IV
PUREZA DE PENSAMIENTOS
Transformaos por medio de
la renovación de vuestro entendimiento
(Romanos 12:2).
El gran evangelista Dwight
L. Moody, dijo en cierta ocasión: He tenido más dificultades conmigo mismo que con
ningún otro ser humano. Casi todos podríamos hacer una confesión parecida.
Esto se debe a nuestra doble
naturaleza: Escoria y divinidad. En ocasiones, tratamos sinceramente de ser puros,
bondadosos, veraces y perdonadores, pero por otra parte, nos asaltan pensamientos que no
debemos albergar y acariciamos ensueños que debieran avergonzarnos, y no podemos menos
que lamentarnos de la forma en que a veces nos expresamos. Pablo explicó concisamente el
problema de la manera siguiente:
Porque lo que hago,
no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que
no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace
aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no
mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el
bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago (Romanos 7:15-19).
Parecería que dentro de la
misma persona viven dos seres distintos, el que es bueno y el que no lo es, y el problema
que se presenta es cómo cambiar al de carácter no deseable, al ser cuya naturaleza se
inclina al bien.
Pablo no sólo menciona el
problema, sino que también sugiere cuál es la clave para su solución.
Transformaos, recomienda, por medio de la renovación de vuestro
entendimiento. El entendimiento, o sea la mente del hombre, es la clave a lo que es
el hombre, y la manera de obtener la transformación es cambiar la mente misma.
Antes de asomarnos al
proceso de la renovación del entendimiento, tratemos de entender algunas de las
verdades básicas que tienen que ver con él.
La primera es: el
entendimiento o la mente es algo mucho más complejo de lo que suponemos. Además del
sentido consciente, estamos dotados de subconciencia. Por una parte, el pensamiento se
fija en lo inmediato y a ello le presta atención. En este momento, por ejemplo, estoy
consciente de mi tarea al frente de la máquina de escribir; pero sabemos que existe otra
parte de la mente, que abriga pensamientos en los que no se concentra, pero en cualquier
momento puede hacerlos surgir. Si al estar en la iglesia se pierde el interés en el
sermón, de inmediato el pensamiento puede volver al pasado y hacer memoria de alguna
experiencia placentera. Es decir, que la mente trabaja en dos niveles: (1) El de la
inmediata conciencia, y (2) el de la subconciencia.
Podemos comparar la mente
humana a una fábrica, cuyas máquinas trabajan incesantemente día y noche. La mente
trabaja siempre, aún cuando estamos dormidos. Los pensamientos con que la alimentamos
durante el día, son como materia prima de la que se sirve incesantemente. Esto lo
sabemos por experiencia personal. Nos acostamos a dormir habiéndonos fijado determinada
hora para despertar, y desde luego, al estar la mente preocupada con esa idea,
despertamos a todas horas de la noche. Si al dormirnos nos agobian temores y ansiedades,
al despertar estaremos doblemente ansiosos y asustados. Pero si nos entregamos al sueño
con la mente confiada en el poder de Dios para suplir lo que necesitamos, despertaremos
con la profunda certeza de poder enfrentarnos a las exigencias de la vida. Por ello es
de suma importancia, orar, leer las Sagradas Escrituras y ocupar la mente con
pensamientos nobles y positivos, antes de dormir.
En segundo lugar, hay que
tener presente, que tanto la subconciencia como la conciencia, ejercen influencia en
nuestra vida, a veces más la primera.
David Seabury, un conocido
psicólogo, asegura que las tres cuartas partes de nuestra actitud mental, ocurren en ese
hondo nivel del subconsciente y sólo salen a la superficie en el momento que se requiere.
El doctor Charles Mayo dice que el 75% de la actuación de la humanidad se encuentra
dominada por el subconsciente, y sólo el 25% por la mente consciente.
A veces, actitudes y
emociones arraigadas profundamente en la subconciencia, afectan la mente humana y dan
por resultado aflicciones físicas externas. Hace varios años, cuando era pastor de una
ciudad de la India, fui llamado al hogar de una señora que repentinamente había perdido
la vista y estaba sujeta a tratamiento médico. Cuando visité a su médico y le
pregunté cuál era su diagnóstico, me contestó que en realidad no había tenido ninguna
alteración orgánica, sino que era el resultado pasajero de alguna experiencia que la
inquietaba emocionalmente. Añadió que sólo le estaba aplicando algo superficial,
más que todo, para ayudarla psicológicamente, y me recomendó que tratara de encontrar
la verdadera razón de su malestar, a fin de prestarle una ayuda eficaz.
Le hice otra visita a la
señora y después de mucho sondear con todo tacto y de haber orado con ella, descubrí
la verdad. Hacía poco había descubierto que su esposo le era infiel. Pensó que al
perder su amor lo perdía a él, y su ceguera repentina era un esfuerzo inconsciente de su
parte, para volver a conquistar su afecto y sus atenciones. Tendría que dedicarle mucho
de su tiempo y servirle de lazarillo. Fui a entrevistar a su marido y le expliqué el
asunto. El reconoció su falta y se arrepintió. Le pidió perdón a su esposa y ambos se
reconciliaron. Pocos días después, la señora había recobrado la vista completamente.
Lo que pasa es que muchas de
nuestras acciones, sin darnos cuenta, se hallan sujetas a ese nivel de la mente, que
denominamos subconciencia.
En tercer lugar, y en lo que
a la mente humana se refiere, es necesario reconocer que hay elementos en la
subconciencia, que por naturaleza se inclinan al mal.
Es en esa zona
subconsciente, donde la naturaleza humana se pone al descubierto tal como es. Allí los
instintos, como el sexo y el yo, reinan supremos; son instintos que ocupan ese sitio,
desde largo tiempo atrás, en la historia de las razas, y permanecen todavía
florecientes. De la mente subconsciente brotan algunos de nuestros ensueños, y también
los pensamientos impuros nacen de este abismo. He ahí la razón por la que es tan
difícil vivir rectamente.
La experiencia de la
conversión trae consigo amor y lealtad. Conscientemente se acepta a Cristo como Señor y
Salvador; pero a veces la subconciencia no lo acepta. Conscientemente se es cristiano,
pero la subconciencia muestra aún rasgos paganos. Hay impulsos que actúan en contra de
los sentimientos morales que radican en la mente consciente; ésta ya es cristiana, pero
la subconciencia todavía demuestra rasgos paganos. La primera se ha convertido, pero la
otra no está todavía dispuesta a obedecer en todo la voluntad de Dios.
Por lo tanto, existe un
conflicto dentro del ser. Por una parte exclamamos: Quítate delante de mí,
Satanás, pero a la vez hay algo que nos impulsa a seguir los senderos antiguos.
Comprendemos ahora lo que
lleva al Apóstol a exclamar: Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta
ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de
Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me
lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros (Romanos 7:21-23).
¿Puede Cristo redimir la
mente consciente nada más? o, ¿puede redimir también la mente subconsciente? Creo que
lo puede hacer. De otra manera el remedio para el mal no sería completo. El apóstol
Pablo, después de su gráfica descripción del conflicto interno de la mente, se lamenta
desesperadamente: ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de
muerte? Y en seguida, lleno de fe, contesta su propia pregunta, diciendo:
Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro (Romanos 7:24-25).
Llegamos entonces al punto a
discusión, la redención de la mente subconsciente. Lo que significa que para ser
personas completamente transformadas, en cierto sentido, necesitamos dos conversiones.
La primera conversión de la mente consciente, ocurre cuando nos allegamos a Cristo,
arrepentidos, y nos hacemos el propósito de seguirle. Pero no debemos detenernos allí,
porque de hacer eso, nunca seremos librados de conflictos interiores ni hallaremos el
gozo supremo que trae consigo la vida cristiana, hasta que alcancemos esa segunda
conversión, la de la mente subconsciente. Y creo que esto es lo que el
Apóstol quiere decir cuando aconseja: Transformaos por medio de la renovación de
vuestro entendimiento. ¿Cómo lograrlo? Permítame sugerir algunos medios
sencillos.
Primero, reconocer que
hay impureza y conflictos internos. Reconozca su condición actual, honrada y
sinceramente. No trate de ocultar sus sentimientos, ni de explicarlos, sino reconozca
que dominan su vida, y confiese su necesidad de liberación.
Cuando Isaías contempló la
excelsa santidad de Dios, tuvo la visión de su propia impureza y desesperadamente
clamó: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y
habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová
de los ejércitos (Isaías 6:5).
El profeta Jeremías, al
reconocer las profundidades pecaminosas del corazón humano, escribió: Engañoso es
el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? (Jeremías
17:9).
Cuando el rey David fue
reprochado por el profeta Natán, quedó convicto de su depravación interna, así como de
sus transgresiones externas, y exclamó, arrepentido: Mi pecado está siempre
delante de mí... He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.
He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo (Salmos 51:3, 5-6).
Simón Pedro, en uno de sus
primeros encuentros con el Señor Jesús, exclamó: Apártate de mí, Señor, porque
soy hombre pecador (Lucas 5:8).
Al meditar en el conflicto
interno que caracterizaba su vida anterior, el apóstol Pablo escribió: Si hago lo
que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí (Romanos 7:20).
El primer paso, entonces, es
reconocer la propia impureza interna y confesarla a Dios.
En segundo lugar, tener
fe para creer que el Espíritu Santo puede llegar a lo profundo del ser humano y hacer
su obra allí donde éste se siente impotente.
¡Cuán consolador es
comprender que Dios obra directamente donde el hombre no puede ejercer ningún dominio!
El Santificador acude en su ayuda, el Espíritu de verdad, el Sanador llega hasta el
origen del mal, hasta lo profundo del problema. ¡Cuán consolador es comprender que
Dios es auxilio omnipotente, se manifiesta en nuestro ser consciente y libre, así como en
la subconciencia! El Espíritu purifica el corazón, que siendo perverso, necesita ser
transformado; y es aquí donde el Espíritu perfecciona su obra y nos da vida en Cristo.
Permitamos que nuestra fe se
base en la obra hecha por Jesucristo y en las promesas precisas de la Palabra de Dios.
Pablo claramente dice: Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella,
para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la
palabra (Efesios 5:25-26). En otra ocasión, escribe: Nos salvó, no por
obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el
lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito
3:5-6). Y otra vez: Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo
hecha una vez para siempre (Hebreos 10:10).
Las promesas de Dios en
cuanto a la purificación interior, son también claras y precisas. ¿Cuánto más
la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin
mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios
vivo? (Hebreos 9:14). Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos
comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo
pecado (1 Juan 1:7).
Cristo murió para limpiar
hasta lo más profundo del ser. Dios en su Palabra así lo promete. El Espíritu Santo
está presto a terminar esa obra. ¡Tengamos fe y estemos seguros que El es poderoso y
está dispuesto a purificarnos ahora!
En tercer lugar, eleve
una oración específica al Espíritu Santo, implorando el lavamiento personal.
Confiese su impureza
interior. Ponga el dedo en la llaga. Si se trata del pecado de lujuria, dígalo; si del
egoísmo, confiéselo; si de resentimiento u odio, no lo niegue. No estará confesando
solamente transgresiones exteriores, sino una condición interna. Hay que dirigirse al
Espíritu Santo, diciendo: Señor, Tú sabes que en lo profundo de mi corazón hay
mucho que no es de tu agrado: orgullo, envidia, odio, concupiscencia, egoísmo, etc. Soy
impotente para libertarme de estos pecados y acudo a ti, implorando tu ayuda. Por mí
mismo no puedo ejercer dominio sobre mis pensamientos; posesiónate Tú de ellos. Purifica
la mente y el corazón y gobierna todo mi ser, mis móviles, deseos, ambiciones, impulsos,
instintos.
Ore con fe. Reconozca que El
ofrece y por eso usted implora. El promete, y usted recibe. Diríjase al Espíritu Santo,
y diga: Tengo fe en que eres poderoso para hacerme una nueva criatura, y te doy
gracias, Señor. Y luego permita que su fe descanse en las promesas de Dios y no
en lo que usted siente. Tener fe quiere decir creer en lo que Dios declara y que sus
palabras se hacen realidad en usted.
En cuarto lugar, mantenga
una actitud sumisa y obediente. Recuerde que esto es apenas el principio. Es
crisis que inicia un proceso. Esa oración incipiente debe ir acompañada día a
día, por la debida actitud. La voluntad deberá rendirse completamente. En el momento
que se trate de usurpar la autoridad del Espíritu Santo, y se quieran imponer caprichos
personales, se obstrucciona su obra renovadora y surge de nuevo el conflicto interno. Pero
si diariamente nos entregamos al Espíritu Santo y hacemos nuestra su voluntad,
recibiremos su constante purificación. Es preciso atender solícitamente su
dirección y sus advertencias; hay que andar en la luz y obedecer su voluntad.
Si se siguen estas
indicaciones, el Espíritu Santo tomará posesión de nuestros impulsos incontenibles, y
los transformará y consagrará.
Destruye el egoísmo del ser
humano y
lo hace un obrero dedicado al extendimiento del reino de Dios. El yo no
desaparece porque no se puede prescindir de él. La personalidad no desaparece, pero se
caracteriza por un espíritu abnegado. Nuestro Señor Jesucristo poseía una personalidad
excelsa y su impacto en el mundo es poderoso; pero su personalidad tenía su centro en
Dios.
Es interesante que el
apóstol Pablo precede las palabras del texto: Trasformaos por medio de la
renovación de vuestro entendimiento, con la amonestación: No os
conforméis a este siglo (Romanos 12:2). Pablo sabía que el único antídoto para
ser esclavos de caprichos mundanales, era estar bajo el gobierno del Espíritu Santo,
que mora en el creyente.
Hemos de estar dispuestos a
recibir la purificación y la consagración. El Espíritu Santo domina entonces todos
nuestros impulsos, con nuestro consentimiento y cooperación. Por lo tanto, no hay
luchas, sino que somos sumisos y confiados.
Así que la mente
subconsciente se renueva y puede renovarnos. Jesús dijo: El hombre bueno, del buen
tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas
cosas (Mateo 12:35). Puede decirse que el ser interno es un banco y no es posible
sacar de un banco lo que no se ha depositado en él. Siempre que se depositan buenos
pensamientos, buenas acciones, actitudes de nobleza, se aumenta el tesoro y la
transformación es constante. Esto es posible de día en día, y cuando se presenta
una crisis, los recursos del alma se lanzan a vencerla y nos conducen a la victoria. A
medida que se sigue la senda cristiana, estamos más a salvo. Esa mente subconsciente, de
enemiga, se torna en aliada.
El Espíritu Santo, pues,
puede hacer su obra; purificar, consagrar y dominar los deseos, móviles, sentimientos
y actitudes del ser interno; pero esto, desde luego, requiere nuestra entrega,
cooperación y obediencia.
La redención, por lo tanto,
debe llegar hasta lo más profundo del ser. Cristo redime la mente consciente y la
subconsciente.
Dios promete:
Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras
inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y
pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de
piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y
haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por
obra (Ezequiel 36:25-27).
Juan, el discípulo amado,
reitera la promesa, cuando dice: Si andamos en luz, como él está en luz... la
sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado (I Juan 1:7).
De lo profundo del corazón,
elevemos la oración del salmista David: Lávame más y más de mi maldad, y
límpiame de mi pecado... Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un
espíritu recto dentro de mí (Salmos 5l: 2, 10).
A semejanza del leproso que
se allegó a Jesús un día, encareciendo su ayuda, vayamos a él nosotros, leprosos
espirituales, y clamemos confiadamente: Señor, si quieres, puedes limpiarme
(Mateo 8:2). Y oigamos sus palabras inspiradoras: Quiero; sé limpio.