CAPITULO DOS

Principios de la Iglesia en el Oeste Norteamericano

“Dios nos ha llamado a ayudar en la cristianización del cristianismo.” ¿Le parece esto la expresión de algún predicador joven y fanático? De ninguna manera; son las palabras de un ministro quien sirvió como evangelista, pastor, y superintendente de distrito por 37 largos años.

Se llamaba Phineas F. Bresee. Durante esos años de ministerio sus convicciones sobre la doctrina wesleyana de la entera santificación se profundizaron y arraigaron. Pero la actitud hostil a su mensaje y presentación diná­micos de esta doctrina, y a los avivamientos espirituales que venían como resultado, lo obligaron a lanzarse al ministerio fuera de la Iglesia Metodista Episcopal.

A principios de 1894, se le pidió al Dr. Bresee que aceptara el pastorado de la Misión Peniel en Los Ángeles, California. “Por muchos años había abrigado el deseo,” dijo después, “de tener un lugar en el corazón de la ciudad para transformarlo en un centro de fuego santo donde pudiera predicar el evangelio a los pobres.”

Pero el obispo y su gabinete rehusaron permitirle conti­nuar con esta obra independiente y conservar al mismo tiempo sus relaciones con la conferencia anual.

Por fin, después de pasar toda una noche en medi­tación y oración, el Dr. Bresee solicitó al superintendente de distrito que lo colocara en la lista de ministros inac­tivos. Su petición se concedió. Después de otra noche de oración y meditación, el Señor le dio esta promesa: “Oíd palabra de Jehová, vosotros los que tembláis a su palabra: vuestros hermanos que os aborrecen y os echan fuera por causa de mi nombre, dijeron: Jehová sea glo­rificado. Pero él se mostrará para alegría vuestra, y ellos serán confundidos” (Isaías 66:5). Este versículo fue un mensaje del Señor que trajo consuelo y paz a su desolado corazón.

LA ORGANIZACION DE LA IGLESIA DEL NAZARENO

Después de servir como pastor de la misión Peniel por un año, una nueva puerta se abrió para el Dr. Bresee. Algunos amigos interesados en promover el “evangelio completo” rentaron el edificio de un comercio en la calle Main Núm. 317 sur, de Los Ángeles, California. Imprimieron anuncios haciendo saber que el domingo 6 de octubre de 1895, el Rev. P. F. Bresee, D.D., predicaría allí a las 11 de la mañana, y el Rev. J. P. Widney, LL.D., por la noche. Los creyentes en la santidad se reunieron felices para aquellos primeros servicios. Al tercer domin­go por la mañana, ochenta y seis personas organizaron la Iglesia del Nazareno con el propósito declarado de predi­car la santidad y llevar el evangelio a los pobres.

Unos pocos días más tarde la organización quedó bien cimentada con 135 miembros fundadores. Se escogió el nombre de la iglesia en honor al Señor Jesucristo, quien fue llamado “Nazareno” (Mateo 2:23).

Unos cuantos días después, el Dr. Bresee transitaba por la Avenida Grand cuando observó la construcción de un enorme templo. Su corazón se conmovió al pensar en la enorme necesidad que el pueblo de santidad tenía de un sitio adecuado para la adoración. Cerró sus ojos y oró diciendo: “Señor, parece que en esta ciudad hay más que suficiente dinero para edificar grandes templos; por favor danos algo de ese dinero para levantar un santuario para la Iglesia del Nazareno.” Inmediatamente le pareció que el Señor le contestaba: “Yo me he dado a Mí mismo a ti.” “¡Gracias, Señor!” exclamó el Dr. Bresee. “Prefiero poseerte a ti que todo lo demás, puesto que contigo tendremos todas las cosas.”

No pasó mucho tiempo sin que fuera posible obtener un terreno en la calle Los Ángeles, entre las avenidas 5 y 6, y levantar un edificio temporal. Este tabernáculo tenía capacidad para 400 personas, pero pronto resultó insuficiente. Para agrandar el edificio se pidió a la congregación que diera una ofrenda de trescientos dólares. Mas aquel pueblo fiel y lleno de entusiasmo, levantó cuatrocientos dólares en una sola ofrenda.

El templo, ya ampliado, medía alrededor de quince metros de ancho por veinte de largo, con capacidad para 600 personas. Había costado $900.00. “No pedimos ni deseamos,” dijo el Dr. Bresee, “templos costosos. Desea­mos la manifestación del poder, la gloria y la presencia divinas. Nos regocijamos en el Señor. En este sencillo templo los pobres se harán ricos, y los quebrantados se regocijarán. El cielo nos encontrará aquí y llenará nues­tras almas.”

Las frecuentes manifestaciones de la presencia de Dios en los servicios demostraban sin lugar a dudas que la recién nacida Iglesia del Nazareno contaba con la aprobación de Dios. El avivamiento continuo, acompa­ñado por la conversión y la santificación de las almas, traía a incontables visitantes—algunos que venían por curiosidad, y otros a adorar. Los visitantes mostraban disgusto o placer al observar y escuchar el canto alegre y las demostraciones de gozo de aquellos cristianos llenos del Espíritu. El tabernáculo pronto se convirtió en uno de los lugares más visitados de la ciudad de Los Ángeles.

E. A. Girvin anotó este incidente:

Un día, cuando cierto grupo de turistas se prepa­raban a salir de Los Ángeles y regresar a sus hogares en el este, estaban conversando sobre sus experiencias. Uno de ellos preguntó: —¿Visitaste la Iglesia del Naza­reno?—El otro respondió—No, oímos hablar de ella y quisimos ir, pero no pudimos hacerlo.—El primero dijo: —Pues debiste haber ido. Nunca se ha visto algo seme­jante. La gente allí canta y aplaude y se pone en pie, y dicen que han sido santificados. Es la cosa más impre­sionante que tú jamás hayas visto.

EL ESTABLECIMIENTO DE IGLESIAS DEL NAZARENO EN CALIFORNIA

Aunque pequeña y humilde en sus principios, la Igle­sia del Nazareno creció rápidamente llegando a pobla­ciones claves en California y otros estados vecinos. El Rev. E. A. Girvin, compañero del Dr. Bresee desde el principio, se interesó en establecer una Iglesia del Naza­reno en Berkeley, California. Estas eran las primicias de la visión que el Dr. Bresee poseía de propagar la obra de santidad en poblaciones importantes que fueran cen­tros de fuego santo a los distritos circunvecinos y por toda la nación. En 1897 se establecieron iglesias en Berkeley y en Oakland; y también se dieron los primeros pasos para organizar la obra en Elysian Heights, Los Ángeles, y en South Pasadena.

El Dr. Bresee no había tenido el propósito de comen­zar otra denominación. Sin embargo, pronto resultó muy evidente que lo iniciado como una organización local estaba floreciendo hasta llegar a ser una nueva denomi­nación, destinada a ofrecer una contribución espiritual valiosa al mundo religioso por su énfasis en la doctrina neotestamentaria de la entera santificación, y su esfuerzo en proclamar el evangelio hasta los fines de la tierra. Cuando el Dr. Bresee se dio plena cuenta de que una nueva denominación se desarrollaba, comenzó a estudiar muy seriamente la forma de que fuera verdaderamente, tanto en doctrina como en la práctica, una iglesia neotes­tamentaria. Por eso se adoptó el plan que los apóstoles usaron para extender la iglesia sembrando el cristianismo en las ciudades.

No pasó mucho tiempo sin que otros grupos religiosos reconocieran la obra de la Iglesia del Nazareno en escala nacional. Un número creciente de predicadores célebres de santidad, muchos de ellos famosos nacional e inter­nacionalmente, se asociaron con el Dr. Bresee; por ejem­plo: Bud Robinson, Will Huff, C. R. Cornell, J. T. Hatfield, C. W. Ruth, L. Milton Williams, Jeff Rogers, Seth C. Rees y I. C. Martin.

REFINANDO LA ORGANIZACION DE LA IGLESIA

El 18 de abril de 1898 se reunió el Primer Concilio de la Iglesia del Nazareno en el tabernáculo de la calle Los Ángeles. Compuesto por pastores, delegados oficia­les, y otros interesados especialmente en la obra, el Concilio adoptó una breve declaración de artículos de fe y reglas generales.

Aunque un buen número de los líderes de la iglesia habían asistido al concilio de abril, la primera “reunión oficial de delegados” de la nueva denominación se llevó a cabo el 14 de octubre de 1898 en la Primera Iglesia de Los Ángeles. Después de los negocios necesarios, se levantó la sesión para volverse a reunir cuatro días más tarde. Sucedía que muchos demostraron inconformidad en cuanto a que el superintendente general ocupara su posición en forma vitalicia. El propósito principal de este concilio fue preparar un manual que representara la fe y la práctica de la joven iglesia.

Cuando los delegados se reunieron de nuevo para optar por alguna decisión sobre la vigencia del superin­tendente general, el Dr. Bresee y el Dr. Widney, los supe­rintendentes generales, presentaron su renuncia. Esto hacía posible que el punto tan discutido pudiera volver a la mesa. Entonces se pasó una nueva ley limitando el período de servicio al que se elegía a los superintendentes generales a sólo un año.

Al año siguiente, el 16 de octubre de 1899, la “Pri­mera Asamblea” se reunió en la Primera Iglesia del Nazareno de Los Ángeles. El Dr. Bresee presentó su informe anual a los treinta y tres miembros y visitantes de la asamblea. Varios obreros que habían trabajado durante el año en distintos campos, también rindieron informes, testificando de la gracia y las bendiciones de Dios. La asamblea unánimemente reeligió al Dr. Bresee como superintendente general para el nuevo año, y determinó nombrar un comité permanente de publica­ciones para organizar la Compañía Nazarena de Publi­caciones e imprimir El Nazareno y otra literatura de santidad.

Los informes presentados a la Tercera Asamblea Anual reunida en Los Ángeles el 16 de octubre de 1900, revelan que la iglesia había recibido 933 miembros. Los directores de la Compañía Nazarena de Publicaciones informaron que se había registrado conforme a la ley, y colocado la propiedad de la compañía bajo el nombre de la Iglesia del Nazareno. Todas las ganancias de la compañía quedarían a la disposición de la asamblea.

Al discutir las dificultades que la Iglesia del Naza­reno confrontaba, el Dr. Bresee declaró que “un movi­miento nuevo, especialmente si tiene éxito, atrae a si a algunos elementos que se vuelven un verdadero estor­bo... Fanáticos de todas clases esperan que un movi­miento nuevo adopte sus chifladuras, pero cuando descubren que se trata del mismo evangelio original, encendido con el fuego de la presencia divina... levan­tan el vuelo rumbo a climas más acogedores.”

El Dr. Bresee poseía una comprensión extraordi­naria de los principios básicos para lograr el avance de la obra de Dios con éxito. Investido con el don natural del liderismo, y dotado del espíritu de sabiduría, unió a los miembros de la iglesia en una profunda devoción y dedicación a la causa de la santidad. Además de predicar las doctrinas fundamentales de la fe cristiana, echó mano de ocasiones y sucesos especiales para unir los intereses religiosos y espirituales en un organismo funcional, tales como la celebración del aniversario del Día de Pentecos­tés, el aniversario de la organización de la iglesia, y el primer domingo de mayo como el Día de la Victoria.

SE ESTABLECEN LAS DOCTRINAS Y COSTUMBRES NAZARENAS

Cuando la Iglesia del Nazareno se organizó en 1895, se pensó que sólo se necesitaría una breve declaración de fe recalcando las doctrinas esenciales a la salvación y unas cuantas reglas simples para proteger la fe y orientar la conducta. Pero la Iglesia creció rápidamente y pronto se dieron cuenta de que era indispensable adoptar algu­nos artículos de fe y algunas reglas. La reunión de delegados de 1898 aprobó una declaración más amplia, que vino a ser el primer Manual de la Iglesia del Na­zareno.

Las doctrinas que se consideran esenciales a la vida y la comunión cristianas fueron postuladas como sigue:

Creemos:

Primero, en un solo Dios—el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Segundo, en la inspiración de las Santas Escrituras según se hallan en el Antiguo y el Nuevo Testamento, y que ellos contienen toda la verdad necesaria a la fe y a la vida cristiana.

Tercero, que el hombre es nacido con una natura­leza caída, y es, por tanto, inclinado al mal, y esto de continuo.

Cuarto, en que los finalmente impenitentes segura­mente se perderán.

Quinto, que la expiación mediante Jesucristo es uni­versal, y que quien oye la Palabra del Señor y se arre­piente y cree en el Señor Jesucristo es salvo de la condenación y el dominio del pecado; que un alma es enteramente santificada subsecuentemente a la justifica­ción mediante la fe en el Señor Jesucristo.

Sexto, que el Espíritu de Dios da testimonio en el corazón humano a la justificación por la fe y también a la obra de la entera santificación de los creyentes.

Séptimo, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna.

La declaración sobre la doctrina de la entera san­tificación, incluía el siguiente párrafo:

Creemos en la doctrina de la perfección cristiana, o de la entera santificación. Esta es una segunda obra definida de gracia en el corazón, por la cual somos ente­ramente purificados de todo pecado. Creemos que sola­mente los que han sido justificados y que andan en el favor de Dios pueden recibir esta gracia. Creemos que no es perfección absoluta, la cual pertenece sólo a Dios. No vuelve infalible al ser humano. Es amor perfecto —el amor puro de Dios llenando un corazón que ha sido purificado.

Las reglas generales para la membresía en la iglesia cubrían tanto los aspectos negativo y positivo de la vida cristiana, eran casi idénticas con las del Manual que usa­mos hoy. También se reconocían, como hoy día, sólo dos sacramentos ordenados por Cristo: el bautismo y la Santa Comunión. Estos se observaban como símbolos de la fe cristiana y medios de gracia por los cuales Dios aviva, fortalece y confirma la fe de los cristianos. El que soli­citaba bautizarse podía escoger ser bautizado por rocia­miento, por inmersión o por afusión. El bautismo habría de hacerse en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Desde el principio de su historia, la Iglesia del Naza­reno se dio a conocer como una iglesia “prohibicionista.” Esto es, que la regla para el cristiano era la abstinencia total de las bebidas intoxicantes. También se desaprobaba comprar, vender y usar tabaco, puesto que es un hábito inmundo, costoso y perjudicial para el cuerpo, el alma y la mente (I Corintios 3:16-17).

La mayordomía cristiana del dinero se reconoció desde el principio como un privilegio sagrado y necesario para el sostén de las instituciones y el ministerio de la iglesia. A los nazarenos se les exhortaba desde entonces a obedecer la instrucción del apóstol Pablo: “Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado” (I Corintios 16:2).

Los cristianos deberían considerar el estado de matri­monio con meditación y oración, esforzándose por con­traer nupcias sólo en la voluntad del Señor, para evitar unirse a incrédulos. Mientras que la iglesia reconocía la existencia de ciertas causas y condiciones que pudieran justificar una separación legal, declaró que la única causa bíblica para el divorcio—el adulterio—sería también la única que justificaría que la parte inocente pudiera casarse de nuevo.

La iglesia creyó desde un principio con todo su corazón en las misiones mundiales, recalcando que la misión de Jesucristo era ir a todo el mundo y predicar el evangelio a toda criatura, y que era obligatoria. El testimonio cristiano era de importancia vital. Los naza­renos eran los testigos de Dios. El Dr. Bresee expresaba frecuentemente su convicción de que los nazarenos debe­mos vencer por la sangre del Cordero y la palabra de su testimonio.

El Dr. Bresee escribió en enero de 1900: “El fin de la vida cristiana es la santidad y aquello a que la santi­dad nos inspira y nos conduce. El que no crea esto no debería pertenecer a una iglesia cristiana. Debería más bien permanecer a la puerta hasta que sepa de cierto que desea ir en la dirección en que la iglesia va.” El creía que los cristianos deben creer firmemente todo lo que es absolutamente esencial a la santidad; que existen algunas verdades fundamentales, y que si abandonamos una sola de ellas nos quedaremos sin fundamentos sufi­cientes para la santidad. Tales verdades son la Trinidad de la Deidad, que incluye la deidad de Jesucristo y la personalidad del Espíritu, y que la expiación provee el nuevo nacimiento y la entera santificación por el Espíritu Santo, de lo cual el Espíritu da testimonio. “No hay lugar alguno,” dijo el Dr. Bresee, “para otras teorías sobre cosas que pretenden ser esenciales a la santidad. Las verdades bíblicas deben sostenerse tenazmente. A nadie debe admitirse en la iglesia si no cree completa y volun­tariamente en estas doctrinas fundamentales.”

UNA PUBLICACION OFICIAL

La Iglesia del Nazareno no contó con una publica­ción oficial regular durante sus primeros dos años, aun­que de vez en cuando se lanzaba un pequeño boletín noticioso. Sin embargo, en enero de 1898 se inició la publicación de El Nazareno,[1] con el Dr. Bresee y el Dr. Widney como sus directores. Seis meses más tarde la revista aumentó de cuatro a ocho páginas. Al siguiente año los señores J. P. Coleman y E. H. Catterlin fueron nombrados directores asociados con el Dr. Bresee. La revista continuó mejorando y aumentando su contenido, y en 1900 cambió su nombre a El Mensajero Nazareno.

Esta publicación abogaba insistentemente en favor de la doctrina de la santidad y de la unión de los cuerpos de santidad. Además, exponía claramente los principios de organizaci6n eclesiástica, y desplegaba el espíritu de avi­vamiento en todas sus páginas contagiándolo a la mente y el corazón de sus lectores. En poco tiempo contaba con una lista muy extensa de subscriptores en 32 estados y varios países. En una ocasión, cuando el Dr. Bresee ani­maba a otros a conseguir más subscriptores, dijo: “Expli­quen ustedes cómo esta publicación va a la vanguardia en la batalla contra un eclesiasticismo formal y muerto, y también contra el fanatismo; expliquen que tiene nada más que un propósito: conducir al pueblo cristiano al bautismo con el Espíritu Santo, quien purifica y da poder, capacitándolos así para alcanzar a los perdidos; expliquen que si se subscriben, la revista será para ellos una gran bendición, y ellos a su vez contribuirán al avance de la obra de santidad.”

EL ESTABLECIMIENTO DE IGLESIAS EN POBLACIONES CLAVES

El origen humilde de la Iglesia del Nazareno no fue un estorbo para su crecimiento acelerado. El lugar de su nacimiento, Los Ángeles, había llegado a ser un foco de fuego de santidad que pronto se propagó a otras áreas tales como Berkeley, Oakland y South Pasadena. Para 1900, la membresía de la primera congregación llegaba a más de 800 personas, y de ese grupo más y más obreros bautizados con el Espíritu salían a predicar el evangelio dinámico de una salvación completa, y a establecer nuevos centros de fuego de santidad.

De la organización sencilla de una sola congregación, se había desarrollado una organización más compleja, adecuada para las necesidades de una iglesia que crecía con suma rapidez. El Dr. Bresee era el superintendente general y dirigía una gran cruzada espiritual que no era otra cosa sino una batalla cada vez más intensa contra las fuerzas del mal. El Mensajero Nazareno promulgaba las nuevas gloriosas de los avivamientos de santidad que estaban conduciendo a cientos de personas a la maravi­llosa experiencia de la santidad de corazón, y la Casa Nazarena de Publicaciones distribuía ya tratados y libre­tos de santidad que ayudaban mucho a promulgar la doc­trina de la santificación en regiones nuevas y más pobladas.

La expansión de la Iglesia del Nazareno es verdade­ramente una historia fascinadora. Hasta 1901 el trabajo de la iglesia se limitaba casi totalmente al sur de Cali­fornia. Pero entre 1901 y 1907 se organizaron Iglesias en ciudades importantes del norte de ese estado, el noroeste del país, al este de las montañas Rocallosas, y aun al este del río Mississippi. Todo se logró mediante los sacrificios de evangelistas y pastores respaldados y estimulados por el Dr. Bresee.

En septiembre de 1901, el Dr. Bresee visitó a Seattle, Washington, para predicar en una reunión pentecostal celebrada en la iglesia metodista episcopal de la calle Battery que pastoreaba el Rev. H. D. Brown. El aviva­miento demostró gran poder y bendición espirituales, y 25 personas se convirtieron o fueron santificadas. Pero el Dr. Bresee comprendió que Seattle necesitaba mucho una Iglesia del Nazareno vigorosa y agresiva que presentara la causa de la santidad en el Estado de Washington y otros estados vecinos.

En ese mismo mes, el Rev. F. A. Hill, miembro de la Primera Iglesia de Los Ángeles, predicó en una cam­paña en Kansas City, Missouri. A los miembros de la iglesia de aquella ciudad se les había advertido que tuvie­ran cuidado de los que querían “sacarlos del redil,” pero los que fueron bautizados con el Espíritu Santo en esa campaña descubrieron que sus iglesias ya no los querían.

El Rev. W. E. Shepard informó en El Mensajero Na­zareno sobre el “Movimiento de Santidad en Chicago,” y dijo que el fuego del avivamiento se había encendido en diversos barrios de la ciudad. En la esquina de las calles Madison y Halstead, el centro mismo de la metrópoli, habían rentado un sótano donde cabían entre cuatrocien­tas y seiscientas personas y donde tenían servicios todas las noches. Esto preparó el camino para una robusta Iglesia del Nazareno en Chicago.

Cuando el Rev. C. W. Ruth terminó un avivamiento en Spokane, Washington, organizó una iglesia con cin­cuenta miembros fundadores. Esto sucedía en 1902. Al año siguiente la misma iglesia informó tener ya 190 miem­bros y estar organizando puntos de predicación en Water­ville, Tipso y Garden Springs, Washington. La iglesia madre contaba con 16 predicadores ordenados y locales, y evangelistas, quienes estaban muy ocupados organi­zando misiones y puntos de predicación.

En ese mismo año se abrió trabajo en Ocean Park, California, bajo el cuidado pastoral del Rev. Thomas Fluck. Pocos meses antes, la obra de santidad se había establecido con éxito en Salt Lake City, bajo la dirección del Rev. I. G. Martin quien aprovechó una campaña con el Rev. C. W. Ruth como evangelistas para organizar for­malmente la Iglesia del Nazareno en aquella ciudad.

El Rev. J. A. Dooley y su esposa habían organizado la Primera Misión Pentecostal en Omaha, Nebraska. Cuando oyeron hablar de la Iglesia del Nazareno, hicieron investigaciones y después de mucho orar decidieron unirse a la denominación. Unos meses después, los Dooley se mudaron a Minneapolis, Minnesota y establecieron la iglesia en aquella urbe.

En la primera parte de 1903 los cuáqueros pusieron en manos de los nazarenos un templo y una casa pastoral en Boise, Idaho. El Dr. Bresee celebró allí un corto avi­vamiento durante el mes de diciembre y un número de personas se convirtieron y fueron santificadas. Entonces se organizó la Iglesia del Nazareno, con el Rev. R. Pierce como pastor. Mientras tanto, en Maple Hills, Illinois, el Rev. J. A. Smith había organizado una floreciente Iglesia del Nazareno, y el Rev. William McFarland había acep­tado ser el pastor.

La Asociación Nacional de Santidad celebró su con­vención anual en mayo de 1904 en la Primera Iglesia del Nazareno de Los Ángeles. El Dr. H. C. Morrison, director de El Heraldo Pentecostal, y uno de los predicadores en la convención, escribió un artículo titulado “La Iglesia del Nazareno,” en el cual elogió grandemente la obra reali­zada por esta joven denominación:

“El crecimiento y el progreso general de esta iglesia son verdaderamente notables. Su existencia se debe a la decidida oposición que existe en algunas iglesias tradicio­nales contra la doctrina y la experiencia de la entera santificación. La iglesia se organizó hace apenas ocho años y medio. Contaba entonces con sólo alrededor de 100 miembros fundadores, pero... su feligresía ha crecido al punto de que hoy cuenta con más de 1,600 miembros... y miles de almas se han convertido o han recibido su santificación en sus altares.”

El Dr. Bresee tuvo un verano muy ocupado en 1904. En julio visitó Howard, Kansas, para unos cultos cam­pestres. Allí la Iglesia del Nazareno se había organizado recientemente por el ministerio del Rev. Herbert Buffum. Contaban ya con un buen templo y el Rev. H. J. Starkey era su pastor. Estos nazarenos, dijo el Dr. Bresee, tenían el celo santo, la unción, y el espíritu de victoria de la iglesia madre en Los Ángeles y del pueblo nazareno en general. Oraban, cantaban, testificaban y se expresaban en tal forma que lo hicieron sentirse en casa: en lugares celestiales. Aunque en la población existía un prejuicio muy marcado en contra de la santidad y de los nazarenos, hubo muchas almas que fueron salvas y santi­ficadas. El prejuicio se evaporó y algunos obreros de san­tidad valientes se unieron a la Iglesia del Nazareno.

Después de aquel avivamiento en Howard, el Dr. Bresee fue a Maple Hills, Illinois, para conducir otra cam­paña. La espiritualidad y el poder en los servicios eran muy profundos, y en el culto de la mañana el último día de la campaña el altar se llenó con buscadores sinceros. El fuego cayó con grande gloria y todos fueron bautiza­dos con el Espíritu Santo. Durante el servicio de la tarde se concedió una oportunidad para los que desearan unirse a la Iglesia del Nazareno. El evangelista B. W. Golden y otras diecisiete personas fueron recibidas como miembros de la iglesia entre grandes expresiones de alegría y de­mostraciones de bienvenida de muchos otros felices na­zarenos.

En un artículo titulado “Habría de Llamarse Naza­reno,” que apareció en El Mensajero Nazareno del 25 de agosto de 1904, el Dr. Bresee afirmó que el nombre “Nazareno” se aplicó primeramente a Jesús de Nazareth, pero que en los ocho años anteriores a la aparición del artículo se había estado aplicando a un grupo de cristianos que Dios había levantado con el propósito expreso de promulgar la santidad bíblica por todo el país. Un naza­reno moderno se caracteriza primeramente, dijo él, por­que es una persona redimida que ha alcanzado en oración una experiencia victoriosa de salvación de todos sus pecados y disfruta del testimonio del Espíritu Santo de que verdaderamente es hijo de Dios. En segundo lugar, es una persona santificada quien ha avanzado a la segun­da obra de gracia recibiendo la purificación de su corazón y el bautismo con el Espíritu Santo, quien le da testimo­nio de esta experiencia. En tercer lugar, es un estudiante asiduo de la Palabra de Dios. En cuarto lugar es un misionero de la Cruz; y en quinto lugar es un fiel y liberal mayordomo de sus entradas sosteniendo el evan­gelio con sus diezmos y ofrendas. “Un verdadero nazare­no es un hijo de Dios feliz, victorioso, triunfante, lleno de alabanzas... Si a alguno no le parece esta clase de salvación, ni le cae bien un nazareno porque posee esta bienaventurada experiencia, reconocemos que tiene dere­cho a su actitud negativa.”

En el otoño de 1904 el Dr. Bresee comenzó una gira por el noroeste de los Estados Unidos. En Sacramento, California, tuvo una junta de varias horas con algunos amigos que opinaban que era tiempo propicio para la organización de una Iglesia del Nazareno en aquella ciu­dad. En Spokane, Washington, celebró servicios con mag­nífica asistencia y un buen número de personas salvadas y santificadas. En Seattle, el Dr. Bresee predicó en un culto de la Asociación de Santidad del Oeste de Washing­ton, y tuvo entrevistas con algunos simpatizadores de la Iglesia del Nazareno.

En los primeros días de 1905, el Dr. Bresee visitó Ashland, Oregon. En el culto del domingo por la tarde, habló sobre la organización, los métodos, las doctrinas y las costumbres de la Iglesia del Nazareno, y refirió cómo el Señor había bendecido a sus ministros y a sus miem­bros. Invitó a los que desearan unirse con la iglesia a pasar al frente y personalmente firmar el libro de los miembros fundadores. Mientras la congregación cantaba el himno “La Iglesia Gloriosa,” y otros himnos apropia­dos, cuarenta personas pasaron al frente fundando así la Primera Iglesia del Nazareno en Ashland, Oregon.

LA ORGANIZACION DE DISTRITOS

Hasta 1904 las iglesias locales se relacionaban estre­chamente con la iglesia madre de Los Ángeles y enviaban delegados a las asambleas anuales allí. No obstante, las enormes distancias entre muchas de las congregaciones recién organizadas hacían que esa situación fuese cada vez más difícil. En diciembre de 1904, las iglesias de Washington, Oregon, Montana y Idaho, solicitaron la for­mación de un distrito para ellas. El Dr. Bresee agrupó a estos estados en el Distrito del Noroeste, y nombró al Rev. H. D. Brown de Seattle como superintendente de distrito. El Dr. Bresee presidió la primera asamblea del Distrito del Noroeste, celebrada en Spokane, Was­hington, el 4 de julio de 1905. Las sesiones duraron dos días con servicios religiosos coronados con grandes derra­mamientos del Espíritu Santo.

Convencido de que la obra crecería más rápidamente siguiendo este plan, el Dr. Bresee dividió a California en dos distritos: el del Norte de California (que primero se llamó el Distrito de San Francisco), y el del Sur de California. Durante el mismo verano, y a petición de los representantes de las iglesias de Illinois y otros estados vecinos, aquella parte del país se organizó como el Distrito Central.

El número, cada vez mayor, de distritos organizados señalaba el rápido crecimiento de la iglesia general. Tome­mos, por ejemplo, la Asamblea del Distrito de San Fran­cisco reunida en Oakland el 6 de marzo de 1906 bajo la presidencia del Dr. Bresee. “Los informes demostraron,” dijo el Dr. Bresee, “un excelente nivel de prosperidad en medio de muchas dificultades y circunstancias ad­versas, con evidentes demostraciones de la presencia y bendiciones del Señor, con unciones pentecostales y pro­videncias divinas dominantes.”

En la asamblea anual del Distrito del Noroeste, el Dr. Bresee declaró: “Toda esta enorme región del noro­este del país está abierta a la obra de santidad de nuestra iglesia.”

EL TRAMITE DE ASUNTOS ECLESIASTICOS

El crecimiento de la Iglesia del Nazareno fue tan rápido y extenso que muy pronto demandó una organi­zación más compleja. En los primeros años se tenían jun­tas anuales de la iglesia para las congregaciones locales. En 1898 se convocó a una reunión llamada “El Primer Concilio,” para aprobar los artículos de fe y las reglas generales. La primera “reunión de delegados oficiales,” integrada por delegados de otras congregaciones nazare­nas del sur de California sesionó unos seis meses más tarde; y en octubre de 1899 se tuvo la primera reunión conocida como “Asamblea.” Como miembros de la asam­blea de 1901, el Superintendente General Bresee anotó a: pastores de iglesias, todos los predicadores ordenados y licenciados que servían bajo nombramiento del superin­tendente general, dos delegados de cada iglesia que con­tara con cien o menos miembros, y un delegado por cada 50 miembros adicionales.

Ya para 1904 las delegaciones eran tan numerosas que la Asamblea Anual recibió el título de “Asamblea General.” De 1896 a 1906, todas las asambleas anuales se celebraron en Los Ángeles, California.

Al rendir su informe ante la Asamblea Anual en Los Ángeles, en octubre de 1902, el Dr. Bresee dijo: “Los fuegos del avivamiento han ardido todo el año y muchas almas preciosas han nacido en el reino.” Se habían orga­nizado un número de iglesias nuevas y se habían levan­tado varios edificios. Había varios evangelistas magní­ficos trabajando sin ningún otro interés que la salvación de las almas. La obra de la Iglesia del Nazareno era muy prometedora.

Entre los acuerdos significativos de la Asamblea Anual de 1903, encontramos la organización de una junta misionera y la orden de revisar y ampliar el Manual. Además de las breves declaraciones de doctrina y reglas de conducta con que ya se contaba, se puso en claro la posición de la iglesia con respecto a alguno de los grandes asuntos morales, y se hicieron sugestiones prácticas para la administración de los sacramentos y las ordenanzas del culto.

Noventa y nueve delegados acreditados se reunieron para la Asamblea General del dos de noviembre de 1904. Los informes demostraron que la mayoría de las iglesias habían tenido un buen año, y que la obra en algunos lugares avanzaba a un paso acelerado. El Dr. Bresee informó que la Casa Nazarena de Publicaciones estaba realizando una obra excelente, y que había obtenido nuevo equipo. Expresó su opinión de que El Mensajero Nazareno podría dejar de requerir subsidio si contara con mil suscriptores más.

Al hablar del crecimiento y del desarrollo de la Iglesia del Nazareno, el Dr. Bresee dijo: “Nuestra corona y gozo son las almas convertidas y santificadas. Conduz­cámonos con mucho cuidado delante de Dios... El éxito denominacional no es nuestra meta, sino la salvación y santificación de las almas. Para este fin no sólo hemos estado dispuestos a sufrir, sino que seguimos dispuestos a continuar sufriendo y aun a perderlo todo... Hemos escuchado el llamado del Maestro, y estamos aquí para decir de nuevo ‘donde Tú me guíes, seguiré.’”

EL ESTABLECIMIENTO DE LA OBRA MISIONERA

Hasta este punto poco se ha dicho sobre el interés de la iglesia en la obra misionera, excepto las misiones do­mésticas. Aunque en los primeros años de su historia los nazarenos no estaban en condición financiera de estable­cer una obra misionera de largo alcance en el extranjero, sin embargo, ya se había iniciado una obra sólida entre la población de habla hispana y china en California.

El Dr. Bresee explicó que la razón por la cual el mo­vimiento nazareno no se había lanzado desde el principio a un programa misionero mundial, era que el movimiento en sí era esencialmente misionero. Sus miembros tuvie­ron que empezar sin nada, comenzando “desde abajo.” En todas partes el movimiento era nuevo; en todas partes encontraba fuerte oposición, y por lo general no tenían un céntimo. La iglesia recién nacida estaba sumamente ocu­pada en obtener la salvación y santificación de la gente, organizar a los miembros en asociaciones, conseguir tem­plos, y establecer lugares desde donde el fuego y la obra de santidad pudieran extenderse. “Y no sería difícil que estas responsabilidades absorbieran gran parte de nues­tra atención, nuestro tiempo y nuestros recursos, por todavía algunos años” observó el Dr. Bresee.

Sin embargo, desde los primeros días hubo algunos nazarenos que anhelaban predicar el evangelio a quienes lo desconocían. En 1897 se estableció una misión entre el pueblo de habla hispana en la calle Mateo de Los Ángeles. Inmediatamente después de su santificación, la señora May McReynolds se dedicó a estudiar el castellano para poder predicarles a los habitantes de habla hispana. Tan pronto como le fue posible renunció a su ocupación secular y se dedicó a actividades misioneras. La iglesia la respaldó económicamente y ella estableció una misión en el corazón de Los Ángeles. De allí el trabajo se esparció a otros barrios de la ciudad y por el sur de California, y llegó hasta El Paso, Texas.

Los miembros del comité misionero de la Asamblea de 1903 declararon que la necesidad de estimular al pueblo cristiano a ofrendar no era tan importante como la necesidad de exhortarle a disfrutar la plenitud de más abundantes bendiciones de Dios. Entonces sí, los cristia­nos estarían dispuestos a contribuir mucho más liberal­mente para el extendimiento del evangelio. Esta asamblea eligió una junta misionera, que recomendó lo siguiente:

1. Que cada iglesia local nombre o elija un comité misionero del cual el pastor sea presidente.

2. Que las iglesias locales sostengan la obra misio­nera separando una décima parte de las entradas regula­res de la iglesia y dando además otras ofrendas según sea factible.

3. Que mensualmente todas las iglesias locales cele­bren reuniones misioneras.

4. Que las sociedades locales envíen sus ofrendas misioneras a través de la Junta General establecida por la Asamblea, y

5. Que a la Junta General se le autorice para esta­blecerse como Sociedad Misionera Doméstica y Extran­jera de la Iglesia del Nazareno.

En la primera parte del siguiente año la Junta Misio­nera Doméstica y Extranjera ordenó que el Rev. George E. Berg y su esposa, misioneros que trabajaban en Teet­hul, Distrito de Sarat, en la India, recibieran autorización para representar a la Iglesia del Nazareno. También se aprobó que se aceptara al hermano Abraham, un hindú, como evangelista y compañero ministro, y que se asumiera su sostén por todo el año corriente.

Aunque la iglesia no contaba con un método organi­zado de enviar misioneros, varios jóvenes nazarenos ya habían salido para la India, China, América del Sur y a trabajar entre los indios de Estados Unidos.

LA PREPARACION DE OBREROS PARA LA IGLESIA

Conforme la Iglesia del Nazareno fue creciendo, una de las necesidades más urgentes llegó a ser una institución educativa donde pudieran prepararse los jóvenes y seño­ritas a quienes Dios llamaba para la obra pastoral, misio­nera o evangelística. Conscientes de esta necesidad, algu­nos nazarenos ofrecieron sus propiedades para que se establecieran colegios bíblicos. En El Mensajero Nazareno del 31 de julio de 1902, apareció el anuncio de que pronto se establecería una escuela de preparación bíblica bajo los auspicios de la Iglesia del Nazareno. El plan de estudios del “Colegio Bíblico del Pacífico” pondría énfasis especial en la preparación para la ganancia de almas. Los cursos incluirían Biblia, historia, literatura cristiana y métodos de servicio cristiano. La escuela no sería denominacional, aunque estaría bajo la dirección de la Iglesia del Nazareno. Su lema sería: “Santidad a Jeho­vá.” El primer semestre comenzó el 29 de septiembre de 1902 con el Dr. Bresee como director y el Rev. C. W. Ruth como subdirector.

Desde el principio las bendiciones de Dios se dejaron sentir sobre la institución. En 1904 el Dr. Bresee informó que el colegio había sido grandemente bendecido con “derramamientos del Espíritu Santo,” y que con frecuen­cia los períodos de clase eran en realidad antesalas del cielo. Los primeros graduandos recibieron sus diplomas en 1905 y tomaron sus lugares como obreros laicos en iglesias locales, pastores de iglesias y misiones, y algunos como misioneros a China y Sudamérica.

En 1906, el señor Jackson Deets y su esposa donaron una hermosa propiedad de 4 hectáreas cerca de Los Ángeles. En su honor, a la nueva institución se le llamó “Colegio Bíblico Deets del Pacífico.”

Once años no constituyen un período de tiempo muy largo para una iglesia, sin embargo, estos años abundan en victorias espirituales ganadas por los hombres y las mujeres llenos del Espíritu que predicaban el evangelio de la salvación plena. Los avivamientos dinámicos y los cultos bajo la unción del Espíritu incrementaban el número de las iglesias al grado de que llegaron de una iglesia local a cuarenta y cinco en varios estados. La feligresía aumentó de 135 a 3,385 y el valor de las propie­dades de la iglesia subió a $183,000. Las contribuciones para la obra misionera en el año eclesiástico que terminó en octubre de 1906, fueron $4,017.00. La iglesia poseía ya una casa de publicaciones y publicaba una revista sema­nal oficial con una creciente lista de subscriptores. Fre­cuentemente se agregaban nuevas organizaciones de la iglesia, nuevos templos, y se contaba ya con un colegio establecido.

El Dr. Bresee y sus colaboradores habían desarro­llado un sistema de organización y gobierno de iglesia que estaba demostrando ser sólido, tanto en los Estados Unidos como en otros países.

               El espíritu de abrir nuevos campos y la ambición espiritual de “poseer la tierra” para la causa de la santi­dad, llevó al pueblo de santidad a realizar sacrificios casi increíbles, pero también a obtener frutos casi sobre­naturales.


[1]Este nombre, y todos los demás similares son la traducción del original en inglés.