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¿ES LA SANTIDAD

CONTAGIOSA?

Marcos 6:53—7:8, 14-23; 8:34-3 8

INTRODUCCIÓN

El refrán dice: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. La evidencia es incontestable. Las personas adquieren las características de aquellos con quienes se asocian a menudo. Los casados —según se dice— después de un tiempo comienzan a asemejarse el uno al otro. La forma en que hablamos, las expresiones, la jerga —aun nuestras palabras nos delatan. Recuerde que el dialecto galileo común de Pedro lo delató durante el juicio de Jesús (Mateo 26:73).

No puede negarse el poder de la influencia. Los padres nunca animarían a sus hijos a cultivar una amistad estrecha con mucha­chos malos. Por el contrario, los padres se deleitan cuando sus hijos se llevan bien con los hijos de otras familias de la iglesia. Ninguno de nosotros permitiría que nuestros hijos adolescentes asistieran a una fiesta si sabemos que habrá alcohol y drogas. La presencia de adultos responsables es esencial aun en las actividades de jóvenes que organiza la iglesia.

No podemos negar el poder de la influencia. Sin embargo, la influencia es una calle de dos vías. Las personas malas pueden influir en las buenas para que hagan el mal. Pero, las personas buenas tam­bién pueden influir en las malas para que hagan el bien. La pregunta es: ¿Cuál tiene más poder? ¿El jabón o la suciedad? ¿El bien o el mal? ¿La santidad o la impureza?

La mayoría de las personas de la antigüedad daban por sentado que el mundo estaba divido en tres esferas. En un extremo estaba la esfera de lo santo, habitado por Dios y las personas y cosas consagradas a El; en el otro, estaba la esfera de lo impuro. En medio estaba la esfera común de la vida diaria. Tanto lo sagrado como lo impuro poseían una “fuerza misteriosa y atemorizante” inherente. Estas dos fuerzas trasfor­maban todo lo que entraba en contacto con ellas. Lo impuro y lo santo eran considerados intocables. Aquellos que los tocaban, llegaban a ser intocables también. Por ejemplo, las leyes del Antiguo Testamento pro­hibían tocar cosas impuras como los cadáveres, y cosas sagradas como el arca del pacto (véase Levítico 11—16; Números 6; 19; 31).1

Tales reglas le recordaban a Israel la santidad trascendente de su Dios y la santidad que debía preservar como su pueblo escogido. También aseguraban que Israel permaneciera separada de las naciones paganas que la rodeaban. Después del exilio babilónico, la preocupa­ción por la piedad basada en el ritual, y el desarrollo de regulaciones poco prácticas, hicieron que la mayoría de los judíos perdieran la esperanza en que fuera posible la santidad personal. Dieron por sen­tado que la impureza era contagiosa. Afirmaban que aun el contacto físico casual con una persona “impura” los hacía impuros.

OTROS PUNTOS DE VISTA ACERCA DE LA SANTIDAD

Diferentes grupos de judíos del primer siglo actuaban en formas distintas ante tal situación. Debo advertir que, al describir estos gru­pos, haré sólo una generalización amplia e inevitablemente simplista.

1.  Los saduceos daban por sentado que las realidades políticas y sociales demandaban que ellos transigieran frente a los que ocu­paban el poder, a fin de mantener una coexistencia pacífica. Debido a que representaban la élite de la sociedad judía, tenían mucho que perder si no lograban disminuir la tensión. Quizá decían: “Es mejor ser romano que estar arruinado”. Escogieron seguir el camino de la secularización en vez de la santificación. Relegaron la santidad a los días de fiesta religiosa, en los lugares santos, cuando cumplían su ofi­cio santo. Sin embargo, en los demás días y en los demás lugares, los saduceos pensaban que podían seguir una vida normal: Dejar de lado sus mandamientos y costumbres; ponerse al nivel de los roma­nos, en su propio terreno y bajo sus términos.

2.  En el extremo opuesto estaban los esenios, la secta judía que, según se cree, produjo y preservó los Rollos del mar Muerto. Ellos alegaban que el mal era tan poderoso y que los malos eran tan nume­rosos que debían evitar aun la interacción social normal con ellos. La vida diaria en el seno de la sociedad inevitablemente implicaba el riesgo de la contaminación fatal del pecado. Por lo tanto, los esenios se fueron a vivir en remotas comunidades monásticas, en el desierto, a muchos kilómetros de toda forma de pecado. El trabajo arduo, la disciplina rígida, el estudio constante de las Escrituras, las oracio­nes frecuentes y los repetidos baños rituales les permitieron evitar que el mundo contaminara su santidad, obtenida con tanto esfuerzo. Tomaron en forma muy literal la ley de Moisés para organizar la vida diaria en sus comunidades. Considere un ejemplo. Los esenios de la comunidad de Qumrán ordenaban apegarse estrictamente a Deutero­nomio 23:12-14. Para cumplir el mandato bíblico, todos los miembros de la comunidad recibían un azadón para que prepararan lugares adecuados para hacer sus necesidades. Para los esenios, la santidad requería aislarse del mundo, es decir, relegaban la santidad a una vida al margen de la sociedad común. La santidad significaba aisla­miento, y no la santificación de toda la vida.

3.  En contraste con aquellos que consideraban el escape y la separación como las únicas soluciones, los zelotes tomaron la vía de la oposición activa, a menudo violenta, ante el mal en el mundo. Los principales enemigos de la santidad, en su opinión, eran los romanos. Por lo tanto, los zelotes rehusaban pagar impuestos, pues hacerlo hubiera significado ser cómplices de los paganos invasores y recono­cer que Israel era esclavo de Roma. Hubiera sido una traición ines­crupulosa al único y verdadero Dios. Convertir la santidad en asunto político les permitió justificar aun medios violentos para alcanzar fines justos, pues daban por sentado que la verdadera santidad no podía existir en un mundo caído y dominado por hombres malos.

4.  A pesar de la imagen moderna de los fariseos como legalis­tas pedantes, los esenios los consideraban demasiado liberales. Y, de acuerdo a los zelotes, los fariseos transigían con demasiada facilidad. Estos, sin embargo, creían que eran simplemente personas rea­listas en medio de un mundo extremista. A diferencia de los esenios, ellos reconocían la necesidad de adaptar las reglas del Antiguo Testamento al mundo moderno del primer siglo. No era suficiente repetir leyes inflexibles que se dieron para mantener la salud de un pueblo que vagaba por el desierto. Los fariseos no se oponían a tener retretes sanitarios, adecuados para los que vivían en una ciudad. Asimismo, para consternación de los zelotes, como una concesión necesaria ante las realidades existentes, los fariseos pagaban impues­tos. A regañadientes. ¿Quién no lo hace? A diferencia de los saduceos, no eran amigos de Roma. Ellos añoraban el día cuando Israel gozara otra vez de autonomía. Pero, a diferencia de los zelotes, los fariseos no estaban dispuestos a emprender la lucha. Ellos esperaban la llega­da del reino de Dios, cuando El destruiría a sus enemigos y vindica­ría a su pueblo fiel.

En su afán por resguardar la santidad, los fariseos asumieron la responsabilidad de hacer más de lo que la ley requería y menos de lo que permitía. Aunque eran laicos, voluntariamente adoptaron las leyes sobre la pureza que eran sólo para los sacerdotes que ministra­ban en el templo. No sólo el pan sin levadura que comían los sacer­dotes en el templo debía considerarse santo delante de Dios, sino todas las comidas. Los fariseos intentaron extender los límites del sacerdocio santo para incluir a toda la gente. Aumentaron las regula­ciones que resguardaban el carácter sagrado del santo templo e inclu­yeron todos los lugares (véase Éxodo 19:5-6; 1 Pedro 2:9-10).

Los fariseos dieron por sentado, como lo hicieron la mayoría de los contemporáneos de Jesús, que la impureza era contagiosa y una amena­za para la santidad. Ellos sabían que no podían cumplir perfectamente todas sus reglas. Por lo tanto, desarrollaron y aumentaron lo que el Antiguo Testamento enseñaba sobre los medios para purificarse, aun después del contacto inadvertido con lo impuro (véase Levítico 15). Para esto, la regla normalmente era seguir un procedimiento ritual estableci­do para lavarse las manos: dos veces, con cantidades específicas de agua y ciertas posiciones de las manos. La mayoría de los fariseos vivían cerca de Jerusalén, de manera que podían ofrecer los diferentes sacrificios para expiar por su contaminación y restablecer su santidad manchada.

Los fariseos estaban expuestos a la contaminación de la vida en el mundo y a los inevitables contactos con la maldad que allí enfren­taban. Su llamado legalismo tenía el propósito de preservar su frágil santidad en ese ambiente hostil. Con sus 613 reglas generales y espe­ciales, los fariseos intentaron “construir una cerca alrededor de la ley”. Al observar esas directrices prácticas y específicas para la vida santa, una persona podía evitar aun la apariencia de mal. Por medio de su cerca protectora, los fariseos evitaban aun hechos que no eran malos, pero que podían guiar a acciones pecaminosas. Por ejemplo, establecieron una lista de 39 actividades que no se podían realizar el día de reposo. Entre estas, se prohibía a la mujer mirarse en el espejo el día sábado; puesto que la mujer es vanidosa, se evitaba la posibili­dad de que al ver una cana, fuera tentada a “arrancarla”, violando así el mandamiento que prohibía trabajar en el día de reposo.

Describir a todos los fariseos como legalistas e hipócritas es infundado e injusto. Su preocupación por construir una cerca alrede­dor de la ley fue una expresión honesta de su compromiso para cum­plir, en el mundo, los términos del pacto de Israel con Dios. Ellos no pensaban que cumplir la ley los salvaría. Sabían que su relación con Dios estaba fundamentada sólo en la gracia divina. Sin embargo, tomaron seriamente la obediencia a este Dios que les manifestaba su gracia. El acercamiento de los fariseos a la santidad podría llamarse la senda a la privatización y ritualización. Y, dondequiera que se rele­ga la santidad a la esfera de la piedad privada y al ritual, el legalismo encuentra terreno fértil.

La ética de los fariseos, de construir una cerca, tiene una analogía moderna: los conductores cautelosos que colocan su control de velo­cidad de crucero a 70 kilómetros por hora aunque la velocidad lími­te sea de 80. Ellos actúan con precaución para evitar el riesgo de exceder la velocidad límite.

Tal vez una mejor analogía se encuentre en la explicación de por qué las iglesias tradicionales del movimiento de santidad se oponen al baile social. No es que los movimientos rítmicos del cuerpo sean malos, sino que podrían conducir a relaciones sexuales ilícitas. El baile, como alguien ha dicho, es “una expresión vertical de una idea horizontal”.

Muchos cristianos en cierta época rehusaban ser clientes de res­taurantes o almacenes que vendieran bebidas alcohólicas, aun cuan­do ellos no tenían intención de comprar licor. Otros boicoteaban todos los cines, sin importar la película que estuvieran presentando, para no seguir la resbalosa pendiente que podría llevarlos de Bambi a la pornografía. Otros nos dicen que no compremos ciertos productos porque hay rumores infundados de que el fabricante apoya el sata­nismo.

Permítame dirigir unas palabras a aquellos que piensan que estas son trivialidades. Tenemos que admitir que nuestros predecesores en el movimiento de santidad, al rechazar cosas tales como joyas, cos­méticos y medias sin costura para mujeres, “se aferraron a distincio­nes que eran triviales”. Sin embargo, como afirmó Elton Trueblood: “El error de tales acciones no es estar dispuesto a ser una minoría consciente, sino más bien llegar a distinciones muy simples”.2

En un tiempo cuando los no wesleyanos están redescubriendo el llamado de la Escritura a una vida ética, es prioritario que los wesleyanos contemporáneos, que navegan sin dirección en mares de indecisión moral, reconsideren las implicaciones prácticas de la dimensión de separación en la santidad.3 Claramente, nuestra época es menos “amiga de la gracia” (Watts) que la de nuestros predecesores. Aunque ellos hayan sido culpables de incluir cosas triviales en el lla­mado a la separación, no debemos caer en el error de abandonar ese llamado. En la actualidad, demasiadas personas del pueblo de santi­dad, avergonzadas de los legalismos del pasado, se entregan a la licencia extrema de la anarquía moderna. Si profesan aun creer en la santidad, no tienen idea alguna de la diferencia que podría causar en sus vidas.

Nuestros antecesores del movimiento de santidad no estaban totalmente errados. El llamado bíblico a la santidad involucra sepa­ración del mundo, piedad personal y obediencia radical a la voluntad de Dios. Y, antes que declaremos completamente inocentes a los fari­seos, veamos las palabras de Jesús (en Mateo 23:23): “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque diezmáis la menta, el anís y el comino, y dejáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericor­dia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello”. Antes que desechemos a la ligera el legalismo por cosas insignificantes que preocupó a los fariseos y a nuestros padres teológicos, debemos pre­guntarnos: ¿Estamos más comprometidos que los fariseos con lo que Jesús llamó “lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe”? ¿Estamos tan dispuestos como nuestros antecesores a ser una “minoría consciente”, pero por asuntos que realmente importan? Si ellos demandaban más de lo que Dios o las Escrituras requerían, ¿pensamos que podemos sobrevivir espiritualmente con menos?

Los fariseos trataron de vivir en el mundo sin que éste los con­taminara. Esto, como recordará, es similar a lo que Jesús pidió al orar para que sus discípulos experimentaran la santificación (Juan 17:14-19). Sin embargo, el enfoque de Jesús fue muy diferente al de los fariseos. Su preocupación no era sólo que los cristianos fueran guardados de la maldad del mundo y protegidos del maligno. Su preocupación era que fueran “verdaderamente santificados” —para enviarlos al mundo así como El fue enviado al mundo— para que el mundo fuera guiado a creer por la influencia de sus vidas llenas de amor santo.4

Aunque los fariseos constituían la más grande de las cuatro sec­tas judías principales, en realidad no eran numerosos. Se calcula que formaban sólo el uno o dos por ciento de la población de Palestina. Sin embargo, su influencia sobre las mentes de las masas era consi­derable. Sus puntos de vista eran acogidos ampliamente, aunque la vasta mayoría de los judíos del primer siglo no podían, o no querían, dedicar tiempo ni esfuerzo para observar las escrupulosas prácticas farisaicas. Como resultado, la mayoría de los judíos aceptaban la eva­luación de los fariseos de que las masas eran personas pecadoras sin esperanza. Pocos judíos del primer siglo intentaban seriamente observar las reglas rabínicas para preservar y restaurar la santidad ritual. Los fariseos mencionados en nuestro texto las cumplían, pero al parecer sólo les preocupaba su propia salvación.

EL PODER DE LA SANTIDAD

Todo esto explica por qué Jesús enfrentó tanta oposición. El ense­ñó que la única impureza que podía contaminar a una persona era la impureza moral (Marcos 7:17-22). También dio por sentado que la santidad ética era contagiosa. Aunque El era el “Santo de Dios”, su santidad amenazó sólo el mal, no a las personas que eran víctimas desvalidas del mal.

Al negarse a practicar el acostumbrado lavamiento de las manos antes de comer, Jesús no estaba rechazando la higiene bási­ca, sino la idea de que El pudiera haberse “contaminado” por el contacto casual con personas pecaminosas. Los milagros de sanidad que realizó el día de reposo parecen haber sido afrentas deliberadas a la susceptibilidad popular respecto a los días sagrados. Nada urgente obligó a Jesús a sanar a personas que habían sufrido su aflicción por muchos años (véase Lucas 13:10-17). ¿Hubiera afecta­do en algo esperar un día más? Pero Jesús dijo: “El sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del sábado” (Marcos 2:27). Era apropiado hacer el bien y satisfacer las necesida­des de las personas, aun en el día de reposo (véase Mateo 12:9-14). Lo que hace el día sagrado o mundano son las obras de la persona, y no el día de la semana.

Jesús se asoció libremente con personas pecaminosas e impuras. La mayoría de sus contemporáneos judíos creían que comer con otros era aceptarlos como amigos, aceptarlos como eran, excusar su pecado, transigir, y por lo tanto, contaminarse. Sin embargo, Jesús aceptó invitaciones a comer en las casas de pecadores conocidos, pasando por alto en forma patente la susceptibilidad judía. Se aso­ció con cobradores de impuestos, quienes por ganarse la vida, habían transigido a los valores de la Roma pagana, y por lo tanto, eran impuros.5

Jesús desechó costumbres sociales que daban por sentado que la impureza era más poderosa que la santidad (véase Mateo 15:1-20). Los evangelios nos dicen que El tocó a leprosos, liberándolos de su impureza (véase Lucas 5:12-16; 17:11-19). A diferencia de la mayoría de los hombres judíos de su época, El aceptó a las mujeres —aun prostitutas y adúlteras— como seres humanos (7:36—8:3; Juan 8:1-11). Lejos de contaminarse, Jesús sintió que de El había salido “poder” cuando lo tocó una mujer que sufría de un trastorno mens­trual crónico (Lucas 8:43-48; 6:17-19). El dedicó tiempo para bendecir a los niños, a quienes consideraban “sin importancia”, asombrando así aun a los discípulos (18:15-17). Jesús se arriesgó acercándose a aquellos que estaban poseídos por espíritus malos, y causó que los demonios huyeran al enfrentar su poderosa santidad (8:26-29). Jesús no titubeó en poner sus manos sobre los enfermos, a pesar de la idea común en su tiempo de que las personas se enfermaban por causa de su pecado. Al tocarlos, les dio sanidad y perdón (Marcos 2:1-12; 6:53-56; Juan 9:1-3). El tocó aun a los muertos y. al hacerlo, les dio vida (Lucas 7:11-17; 8:41-42, 49-56; Juan 11). Además, a los religiosos que estaban entre la multitud, Jesús los contrarió mencionando como héroes de sus parábolas a pecadores perdidos, cobradores de impues­tos y aun samaritanos (Lucas 10:25-37; 15:1-2; 18:9-14), y al elogiar la fe y los hechos de gentiles y otros menospreciados por la sociedad, dando a entender que eran superiores a los judíos que confiaban en su propia justicia (7:1-10; 11:37-54; 19:1-10).

Aunque el punto de vista de Jesús acerca de la santidad era correcto, El arriesgó algo al ministrar a los impuros: su reputación. Los fariseos lo hubieran despreciado, como otro más de las masas impuras, si no hubiera sido por la gran reputación que tenía entre las multitudes como un maestro religioso con credibilidad: un hombre santo. Jesús no sólo se mostraba indiferente a las observancias que distinguían entre lo puro y lo impuro, entre lo santo y lo profano. El guiaba a otros a pensar y actuar de la misma manera.

No es de extrañar que, en el nombre de la religión, los enemigos de Jesús se propusieran eliminarlo por ser una seria amenaza a la perspectiva que ellos tenían de su mundo. Ellos justificaron su anta­gonismo hacia Jesús describiéndolo como glotón y borracho, amigo de cobradores de impuestos y pecadores (Lucas 7:34). Esta descrip­ción fue más que una acusación de culpabilidad por asociación: “Dime con quién andas...”Fue una declaración de guerra. Identificaron a Jesús como alguien que merecía la muerte (véase Deuteronomio 21:18-23). El intento de Jesús de limpiar el templo eliminando objetos religiosos extraños, para dar lugar a los adoradores gentiles, parece haber sido la última gota que hizo rebosar el vaso con agua (véase Marcos 11:15-18; 14:53-59). De manera que fueron la ley y hombres “santos” que guardaban la ley, los que finalmente llevaron a Jesús a la muerte.

Después Jesús instó a sus seguidores a que llevaran las buenas nuevas a personas de todas las naciones (Mateo 28:18-20; Lucas 14:15-24; Hechos 1:8). El libro de Hechos muestra que los discípulos, influenciados por las tradiciones del exclusivismo judío, al principio se resistieron a realizar la misión a los gentiles. Ni siquiera el don del Cristo exaltado, el Espíritu Santo, venció inmediatamente los prejui­cios religiosos. No ocurrió de un día para otro, pero, con el paso del tiempo, entendieron e imitaron el concepto radical de Jesús acerca de la santidad contagiosa. Pedro requirió una visión triple para entender que los gentiles eran candidatos apropiados para recibir el poder purificador de Dios (Hechos 10). Otros cristianos judíos, aun los apóstoles, al principio lo reprendieron por haberse involucrado en algo tan arriesgado (11:1-18; 15). Sin embargo, ni siquiera Pedro pudo conciliar siempre lo que recién había aprendido y sus viejos amigos, tal como el apóstol Pablo tuvo que recordárselo en una confrontación pública (Gálatas 2:11-21).

Tal vez sea tiempo de explicar mi extraño uso de la palabra “con­tagiosa”. Al usar este término, no quiero decir que la santidad enferme a las personas o que podamos “contagiamos” de santidad sencilla­mente al pasar tiempo con una persona santa. Lo que estoy afirmando es que la santidad es más poderosa que el pecado; de hecho, tiene poder para derrotar al pecado en su propio terreno. Quiero decir que la santidad auténtica es al menos tan contagiosa como la risa, que la santidad es atractiva y cautivadora, y que transforma todo lo que toca.

La confianza en el poder contagioso de la santidad llevó al após­tol Pablo a instar a los cristianos cuyos cónyuges no fueran creyentes, a que no se divorciaran (1 Corintios 7:10-16). El estaba convencido de que el cónyuge creyente “santificaría” al incrédulo. Estaba convenci­do de que la santidad es más poderosa que la incredulidad, el peca­do, la idolatría y cualquier otro problema. El creyente puede llevar a su cónyuge y a sus hijos a la fe.

Pablo conocía el poder del “Espíritu santificador”. Pero también conocía el poder de la convicción. “Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es impuro en sí mismo; pero para el que piensa que algo es impuro, para él lo es” (Romanos 14:14).

EL PODER DE LA CONVICCIÓN

¿Estamos convencidos del poder purificador y contagioso de la santidad? Quizá muchos consideremos los tabúes rituales —tales como los que acostumbraban evitar los judíos del primer siglo— como un reflejo de supersticiones primitivas. Hoy, consideramos mental­mente enfermas a las personas que se preocupan por realizar purifi­caciones meticulosas después del contacto casual con pecadores.

Sin embargo, en muchas otras formas, nuestras prácticas a veces indican que apreciamos más el punto de vista de los oponentes de Jesús que el de Jesús, Pablo y la iglesia primitiva. ¿Estamos realmen­te convencidos de que Dios es más fuerte que Satanás? ¿Que el Santo es más fuerte que el maligno? ¿Que el bien es más fuerte que el mal? ¿Que lo correcto es más fuerte que el poder? ¿Que la gracia es mayor que nuestro pecado? ¿Que el Espíritu es más fuerte que la carne?

¿Creemos realmente que la santidad es contagiosa? ¿O estamos tan preocupados con nuestra preservación que no hacemos nada para ayu­dar a los necesitados? ¿Evitamos acercamos a las víctimas del SIDA porque nuestra supervivencia personal es más importante que servir a la semejanza de Cristo? ¿Es nuestra reputación religiosa más impor­tante que la realidad? ¿Nos preocupa más cuán santos piensan algunos que somos, en vez de ser santos? ¿Fuimos purificados y recibimos poder para servir en el nombre de Jesús? Si es así, ¿estamos demos­trando nuestra santificación por medio de un servicio desinteresado? ¿O estamos almacenando virtud para una contingencia futura?

Si Dios es la Fuente de la santidad auténtica, ¿acaso no estamos convencidos de que su provisión es inagotable? ¿Persuadiremos alguna vez a los incrédulos sobre la realidad y el poder purificador de Jesucristo si nos escondemos temerosos en algún lugar con un “grupito de santos”? ¿Cuándo saldremos y avanzaremos al frente de batalla, en donde se enfrentan las fuerzas del bien y del mal?

Pero, ¿cómo confrontamos un mundo impuro con la convicción de que la santidad es contagiosa? ¿Cómo confortamos con el opti­mismo de la gracia a los heridos? ¿Qué se necesita para persuadirnos de que en verdad un Dios santo puede transformar este planeta impío por medio de un pueblo santo?

CORAZONES TRANSFORMADOS

Sólo la transformación que se lleva a cabo de adentro hacia afue­ra, y que llamamos entera santificación, puede capacitar al pueblo de Dios para servirle y guiar al mundo para que sepa que El es Dios. Jesús cita las palabras de Isaías (29:13): “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí, pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Marcos 7:6-7). Ezequiel enseñó algo similar: “Os daré un corazón nuevo y pon­dré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vosotros el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que andéis en mis estatutos y que guar­déis mis preceptos y los pongáis por obra” (36:26-27).

La tentación en que cayeron los fariseos es común entre las per­sonas religiosas. Es la de cumplir sólo las “leyes” que conducen a la adoración formal. Pero, la preocupación de Dios va más allá de las interrupciones en nuestra rutina diaria para adorar. Va más allá de la asistencia fiel a los cultos de la iglesia. La adoración involucra más que alabar con palabras o adorar sólo en el santuario.

La demanda de Dios para nosotros se extiende a las dimensiones de la vida supuestamente seculares y las sagradas. Dios ansía guiar todos los días de nuestra vida, no sólo los especiales. “O toda la vida cristiana es adoración, y las reuniones y actos sacramentales de la comunidad equipan e instruyen para esto, o dichas reuniones y actos resultan absurdas”.6 La verdadera adoración no consiste sólo en lo que se practica en los sitios sagrados, en tiempos sagrados y con actos sagrados, sino es también la ofrenda de nosotros mismos como sacri­ficios vivos en nuestra existencia diaria en el mundo (Romanos 12:1-2).7 Hablar de la adoración en este sentido bíblico amplio requiere que se tome en cuenta la ética personal y social, así como las discipli­nas espirituales privadas y comunitarias.

La verdadera adoración, como respuesta sincera del creyente a Dios, se lleva a cabo principalmente en el mundo, y en especial se rea­liza como servicio a nuestros hermanos y hermanas. Dios quiere una religión práctica y diaria: La religión que ayuda a los desvalidos y da fuerza a los indefensos (Santiago 1:27; Mateo 25:31-46); la religión que no sólo habla del amor, sino que lo pone en acción (Santiago 2:14-17; 1 Juan 3:17-18). El ritual nunca podrá remplazar el hacer lo correc­to. Buscar a Dios no sustituye el procurar que haya justicia en las calles (Amós 5:21-24). La adoración y la oración no son medios para sobornar a Dios a fin de que nos dé seguridad o alivio emocional.

Las ofrendas sacrificiales, los cultos de adoración y las devociones privadas son significativas sólo en el contexto de vidas de completa obediencia (véase 2 Samuel 24:24; Jeremías 7:21-26; 14:12; Oseas 6:6; Miqueas 6:6-8). El problema de los fariseos en nuestro texto no fue simplemente que discutieron con Jesús acerca de la doctrina de la san­tidad. Fue la falta de confianza práctica en Dios y de obediencia a El. Fue utilizar la religión como un cheque en blanco para excusar lo malo que hacían. Jesús no se oponía a las reuniones religiosas públicas que los fariseos realizaban regularmente. Los evangelios muestran que El acostumbraba asistir a la sinagoga. Jesús no se oponía a la oración pri­vada que practicaban ni a su estudio de las Sagradas Escrituras. Sin embargo, la adoración sin obediencia no tiene valor. ¿Hemos perdido en nuestras prácticas religiosas la realidad de la verdadera adoración? ¿Ofrecen nuestros labios alabanzas a Dios mientras que nuestras vidas marchan al ritmo del mundo? Nadie nos acusaría a nosotros de lega­lismo. Pero, ¿estamos satisfechos con la adoración vacía?

Isaías 58 tal vez sea el más fuerte ataque en la Biblia contra la adoración vacía. Es una respuesta a la queja del pueblo de Dios de que El no había recompensado en forma adecuada la febril actividad religiosa de ellos. Leamos la respuesta de Dios en los versículos 6-10:

[La adoración] que yo escogí, ¿no es más bien desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, dejar ir libres a los quebrantados y romper todo yugo? ¿No es que com­partas tu pan con el hambriento, que a los pobres errantes alber­gues en casa, que cuando veas al desnudo lo cubras y que no te escondas de tu hermano? Entonces nacerá tu luz como el alba y tu sanidad se dejará ver en seguida; tu justicia irá delante de ti y la gloria de Jehová será tu retaguardia. Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: “¡Heme aquí! Si quitas de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador y el hablar vanidad, si das tu pan al hambriento y sacias al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz y tu oscuridad será como el mediodía”.

Entonces las naciones sabrán que Jehová es Dios. Entonces el mundo incrédulo verá “vuestras buenas obras y [glorificarán] a vuestro Padre que está en los cielos (Mateo 5:16). ¡Esa santidad, a la semejanza de Cristo, es contagiosa!

LA SANTIFICACIÓN EN UNA ERA SECULAR

Desafortunadamente, la mayoría nos hemos conformado con una santidad semejante a la de los saduceos, esenios, zelotes o fariseos, en vez de la santidad a la semejanza de Cristo. No vivimos en una comunidad en el desierto; por tanto, no hay peligro de que nos aislemos. No celebramos los sacramentos con frecuencia; por tanto,  no estamos en peligro de caer victimas de la santidad “ritualista”. En ciertos ambientes se podría discutir el problema de la politización que equipararía la santidad con la política de los partidos conservadores de derecha. Sin embargo, quisiera tratar de la amenaza más seria que presentan dos problemas insidiosos: la secularización y la privatización.

La secularización funcional se ha infiltrado en muchas iglesias de santidad. Parece que nos afligiera la tendencia de dividir nuestras vidas en compartimientos organizados y herméticamente cerrados. Nuestra fe religiosa la ponemos en uno de ellos, mientras que el resto de nuestra vida la clasificamos en los otros compartimientos. La evidencia clara de esto es la rígida agenda moral que poseen muchos miembros de los grupos de santidad y los limitados recursos espirituales que tenemos para expandir nuestra agenda. Hemos definido la santidad casi exclusivamente en términos negativos: lo que no hacemos. Las únicas evidencias positivas de santidad que recalcamos tienen que ver con la piedad privada y personal: oración, devociones, asistencia a la iglesia y otras prácticas; y con nuestras actitudes internas secretas, las que generalmente vemos como un sentimiento indefinido, cálido e inexplicable que llamamos amor.

Hemos transigido ante la perspectiva no bíblica del mundo, de que hay áreas en las que Dios no tiene nada que ver, que hay esferas seculares y esferas sagradas en la vida. Jesús rechazó la idea de que  algún área de la vida estuviera fuera de la soberanía de Dios. Sin embargo, hemos hecho de la santidad algo tan privado, que los cristianos hemos perdido influencia en las esferas política, económica y moral de la vida humana. Hemos relegado la santidad a nuestra vida privada e interna. Las intenciones sanas son más importantes que la vida santa.

No debemos descuidar los recursos espirituales de la piedad pri­vada, pero tampoco debemos pensar que se puede acumular santi­dad como un banco de reserva de ganancias religiosas. La mayoría de nosotros vivimos cerca de otras personas, ya sea en la universidad, la familia, la iglesia, el trabajo, el vecindario. ¿Tiene alguna influencia nuestra fe en las dimensiones sociales de la vida? Juan Wesley decla­ró: “La frase ‘santos solitarios’ contradice la enseñanza del evangelio tanto como la contradice la frase ‘adúlteros santos’. El evangelio de Cristo sólo conoce la religión que es social, y sólo conoce la santidad que es social”.8 Los que profesamos santidad únicamente en base a lo que no hacemos, nos encontramos en el mismo nivel que los bancos de la iglesia. Pero, ¿qué estamos haciendo?

Vivir la santidad auténtica, en el mundo y para el mundo, es la expresión más apropiada de nuestra adoración a Dios, porque así damos testimonio al mundo acerca de la realidad de Dios. La san­tificación que opera dentro de las supuestas esferas sagradas no es completa. Muchos hemos creído que la palabra “entera”, en nuestra preciada doctrina de la entera santificación, implica que cuando la “recibimos”, Dios ha terminado su obra en nosotros. Luego podemos entrar tranquilamente al cielo. ¡Eso no es cierto!



5

AUTOEXAMEN CON EL

PODER DEL ESPÍRITU

Gálatas 5:25—6:5

 

INTRODUCCIÓN

Imaginemos que llegó la hora del examen. Usted puede asumir el papel del examinador y también el del examinando. No se trata de algo sencillo como el examen final de Introducción a la Literatura Bíblica. Es un curso avanzado de Vida Cristiana.

Aquellos que no profesan ser cristianos no tienen que preocu­parse por esta prueba. Uno debe inscribirse en el curso antes de pre­sentarse al examen final. Este es para los que declaran ser cristianos; en particular, para los cristianos llenos del Espíritu. ¿Está listo? Veamos cómo le va.

Algo más. Como sabe, antes de empezar a responder, siempre es sabio leer otra vez el texto. Es Gálatas 5:25—6:5.

Puesto que el Espíritu es la Fuente de nuestra vida, llevemos el paso del Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, irritando así a algunas personas y despertando la envidia de otras.

Amigos, si sorprenden a un cristiano en algún pecado, uste­des que son verdaderamente espirituales, deben restaurar a esa persona con espíritu de mansedumbre. Cuídate, o podrías ser tentado a caer en el orgullo espiritual. Pero, si llevan las cargas los unos de los otros, cumplirán la ley de Cristo. Porque, si pen­samos que somos algo, cuando en realidad no somos nada, nos engañamos a nosotros mismos. Así que, todos debemos autoexa­minarnos. Entonces podremos gloriamos legítimamente, basa­dos en nuestros logros, y no comparándonos con otros. Porque, cada uno debe llevar su propia carga (traducción del autor).

En este pasaje, el objetivo de Pablo es que nos “autoexaminemos y autocritiquemos, para mantener un alto nivel de conciencia ética”.1 Sin embargo, la autorreflexión sola no es suficiente. “Debemos ser capacitados por el Espíritu [Santo] para ‘hacer el bien”.2 Según Gálatas 5:25, el requisito esencial para la vida cristiana es el autoexa­men con el poder del Espíritu Santo.

El principio sobre el que se basa la vida llena del Espíritu es sen­cillo: Lleve el paso del Espíritu; viva en perfecta obediencia a Dios. Esto es posible gracias a la obra del Espíritu en nuestra vida; por lo tanto, debemos hacerlo. Pero, el problema es que los cristianos a veces pecan. ¿Qué deben hacer entonces? Pablo recomienda una prescripción, pero advierte que ésta podría ser más peligrosa que el problema. Este es el punto central del pasaje: Pablo quiere que sus lectores dejen de mirar los fracasos de otros y que se examinen ellos mismos. El propósito de este pasaje es explicar las implicaciones prácticas y personales de la vida llena del Espíritu.

EL PRINCIPIO: LAS POSIBILIDADES PRÁCTICAS

El Espíritu Santo es la Fuente de vida del cristiano. Sin la obra del Espíritu en nuestra vida, somos pecadores incapaces y sin esperanza. Vivimos solos, dependiendo de nuestros recursos lastimosamente inadecuados. Y, vivimos con propósitos insignificantes y fútiles. Nuestra existencia —pues realmente no puede llamarse vida— se caracteriza por las obras de la carne. En Gálatas 5:19-21, Pablo des­cribe esta existencia destinada a la condenación. Las “obras de la carne” son vergonzosamente “obvias”, y a veces aun dentro de la comunidad cristiana. Se ven “enemistades, pleitos, celos, iras, con­tiendas, divisiones, herejías, envidias”. Debemos recordar la adver­tencia de Pablo: “Los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”, aunque digan que son cristianos.

Tales cosas no deben suceder. Pues, cuando el Espíritu gobierna nuestra vida y nuestras relaciones, los resultados son “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (vv. 22-23). Nuestro texto enseña claramente que aun aquellos que han experimentado la obra de justificación y santificación por medio del Espíritu, no deben pensar que no tienen de qué preocuparse. La actividad de Dios en nuestra vida no es ni mágica ni automática. Es personal y relacional.

Obviamente, “el fruto del Espíritu” no puede manifestarse en aquellos que rehúsan vivir bajo la soberanía de Dios y dependen sólo de sus recursos humanos; es decir, están bajo la tirana soberanía de la carne. Sin embargo, el fruto del Espíritu tampoco crece ni florece en los “jardines” de los cristianos que han sido llenos del Espíritu, pero no los cultivan. Esto explica la exhortación de Pablo en Gálatas 5:25: “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”.

La expresión “andemos”, o “llevemos el paso”, no es un recorda­torio vago respecto a la autodisciplina que se requiere para vivir lle­nos del Espíritu. El Espíritu nos dirigirá si lo escuchamos. El nos guiará sólo a medida que le sigamos. Aunque la templanza o domi­nio propio es un fruto del Espíritu, está disponible sólo para aquellos que lo practican.

Es un hecho: El Espíritu es la Fuente de la existencia del cristia­no. Pero, esto implica que debemos tomar la decisión de vivir como El pide. La primera parte de Gálatas 5 resume la salvación. Luego, el texto trata de las implicaciones que surgen de tal salvación. Puesto que Dios nos ha dado vida, esto es lo que debemos hacer con ella.

Leamos nuevamente la primera parte de Gálatas 5:

Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud…a liber­tad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros, porque toda la Ley en esta sola palabra se cumple: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os destruyáis unos a otros. Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne...Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la Ley...Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benigni­dad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos (vv. 1, 13-16, 18, 22-24).3

EL PROBLEMA: PROFESIÓN Y PRESUNCIÓN

En Gálatas 5:26 Pablo nos recuerda que “no ‘andar en el Espíritu’ resulta en vana presunción” —una vanagloria infundada.4 Profesamos estar llenos del Espíritu y ser guiados por El, pero no caminamos al paso del Espíritu. Olvidamos que todo lo que somos y poseemos es regalo de Dios. No somos grandiosos, sino grande­mente bendecidos.5 Cuando lo llamamos Señor a Dios, pero aún somos los jefes de nuestra vida, somos fraudulentos, jactanciosos, hipócritas e impostores. Y, con nuestra presunción, provocamos a otros. Las hostilidades interpersonales son inevitables. Nos alejamos el uno del otro o, en el peor de los casos, peleamos el uno contra el otro. La envidia se hace presente.6 La vida en comunidad se torna exactamente en lo opuesto a lo que el Espíritu quiere: amor y servi­cio mutuos. El egoísmo, con el tiempo, conduce a la desintegración de la comunidad auténtica.7 Tristemente, lo he visto suceder en igle­sias cristianas y aun en instituciones de educación superior de los grupos de santidad.

Por lo tanto, ¿qué debemos hacer cuando un cristiano no vive como tal? ¿Cómo tratan el problema del pecado en nuestro medio aquellos que andan en el Espíritu? Gálatas 6:1 aconseja: “Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restau­radlo con espíritu de mansedumbre”.

Puesto que Pablo dice: “Si alguno es sorprendido en alguna falta”, vemos que él no considera que la trasgresión rutinaria sea la norma. Habla de un hermano o hermana en la fe “que es descubierto, tomado por sorpresa”8 mientras comete una falta no deliberada.9 Es sorprendido en flagrante delito, en el acto, por así decir. Lo que llama la atención es que “a Pablo no parece preocuparle demasiado la ofen­sa en sí, sino la posibilidad de que llegue a ser una fuente de maldad para aquellos que traten el caso”.10 El apóstol sabía que la gracia de Dios era más que suficiente para sanar al que cometió la falta. A él le preocupaban los que actuarían como “médicos”. A Jonathan Edwards, un famoso predicador estadounidense del pasado, se le recuerda especialmente por su sermón “Pecadores en las Manos de un Dios Airado”. La preocupación de Pablo es por pecadores en las manos de personas espirituales. “Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo con espíritu de mansedumbre”.

LA PRESCRIPCIÓN: PROCEDIMIENTOS Y PROPÓSITOS

El procedimiento que Pablo prescribe es tratar el caso en una forma que corresponda a personas espirituales y a la condición del hermano o hermana que cayó en pecado. El pecador debe ser restau­rado, no castigado; sanado, no condenado. Quien comete una falta moral necesita restauración, y no condenación ni humillación, ni siquiera conmiseración. La palabra “restaurar” es la misma que se utiliza en los evangelios para referirse al proceso de remendar redes rotas, para que sean útiles en la pesca otra vez. De la misma manera, la restauración de cristianos que cayeron en pecado consiste en capa­citarlos para que tengan una vida de servicio útil a Dios y al prójimo (véase Mateo 4:21; Marcos 1:19).

Pablo pide disciplina de la persona espiritual, no del pecador. ¡Cuídese! Vigile sus propias acciones; sea compasivo con los demás. Al trasgresor debemos tratarlo con gran indulgencia y tolerancia. Los fieles debemos enfocar en nosotros mismos la facultad de crítica, no en los que cayeron. El Espíritu nos capacitará para ser bondado­sos y no jactanciosos. Al cristiano caído se le debe llevar de regreso al camino correcto en una forma que refleje la gracia de Dios.

La contradicción entre lo ideal y la realidad en la iglesia trae con­sigo la tentación de confiar en los méritos propios y dejarse dominar por la arrogancia. La prescripción para el problema de trasgresión tal vez sea un peligro para la comunidad, una oportunidad para las obras de la carne. “Pablo está consciente de que la actitud de sober­bia espiritual de parte de los acusadores puede causar mayor daño a la comunidad que la falta cometida por el que cayó”.11 No hay pecado tan insidioso como la confianza extrema en la propia espirituali­dad. Y no hay orgullo tan destructivo como el orgullo espiritual.

Por lo tanto, Pablo nos exhorta: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros” (Gálatas 6:2). Sobrellevar o soportar las cargas de otros no es simplemente tolerarlos, sino ayudarlos activamente y socorrer­los. Cuando compartimos las cargas e infortunios de otros, no sólo nos compadecemos de ellos; los apoyamos en sus luchas diarias.12 Compartimos sus problemas y los ayudamos a enfrentarlos. Cuando participamos en la vida de otros —cuando caminamos algunos kiló­metros en sus zapatos, por así decir— es más difícil que los condene­mos. Caer en cuenta de que “sólo por la gracia de Dios puedo estar allí”,13 no significa aprobar el pecado de otro. Es resistir la tentación de la soberbia espiritual.

Durante la revolución en los Estados Unidos, un hombre vestido de civil pasó cabalgando al lado de unos soldados que reparaban una barrera defensiva. El líder del escuadrón gritaba dando órdenes cerca de una enorme viga que sus hombres trataban de elevar sobre la barricada.

El hombre vestido de civil detuvo su caballo y le preguntó al líder por qué él no ayudaba a su grupo. Asombrado, el líder miró al extraño y con la pompa de un emperador contestó: “¡Cómo se le ocu­rre, señor! ¡Yo soy cabo!”

Al escuchar esto, el hombre le pidió disculpas, se bajó del caballo y aseguró las riendas en un poste. Luego ayudó a los soldados exhaustos a levantar la madera hasta que gotas de sudor cubrían su frente. Una vez que terminaron el trabajo, se dirigió al cabo y le dijo: “Señor cabo, la próxima vez que haya un trabajo como éste y no tenga suficientes hombres para hacerlo, mande llamar a su coman­dante en jefe, y yo vendré y los ayudaré otra vez”. El hombre vestido de civil era el general George Washington.14

¿Cómo es posible que nosotros, cabos cristianos arrogantes, consi­deremos inferior a nuestra dignidad el detenemos para levantar a un compañero caído, cuando nuestro Comandante en jefe llevó los peca­dos del mundo a la cruz? Sobrellevar las cargas los unos de los otros es rehusar distanciarnos de las necesidades obvias que nos rodean.

Pero, más que eso, es cumplir la regla de oro de Cristo: Hacer a otros lo que quisiéramos que hicieran con nosotros (véase Mateo 7:12; Lucas 6:31). Es cumplir la segunda parte de lo que El llamó el gran mandamiento: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39; Marcos 12:31`; Lucas 10:27). Este cumplimiento no es requisito para la salvación, sino resultado de ella. Según Gálatas 5:14, cumplir el mandamiento del amor es cumplir toda la ley. Y puesto que, según 2:20, es el amor de Cristo el que asegura nuestra salvación, la ley del amor puede llamarse la ley de Cristo.15 Al sobrellevar las cargas los unos de los otros, cumplimos la “ley de Cristo” (6:2)

Notemos que aquí Pablo no dice que los fuertes deben llevar las cargas de los débiles. Todos tenemos cargas, no importa cuán espirituales seamos. Y todos podemos ayudar a otros a sobrellevar sus cargas, no importa cuán débiles seamos. De hecho, Pablo pareciera contradecirse en el versículo 5 cuando afirma: “Cada uno debe llevar su propia carga” [NVI]. Las cargas son las luchas diarias de la vida, con sus tensiones y problemas inevitables. Pero realmente no hay contradicción, porque “compartir las cargas de la vida no elimina el hecho de que todos tenemos que aprender a aceptarnos a nosotros mismos.”16

EL PUNTO PRINCIPAL: ORGULLO Y ALABANZA

Para aceptarnos, debemos primero conocernos. Esto requiere una medida extraordinaria de honestidad. Es increíble cuán capaces somos de engañarnos. Hoy los líderes cristianos nos instan a amarnos a nosotros mismos y a desarrollar una alta autoestima. El consejo de Pablo parece obsoleto: “El que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña” (v.3). Pero, ¿está él en lo correcto?

Es increíble como algunos estudiantes, que supuestamente sufren de baja autoestima, son capaces de aceptar plena responsabilidad por sus éxitos y casi ninguna responsabilidad por sus fracasos. “El examen era muy difícil”; “fue injusto”; “otros hicieron trampa”; “mis maestros no me enseñaron bien”. Dar a los alumnos calificaciones más altas que las que merecen sólo refuerza el engaño. En la mayoría de las universidades de los Estados Unidos [donde A es la más alta y F indica “reprobado”] sólo oficialmente se considera C como la calificación promedio. En la práctica, la nota promedio es B. Durante los últimos 20 años, la calificación promedio en los exá­menes de ingreso a las universidades ha bajado constantemente. Sin embargo, durante ese mismo período, aumentó más del 50 por cien­to el número de estudiantes que se ha presentado a esos exámenes con un promedio de A o B.17 La mitad de mis alumnos piensan que están dentro del 10 por ciento que tiene las mejores calificaciones de su clase. La mayoría de los estudiantes, a pesar de sus calificaciones en los exámenes de ingreso a la universidad, se consideran mejores que el alumno promedio.

Una década atrás, la junta de una universidad hizo una encuesta para saber cómo se autoevaluaban los estudiantes de último año de educación secundaria en comparación con sus compañeros.18 El 60 por ciento de ellos consideraban que eran atletas superiores al pro­medio; sólo 6 por ciento pensaba que eran inferiores. El 70 por ciento calificó su capacidad de liderazgo como superior al promedio; 2 por ciento, como inferior. En su habilidad para llevarse bien con otros, 25 por ciento se calificó dentro del 1 por ciento con los sobresalientes; 60 por ciento, dentro del 10 por ciento superior; y sólo 1 por ciento, infe­rior al promedio. Me pregunto cómo se calificaron en su habilidad para las matemáticas. “¿Cómo me amo? Permítame contar las formas en que me amo” (haciendo una parodia del poema de Elizabeth Barrett Browning).

Las buenas nuevas del evangelio no son que Cristo nos liberó para que nos amáramos a nosotros mismos, sino que nos liberó de la obse­sión con nuestro yo. Tarde o temprano tenemos que aprender —por lo general de manera dura— a tragamos el orgullo, reconocer nuestra humanidad y declarar que dependemos totalmente de Dios. Experimentamos un tremendo alivio al descubrir que la seguridad y aceptación que nos esforzábamos por obtener (o aparentar), ¡nos han sido dadas gratuitamente por Aquel cuyo amor y aceptación impor­tan más que cualquier otro! Saber que no soy nada, y que Dios me ama incondicionalmente, sólo hace mayor mi admiración.

“No hay nada malo en no ser ‘nada’ o ‘nadie”. Pues, sin la gra­cia de Dios, eso es lo que somos. Es erróneo engañamos pensando que somos “alguien”. “Los seres humanos debemos aprender a aceptar que en realidad no somos ‘nada”. Para los primeros lectores de Pablo, quizá esta fue una advertencia de que si se consideraban “espirituales” cuando no lo eran, estaban “atrapados en una mentira peligrosa y absurda”.19 Dejo a su imaginación lo que el apóstol diría a aquellos del movimiento de santidad que profesan ser enteramen­te santificados, pero cuyas vidas y relaciones no revelan nada del carácter de Cristo. Yo no estoy calificado para ser su juez.

“Así que, cada uno someta a prueba su propia obra y entonces tendrá, solo en sí mismo y no en otro, motivo de gloriarse” (Gálatas 6:4). Así como el autoexamen cristiano no nos permite condenar a otros, nos niega el derecho a damos una calificación más alta que la que merecemos. “Los engaños más comunes ocurren cuando [nos] comparamos con otros. Al participar en este juego, podemos manipular las cosas a nuestra voluntad para que la comparación siempre esté a [nuestro] favor…y en detrimento de la persona con quien” nos comparamos20 ¿Por qué parece causarnos especial satisfacción ver humilladas a personas que han logrado éxito? ¿Acaso pensamos que crecemos cuando hacemos que otro caiga de rodillas?

No hay nada malo en tener logros. Pero “un verdadero logro” lo es aquel que sólo…se refiere a [nosotros mismos]…No resulta al comparar[nos] con otros.”21 Pablo rehusó defenderse cuando lo compararon en forma desfavorable con los que supuestamente eran “grandes apóstoles”. El escribió: No nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos manifiestan su falta de juicio al medirse con su propia medida y al compararse consigo mismos” (2 Corintios 10:12). “En nada he sido menos que aquellos ‘grandes apóstoles’, aunque nada soy” (12:11). “Yo soy el más pequeño de los apóstoles, y no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; aunque no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo” (1 Corintios 15:9-10).

No hay nada malo en sentir orgullo por nuestros logros. Pero, sí entendemos nuestros logros correctamente, cuando el cristiano se jacta de algo, llega a ser una forma de adoración. Como Pablo dijo en Gálatas 6:14: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo”. La verdadera exaltación alaba a Dios por los logros que El ha tenido en mí, por medio de mí y a pesar de mí.

Y, no hay nada malo con la “autosuficiencia”. Después de todo, “cada uno cargará con su propia responsabilidad” (v. 5). En la última década de mi vida, he tratado de vivir lo que aprendí del apóstol Pablo sobre el “secreto del contentamiento”. El concluye Filipenses con estas palabras: “He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener ham­bre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (4:11-13).

Hay un gran gozo al aceptar la vida como es y al aprovecharla al máximo. Estoy aprendiendo a no desperdiciar energía emocional preocupándome por lo que no puedo cambiar. Existen situaciones y personas que nunca cambiaré, así que he dejado de intentarlo. La única persona a la que siempre tengo la esperanza de cambiar está parada en mis zapatos. Nadie puede robarme el gozo; pero puedo escoger desperdiciarlo, o puedo negarme a hacerlo.

CONCLUSIÓN

¿Me permite recomendarle el camino a la paz y al gozo que se experimentan al andar en el Espíritu?

El primer paso es abdicar al trono del universo. Tal vez le sorpren­da saber que Dios ya ocupa ese lugar, y El no dejará que una persona insignificante como usted o yo tome su lugar. Dios no necesita mi ayuda para gobernar el mundo. Y El puede ayudarme sólo cuando reconozco que tiene derecho a reinar en mí.

El segundo paso es aceptar su incapacidad para ser juez del mundo. Dios ocupa también ese cargo. Nuestra tarea es ayudar, apo­yar y amar cuando otros caen. No es condenar. No es exaltarnos a expensas de ellos. Estoy llamado a examinar sólo a una persona: a mí mismo. Yo no soy mejor cuando otro fracasa ni soy peor cuando otro tiene éxito. Yo no le doy cuenta a usted de mis actos, y usted no tiene que darme cuenta de sus actos. Sólo Dios es nuestro Juez, y El esta­blece los términos por los cuales cada uno debe examinarse a sí mismo. La medida de Dios es la única que importa. La situación de cada uno es diferente.

El tercer paso es admitir que, sin importar el estado de gracia que profese, usted no es nada sin la gracia de Dios en su vida. Nuestro mayor gozo es tener una vida que lo alabe a El. Lo único que importa es que Dios lo note. No busco que usted me alabe ni temo sus críticas. Espero las palabras de El: “Bien, buen siervo y fiel...Entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21, 23). Los resultados de este examen son los únicos que realmente importan.

Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. No busquemos la vanagloria, irritándonos unos a otros, envi­diándonos unos a otros. Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo con espí­ritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. El que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña. Así que, cada uno someta a prueba su propia obra y entonces tendrá, solo en sí mismo y no en otro, motivo de gloriarse, porque cada uno cargará con su pro­pia responsabilidad...A todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios (Gálatas 5:25—6:5, 16).



6

¿CÓMO ESTÁ EL AMOR

EN SU VIDA?

Filipenses 1:9-11

En los primeros versículos de Filipenses, Pablo expresa su con­fianza en que el Dios que “comenzó en vosotros la buena obra la per­feccionará hasta el día de Jesucristo” (1:6). A diferencia de las otras iglesias de Pablo, los filipenses no constituyen un problema para él; ellos son sus colaboradores (1:5; 4:15). No son su campo de acción, sino su fuerza. No son pecadores sin esperanza, sino santos maduros (1:1; 3:15); ellos pertenecen completamente a Dios. De hecho, si estos cristianos macedonios tenían algún problema, quizá haya sido la ten­dencia de algunos a pensar que, debido a su capacidad espiritual, habían llegado ya al nivel más alto. Pablo, al menos, cree importante recalcar su propia necesidad de progresar: “Quiero conocer a Cristo plenamente y llegar a ser completamente como él...Aún no lo he logrado, ni he alcanzado la meta; pero prosigo para que sea mía, por­que Cristo me hizo suyo” (3:10, 12, paráfrasis del autor). El apóstol escribe acerca de su decisión de poner de lado sus éxitos personales, para dedicarse sólo a alcanzar una meta: “El supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (3:4b-14), y pide a los filipenses que hagan lo mismo (v. 15).

La oración de Pablo en 1:9-11 no es por inconversos; no es por aquellos que caen en la vida cristiana; no es por creyentes que se ale­jan de Dios, sino por cristianos maduros, ejemplares, a quienes es necesario recordarles que, no importa cuánto hayan progresado en su caminar cristiano, aún no han llegado a la meta. Ya experimentaron la salvación y la santificación, pero la resurrección aún está por delante, y su salvación final depende de la continua fidelidad a Cristo hasta el fin (véase 3:11).

Por lo tanto, Pablo ora por los filipenses: “Que vuestro amor abunde aún más y más en conocimiento y en toda comprensión, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprochables para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios” (1:9-11).

Si usted profesa ser cristiano —si Dios por su Espíritu le ha hecho una nueva criatura en Cristo Jesús— y si goza de la experiencia de la entera santificación, entonces la oración de Pablo es por usted. Si es así, me gustaría hacerle una pregunta muy personal: “¿Cómo está el amor en su vida?”

No, no hablo de lo que algunos están pensando. Esa no es la clase de amor por la que oró Pablo. Pero, ya que capté su atención, quisiera que por unos minutos considere conmigo la oración de Pablo respecto al amor de los filipenses: El ora para que el amor de ellos (1) se de­sarrolle, (2) discierna y (3) se demuestre.

UN AMOR QUE SE DESARROLLE

Pablo no cree necesario definir aquí lo que quiere decir con la palabra “amor”. El significado se mostrará en breve. En el capítulo 2, él exhorta a los filipenses para que adopten el ejemplo de amor que demostró Cristo, quien, aunque tenía la forma de Dios, se despojó a sí mismo, asumió forma humana y fue obediente, aun al punto de morir en la cruz. Sin embargo, los filipenses habían escuchado predi­car a Pablo, y aun antes de esta descripción, seguramente sabían lo central que era el amor en su evangelio.

De hecho, es sorprendente cuán poca enseñanza moral nueva se encuentra en las cartas de Pablo. Hay paralelos claros entre lo que él dice y la enseñanza de los rabinos judíos y de los filósofos estoicos contemporáneos, excepto el énfasis que hace Pablo en el amor. El lugar central del amor en el pensamiento de Pablo es obvio en todas sus cartas.

En Gálatas, por ejemplo, afirma que la fe cristiana se expresa por medio del amor (5:6); que toda la ley se cumple en una palabra: amor (v. 14); que el fruto del Espíritu es, ante todo, el amor (v. 22).

O, considere la oración de Pablo por su otra iglesia macedonia, los tesalonicenses. Esta oración se asemeja en muchas maneras a la oración por los filipenses. En 1 Tesalonicenses Pablo ora: “Que el Señor los haga crecer y abundar en amor el uno para con el otro y para con todos...para que él fortalezca vuestros corazones en santi­dad y así sean irreprochables delante de nuestro Dios y Padre, en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos” (3:12-13, pará­frasis del autor). Después, Pablo añade: “Nadie tiene que escribirles acerca del amor; porque Dios mismo les ha enseñado a amarse unos a otros; y verdaderamente ustedes aman a todos sus hermanos cre­yentes en toda Macedonia. Pero les rogamos, hermanos, que lo hagan más y más” (4:9-10, paráfrasis del autor).

En Colosenses, dirigiéndose a cristianos que nunca había conoci­do personalmente (véase 1:3-9), Pablo les escribe: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericor­dia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Soportaos unos a otros y perdonaos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Sobre todo, vestíos de amor, que es el vínculo per­fecto” (3:12-14).

Si el tiempo lo permitiera, podríamos considerar extensamente el himno de alabanza al amor cristiano que Pablo escribió en 1 Corintios 13. En él, la prosa de Pablo se eleva con las águilas al escribir a una iglesia en la que la mayoría parecía incapaz de elevarse a alturas espi­rituales. En respuesta a la arrogancia de los corintios, Pablo declara: Sin amor, ningún don espiritual, ningún acto heroico, ni ninguna otra cosa tiene importancia. Sólo el amor perdurable hace la vida sopor­table. En vez de aceptar por fe, algún día veremos todo claramente. Entonces nuestra esperanza será realidad. Pero el amor durará para siempre. Por lo tanto: “Seguid el amor” (14:1).

Volvamos ahora a la oración de Pablo por los filipenses. El pide, en primer lugar, que su amor se desarrolle. Sus palabras no dan a entender que el amor de los filipenses fuera deficiente. Claramente indica que ellos ya aman. No ora para que empiecen a amar, sino para que su amor continúe creciendo aún más y más, hasta que sobrepase toda medida. Pablo no dice todavía a quién o qué tienen que amar. No especifica que deben amarlo más a él, o amarse más los unos a los otros, o amar más a Dios. Simplemente ora para que el amor de ellos se desarrolle.

UN AMOR QUE DISCIERNA

Debemos notar que al orar por un amor que se desarrolle, Pablo no pide que el amor de los filipenses aumente en cantidad, sino que mejore en calidad. “Y esto pido en oración: que vuestro amor abun­de aún más y más en conocimiento y en toda comprensión, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprochables para el día de Cristo” (1:9-10). Lo que Pablo espera no es mayor intensi­dad en su amor; no ora para que tengan más fervor emocional o religioso al amar. Lo que él desea no es un amor más intenso, sino más inteligente. Ora para que su amor se desarrolle de tal modo que se caracterice por un discernimiento cristiano y una discriminación saludable.

En nuestra preocupación por ser políticamente correctos, necesi­tamos recordar que no toda discriminación es mala. Una cosa es “dar trato de inferioridad a una persona o colectividad” basados en pre­juicios, 1 no en las personas. Pablo declara que la venida de Cristo invalidó las distinciones basadas en diferencias étnicas, de sexo, o de clase social. Discriminar en este sentido negativo es enteramente ajeno al amor cristiano. Sin embargo, es esencial que el cristiano aprenda a discriminar en el sentido positivo, reconociendo las dife­rencias que son importantes: entre la verdad y el error, entre la justi­cia y la injusticia, entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo bueno y lo malo, y entre lo mejor y lo excelente.

La preocupación de Pablo no es simplemente que los filipenses amen, sino cómo y qué deben amar. Pablo utiliza la misma palabra para “amor” cuando exhorta: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Romanos 13:9; Gálatas 5:14), y cuando expresa con tristeza: “Demas me ha desamparado, amando este mundo” (2 Timoteo 4:10). El amor equivocado, no importa cuán intenso sea, no es una virtud.

El amor cristiano maduro es sensible respecto a lo ético y discierne espiritualmente.

Es Sensible Respecto a lo Ético

En la preocupación de Pablo por el amor que discierne, él ora pri­mero para que el amor de los filipenses crezca en “conocimiento”. Pablo constantemente utiliza esta palabra para referirse, no al cono­cimiento intelectual, sino a la sensibilidad ética. Al hablar de este conocimiento, él quiere decir que ellos cada vez deben estar más familiarizados con la voluntad de Dios: deben saber qué quiere El de ellos y por qué, y deben comprender que la voluntad de Dios para ellos es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2). No habla de la obediencia irracional a una lista de reglas impuestas externamente y que no tienen ningún sentido. Dios quiere que lleguemos a ser cris­tianos maduros, motivados internamente a hacer lo que es correcto, sin importar las consecuencias, sin importar quién esté mirando. Esta es la prueba de nuestro carácter cristiano.

Sin importar las consecuencias. Pablo les recuerda a los filipen­ses que Dios les ha dado, “a causa de Cristo, no solo que creáis en él, sino también que padezcáis por él” (1:29). ¿Son los filipenses los úni­cos cristianos que necesitan aprender que practicar el amor de Dios puede involucrar una cruz? Hoy, como en los días de Pablo, hay quie­nes profesan ser cristianos, pero cuya ansia de comodidad y seguri­dad los hace conducirse como “enemigos de la cruz de Cristo” (3:18). Como Pablo les recuerda a los filipenses: “El fin de ellos será la per­dición. Su dios es el vientre, su gloria es aquello que debería