|
VII
AVIVEMOS EL FUEGO
No apaguéis al Espíritu (1
Tesalonicenses 5:19).
En su primera Epístola a
los Tesalonicenses, el apóstol Pablo termina con una serie de exhortaciones y
advertencias concisas y penetrantes. Son a manera de telegramas, brevísimos. Leemos,
por ejemplo: Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo,
examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal.
A la mitad de las anteriores
declaraciones tan categóricas, se halla esta grave amonestación: No apaguéis al
Espíritu. Son cuatro palabras que van dirigidas a todos los hijos del Padre
celestial.
La palabra clave es:
apaguéis. Llama mucho la atención en el idioma original, pues es muy
pintoresca. Sugiere el acto preciso de extinguir una llama, así que este texto podría
traducirse: No extingáis el fuego del Espíritu Santo. Lo que se sugiere no
es desconocido para los estudiantes de la Palabra. Una y otra vez en las Sagradas
Escrituras, este fenómeno, tan misterioso, que llamamos fuego se emplea como símbolo de
la divina presencia y de la obra redentora de Dios en el corazón humano.
En el Antiguo Testamento
encontramos una y otra vez ocasiones en que se emplea este símbolo: Fuego en la zarza que
no se consumía y donde Moisés habló con el poderoso YO SOY; fuego en el Lugar
Santísimo dentro del tabernáculo; fuego en la forma de un carbón encendido para
tocar los labios del joven profeta, Isaías, y prepararlo para su futuro ministerio.
Encontramos el mismo
simbolismo en el Nuevo Testamento con la sola diferencia de que el fuego, en el
Antiguo Testamento, es símbolo de la naturaleza divina, en el Nuevo Testamento, el
fuego es símbolo generalmente, de la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo.
Encontramos esto, desde el principio de los Evangelios. Juan el Bautista, al dirigirse a
los que bautizaba a la orilla del Jordán, les decía: Yo a la verdad os bautizo
en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de
llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego
(Mateo 3:11). Fueron sus palabras profecía y promesa, palabras que se cumplieron el
día de Pentecostés, en la vida de los apóstoles. Y según el relato del historiador
Lucas, esa gloriosa experiencia se repitió en muchas otras personas.
Son numerosos los pasajes de
las Sagradas Escrituras, que presentan el símbolo del fuego que sugiere nuestro texto:
No apaguéis el Espíritu. El fuego alumbra y asimismo el Espíritu Santo. El
fuego da vigor; esto hace también el Espíritu Santo. El fuego purifica y también el
Espíritu Santo. El fuego funde, solda y une; lo mismo hace el Espíritu Santo. Estos son
algunos puntos de comparación que acuden a la mente y que forman un interesante
paralelismo entre el fuego y el Espíritu Santo.
Al hablar de la forma en que
nos relacionamos con el Espíritu Santo, Pablo desde luego, reconoce que el Espíritu de
Dios es presencia viva, poderosa. Declara que es fuego, pero no solamente para simbolizar
su ministerio purificador, sino ante todo, su presencia vivificante, fortalecedora. Hace
hincapié en el hecho de que es una relación de persona a persona. Y es precisamente
aquí, donde se advierte peligro. En el terreno moral y espiritual, terreno en el cual
el Espíritu de Dios obra y en el que a nosotros nos toca corresponder, se da el caso,
grave en verdad, que le ofendemos y le ponemos obstáculos. Aquí podemos imponer
nuestra voluntad, lo que no es posible en otras esferas. Por ejemplo, si algún día
caluroso queremos apagar los rayos resplandecientes del sol, fracasaremos. Allí, Dios
es soberano y el hombre impotente; pero cuando Dios resplandece en los corazones con la
luz del Espíritu Santo, los seres humanos pueden impedir que esa luz penetre a sus
corazones y transforme sus vidas. En otras palabras, dentro de este terreno, lo humano
puede frustrar lo divino; lo finito puede estorbar a lo infinito.
Este era el peligro en que
Pablo pensaba, cuando advierte: No apaguéis al Espíritu.
¿Cómo es posible apagar el
Espíritu? Hay tres pasajes importantes en el Nuevo Testamento, en cada uno de los
cuales se presenta una fase distinta del ministerio del Espíritu Santo, y cómo hay
quienes tratan de apagar el fuego del Espíritu.
LA LLAMA DEL TESTIMONIO
En Hechos 5:32, leemos:
Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el
cual ha dado Dios a los que le obedecen. Aquí la palabra sobresaliente es
testigos. El ministerio del Espíritu Santo tiene como una de sus
características el testimonio. A esta luz, el consejo de Pablo podría ser: No
apaguéis la llama del testimonio.
Recordemos las
circunstancias que originaron estas palabras. Pedro, ante el desafío de las autoridades,
había tomado la palabra en nombre de Juan y los demás apóstoles en quienes moraba el
Espíritu. Habían testificado con tanto poder del Señor Jesucristo, que toda la ciudad
se había alarmado. Se les había ordenado que cesaran de propagar ese nombre y se les
amenazó con graves castigos, si desobedecían. Pero ellos no temieron ante las amenazas
y continuaron testificando ante el pueblo. De nuevo fueron llevados ante los magistrados y
se les lanza el cargo siguiente: ¿No os mandamos estrictamente que no enseñaseis
en ese nombre? Y ahora habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina, y queréis
echar sobre nosotros la sangre de ese hombre (Hechos 5:28). ¡Qué gran elogio!
Afirmaban que nada les arredraba y continuaban dando testimonio.
Pedro y los apóstoles
valerosamente respondieron: Es necesario obedecer a Dios antes que a los
hombres. La palabra necesario es como llama de fuego.
Debiera avivar el fuego en
nuestros corazones como lo avivó en aquellos discípulos. Las palabras de Pedro no son
solamente para aquel momento, sino para todos los testigos del Señor.
Cuando una persona nace del
Espíritu y es ya hijo de Dios, participa de la naturaleza y el Espíritu del Padre
celestial. El padre se preocupa por todos los que están perdidos; la compasión que
siente por ellos es inmensa y anhela su salvación; El busca y salva a todos los
descarriados. Este afán y compasión han sido derramados por el Espíritu Santo en el
corazón del creyente. Su anhelo ahora es traer a otros a Cristo, a su familia, a sus
vecinos, a sus compañeros. Se goza en contarles a los demás lo que Cristo ha hecho por
él y lo que puede hacer por todo el que deposite su confianza en el Salvador. En otras
palabras, la llama del testimonio se ha encendido en el altar de su corazón.
El bautismo con el Espíritu
Santo aviva la llama. El Espíritu hace que el creyente se libre del temor y aumenta en
él el anhelo de que otros sean salvos. Le imparte nuevas fuerzas y unción para la tarea.
Jesús dijo: Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu
Santo, y me seréis testigos (Hechos 1:8). Testificar, por lo tanto, es la
consecuencia natural de la plenitud del Espíritu.
Pero hay el peligro de que
apaguemos esa llama por la preocupación. Un ministro llega a preocuparse tanto por la
organización de la iglesia, por la dirección de las comisiones y comités, por los
cultos, el presupuesto, los informes etc., que le falta tiempo para su ministerio
espiritual, ante todo, para hacer obra personal y dar testimonio del bendito Salvador.
Con el paso del tiempo, llega a apagarse su celo evangelístico.
El laico podrá llegar a
preocuparse tanto de sus intereses personales, esforzarse a tal grado por rodearse de
todas las comodidades modernas, que él tampoco tenga tiempo para hablar con sus amistades
y sus vecinos, acerca de asuntos espirituales. Luego principia a razonar consigo mismo
y piensa que después de todo, es asunto que le corresponde al pastor y él no tiene por
que preocuparse. Después de poco tiempo la llama del testimonio se convierte en
cenizas.
Se puede apagar la llama del
testimonio porque se crea necesaria la cautela. No se quiere ofender a nadie; que no se
nos culpe de ejercer presión o de ser tiránicos. O quizá tengamos temor de decir o
hacer algo indebido. Somos tan cautelosos que acabamos por no hacer nada.
Hace algunos años cuando mi
esposa y yo éramos misioneros en la ciudad de Belgaum, en el estado de Mysore, India,
hicimos una visita al recaudador de rentas, quien es uno de los principales jefes
políticos y por lo mismo, persona importante y de prestigio, hombre culto. Este
recaudador practicaba la religión indostánica y era muy ortodoxo en su fe y costumbres.
Cuando mi esposa y yo llegamos a su hermosa residencia, nos recibió muy amablemente y nos
dijo: Cuánto nos alegramos que haya venido. Ustedes son los primeros visitantes
desde que nació nuestro hijito. Suban a saludar a mi esposa y a ver al niño. Nos
condujo a la recámara y felicitamos a la madre por el hermoso niño que tenía en los
brazos. ¡Cuán orgullosos estaban aquellos padres!
Al hallarme allí
conversando, sentí que debía orar por el nuevo vástago y pedir las bendiciones de Dios
sobre él y sobre sus padres. Pero luego pensé que, siendo ellos indostánicos, tal vez
no les agradaría que un ministro evangélico orara por ellos, y se ofenderían.
Después me lamenté por haber prestado oídos a mis propios pensamientos y no a la voz
del Espíritu. No oré.
Regresamos al hogar, y me
dijo mi esposa que cuando estábamos al lado de la cama de la madre y el niño, pensó
que yo debía elevar una oración, ya que no sólo éramos los primeros visitantes, sino
también misioneros. Además, se nos presentaba una hermosa oportunidad para testificar,
pero la dejamos pasar. Me dirigí entonces a mi despacho y de rodillas pedí perdón a
Dios por no haber aprovechado aquella visita, para dar testimonio ante un oficial de
elevado rango. Imploré la ayuda del Señor a fin de que jamás dejara pasar otra
ocasión, sin aprovecharla para testificar.
Si Cristo nos ha redimido,
si vive y reina en nuestros corazones, digámoslo en donde quiera que nos encontremos.
El psicólogo William James enseña que toda impresión en el ánimo que valga la pena,
no debe quedarse sin la debida expresión.
¿Qué debemos entender por
lo anterior? Debemos reconocer que no se ha de dejar apagar la llama del testimonio. Si
no compartimos con los demás la visión gloriosa, ésta se esfumará. La bendición que
no se comparte con otros, se marchita. La llama que se encierra, se extingue. Tengamos
mucho cuidado de no apagar el testimonio del Espíritu.
LA LLAMA DE ORACIÓN
En su Epístola a los
Romanos, Pablo escribe: Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra
debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo,
intercede por nosotros con gemidos indecibles (Romanos 8:26).
Aquí el ministerio del
Espíritu Santo se une con la vida de oración del creyente. Cuando una persona es
nacida del Espíritu, se enciende en ella, tanto la llama del testimonio, como la llama
de oración. El creyente anhela hablar a otros de Cristo y también anhela gozar de
comunión diaria con el Padre.
Lo que Pablo trata de decir
en este versículo, es que no puede haber oración verdadera, si se hace a un lado al
Espíritu Santo. Lo que el apóstol asegura es que si sólo fiamos en nosotros mismos y en
nuestros propios recursos, no podremos saber lo que es la verdadera oración, pero Dios
que conoce nuestra flaqueza, nos ha dado el auxilio del Espíritu Santo.
El Espíritu nos impulsa a
orar y a la vez, nos da discernimiento en la oración. En lo que se refiere a los
impulsos, éstos pueden ser de carácter sencillo o extraordinario. Se pueden
calificar de sencillos, cuando se reconoce que se ha llegado el momento de buscar la
comunión con Dios; y de impulsos extraordinarios cuando hay cargas que agobian al alma
y el Espíritu clama en oración de intenso poder. Pero ya sea el impulso sencillo o
extraordinario, hay que prestarle atención, pues es obra del Espíritu Santo.
El Espíritu también dota
de discernimientos al orar. El nos revela cómo orar para estar en armonía con los
propósitos divinos. La verdadera oración nunca es contraria a la voluntad de Dios.
Necesitamos ser guiados en ella, y esto se logra mediante la influencia directa del
Espíritu, en el corazón del creyente; la voz interior del Espíritu Santo.
La llama de oración, a
semejanza de la llama del testimonio, puede enfriarse por la preocupación. Tenemos al
frente tantos deberes que cumplir, estamos tan ocupados que no alcanza el tiempo para
orar, y permitimos que la diaria rutina con las demandas abrumadoras de la vida moderna,
nos impida buscar la comunión con Dios. Poco a poco, la llama de oración se extingue.
Supongamos que cuando el
Espíritu nos impulsa a orar, somos negligentes, estamos preocupados. Lo dañino del caso
es que esto tiende a repetirse una y otra vez. Y, por último, ¿qué pasa? Se apaga el
Espíritu; se extingue el fuego.
Esto no significa que la
primera vez que una persona es negligente en cuanto a su vida de oración, el Espíritu
Santo la abandonará. La Tercera Persona de la Trinidad no obra en esta forma; es
Espíritu longánime y benigno, y ante nuestro descuido, nos amonesta solícitamente. Pero
si no termina la negligencia en la oración, las defensas morales del alma quedan
derribadas y todo género de tentaciones acosan al trasgresor. El santuario del alma ha
sido derrotado y en el altar sólo quedan cenizas de lo que había sido una devoción
ardiente. No apaguemos la llama de oración del Espíritu.
LA LLAMA DE AMOR
En su Epístola a los
Efesios, capítulo cuatro y los últimos tres versículos, el apóstol Pablo amonesta a
sus lectores, como sigue: No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual
fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura,
enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros,
misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en
Cristo.
En otras palabras, es como
si Pablo quisiera decir: No apaguéis la llama del amor del Espíritu. Sed
solícitos con el Espíritu de Dios en su ministerio de amor.
Como ya lo dijimos, el fruto
(no los frutos) del Espíritu es amor. Las demás virtudes son solamente fases del amor.
El amor es la gracia cristiana completa e indispensable. Es la gracia suprema, la llave
de toda la vida. Por tanto, si no hay amor, el fracaso será trágico; de poco valor
serán todas las demás cualidades que se posean. Si la llama de amor se apaga, la vida
interior se torna árida.
Con toda claridad, Pablo
asegura que la amargura destruye el fuego del amor que arde en el corazón. Por ejemplo
supongamos que una amistad íntima obra en forma que nos disgusta, y en lugar de llevar a
esa persona al trono de la gracia como debe hacerlo todo cristiano lleno del
Espíritu, el enfado aumenta y luego principia la crítica y por fin la llama de la
amistad se apaga por completo. Una vez que el resentimiento devora las entrañas, no se
necesita mucha provocación para que estalle y se lancen palabras mordaces. ¡Con cuánta
crueldad y mala fe se desata la lengua una vez que el amor ha desaparecido!
Hace algunos años que los
misioneros de cierta denominación en Corea, se reunieron para su reunión anual. En dicha
conferencia se presentó un problema, sobre la solución del cual, dos de los misioneros
diferían. Cada uno presentó argumentos según sus puntos de vista. Al principio la
discusión era amistosa y conforme a un verdadero espíritu cristiano. Sin embargo, cada
uno trataba de comprobar que le asistía la razón. Así siguieron hasta que uno de ellos
se impacientó y empezó a expresarse con palabras duras y rencorosas, lanzando
acusaciones en contra del hermano. Este inmediatamente respondió en el mismo tono, y
aquello bastó para que el ambiente de la conferencia se cubriera con un manto de
tristeza. Los dos hombres regresaron a sus respectivos campos de trabajo, con el ánimo
amargado.
Aunque la situación era
dolorosa, las consecuencias resultaron gloriosas. Uno de aquellos misioneros, un día
oraba al Señor, pidiendo que derramara sus bendiciones sobre una serie de reuniones
especiales que se llevarían a cabo. No había orado mucho tiempo, cuando sintió
claramente que el Espíritu Santo le reprendía y le decía: Es inútil que sigas
orando. Antes ve y reconcíliate con tu hermano.
El reproche fue tan directo
que temprano el día siguiente, tomó el tren para ir al campo misionero del hermano
con quien estaba disgustado. Cuando estuvo frente a él, le dijo que no era su objeto
seguir el debate, ni culparlo, sino que venía a confesarle que él era el culpable.
Añadió que Dios le había reprendido por su actitud y las palabras que había expresado.
Le pidió perdón, y dijo: He contristado al Espíritu.
El resultado es fácil de
adivinar. El otro hermano dijo: Yo soy tan culpable como usted y le pido
perdón. Se abrazaron y luego, arrodillados, pidieron perdón a Dios, invocando su
bendición y su poder. Al día siguiente se separaron llenos del fuego del amor. Cuando
las noticias de su reconciliación se supieron, se hizo sentir un avivamiento espiritual
en todo el campo y hubo una gran ganancia de almas para Cristo.
Nada debe apagar la llama
del amor en el altar del corazón, porque el amor es la suprema virtud de la vida
cristiana. Antes bien, como exhorta Pablo a la iglesia en Tesalónica, es preciso abundar
más y más en ese amor que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo.
Acatemos las recomendaciones de Pablo: No apaguéis la llama de testimonio. No
apaguéis la llama de oración. No extingáis la llama de amor.
|