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Contenido

 

Prefacio

Reconocimientos

 

1.  Ante todo ¿qué es la santidad?

Algunas palabras acerca del término

 

2.  La santidad en 1 Tesalonicenses

Panorama general

 

3.  El santo amor de Dios

Ezequiel 36:22-32

 

4.  ¿Es la santidad contagiosa?

Marcos 6:53—7:8, 14:-23; 8:34-38

 

5.  Autoexamen con el poder del Espíritu

Gálatas 5:25—6:5

 

6.  ¿Cómo está el amor en su vida?

Filipenses 1:9-11

 

7.  Entera santificación

1 Tesalonicenses 5:23-24

 

Notas bibliográficas

Bibliografía

 


Prefacio

Santidad en la vida diaria, No. 2—al igual que la primera obra— es una colección de conferencias que se prepararon para estudiantes universitarios. Sin embargo, no es un libro para eruditos. No discute primordialmente una doctrina, ni siquiera una experiencia. Trata no sólo de la teoría, sino también de la práctica: la santidad práctica. Y, no habla sólo de la santidad para un momento, sino para toda la vida.

No hubiera podido escribir un libro como este con limpia concien­cia a no ser por los incontables nazarenos, alrededor del mundo, que continúan persuadiéndome, de una forma u otra, de que la santidad es más que una doctrina muy preciada. No sería totalmente sincero si no admitiera que a veces me ha decepcionado la inconsistencia de aque­llos que profesan la experiencia de la entera santificación. Sin embar­go, cuando abundó el desánimo, la gracia abundó aún más. Una y otra vez, las evidencias de Santidad en la vida diaria, No. 2, han sido mayores que las profesiones vacías, y han renovado mi convicción acerca de la verdad de la doctrina que nos distingue.


Reconocimientos

Deseo agradecer a tres instituciones nazarenas de educación superior por proveerme la oportunidad de preparar y presentar estas conferencias. Primero, la universidad en la que trabajo como profesor de literatura bíblica, Northwest Nazarene College (NNC), me honró invitándome a presentar las Conferencias de Santidad Wordsworth en abril de 1995. Los capítulos 3, 4 y 7 principiaron con esas confe­rencias. NNC patrocina las Conferencias Wordsworth mediante una donación generosa de la familia de John E. Wordsworth, quien por muchos años apoyó a esta universidad. Agradezco al capellán Gene Schandorff por invitarme a predicar, y a mis amigos y colegas de la División de Filosofía y Religión en NNC por animarme.

La primera versión del capítulo 6 la presenté en un culto de capi­lla en NNC en marzo de 1996. Agradezco al Dr. Samuel Dunn, vice­rrector de asuntos académicos, por animarme a publicarlo. NNC de forma generosa financió un período de licencia en el otoño de 1996, durante el cual pude revisar estos capítulos para dejarlos en su forma presente.

Los capítulos 5 y 6, y la versión preliminar de los capítulos 1 y 2, los presenté cuando la Southern Nazarene University (SNU) me invi­tó a dictar las Conferencias de Santidad Rothwell en marzo de 1996. Agradezco a mis amigos de la Facultad de Religión de SNU por tal honor. Agradezco al Dr. Don Dunnington, vicerrector de asuntos aca­démicos, y a su esposa, Jane, amigos míos por más de 25 años, quie­nes me hospedaron durante mi estadía en la ciudad de Oklahoma. También doy gracias a mi esposa, Terre, quien gentilmente cooperó conmigo al permitir que estuviera ausente durante su cumpleaños para poder presentar estas conferencias.

La invitación a enseñar en el Nazarene Theological College (NTC) en Brisbane, Australia, durante mi período de licencia de NNC, me dio tiempo para revisar a fondo estos capítulos, en parti­cular los capítulos 1 y 2, y probarlos ante una variedad de audiencias.

El NTC patrocinó talleres de hermenéutica para laicos en cada uno de los distritos australianos durante septiembre, octubre y noviembre de 1996. Agradezco al Dr. Robert Dunn, entonces rector de NTC, por proveemos un lugar dónde vivir durante nuestra estadía en Australia, por patrocinar las conferencias y por ayudar a financiar nuestros viajes en la isla más grande del mundo. Deseo expresar un agradecimiento especial al Rdo. Peter Berg, entonces decano acadé­mico de NTC, por su compañerismo y sus palabras de ánimo.

Quisiera agradecer también a los nazarenos australianos que sir­vieron como anfitriones durante mis visitas. En el distrito Australia Occidental, la anfitriona del seminario fue la Iglesia del Nazareno Dianella, en Perth. Debo mencionar a los pastores David Warren, John Kerr y Arthur Lear por su amistad. Gracias a Allan y Theo Shellabear, laicos hospitalarios, pudimos combinar trabajo con diver­sión durante una visita a la región occidental con nuestra familia.

En el distrito Australia Sur ofrecimos estas conferencias en octu­bre, en la Iglesia del Nazareno Mount Waverley de Melbourne. Agradezco al pastor Robert Fowler por haber sido el anfitrión del evento.

En el distrito Pacífico Norte presentamos algunas conferencias en noviembre, en la Iglesia del Nazareno Maryborough. Agradezco al pastor Roland Hearn por haber sido el anfitrión del seminario. Doy gracias a nuestros amigos Peter y Leah Wilson por abrimos su hogar y sus corazones cuando visitamos su iglesia. El sermón cristiano que conocemos como la Primera Epístola de Pedro, no sólo nos ordena: “Sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” (1:15), sino que da instrucción especifica sobre expresiones prácticas de la santidad, tales como la hospitalidad y el hablar en público: “Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones. Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos adminis­tradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguno habla, hable con­forme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén” (4:9-11).

 

 



1

ANTE TODO, ¿QUÉ ES

LA SANTIDAD?

Algunas palabras acerca del término

INTRODUCCIÓN

En el pasado, las iglesias de santidad justificaban su existencia afirmando que Dios les había dado la misión de difundir “la santidad bíblica”. Hoy, muchas de esas denominaciones parecen estar más preocupadas por formar parte de la corriente evangélica principal que en recalcar la doctrina que las distingue. ¿Estaban en lo correcto nuestros predecesores del movimiento de santidad al definir nuestra identidad en forma tan estrecha, señalando la santidad como el tema esencial? Y, ¿tenían razón al decir que nuestro mensaje distintivo era la santidad “bíblica”?

Antes que intentemos discutir el tema de la santidad bíblica, es esencial que entendamos claramente cómo la Biblia utiliza el térmi­no. Esto requiere más que un estudio de palabras. No es suficiente enumerar como una concordancia las referencias bíblicas sobre la “santidad”. Debemos entender cómo determinamos los significados de las palabras y los conceptos que representan. Por lo tanto, la pri­mera parte de este capítulo es un ejercicio relacionado con lo que los eruditos bíblicos llaman hermenéutica. “¿Herme...qué?”, preguntará usted.

La palabra griega de la que se deriva el término en español sim­plemente significa “interpretación”. Sin embargo, la utilizamos para referirnos al estudio de los principios y procedimientos involucrados en el proceso de comunicar e interpretar significados por medio de la palabra escrita o hablada. Es un intento de hacer explícitos los con­ceptos que motivan al intérprete cuando realiza la tarea de explicar el significado de la literatura, ya sea bíblica o de otro tipo. La herme­néutica se ocupa del proceso de ir, de un pasaje bíblico antiguo, a su significado y pertinencia para los lectores contemporáneos. Al comu­nicarnos, casi siempre lo hacemos combinando palabras. “Términos preciados”, como “santidad”, llegan a ser tan familiares que a veces no apreciamos cómo funcionan.

Las palabras son cosas extrañas. Es importante que nos demos cuenta de que el significado de las palabras es convencional y con­textual. Permítame explicar esto con un ejemplo neutral. Después explicaré la pertinencia de usar un ejemplo totalmente ajeno al tema en nuestro estudio de la santidad.

Convencional

No hay una razón particular por la que al unir las letras p, e, r, r, y o debamos referirnos a un canino peludo. Es meramente la costum­bre o convención lo que dicta que la palabra “perro” identifique a tal criatura. En español tenemos diferentes palabras que se refieren al mismo animal. Bajo ciertas circunstancias nos referimos a un perro como “sabueso”, “cachorro”, “perrito”, “quiltro”, “chusco” o “cruza­do”. Todos estos términos denotan esencialmente lo mismo. Sin embargo, sus connotaciones son diferentes. Es decir, todos son nom­bres de lo mismo, pero también comunican una variada información adicional. Por lo general pensamos en el “sabueso” como un perro de caza. Un “cachorro” o “perrito” es un perro joven. Usamos los términos “quiltro”, “chusco” y “cruzado” para los perros que consideramos inferiores y que probablemente no nos gustan. Los niños tal vez llamen a los perros “guaguas”. Las personas a veces utilizan los términos poodle, chihuahua, collie, doberman o pastor alemán para identificar cierta raza de perro. Dependiendo de nuestras experiencias pasadas, los nombres Rintintin, Lassie, Benji o Beethoven tal vez nos hagan pensar en “perro”.

Todo aquel que conoce otro idioma sabe que las palabras son sen­cillamente designaciones convencionales para las cosas. El término común para perro en francés es chien. En alemán es hund. No es coin­cidencia que esta palabra se parezca al término inglés “hound”. Los dos idiomas tienen cierta relación histórica. El significado de las pala­bras es convencional. No hay razón por la que la palabra para “perro” no hubiera podido ser “timrán”. Si todos nos pusiéramos de acuerdo en usar esa palabra con tal referencia, significaría precisa­mente eso. Si tomamos el vocablo “sala” e invertimos el orden de las letras, formamos la palabra “alas”. Pero esas dos palabras no son opuestas. La misma coincidencia al invertir las letras no se da en todas las palabras, ni en castellano ni en otros idiomas.

Cuando nuestro hijo estaba pequeño, no podía pronunciar la “r”. Muchas veces nos reíamos de las frases que decía. Lo que él deseaba comunicar era diferente de lo que entendíamos.

Muchas veces usamos las palabras en una forma que puede cau­sar confusión. Por ejemplo, en algunos países se utiliza la palabra “lata” para describir un automóvil viejo y dañado. Otros utilizan la palabra “coco” para referirse a la cabeza. En muchos países se utiliza la expresión “perro caliente” para referirse al pan con salchicha. En países al sur del continente americano lo llaman “pancho”. ¡Es extra­ño cómo cambia el lenguaje! Puesto que el significado de las palabras es convencional, los significados cambian con el tiempo.

Cambio

En los tiempos bíblicos, a los perros no se les consideraba masco­tas como hoy. Los pastores los despreciaban como predadores y ani­males peligrosos, como los coyotes o las hienas. Para los hebreos, “perro” siempre tenía una connotación negativa. Llamar a alguien “perro” era un insulto o expresión peyorativa. Manifestaba el dis­gusto que una persona sentía por otra. En Deuteronomio 23:18, la palabra “perro” se refiere a hombres que se dedicaban a la prostitu­ción en los templos paganos. En los tiempos del Nuevo Testamento, los judíos insultaban a los gentiles llamándolos “perros” (Mateo 15:21-28).

Por supuesto, la gente de la Biblia no utilizó la palabra “perro”, sino el equivalente en hebreo o griego. La palabra hebrea es keleb. Usted conoce esta palabra por el nombre del espía que, con Josué, presentó un informe optimista acerca de Canaán (Números 13—14).

No sabemos por qué sus padres le dieron ese extraño nombre: Caleb, “perro”. La palabra griega para perro es kynis. De ella se origina la expresión “caninos”, con la que nos referimos a toda la especie de animales que llamamos perros. Sin embargo, también es la raíz del término “cínico”.1

Creo que hemos hablado lo suficiente acerca de perros. Quizá le haya convencido en cuanto a mi afirmación: Las palabras son cosas extrañas. Su significado lo determina la convención. Sin embargo, las palabras no son meramente arbitrarias. No podemos esperar que otros nos comprendan si usamos el término “alas” cuando queremos decir “sala”.

Conceptos

Obviamente es más fácil definir el significado de la palabra “perro” que el de la palabra “santidad”. Un perro es algo que reco­nocemos con nuestros cinco sentidos. La santidad, al igual que el amor o la belleza, es un concepto o una idea que concibe la mente. Es más difícil describir algo que no podemos tocar, ver, saborear, oler o escuchar. Algún bromista ha dicho que “el matrimonio basado en amor de cachorros [jóvenes sin experiencia] termina como una vida de perros”. Puesto que es difícil definir con precisión el amor romántico, algunos lo confunden con atracción física, capricho o aun simpatía. Sin embargo, la mayoría de las personas estarían de acuerdo en que hay ciertas características que distinguen al amor verdadero de estas falsificaciones. Pero usted tendrá que leer otro libro si está buscando ayuda sobre este tema.

Gusto

Muchos hemos escucha do decir que “la belleza está en los ojos del que mira”. La belleza es difícil de definir porque, hasta cierto punto, es asunto de gusto. Nunca pudimos entender cómo nuestra amiga Ana pensaba que los perros doberman eran hermosos. Feroces, sí; pero hermosos, muy poco. Por otro lado, no estábamos de acuerdo con su opinión de que era ridículo cómo cuidábamos de nuestros perros schnauzer miniaturas. Después de todo, habíamos tenido tres de estos perros y eso demostraba nuestro buen gusto en cuanto a perros. La belleza es a veces un asunto de opinión meramente sujetiva. Es imposible decir quién tiene la razón o quién está equivocado al respecto.

Valores

Existen diferentes opiniones en cuanto a la belleza porque tam­bién existen diferentes valores. Algunas personas consideran “bello” un automóvil basándose en el estilo. A otros les impresiona más el nombre del modelo, lo económico en cuanto a la gasolina, la acelera­ción, lo seguro que es, o lo confortable. Otros juzgan la belleza del auto por su precio. Lo mismo ocurre con la gente. A algunos les impresionan las características externas; a otros, el carácter interno. Lo que consideramos bello tal vez dé a conocer más cómo somos no­sotros que la persona o cosa a la que damos tal calificativo. Aun una mirada a los automóviles que conducen los cristianos le convencerá de que tienen diferentes opiniones en cuanto a qué hace que un carro sea hermoso. O, tal vez, que la belleza no fue un factor importante para escoger los autos. La elección de un modelo de automóvil evi­dentemente no es una decisión moral: entre lo bueno y lo malo. Y, puesto que la Biblia no menciona automóviles, no esperamos mucha ayuda de las Escrituras para hacer dicha decisión.

Moral

Aun los asuntos de gusto y valores personales pueden llegar a ser decisiones morales. Además, las palabras a veces nos desvían cuando juzgamos valores. La antigua palabra bíblica “fornicación” no signifi­ca lo mismo que la expresión neutral “relaciones sexuales prematri­moniales”. “Fornicación” denota lo anterior, entre otras cosas, pero su connotación indica claramente que la actividad descrita se evalúa como algo negativo. La fornicación se refiere a relaciones sexuales fuera del matrimonio e indica que son actos moralmente malos.

De la misma forma, “asesinar” no es lo mismo que “matar”. El asesinato es “el acto de quitar la vida con premeditación y alevosía” a otro ser humano. Nadie diría: “Ese asesinato fue justificado”. Nuestros valores morales influyen en las palabras que escogemos.

Por las Escrituras sabemos que es malo adquirir un auto robán­dolo. O, a sabiendas comprar un automóvil robado, aunque demos a las misiones el dinero que ahorramos en la transacción. Tal vez rehusemos comprar un automóvil excesivamente caro, para que ni el vehículo ni nosotros mismos lleguemos a ocupar el lugar de un ídolo. Pero, pocos asuntos morales son decisiones sencillas entre lo bueno y lo malo. Las decisiones difíciles de la vida a menudo nos llevan a diversos niveles intermedios. Si sostenemos los valores wesleyanos —ser trabajadores, gastar dinero sólo en lo indispensa­ble y ser generosos—, tal vez decidamos no comprar un automóvil lujoso que realmente no necesitamos. Hay cosas que poseen mayor importancia eterna que conducir un automóvil deportivo de último modelo.

Juan Wesley a menudo exhortó a sus seguidores: Ganen todo lo que puedan, ahorren todo lo que puedan y den todo lo que puedan. El problema, por supuesto, es estar de acuerdo en lo que se conside­ra derroche. No importa cuánto dinero tenga una persona, siempre encontrará a alguien cuyos recursos materiales le harán sentir relati­vamente “pobre”. Aun a algunos cristianos les es difícil admitir que tienen más recursos económicos que otros. Por tanto, modificamos la enseñanza de Wesley de la siguiente forma: Ganen todo lo que pue­dan, gasten todo lo que puedan, guarden todo lo que les quede y pro­téjanlo celosamente.

Autoridad

¿Y qué podemos decir de la santidad? Tal como ocurre con el amor romántico, ¿es posible confundirla a veces con falsificaciones? Al igual que los gustos sobre autos, ¿es sólo asunto de preferencia personal? ¿Hay criterios sociales y culturales por medio de los cuales se reconoce la santidad? La mayoría de los cristianos estarían de acuerdo en que las Escrituras, y no nuestros gustos personales o valo­res sociales, deben definir la vida de santidad. La dificultad está en que debemos interpretar las Escrituras.

Algunos cristianos sostienen que la Biblia es la única fuente de autoridad en la que basan su fe y práctica. Eso es lo que afirman, pero nosotros sabemos cuál es la realidad. Seamos honestos: Una gran variedad de factores influyen en la conducta y las creencias cristia­nas: nuestros padres, nuestra crianza, nuestra clase social, nuestro país de origen, nuestro tipo de personalidad, nuestro sexo, y otros.

Si usted ha hablado con cristianos de una denominación diferente a la suya, se habrá dado cuenta de que las convicciones doctrinales influyen en la forma en que comprenden la Biblia. Por supuesto, ¡nosotros nunca haríamos eso! ¿O tal vez sí? Los wesleyanos hemos estado más conscientes de las otras fuentes de autoridad que influyen en nuestra teología y juicios morales que la mayoría de los otros cristianos evangélicos. No es simplemente que nos hayamos resignado a lo inevitable. No es que admitamos: “Por supuesto, leo la Biblia a través de los lentes de la perspectiva wesleyana de la santidad. Sin embargo, no estoy más prejuiciado que los demás. Y, ¿quién puede decir que mis prejuicios son menos apropiados que los suyos?”

Los wesleyanos reconocemos que hay, que siempre ha habido, y que debe haber cuatro fuentes principales de autoridad a las que los cristianos podemos recurrir al definir nuestra fe y práctica. A estas cuatro fuentes se les ha llamado, con una expresión acuñada por el teólogo metodista Albert Outler, el “cuadrilátero wesleyano”. Estas son la Biblia, la tradición cristiana, la experiencia y la razón. Por supuesto, la Biblia es la fuente primaria. Sin embargo, insistimos en que es totalmente apropiado recurrir a esas otras fuentes para que nos asistan en la tarea esencial de interpretar las Escrituras. Lo hace­mos, no porque no queramos oír lo que la Escritura enseña clara­mente, sino para mantenernos alejados de las innovaciones sin valor, la deshonestidad y la insensatez en nuestra interpretación.

Interpretación

Podemos suponer que el Dios único y verdadero, quien inspiró la Biblia, debe tener una idea precisa de lo que quiere decir con el tér­mino “santidad”. Sin embargo, debemos admitir que El no escogió definirla uniformemente y sin ambigüedad en la Biblia.2 Diferentes autores bíblicos parecen utilizar el término en formas ligeramente variadas. Tal vez sea porque santidad es un concepto abstracto. Quizá sea porque recalcaron diferentes aspectos de una realidad demasiado compleja como para entenderla desde una sola perspecti­va. Tal vez sea porque vivieron en diferentes épocas, en diferentes lugares y en distintas situaciones sociales.

La Biblia no fue escrita en una sola sesión y por una sola perso­na. Surgió en el transcurso de cientos, aun miles de años, con la par­ticipación de muchos autores humanos. Un estudio profundo de la santidad requeriría que se examinara el uso del término a través de la historia y de toda la Biblia. Pocos eruditos han intentado realizar tal estudio a fondo.3 Pero, es mucho más de lo que este pequeño libro trata de lograr. Nuestro objetivo es más modesto: Ayudar a las per­sonas comunes y corrientes a entender lo suficiente sobre la santidad bíblica para que respondan apropiadamente al llamado de Dios a la santidad en la vida diaria.

Comunicación

Parece razonable suponer que los autores bíblicos escribieron para que se les entendiera, es decir, escribieron con el propósito de comunicar un mensaje inteligible. Si fue así, tuvieron que adoptar los significados convencionales de las palabras que utilizaron. No usarían la palabra “sala” cuando querían decir “alas”. Tampoco habrían inventado palabras que nadie hubiera usado antes. Para usar nuestro ejemplo anterior, ¿cómo habría sabido la gente que “timrán” signifi­caba “perro” si los autores bíblicos simplemente hubieran acuñado el término para sus propósitos? Por lo tanto, deben haber utilizado la palabra “santidad” con una denotación y connotación que los lecto­res originales al menos entendían parcialmente.

Si los autores bíblicos escribieron para que les entendieran, ¿por qué tantos pasajes de la Biblia son difíciles de entender? Y, ¿por qué las personas interpretan la Biblia en formas diferentes? Hay razones entendibles: Al leer la Biblia, no tenemos todos los conceptos que tenían sus primeros lectores. Por otro lado, tenemos numerosos con­ceptos modernos que ellos no poseían. Los tiempos cambian y las culturas difieren aun en un mismo período. Los escritores y oradores siempre dan por sentado un sinnúmero de conceptos en lo que escri­ben o dicen. Una persona extraña que tratara de escuchar secreta­mente la conversación de una familia durante la cena, necesitaría alguna explicación para entender lo que dicen. Lo mismo ocurre cuando tratamos de “escuchar” la literatura escrita en otro tiempo y lugar, y con diferentes conceptos que los nuestros. Es incorrecto interpretar la Biblia sin tomar en cuenta esta dimensión tácita de la comunicación. El problema es: ¿Qué conceptos extrabíblicos podemos aplicar apropiadamente al leer la Biblia? Los desacuerdos al respecto causan la mayoría de las diferencias en la interpretación de pasajes bíblicos controversiales.

La mayoría de los hispanohablantes utilizan la palabra “piña” para referirse a una fruta. Sin embargo, las personas de la parte sur de Sudamérica llaman a la misma fruta “ananá”. En Argentina, la expresión “piña” se refiere a un golpe con el puño. Para un argenti­no, darle una piña a alguien, es darle una golpiza, mientras que para un colombiano sería darle la fruta.

Sin embargo, si un colombiano fuera a la Argentina y escuchara que un boxeador le “dio una tremenda piña” a su contrincante, no pensaría que, en medio de la pelea, un boxeador se detuvo para entregarle la fruta a su oponente. Esto se debe a que tenemos simila­res suposiciones para interpretar los términos.

Los problemas de entendimiento surgen cuando la comunicación se realiza a través de diferentes períodos históricos o culturas. Pero, también se interpreta erróneamente cuando los que escuchan no prestan atención adecuada al contexto de las palabras del orador.

Las palabras son cosas extrañas. Su significado no es meramente arbitrario. Sin embargo, para comunicar el significado, el contexto es un factor decisivo. Debemos aprender el significado de una palabra por el uso que se le dio en cierto tiempo en la historia y por su uso en un cuerpo particular de literatura.

Contexto

Aprendemos el significado de las palabras por el uso que se les da en contextos específicos. La interpretación se lleva a cabo por lo menos en dos contextos: histórico y literario.

Contexto histórico. Nuestra explicación acerca de la palabra “perro” demuestra que los significados y las connotaciones de las palabras cambian a través del tiempo. Las palabras se pueden utili­zar literal o figurativamente. Al usarlas, las asociamos con conceptos culturales. Cuando los autores bíblicos utilizaron figurativamente la palabra “perro”, ésta no tenía la misma fuerza que nosotros le atri­buimos. No es posible entender las palabras bíblicas sin conocer algo de la forma en que se utilizaron cuando se escribió la Biblia. Sería un error imponer nuestros sentimientos acerca del “mejor amigo del hombre” cuando leemos de los “perros” en la Biblia. De la misma forma, no podemos imponer nuestra teología de santidad sobre los autores bíblicos. Sería como dar por sentado que comemos “caninos recién cocidos” —usted sabe, ¡“hot dogs” o perros calientes! Puesto que hay de 2,000 a 4,000 años de separación entre los días de la Biblia y nosotros, la tarea de interpretación no es nada fácil.

Obviamente, conocer la cultura y la historia de los tiempos bíbli­cos nos ayudará a evitar malas interpretaciones. Sin embargo, ni los especialistas se ponen de acuerdo en cuanto al significado preciso de algunos pasajes. Los lectores originales de la Biblia no necesitaron consultar comentarios y diccionarios bíblicos para entenderla. Vivían en el mismo tiempo y cultura que el autor bíblico. Sabían de primera mano de qué había escrito. Su experiencia personal les proveyó el conocimiento inmediato del contexto histórico. Nuestro mundo es muy diferente del de ellos.

Los buenos intérpretes de la Biblia deben conocer lo suficiente sobre el mundo antiguo para evitar dos errores. Deben distinguir lo que la gente de los tiempos bíblicos daba por sentado y que nosotros no damos por sentado. Y, deben distinguir lo que nosotros damos por sentado y que la gente de entonces no daba por sentado, ni hubiera podido hacerlo. Sólo un lector sin información podría malentender la palabra “lecho” de Marcos 2:4 en la versión Reina-Valera 1960. ¿Quién supondría que los amigos del paralítico bajaron una cama—cabecera, armazón, colchón— por la abertura que hicieron en el techo? La Versión Popular y la Reina-Valera 1995 eliminan algo de la confusión al emplear el término “camilla”. A menudo comparar traducciones es suficiente para evitar malentendidos basados en diferencias históricas y culturales. Sin embargo, el abismo histórico y cultural entre aquella época y la actual no es la mayor dificultad al interpretar la Biblia.

Contexto literario. Supongamos que alguien que no habla nues­tro idioma señala el animal que llamamos “perro” y dice una palabra que no reconocemos. ¿Podemos suponer que está diciendo “perro” en su idioma? Tal vez. Pero, quizá esté comentando sobre el olor, el color o el carácter del perro. Tal vez esté mencionando el nombre del perro, su raza o el nombre de su dueño. Es difícil saberlo a menos que conozcamos otras palabras en su idioma.

Las palabras rara vez se utilizan en forma aislada. Las palabras que las anteceden y las que las siguen, proveen el contexto literario en el que se lleva a cabo la interpretación. Sabemos lo suficiente sobre los tiempos bíblicos para comprender que los autores bíblicos no uti­lizaron la palabra “perro” para referirse a un automóvil viejo. Pero, ¿cómo sabemos qué quisieron decir?

Por medio de la investigación histórica y cultural podemos apren­der cómo otros autores de la antigüedad utilizaron la palabra “perro”. Sin embargo, el contexto histórico nos puede decir sólo cuáles fueron los significados posibles (o imposibles) en cierto período o en cierta cultura. Solamente el uso de una palabra en un contexto literario par­ticular nos dice cuál significado posible es el más probable. La versión Reina-Valera 1995 presenta una traducción muy literal del hebreo en Deuteronomio 23:18: “No traerás la paga de una ramera ni el precio de un perro a la casa de Jehová, tu Dios”. El paralelismo obvio entre “ramera” y “perro” guió correctamente a los traductores de la Nueva Versión Internacional (NVI), quienes hicieron una traducción inter­pretativa: “Ningún hombre o mujer de Israel se dedicará a la prosti­tución ritual. No lleves a la casa del Señor tu Dios dineros ganados con estas prácticas” (23:17-18). Sin embargo, el lector promedio de la NVI no conocerá el lenguaje colorido que se encuentra en el original.

Sabemos que no es lo mismo “Montenegro” (apellido) que un “monte negro”. Asimismo, no es lo mismo hablar de un “alto digna­tario” que de un “dignatario alto”. No podemos tomar las palabras de la Biblia, ponerlas dentro de un gran sombrero, revolverlas y echarlas sobre una mesa, y esperar que comuniquen el mismo men­saje que tienen en su arreglo presente. El significado preciso de las palabras —su denotación y connotación— lo determina el contexto.

Etimología

Saber que “lata” es un envase de hojalata no nos ayuda a enten­der lo que quiere decir una persona al afirmar: “Hoy Roberto llevó su lata al trabajo otra vez”. Prestar atención al contexto de estas pala­bras nos ayudará a entender si Roberto llevó una lata de atún para su almuerzo o si utilizó un automóvil viejo para llegar a su trabajo. El significado de las palabras lo determinan el contexto y las con­venciones o normas que comparten las personas, y no la etimología.

La etimología es el estudio del origen de las palabras. El origen del término “cínico”, derivado de la palabra griega para “perro”, casi no nos dice nada sobre su significado. El término “diente de león”, nom­bre de una mala hierba, es traducción del francés. Pero, dicha informa­ción no nos ayuda a entender el significado del término por completo.

Mi nombre, George, viene de una palabra griega que significa “granjero”. Pero, fue sólo coincidencia que me haya casado con una mujer llamada Terre, cuyo nombre en latín y en francés significa “tie­rra”. ¿O quizá no lo fue?

Se ha dicho a veces que el término griego para iglesia está com­puesto de dos palabras que significan “llamados”. Sin embargo, esa información histórica es casi irrelevante para entender cómo se usó esa palabra en los tiempos bíblicos. Para la mayoría de los que habla­ban griego, simplemente significaba “asamblea” o “reunión de per­sonas”. Pero, los judíos que hablaban griego, al traducir la Biblia comprendieron el término como “el verdadero pueblo de Dios”.

La mayoría de las palabras tienen una historia. Sin embargo, no debemos suponer que una palabra en una frase en particular signifi­ca todo lo que ha significado a través de la historia. No, el significa­do lo determina el uso convencional en un contexto particular en cuanto al tiempo y dentro de un cuerpo particular de literatura.

Entonces, ¿qué objetivo tiene toda esta discusión sobre caninos, latas, convención, conceptos, comunicación y contexto? Y, en particu­lar, ¿cómo se relaciona esto con nuestro estudio de la santidad?

Santidad Bíblica

Los significados de “santidad” y de los términos relacionados que se usan en la Biblia son, como toda palabra, simplemente con­vencionales. El concepto bíblico de santidad es más categórico que cualquier otra palabra que se usa para describirla. El término en sí no es sagrado.4 Después de todo, los autores bíblicos utilizaron palabras en hebreo y griego que eran diferentes a nuestras palabras en espa­ñol. Lo que importa no es la palabra sino su significado. Si la palabra "santidad” no nos comunica este significado, o no lo comunica a nuestros oyentes, debemos encontrar otros términos que describan más adecuadamente el significado del concepto bíblico.

Sin embargo, antes de abandonar una buena palabra, tenemos que entenderla nosotros y ser capaces de comunicar su significado a otros. El significado bíblico de santidad debemos descubrirlo por medio de un estudio cuidadoso de la Biblia misma. No olvidemos que los wesleyanos reconocemos cuatro fuentes principales de autoridad doctrinal: la Biblia, la tradición cristiana, la experiencia y la razón. No obstante, también insistimos en que lo que no se encuentra en la Escritura, no debemos convertirlo en artículo de fe. La Biblia tiene que ser el fundamento para toda doctrina bíblica de santidad. La teología bíblica distingue entre lo que enseña la Biblia y lo que depende de otras autoridades. No podemos empezar a desarrollar nuestra propia teología de santidad y luego recurrir a la Biblia en busca de textos que parezcan apoyar nuestras opiniones personales, y aún así, afirmar que predicamos la santidad bíblica. La doctrina bíblica de la santidad debe descubrirse en forma inductiva, no deductiva. Es decir, se debe basar en generalizaciones derivadas de una amplia variedad de pasajes bíblicos específicos. No es correcto comenzar con nuestras conclusio­nes doctrinales y buscar textos bíblicos que las validen.

Por medio de una cuidadosa selección y organización de los pasajes, es posible afirmar que existe base bíblica para casi cualquier opinión, no importa cuán verdadera o falsa sea. Las sectas han demos­trado que es posible probar casi cualquier idea por medio de este método. No podemos imponer nuestras conclusiones teológicas acer­ca de la santidad bíblica y honestamente declarar que la Biblia es la fuente de nuestra fe y práctica. Lo que dice la Biblia no es la última palabra en nuestra teología; es la primera palabra. Lo que dice la Biblia debe interpretarse y aplicarse. La tradición, la experiencia y la razón inevitablemente contribuirán a nuestra teología, pero no deben pasar por alto las claras enseñanzas de la Escritura.

Terminología de Santidad

Para definir la “santidad bíblica” debemos comenzar con las palabras. Sin embargo, esto es sólo el principio. Para entender el significado preciso de las palabras, debemos estudiarlas en sus diversos contextos bíblicos. Las palabras “santidad” y “santo” provienen del latín. Las mismas palabras en inglés —holiness y holy— provienen de las raíces germánicas (anglosajonas) del idioma inglés. En el inglés antiguo esos términos comunicaban la idea de estar “sano” o “salu­dable”. “Santificar” y “santificación” provienen del latín. El verbo latín sanctificare significa “hacer sagrado algo”, es decir, “apartarlo para el servicio de los dioses”.

Las palabras hebreas y griegas básicas que se traducen en los términos mencionados, pertenecen a las mismas familias de pala­bras.5 En el Antiguo Testamento hebreo, el sustantivo abstracto qodesh por lo general se traduce “santidad”. Al usarlo en contraste con lo “profano” o “común”,6 sugiere que su naturaleza esencial es “aque­llo que pertenece a la esfera de lo sagrado”.7 Por lo tanto, hablar del “Santo” (utilizando el adjetivo qadosh como sustantivo) es referirse a Dios. El verbo hebreo qadash significa “hacer santo” o “santificar”.

Al templo se le llama miqdash, el “lugar santo” o “santuario”. Aunque parezca extraño, el término hebreo qadesh, de este mismo grupo de palabras, se refiere a prostitutos y prostitutas del templo.8 Desde la perspectiva cananea, éstos eran sacerdotes y sacerdotisas apartados para la adoración del dios Baal y su madre-consorte, Asera, a quien ellos llamaban “Santidad”. Desde la perspectiva israe­lita, esos “hombres y mujeres santos” de las idólatras religiones de la fertilidad en Canaán, estaban muy lejos de la rectitud moral. Su “san­tidad” consistía exclusivamente en la devoción total a sus dioses per­versos. Su moral corrupta era igual a la de las deidades que servían.

Dados los diferentes contextos literarios de estos términos hebre­os, sería incorrecto traducirlos con las mismas palabras, a pesar de su origen común. En el Nuevo Testamento, la palabra “santidad” gene­ralmente es la traducción de hagiasmos. Esta palabra se deriva del adjetivo hagios, que significa “santo”. Por lo tanto, santidad es la cali­dad o estado de ser santo. Ser santo es ser “apartado” o “único”.

“Santificación” es la traducción del término griego hagiosyne. El sustantivo, también derivado de hagios, se refiere al acto o proceso por el cual alguien es hecho santo o reconocido como tal. La forma plural del adjetivo hagios llega a ser el sustantivo hagioi, que por lo general se traduce “santos”. Obviamente se refiere al “pueblo santo”. Por lo tanto, el verbo hagiazo se traduce como “santifico” o “hago santo”.

La Escritura se refiere a Dios como “santo” por dos razones. Primero, por lo que los teólogos identifican como la trascendencia de Dios. Es decir, El es completamente distinto de su creación. Solo El es el Creador; todo lo demás que existe es su creación. El es único; sólo un Dios. Segundo, Dios es justo y amoroso de una forma sin igual al tratar con sus criaturas. Es decir, El es santo en su ser y con­ducta.

Solamente Dios es santo en forma tal que su santidad no deriva de otra fuente. Las personas pueden ser santas en sentido derivado, porque pertenecen a Dios, el Santo. “Yo soy Jehová que os santifico” (Éxodo 31:13; Levítico 22:32). “Yo soy Jehová, vuestro Dios. Vosotros por tanto os santificaréis y seréis santos, porque yo soy santo...Yo soy Jehová, que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, porque yo soy santo” (Levítico 11:44-45; véase 19:2). “Santificaos, pues, y sed santos, porque yo, Jehová, soy vuestro Dios” (20:7). “Habéis, pues, de serme santos, porque yo, Jehová, soy santo, y os he apartado de entre los pueblos para que seáis míos” (v. 26). Se espera que el pueblo de Dios se conduzca de una forma que esté de acuerdo con el llamado especial a conocerlo a El y a darlo a conocer. “Así como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir, porque escrito está: Sed san­tos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:15-16).

Teología Bíblica

Debido al gran número de referencias bíblicas relacionadas con la santidad es imposible estudiarlas todas aquí. Por lo tanto, ¿cómo procederemos? ¿Cómo establecemos la base bíblica para la doctrina de santidad? A veces los que enseñamos esta doctrina la hemos pues­to en ridículo por predicar la entera santificación con textos inade­cuados. “La hemos predicado basándonos en pasajes donde no exis­te”. No es razonable esperar que cada pasaje que utiliza la palabra “santidad” o “santificación” enseñe todos los aspectos de la doctrina de santidad o se refiera a una segunda obra de gracia.

Consideremos Juan 17:19, por ejemplo. Jesús, en su oración sumo sacerdotal, dice: “Yo me santifico a mí mismo”. Nadie podría enten­der esto como una declaración de que El se limpia a sí mismo del pecado original o que se llena con el Espíritu Santo. No suponemos que la santificación de Jesús haya sido una segunda obra de gracia, subsecuente a su conversión de una vida de pecado. En este versícu­lo, la autosantificación de Jesús se refiere a la paradoja de estar en el mundo sin ser del mundo (vv. 11-14). En forma positiva, se refiere a su firme compromiso con la misión para la que el Padre lo envió al mundo (véase vv. 3, 8, 18, 23, 25, 26). Jesús no eludiría la tarea de dar a conocer plenamente el amor de Dios, aunque eso significara su muerte en la cruz. La oración de Jesús por la santificación de sus dis­cípulos (y por los que creerían debido a ellos), en el versículo 17, debe entenderse de la misma manera. Por lo menos, la santidad debe invo­lucrar un compromiso incondicional con la costosa misión redentora de Dios —un compromiso que hacemos por la gente del mundo, pero sin transigir ante los valores del mundo.

Este pasaje no cubre completamente todo lo que la Biblia dice sobre la santidad, pero no podemos afirmar que predicamos la “san­tidad bíblica” a menos que incluyamos lo que se enseña aquí. Negarnos a predicar la santidad “en base a pasajes donde no se encuentra”, no implica restringirnos a aquellos pasajes en que apare­ce explícitamente la terminología de santidad. El contenido esencial de la santidad bíblica se puede encontrar en sustancia en pasajes en donde ninguno de estos términos aparece. Este no es simplemente el punto de vista de alguien que predica la santidad. Es evidente que los términos “santidad” y “santificación” están ausentes en la carta de Pablo a los Gálatas. Pero allí habla de la libertad de la esclavitud del pecado que resulta al caminar de acuerdo con el Espíritu Santo.

En un libro que publicó recientemente una editora de tradición reformada, William M. Ramsay escribe: “Gálatas no trata de ‘la justi­ficación por la fe’, como Lutero y sus seguidores han creído a través de los siglos. Trata de la santificación por la fe. No enseña cómo alguien recibe el perdón de los pecados. Enseña cómo debe vivir uno cuando ha recibido ese perdón inicial”.9 Lo categórico no es la termi­nología, sino el significado de los términos. La santidad es una enseñanza bíblica fundamental. Sin embargo, “todo el tenor de la Escritura” proclama la santidad bíblica; no lo hace sólo un pasaje o una interpretación personal de la Escritura.

Transición

Si comenzáramos nuestro estudio de la santidad con la Biblia, no con la teología favorita de alguien —ni la nuestra ni la calvinista ni la carismática ¿cuál sería el resultado? Y, ¿en qué sección de la Biblia comenzaríamos?

Podríamos comenzar en Génesis y leer toda la Biblia hasta Apocalipsis. Sin embargo, una concordancia nos ahorraría tiempo, indicándonos dónde aparecen en la Biblia los términos “santidad”, “santificar”, “santificación” y otros términos relacionados. Esto nos permitiría ver cuántos de estos pasajes utilizan los términos en con­texto. Sin embargo, un total de aproximadamente 900 referencias no hace sencilla la tarea. Una mirada rápida a través de la concordancia revela que, en el Nuevo Testamento, la mayoría de las referencias a la terminología de santidad están en 1 Tesalonicenses. Si la terminolo­gía prueba algo, este libro debe ser un documento esencial en cual­quier explicación sobre el concepto bíblico de la santidad.

La frecuente y explícita terminología de santidad en esta breve epístola es digna de notar.10 Hay más referencias a “santidad” por centímetro cuadrado aquí que en cualquier otra parte de la Biblia. Puesto que el tiempo nos permite el lujo de realizar un estudio a fondo, 1 Tesalonicenses parece un lugar apropiado para comenzar. Por lo tanto, sin más demora, iniciemos un breve estudio de la santi­dad en la Primera Epístola de Pablo a los Tesalonicenses.



2

LA SANTIDAD

EN 1 TESALONICENSES

Panorama general

EL CONTEXTO HISTÓRICO DE

1 TESALONICENSES

Alrededor del año 50 a.C., durante el denominado segundo viaje misionero de Pablo, el apóstol llegó a Tesalónica desde Filipos por el gran camino militar llamado la Vía Ignacia. Las dos ciudades estaban localizadas en la provincia romana de Macedonia, en lo que hoy se conoce como el norte de Grecia. Estas ciudades traen a la memoria las hazañas que realizó cuatro siglos antes el famoso conquistador Alejandro Magno. Filipos fue nombrado en honor a su padre, Felipe; y Tesalónica, en honor a su hermanastra. En su visita, Pablo llegó con sus compañeros Silas y Timoteo (véase 1 Tesalonicenses 1:1, 5-8; 2:1-14; 3:1-6; Filipenses 4:16; Hechos 17:1-10; 18:5).

Pablo describe las circunstancias de su visita en 1 Tesalonicenses 2:1-2: “Vosotros mismos sabéis, hermanos, que nuestra visita a voso­tros no fue en vano, pues habiendo antes padecido y sido ultrajados en Filipos, como sabéis, Dios nos dio valor para anunciaros su evangelio en medio de una fuerte oposición”. Pablo le da sólo a Dios el crédito por el valor que le permitió predicar en tales circunstancias (véase 1:5 y 2:13). Por lo tanto, Dios fue responsable de que esos paganos gentiles se convirtieran en forma maravillosa de su anterior idolatría (1:9).

No sabemos de seguro por cuánto tiempo ministró Pablo entre los tesalonicenses. Pudo ser por unas semanas (véase Hechos 17:2), pero también pudo ser por varios meses. Durante su estadía, Pablo ejerció su oficio haciendo carpas (1 Tesalonicenses 2:9). Y, más de una vez la generosa iglesia de Filipos le envió ayuda financiera para apo­yar su misión en Tesalónica (Filipenses 4:16). Pablo se quedó allí suficiente tiempo como para establecer una afectuosa relación de confianza mutua con sus convertidos (1 Tesalonicenses 1:5-7; 2:6-8, 10-12, 19-20), pero no lo suficiente como para convencerse de que estaban listos para continuar solos cuando fue forzado a salir de la ciudad. La nueva congregación cristiana se desarrolló rápidamente y de manera gratificante, aun ejemplar Sin embargo, la oposición obligó a Pablo a salir prematuramente de esa ciudad (véase Hechos 17:5-10; 1 Tesalonicenses 2:14-16).

De Tesalónica, Pablo fue a Berea, de allí a Atenas y luego a Corinto, de donde probablemente escribió esta carta (véase Hechos 17:10—18:5; 1 Tesalonicenses 2:17—3:10). Es imposible saber cuánto tiempo transcurrió entre su salida y esta carta, pero deben haber sido sólo unas semanas o meses. Pablo escribe del estrés emocional que sufrió al tener que separarse de sus convertidos y al ver frustrados sus esfuerzos de regresar a Tesalónica.

En cuanto a nosotros, hermanos, separados de vosotros por un poco de tiempo, de vista pero no de corazón, deseábamos ardientemente ver vuestro rostro. Por eso quisimos ir a vosotros, yo, Pablo, ciertamente una y otra vez, pero Satanás nos estorbó...Por eso, no pudiendo soportarlo más, acordamos quedarnos solos en Atenas, y enviamos a Timoteo...para confirmaros y exhortaros respecto a vuestra fe, a fin de que nadie se inquiete por estas tribulaciones...Por eso también yo, no pudiendo sopor­tar más, envié para informarme de vuestra fe, pues temía que os hubiera tentado el tentador y que nuestro trabajo hubiera resul­tado en vano (1 Tesalonicenses 2:17-18; 3:1-3, 5).

La misión de Timoteo en Tesalónica fue un éxito rotundo. Su regreso y su reporte a Pablo sobre la perseverancia de los hermanos Como cristianos es lo que trata de inmediato Pablo en su primera Carta a los tesalonicenses.

Pero cuando Timoteo regresó, nos dio buenas noticias de vuestra fe y amor, y que siempre nos recordáis con cariño, y que deseáis vernos, como también nosotros a vosotros. Por eso, her­manos, en medio de toda nuestra necesidad y aflicción fuimos consolados al saber de vuestra fe. De modo que ahora hemos vuelto a vivir, sabiendo que estáis firmes en el Señor. Por lo cual, ¿qué acción de gracias podremos dar a Dios por vosotros, por todo el gozo con que nos gozamos a causa de vosotros delante de nuestro Dios, orando de noche y de día con gran insistencia, para que veamos vuestro rostro y completemos lo que falte a vuestra fe?

Pablo se regocijó por las noticias que Timoteo le dio acerca de la fidelidad de los tesalonicenses. Aunque sólo podía alabarlos como cristianos, aún le preocupaba que su fe fuera deficiente. El les envió la carta que conocemos como 1 Tesalonicenses como sustituto de una visita personal que tanto deseaba y pedía en oración. Parece razona­ble suponer que él escribió lo que les habría dicho en persona.

EL CONTEXTO LITERARIO DE

1 TESALONICENSES

La Primera Epístola a los Tesalonicenses es una carta que se escri­bió por un motivo especial. Pablo la escribió en respuesta a una situa­ción de la vida real. Es en verdad una carta, no sólo un tratado teológico que él envió. Tiene todas las características de las cartas que se escri­bían durante la época helenista y de las otras cartas de Pablo, pero con una excepción. Generalmente Pablo agradece a Dios por sus lectores después del saludo inicial, y luego continúa con los asuntos a tratar. Sin embargo, aquí el agradecimiento parece ser el asunto a tratar.

La sección de 1:2—3:13 está dedicada completamente a dar gra­cias a Dios por la fidelidad de estos nuevos cristianos (véase espe­cialmente 1:2-3; 2:13; 3:9). Aun cuando Pablo cambia en los capítulos 4 y 5, para animar y exhortar, su enorme gratitud por los tesaloni­censes es obvia.

LAS ENSEÑANZAS PRINCIPALES DE

1 TESALONICENSES

Las cartas de Pablo no son textos de teología. No hay secciones organizadas lógicamente que se dediquen a temas como la doctrina de Dios, antropología, hamartiología o soteriología. La teología que se encuentra en las cartas paulinas no es sistemática, sino pastoral, y responde a situaciones especiales. Pablo escribe como un pastor fun­dador preocupado por sus recién convertidos que necesitan ánimo.

Sin embargo, la teología pastoral es una teología real. Y, la teolo­gía que responde a situaciones a menudo es más pertinente para la vida diaria que las teorías especulativas que a veces llamamos teolo­gía. Además de enfocar su atención en la santificación, 1 Tesaloni­censes también enseña acerca de temas teológicos importantes como la elección divina y la escatología. (También hay una conexión cercana entre las tres doctrinas en 2 Tesalonicenses 2:13-15).

Elección

Los cristianos de la tradición de santidad tendemos a dejar de lado la doctrina de la elección divina. Como reacción a las excesivas afirmaciones del calvinismo clásico, le damos poco énfasis a esta sig­nificativa verdad bíblica. Necesitamos que se nos recuerde, como lo hace la doctrina de la elección, que es el llamado de la gracia de Dios el que hace posible que seamos contados entre los salvados. Dios toma la iniciativa en la salvación. La doctrina de la elección nos recuerda claramente que no somos nosotros los que escogemos hacernos cristianos cuando queramos, en nuestros propios términos. Nos recuerda que la conversión y la entera santificación —de hecho, todo lo que Dios hace en nuestras vidas— no son metas, sino voca­ciones, llamados. La vida cristiana es un peregrinaje en el que toma­mos parte sólo por invitación. Tal vez comience con un momento de crisis, tal como el dejar los ídolos, pero servir a Dios es necesaria­mente un proceso (véase 1 Tesalonicenses 1:10).

La fe no es un fin en sí mismo. No nos convertimos simplemente para convertimos. Somos llamados a vivir sobre la base de la nueva relación con Cristo. La doctrina de la elección nos recuerda también que la fe sola en la oferta de Dios para salvación no es suficiente. Si no fuera por el llamado de Dios, nunca podríamos responder con fe. Si no fuera por su gracia, nuestro arrepentimiento nunca resultaría en perdón. La salvación no depende de nosotros. No es nuestro arre­pentimiento el que nos salva. No es nuestra fe la que nos salva. No es nuestra obediencia la que nos salva. Es Dios quien nos salva.

Entonces, ¿por qué escuchamos tan poco sobre la doctrina de la elección en nuestras iglesias? A diferencia de algunas tradiciones cris­tianas, las iglesias de la tradición wesleyana arminiana están convenci­das de que la elección divina no es efectiva por sí sola. Dios no escoge salvar a algunos y excluir a otros. Creemos que su llamado se extiende a todos, y cualquiera que responda fielmente a su llamado será salvo. Si no fuera por su llamado, nadie podría llegar a ser cristiano. Sin embargo, tristemente, hay algunos a quienes Dios llama que no acep­tan su elección, no le sirven en el oficio para el cual El los eligió, y rehúsan vivir como es digno del llamado de Dios. Y, algunos que responden al comienzo, más tarde se alejan por una razón u otra. Jesús lo expresó así: “Pues muchos son llamados, pero pocos escogidos” (Mateo 22:14).

Es difícil pasar por alto el énfasis que hace Pablo en la doctrina de la elección al describir la evidencia impresionante de la conversión de los tesalonicenses a Cristo. “Sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido...porque cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes” (1 Tesalonicenses 1:4; 2:13).

Su fidelidad fue más impresionante aún porque sabían que vivir como cristianos en un ambiente hostil no sería fácil. Ellos sabían de los sufrimientos de Pablo (2:2). Además, él les había advertido que ellos también sufrirían por su fe (3:3-4). La forma en que soportaron el sufrimiento los hizo imitadores de Pablo y sus colegas, de las igle­sias de Judea y del mismo Señor Jesús (1:5-6; 2:14-15). Aún más, los hizo ejemplos de perseverancia para los creyentes en Macedonia y Acaya (1:7-10). Acaya era la provincia romana en el sur de Grecia, en donde estaban localizadas las iglesias de Corinto y Cencrea (Roma­nos 16:1) que Pablo había fundado.

La celebración de Pablo por estas expresiones tangibles de la elección de los tesalonicenses y su fe cristiana vital fue lo que inspiró su acción de gracias a través de tres capítulos. “Recordamos ante nuestro Dios y Padre la prueba práctica de vuestra fe, el trabajo moti­vado por vuestro amor, y la perseverancia inspirada por vuestra esperanza en nuestro Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 1:3, paráfrasis del autor; véase también 5:8, en donde la conocida tríada de fe, esperanza y amor aparece nuevamente; Cf. Romanos 5:1-5; 1 Corin­tios 13:13; Gálatas 5:5-6; Colosenses 1:4-5). Su fe, esperanza y amor demostraban su elección divina (véase 1 Tesalonicenses 1:4). En 1:5-10, Pablo ofrece dos pruebas más de su elección: Primero, el carácter de la proclamación del evangelio que realizaba él (v. 5), y segundo, el carácter de la respuesta de ellos al evangelio (vv. 6-10). En 2:1-16, él describe más ampliamente estas pruebas en el mismo orden, esta vez dando mayor atención a su propio carácter (vv. 1-12) y refiriéndose más brevemente al de ellos (vv. 13-16).

Pablo no criticó en manera alguna la conducta cristiana de los tesalonicenses, aunque recién se habían convertido del paganismo; sólo los elogió. Tuvo especial cuidado de animarlos a continuar viviendo como lo estaban haciendo.

Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos...que, de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene con­duciros y agradar a Dios, así abundéis más y más...Acerca del amor fraternal no tenéis necesidad de que os escriba, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios que os améis unos a otros; y también lo hacéis así con todos los hermanos que están por toda Macedonia. Pero os rogamos, hermanos, que abundéis en ello más y más...Por lo cual, animaos unos a otros y edificaos unos a otros, así como lo estáis haciendo...Pero vosotros, herma­nos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas (1 Tesalonicenses 4:1, 9-10; 5:11, 4-5).

En ninguna forma la conversión de los tesalonicenses fue defi­ciente. Eran cristianos genuinos, aun ejemplares. Sin embargo, a pesar de la confianza de Pablo en ellos, les envió a Timoteo, “nuestro hermano, servidor de Dios y colaborador nuestro en el evangelio de Cristo” (3:2; véase 2 Pedro 1:10).

Pablo consideró posible que los tesalonicenses perdieran la fe y se alejaran de Dios, a pesar de que El los había elegido y que la conversión de ellos había sido genuina.

Escatología

La preocupación de Pablo de que los tesalonicenses pudieran perder la fe no se debía a lo inadecuado de su conversión, sino a lo contingente de la salvación. La salvación no es sólo un evento pasa­do y una experiencia presente, sino también una expectativa futura.

…os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resuci­tó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera...Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día...Pero no­sotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de la fe y del amor, y con la esperanza de salvación como casco. Dios no nos ha puesto para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que vigilemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él (1 Tesalonicenses 1:9-10, 5:5, 8-10).

Los cristianos viven “entre los tiempos”. La muerte de Cristo en el pasado hace posible la salvación para todos. Para hacer que la sal­vación sea personal, El invita a la gente a dejar su vida de pecado para iniciar una vida de santidad y servicio a Dios. Aquellos que aceptan su invitación en el presente, ya viven con El como hijos de ese día futuro cuando la salvación será completa. Sólo entonces los creyentes estarán “siempre con el Señor” (4:17; véase 2 Tesalo­nicenses 2:13-15). Mientras tanto, son llamados a vivir “como es digno de Dios, que [les] llamó a su Reino y gloria” (1 Tesalonicenses 2:12). La salvación, en el sentido más pleno, es una esperanza futura—algo que recibiremos si permanecemos fieles en el presente.

Pablo discute aspectos de la escatología (la doctrina de las últi­mas cosas) tales como la segunda venida de Cristo, la resurrección de los muertos, y el juicio final. Pero no lo hace simplemente para satis­facer la curiosidad de sus lectores. La escatología describe la meta última de la elección: la salvación final. El llamado de Dios a la sal­vación en el pasado y el prospecto del juicio divino en el futuro son motivaciones importantes para vivir en santidad en el presente. La elección y la escatología nos motivan a preparamos para el “examen final” más importante de la vida.

Durante el último semestre en la universidad, experimenté el poder transformador de la confianza inmerecida a nivel humano. En ese tiempo estaba recién casado, tenía tres empleos y era estudiante de tiempo completo. Realmente tenía que hacer malabares con mi tiempo. Al acercarse el fin del semestre, era obvio que no podría ter­minar a tiempo una monografía importante. Una conversación de último momento con el profesor sólo profundizó mi desesperación. Le mostré la investigación y el trabajo preliminar que había realizado para la monografía. Pero, aún necesitaba varios días de trabajo para terminarla, y sólo tenía algunas horas disponibles. Puesto que for­maba parte de la clase graduanda, la fecha de entrega de las califica­ciones era más temprano de lo que yo esperaba. A pesar de las noches sin dormir y los días intensos, la fecha de entrega llegó y pasó, y la monografía aún estaba incompleta. El día después de la entrega de las calificaciones, tímidamente toqué a la puerta de la oficina del pro­fesor Woodruff, preparado para aceptar lo peor. Le pregunté qué cali­ficación me había dado por mi clase incompleta. El dijo: “Yo sé que terminarás la monografía y que harás un buen trabajo. Por lo tanto, te di la nota máxima”. ¡La nota máxima! Quedé asombrado. Emocio­nado. ¡Me sentí capaz de hacer lo imposible! La generosa expresión de confianza del profesor no me permitiría darle sino la mejor mono­grafía que hubiera escrito. Y lo fue, no por mi esfuerzo, sino porque su consejo y sus altas expectativas me permitieron hacer algo que de otra manera hubiera sido imposible.

Con esto no estamos diciendo que los cristianos de alguna forma obtienen la salvación como en un plan de crédito: “Compre ahora y pague después”. Nunca podremos merecer el llamado de la gracia de Dios. Permanecemos indignos, pero su llamado nos transforma en personas que nunca podríamos ser sin alinear nuestra vida con sus ambiciosos planes para nosotros. Vivir como es “digno de Dios” es vivir ahora en una manera que esté de acuerdo con nuestro destino futuro. Es llegar a ser lo que sólo la gracia de Dios hace posible. Es estar “genuinamente santificado”.1 Sin embargo, la doctrina de la escatología es un recordatorio importante de que el tiempo de las oportunidades se acabará tarde o temprano. También es un recorda­torio de que sólo en el cielo habrá terminado nuestro tiempo de prue­ba y nuestro destino estará sellado para vivir eternamente con el Señor. Aquellos cuya doctrina de la “seguridad eterna” los guía a declarar: “Una vez que soy salvo, siempre seré salvo”, en parte tienen razón. El problema es: No seremos salvos en ese sentido escatológico sino hasta que escuchemos el sonido de las puertas de perla cerrán­dose detrás de nosotros.

Santidad

La doctrina de la santificación, como la presenta 1 Tesalonicenses, está íntimamente relacionada con las doctrinas de elección y escato­logía. Un Dios santo llama a los creyentes a vivir en santidad como preparación esencial para la vida eterna con El. Esto lo vemos cla­ramente en la primera carta de Pablo, en sus dos oraciones por la santificación de los tesalonicenses. Entre estas oraciones, Pablo los exhorta a permitir que Dios los santifique.

Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros. Que El afirme vuestros corazones, que os haga irre­prochables en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la veni­da de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos. Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús que, de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os convie­ne conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más. Ya sabéis las instrucciones que os dimos por el Señor Jesús. La voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartéis de for­nicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor, no en pasión desordenada, como los genti­les que no conocen a Dios; que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano, porque, como ya os hemos dicho y testificado, el Señor es vengador de todo esto. Dios no nos ha llamado a inmundicia, sino a santificación. Así que, el que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo. Acerca del amor fraternal no tenéis necesidad de que os escriba, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios que os améis unos a otros; y también lo hacéis así con todos los hermanos que están por toda Macedonia. Pero os rogamos, hermanos, que abundéis en ello más y más. Procurad tener tranquilidad, ocupándoos en vuestros negocios y trabajando con vuestras manos de la manera que os hemos mandado, a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera y no tengáis necesidad de nada...Que el mismo Dios de paz os santifi­que por completo; y todo vuestro ser —espíritu, alma y cuerpo—, sea guardado irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará (3:12— 4:12; 5:23-24).

RESUMEN

Es imposible demostrar, sólo en base a 1 Tesalonicenses, todo lo que las iglesias de santidad han declarado sobre la entera santifica­ción. Sin embargo, ni Wesley ni los wesleyanos han afirmado jamás que su teología se base exclusivamente en este pasaje o algún otro. La experiencia, la tradición y la razón son fuentes de apoyo esenciales de esta y cualquier otra doctrina cristiana.

La Biblia dice mucho más de la santidad aparte de lo que encon­tramos en 1 Tesalonicenses. Pero, en esta epístola hay más apoyo para la doctrina wesleyana de la entera santificación. Aunque es mucho lo que podríamos decir, mencionaremos algunas enseñanzas evidentes al tomar como base esta carta:

1.    La santificación es algo que Dios desea realizar en la vida de los creyentes. Dios llama a los creyentes a vivir en santidad y pode­mos confiar que, por medio de su don del Espíritu Santo, El provee­rá la capacidad para cumplir lo que requiere su llamado. Dios no se contenta con que los paganos simplemente lleguen a ser creyentes. El quiere que dejen la vida vieja y demuestren su nueva lealtad a El. Dios quiere que los creyentes sean santificados. “Dios...desea que el estado de santidad que El nos da a través de la obra redentora de Cristo, se exprese en una calidad de vida que refleje su carácter y voluntad”.2 La santidad en el presente es un requisito esencial para el futuro glorioso que Dios ha planeado para su pueblo santo.

2.    Sin embargo, la santificación no es automática, como si Dios la realizara sin la cooperación y la autodisciplina humanas. Los cre­yentes deben aprender a controlarse. Aquellos que permiten que Dios los santifique, lo agradan a El y hacen la voluntad divina. Ellos están libres de culpa ante Dios. Aquellos que rechazan su llamado a la santidad, se alinean para recibir el castigo divino. David Peterson declara que la santificación es primordialmente otra manera de refe­rirse a “la conversión cristiana y la incorporación a la comunidad de creyentes”. El sostiene que “ser limpiado del pecado y apartado para el servicio de Dios...conlleva la obligación de reflejar la santidad de Dios en cada aspecto de nuestra vida”.3 Considera que, bíblicamente, es incorrecto referirse a una experiencia conmovedora de “renova­ción y rededicación al Señor y a su servicio” como santificación.4 Los wesleyanos estarían de acuerdo en que la conversión es una obra divina genuinamente santificadora, pero añadirían que es santifica­ción inicial; es sólo el comienzo. Si la vida de santidad fuera el resul­tado inevitable de la conversión cristiana, no comprenderíamos la mayor parte de 1 Tesalonicenses. ¿Por qué le preocupaba a Pablo que creyentes genuinamente convertidos pudieran perderse? ¿Por qué envió a Timoteo en su misión para afirmar a los tesalonicenses en su fe? ¿Por que oró por la santificación de ellos? ¿Por qué los exhortó a vivir en santidad? Es evidente que las decisiones humanas y el com­promiso son condiciones esenciales de la continua obra santificadora de Dios en la vida de los creyentes. Creer esto no es apoyar un punto de vista “centrado en lo humano”, de “progreso y crecimiento”, como parece indicar Peterson.5

3.    Un solo momento santificador no es suficiente. El crecimien­to en la santificación implica un proceso continuo. Esto requiere la cooperación continua de los creyentes, como lo indican las repetidas exhortaciones a que “abundéis en ello” y “más y más”. La oración de Pablo para que Dios los santifique “por completo” (1 Tesalonicenses 5:23) no puede entenderse de otra manera. Peterson correctamente afirma que “santidad siempre significa empezar de nuevo, recono­ciendo cada día nuestro estado como pueblo santo de Dios y viviendo como tal”. Sin embargo, también significa “ser formados más y más por la totalidad de la gracia que recibimos en Jesucristo —estamos siendo ‘glorificados”.6 Pero Peterson (erróneamente, en mi opinión) concluye que la referencia de Pablo a la “entera santificación”, en el versículo 23, habla de “la consumación de la obra santificadora de Dios”, es decir, la “glorificación” de los tesalonicenses.7 La lógica del texto contradice su afirmación de que la “entera santificación” debe equipararse con “el momento cuando veamos a Dios cara a cara”.8 La evidencia bíblica apoya la distinción que hacen los wesleyanos entre la santificación inicial, la entera santificación y la santificación final.

4.    El Señor es la Fuente del continuo “incremento y desborda­miento” de amor en la vida de los creyentes santificados. “La mayo­ría de los comentaristas…debido al uso de terminología de santidad en 1 Tesalonicenses 3:13; 4:3, 4, 7; 5:23, dan por sentado que aquí se ve un proceso de santificación después de la conversión”.9 Esta es la marca distintiva de la vida de santidad: crecimiento, avance hacia la madurez, y progreso en la vida cristiana, particularmente en cuanto al “amor”. El amor siempre creciente es “el medio” por el que los cris­tianos son hechos “irreprochables en santidad delante de Dios” en el centro mismo de su ser.10 Este “fortalecimiento interno del corazón en amor...es el secreto de la verdadera santidad. Ser irreprochable ante Dios está muy ligado con el vivir en amor, porque el amor influye en los pensamientos, los deseos, la motivación y la conducta”.11 El “amor y la santidad son dos formas relacionadas de ver la vida cris­tiana. La santidad se expresará primordialmente en amor, y el amor será el medio esencial por el cual se mantendrá la santidad”.12 El amor no debe confundirse con la “lascivia apasionada” de los paga­nos. De hecho, Pablo tiene cuidado de recalcar que la santificación involucra el ejercicio disciplinado de la sexualidad.13 Es evidente que el amor es más que un sentimiento. Amar a otros es rehusar utilizar­los para fines egoístas o para tomar ventaja de ellos. Por el contrario, involucra el compromiso para vivir responsablemente en relación con los creyentes y los incrédulos. Aquellos que saben que Dios los ama de manera incondicional y que han consagrado sus vidas por completo a El, ya no viven para ellos mismos ni según los valores de este mundo pagano.

Después de esa afirmación teológica, Pablo dice que el carácter de los cristianos es fundamentalmente diferente al de los paganos debido al carácter de su Dios. Los paganos se comportan como lo hacen porque “no conocen a Dios”. La moral cristiana involucra vivir ‘Como es digno de Dios, que os llamó”, no sólo “a su Reino y gloria” en el futuro, sino a “santificación” en el presente (1 Tesalonicenses 4:5; 2:12; 4:7). Pablo insiste en que el Dios que llamó a los cristianos también los hizo dignos de su llamamiento y los capacitó para cumplir “todo propósito de bondad” (2 Tesalonicenses 1:11-12). “Nadie puede ser ‘irreprochable en santidad’ sin el amor que el Espíritu de Dios inspira y para el cual capacita”

5.    La actividad santificadora de Dios afecta todo el ser del cris­tiano,15 “todo vuestro ser —espíritu, alma y cuerpo”. Involucra una limpieza completa de todas las dimensiones de la vida (1 Tesaloni­censes 5:23). La santificación no puede restringirse a la motivación interna. Se expresa en la conducta externa y tangible. Pareciera reno­var el carácter y la conducta de los creyentes. Comienza en nuestros corazones, pero luego debe manifestarse en lo que hacemos con las manos. No está restringida a los aspectos religiosos de la vida huma­na; Pablo recalca la transformación contracultural que la santificación realiza en el área más secular de la vida ética: la conducta sexual de los creyentes. Peterson en forma especial declara que la oración de Pablo por la “entera santificación” de sus lectores, en el versículo 23, “no se emplea en la forma en que los prominentes maestros de santi­dad la han entendido”.16 El recalca que la “entera santificación’ no es un momento de crisis en el proceso de la maduración cristiana, como propusieron Wesley y otros”.17 Y que “la santificación aquí no es una segunda obra de gracia, aunque claramente tiene un aspecto presen­te y otro futuro”.18 La mayoría de los exponentes de la doctrina de santidad estarían en desacuerdo con Peterson al respecto; él en reali­dad no prueba estos puntos, sino que sencillamente los declara. Pero, podemos estar de acuerdo en que la oración de Pablo, en el versículo 23, reúne “las exhortaciones pastorales principales de la sección pre­cedente (4:1—5:22)”,19 que tiene que ver principalmente con “las normas éticas y la conducta”.20 Admitir que “Pablo está orando de manera resumida y general...para que se exprese por completo en sus vidas lo que significa ser el pueblo santo de Dios”,21 no es con­tradecir la enseñanza de las iglesias de santidad.

6.    Se espera que la santidad sea una realidad en la vida de los creyentes antes del regreso de Cristo. La frase “para22 la venida de nuestro Señor Jesucristo” no debe entenderse como una afirmación de que la santificación ocurre como resultado de la segunda venida o sólo al morir. Después de todo, Pablo ora para que los creyentes per­manezcan “irreprochables” en preparación para el fin, no “hechos irreprochables” debido a ese fin.23 Peterson recalca que la “obra divi­na” de la entera santificación “está asociada con el regreso de Cris­to”.24 La oración de Pablo en 5:23, para que los tesalonicenses sean guardados irreprochables, “continúa el énfasis de la primera parte del capítulo”. Según Peterson, los versículos 1-11 son la exhortación de pablo para que “sean sobrios y vivan en forma piadosa, porque ‘el día del Señor’ está cerca”. En el versículo 23, Pablo ora para que Dios haga eso posible. Sin embargo, contrario a lo que dice Peterson, ¿acaso no sugiere esto que la oración de Pablo debe ser respondida antes de la segunda venida? Si la entera santificación es el requisito para la glorificación, y no su equivalente, Pablo debe esperarla en este mundo y no en el mundo venidero.

Conclusión

Aunque estamos persuadidos de que el concepto de santificación que sostienen los wesleyanos y el movimiento de santidad es cohe­rente con una lectura objetiva de 1 Tesalonicenses, la honestidad nos compele a admitir que es posible tener otras interpretaciones. Los wesleyanos no deben titubear para referirse a su doctrina distintiva como “santidad bíblica”. No se basa en un libro ni en un texto bíbli­co, sino en todo el tenor de la Escritura. Cualesquiera que sean los aspectos que incluya el mensaje de la “santidad bíblica”, debe incluir el desafío de 1 Tesalonicenses. Dios espera integridad moral de su pueblo, porque El ha dado su Santo Espíritu a fin de darles el poder para vivir en este mundo ejemplarmente, a la semejanza de Cristo, mientras se preparan para el mundo venidero.

Los siguientes capítulos están basados en una amplia gama de textos bíblicos. En ellos no pretendemos tratar en forma exhaustiva el mensaje wesleyano ni todo lo que la Biblia tiene que decir sobre el tema de la santidad. Nuestro objetivo es más modesto. Son intentos, desde una perspectiva wesleyana personal, para recordarles, a aque­llos que están de acuerdo con esta tradición, las implicaciones prácti­cas de la santidad en la vida diaria.



3

EL SANTO AMOR DE DIOS

Ezequiel 36:22-32

 

INTRODUCCIÓN

El Domingo de Ramos es el primero de ocho días que tradicio­nalmente llamamos Semana Santa. ¡Qué nombre tan inadecuado!

Todo comenzó con un desfile bullicioso en el que hubo burros, niños que gritaban y ramas de palma que la gente agitaba. Para muchos era un llamado abierto a la revolución. Después ocurrió el desagradable encuentro con los guardias del templo. Imagine el caos: monedas que caían de las mesas volcadas, ovejas asustadas que co­rrían para ponerse a salvo, palomas que volaban de jaulas que se abrían al caer. Puede estar seguro de que a los soldados romanos, que observaban desde sus puestos en la fortaleza Antonio, no les pareció divertido. Tampoco a los sacerdotes aristócratas. Tal vez sus rivales, los fariseos, estaban en lo correcto acerca de este perturbador galileo.

¿Semana Santa? Más bien fue una semana de intrigas, en la que los políticos religiosos hicieron un trato secreto con uno de los discí­pulos de Jesús.

¿Semana Santa? Más bien fue una semana ocupada, llena de pre­parativos apresurados para conseguir un aposento alto privado en donde celebrar la última cena de Pascua con los amigos. Sin embar­go, la cena especial se tornó extraña cuando los arrogantes discípulos rehusaron rebajarse a realizar una tarea de siervo, pero necesaria: la de lavar pies sucios. Ellos dejaron que su Señor, ceñido sólo con una toalla, llevara a cabo personalmente la despreciable tarea. ¿Cómo podemos decir que fue una semana “santa”?

¿Semana Santa? ¿Acaso no escucha las fuertes protestas de los discípulos negándose a aceptar la advertencia de Jesús: “Uno de vosotros me va a entregar” (Mateo 26:21)?

“¡Oh, no! ¡Yo no! Los otros tal vez. ¡Pero no yo!”

¿Semana Santa? ¿No escucha la angustiada oración en el huerto de Getsemaní? “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero...” (Mateo 26:39). ¿Acaso no escucha el suspiro de aflicción cuando Jesús encontró a sus discípulos durmiendo otra vez, cuando deberían estar orando?

Después siguieron el beso de Judas, las antorchas, la guardia del templo, las espadas y la confusión masiva. Promesas quebrantadas, deserción total, juramentos y negaciones. ¿Conducta santa?

¿Semana Santa? ¿Con un tribunal improvisado e ilegal, y hasta testigos falsos? Una turba controla la situación, mientras que un polí­tico débil, cuya popularidad va declinando, procura conservar su puesto por algún tiempo más.

Burlas. La golpiza brutal. La ejecución horrorosa. El entierro apresurado. Discípulos acobardados que temen ser arrestados tam­bién. Lágrimas amargas. La confusa evaluación de tres años perdidos después de otro sueño no cumplido. Un discípulo expresó la desilu­sión de la mayoría: “Pero nosotros esperábamos que él fuera el que había de redimir a Israel” (Lucas 24:21). Esperanzas destruidas. Desesperación. Aun el reporte de un suicidio.

¡Y usted pensó que había tenido una mala semana!

Para entender esta extraña “Semana Santa”, vayamos a Ezequiel 36.

El Problema

Este pasaje es un recordatorio perturbador de que Dios tiene un problema. Y, nosotros somos el problema.

Sí, así es. El problema más difícil de Dios no es el mundo impío. Es la iglesia. No son los profesores y estudiantes de las universidades seculares. Son las personas de las llamadas universidades cristianas. No es la gente que duerme los domingos por la mañana después de sus fiestas de la noche anterior. Es la gente que llena las bancas de las iglesias cristianas alrededor del mundo domingo tras domingo. No son los estudiantes que inventan excusas débiles para no ir a la capilla, y logran su objetivo, o aquellos que prefieren pagar multas en vez de asistir a la capilla. Nosotros somos el problema de Dios.

No es que Dio