creyentes quienes hasta hoy hemos conocido no
fueron santificados de tal modo hasta momentos antes de su muerte, (2) que pocos de
aquellos a quienes San Pablo escribió sus epístolas lo estaban cuando él les escribió, y (3) que ni el
mismo San Pablo cuando escribió sus primeras epístolas lo estaba, sin embargo, todo esto
no es una prueba que refute el que podamos ser cabalmente santificados ahora.
Pregunta ¿Cómo debemos predicar la
santificación?
Respuesta Debemos presentarla de una
manera persuasiva y atractiva sin apelar a la fuerza, a los que marchan adelante; y a los
indiferentes, presentársela con cuidado.
¶ 15. Nuestra tercera conferencia tuvo lugar el 26 de
mayo de 1746. En ésta leímos cuidadosamente las actas de las dos anteriores, para
averiguar si había que cambiar o modificar algo de su contenido después de más madura
consideración. Pero no encontramos nada que nos diera motivo para cambiar lo que
anteriormente habíamos acordado.
¶
16. El martes 16 de junio de 1747, nos reunimos para
nuestra cuarta conferencia. Como varias personas
estaban presentes quienes no creían en la doctrina de la perfección cristiana, acordamos
examinarla desde su fundamento. Para tal efecto, se hicieron las siguientes preguntas:
Pregunta ¿En qué puntos están de
acuerdo con nosotros esos hermanos nuestros que difieren de nosotros con respecto a la
entera santificación?
Respuesta Ellos admiten: Primero, que
cada uno debe ser cabalmente santificado en la hora de la muerte; segundo, que hasta
entonces el creyente diariamente puede crecer en la gracia, acercándose más y más a la
perfección cristiana; tercero, que debemos perseguir continuamente este fin y exhortar a
todos los otros a hacer lo mismo.
Pregunta ¿Qué les concedemos
nosotros?
Respuesta Concedemos: 1. Que muchos de
los que han muerto en la fe, la mayor parte de ellos, conocidos nuestros, no fueron
perfeccionados en amor sino hasta poco antes de su muerte. 2. Que el término santificado
es comúnmente aplicado por San Pablo a todos los justificados. 3. Que por este
término santificado el Apóstol rara vez, si acaso alguna vez, quiere decir la
salvación de todo pecado. 4. Por consiguiente no es propio usarlo en tal sentido
sin añadirle la palabra entera, o cabalmente santificado, etc. 5. Que los
escritores inspirados casi siempre hablan de los justificados, o a ellos, ¡pero raras
veces a los enteramente santificados o de ellos!1 6. Que por consiguiente nos
conviene hablar casi continuamente del estado de justificación, pero más raramente2
(al menos en términos explícitos) con respecto a la completa santificación.
Pregunta ¿Cuál es, pues, el punto
donde nos dividimos?
Respuesta Es éste: ¿Debemos esperar
ser salvos de todo pecado antes del momento de expirar?
La
Prueba Bíblica de la Doctrina
Pregunta ¿Hay alguna promesa
bíblica que diga claramente que Dios nos salvará de todo pecado?
Respuesta La
hay. Y él redimirá a Israel de todos sus pecados (Salmos 130:8). Esta
promesa está expresada con más amplitud en la profecía de Ezequiel: Esparciré
sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos
vuestros ídolos os limpiaré...Y os guardaré de todas vuestras inmundicias...
(Ezequiel 36:25, 29). No puede haber promesa más clara. A ella se refiere el Apóstol en
aquella exhortación: Teniendo pues tales promesas, limpiémonos de toda inmundicia
de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios (2
Corintios 7:1, V.M.). Igualmente clara y expresiva es aquella antigua promesa: Y
circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a
Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas
(Deuteronomio 30:6).
Pregunta Pero, ¿ocurre en el Nuevo
Testamento alguna afirmación parecida?
Respuesta Sí, ocurre, y escrita en
términos muy claros. Juan dice, sin limitaciones ni restricciones, en 1 Juan 3:8:
Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo, y
sabemos que todo pecado es obra del diablo. Semejante a ésta es la declaración de San
Pablo: Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella...a fin de presentársela a
sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante; sino
que fuese santa y sin mancha (Efesios 5:25, 27).
Además su declaración en
Romanos 8:3, 4 trata el mismo punto: Dios envió a su Hijo para que la justicia de
la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al
Espíritu.
Pregunta ¿Hay en el Nuevo Testamento
otras pruebas fuera de éstas para que esperemos esta salvación de todo pecado?
Respuesta Indudablemente que sí;
tanto en las oraciones que encontramos en el Nuevo Testamento, como en los mandatos, los
cuales son equivalentes a las más fuertes afirmaciones.
Pregunta ¿A cuáles oraciones hace
referencia?
Respuesta A
las oraciones por la entera santificación, que, de no existir ésta, serían una burla de
parte de Dios. Tales son, para ser explícito: 1. Líbranos del mal (Mateo
6:13). Bien, cuando esto haya sido hecho y seamos librados de todo mal, no podemos tener
pecado. 2. Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer
en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo
en tipara que sean perfectos en unidad (Juan 17:20, 21, 23). 3. Por esta causa
doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo para que os dé, conforme
a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su
Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que,
arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los
santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor
de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de
Dios (Efesios 3:14-19). 4 Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y
todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de
nuestro Señor Jesucristo (1 Tesalonicenses 5:23).
Pregunta ¿Qué mandamientos hay al
mismo fin?
Respuesta 1. Sed, pues,
vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto (Mateo
5:48). 2. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con
toda tu mente (Mateo 22:37). Si el amor de Dios llena todo el corazón, no puede
haber en él pecado.
Pregunta Pero, ¿cómo se prueba
que esto ha de ser hecho antes del momento de morir?
Respuesta 1.
Por la misma naturaleza del mandamiento, el cual es dado no a los muertos sino a los
vivos. Por tanto, amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón no puede
significar que harás esto cuando mueras, sino mientras vivas. 2. De varios textos de las
Escrituras: (a) Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos
los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos,
vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada
y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a
sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo
propio, celoso de buenas obras (Tito 2:11-14). (b) Y nos levantó un poderoso
Salvador en la casa de David su siervo...del juramento que hizo a Abraham nuestro padre,
que nos había de conceder que, librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos
en santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días (Lucas 1:69, 73-75).
Pregunta ¿Hay en las Escrituras
algún ejemplo de personas que hayan alcanzado ese estado?
Respuesta Sí;
San Juan, y todos aquellos de quienes él dice: En esto se ha perfeccionado el amor
en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así
somos nosotros en este mundo (1 Juan 4:17).
Pregunta ¿Puede mostrar un ejemplo
ahora? ¿Dónde está el que es así perfecto?
Respuesta Con razón se podría
contestar a algunos de los que hacen esta pregunta: Si conociera a tal persona aquí, no
se lo diría, porque no pregunta impelido por amor. Usted es como Herodes: busca al
niño para matarlo.
Pero más directamente
contestamos: Hay varias razones para que hayan pocos ejemplos, si acaso alguno, que sean
indisputables. ¡Cuántos inconvenientes traería esto sobre la persona misma, puesta como
el blanco para todos los dardos!
¡Y cuán poco provechoso
sería a los contradictores! Porque si no oyen a Moisés y a los profetas, a
Cristo y sus apóstoles, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los
muertos (Lucas 16:31).
Pregunta ¿No es posible que
sintamos aversión hacia alguno de aquellos que dicen que son salvos de todo pecado?
Respuesta Es muy posible, y esto por
varias razones; en parte, por nuestra ansiedad por el bien de las almas, que pueden ser
perjudicadas si no viven conforme profesan; también por una cierta envidia implícita
contra los que dicen tener bendiciones más ricas que las nuestras; y en parte por nuestra
natural morosidad y poca disposición de nuestros corazones para creer las obras de Dios.
Pregunta ¿Por qué no podemos
continuar en el gozo de la fe hasta ser perfeccionados en amor?
Respuesta ¡No hay razón alguna!
Pues el dolor piadoso no apaga este gozo. Aún estando bajo la cruz, participando
hondamente de los sufrimientos de Cristo, podemos regocijarnos con gozo indecible.
Por estas citas bíblicas y
las razones expuestas se ve claramente, no sólo la opinión de mi hermano y la mía, sino
también el juicio de todos los predicadores en relación con nosotros durante los años
1744, 45, 46, y 47. No recuerdo haber oído en ninguna de aquellas
conferencias ni una voz contenciosa; al contrario, cualquier duda que pudiera haber al
reunirnos, desaparecía antes de separarnos.
¶ 17. En el año 1749 mi
hermano publicó dos tomos de Himnos y poemas sagrados. Como no vi.
éstos antes de ser publicados,
algunos no tuvieron mi aprobación. Pero acepté la mayoría de los himnos sobre este
tema.
¶ 18. En el
año 1752 se publicó una segunda edición de
estos himnos sin otros cambios que la corrección de algunos errores literarios.
He sido más extenso en
estas citas porque ellas demuestran, sin posibilidad de excepción, que hasta hoy, tanto
mi hermano como yo, hemos mantenido: 1. Que la perfección cristiana es el amor a Dios y a
nuestro prójimo, y denota libertad de todo pecado. 2. Que es recibida meramente por la
fe. 3. Que es dada instantáneamente. 4. Que a cada instante debemos esperarla, que no
debemos esperar hasta el momento de morir para obtenerla, que ahora, ya, es el tiempo
propicio, el día de salvación.
Pensamientos sobre la Perfección
Cristiana
Publicado en 1759
¶ 19.
En la conferencia del año 1759, previendo el peligro de que pudiera introducirse
clandestina y sutilmente entre nosotros una diversidad de opiniones, volvimos a considerar
extensamente esta doctrina; y poco después publiqué el folleto Pensamientos sobre la
perfección cristiana, con la siguiente advertencia a manera de prólogo:
El motivo de este folleto
no es satisfacer la curiosidad de ningún hombre; tampoco es probar extensamente la
doctrina, en oposición a los que la refutan y ridiculizan; ni para contestar las
numerosas objeciones que contra ella puedan levantarse, aun por hombres serios. Mi
intención es simplemente declarar cuáles son mis conceptos sobre el particular: lo que
según mi manera de ver incluye la perfección cristiana, y lo que excluye, y añadir
algunas observaciones e instrucciones prácticas en relación con ella.
Como estos pensamientos en
su principio vieron la luz en forma de preguntas y respuestas, se dejan en la misma forma.
Son los mismos que he abrigado por más de veinte años.
Pregunta ¿Qué es la perfección
cristiana?
Respuesta Es el amar a Dios con todo
nuestro corazón, mente y fuerza. Esto indica que nada de mal genio, nada contrario al
amor, queda en el alma; y que todos los pensamientos, palabras, y acciones, son gobernados
por amor puro.
Pregunta ¿Afirma usted que esta
perfección excluye toda flaqueza, ignorancia, y error?
Respuesta Hoy, como ayer, afirmo
exactamente lo contrario.
Pregunta Pero, ¿cómo puede todo
pensamiento, palabra y obra ser gobernada por amor puro, y el hombre estar al mismo tiempo sujeto a
ignorancia y error?
Respuesta No veo ninguna
contradicción en eso. Un hombre puede estar lleno de amor puro, y a la vez sujeto a
equivocaciones. Yo, ciertamente, no espero estar libre de equivocaciones hasta que este
cuerpo mortal se vista de inmortalidad. Considero las equivocaciones como una consecuencia
natural del alma morando en sangre y carne. No podemos ahora pensar, sino por la
mediación de estos órganos corporales, los cuales han sufrido igualmente con todo el
resto de nuestro organismo las consecuencias del pecado. Por lo tanto no podemos evitar a
veces equivocarnos en nuestros pensamientos, hasta que lo corruptible sea vestido de
incorrupción.
Pero podemos desarrollar
más este pensamiento. Un juicio equivocado puede ocasionar una práctica errónea. Por
ejemplo: El error del señor De Renty con respecto a la naturaleza de la mortificación,
nacido del prejuicio de una falsa enseñanza, ocasionó la práctica errónea de usar él
una faja de hierro. Puede haber mil casos semejantes aún en personas que estén en el
estado más alto de gracia. Pero, donde cada palabra y acción nace del amor, tal error no
es propiamente un pecado. Sin embargo, no puede soportar el rigor de la justicia de Dios,
y por eso necesita la sangre expiatoria.
Pregunta ¿Cuál fue la opinión de
todos nuestros hermanos que se reunieron en Brístol en agosto de 1758, sobre este
particular?
Respuesta Fue expresada en estas
palabras: 1. Podemos equivocarnos mientras vivamos. 2. Una opinión errada puede ocasionar
una práctica errónea. 3. Cada error de esa naturaleza es una trasgresión de la ley
perfecta. 4. Por tanto, esos errores, si no fuera por la sangre expiatoria, le expondrían
a la condenación eterna. 5. Quiere decir, pues, que los más perfectos tienen continua
necesidad de los méritos de Cristo aún por sus transgresiones actuales, y pueden decir
por sí mismos, como por sus hermanos: Perdónanos nuestras deudas.
Esto explica lo que de otro
modo parecería enteramente inexplicable; es a saber, que algunos no se ofenden cuando
hablamos del grado superlativo del amor, pero no quieren escuchar de la vida sin pecado.
La razón es esta: Ellos saben que todo hombre está expuesto a equivocarse tanto en la
práctica como en juicio; pero no saben, o no observan, que eso no es pecado si el amor es
el único móvil de la acción.
Pregunta Pues bien, si viven
sin pecado, ¿no excluye esto la necesidad de un mediador? A lo menos, ¿no queda
demostrado claramente que ya no tienen necesidad de Cristo como sacerdote?
Respuesta Lejos de eso. Ninguno
siente tanto como éstos, su necesidad y dependencia de Cristo, puesto que Cristo no da
vida al alma aparte de El, sino en Sí mismo. Por lo tanto, sus palabras son igualmente
aplicables a todos los hombres, en cualquier estado de gracia en que se encuentren:
Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí
mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.. . porque separados de mí
nada podéis hacer (Juan 15:4, 5).
Necesitan
la Expiación
Necesitamos a Cristo en
todo estado de gracia por las siguientes razones: 1. Cualquier gracia que recibimos es un
don gratuito de El. 2. La recibimos como una dádiva, y meramente en consideración del
precio que El pagó. 3. Recibimos esta gracia, no solamente de Cristo sino en Cristo.
Porque nuestra perfección no es como la de un árbol, que florece por la savia absorbida
por su propia raíz, sino, como dijimos antes, como la de una rama, que, unida a la vida,
lleva frutos; pero separada de ella se marchita y se seca. 4. Todas nuestras bendiciones,
temporales, espirituales y eternas, dependen de su intercesión por nosotros, la
cual es parte de su oficio sacerdotal, del cual siempre tenemos necesidad. 5. Aun los
mejores cristianos necesitan continuamente la mediación sacerdotal de Cristo, para que
haga expiación por sus omisiones, sus faltas (como muy bien dicen algunos), sus errores
en pensamiento y práctica, y sus muchos defectos. Pues todos estos son desviaciones de la
ley perfecta, y por consiguiente necesitan la expiación. Sin embargo, deducimos por las
palabras de San Pablo, que no son realmente pecados: El amor no obra mal al
prójimo: el amor pues es el cumplimiento de la ley (Romanos 13:10, V.M.). Así que,
los errores y cualquier flaqueza que necesariamente se deben al estado corruptible del
cuerpo, no son de ningún modo contrarios al amor; y por lo tanto, no son pecados en el
sentido bíblico.
Transgresiones Involuntarias y Perfección
sin
Pecado
Para ser más explícito
sobre este punto, diré: 1. No sólo lo propiamente llamado pecado (la trasgresión
voluntaria de una ley conocida), sino lo impropiamente llamado pecado (la trasgresión
involuntaria de una ley divina, ya sea conocida o no), necesita la sangre expiatoria. 2.
Creo que no hay tal perfección en esta vida que excluya estas transgresiones
involuntarias, las cuales, entiendo, se deben naturalmente a la ignorancia y los errores
que no pueden separarse de la personalidad. 3. Por lo tanto, la perfección sin pecado es
una frase que nunca uso, no sea que dé la impresión de contradecirme a mí mismo. 4.
Creo que una persona llena del amor de Dios está todavía expuesta a estas transgresiones
involuntarias. 5. Usted puede llamar pecado a tales trasgresiones si le place; yo no las
llamo así por las razones ya mencionadas.
Pregunta ¿Qué consejo daría
usted a los que las califican así y a los que no las califican como pecado?
Respuesta A
los que no las llaman pecados, les aconsejo que nunca piensen que ellos o cualquiera otra
persona están en tal estado de perfección que pueden estar en pie delante de la justicia
infinita sin un mediador Tal actitud sería evidencia de la más profunda ignorancia, o de
la más descarada presunción y arrogancia.
A los que las llaman así,
aconsejo tener cuidado de no confundir estos defectos con lo que es propiamente llamado
pecado. Pero, ¿cómo podrán evitarlo? ¿Cómo podrá distinguirse el uno del otro, si
todos son igualmente llamados pecados? Temo que, si concediéremos que algún pecado es
compatible con la perfección cristiana, pocos limitarían la idea a aquellos defectos de
los cuales puede ser verdad la afirmación.
Pregunta Pero, ¿cómo puede una
inclinación a errar ser compatible con el amor perfecto? ¿No están las personas
perfeccionadas en amor bajo la influencia del mismo a cada momento? ¿Puede del amor puro
proceder equivocación alguna?
Respuesta Contesto: 1. Que muchos
errores pueden ser compatibles con el amor puro; 2. Que algunos pueden accidentalmente
manar de él: Quiero decir que el amor mismo puede inclinarnos a equivocaciones. El amor
puro hacia nuestro prójimo, nacido del amor de Dios, no piensa mal, todo lo cree y todo
lo espera. Ahora, esta misma cualidad de ser confiado, pronto para creer y esperar lo
mejor de todos los hombres, puede
hacernos creer que algunos hombres son mejores de lo que son en realidad. He aquí
entonces una equivocación manifiesta, manando accidentalmente del amor puro.
Pregunta ¿Cómo podremos evitar el
colocar la perfección cristiana demasiado alta o demasiado baja?
Respuesta Limitándola a la
Biblia, y colocándola tan alta como ésta lo hace.
No es ni más alta ni más baja que esto: El amor puro a Dios y al hombre; el amar a Dios
de todo nuestro corazón y de toda nuestra alma, y a nuestro prójimo como a nosotros
mismos. Es el amor gobernando el corazón y la vida, destilándose en nuestro carácter,
palabras y acciones.
Pregunta Admitiendo que alguno
alcanzare esto, ¿le aconsejaría usted que hablara de ello?
Respuesta Al principio, tal vez le
sería difícil contenerse; el fuego ardería de tal manera dentro de él que le
impulsaría como un torrente el deseo de declarar la amorosa bondad del Señor. Pero
después puede hacerlo, teniendo la precaución de no hablar de ello a los que no conocen
a Dios (porque probablemente sólo lograría provocarlos a disentir y a blasfemar); con
otros tampoco debe tocar este punto sin una razón particular, sin algún objetivo para el
bien de ellos. Y entonces debe tener cuidado de evitar toda apariencia de jactancia,
hablando con profunda humildad y reverencia, dando toda la gloria a Dios.
Pregunta Pero, ¿no sería mejor
guardar completo silencio, no mencionarlo para nada?
Respuesta Por medio del
silencio, él podría evitar muchos sinsabores, los cuales natural y necesariamente
sobrevendrían si él declarara aún entre los creyentes lo que Dios ha hecho en su alma.
En consecuencia, si tal persona consultara con sangre y carne, permanecería en silencio.
Pero esto no puede hacerse con tranquilidad de conciencia, porque indudablemente debe
hablar. El hombre no enciende una vela para ponerla debajo de un almud; mucho menos el
Dios infinitamente sabio. El no levanta tal monumento de su poder y amor para ocultarlo de
la humanidad Al contrario, es su intención que sea una bendición general a los de
sencillo corazón. Su propósito pues, es no solamente la felicidad de ese solo individuo,
sino de animar y alentar a otros a seguir en pos de la misma bendición. Su voluntad es
que muchos lo vean y se regocijen, y pongan su confianza en el Señor. No hay otra cosa
debajo del cielo que anime más a los justificados, que conversar con aquellos que han
experimentado una salvación más alta aún. Esto pone aquella salvación plenamente ante
su vista, y aumenta su hambre y sed de obtenerla; una ventaja que se hubiera perdido del
todo, si la persona así salvada permaneciera callada.
Pregunta Pero, ¿no hay medio de
evitar estos sinsabores que generalmente caen sobre aquellos que hablan de haber alcanzado
tal salvación?
Respuesta Parece que no se pueden
evitar completamente mientras quede tanta carnalidad en los creyentes.
Pero algo se pudiera
hacer, si el predicador de cada lugar: 1. Hablase libremente con los que así testifican;
y 2. Si lucha para que sean tratados justamente y con amor aquellos en cuyo favor hay
prueba razonable
Las Evidencias de Ser Enteramente Santificado
Pregunta ¿Qué sería esta
prueba razonable? ¿Cómo podemos conocer con certeza uno que haya sido salvo de todo pecado?
Respuesta No
podemos infaliblemente conocer uno que haya sido así salvado (ni a uno que ha sido
justificado), a menos que le plazca a Dios dotarnos del milagroso discernimiento de
espíritus. Pero las siguientes evidencias, si se examinan sinceramente, serán
suficientes para no dejar lugar a duda en cuanto a la veracidad y la profundidad de la
obra: 1. Si teníamos clara evidencia de su comportamiento ejemplar por algún tiempo
antes del supuesto cambio, esto nos dará razón para creer que no mentirá a
Dios, sino que hablará ni más ni menos de lo que siente; 2. Si en lenguaje sólido
que no puede ser refutado diera un relato preciso del tiempo y la manera como se operó el
cambio; y 3. Si es evidente que todas sus palabras y acciones subsecuentes son santas e
irreprochables.
El resumen del asunto es:
1. Tengo toda razón para creer que esta persona no miente. 2. El testifica delante de
Dios de esta manera, No siento pecado, pero sí siento amor inefable; oro, me
regocijo, y doy gracias sin cesar; teniendo tan íntimo y claro testimonio de mi cabal
renovación, como de mi justificación. Ahora, si nada tengo que objetar a este
testimonio tan claro, debo por razón natural creerlo.
No perjudica en nada a la
doctrina que alguien diga: Sé de varias cosas en las cuales él está
equivocado. Admitimos que sea así, pues mientras vivamos estamos sujetos a
equivocarnos. Un juicio equivocado puede ocasionar equivocaciones prácticas. Pero debemos
constantemente pedir a Dios que nos libre de ellas en lo que sea posible. Por ejemplo: Un
individuo que ha alcanzado la perfección cristiana puede equivocarse con respecto a otra
persona, considerándola, en algún caso especial, más o menos culpable de lo que es en
realidad. Debido a esto puede ser que le hable con más o menos dureza que lo que la falta
requiere. En este sentido (aunque no sea éste el significado primordial de Santiago),
todos ofendemos muchas veces. Esto, por tanto, no es una prueba que la
persona que así hable no sea perfecta en amor.
Pregunta Pero, ¿no es una prueba el
que se asuste o disguste por un ruido, una caída, o algún peligro repentino?
Respuesta No lo es, porque uno puede
sobresaltarse, temblar, cambiar de color o sufrir otros desórdenes físicos mientras el
alma está tranquilamente confiada en Dios, y permanece en perfecta paz. Aun la mente
puede estar profundamente angustiada y afligida, perpleja y agobiada por terrible angustia
hasta la muerte, y al mismo tiempo adherirse el corazón a Dios por medio de ese amor
perfecto, y estar la voluntad completamente sometida a El. ¿No fue así con el mismo Hijo
de Dios? ¿Ha sufrido algún hijo de hombre, la angustia, el dolor y la agonía que El
sufrió? Y sin embargo El no conoció pecado.
Pregunta Pero, ¿cabe en un corazón
puro el preferir alimento agradable en lugar de desagradable, o tratar de agradar los
sentidos con un placer que no sea estrictamente necesario? Si es así, ¿cómo son estos
cristianos diferentes de otros?
Respuesta La diferencia entre
éstos y los otros al tomar manjares agradables es: 1. Los primeros no necesitan ninguna
de estas cosas para hacerles felices, porque tienen un manantial de felicidad dentro de
sí. Ven y aman a Dios, y por esto se regocijan siempre dando gracias en todo. 2. Pueden
participar de ellos, pero no los buscan. 3. Los usan frugalmente, y no por el valor de la
cosa en sí. Habiendo sido establecido esto, contestamos claramente: Esta persona puede
gustar manjares deliciosos sin el peligro que acompaña a los que no son salvos del
pecado. Puede preferir ésos a comidas desagradables, aunque igualmente saludables, como
medio de aumento de gratitud sincera a Dios, quien nos da todas las cosas en
abundancia para que las disfrutemos. Bajo este mismo principio, puede oler una flor,
comerse un racimo de uvas, o complacerse en alguna otra cosa que no disminuye, mas sí
aumenta su deleite en Dios. Por lo tanto, tampoco podemos decir que una persona hecha
perfecta en amor sería incapaz de contraer matrimonio o de ocuparse de negocios. Sí
fuere llamado para ello, sería más capaz que nunca, pudiendo entonces hacer todas las
cosas sin ninguna distracción de espíritu.
Pregunta Pero si dos cristianos
perfectos tuvieren hijos, ¿cómo pueden éstos ser nacidos en pecado no habiendo pecado
en sus padres?
Respuesta Es un caso posible pero no
probable. Dudo que haya habido o que pueda haber tal caso. Pero dejando esto a un lado,
contestó: El pecado me es transmitido, no por procreación inmediata, sino por mi primer
padre. En Adán todos murieron; por la desobediencia de uno, todos fueron hechos
pecadores; todo el género humano, sin excepción, estaba en sus lomos cuando él comió
del fruto prohibido.
Tenemos una maravillosa
ilustración de esto en los huertos. Injertos de manzanas buenas en un tronco de manzanas
silvestres dan manzanas excelentes; pero sembrad la semilla de esas frutas, y ¿cuál
será el resultado? Producen manzanas puramente silvestres.
La Vida Exterior de los Regenerados y de
los
Enteramente
Santificados Puede Ser Igual
Pregunta Pero, ¿qué obras hace el
que es perfecto en amor que sobrepasan las obras de los creyentes comunes?
Respuesta Tal vez ninguna; pues
quizá Dios por circunstancias externas lo haya así dispuesto. Tal vez no haga mucho
exteriormente, aun cuando su deseo sea hacer todo cuanto pueda para Dios. Quizá ni
siquiera hable mucho, ni haga muchas obras, como nuestro Señor mismo ni habló mucho, ni
hizo tan grandes obras como hicieron algunos de sus apóstoles (Juan 14:12). Pero eso no
prueba que no tiene mayor gracia. Oid lo que Cristo dice: En verdad os digo, que
esta viuda pobre echó más que todos. De cierto, este hombre pobre con sus pocas y
mal pronunciadas palabras ha dicho más que todos ellos. Esta mujer pobre que ha dado un
vaso de agua fría ha hecho más que todos ellos.
¡Oh, cesad de juzgar
según las apariencias, y aprended a juzgar con justo juicio!
Pregunta Pero, ¿no puede ser una
prueba en su contra el que yo no sienta unción ni en sus palabras ni en sus oraciones?
Respuesta No
lo es, porque quizá la culpa sea de usted. Es muy posible no sentir el poder de lo alto
si hay alguno de los siguientes obstáculos en el camino: 1. Vuestro adormecimiento del
alma. Los fariseos, muertos espiritualmente, no sintieron ese poder, ni aun por las
palabras de Aquel que habló como ningún hombre ha hablado (Juan 7:46). 2. Por el pecado
oscureciendo la conciencia. 3. Por un prejuicio contra la persona que testifica. 4. Por
creer que no es posible obtener ese estado que él profesa haber alcanzado. 5. Por no
querer aceptar que dicha persona lo ha obtenido. 6. Por estimarlo demasiado o idolatrarlo.
7. Por tener un concepto más
elevado de sí mismo que el que se debe tener. Si existe uno o varios de estos
impedimentos, ¿es de sorprenderse que los afectados por éstos no se conmuevan por lo que
él dice? Pero, ¿sienten otros esta unción? Si la sienten, vuestro argumento carece de
valor, y si no la sienten, puede suceder que su camino esté obstruido por los obstáculos
ya citados u otros de la misma índole. Debéis estar seguros de esto antes de formar
ningún juicio sobre el particular; y aun así vuestro argumento no probará otra cosa
sino que la gracia y los dones no siempre van juntos.
Pero él no llena mi
ideal de un cristiano perfecto. Tal vez nadie lo ha llenado ni lo llenará. Porque
puede ser que vuestro ideal se extienda más allá de las exigencias bíblicas. Puede ser
que incluya más de lo que la Biblia enseña, o al menos algo que ella no enseña. La
perfección cristiana es el amor puro llenando el corazón, y gobernando todas las
palabras y acciones. Si vuestra idea incluye algo más o algo ajeno a esto, no es
bíblica; y por consiguiente, no os debéis maravillar que un cristiano bíblicamente
perfecto no la pueda llenar.
Temo que muchos tropiezan
contra esta piedra. Incluyen tantos ingredientes como les place, no conforme a las
Escrituras, mas según la opinión que ellos se han formado acerca de cómo debe ser un
cristiano perfecto; y entonces niegan que lo sea cualquiera que no llena esa idea
imaginaria. Debemos, por lo tanto, empeñarnos en mantener siempre ante nuestra vista la
sencilla enseñanza bíblica. El amor puro reinando solo en el corazón y en la vida, esto
es el todo de la perfección bíblica.
El Espíritu Atestigua a Nuestra Completa
Santificación tan Claramente como a
Nuestra
Justificación
Pregunta ¿Cuándo puede una persona
saber que ha obtenido esto?
Respuesta Cuando, después de haber
sido convencida del pecado innato por medio de una convicción más profunda y clara de lo
que experimentara antes de la justificación, y después de experimentar una
mortificación gradual del pecado, experimenta una muerte total al pecado y una
renovación en el amor e imagen de Dios, de modo que está siempre gozosa, ora sin cesar,
y da gracias a Dios en todo. No es suficiente prueba sentir sólo amor y nada de
pecado. Varios han experimentado esto antes de que sus almas sean completamente
renovadas. Nadie debe, por lo tanto, creer que la obra está hecha hasta que no sea
añadido el testimonio del Espíritu Santo, confirmando su entera santificación tan
claramente como su justificación.
Pregunta ¿Por qué es entonces que
algunos se imaginan ser santificados, cuando en realidad no lo son?
Respuesta Esto sucede cuando no
se juzgan por todas las señales ya mencionadas, sino por algunas de éstas, o por otras
que son ambiguas. Pero no tengo conocimiento de que se haya engañado uno quien manifieste
todas estas señales. No creo que haya tal en el mundo. Si un hombre, después de ser
justificado se convence profunda y plenamente del pecado innato, y si esta convicción va
acompañada: 1. Del amortiguamiento gradual de éste; 2. de una entera renovación a la
imagen de Dios superior aun a la que recibió cuando fue justificado; y 3. del claro
testimonio del Espíritu Santo, considero tan imposible que tal hombre pueda estar
engañado como el admitir que Dios mintiese. Y si un hombre de reconocida veracidad
testifica estas cosas, no debo, sin razones justificadas, rechazar su testimonio.
Pregunta ¿Es gradual o instantánea la muerte al
pecado y la renovación del amor?
Respuesta Un hombre puede estar agonizando por mucho
tiempo; sin embargo, no está muerto propiamente hablando, hasta el instante en que el
alma se separa del cuerpo; y en ese instante pasa a la eternidad. De la misma manera uno
puede estar agonizando por algún tiempo en cuanto al pecado; sin embargo no está muerto
al pecado hasta que éste sea quitado de su alma, y en este instante pasa a vivir la plena
vida de amor. Y así como es diferente el cambio que se opera cuando muere el cuerpo,
así es infinitamente más sublime el cambio que se opera cuando el pecado es quitado del
alma. Este cambio trascendental y sublime no puede ser comprendido hasta haberlo
experimentado. No obstante esta transformación incomparable, él continúa creciendo en
gracia, en amor, y en el conocimiento de Cristo, reflejando la imagen de Dios, y
continuará creciendo ahora y por la eternidad.
Pregunta ¿Cómo debemos
esperar este cambio?
Respuesta En fervorosa, vigorosa y cuidadosa
obediencia, en celoso cumplimiento de todos los mandamientos, en vigilancia y
disciplina, negándonos a nosotros mismos, y llevando nuestra cruz diariamente; también
en oración sincera y ayunos, y en atento cumplimiento a todas las ordenanzas de Dios, sin
permitir que la indiferencia o pereza entorpezca nuestro deseo. Si alguno procura de otra
manera obtenerlo (o conservarlo una vez obtenido, aun cuando lo haya alcanzado en toda
plenitud), engaña a su propia alma. Es verdad, que lo recibimos por la fe sencilla;
pero Dios no da, ni dará esa fe a menos que la busquemos con toda diligencia y de la
manera que El ha ordenado.
Esta exposición puede satisfacer a los que
preguntan por qué tan pocos han recibido esta bendición. Mejor, preguntad cuántos la
están buscando de la manera indicada, y tendréis el secreto de por qué tan pocos la
reciben.
El secreto se encuentra en la falta de
oración. ¿Quién persevera en la oración? ¿Quién lucha con Dios hasta alcanzarla?
Es por esto que Santiago dice: ...no tenéis porque no pedís...porque pedís
mal... (Santiago 4:2, 3), puesto que deseáis ser renovados en las mismas puertas de
la muerte. ¡En el momento de la muerte! ¿Te satisfará eso? Creo que no. Pedid a Dios
que seáis renovado ahora; hoy, mientras es día. Esto no quiere decir
señalarle el tiempo a Dios. De seguro, hoy es su tiempo, igual que mañana.
¡Dáte prisa, hombre, dáte prisa!
Pregunta ¿Pero no podemos continuar en paz y gozo
hasta que hayamos sido perfeccionados en amor?
Respuesta Seguramente que sí, porque el reino de Dios
no está dividido contra sí. Por lo tanto, no deben desanimarse los creyentes de
regocijarse en el Señor siempre. No obstante podemos sentirnos apenados por
la naturaleza pecaminosa que aún permanece en nosotros. Es importante tener un sentido
claro de ésta, y un deseo vehemente de ser librados de ella. Mas esto debe inducirnos a
acudir a cada momento a nuestro poderoso Ayudador, a proseguir con más sinceridad hacia
la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús
(Filipenses 3:14). Y cuando más nos agobia el peso de nuestro pecado, más debemos
buscar descanso en su amor.
¿Cómo Tratar a los que
Profesan Santidad?
Pregunta ¿Cómo debemos tratar a los que afirman que
la han alcanzado?
Respuesta Examinándolos con franqueza y
exhortándoles a orar con fervor, para que Dios les muestre todo lo que hay en sus
corazones. Por todo el Nuevo Testamento se exhorta a los que están en este estado más
alto de gracia a que abunden en toda gracia, y tomen las mayores precauciones para
evitar todo pecado. Esto empero debe hacerse cariñosamente, sin aspereza, sin severidad
o acritud. Debemos evitar cuidadosamente aun la apariencia de enojo, falta de cariño o
menosprecio. Dejad a Satanás tentar, y a sus hijos vociferar: Examinémosle con
desprecio y escarnio, para que conozcamos su mansedumbre y probemos su paciencia.
Si son fieles a la gracia que les ha sido dada, no hay peligro de que se pierdan aun
cuando estén en una equivocación; no, ni aun si permanecen en ella hasta la muerte.
Pregunta Pero, ¿qué daño puede hacérseles al
tratarles ásperamente?
Respuesta O están equivocados o no lo están. Si lo
están, tal tratamiento puede destruir sus almas. Esto no es imposible ni improbable.
Puede enfurecerles o desanimarles de tal manera que se hundan para no levantarse jamás.
Si no están equivocados, puede hacer sufrir a los que Dios no hace sufrir, y hacer mucho
daño a su propia alma. Porque indudablemente el que los toca a ellos es como si tocara la
niña del ojo de Dios. Si están verdaderamente llenos de su Espíritu, el tratarlos con
desamor o desprecio es tanto como menospreciar al Espíritu de gracia. Por este medio,
además, alimentamos en nosotros malas conjeturas y mal genio.
¡Qué presunción es esta de levantarnos
como inquisidores de los demás, como jueces absolutos en estas cosas profundas de
Dios! ¿Estamos capacitados para ese cargo? ¿Podemos declarar en todos los casos hasta
dónde llega la flaqueza, y lo que puede y no puede contarse como tal? ¿Somos capaces de
establecer lo que en todas las circunstancias es y lo que no es compatible con el amor
perfecto? ¿Podemos determinar con precisión cómo estas flaquezas influirán sobre la
mirada, los ademanes o el tono de la voz? Si lo podemos, ¡indudablemente somos tales
hombres que con nosotros morirá la sabiduría!
Pregunta Pero si se disgustan porque no se les cree,
¿no es una prueba en contra de ellos?
Respuesta Según sea el disgusto. Si se encolerizan es
prueba en contra de ellos; si se entristecen no lo es. Deben sentirse tristes porque
dudamos de una verdadera obra de Dios, privándonos por lo tanto de las bendiciones que de
ella hubiéramos recibido. Muy fácilmente confundimos esta pena con el enojo por ser
muy parecidas las expresiones exteriores de ambos.
Pregunta Pero, ¿no está bien descubrir a los que se
imaginan haberlo alcanzado, cuando no es así?
Respuesta Está bien hacerlo, por medio de un examen
benigno y amoroso. Pero no es prudente jactarse contra los que así se engañan. Es una
falta de caridad, si al descubrir un caso semejante, nos alegramos como si hubiéramos
encontrado un gran tesoro. ¿No debemos mejor compadecerles, e interesarnos profundamente
y dejar que las lágrimas corran libremente? Porque éste parecía ser un testigo viviente
del poder salvador de Dios hasta lo sumo; pero ¡ay!, no era como pensábamos. ¡Ha sido
pesado en la balanza y encontrado falto! ¿Es esto motivo para regocijarnos? ¿No
debemos regocijarnos mil veces más al encontrar sólo el amor puro?
Pero él se ha engañado.
¿Entonces qué? Es una equivocación inofensiva mientras él no sienta en su corazón
nada más que amor. Es una equivocación que generalmente prueba grande gracia, un alto
grado tanto de santidad como de felicidad. Esto debe ser motivo de gozo para todos los que
son de sencillo corazón; no la equivocación en sí, sino el grado de gracia que por un
tiempo la ocasiona. Me regocijo de que esta alma está siempre feliz en Cristo, siempre
ora y da gracias. Me gozo al saber que él no siente deseos impuros, mas sí, siente el
amor puro de Dios continuamente. Y me regocijaré, si el pecado es suspendido hasta ser
totalmente destruido.
Pregunta ¿No hay peligro en un engaño de esa
naturaleza?
Respuesta No lo hay mientras él no sienta pecado.
Había peligro antes, y lo habrá otra vez cuando se le presenten nuevas pruebas. Pero
mientras él no sienta otra cosa que el amor animando todos sus pensamientos, palabras
y acciones, no está en peligro; está no solamente feliz sino seguro bajo la sombra del Todopoderoso; y ¡por amor de
Dios! dejadle continuar en este estado tanto tiempo como él pueda. Mientras tanto,
haréis bien en advertirle del peligro que habrá si su amor se muere y el pecado
revive, del peligro que corre si abandona la esperanza, y si supone que porque no ha
alcanzado aún el estado deseado, nunca lo alcanzará.
Pregunta Pero, ¿qué hay si ninguno lo ha obtenido
hasta ahora, si todos los que piensan haberlo alcanzado están engañados?
Respuesta Convencedme de esto y no lo predicaré más.
Pero entendedme bien; no edifico ninguna doctrina sobre esta o aquella persona. Este o
cualquier otro hombre puede ser engañado, pero eso no me trastorna. Empero, si ninguno
ha sido perfeccionado aún, Dios no me ha enviado a predicar la perfección cristiana.
Vamos a suponer un caso semejante. Por muchos
años he predicado que hay una paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento.
Convencedme que estas palabras son una mentira, que en todos estos años ninguno ha
obtenido esta paz, que no hay hoy un solo testigo vivo de ella, y no la predicaré más.
Pero, señor Wesley, no es ése nuestro
punto. Admitimos que varias personas han muerto en esa paz.
Está bien, pero mi punto es: Testigos vivos.
Yo no pretendo asegurar de una manera infalible que tal o cual persona sea un
testigo de esa paz; pero si yo estuviera seguro que no existe tal testigo, ya hubiera
dejado de predicar esta doctrina.
Me entendéis mal, señor Wesley. Creo
que algunos de los que han muerto en este amor lo disfrutaban por largo tiempo antes de
morir. Pero yo no estaba seguro de la realidad de su testimonio hasta algunas horas antes
de su muerte.
A esto respondo: No teníais, desde luego,
una seguridad infalible de que tenían esa paz; aunque sí, pudierais haber tenido
esta deducción razonable antes, y tal deducción pudiera haber avivado y confortado
vuestra alma y respondido a los fines cristianos. Semejante deducción puede tenerla
cualquier persona sincera, hablando por una hora en el amor y temor de Dios con uno que
sea testigo vivo de ese estado bendito.
Pregunta Pero, ¿qué importa que algunos lo hayan
obtenido o no, cuando tantos pasajes bíblicos dan testimonio de ello?
Respuesta Si yo estuviese convencido que nadie en
Inglaterra hubiera alcanzado lo que tan clara y fuertemente ha sido predicado por un
buen número de predicadores, en tantos lugares y por tanto tiempo, sería motivo para
creer que todos habíamos interpretado mal el sentido de esas Escrituras; y, en vista de
eso, en lo adelante, yo también tendría que enseñar que el pecado permanece hasta
la muerte.