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¿ES LA SANTIDAD
CONTAGIOSA?
Marcos
6:537:8, 14-23; 8:34-3 8
INTRODUCCIÓN
El refrán dice: Dime con quién andas
y te diré quién eres. La evidencia es incontestable. Las personas adquieren las
características de aquellos con quienes se asocian a menudo. Los casados según se
dice después de un tiempo comienzan a asemejarse el uno al otro. La forma en que
hablamos, las expresiones, la jerga aun nuestras palabras nos delatan. Recuerde que
el dialecto galileo común de Pedro lo delató durante el juicio de Jesús (Mateo 26:73).
No puede negarse el poder de la influencia.
Los padres nunca animarían a sus hijos a cultivar una amistad estrecha con muchachos
malos. Por el contrario, los padres se deleitan cuando sus hijos se llevan bien con los
hijos de otras familias de la iglesia. Ninguno de nosotros permitiría que nuestros hijos
adolescentes asistieran a una fiesta si sabemos que habrá alcohol y drogas. La presencia
de adultos responsables es esencial aun en las actividades de jóvenes que organiza la
iglesia.
No podemos negar el poder de la influencia.
Sin embargo, la influencia es una calle de dos vías. Las personas malas pueden influir en
las buenas para que hagan el mal. Pero, las personas buenas también pueden influir en
las malas para que hagan el bien. La pregunta es: ¿Cuál tiene más poder? ¿El jabón o
la suciedad? ¿El bien o el mal? ¿La santidad o la impureza?
La mayoría de las personas de la antigüedad
daban por sentado que el mundo estaba divido en tres esferas. En un extremo estaba la
esfera de lo santo, habitado por Dios y las personas y cosas consagradas a El; en el otro,
estaba la esfera de lo impuro. En medio estaba la esfera común de la vida diaria. Tanto
lo sagrado como lo impuro poseían una fuerza misteriosa y atemorizante
inherente. Estas dos fuerzas trasformaban todo lo que entraba en contacto con ellas. Lo
impuro y lo santo eran considerados intocables. Aquellos que los tocaban, llegaban a ser
intocables también. Por ejemplo, las leyes del Antiguo Testamento prohibían tocar
cosas impuras como los cadáveres, y cosas sagradas como el arca del pacto (véase
Levítico 1116; Números 6; 19; 31).1
Tales reglas le recordaban a Israel la
santidad trascendente de su Dios y la santidad que debía preservar como su pueblo
escogido. También aseguraban que Israel permaneciera separada de las naciones paganas que
la rodeaban. Después del exilio babilónico, la preocupación por la piedad basada en
el ritual, y el desarrollo de regulaciones poco prácticas, hicieron que la mayoría de
los judíos perdieran la esperanza en que fuera posible la santidad personal. Dieron por
sentado que la impureza era contagiosa. Afirmaban que aun el contacto físico casual con
una persona impura los hacía impuros.
OTROS PUNTOS DE VISTA ACERCA DE LA SANTIDAD
Diferentes grupos de judíos del primer siglo
actuaban en formas distintas ante tal situación. Debo advertir que, al describir estos
grupos, haré sólo una generalización amplia e inevitablemente simplista.
1. Los
saduceos daban por sentado que las realidades políticas y sociales demandaban que ellos
transigieran frente a los que ocupaban el poder, a fin de mantener una coexistencia
pacífica. Debido a que
representaban la élite de la sociedad judía, tenían mucho que perder si no lograban
disminuir la tensión. Quizá decían: Es mejor ser romano que estar
arruinado. Escogieron seguir el camino de la secularización en vez de la
santificación. Relegaron la santidad a los días de fiesta religiosa, en los lugares
santos, cuando cumplían su oficio santo. Sin embargo, en los demás días y en los
demás lugares, los saduceos pensaban que podían seguir una vida normal: Dejar de lado
sus mandamientos y costumbres; ponerse al nivel de los romanos, en su propio terreno y
bajo sus términos.
2. En
el extremo opuesto estaban los esenios, la secta judía que, según se cree, produjo y
preservó los Rollos del mar Muerto. Ellos alegaban que el mal era tan poderoso y que
los malos eran tan numerosos que debían evitar aun la interacción social normal con
ellos. La vida diaria en el seno de la sociedad inevitablemente implicaba el riesgo de la
contaminación fatal del pecado. Por lo tanto, los esenios se fueron a vivir en remotas
comunidades monásticas, en el desierto, a muchos kilómetros de toda forma de pecado. El
trabajo arduo, la disciplina rígida, el estudio constante de las Escrituras, las
oraciones frecuentes y los repetidos baños rituales les permitieron evitar que el mundo
contaminara su santidad, obtenida con tanto esfuerzo. Tomaron en forma muy literal la ley
de Moisés para organizar la vida diaria en sus comunidades. Considere un ejemplo. Los
esenios de la comunidad de Qumrán ordenaban apegarse estrictamente a Deuteronomio
23:12-14. Para cumplir el mandato bíblico, todos los miembros de la comunidad recibían
un azadón para que prepararan lugares adecuados para hacer sus necesidades. Para los
esenios, la santidad requería aislarse del mundo, es decir, relegaban la santidad a una
vida al margen de la sociedad común. La santidad significaba aislamiento, y no la
santificación de toda la vida.
3. En
contraste con aquellos que consideraban el escape y la separación como las únicas
soluciones, los zelotes tomaron la vía de la oposición activa, a menudo violenta, ante
el mal en el mundo. Los
principales enemigos de la santidad, en su opinión, eran los romanos. Por lo tanto, los
zelotes rehusaban pagar impuestos, pues hacerlo hubiera significado ser cómplices de los
paganos invasores y reconocer que Israel era esclavo de Roma. Hubiera sido una traición
inescrupulosa al único y verdadero Dios. Convertir la santidad en asunto político les
permitió justificar aun medios violentos para alcanzar fines justos, pues daban por
sentado que la verdadera santidad no podía existir en un mundo caído y dominado por
hombres malos.
4. A
pesar de la imagen moderna de los fariseos como legalistas pedantes, los esenios los
consideraban demasiado liberales. Y, de acuerdo a los zelotes, los fariseos
transigían con demasiada facilidad. Estos, sin embargo, creían que eran simplemente
personas realistas en medio de un mundo extremista. A diferencia de los esenios, ellos
reconocían la necesidad de adaptar las reglas del Antiguo Testamento al mundo moderno del
primer siglo. No era suficiente repetir leyes inflexibles que se dieron para mantener la
salud de un pueblo que vagaba por el desierto. Los fariseos no se oponían a tener
retretes sanitarios, adecuados para los que vivían en una ciudad. Asimismo, para
consternación de los zelotes, como una concesión necesaria ante las realidades
existentes, los fariseos pagaban impuestos. A regañadientes. ¿Quién no lo hace? A
diferencia de los saduceos, no eran amigos de Roma. Ellos añoraban el día cuando Israel
gozara otra vez de autonomía. Pero, a diferencia de los zelotes, los fariseos no estaban
dispuestos a emprender la lucha. Ellos esperaban la llegada del reino de Dios, cuando El
destruiría a sus enemigos y vindicaría a su pueblo fiel.
En su afán por resguardar la santidad, los
fariseos asumieron la responsabilidad de hacer más de lo que la ley requería y menos de
lo que permitía. Aunque eran laicos, voluntariamente adoptaron las leyes sobre la pureza
que eran sólo para los sacerdotes que ministraban en el templo. No sólo el pan sin
levadura que comían los sacerdotes en el templo debía considerarse santo delante de
Dios, sino todas las comidas. Los fariseos intentaron extender los límites del sacerdocio
santo para incluir a toda la gente. Aumentaron las regulaciones que resguardaban el
carácter sagrado del santo templo e incluyeron todos los lugares (véase Éxodo 19:5-6;
1 Pedro 2:9-10).
Los fariseos dieron por sentado, como lo
hicieron la mayoría de los contemporáneos de Jesús, que la impureza era contagiosa y
una amenaza para la santidad. Ellos sabían que no podían cumplir perfectamente todas
sus reglas. Por lo tanto, desarrollaron y aumentaron lo que el Antiguo Testamento
enseñaba sobre los medios para purificarse, aun después del contacto inadvertido con lo
impuro (véase Levítico 15). Para esto, la regla normalmente era seguir un procedimiento
ritual establecido para lavarse las manos: dos veces, con cantidades específicas de
agua y ciertas posiciones de las manos. La mayoría de los fariseos vivían cerca de
Jerusalén, de manera que podían ofrecer los diferentes sacrificios para expiar por su
contaminación y restablecer su santidad manchada.
Los fariseos estaban expuestos a la
contaminación de la vida en el mundo y a los inevitables contactos con la maldad que
allí enfrentaban. Su llamado legalismo tenía el propósito de preservar su frágil
santidad en ese ambiente hostil. Con sus 613 reglas generales y especiales, los fariseos
intentaron construir una cerca alrededor de la ley. Al observar esas
directrices prácticas y específicas para la vida santa, una persona podía evitar aun la
apariencia de mal. Por medio de su cerca protectora, los fariseos evitaban aun hechos que
no eran malos, pero que podían guiar a acciones pecaminosas. Por ejemplo, establecieron
una lista de 39 actividades que no se podían realizar el día de reposo. Entre estas, se
prohibía a la mujer mirarse en el espejo el día sábado; puesto que la mujer es
vanidosa, se evitaba la posibilidad de que al ver una cana, fuera tentada a
arrancarla, violando así el mandamiento que prohibía trabajar en el día de
reposo.
Describir a todos los fariseos como
legalistas e hipócritas es infundado e injusto. Su preocupación por construir una cerca
alrededor de la ley fue una expresión honesta de su compromiso para cumplir, en el
mundo, los términos del pacto de Israel con Dios. Ellos no pensaban que cumplir la ley
los salvaría. Sabían que su relación con Dios estaba fundamentada sólo en la gracia
divina. Sin embargo, tomaron seriamente la obediencia a este Dios que les manifestaba su
gracia. El acercamiento de los fariseos a la santidad podría llamarse la senda a la
privatización y ritualización. Y, dondequiera que se relega la santidad a la esfera de
la piedad privada y al ritual, el legalismo encuentra terreno fértil.
La ética de los fariseos, de construir una
cerca, tiene una analogía moderna: los conductores cautelosos que colocan su control de
velocidad de crucero a 70 kilómetros por hora aunque la velocidad límite sea de 80.
Ellos actúan con precaución para evitar el riesgo de exceder la velocidad límite.
Tal vez una mejor analogía se encuentre en
la explicación de por qué las iglesias tradicionales del movimiento de santidad se
oponen al baile social. No es que los movimientos rítmicos del cuerpo sean malos, sino
que podrían conducir a relaciones sexuales ilícitas. El baile, como alguien ha dicho, es
una expresión vertical de una idea horizontal.
Muchos cristianos en cierta época rehusaban
ser clientes de restaurantes o almacenes que vendieran bebidas alcohólicas, aun
cuando ellos no tenían intención de comprar licor. Otros boicoteaban todos los cines,
sin importar la película que estuvieran presentando, para no seguir la resbalosa
pendiente que podría llevarlos de Bambi a la pornografía. Otros nos dicen que no
compremos ciertos productos porque hay rumores infundados de que el fabricante apoya el
satanismo.
Permítame dirigir unas palabras a aquellos
que piensan que estas son trivialidades. Tenemos que admitir que nuestros predecesores en
el movimiento de santidad, al rechazar cosas tales como joyas, cosméticos y medias sin
costura para mujeres, se aferraron a distinciones que eran triviales. Sin
embargo, como afirmó Elton Trueblood: El error de tales acciones no es estar
dispuesto a ser una minoría consciente, sino más bien llegar a distinciones muy
simples.2
En un tiempo cuando los no wesleyanos están
redescubriendo el llamado de la Escritura a una vida ética, es prioritario que los
wesleyanos contemporáneos, que navegan sin dirección en mares de indecisión moral,
reconsideren las implicaciones prácticas de la dimensión de separación en la santidad.3
Claramente, nuestra época es menos amiga de la gracia (Watts) que la de
nuestros predecesores. Aunque ellos hayan sido culpables de incluir cosas triviales en el
llamado a la separación, no debemos caer en el error de abandonar ese llamado. En la
actualidad, demasiadas personas del pueblo de santidad, avergonzadas de los legalismos
del pasado, se entregan a la licencia extrema de la anarquía moderna. Si profesan aun
creer en la santidad, no tienen idea alguna de la diferencia que podría causar en sus
vidas.
Nuestros antecesores del movimiento de
santidad no estaban totalmente errados. El llamado bíblico a la santidad involucra
separación del mundo, piedad personal y obediencia radical a la voluntad de Dios. Y,
antes que declaremos completamente inocentes a los fariseos, veamos las palabras de
Jesús (en Mateo 23:23): ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque
diezmáis la menta, el anís y el comino, y dejáis lo más importante de la Ley: la
justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer
aquello. Antes que desechemos a la ligera el legalismo por cosas insignificantes que
preocupó a los fariseos y a nuestros padres teológicos, debemos preguntarnos:
¿Estamos más comprometidos que los fariseos con lo que Jesús llamó lo más
importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe? ¿Estamos tan dispuestos
como nuestros antecesores a ser una minoría consciente, pero por asuntos que
realmente importan? Si ellos demandaban más de lo que Dios o las Escrituras requerían,
¿pensamos que podemos sobrevivir espiritualmente con menos?
Los fariseos trataron de vivir en el mundo
sin que éste los contaminara. Esto, como recordará, es similar a lo que Jesús pidió
al orar para que sus discípulos experimentaran la santificación (Juan 17:14-19). Sin
embargo, el enfoque de Jesús fue muy diferente al de los fariseos. Su preocupación no
era sólo que los cristianos fueran guardados de la maldad del mundo y protegidos del
maligno. Su preocupación era que fueran verdaderamente santificados
para enviarlos al mundo así como El fue enviado al mundo para que el mundo
fuera guiado a creer por la influencia de sus vidas llenas de amor santo.4
Aunque los fariseos constituían la más
grande de las cuatro sectas judías principales, en realidad no eran numerosos. Se
calcula que formaban sólo el uno o dos por ciento de la población de Palestina. Sin
embargo, su influencia sobre las mentes de las masas era considerable. Sus puntos de
vista eran acogidos ampliamente, aunque la vasta mayoría de los judíos del primer siglo
no podían, o no querían, dedicar tiempo ni esfuerzo para observar las escrupulosas
prácticas farisaicas. Como resultado, la mayoría de los judíos aceptaban la
evaluación de los fariseos de que las masas eran personas pecadoras sin esperanza.
Pocos judíos del primer siglo intentaban seriamente observar las reglas rabínicas para
preservar y restaurar la santidad ritual. Los fariseos mencionados en nuestro texto las
cumplían, pero al parecer sólo les preocupaba su propia salvación.
EL PODER DE LA SANTIDAD
Todo esto explica por qué Jesús enfrentó
tanta oposición. El enseñó que la única impureza que podía contaminar a una persona
era la impureza moral (Marcos 7:17-22). También dio por sentado que la santidad ética
era contagiosa. Aunque El era el Santo de Dios, su santidad amenazó sólo el
mal, no a las personas que eran víctimas desvalidas del mal.
Al negarse a practicar el acostumbrado
lavamiento de las manos antes de comer, Jesús no estaba rechazando la higiene básica,
sino la idea de que El pudiera haberse contaminado por el contacto casual con
personas pecaminosas. Los milagros de sanidad que realizó el día de reposo parecen haber
sido afrentas deliberadas a la susceptibilidad popular respecto a los días sagrados. Nada
urgente obligó a Jesús a sanar a personas que habían sufrido su aflicción por muchos
años (véase Lucas 13:10-17). ¿Hubiera afectado en algo esperar un día más? Pero
Jesús dijo: El sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del
sábado (Marcos 2:27). Era apropiado hacer el bien y satisfacer las necesidades de
las personas, aun en el día de reposo (véase Mateo 12:9-14). Lo que hace el día sagrado
o mundano son las obras de la persona, y no el día de la semana.
Jesús se asoció libremente con personas
pecaminosas e impuras. La mayoría de sus contemporáneos judíos creían que comer con
otros era aceptarlos como amigos, aceptarlos como eran, excusar su pecado, transigir, y
por lo tanto, contaminarse. Sin embargo, Jesús aceptó invitaciones a comer en las casas
de pecadores conocidos, pasando por alto en forma patente la susceptibilidad judía. Se
asoció con cobradores de impuestos, quienes por ganarse la vida, habían transigido a
los valores de la Roma pagana, y por lo tanto, eran impuros.5
Jesús desechó costumbres sociales que daban
por sentado que la impureza era más poderosa que la santidad (véase Mateo 15:1-20). Los
evangelios nos dicen que El tocó a leprosos, liberándolos de su impureza (véase Lucas
5:12-16; 17:11-19). A diferencia de la mayoría de los hombres judíos de su época, El
aceptó a las mujeres aun prostitutas y adúlteras como seres humanos
(7:368:3; Juan 8:1-11). Lejos de contaminarse, Jesús sintió que de El había
salido poder cuando lo tocó una mujer que sufría de un trastorno menstrual
crónico (Lucas 8:43-48; 6:17-19). El dedicó tiempo para bendecir a los niños, a quienes
consideraban sin importancia, asombrando así aun a los discípulos
(18:15-17). Jesús se arriesgó acercándose a aquellos que estaban poseídos por
espíritus malos, y causó que los demonios huyeran al enfrentar su poderosa santidad
(8:26-29). Jesús no titubeó en poner sus manos sobre los enfermos, a pesar de la idea
común en su tiempo de que las personas se enfermaban por causa de su pecado. Al tocarlos,
les dio sanidad y perdón (Marcos 2:1-12; 6:53-56; Juan 9:1-3). El tocó aun a los muertos
y. al hacerlo, les dio vida (Lucas 7:11-17; 8:41-42, 49-56; Juan 11). Además, a los
religiosos que estaban entre la multitud, Jesús los contrarió mencionando como héroes
de sus parábolas a pecadores perdidos, cobradores de impuestos y aun samaritanos (Lucas
10:25-37; 15:1-2; 18:9-14), y al elogiar la fe y los hechos de gentiles y otros
menospreciados por la sociedad, dando a entender que eran superiores a los judíos que
confiaban en su propia justicia (7:1-10; 11:37-54; 19:1-10).
Aunque el punto de vista de Jesús acerca de
la santidad era correcto, El arriesgó algo al ministrar a los impuros: su reputación.
Los fariseos lo hubieran despreciado, como otro más de las masas impuras, si no hubiera
sido por la gran reputación que tenía entre las multitudes como un maestro religioso con
credibilidad: un hombre santo. Jesús no sólo se mostraba indiferente a las observancias
que distinguían entre lo puro y lo impuro, entre lo santo y lo profano. El guiaba a otros
a pensar y actuar de la misma manera.
No es de extrañar que, en el nombre de la
religión, los enemigos de Jesús se propusieran eliminarlo por ser una seria amenaza a la
perspectiva que ellos tenían de su mundo. Ellos justificaron su antagonismo hacia
Jesús describiéndolo como glotón y borracho, amigo de cobradores de impuestos y
pecadores (Lucas 7:34). Esta descripción fue más que una acusación de culpabilidad
por asociación: Dime con quién andas...Fue una declaración de guerra.
Identificaron a Jesús como alguien que merecía la muerte (véase Deuteronomio 21:18-23).
El intento de Jesús de limpiar el templo eliminando objetos religiosos extraños, para
dar lugar a los adoradores gentiles, parece haber sido la última gota que hizo rebosar el
vaso con agua (véase Marcos 11:15-18; 14:53-59). De manera que fueron la ley y hombres
santos que guardaban la ley, los que finalmente llevaron a Jesús a la muerte.
Después Jesús instó a sus seguidores a que
llevaran las buenas nuevas a personas de todas las naciones (Mateo 28:18-20; Lucas
14:15-24; Hechos 1:8). El libro de Hechos muestra que los discípulos, influenciados por
las tradiciones del exclusivismo judío, al principio se resistieron a realizar la misión
a los gentiles. Ni siquiera el don del Cristo exaltado, el Espíritu Santo, venció
inmediatamente los prejuicios religiosos. No ocurrió de un día para otro, pero, con el
paso del tiempo, entendieron e imitaron el concepto radical de Jesús acerca de la
santidad contagiosa. Pedro requirió una visión triple para entender que los gentiles
eran candidatos apropiados para recibir el poder purificador de Dios (Hechos 10). Otros
cristianos judíos, aun los apóstoles, al principio lo reprendieron por haberse
involucrado en algo tan arriesgado (11:1-18; 15). Sin embargo, ni siquiera Pedro pudo
conciliar siempre lo que recién había aprendido y sus viejos amigos, tal como el
apóstol Pablo tuvo que recordárselo en una confrontación pública (Gálatas 2:11-21).
Tal vez sea tiempo de explicar mi extraño
uso de la palabra contagiosa. Al usar este término, no quiero decir que la
santidad enferme a las personas o que podamos contagiamos de santidad
sencillamente al pasar tiempo con una persona santa. Lo que estoy afirmando es que la
santidad es más poderosa que el pecado; de hecho, tiene poder para derrotar al pecado en
su propio terreno. Quiero decir que la santidad auténtica es al menos tan contagiosa como
la risa, que la santidad es atractiva y cautivadora, y que transforma todo lo que toca.
La confianza en el poder contagioso de la
santidad llevó al apóstol Pablo a instar a los cristianos cuyos cónyuges no fueran
creyentes, a que no se divorciaran (1 Corintios 7:10-16). El estaba convencido de que el
cónyuge creyente santificaría al incrédulo. Estaba convencido de que la
santidad es más poderosa que la incredulidad, el pecado, la idolatría y cualquier otro
problema. El creyente puede llevar a su cónyuge y a sus hijos a la fe.
Pablo conocía el poder del Espíritu
santificador. Pero también conocía el poder de la convicción. Yo sé, y
confío en el Señor Jesús, que nada es impuro en sí mismo; pero para el que piensa que
algo es impuro, para él lo es (Romanos 14:14).
EL PODER DE LA CONVICCIÓN
¿Estamos convencidos del poder purificador y
contagioso de la santidad? Quizá muchos consideremos los tabúes rituales tales
como los que acostumbraban evitar los judíos del primer siglo como un reflejo de
supersticiones primitivas. Hoy, consideramos mentalmente enfermas a las personas que se
preocupan por realizar purificaciones meticulosas después del contacto casual con
pecadores.
Sin embargo, en muchas otras formas, nuestras
prácticas a veces indican que apreciamos más el punto de vista de los oponentes de
Jesús que el de Jesús, Pablo y la iglesia primitiva. ¿Estamos realmente convencidos
de que Dios es más fuerte que Satanás? ¿Que el Santo es más fuerte que el maligno?
¿Que el bien es más fuerte que el mal? ¿Que lo correcto es más fuerte que el poder?
¿Que la gracia es mayor que nuestro pecado? ¿Que el Espíritu es más fuerte que la
carne?
¿Creemos realmente que la santidad es
contagiosa? ¿O estamos tan preocupados con nuestra preservación que no hacemos nada para
ayudar a los necesitados? ¿Evitamos acercamos a las víctimas del SIDA porque nuestra
supervivencia personal es más importante que servir a la semejanza de Cristo? ¿Es
nuestra reputación religiosa más importante que la realidad? ¿Nos preocupa más cuán
santos piensan algunos que somos, en vez de ser santos? ¿Fuimos purificados y recibimos
poder para servir en el nombre de Jesús? Si es así, ¿estamos demostrando nuestra
santificación por medio de un servicio desinteresado? ¿O estamos almacenando virtud para
una contingencia futura?
Si Dios es la Fuente de la santidad
auténtica, ¿acaso no estamos convencidos de que su provisión es inagotable?
¿Persuadiremos alguna vez a los incrédulos sobre la realidad y el poder purificador de
Jesucristo si nos escondemos temerosos en algún lugar con un grupito de
santos? ¿Cuándo saldremos y avanzaremos al frente de batalla, en donde se
enfrentan las fuerzas del bien y del mal?
Pero, ¿cómo confrontamos un mundo impuro
con la convicción de que la santidad es contagiosa? ¿Cómo confortamos con el
optimismo de la gracia a los heridos? ¿Qué se necesita para persuadirnos de que en
verdad un Dios santo puede transformar este planeta impío por medio de un pueblo santo?
CORAZONES TRANSFORMADOS
Sólo la transformación que se lleva a cabo
de adentro hacia afuera, y que llamamos entera santificación, puede capacitar al pueblo
de Dios para servirle y guiar al mundo para que sepa que El es Dios. Jesús cita las
palabras de Isaías (29:13): Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está
lejos de mí, pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de
hombres (Marcos 7:6-7). Ezequiel enseñó algo similar: Os daré un corazón
nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vosotros el corazón
de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu, y
haré que andéis en mis estatutos y que guardéis mis preceptos y los pongáis por
obra (36:26-27).
La tentación en que cayeron los fariseos es
común entre las personas religiosas. Es la de cumplir sólo las leyes que
conducen a la adoración formal. Pero, la preocupación de Dios va más allá de las
interrupciones en nuestra rutina diaria para adorar. Va más allá de la asistencia fiel a
los cultos de la iglesia. La adoración involucra más que alabar con palabras o adorar
sólo en el santuario.
La demanda de Dios para nosotros se extiende
a las dimensiones de la vida supuestamente seculares y las sagradas. Dios ansía guiar
todos los días de nuestra vida, no sólo los especiales. O toda la vida cristiana
es adoración, y las reuniones y actos sacramentales de la comunidad equipan e instruyen
para esto, o dichas reuniones y actos resultan absurdas.6 La verdadera
adoración no consiste sólo en lo que se practica en los sitios sagrados, en tiempos
sagrados y con actos sagrados, sino es también la ofrenda de nosotros mismos como
sacrificios vivos en nuestra existencia diaria en el mundo (Romanos 12:1-2).7
Hablar de la adoración en este sentido bíblico amplio requiere que se tome en cuenta la
ética personal y social, así como las disciplinas espirituales privadas y
comunitarias.
La verdadera adoración, como respuesta
sincera del creyente a Dios, se lleva a cabo principalmente en el mundo, y en especial se
realiza como servicio a nuestros hermanos y hermanas. Dios quiere una religión
práctica y diaria: La religión que ayuda a los desvalidos y da fuerza a los indefensos
(Santiago 1:27; Mateo 25:31-46); la religión que no sólo habla del amor, sino que lo
pone en acción (Santiago 2:14-17; 1 Juan 3:17-18). El ritual nunca podrá remplazar el
hacer lo correcto. Buscar a Dios no sustituye el procurar que haya justicia en las
calles (Amós 5:21-24). La adoración y la oración no son medios para sobornar a Dios a
fin de que nos dé seguridad o alivio emocional.
Las ofrendas sacrificiales, los cultos de
adoración y las devociones privadas son significativas sólo en el contexto de vidas de
completa obediencia (véase 2 Samuel 24:24; Jeremías 7:21-26; 14:12; Oseas 6:6; Miqueas
6:6-8). El problema de los fariseos en nuestro texto no fue simplemente que discutieron
con Jesús acerca de la doctrina de la santidad. Fue la falta de confianza práctica en
Dios y de obediencia a El. Fue utilizar la religión como un cheque en blanco para excusar
lo malo que hacían. Jesús no se oponía a las reuniones religiosas públicas que los
fariseos realizaban regularmente. Los evangelios muestran que El acostumbraba asistir a la
sinagoga. Jesús no se oponía a la oración privada que practicaban ni a su estudio de
las Sagradas Escrituras. Sin embargo, la adoración sin obediencia no tiene valor. ¿Hemos
perdido en nuestras prácticas religiosas la realidad de la verdadera adoración?
¿Ofrecen nuestros labios alabanzas a Dios mientras que nuestras vidas marchan al ritmo
del mundo? Nadie nos acusaría a nosotros de legalismo. Pero, ¿estamos satisfechos con
la adoración vacía?
Isaías 58 tal vez sea el más fuerte ataque
en la Biblia contra la adoración vacía. Es una respuesta a la queja del pueblo de Dios
de que El no había recompensado en forma adecuada la febril actividad religiosa de ellos.
Leamos la respuesta de Dios en los versículos 6-10:
[La adoración] que yo escogí, ¿no es más
bien desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, dejar ir libres a
los quebrantados y romper todo yugo? ¿No es que compartas tu pan con el hambriento, que
a los pobres errantes albergues en casa, que cuando veas al desnudo lo cubras y que no
te escondas de tu hermano? Entonces nacerá tu luz como el alba y tu sanidad se dejará
ver en seguida; tu justicia irá delante de ti y la gloria de Jehová será tu
retaguardia. Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: ¡Heme
aquí! Si quitas de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador y el hablar vanidad, si das
tu pan al hambriento y sacias al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz y tu
oscuridad será como el mediodía.
Entonces las naciones sabrán que Jehová es
Dios. Entonces el mundo incrédulo verá vuestras buenas obras y [glorificarán] a
vuestro Padre que está en los cielos (Mateo 5:16). ¡Esa santidad, a la semejanza de
Cristo, es contagiosa!
LA SANTIFICACIÓN EN UNA ERA SECULAR
Desafortunadamente, la mayoría nos hemos
conformado con una santidad semejante a la de los saduceos, esenios, zelotes o fariseos,
en vez de la santidad a la semejanza de Cristo. No vivimos en una comunidad en el
desierto; por tanto, no hay peligro de que nos aislemos. No celebramos los sacramentos con
frecuencia; por tanto, no estamos en peligro
de caer victimas de la santidad ritualista. En ciertos ambientes se podría
discutir el problema de la politización que equipararía la santidad con la política de
los partidos conservadores de derecha. Sin embargo, quisiera tratar de la amenaza más
seria que presentan dos problemas insidiosos: la secularización y la privatización.
La secularización funcional se ha infiltrado
en muchas iglesias de santidad. Parece que nos afligiera la tendencia de dividir nuestras
vidas en compartimientos organizados y herméticamente cerrados. Nuestra fe religiosa la
ponemos en uno de ellos, mientras que el resto de nuestra vida la clasificamos en los
otros compartimientos. La evidencia clara de esto es la rígida agenda moral que poseen
muchos miembros de los grupos de santidad y los limitados recursos espirituales que
tenemos para expandir nuestra agenda. Hemos definido la santidad casi exclusivamente en
términos negativos: lo que no hacemos. Las únicas evidencias positivas de santidad que
recalcamos tienen que ver con la piedad privada y personal: oración, devociones,
asistencia a la iglesia y otras prácticas; y con nuestras actitudes internas secretas,
las que generalmente vemos como un sentimiento indefinido, cálido e inexplicable que
llamamos amor.
Hemos transigido ante la perspectiva no
bíblica del mundo, de que hay áreas en las que Dios no tiene nada que ver, que hay
esferas seculares y esferas sagradas en la vida. Jesús rechazó la idea de que algún área de la vida estuviera fuera de la
soberanía de Dios. Sin embargo, hemos hecho de la santidad algo tan privado, que los
cristianos hemos perdido influencia en las esferas política, económica y moral de la
vida humana. Hemos relegado la santidad a nuestra vida privada e interna. Las intenciones
sanas son más importantes que la vida santa.
No debemos descuidar los recursos
espirituales de la piedad privada, pero tampoco debemos pensar que se puede acumular
santidad como un banco de reserva de ganancias religiosas. La mayoría de nosotros
vivimos cerca de otras personas, ya sea en la universidad, la familia, la iglesia, el
trabajo, el vecindario. ¿Tiene alguna influencia nuestra fe en las dimensiones sociales
de la vida? Juan Wesley declaró: La frase santos solitarios
contradice la enseñanza del evangelio tanto como la contradice la frase adúlteros
santos. El evangelio de Cristo sólo conoce la religión que es social, y sólo
conoce la santidad que es social.8 Los que profesamos santidad
únicamente en base a lo que no hacemos, nos encontramos en el mismo nivel que los bancos
de la iglesia. Pero, ¿qué estamos haciendo?
Vivir la santidad auténtica, en el mundo y
para el mundo, es la expresión más apropiada de nuestra adoración a Dios, porque así
damos testimonio al mundo acerca de la realidad de Dios. La santificación que opera
dentro de las supuestas esferas sagradas no es completa. Muchos hemos creído que la
palabra entera, en nuestra preciada doctrina de la entera santificación,
implica que cuando la recibimos, Dios ha terminado su obra en nosotros. Luego
podemos entrar tranquilamente al cielo. ¡Eso no es cierto!
AUTOEXAMEN CON EL
PODER DEL ESPÍRITU
Gálatas
5:256:5
INTRODUCCIÓN
Imaginemos que llegó la hora del examen.
Usted puede asumir el papel del examinador y también el del examinando. No se trata de
algo sencillo como el examen final de Introducción a la Literatura Bíblica. Es un curso
avanzado de Vida Cristiana.
Aquellos que no profesan ser cristianos no
tienen que preocuparse por esta prueba. Uno debe inscribirse en el curso antes de
presentarse al examen final. Este es para los que declaran ser cristianos; en
particular, para los cristianos llenos del Espíritu. ¿Está listo? Veamos cómo le va.
Algo más. Como sabe, antes de empezar a
responder, siempre es sabio leer otra vez el texto. Es Gálatas 5:256:5.
Puesto que el Espíritu es la Fuente de
nuestra vida, llevemos el paso del Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, irritando así
a algunas personas y despertando la envidia de otras.
Amigos, si sorprenden a un cristiano en
algún pecado, ustedes que son verdaderamente espirituales, deben restaurar a esa
persona con espíritu de mansedumbre. Cuídate, o podrías ser tentado a caer en el
orgullo espiritual. Pero, si llevan las cargas los unos de los otros, cumplirán la ley de
Cristo. Porque, si pensamos que somos algo, cuando en realidad no somos nada, nos
engañamos a nosotros mismos. Así que, todos debemos autoexaminarnos. Entonces podremos
gloriamos legítimamente, basados en nuestros logros, y no comparándonos con otros.
Porque, cada uno debe llevar su propia carga (traducción del autor).
En este pasaje, el objetivo de Pablo es que
nos autoexaminemos y autocritiquemos, para mantener un alto nivel de conciencia
ética.1 Sin embargo, la autorreflexión sola no es suficiente.
Debemos ser capacitados por el Espíritu [Santo] para hacer el bien.2
Según Gálatas 5:25, el requisito esencial para la vida cristiana es el autoexamen con
el poder del Espíritu Santo.
El principio sobre el que se basa la vida
llena del Espíritu es sencillo: Lleve el paso del Espíritu; viva en perfecta
obediencia a Dios. Esto es posible gracias a la obra del Espíritu en nuestra vida; por lo
tanto, debemos hacerlo. Pero, el problema es que los cristianos a veces pecan. ¿Qué
deben hacer entonces? Pablo recomienda una prescripción, pero advierte que ésta podría
ser más peligrosa que el problema. Este es el punto central del pasaje: Pablo quiere que
sus lectores dejen de mirar los fracasos de otros y que se examinen ellos mismos. El
propósito de este pasaje es explicar las implicaciones prácticas y personales de la vida
llena del Espíritu.
EL PRINCIPIO: LAS POSIBILIDADES PRÁCTICAS
El Espíritu Santo es la Fuente de vida del
cristiano. Sin la obra del Espíritu en nuestra vida, somos pecadores incapaces y sin
esperanza. Vivimos solos, dependiendo de nuestros recursos lastimosamente inadecuados. Y,
vivimos con propósitos insignificantes y fútiles. Nuestra existencia pues
realmente no puede llamarse vida se caracteriza por las obras de la carne. En
Gálatas 5:19-21, Pablo describe esta existencia destinada a la condenación. Las
obras de la carne son vergonzosamente obvias, y a veces aun dentro
de la comunidad cristiana. Se ven enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas,
divisiones, herejías, envidias. Debemos recordar la advertencia de Pablo:
Los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios, aunque digan que
son cristianos.
Tales cosas no deben suceder. Pues, cuando el
Espíritu gobierna nuestra vida y nuestras relaciones, los resultados son amor,
gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (vv. 22-23).
Nuestro texto enseña claramente que aun aquellos que han experimentado la obra de
justificación y santificación por medio del Espíritu, no deben pensar que no tienen de
qué preocuparse. La actividad de Dios en nuestra vida no es ni mágica ni automática. Es
personal y relacional.
Obviamente, el fruto del
Espíritu no puede manifestarse en aquellos que rehúsan vivir bajo la soberanía de
Dios y dependen sólo de sus recursos humanos; es decir, están bajo la tirana soberanía
de la carne. Sin embargo, el fruto del Espíritu tampoco crece ni florece en los
jardines de los cristianos que han sido llenos del Espíritu, pero no los
cultivan. Esto explica la exhortación de Pablo en Gálatas 5:25: Si vivimos por el
Espíritu, andemos también por el Espíritu.
La expresión andemos, o
llevemos el paso, no es un recordatorio vago respecto a la autodisciplina
que se requiere para vivir llenos del Espíritu. El Espíritu nos dirigirá si lo
escuchamos. El nos guiará sólo a medida que le sigamos. Aunque la templanza o dominio
propio es un fruto del Espíritu, está disponible sólo para aquellos que lo practican.
Es un hecho: El Espíritu es la Fuente de la
existencia del cristiano. Pero, esto implica que debemos tomar la decisión de vivir
como El pide. La primera parte de Gálatas 5 resume la salvación. Luego, el texto trata
de las implicaciones que surgen de tal salvación. Puesto que Dios nos ha dado vida, esto
es lo que debemos hacer con ella.
Leamos nuevamente la primera parte de
Gálatas 5:
Estad, pues, firmes en la libertad con que
Cristo nos hizo libres y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud
a
libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la
carne, sino servíos por amor los unos a los otros, porque toda la Ley en esta sola
palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis
y os coméis unos a otros, mirad que también no os destruyáis unos a otros. Digo, pues:
Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne...Pero si sois guiados por
el Espíritu, no estáis bajo la Ley...Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz,
paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay
ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos (vv. 1,
13-16, 18, 22-24).3
EL PROBLEMA: PROFESIÓN Y PRESUNCIÓN
En Gálatas 5:26 Pablo nos recuerda que
no andar en el Espíritu resulta en vana presunción una
vanagloria infundada.4 Profesamos estar llenos del Espíritu y ser guiados por
El, pero no caminamos al paso del Espíritu. Olvidamos que todo lo que somos y poseemos es
regalo de Dios. No somos grandiosos, sino grandemente bendecidos.5 Cuando lo
llamamos Señor a Dios, pero aún somos los jefes de nuestra vida, somos fraudulentos,
jactanciosos, hipócritas e impostores. Y, con nuestra presunción, provocamos a otros.
Las hostilidades interpersonales son inevitables. Nos alejamos el uno del otro o, en el
peor de los casos, peleamos el uno contra el otro. La envidia se hace presente.6
La vida en comunidad se torna exactamente en lo opuesto a lo que el Espíritu quiere: amor
y servicio mutuos. El egoísmo, con el tiempo, conduce a la desintegración de la
comunidad auténtica.7 Tristemente, lo he visto suceder en iglesias
cristianas y aun en instituciones de educación superior de los grupos de santidad.
Por lo tanto, ¿qué debemos hacer cuando un
cristiano no vive como tal? ¿Cómo tratan el problema del pecado en nuestro medio
aquellos que andan en el Espíritu? Gálatas 6:1 aconseja: Si alguno es sorprendido
en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo con espíritu de
mansedumbre.
Puesto que Pablo dice: Si alguno es
sorprendido en alguna falta, vemos que él no considera que la trasgresión
rutinaria sea la norma. Habla de un hermano o hermana en la fe que es descubierto,
tomado por sorpresa8 mientras comete una falta no deliberada.9
Es sorprendido en flagrante delito, en el acto, por así decir. Lo que llama la atención
es que a Pablo no parece preocuparle demasiado la ofensa en sí, sino la
posibilidad de que llegue a ser una fuente de maldad para aquellos que traten el
caso.10 El apóstol sabía que la gracia de Dios era más que suficiente
para sanar al que cometió la falta. A él le preocupaban los que actuarían como
médicos. A Jonathan Edwards, un famoso predicador estadounidense del pasado,
se le recuerda especialmente por su sermón Pecadores en las Manos de un Dios
Airado. La preocupación de Pablo es por pecadores en las manos de personas
espirituales. Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois
espirituales, restauradlo con espíritu de mansedumbre.
LA PRESCRIPCIÓN: PROCEDIMIENTOS Y
PROPÓSITOS
El procedimiento que Pablo prescribe es
tratar el caso en una forma que corresponda a personas espirituales y a la condición del
hermano o hermana que cayó en pecado. El pecador debe ser restaurado, no castigado;
sanado, no condenado. Quien comete una falta moral necesita restauración, y no
condenación ni humillación, ni siquiera conmiseración. La palabra restaurar
es la misma que se utiliza en los evangelios para referirse al proceso de remendar redes
rotas, para que sean útiles en la pesca otra vez. De la misma manera, la restauración de
cristianos que cayeron en pecado consiste en capacitarlos para que tengan una vida de
servicio útil a Dios y al prójimo (véase Mateo 4:21; Marcos 1:19).
Pablo pide disciplina de la persona
espiritual, no del pecador. ¡Cuídese! Vigile sus propias acciones; sea compasivo con los
demás. Al trasgresor debemos tratarlo con gran indulgencia y tolerancia. Los fieles
debemos enfocar en nosotros mismos la facultad de crítica, no en los que cayeron. El
Espíritu nos capacitará para ser bondadosos y no jactanciosos. Al cristiano caído se
le debe llevar de regreso al camino correcto en una forma que refleje la gracia de Dios.
La contradicción entre lo ideal y la
realidad en la iglesia trae consigo la tentación de confiar en los méritos propios y
dejarse dominar por la arrogancia. La prescripción para el problema de trasgresión tal
vez sea un peligro para la comunidad, una oportunidad para las obras de la carne.
Pablo está consciente de que la actitud de soberbia espiritual de parte de los
acusadores puede causar mayor daño a la comunidad que la falta cometida por el que
cayó.11 No hay pecado tan insidioso como la confianza extrema en la
propia espiritualidad. Y no hay orgullo tan destructivo como el orgullo espiritual.
Por lo tanto, Pablo nos exhorta:
Sobrellevad los unos las cargas de los otros (Gálatas 6:2). Sobrellevar o
soportar las cargas de otros no es simplemente tolerarlos, sino ayudarlos activamente y
socorrerlos. Cuando compartimos las cargas e infortunios de otros, no sólo nos
compadecemos de ellos; los apoyamos en sus luchas diarias.12 Compartimos sus
problemas y los ayudamos a enfrentarlos. Cuando participamos en la vida de otros
cuando caminamos algunos kilómetros en sus zapatos, por así decir es más
difícil que los condenemos. Caer en cuenta de que sólo por la gracia de Dios
puedo estar allí,13 no significa aprobar el pecado de otro. Es resistir
la tentación de la soberbia espiritual.
Durante la revolución en los Estados Unidos,
un hombre vestido de civil pasó cabalgando al lado de unos soldados que reparaban una
barrera defensiva. El líder del escuadrón gritaba dando órdenes cerca de una enorme
viga que sus hombres trataban de elevar sobre la barricada.
El hombre vestido de civil detuvo su caballo
y le preguntó al líder por qué él no ayudaba a su grupo. Asombrado, el líder miró al
extraño y con la pompa de un emperador contestó: ¡Cómo se le ocurre, señor!
¡Yo soy cabo!
Al escuchar esto, el hombre le pidió
disculpas, se bajó del caballo y aseguró las riendas en un poste. Luego ayudó a los
soldados exhaustos a levantar la madera hasta que gotas de sudor cubrían su frente. Una
vez que terminaron el trabajo, se dirigió al cabo y le dijo: Señor cabo, la
próxima vez que haya un trabajo como éste y no tenga suficientes hombres para hacerlo,
mande llamar a su comandante en jefe, y yo vendré y los ayudaré otra vez. El
hombre vestido de civil era el general George Washington.14
¿Cómo es posible que nosotros, cabos
cristianos arrogantes, consideremos inferior a nuestra dignidad el detenemos para
levantar a un compañero caído, cuando nuestro Comandante en jefe llevó los pecados
del mundo a la cruz? Sobrellevar las cargas los unos de los otros es rehusar distanciarnos
de las necesidades obvias que nos rodean.
Pero, más que eso, es cumplir la regla de
oro de Cristo: Hacer a otros lo que quisiéramos que hicieran con nosotros (véase Mateo
7:12; Lucas 6:31). Es cumplir la segunda parte de lo que El llamó el gran mandamiento:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mateo 22:39; Marcos 12:31`; Lucas 10:27).
Este cumplimiento no es requisito para la salvación, sino resultado de ella. Según
Gálatas 5:14, cumplir el mandamiento del amor es cumplir toda la ley. Y puesto que,
según 2:20, es el amor de Cristo el que asegura nuestra salvación, la ley del amor puede
llamarse la ley de Cristo.15 Al sobrellevar las cargas los unos de los otros,
cumplimos la ley de Cristo (6:2)
Notemos que aquí Pablo no dice que los
fuertes deben llevar las cargas de los débiles. Todos tenemos cargas, no importa cuán
espirituales seamos. Y todos podemos ayudar a otros a sobrellevar sus cargas, no importa
cuán débiles seamos. De hecho, Pablo pareciera contradecirse en el versículo 5 cuando
afirma: Cada uno debe llevar su propia carga [NVI]. Las cargas son las luchas
diarias de la vida, con sus tensiones y problemas inevitables. Pero realmente no hay
contradicción, porque compartir las cargas de la vida no elimina el hecho de que
todos tenemos que aprender a aceptarnos a nosotros mismos.16
EL PUNTO PRINCIPAL: ORGULLO Y ALABANZA
Para aceptarnos, debemos primero conocernos.
Esto requiere una medida extraordinaria de honestidad. Es increíble cuán capaces somos
de engañarnos. Hoy los líderes cristianos nos instan a amarnos a nosotros mismos y a
desarrollar una alta autoestima. El consejo de Pablo parece obsoleto: El que se cree ser algo, no siendo nada, a
sí mismo se engaña (v.3). Pero, ¿está él en lo correcto?
Es increíble como algunos estudiantes, que
supuestamente sufren de baja autoestima, son capaces de aceptar plena responsabilidad por
sus éxitos y casi ninguna responsabilidad por sus fracasos. El examen era muy
difícil; fue injusto; otros hicieron trampa; mis
maestros no me enseñaron bien. Dar a los alumnos calificaciones más altas que las
que merecen sólo refuerza el engaño. En la mayoría de las universidades de los Estados
Unidos [donde A es la más alta y F indica reprobado] sólo oficialmente se
considera C como la
calificación promedio. En la práctica, la nota promedio es B. Durante los últimos 20
años, la calificación promedio en los exámenes de ingreso a las universidades ha
bajado constantemente. Sin embargo, durante ese mismo período, aumentó más del 50 por
ciento el número de estudiantes que se ha presentado a esos exámenes con un promedio
de A o B.17 La mitad de mis alumnos piensan que están dentro del 10 por ciento
que tiene las mejores calificaciones de su clase. La mayoría de los estudiantes, a pesar
de sus calificaciones en los exámenes de ingreso a la universidad, se consideran mejores
que el alumno promedio.
Una década atrás, la junta de una
universidad hizo una encuesta para saber cómo se autoevaluaban los estudiantes de último
año de educación secundaria en comparación con sus compañeros.18 El 60 por
ciento de ellos consideraban que eran atletas superiores al promedio; sólo 6 por ciento
pensaba que eran inferiores. El 70 por ciento calificó su capacidad de liderazgo como
superior al promedio; 2 por ciento, como inferior. En su habilidad para llevarse bien con
otros, 25 por ciento se calificó dentro del 1 por ciento con los sobresalientes; 60 por
ciento, dentro del 10 por ciento superior; y sólo 1 por ciento, inferior al promedio.
Me pregunto cómo se calificaron en su habilidad para las matemáticas. ¿Cómo me
amo? Permítame contar las formas en que me amo (haciendo una parodia del poema de
Elizabeth Barrett Browning).
Las buenas nuevas del evangelio no son que
Cristo nos liberó para que nos amáramos a nosotros mismos, sino que nos liberó de la
obsesión con nuestro yo. Tarde o temprano tenemos que aprender por lo general de
manera dura a tragamos el orgullo, reconocer nuestra humanidad y declarar que
dependemos totalmente de Dios. Experimentamos un tremendo alivio al descubrir que la
seguridad y aceptación que nos esforzábamos por obtener (o aparentar), ¡nos han sido
dadas gratuitamente por Aquel cuyo amor y aceptación importan más que cualquier otro!
Saber que no soy nada, y que Dios me ama incondicionalmente, sólo hace mayor mi
admiración.
No hay nada malo en no ser
nada o nadie. Pues, sin la gracia de Dios, eso es lo que somos.
Es erróneo engañamos pensando que somos alguien. Los seres humanos
debemos aprender a aceptar que en realidad no somos nada. Para los primeros
lectores de Pablo, quizá esta fue una advertencia de que si se consideraban
espirituales cuando no lo eran, estaban atrapados en una mentira
peligrosa y absurda.19 Dejo a su imaginación lo que el apóstol diría a
aquellos del movimiento de santidad que profesan ser enteramente santificados, pero
cuyas vidas y relaciones no revelan nada del carácter de Cristo. Yo no estoy calificado
para ser su juez.
Así que, cada uno someta a prueba su
propia obra y entonces tendrá, solo en sí mismo y no en otro, motivo de gloriarse
(Gálatas 6:4). Así como el autoexamen cristiano no nos permite condenar a otros, nos
niega el derecho a damos una calificación más alta que la que merecemos. Los
engaños más comunes ocurren cuando [nos] comparamos con otros. Al participar en este
juego, podemos manipular las cosas a nuestra voluntad para que la comparación siempre
esté a [nuestro] favor
y en detrimento de la persona con quien nos comparamos20
¿Por qué parece causarnos especial satisfacción ver humilladas a personas que han
logrado éxito? ¿Acaso pensamos que crecemos cuando hacemos que otro caiga de rodillas?
No hay nada malo en tener logros. Pero
un verdadero logro lo es aquel que sólo
se refiere a [nosotros
mismos]
No resulta al comparar[nos] con otros.21 Pablo rehusó
defenderse cuando lo compararon en forma desfavorable con los que supuestamente eran
grandes apóstoles. El escribió: No nos atrevemos a contarnos ni a
compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos manifiestan su falta de
juicio al medirse con su propia medida y al compararse consigo mismos (2 Corintios
10:12). En nada he sido menos que aquellos grandes apóstoles, aunque
nada soy (12:11). Yo soy el más pequeño de los apóstoles, y no soy digno de
ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios
soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que
todos ellos; aunque no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo (1 Corintios
15:9-10).
No hay nada malo en sentir orgullo por
nuestros logros. Pero, sí entendemos nuestros logros correctamente, cuando el cristiano
se jacta de algo, llega a ser una forma de adoración. Como Pablo dijo en Gálatas 6:14:
Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por
quien el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo. La verdadera
exaltación alaba a Dios por los logros que El ha tenido en mí, por medio de mí y a
pesar de mí.
Y, no hay nada malo con la
autosuficiencia. Después de todo, cada uno cargará con su propia
responsabilidad (v. 5). En la última década de mi vida, he tratado de vivir lo que
aprendí del apóstol Pablo sobre el secreto del contentamiento. El concluye
Filipenses con estas palabras: He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi
situación. Sé vivir humildemente y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy
enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia
como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (4:11-13).
Hay un gran gozo al aceptar la vida como es y
al aprovecharla al máximo. Estoy aprendiendo a no desperdiciar energía emocional
preocupándome por lo que no puedo cambiar. Existen situaciones y personas que nunca
cambiaré, así que he dejado de intentarlo. La única persona a la que siempre tengo la
esperanza de cambiar está parada en mis zapatos. Nadie puede robarme el gozo; pero puedo
escoger desperdiciarlo, o puedo negarme a hacerlo.
CONCLUSIÓN
¿Me permite recomendarle el camino a la paz
y al gozo que se experimentan al andar en el Espíritu?
El primer paso es abdicar al trono del
universo. Tal vez le sorprenda saber que Dios ya ocupa ese lugar, y El no dejará que
una persona insignificante como usted o yo tome su lugar. Dios no necesita mi ayuda para
gobernar el mundo. Y El puede ayudarme sólo cuando reconozco que tiene derecho a reinar
en mí.
El segundo paso es aceptar su incapacidad
para ser juez del mundo. Dios ocupa también ese cargo. Nuestra tarea es ayudar, apoyar
y amar cuando otros caen. No es condenar. No es exaltarnos a expensas de ellos. Estoy
llamado a examinar sólo a una persona: a mí mismo. Yo no soy mejor cuando otro fracasa
ni soy peor cuando otro tiene éxito. Yo no le doy cuenta a usted de mis actos, y usted no
tiene que darme cuenta de sus actos. Sólo Dios es nuestro Juez, y El establece los
términos por los cuales cada uno debe examinarse a sí mismo. La medida de Dios es la
única que importa. La situación de cada uno es diferente.
El tercer paso es admitir que, sin importar
el estado de gracia que profese, usted no es nada sin la gracia de Dios en su vida.
Nuestro mayor gozo es tener una vida que lo alabe a El. Lo único que importa es que Dios
lo note. No busco que usted me alabe ni temo sus críticas. Espero las palabras de El:
Bien, buen siervo y fiel...Entra en el gozo de tu señor (Mateo 25:21, 23).
Los resultados de este examen son los únicos que realmente importan.
Si vivimos por el Espíritu, andemos también
por el Espíritu. No busquemos la vanagloria, irritándonos unos a otros, envidiándonos
unos a otros. Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois
espirituales, restauradlo con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no
sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid
así la ley de Cristo. El que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña.
Así que, cada uno someta a prueba su propia obra y entonces tendrá, solo en sí mismo y
no en otro, motivo de gloriarse, porque cada uno cargará con su propia
responsabilidad...A todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a
ellos, y al Israel de Dios (Gálatas 5:256:5, 16).
¿CÓMO ESTÁ EL AMOR
EN SU VIDA?
Filipenses
1:9-11
En los primeros versículos de Filipenses,
Pablo expresa su confianza en que el Dios que comenzó en vosotros la buena obra
la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (1:6). A diferencia de las otras
iglesias de Pablo, los filipenses no constituyen un problema para él; ellos son sus
colaboradores (1:5; 4:15). No son su campo de acción, sino su fuerza. No son pecadores
sin esperanza, sino santos maduros (1:1; 3:15); ellos pertenecen completamente a Dios. De
hecho, si estos cristianos macedonios tenían algún problema, quizá haya sido la
tendencia de algunos a pensar que, debido a su capacidad espiritual, habían llegado ya
al nivel más alto. Pablo, al menos, cree importante recalcar su propia necesidad de
progresar: Quiero conocer a Cristo plenamente y llegar a ser completamente como
él...Aún no lo he logrado, ni he alcanzado la meta; pero prosigo para que sea mía,
porque Cristo me hizo suyo (3:10, 12, paráfrasis del autor). El apóstol escribe
acerca de su decisión de poner de lado sus éxitos personales, para dedicarse sólo a
alcanzar una meta: El supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús (3:4b-14),
y pide a los filipenses que hagan lo mismo (v. 15).
La oración de Pablo en 1:9-11 no es por
inconversos; no es por aquellos que caen en la vida cristiana; no es por creyentes que se
alejan de Dios, sino por cristianos maduros, ejemplares, a quienes es necesario
recordarles que, no importa cuánto hayan progresado en su caminar cristiano, aún no han
llegado a la meta. Ya experimentaron la salvación y la santificación, pero la
resurrección aún está por delante, y su salvación final depende de la continua
fidelidad a Cristo hasta el fin (véase 3:11).
Por lo tanto, Pablo ora por los filipenses:
Que vuestro amor abunde aún más y más en conocimiento y en toda comprensión,
para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprochables para el día de
Cristo, llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y
alabanza de Dios (1:9-11).
Si usted profesa ser cristiano si Dios
por su Espíritu le ha hecho una nueva criatura en Cristo Jesús y si goza de la
experiencia de la entera santificación, entonces la oración de Pablo es por usted. Si es
así, me gustaría hacerle una pregunta muy personal: ¿Cómo está el amor en su
vida?
No, no hablo de lo que algunos están
pensando. Esa no es la clase de amor por la que oró Pablo. Pero, ya que capté su
atención, quisiera que por unos minutos considere conmigo la oración de Pablo respecto
al amor de los filipenses: El ora para que el amor de ellos (1) se desarrolle, (2)
discierna y (3) se demuestre.
UN AMOR QUE SE DESARROLLE
Pablo no cree necesario definir aquí lo que
quiere decir con la palabra amor. El significado se mostrará en breve. En el
capítulo 2, él exhorta a los filipenses para que adopten el ejemplo de amor que
demostró Cristo, quien, aunque tenía la forma de Dios, se despojó a sí mismo, asumió
forma humana y fue obediente, aun al punto de morir en la cruz. Sin embargo, los
filipenses habían escuchado predicar a Pablo, y aun antes de esta descripción,
seguramente sabían lo central que era el amor en su evangelio.
De hecho, es sorprendente cuán poca
enseñanza moral nueva se encuentra en las cartas de Pablo. Hay paralelos claros entre lo
que él dice y la enseñanza de los rabinos judíos y de los filósofos estoicos
contemporáneos, excepto el énfasis que hace Pablo en el amor. El lugar central del amor
en el pensamiento de Pablo es obvio en todas sus cartas.
En Gálatas, por ejemplo, afirma que la fe
cristiana se expresa por medio del amor (5:6); que toda la ley se cumple en una palabra:
amor (v. 14); que el fruto del Espíritu es, ante todo, el amor (v. 22).
O, considere la oración de Pablo por su otra
iglesia macedonia, los tesalonicenses. Esta oración se asemeja en muchas maneras a la
oración por los filipenses. En 1 Tesalonicenses Pablo ora: Que el Señor los haga
crecer y abundar en amor el uno para con el otro y para con todos...para que él
fortalezca vuestros corazones en santidad y así sean irreprochables delante de nuestro
Dios y Padre, en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos (3:12-13,
paráfrasis del autor). Después, Pablo añade: Nadie tiene que escribirles acerca
del amor; porque Dios mismo les ha enseñado a amarse unos a otros; y verdaderamente
ustedes aman a todos sus hermanos creyentes en toda Macedonia. Pero les rogamos,
hermanos, que lo hagan más y más (4:9-10, paráfrasis del autor).
En Colosenses, dirigiéndose a cristianos que
nunca había conocido personalmente (véase 1:3-9), Pablo les escribe: Vestíos,
pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de bondad,
de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Soportaos unos a otros y perdonaos unos a
otros, si alguno tiene queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así
también hacedlo vosotros. Sobre todo, vestíos de amor, que es el vínculo
perfecto (3:12-14).
Si el tiempo lo permitiera, podríamos
considerar extensamente el himno de alabanza al amor cristiano que Pablo escribió en 1
Corintios 13. En él, la prosa de Pablo se eleva con las águilas al escribir a una
iglesia en la que la mayoría parecía incapaz de elevarse a alturas espirituales. En
respuesta a la arrogancia de los corintios, Pablo declara: Sin amor, ningún don
espiritual, ningún acto heroico, ni ninguna otra cosa tiene importancia. Sólo el amor
perdurable hace la vida soportable. En vez de aceptar por fe, algún día veremos todo
claramente. Entonces nuestra esperanza será realidad. Pero el amor durará para siempre.
Por lo tanto: Seguid el amor (14:1).
Volvamos ahora a la oración de Pablo por los
filipenses. El pide, en primer lugar, que su amor se desarrolle. Sus palabras no dan a
entender que el amor de los filipenses fuera deficiente. Claramente indica que ellos ya
aman. No ora para que empiecen a amar, sino para que su amor continúe creciendo aún más
y más, hasta que sobrepase toda medida. Pablo no dice todavía a quién o qué tienen que
amar. No especifica que deben amarlo más a él, o amarse más los unos a los otros, o
amar más a Dios. Simplemente ora para que el amor de ellos se desarrolle.
UN AMOR QUE DISCIERNA
Debemos notar que al orar por un amor que se
desarrolle, Pablo no pide que el amor de los filipenses aumente en cantidad, sino que
mejore en calidad. Y esto pido en oración: que vuestro amor abunde aún más y
más en conocimiento y en toda comprensión, para que aprobéis lo mejor, a fin de que
seáis sinceros e irreprochables para el día de Cristo (1:9-10). Lo que Pablo
espera no es mayor intensidad en su amor; no ora para que tengan más fervor emocional o
religioso al amar. Lo que él desea no es un amor más intenso, sino más inteligente. Ora
para que su amor se desarrolle de tal modo que se caracterice por un discernimiento
cristiano y una discriminación saludable.
En nuestra preocupación por ser
políticamente correctos, necesitamos recordar que no toda discriminación es mala. Una
cosa es dar trato de inferioridad a una persona o colectividad basados en
prejuicios, 1 no en las personas. Pablo declara que la venida de Cristo
invalidó las distinciones basadas en diferencias étnicas, de sexo, o de clase social.
Discriminar en este sentido negativo es enteramente ajeno al amor cristiano. Sin embargo,
es esencial que el cristiano aprenda a discriminar en el sentido positivo, reconociendo
las diferencias que son importantes: entre la verdad y el error, entre la justicia y
la injusticia, entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo bueno y lo malo, y entre lo
mejor y lo excelente.
La preocupación de Pablo no es simplemente
que los filipenses amen, sino cómo y qué deben amar. Pablo utiliza la misma palabra para
amor cuando exhorta: Amarás a tu prójimo como a ti mismo
(Romanos 13:9; Gálatas 5:14), y cuando expresa con tristeza: Demas me ha
desamparado, amando este mundo (2 Timoteo 4:10). El amor equivocado, no importa
cuán intenso sea, no es una virtud.
El amor cristiano maduro es sensible respecto
a lo ético y discierne espiritualmente.
Es Sensible Respecto
a lo Ético
En la preocupación de Pablo por el amor que
discierne, él ora primero para que el amor de los filipenses crezca en
conocimiento. Pablo constantemente utiliza esta palabra para referirse, no al
conocimiento intelectual, sino a la sensibilidad ética. Al hablar de este conocimiento,
él quiere decir que ellos cada vez deben estar más familiarizados con la voluntad de
Dios: deben saber qué quiere El de ellos y por qué, y deben comprender que la voluntad
de Dios para ellos es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2). No habla de la
obediencia irracional a una lista de reglas impuestas externamente y que no tienen ningún
sentido. Dios quiere que lleguemos a ser cristianos maduros, motivados internamente a
hacer lo que es correcto, sin importar las consecuencias, sin importar quién esté
mirando. Esta es la prueba de nuestro carácter cristiano.
Sin importar las consecuencias. Pablo
les recuerda a los filipenses que Dios les ha dado, a causa de Cristo, no solo que
creáis en él, sino también que padezcáis por él (1:29). ¿Son los filipenses
los únicos cristianos que necesitan aprender que practicar el amor de Dios puede
involucrar una cruz? Hoy, como en los días de Pablo, hay quienes profesan ser
cristianos, pero cuya ansia de comodidad y seguridad los hace conducirse como
enemigos de la cruz de Cristo (3:18). Como Pablo les recuerda a los
filipenses: El fin de ellos será la perdición. Su dios es el vientre, su gloria
es aquello que debería avergonzarlos, y solo piensan en lo terrenal (v. 19).
Sin importar quién esté mirando.
¿Son los filipenses los únicos cristianos que necesitan aprender que la obediencia no se
limita a los momentos cuando los apóstoles están presentes (2:12)? Es durante la
ausencia de Pablo que él los exhorta a permitir que su salvación se exprese en forma
visible y reverente. Esto no es autosalvación, pues Dios es el que en vosotros
produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad (2:12-13).
Carácter cristiano. La sensibilidad
ética comienza sólo cuando Dios transforma y renueva nuestras mentes al rendimos
completamente en sacrificio a El (Romanos 12:1-2). Las inclinaciones indispensables
que motivan toda acción humana son la integración de la razón y la emoción que
forma lo que llamamos carácter respuestas en la vida que reflejan
disposiciones habituales.2
El carácter cristiano surge de la
convicción de que Dios nos ama sin reserva e incondicionalmente. Juan Wesley escribió:
Del verdadero amor a Dios y [la humanidad] fluye directamente toda gracia cristiana,
toda [actitud] santa y feliz; y de estas brota una santidad uniforme en todas
nuestras relaciones humanas.3 Las acciones santas fluyen de actitudes santas
cultivadas con disciplina práctica. El amor inteligente no es más mágico ni
automático que la habilidad para tocar un concierto de Bach. La entera santificación nos
da la capacidad para expresar (o negarnos a expresar) nuestros deseos e
inclinaciones.4 Tal vez sepamos qué debemos amar, pero eso no nos ayuda
si no escogemos hacerlo.
El amor cristiano inteligente es asunto de la
cabeza antes que pueda ser asunto del corazón. No es un sentimiento cálido e
inexplicable, sino el deseo de hacer la voluntad de Dios sobre cualquier otra cosa. Es la
decisión intelectual de seguir el bien y rechazar el mal que afecta a otro. En Romanos,
Pablo escribe: El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo y seguid lo bueno.
Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos
a los otros (12;9-10).
Discierne
Espiritualmente
El amor que discierne por el que Pablo
ora se caracteriza, primero, por el conocimiento en el sentido de
sensibilidad ética. Segundo, se caracteriza por tener toda comprensión (1:9;
profundidad de percepción, NVI), o toda clase de comprensión
espiritual (paráfrasis del autor). Pablo ora para que los filipenses sepan no sólo
qué deben amar, sino cómo poner en acción ese conocimiento en las
situaciones de la vida real. No ora simplemente para que lleguen a ser expertos en la
teoría de la ética: conocer que esto es bueno y aquello es malo.
El discernimiento requiere la experiencia moral que pone en práctica la teoría. No basta
que deseemos hacer lo correcto, o que sepamos qué es correcto y qué es incorrecto.
Necesitamos desarrollar el sentido
espiritual, para saber cómo aplicar juicios morales al hacer decisiones
verdaderamente cristianas.5 Esto es lo difícil: saber cómo expresar mejor el
amor cristiano.
Por lo tanto, Pablo ora para que el amor de
los filipenses discierna cada vez más, de modo que ellos aprueben lo mejor
(v. 10), o, como lo expresa otra traducción, para que aprueben las cosas que
realmente son importantes,6 lo que posee valor inherente. El ora para que
las decisiones éticas de ellos no broten de una obediencia ciega, sino que surjan
naturalmente de su carácter cristiano transformado y de su lealtad a los valores
éticos cristianos. No se necesita un curso de lógica para saber que, si hay cosas que
son importantes, hay otras que no lo son. Para esto no hay que pensar mucho. El problema
es discernir cuál es cuál.
Pablo sabe bien que los valores cristianos a
menudo son diametralmente opuestos a los valores del mundo. El escribe en 2:15 que los
filipenses viven en medio de una generación maligna y perversa. Nosotros
también. Aun los no cristianos reconocen el pecado flagrante cuando lo ven. Como Pablo
le dice a los gálatas: Las obras de la naturaleza pecaminosa son evidentes
(5:19, NVI).
Sin embargo, a veces la iglesia y el mundo
comparten valores comunes. Pablo les pide a los filipenses: Todo lo que es
verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de
buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad
(4:8). Pero esta no es una lista de valores exclusivamente cristianos. De hecho, parece
representar las mejores virtudes que propugnaban los filósofos morales paganos del tiempo
de Pablo. El apóstol parece indicar que había mucho en los puntos de vista paganos
que los cristianos podían y debían valorar y retener.7 La ética
cristiana no puede definirse de manera simple como la antítesis de los valores mundanos.
Los cristianos debemos resistir la tentación
del extremismo. Es muy fácil mezclarnos con nuestra cultura como camaleones, o
mantenernos alejados, sintiéndonos ofendidos por todo. La esperanza de Pablo para los
filipenses era que no adoptaran ninguno de esos extremos.
De la misma manera debemos resistir la
tentación del negativismo. En nuestra preocupación de ser rectos y hacer lo correcto,
tal vez caigamos en murmuraciones y discusiones (Filipenses 2:14). Por el contrario, Pablo
insta a los filipenses a vivir irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin
mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis
como lumbreras en el mundo, asidos de la palabra de vida (vv. 15-16).
Al escoger siempre lo que realmente es
importante en un mundo con valores distorsionados, es inevitable que enfrentemos conflicto
y sufrimiento, ya sea físico o sicológico. Los cristianos no tenemos que buscar el
sufrimiento como los masoquistas. Pablo no nos llama a actuar en forma tan extraña que
lleguemos a merecer la persecución. Por el contrario, nos insta a vivir de tal manera que
ganemos el respeto de los de afuera (1 Tesalonicenses 4:12, NVI). No
obstante, al procurar tal respeto, a veces nos preocupa más lo que piensan las personas
que lo que piensa Dios. ¿Quién dijo que sería fácil vivir como cristianos?
UN AMOR QUE SE DEMUESTRE
Pablo ora para que los filipenses aprueben lo
que realmente importa. La palabra aprobar tiene un sentido doble. Significa
aprobar y probar: descubrir lo que realmente es importante y simplemente
hacerlo. Por lo tanto, Pablo pide que el amor de los filipenses no sólo se
desarrolle y discierna, sino que se demuestre. Nuestro carácter interno se prueba por
medio de la conducta externa. El amor no puede permanecer simplemente como un elevado
ideal. De la cabeza debe moverse al corazón y luego a las manos. Y esto pido en
oración: que vuestro amor abunde aún más y más en conocimiento y en toda
comprensión, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e
irreprochables para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia que son por medio de
Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios (1:9-11).
La oración de Pablo se concentra en dos
clases específicas de fruto que Cristo produciría en las vidas de los filipenses: para
que fueran sinceros e irreprochables. Ser sinceros
indica que sus vidas debían caracterizarse por honestidad, franqueza, veracidad, pureza e
integridad. De hecho, la palabra sinceros aquí proviene de una palabra
compuesta que significa probado al sol. Los ideales sublimes deben salir de
los confines amistosos de los santuarios y los claustros del mundo académico, y exponerse
al escrutinio de la vida pública. Ser irreprochables indica que los
filipenses no debían caer en su andar cristiano, ni debían causar tropiezo a otro con su
conducta. Pablo ora para que, lo que amamos y cómo amamos, nos haga santos e incapaces
de hacer daño a otros.
Como dice en otro lugar en la Escritura,
el fruto de justicia es una conducta agradable a Dios.8
Mostrar amor cristiano viviendo éticamente significa confirmar, visible y corporalmente,
que pertenecemos a Dios. Esta demostración no es simplemente una actuación. Es una
expresión auténtica de lo que somos como cristianos. Pablo ora para que la vida de los
filipenses pueda producir una cosecha de justicia. Restaurar nuestra relación
con Dios justicia no es el destino de la vida cristiana. Es sólo la entrada.
La justicia debe tener frutos, consecuencias. Es posible perder nuestra salvación al no
permitir que Cristo produzca el fruto de justicia en nuestra vida. Su fruto no es una
obra que podamos ofrecer para merecer nuestra salvación. La justicia comienza y termina
como un don de Jesucristo. Es completamente obra de El. Sin embargo, debemos darle
permiso para que produzca su fruto en nuestra vida y cultive la cosecha que El produce.
La justicia comienza con una relación
correcta con Dios. Al crecer en esta nueva relación, recibimos poder para vivir en
relación correcta con nuestro prójimo. La justificación se demuestra haciendo
justicia. La justicia no sólo implica piedad personal, sino también responsabilidad
social. No es suficiente no hacer daño o no hacer el mal. Los cristianos hacen el bien.
La demostración de amor por la que Pablo ora
no se asemeja en nada al mensaje de la supuesta calcomanía cristiana que dice: Si
ama a Jesús, toque la bocina. Si usted ama a Jesús, haga justicia, ame la
misericordia, camine humildemente con Dios (Miqueas 6:8). ¡Cualquiera puede tocar la
bocina! ¡Lo importante es que demuestre que ama a Dios!
Finalmente, Pablo dice que esta demostración
de amor tiene como objeto dar gloria y alabanza a Dios. Jesús dijo: Así alumbre
vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a
vuestro Padre que está en los cielos (Mateo 5:16). El bien que el cristiano hace no
es publicidad personal sino, en el verdadero sentido de la palabra, adoración: señala el
valor supremo de Dios.
Cuando nos reunimos para cantar alabanzas a
Dios, para orar juntos, para compartir nuestra fe en Cristo, para escuchar la
predicación de la Palabra de Dios esto no es todo lo que constituye la adoración;
es sólo la preparación para la verdadera adoración. La verdadera adoración se
manifiesta en la vida diaria. O toda la vida cristiana es adoración, y nuestras reuniones
de adoración pública formal nos equipan e instruyen para esto, o estas reuniones son
absurdas, vacías y un insulto a Dios (véase Amós 5:21-24). La verdadera adoración
cristiana consiste en ofrecer nuestra existencia corporal en la esfera del mundo, como
sacrificios vivos a Dios, y en servicio a los valores que realmente importan.
Esta es mi oración por usted:
Que su amor crezca más y más. Que su amor
reciba sensibilidad ética y discernimiento espiritual. Que pueda conocer la diferencia
entre el bien y el mal, y que siempre escoja lo mejor. Que sea puro y que su conducta no
cause que otros hagan mal. Que se encuentre siempre listo para el regreso de Cristo. Que
haga todo el bien que pueda, a todos los que pueda, por todo el tiempo que pueda, porque,
por la gracia de Dios, usted puede hacerlo. Viva de tal manera que glorifique y alabe a
Dios (Filipenses 1:9-11, paráfrasis del autor).
Al principio le hice una pregunta personal
acerca del amor en su vida. Permítame hacerle ahora una pregunta aún más personal: Si
la oración de Pablo fuera contestada en usted, ¿en qué sería diferente su vida?
Entera santificación
1
Tesalonicenses 5:23-2 4
INTRODUCCIÓN
Cerca del final de su larga vida, que
comprendió casi todo el siglo XVIII, Juan Wesley declaró que la propagación del
mensaje de la entera santificación era la razón principal por la que Dios había
levantado el movimiento metodista.1 En forma similar, el Preámbulo a la
Constitución de la Iglesia del Nazareno afirma que la iglesia existe
especialmente para que mantengamos...la doctrina y experiencia de la
entera santificación como segunda obra de gracia.2
No poseo ninguna aptitud especial para
evaluar la declaración de Wesley respecto a su conocimiento de los propósitos
providenciales de Dios en la historia. Pero puedo afirmar, sin temor a contradecir,
que la doctrina de la perfección cristiana o amor perfecto, como
Wesley llamó también a la entera santificación, claramente llegó a ser el centro
de los más vigorosos debates del metodismo, tanto con oponentes del movimiento como
dentro de él.3 Durante los últimos 25 años, en las denominaciones de
santidad que señalan a Wesley como su mentor teológico, esta doctrina ha sido el tema
central de un acalorado debate erudito. Mientras que los profesores en las universidades
y seminarios de santidad debaten los puntos conflictivos de la doctrina, la predicación
de este tema distintivo que una vez fue la razón de ser de algunas iglesias
ha permanecido en silencio en muchas esferas.
Este no es el momento ni el lugar para
desenterrar los debates o criticar a los combatientes. Como profesor de Biblia, mi
interés es recalcar que ni Wesley ni una iglesia en particular inventó esta doctrina
de la nada. No podemos ignorar el tema de la santificación, porque sus raíces no son
tan superficiales como para remontarse sólo al siglo XVIII. No es una doctrina de
los últimos días; la Escritura nos llama a tomar en serio el llamado a vivir en
santidad.
En la sesión final de la conferencia sobre
La Vida Santa en la era Poscristiana, organizada por Northwest Nazarene
College en el Centro Wesley de Teología Aplicada, en febrero de 1995, Keith Drury dijo:
El tema de la santidad se extiende a través de toda la Biblia. Dios llamó para sí
una nación santa, apartó un sacerdocio santo, estableció un día de reposo santo,
prescribió sólo sacrificios santos que debían llevarse a cabo en un monte santo, en un
templo santo que tenía un lugar santo y hasta un lugar santísimo. Dios mismo es un Dios
santo. Y somos llamados a santidad. Sin santidad nadie verá al Señor
[Hebreos 12:14].
Dios dice: Seréis, pues, santos
porque yo soy santo (Levítico 11:45). La Biblia, constante y repetidamente, pide
que nos rindamos a Dios en consagración absoluta, que nos sometamos completamente a su
voluntad, que obedezcamos en forma absoluta su Palabra, y que nos separemos de la
contaminación del pecado de este mundo. La santidad no es sólo la característica
esencial de la naturaleza de Dios, sino también el énfasis central de su Palabra. Dios
es santo; nosotros también debemos ser santos.
La santidad es una verdad bíblica, no un
distintivo denominacional o la doctrina favorita de los nazarenos, wesleyanos o
metodistas libres. No se inventó para establecer una diferencia en el círculo
eclesiástico.
Las llamadas iglesias de santidad no tienen
el monopolio respecto a la santidad. De hecho, algunas de las llamadas iglesias de
santidad parecieran interesarse menos en la vida santa que otras tradiciones.4
Karl P. Donfried, erudito luterano en Nuevo Testamento, dice:
Una razón por la que la iglesia de hoy es
tan ineficaz en algunas partes del mundo es porque ya no ofrece a la sociedad pagana
una opción ética o intelectual diferente. La iglesia rara vez existe como una comunidad
que se opone a las costumbres de la sociedad, pero además, a menudo da otro nombre a
conductas evidentemente contrarias a la vida santificada en Cristo Jesús y las incorpora
a su existencia...Si la conducta de una persona es tan escandalosa como la de aquellos que
adoran ídolos, o aún más, difícilmente puede testificar del poder del evangelio que da
vida.5
Los pastores y maestros cristianos nos
encontramos más y más en la situación de los apóstoles del primer siglo. Nuestra tarea
no es sólo convertir a los paganos o discipular a los convertidos. Es cristianizar a la
iglesia. Para los que tomamos seriamente nuestra herencia wesleyana de santidad, la
ortodoxia no es suficiente. No podemos justificar nuestra existencia teológica a menos
que promovamos activamente la santidad de corazón y vida.
LA TERMINOLOGÍA DE SANTIDAD
¿Cómo podemos producir una vida
verdaderamente cristiana por no hablar de un nivel superior (o más profundo) de
vida santa cuando no hay preparación y existen pocos o inadecuados
precedentes? ¿Dónde comenzamos? ¿Qué podemos aprender del ejemplo de los apóstoles?
¿Cómo cuidó Pablo a los convertidos para que llegaran a ser cristianos maduros? La
Primera Epístola a los Tesalonicenses, la carta más antigua de Pablo que tenemos a
nuestra disposición, y probablemente la obra de literatura cristiana más antigua en
existencia, parece ser un lugar apropiado para comenzar nuestra investigación.
Si el vocabulario sirve de evidencia, 1
Tesalonicenses debe ser un documento crucial en toda explicación del concepto bíblico de
la santidad. El uso frecuente de explícita terminología de santidad en esta breve
carta es digno de mencionarse. Por centímetro cuadrado, en ella hay más referencias a la
santidad que en cualquier otro libro de la Biblia. Al decir
terminología de santidad, me refiero no sólo a palabras tales como
santidad y santo, sino también a santificar y
santificación, que son otras expresiones del mismo grupo básico de términos
griegos. Por lo tanto, un santo es una persona santa.
Santificar es hacer santo. La santificación es el
proceso de hacer santo. Y santidad es la calidad de ser
santo.
Para entender lo que la Biblia enseña de
la santidad, es fundamental reconocer que sólo Dios es santo en sentido no derivado. De
hecho, afirmar que Dios es santo es casi lo mismo que decir que El es Dios, que es único,
que es el Totalmente Otro y el Creador. Cualquier santidad que poseen los humanos u
otras criaturas, cosas, lugares o días, existe sólo por virtud de su relación
especial con Dios. Por lo tanto, el día de reposo era un día santo porque
Dios lo apartó para descansar, adorar y realizar actividades dedicadas a Dios y los
intereses divinos. El templo lo llamaron santuario lugar santo
porque estaba dedicado a la adoración a Dios. E Israel fue llamado pueblo
santo porque era el pueblo de Dios, comisionado para representarlo a El y darlo a
conocer.
Esto debe explicar por qué Dios tiene
especial interés en vindicar su santidad cuando su pueblo no lo representa bien. No es
sólo porque daña la merecida reputación de Dios. Cuando el pueblo de Dios no vive
como pueblo santo, da a entender que El no es realmente Dios, que El no existe.
EL PODER SANTIFICADOR DEL AMOR SANTO
Si Dios existe, ¿qué clase de Dios es El?
Dios actúa para redimir, restaurar, reclamar y renovar a su pueblo indigno. Esto
demuestra que su carácter es amor santo un amor tan extraordinario, tan
único, tan poderoso, que sobrepasa a la comprensión humana.
¿Cómo Puede Ser? (Sing to
the Lord, No. 225)
¡Oh, qué amor! ¿Cómo puede ser...?
Carlos Wesley
¡Oh, Dios! ¿Cómo puede ser que cumplas
las promesas que nos hiciste en tu pacto, cuando hemos roto todas las promesas que te
hicimos a ti? ¿Cómo puede ser que ames a tus rebeldes criaturas al punto de dar a tu
único Hijo? ¿Cómo puede ser que prefieras morir antes que vivir sin nosotros?
¡Oh, Qué Amor! (Gracia y
Devoción, No. 339)
Que Dios amase un pecador cual yo
Y que cambiase en gozo su pesar;
Que a su redil me trajo su bondad,
¡Oh, cuán maravilloso amor!
C. Bishop, trad. C. E. Morales
Cuán Grande Amor (Gracia y
Devoción, No. 246)
Que Cristo me haya salvado
Tan malo como yo fui,
Me deja maravillado,
Pues El se entregó por mí.
Coro:
¡Cuán grande amor! ¡Oh, grande amor!
El de Cristo para mí.
¡Cuán grande amor! ¡Oh, grande amor!
Pues por El salvado fui.
Charles H. Gabriel, trad. H. T. Reza
Al Contemplar la Excelsa Cruz (Gracia
y Devoción, No. 18)
Al contemplar la excelsa cruz,
Do el Rey del cielo sucumbió,
Aquel dolor tan grande y cruel
Que sufre así mi Salvador,
Exige en cambio para El
Una alma llena del amor.
Isaac Watts, trad. M. L.
¡Tal santidad no es sólo maravillosa sino
contagiosa! Esto no quiere decir que la santidad enferme a las personas, o que podamos
contagiamos de santidad sencillamente al pasar tiempo con una persona santa.
Significa que la santidad es más poderosa que el pecado. De hecho, tiene poder para
derrotar al pecado en su propio territorio. La santidad auténtica es por lo menos tan
contagiosa como la risa. La santidad es atractiva y cautivadora. Transforma todo lo que
toca.
La santidad contagiosa de la que hablo es
la vida completamente entregada al Santo a favor de un mundo impuro. Es la vida de
Jesucristo manifestada en las vidas de personas comunes y corrientes, que han sido
limpiadas completamente de la preocupación por su propia reputación y, en forma
extraordinaria, han recibido poder por medio del Espíritu santificador, para reflejar
bien el carácter del Dios de amor santo. Tal santidad es contagiosa.
Según Wesley, cuando sé que Dios me ama
de manera absoluta y sin reserva; cuando sé que Cristo murió por mis pecados, aun los
míos; cuando el Espíritu Santo me asegura que soy hijo de Dios, soy candidato para la
entera santificación. Puesto que sé que Dios me ama, vivo como hijo: con la gratitud de
un hijo, no el deber de un esclavo. Y, puesto que Dios me ama, no sólo lo amo a El sin
reserva, sino que aprendo a amar a mi prójimo como a mí mismo. Y me doy cuenta, para mi
sorpresa, de que mi carácter está siendo recreado progresivamente a la semejanza de mi
Creador. Me veo a mí mismo transformado para reflejar más y más el carácter de Cristo.
Descubro que estoy libre de mi adicción a la rebeldía. Ansío vivir en obediencia
incondicional a Dios. Y me asombra darme cuenta de que puedo hacerlo. Me deleito al
descubrir que mi actitud, mis palabras, mis obras, mis hábitos están siendo
completamente renovados, dando lugar a una persona justa que antes no conocía.
Wesley se refirió a esta obra completa de
gracia en la vida de los creyentes como entera santificación o santidad
de corazón y vida. No es tan superficial como para ser sólo una actuación
frente al público. Tampoco es tan privada como para que sólo Dios lo sepa. La vida
santa es la expresión visible de una realidad invisible. Surge de la fuente oculta de lo
que Wesley denominó nuestros afectos. Con este término, él no se refería
únicamente a nuestros sentimientos. Se refería a la cualidad personal
indefinible que a veces llamamos carácter. El carácter es la forma de ser
del alma, la que nos motiva a actuar como actuamos cuando pensamos que nadie nos ve,
cuando sencillamente somos nosotros mismos. Las inclinaciones motivadoras que
definen nuestro carácter involucran la integración de la razón y la emoción,
cultivadas por una práctica disciplinada 6
Las actitudes que han sido infundidas de
gracia tienen el poder para transformar nuestra conducta. El carácter cristiano no se
forma como la planta de calabaza, que alcanza la madurez en un verano. Es más bien como
un árbol de roble, que requiere toda una vida. El carácter cristiano no se desarrolla de
un día para otro, ni sin esfuerzo de nuestra parte. La vida santa tiene origen
sobrenatural. Sin embargo, cuando se cultiva, llega a ser cada vez más
natural. Los afectos habituales de las personas enteramente
santificadas no las convierten en robots, manipulados por Dios sin que puedan razonar. La
práctica disciplinada nos da la libertad para hacer casi espontáneamente lo
que desea nuestro carácter transformado.7
Dios nos ama tanto que nos acepta tal como
somos. Pero, nos ama demasiado como para dejamos tal como somos. La gracia no consiste en
que Dios pase por alto nuestras faltas. Consiste en que Dios nos capacita para que seamos
más de lo que podríamos ser si sólo dependiéramos de nuestros recursos. Dios nos ama
demasiado como para forzamos a obedecerle. Por lo tanto, nos deja en libertad para hacer
decisiones contrarias a su voluntad y vivir irresponsablemente. Somos libres para escoger,
pero no somos libres para escoger las consecuencias de nuestras decisiones. Si practicamos
el amor a Dios y al prójimo, cada vez seremos mejores en esto. A medida que respondemos
al perfecto amor de Dios, somos capacitados para amar a otras criaturas y a nuestro
Creador con amor perfecto. Este amor es la fuente secreta de todas las demás virtudes
cristianas. Como con cualquier otro talento que Dios da, llegamos a ser competentes en la
vida santa a medida que la practicamos.
Nosotros solos no generamos la capacidad
para vivir en santidad ni el progreso en ella. Por esta razón Wesley hizo tanto énfasis
en la santidad social y los medios de gracia.
No podemos ser santos a solas. La santidad
se cultiva en el contexto de la comunidad santa: personas renovadas, unidas por un pacto
de gracia, que dan cuenta de sus actos unas a otras, y que están comprometidas para
crecer juntas en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. La vida en
comunidad hace posible y pone a prueba nuestro crecimiento en santificación.
Wesley valoró los medios de gracia,
tanto como formas con las que Dios imparte la Presencia de gracia que nos permite, en
respuesta, crecer en santidad, así como ejercicios por los cuales
responsablemente cultivamos esa santidad.8 Randy Maddox afirma que la
mejor manera de captar el punto de vista afectivo de la entera santificación que enseñó
Wesley...es decir que él estaba convencido de que la vida cristiana no tenía que
seguir siendo una vida de lucha perpetua. El creía que la Escritura y la tradición
cristiana daban testimonio de que la gracia amorosa de Dios puede transformar vidas
humanas pecaminosas, al punto de que nuestro amor por Dios y por otros llega a ser una
respuesta libre. Los cristianos podemos aspirar a tener la actitud de Cristo, y
manifestar esa actitud dentro de los límites de nuestras debilidades humanas. Negar tal
posibilidad sería negar la suficiencia de la gracia de Dios que da poder, dando a
entender que el poder del pecado es mayor que el de la gracia.9
LA INFLUENCIA DEL CRISTIANISMO
ENCARNACIONAL
Primera de Tesalonicenses señala que la
posibilidad de una comunidad santificada comienza con la obra poderosa y convincente del
Espíritu Santo. Sin embargo, esto nunca se experimenta sin el llamado del evangelio
no sólo con la Palabra predicada, sino también con la Palabra encamada en la vida
de predicadores fieles. Pablo dice: Bien sabéis cómo nos portamos entre vosotros
por amor de vosotros (1:5). El encuentro de los tesalonicenses con la santidad
contagiosa en la vida de otros seres humanos les permitió convertirse de los
ídolos a Dios (1:9), permanecer fieles aun en medio de intensa persecución (1:9,
6), y llegar a ser ejemplos a otros creyentes (1:7). Al observar el ejemplo de Pablo y sus
compañeros, ellos habían aprendido cómo debían vivir a fin de agradar a
Dios (4:1, NVI). Con palabras y hechos, Pablo los había exhortado a vivir
como es digno de Dios, que los llama a su reino y gloria (2:12, NVI).
La conducta digna de su
llamamiento era una forma de vida que fuera apropiada o conforme al llamamiento que
habían recibido de Dios. Dios los había llamado a participar en el gobierno real con El.
Los había llamado a alabarle con sus vidas. No los había llamado a inmundicia,
sino a santificación (4:7). El llamado de gracia que Dios les había hecho los
capacitaba para cumplir las elevadas expectativas divinas.
La santidad a la que Pablo dirigió a los
tesalonicenses involucraba actitudes y conducta que estuvieran de acuerdo con el
carácter de Dios. Si los cristianos son llamados a vivir como es digno de un Dios santo,
la teología no es un lujo sino una necesidad. Comprender quién es Dios es esencial para
proclamar la santidad en forma inteligente. Sin embargo, las primeras lecciones que
debemos aprender sobre el carácter de Dios las encontramos en las vidas de santidad
contagiosa del pueblo de Dios, no en las páginas de la Biblia o un catecismo, mucho menos
en un tomo de teología, un comentario o el Manual de la iglesia.
La moral cristiana no puede reducirse a una
lista de reglas. Es el aplauso que damos a Dios con nuestras vidas cuando nos cautivan el
amor que El demostró en el pasado, su continua fidelidad en el presente, y sus
esperanzas para nuestro futuro. El carácter de los cristianos es fundamentalmente
diferente del de los paganos debido al carácter de nuestro Dios. Los paganos se comportan
como lo hacen porque no conocen a Dios (4:5; cf. 2 Tesalonicenses 1:8;
Gálatas 4:9). La moral cristiana es sencillamente vivir como es digno de
Dios, quien nos amó lo suficiente como para morir por nosotros en Jesucristo.
La forma en que vivimos refleja quiénes
somos y de quién somos. Vivir como es digno de nuestro llamado es llegar a ser lo que la
gracia de Dios hace posible que seamos. Vivir de otra manera es profanar su santo
nombre.
Pablo estaba convencido de que no era
necesario que alguien enseñara a los tesalonicenses a amarse unos a otros, porque lo
habían aprendido de Dios (4:9). Sin embargo, esto no le impidió orar:
Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con
todos (3:12). La expresión de su amor no era sólo un sentimiento cálido y
agradable, sino el ánimo, la edificación, la paciencia y el respeto mutuos por los
que siempre procuraban hacer lo bueno unos para con otros y para con todos
(5:11-15).
Pablo estaba persuadido de que la forma en
que los tesalonicenses vivían ya agradaba a Dios. Sin embargo, los instó a abundar en
ello más y más (4:1). Además, oró: Que él afirme vuestros
corazones, que os haga irreprochables en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la
venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos (3:13). En un mundo en
donde el sexo era adorado como dios, Pablo declaró: La voluntad de Dios es vuestra
santificación: que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su
propia esposa en santidad y honor, no en pasión desordenada, como los gentiles que no
conocen a Dios (4:3-5).
ENTERA SANTIFICACIÓN
Pablo concluye su primera carta a los
tesalonicenses con la oración de nuestro texto. Significativamente, este versículo
contiene la única referencia explícita en el Nuevo Testamento a la entera
santificación: Que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo
vuestro ser espíritu, alma y cuerposea guardado irreprochable para la venida
de nuestro Señor Jesucristo (5:23). Después de esta oración, Pablo añade una
expresión de confianza: Fiel es el que os llama, el cual también lo hará
(v. 24).
Vidas de santidad auténtica, vividas en este
mundo presente, y para el mundo, son la expresión más apropiada de alabanza que podemos
ofrecer a Dios. La vida santa da testimonio al mundo de que Dios es real. Es la única
influencia capaz de convencer al mundo de que necesita a Dios.
La santificación que opera sólo en el
ambiente protegido de los templos, en el campus de una universidad cristiana, o dentro de
los limites acogedores de nuestro hogar no es suficiente. No podemos pensar que la palabra
entera, en entera santificación, implique que no hay lugar para
mayor progreso una vez que somos santificados.
De ninguna manera. La obra santificadora de
Dios en nuestras vidas es un proceso continuo que sólo comienza con un segundo
viaje al altar. Dios no nos santifica únicamente para que seamos santos. Somos
santificados para obedecer (véase 1 Pedro 1:2) y para servir (véase Romanos 6:17-22;
7:4-6; 12:1-2).
La palabra entera no tiene que
ver con la conclusión, sino con lo inclusivo de la obra santificadora de Dios. El desea
gobernar en todas las áreas de nuestra vida. No hay un área que El no desee gobernar.
Por esa razón Pablo ora: Que...Dios os santifique por completo; y todo vuestro ser
espíritu, alma y cuerpo sea guardado irreprochable [hasta] la venida de
nuestro Señor Jesucristo. Fiel es [Dios] que os llama [a santidad], el cual también [os
santificará] (vv.23-24)
Si estamos enteramente santificados, debe
ser evidente, y no sólo en la vida privada y personal. Tiene que manifestarse en las
esferas social, moral, cultural, económica, ambiental y política de nuestra vida.
CONCLUSIÓN
En el pasado, algunas personas de la
tradición de santidad trivializaron el llamado a la santidad, convirtiéndolo en
legalismo. Hoy, algunas han abandonado el llamado a la santidad y se han integrado al
mundo. Otras han marginado la santidad a las esferas privadas de la piedad personal y las
buenas intenciones. Primera de tesalonicenses habla de una santidad que es visible y
contagiosa.
Debemos rechazar el legalismo, pero, al
hacerlo, no debemos descuidar los aspectos importantes de la ley: justicia, misericordia y
fidelidad. No podemos permitir que las tradiciones humanas remplacen los mandamientos de
Dios. Transigir ante el mal no es una alternativa viable. Sin embargo, tampoco lo es
pensar que el mal es más contagioso que la santidad.
Jesús declaró que lo que sale de nosotros
es lo que nos hace impuros. Lo que nos contamina no es lo que nos hacen, sino lo que
hacemos. El mal que sale de nuestros corazones es lo que demuestra que necesitamos
purificación. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos
pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las
avaricias, las maldades, el engaño, la lujuria, la envidia, la calumnia, el orgullo y la
insensatez. Todas estas maldades salen de dentro y contaminan al hombre (Marcos
7:21-23)
Por lo tanto, volvemos a algunas preguntas
básicas: ¿Cuál es más poderosa? ¿La santidad o la impureza? ¿El amor o el odio? ¿La
gracia o el pecado? ¿Estamos tan verdaderamente santificados que nuestras vidas dan
testimonio al mundo de que Dios realmente purifica? ¿Hemos sido tan enteramente
santificados que ninguna dimensión de nuestra vida está excluida de su Espíritu
santificador?
Algunos se conforman con la actuación sin la
realidad. Otros se conforman con la seguridad sin el servicio. Otros se conforman con la
secularización en vez de la santificación. Ninguno de estos acercamientos toma
seriamente el poder contagioso de la santidad.
No hablo aquí del poder de un término
preciado ni de una doctrina preferida. Si las palabras santidad y
entera santificación son términos sin importancia en su vocabulario
religioso, le doy permiso para que los abandone inmediatamente. Tal vez prefiera hablar de
integridad cristiana, vivir de acuerdo a principios, ser
responsable ante otros, carácter, disciplina,
autenticidad, piedad o espiritualidad auténtica.
Cualesquiera que sean las palabras que use, no piense que puede escoger los términos de
su discipulado. Los términos que Jesús estableció aún están vigentes: Si alguno
quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Todo el que
quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del
evangelio, la salvará (Marcos 8:34-35).
La santidad contagiosa de la que hablo es la
vida completamente entregada a un Dios santo en favor de un mundo pecaminoso. Es la vida
de Jesucristo manifestada en las vidas de personas comunes y corrientes, que han sido
totalmente limpiadas de la preocupación por el yo y que han recibido extraordinario poder
por medio del Espíritu santificador. Esta santidad es contagiosa. ¡Contágiese!
Capítulo 1
1. Hay
una explicación histórica para la similitud de los términos. Los filósofos populares
de la antigüedad conocidos como cínicos rechazaban la cortesía de la
sociedad y vivían naturalmente: como perros. Los cínicos hoy desconfían igualmente de
la sabiduría convencional.
2. Un
ejemplo de la variedad de posibles interpretaciones del concepto bíblico de la santidad
se encuentra en Melvin E. Dieter, red., Five Views on Sanctification (Grand Rapids:
Zondervan [Academie], 1987).
3. Para
conocer un estudio reciente y serio del término por un autor ajeno a la tradición de
santidad, véase David Peterson, Possessed by God: A New Testament Theology of
Sanctification and Holiness, en New Studies in Biblical Theology (Grand Rapids:
Eerdmans, 1995).
4. A Juan Wesley no le interesaba preservar términos sólo porque fueran preciados. Más de una vez exhortó a una audiencia crítica: No se enojen conmigo si no considero propio usar alguna expresión cada dos minutos. Ustedes pueden hacerlo si desean; pero no me condenen porque yo no lo hago...Tengan paciencia conmigo, así como yo la tengo con ustedes; de otra forma, ¿cómo cumpliremos la ley de Cristo? No protesten, como si yo estuviera destruyendo los fundamentos del cristianismo...Si hubiera diferencia de opinión, ¿dónde está nuestra religión, si no podemos pensar y permitir que otros piensen?... ¿Cuánto más cuando sólo existe diferencia de expresión? No, ¿ni siquiera eso? Toda la disputa es acerca de si un modo particular de expresión debe utilizarse más o menos frecuentemente (The Lord Our Righteousness, en The Works of John Wesley, 3a. ed., 14 tomos. Red., Thomas Jackson [1872; reimpreso, Kansas City: Beacon Hill Press of Kansas City, 1978], Sermón 20, 2.20.3.).
5. W.
T. Purkiser, Los Fundamentos Bíblicos, t. 1 de Explorando la Santidad Cristiana
(Kansas City: Casa Nazarena de Publicaciones, 1988), pp. 13-14.
6. Hebreo
hol en Levítico 10:10 y Ezequiel 22:26.
7. Thomas E. McComiskey, qadash ser hecho santo, santo, santificado; consagrar, santificar, preparar, dedicar, en Theological Wordbook of the Old Testament, red. R. Laird Harris, Gleason L. Archer Jr., Bruce K. Waltke (Chicago: Moody Press, 1980), 2:787.
8. En
Génesis 38:21-22; Deuteronomio 23:17; 1 Reyes 14:24; 15:12; 22:46; 2 Reyes 23:7; Job
36:14; Oseas 4:14.
9. William M. Ramsay, The Westminster Guide to the Books of the Bible (Louisville, Kentucky: Westminster/John Knox Press, 1994), p. 425.
10.
Entre las epístolas paulinas, 1 Tesalonicenses es la que tiene el mayor número de
términos de santidad en relación a la extensión de la carta. Con 1,482 palabras en el
texto griego (Novum Testamentum Graece, 27a. ed. Reds., Erwin Nestle, Barbara y
Kurt Aland, et al. [Stuttgart, Alemania: Deutsche Bibelgesellschaft, 1993]), 1
Tesalonicenses contiene sólo 4.6 por ciento del total de las palabras en las obras
paulinas (32,440). Sin embargo, su porcentaje de referencias explicitas a la santidad es
más que el doble del promedio de las cartas combinadas (0.675 comparado a 0.327). Al
hablar de terminología explícita de santidad me refiero al grupo de términos afines
derivados de las raíces griegas hagi- y hagn-, que incluyen hagiazo
(yo santifico5:23), hagiasmos (santificación, 4:3,
4, 7), hagios (santo, 1:5, 6; 3:13; 4:8; 5:26), hagiotes
(santidad), hagiosyne (santidad, 3:13), hagneia
(pureza), hagnizo (yo purifico), hagnismos
(purificación), hagnos (puro), hagnotes
(pureza), y hagnos (puramente). Además, 1 Tesalonicenses
2:10 contiene el único ejemplo en el Nuevo Testamento del adverbio hosios
(santamente). (Estadísticas basadas en datos provistos por
GRAMCORD Grammatical Concordance System Computer Software Washington],
<http://www.GRAMCORD.org>).
Capítulo 2
1. Peterson, Possessed by God, p. 80.
2. Ibid., p. 79.
3. Ibid., p.68.
4. Ibid. Esta es ciertamente una caricatura que representa en forma
limitada la enseñanza del movimiento de santidad respecto al significado fundamental
de la santificación. Peterson está convencido de que la regeneración y la
santificación son dos formas diferentes de describir la iniciación cristiana o
conversión (p. 63; véase también pp. 139-142).
5. Ibid., p. 68.
6. Ibid.
7. Ibid., p. 67.
8. Ibid.,
p. 68.
9. Ibid.,
p. 61. Peterson, sin embargo, no está de acuerdo. Por ejemplo, él considera que la
transformación progresiva moral es la menos probable de las
interpretaciones acerca de la santificación en 1 Tesalonicenses 4:3. El prefiere hablar
de una santificación definitiva o posicional y un
estado de santidad. Afirma que el punto de vista popular de que la
santificación es un proceso de renovación moral y cambio, después de la justificación,
no es el énfasis del Nuevo Testamento. Más bien, la santificación es principalmente
otra manera de describir lo que significa convertirse (p. 136).
10. Peterson, Possessed by God, p. 79.
11.
Ibid., p. 80.
12.
Ibid. A pesar de las similitudes obvias con los puntos de vista de Wesley,
Peterson es inflexible al afirmar que nunca se dice que una segunda crisis de
fe pueda conducirnos a una perfección inmediata en amor o a un nuevo nivel de
espiritualidad, en el que la santidad práctica llegue a ser más obtenible (p. 81).
Esto se debe a que él equipara la entera santificación con la glorificación (véase la
discusión relacionada con las notas 3 y 7).
13.
F. F. Bruce (1 & 2 Thessalonians, en Word Biblical Commentary
[Waco, Texas: Word, 1983], p. 82) afirma que la castidad no es toda la
santificación, pero es un elemento importante en ésta, y uno que tenía que recalcarse
en especial en el mundo grecorromano de ese tiempo. Y podríamos añadir, en nuestro
mundo también.
14.
Peterson, Possessed by God, p. 80; véase p. 82.
15.
Ibid., p. 66. El dice que Pablo estaba orando para que tal santidad
fuera completa en sus vidas hasta el fin.
16. Ibid., p. 65.
17. Ibid., p. 66.
18. Ibid., p. 67.
19. Ibid., p. 65.
20. Ibid., p. 66; cita a Gordon P. Wiles, Pauls Intercessory Prayers: The Significance of the Intercessory Prayer Passages in the Letters of St. Paul, New Testament Monograph Series 24 (Cambridge University Press, 1974), p. 66.
21. Peterson, Possessed by God, p. 66.
22.
De la preposición griega en, que tiene una amplia gama de posibles significados.
La NVI la parafrasea las dos veces que aparece en 3:13. Una traducción bastante literal
de este versículo diría: Para fortalecer su corazón en [en] santidad ante nuestro
Dios y Padre con [en] la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos.
23.
Peterson correctamente nota que la oración de Pablo en 1 Tesalonicenses 5:23-24,
como la de 3:11-13, está orientada en última instancia hacia el regreso de Cristo
y tiene como objeto el estado de los creyentes en ese momento decisivo (p. 65). Sin
embargo, esto no debe implicar, como él supone, que la santificación sólo es completa
en la segunda venida. Esta suposición surge de un cambio sutil en los términos de la
discusión debido a sus citas de Wiles, quien sostiene que en ambas oraciones el
apóstol desea para los tesalonicenses una perfección de santidad que va mucho más allá
y más profundo que las normas éticas externas y la conducta, e imagina que todo su ser
es preparado para estar en la presencia de Dios y Cristo (Wiles también interpreta
erróneamente 1 Tesalonicenses 3:8: Ellos son fortalecidos internamente en amor
ahora, de manera que sean irreprochables en santidad en la parousía) (Wiles, Pauls
Intercessory Prayers, p. 62). Peterson aparentemente ha olvidado su interpretación
de 1 Tesalonicenses 5:23 al añadir 4:15:22. Por lo tanto, ¿cómo puede
ir más allá y más profundo que los asuntos que están en juego en esta
sección? ¿Se justifica que cambie de una discusión acerca de la entera santificación a
una sobre la perfección de santidad? ¿Y cuándo es preparado todo
ser del creyente para estar en la presencia de Dios y Cristo si no es en
esta vida? Y si es en esta vida, ¿cuándo? Peterson también dice correctamente que el
contexto de 5:23 muestra con claridad que la entera santificación en
este contexto no se refiere sólo al desarrollo espiritual de un individuo. Esto es
cierto. Sin embargo, sólo porque tenga una dimensión corporativa, colectiva,
no excluye la dimensión individual.
24 Peterson, Possessed by God, p.38
Capítulo 3
1. David L. Thompson, God Hill Clear His Name, Illustrated Bible Life 16, Nº 2 (diciembre-febrero 1992-1993), p. 59.
2. Otto Kaiser, Isaiah 1339: A Commentary, The Old Testament Library (Londres: SCM Press, 1974), p. 8.
3. Ibíd., p. 9.
4. Melissa Morgan Getting What You Dont Deserve (Sección de enseñanza), Adult Teacher 16, Nº 2 (diciembre-febrero 1992-1993), p. 103.
5. A Collection Hymns for the Use of the People
Called Methodist, red. Juan Wesley, con
un nuevo suplemento (Londres: Wesleyan Methodist Book Room, 1989), p. 201 [Nota del
redactor. Puesto que no encontramos una traducción impresa de este himno, se hizo una
traducción libre]
Capítulo 4
1. Roland
De Voux (Rites of Purification and Deconsecration, en Religious
Institutions, vol. 2 de Ancient Israel, trad. del original en francés [Nueva
York: McGraw-Hill, 1965], p. 460) comenta: Una madre tenía que purificarse después
del parto, porque éste la hacía impura, y un sacerdote tenía que cambiarse de
vestiduras después de ofrecer un sacrificio, porque éste lo hacía una persona
consagrada. Sin embargo, esa impureza no debe entenderse como contaminación física o
moral, y esa clase de santidad no debe entenderse como virtud moral: más bien son
´estados´ o ´condiciones´ de los cuales las personas deben salir para reingresar ala
vida normal.
2. D. Elton Trueblood, The Incendiary Fellowship (Nueva York: Harper and Row, 1967), pp. 31-32.
3. Véase una encuesta en William C. Spohn, What Are
They Saying About Scripture and Ethics? (Nueva
York: Paulist Press, 1984).
4. Juan
17:17-23 presenta la carga de la oración sumo sacerdotal de Jesús:
Santifícalos en tu verdad: tu palabra es verdad.
Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío al mundo. Por ellos yo me santifico mí mismo, para que también ellos sean
santificados en la verdad. Pero no ruego solamente por estos, sino también por los que
han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, Padre, en
mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me
enviaste. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros
somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo
conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has
amado.
5. Al
hacer esto, Jesús no sólo estaba yendo contra las tradiciones legalistas de esos
tiempos. Algunas leyes del Antiguo Testamento advertían sobre el peligro del contacto
indiscriminado con lo impuro (véase Levítico 13; 15; 22:4b-9; Números 5:2; 9:6-8;
16:26; 19; Deuteronomio 23). Acercarse a los leprosos era exponerse al contagio. Ser
tocado por alguien que sufría de flujo significaba que uno quedaba impuro. Tocar un
cadáver era contaminarse. Asociarse con los que no eran judíos era poner en peligro la
santidad propia.
6. Ernst Käsemann, Commentary on Romans, trad. y red. Geoffrey W. Bromiley (Grand Rapids: Eerdmans, 1980), p. 327.
7. Ibid., pp. 327-329.
8. List of Poetical Works published by the Rev. Messrs. John and Charles Wesley with the Prefaces Connected with Them, en Wesley, Works, 14:321.
Capítulo 5
1. Hans Dieter Betz, Galatians: A Commentary, Hermenia (Filadelfia: Fortress Press, 1979), p. 292.
2.
Ibid.,p.293.
3. La
Nueva Versión Internacional traduce la palabra griega sarx como
naturaleza pecaminosa, en vez del significado literal carne. En la
NVI, la misma palabra griega se traduce en forma inconsistente. Sarx se puede
utilizar en un sentido completamente neutral, aun positivo. Pero también puede usarse
en sentido negativo, para referirse a la existencia humana que se ha alejado de Dios y
está obsesionada consigo misma, hasta esclavizada por ella misma.
4. Betz,
Galatians, p. 295.
5. Pablo
le pregunta a los corintios: Porque ¿quién te hace superior? ¿Y qué tienes que
no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorias como si no lo hubieras
recibido? (1 Corintios 4:7).
6. La nota de Juan Wesley sobre Gálatas 5:25 advierte: No deseen la vanagloria de la alabanza o estima de los hombres. Aquellos que no siguen al Espíritu de cerca y con atención, fácilmente pueden caer en esto; sus efectos naturales son: provoca la envidia de los que son inferiores a nosotros y hace que envidiemos a los que son superiores a nosotros. Explanatory Notes upon the New Testament (Peabody, Massachusetts: Hendrickson, 1986, reimpresión).
7. Esto
explica la advertencia de Pablo en Gálatas 5:15: Pero si os mordéis y os coméis
unos a otros, mirad que también no os destruyáis unos a otros.
8. Walter Bauer, A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, traducido y adaptado por William F. Arndt, F. Wilbur Gingrich y Frederick W. Danker (Chicago: University of Chicago Press, 1979), s.v. prolambano.
9. Franz Delling, lambano, ktl., en Theological Dictionary of the New Testament (TDNT), red. Gerhard Kittel, trad. y red. Geoffrey W. Bromiley (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans Publishing, 1967), 4:14.
10. Betz, Galatians, p. 296.
11. Ibid., p. 298.
12.
Ibid., p. 299 y n. 61.
13.
Esta frase frecuentemente repetida se atribuye a D. L. Moody.
14.
Adaptado de dos versiones de Sermon Illustration en la colección
digital preparada por Duane Maxey que se encuentra en <http://
netnow.micron.net/~hdmdownload:hdm0l86.zip>. Una versión se acredita a Paxton Hood.
15.
Betz, Galatians, p. 301.
16.
Ibid., p. 304.
17.
Las calificaciones del Examen Compuesto de Aptitud Escolástica bajaron de un
promedio de 937 en 1972, a 902 en 1992. En 1972 sólo 28.4 por ciento de los estudiantes
que pensaban ingresar a la universidad y se presentaron a ese examen, tenían un
promedio de A o B; en 1992 esta cifra subió a 83 por ciento (estadísticas provistas por
el Educational Testing Service [Princeton. N.J.].) Una encuesta Gallup reportó en
Hey, Im Terrific!, en Newsweek (febrero, 17, 1992), 50, que sólo
7 por ciento de las personas de 18-29 años de edad dicen que tienen baja autoestima.
18. Estadísticas reportadas en Martin Bolt y David G. Myers, The Human Connection: How People Change People (Downers Grove, Illinois: Intervarsity, 1984), p. 26.
19. Betz, Galatians, p. 301.
20. Ibíd., p. 303.
21.
Ibíd.
Capítulo 6
1.
Diccionario de la Lengua Española, tomo I, 21ª ed. (Madrid: Editorial
Espasa Calpe, S.A., 1992), discriminar, p. 760.
2. Randy Maddox, Holiness of Heart and Life: Lessons from North American Methodism en Asbury Theological Journal 50, No. 2 (otoño 1995) y 51, No. 1 (primavera 1996), p. 151.
3. Ibid., cita Letter to the Rev. Mr. Baily, of Cork, Wesley, Works, 9:85.
4. Maddox, Holiness of Heart and Life, p. 151.
5. Wesley, Explanatory Notes upon the New Testament.
6. Bauer, Greek-English Lexicon, s.v. diafero 2b.
7. Gerald E. Hawthorne, Philippians, en Word Biblical Commentary (Waco, Texas: Word Books, 1983), 43:187.
8.
Ibid., p. 29. Cita Proverbios 11:30; Amós 6:12; Santiago 3:12.
Capítulo 7
1.
Maddox,
Holiness of Heart and Life, p. 151. Cita la carta de Wesley a Robert Carr
Brackenbury (septiembre 15, 1790), The Letters of the Rev. John Wesley, A.M., red. John Telford (Londres: Epworth Press, 1931), 8:238.
2.
Manual,
Iglesia del Nazareno, 1997 (Kansas City: Casa Nazarena de Publicaciones, 1997), p. 26.
3. Maddox, Holiness of Heart and Life, p. 151.
4. Los siguientes párrafos son prestados o adaptados de mi artículo Modeling the Holiness Ethos: A Study Based on First Thessalonians, Wesleyan Theological Journal 30, No. 1 (1995), p. 187.
5. Karl Paul Donfried, The Theology of 1 Thessalonians, en The Theology of the Shorter Pauline Letters, en New Testament Theology, red. James D. G. Dunn (Cambridge: Cambridge University Press, 1993), p. 76.
6. Maddox, Holiness of Heart and Life, p. 153.
7. Las expresiones citadas provienen
de Maddox, Holiness of Heart and Life, p. 153. El autor es responsable por las explicaciones.
8.
Maddox,
Holiness of Heart and Life, p. 154.
9.
Ibíd., p. 155.
Bauer, Walter. A Greek-English Lexicon of the Greek New Testament and Other Christian Literature. Traducido y adaptado por William F. Arndt, F. Wilbur Gingrich y Frederick W. Danker. Chicago: University of Chicago Press, 1979.
Betz, Hans Dieter. Galatians: A Commentary. Hermenia. Filadelfia: Fortress Press, 1979.
Bruce, F. F. 1 and 2 Thessalonians. En Word Biblical Commentary. Waco, Texas: Word, 1983.
De Vaux, Roland. Religious Institutions. Tomo 2 en Ancient Israel. Traducido del francés. Nueva York: McGraw-Hill, 1965.
Delling, Franz. lambano, ktl. Theological Dictionary of the New Testament. Red. Gerhard Kittel. Trad. y red., Geoffrey W. Bromiley, 4:5-15. Grand Rapids: Wm. B. Eermands Publishing, 1967.
Dieter, Melvin E., red. Five Views on Sanctiflcation. Grand Rapids: Zondervan Publishing House, Academie, 1987.
Donfried, Karl Paul. The Theology of the Shorter Pauline Letters. En New Testament Theology, red. James D. G. Dunn. Cambridge: Cambridge University Press, 1993.
Drury,
Keith. Endnote Address, presentada en la primera conferencia anual del Centro
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Gracia y Devoción. Kansas City: Casa
Nazarena de Publicaciones y Lillenas Publishing Co., s.f.
Kaiser, Otto. Isaiah 13-39: A Commentary. The Old Testament Library. Londres: SCM Press, 1974.
Käsemann, Ernst. Commentary on Romans. Trad. y red., Geoffrey W. Bromiley. Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans Publishing, 1980.
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Maddox,
Randy. Holiness of Heart and Life: Lessons from North American Methodism, Asbury
Theologi cal Journal 50, No. 2 (otoño 1995) y 51, No. 1 (primavera 1996). Monografía presentada en el Diálogo
Internacional Benedictino/Metodista Sobre la Santificación, Roma, julio de 1994.
Manual, Iglesia del Nazareno, 1997.
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Morgan, Melissa. Getting What You
Dont Deserve (Sección de Enseñanza), Adult Teacher 16, No. 2
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Purkiser, W. T. Los Fundamentos
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Thompson, David L. God Will Clear His Name, Illustrated Bible Life 16, No. 2 (diciembre-febrero, 1992-1993), pp. 58-60.
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Wesley, Juan. The Works of John Wesley. Tercera edición, 14 tomos. Red., Thomas Jackson, edición 1872. Kansas City: Beacon Hill Press of Kansas City, 1978. Versión digital en disco compacto. Franklin, Tennessee: Providence House Publishers, 1995.
_____. Explanatory Notes upon the New Testament. Peabody, Massachusetts: Hendrickson Publishers, 1986, reimpresión.