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II
RESIDENTE Y PRESIDENTE
No os embriaguéis con
vino, en lo cual no hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu
(Efesios 5:18).
En estas palabras del
apóstol Pablo hallamos una comparación, un contraste y un mandato.
Primeramente aparece una comparación.
La plenitud del Espíritu Santo trae consigo intrepidez, poder, optimismo. Uno de
los efectos del alcohol en el hombre es envalentonarlo; se siente capaz de cualquier
hazaña, para él no existe el fracaso. Sin embargo, ¡cuán grande es el contraste entre
el estimulante diabólico y el divino, el Espíritu Santo! La embriaguez conduce a necios
desvaríos, mientras que la plenitud del Espíritu Santo imparte sabiduría. La
borrachera lleva a excesos, mas la plenitud del Espíritu Santo logra el dominio propio en
el individuo. Lo uno conduce a lo satánico, mientras que lo otro a la santidad. Por
último, hagamos mención del mandato. En realidad, tiene dos aspectos. Uno es
negativo:
No os embriaguéis con
vino. El otro es positivo: Sed llenos del Espíritu. Parece muy
extraño, pero solemos dar mucho énfasis al mandato negativo y casi olvidamos el mandato
positivo.
En cierta ocasión, el
notable evangelista Billy Graham, visitaba una iglesia y uno de los ancianos que lo
acompañaba le contó que su iglesia acababa de pasar por una experiencia trágica, al
despedir a uno de sus miembros por haber asistido en estado de embriaguez.
Entonces Billy Graham le
preguntó: Y, ¿cómo proceden ustedes en el caso de un miembro que viene a la
iglesia y no ha cumplido con el mandato de ser lleno del Espíritu Santo? Algo
perplejo, el anciano dijo: No entiendo su pregunta. El señor Graham
procedió a explicarse: Ya sabe usted que la Sagrada Escritura dice no os
embriaguéis con vino... antes bien sed llenos del Espíritu. Ahora bien, si
alguien desobedece la primera parte del mandato, deja de ser reconocido como miembro en
plena comunión. ¿Y qué medidas toman ustedes cuando alguno de los miembros no acata el
segundo mandato y no recibe la plenitud del Espíritu Santo? ¿Acaso lo amonestan
seriamente?
La iglesia considera la
embriaguez como una grave ofensa, y con razón, pero a la vez ¡es igualmente trágico que
sus miembros sean negligentes cuando se trata de la plenitud del Espíritu Santo!
El mandato de ser llenos del
Espíritu es tan preciso como lo es el de arrepentirse y creer en el Señor Jesucristo.
La Iglesia Primitiva fue muy
categórica en cuanto al bautismo con el Espíritu Santo. En obediencia al mandato de
Cristo, de que no se fueran de Jerusalén sino que esperasen hasta que fuesen revestidos
del poder de lo alto, los discípulos se reunieron en el aposento alto, unánimes en
oración hasta el día de Pentecostés, cuando fueron todos llenos del Espíritu
Santo. Desde entonces, en la Iglesia Primitiva esa fue la norma a seguir por todos
y cada uno de los cristianos. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, repetidas
veces aparece la frase llenos del Espíritu Santo.
Cuando se hubo llegado el
tiempo de elegir a los primeros diáconos en la iglesia de Jerusalén, uno de los
principales requisitos espirituales fue que estuviesen llenos del Espíritu Santo
(Hechos 6:3). Cuando Felipe anunciaba el evangelio en Samaria y se hacía sentir un gran
avivamiento, los apóstoles que estaban en Jerusalén enviaron a Pedro y a Juan para que
imponiéndoles las manos, recibiesen el bautismo del Espíritu Santo (Hechos 8:14-17).
Cuando Ananías visitó a Saulo, el nuevo creyente, en Damasco, le dijo: Hermano
Saulo, el Señor Jesús... me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del
Espíritu Santo (Hechos 9:17). Más tarde cuando Pablo estuvo en Éfeso y encontró
allí a ciertos discípulos, lo primero que les preguntó fue: ¿Recibisteis el
Espíritu Santo cuando creísteis? (Hechos 19:2).
Todos estos ejemplos
comprueban que la Iglesia Primitiva hacía hincapié en que se recibiese la plenitud del
Espíritu Santo.
Pero, ¿qué significa estar
lleno del Espíritu?
Antes de poder contestar,
tenemos que hacer otra pregunta y darle respuesta: ¿Cuál es la relación que tiene el
Espíritu Santo con cada creyente? Ya hemos explicado la relación que existe al
tratarse de las personas que aún no han sido regeneradas. Dijimos que el Espíritu Santo
es el Embajador, que redarguye de pecado, justicia y juicio. Pero, ¿cuál es la
relación que guarda con los que se han arrepentido de sus pecados y han aceptado al
Señor Jesucristo como su Salvador? Veamos lo que nos dicen las Sagradas Escrituras.
En primer lugar, todo
creyente es nacido del Espíritu. El Señor Jesús le dijo a Nicodemo: El que
no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios (Juan
3:5). Cuando un hombre acepta a Cristo como su Salvador personal, pasa de muerte a vida
por medio del Espíritu Santo. Ha nacido de nuevo; es una nueva criatura en Cristo
Jesús. Las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas.
Ahora es un hijo y forma
parte de la familia de Dios. A esta experiencia le llamamos comúnmente el nuevo
nacimiento, conversión o regeneración. Con cada término se da énfasis a un aspecto
distinto de la misma experiencia espiritual.
En segundo lugar, el
Espíritu Santo le imparte seguridad al creyente. En la Epístola a los Romanos,
Pablo dice: El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos
hijos de Dios (Romanos 8:16). Esta es la confianza íntima que todo el que ha nacido
de nuevo abriga: que Cristo Jesús lo recibe, perdona sus pecados y es hijo de Dios. Juan
Wesley lo expresaba en estos términos: el testimonio del Espíritu. Es obra
subjetiva en el alma, pero al mismo tiempo muy real. Es la convicción que el Espíritu de
Dios implanta en el espíritu humano.
En tercer lugar, todo
creyente recibe el sello del Espíritu Santo. Pablo escribe a la iglesia en Éfeso:
Fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa (Efesios 1:13;
véase también 4:30). A los cristianos de Corinto, escribió algo semejante (II
Corintios 1:22). Para los griegos, el sello era la comprobación legal de alguna
operación. De la misma manera el Espíritu Santo sella al creyente, es decir, pone
sobre él el sello de propiedad, y lo constituye en posesión del Dios omnipotente.
Así mismo, el Espíritu
Santo es garantía o arras de nuestra final redención. Este término se empleaba
en los días de Pablo, como el término moderno pago a cuenta. La palabra es
explícita; asegura que el Espíritu Santo es la garantía de nuestra herencia hasta que
entremos en completa posesión de ella. Otro ejemplo muy conocido podría ser el anillo de
compromiso que es prenda del matrimonio hasta que éste se realiza. El Espíritu Santo en
el corazón del creyente es prenda divina como anticipo de la mansión de gloria.
En cuarto lugar, todo
creyente es bautizado en el cuerpo de Cristo por el Espíritu Santo. En I Corintios
12:13, Pablo expresa esta verdad cuando dice: Porque por un solo Espíritu fuimos
todos bautizados en un cuerpo. Es como si un albañil tomara un ladrillo y lo
colocara en la pared que construye. Ese ladrillo es ya parte de la pared. Así también el
Espíritu Santo le ofrece lugar al creyente en el cuerpo de Cristo, es decir, la Iglesia
de Cristo y es entonces miembro de la Iglesia Universal.
Finalmente, el Espíritu
Santo mora en todo creyente. Pablo escribió a los cristianos en Corinto: ¿No
sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? (I
Corintios 3:16). Esto les decía a pesar de que a esos cristianos les faltaba mucho para
ser perfectos. No hay que pensar que el Espíritu Santo no actúa cuando un hombre se
convierte, es decir, nace de nuevo; que El sólo está presente cuando ya ha crecido en la
gracia. En el preciso momento en que se recibe a Cristo como Salvador personal, se recibe
también la presencia del Espíritu Santo. El cristiano no puede vivir por un momento
sin su presencia. Pablo dijo: Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de
él (Romanos 8:9). El Espíritu Santo habita en todo hijo del supremo Hacedor.
Habiendo dicho todo esto,
que el creyente sincero nace del Espíritu, recibe seguridad y confianza, es sellado por
el Espíritu, bautizado por el Espíritu en el cuerpo de Cristo y ese Espíritu mora en
él, tenemos que hacer notar que no todo creyente está lleno del Espíritu. Una
cosa es nacer del Espíritu y otra gozar de la plenitud del Espíritu. Pudiera ser que el
Espíritu Santo more en nuestro corazón, pero sin ejercer dominio completo
sobre él. Cristo podrá ser el Salvador, pero no el Soberano; podrá ser Residente
pero no Presidente.
Hay personas que tal vez han
abierto la puerta de su corazón al Espíritu de Cristo, pero no le permiten ir más allá
del umbral de su vida. Le ofrecen entrada a algunas habitaciones pero no a todas. Por lo
tanto, aunque el Espíritu Santo esté presente y haya derramado bendiciones sobre el
dueño de esa morada, está allí sólo como huésped. No se le permite ejercer dominio
completo.
Ser llenos del Espíritu
significa que el hijo de Dios ha permitido que El ocupe todos los rincones de su alma, que
todas las llaves estén en su poder. El Espíritu no es Huésped solamente, sino el Amo
por excelencia.
Esta íntima relación con
el Amo y Señor, por medio de la persona del Espíritu Santo se halla magistralmente
descrita en el bien conocido texto de Apocalipsis 3:20: He aquí, yo estoy a la
puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él,
y él conmigo. Esta es la triple relación de Cristo con el ser humano: Para
algunos es un Extraño, que toca la puerta y solicita entrada. Para quienes le han
aceptado como Salvador, se encuentra adentro pero sólo como huésped; se le sienta a la
mesa y cena con el dueño. Pero para quienes hacen una completa entrega de sí mismos, El
viene a ser el Amo. Se sienta a la mesa como anfitrión y el creyente cena con El. Esta es
la relación íntima que Cristo anhela tener con todos sus hijos.
Es evidente, por lo tanto,
que la razón principal por la que todo hijo de Dios no goza de la plenitud del
Espíritu Santo, es que no ha hecho una completa entrega a Dios de todo su ser y todo
cuanto se relaciona con su vida diaria. El resultado entonces es que en lugar de estar
lleno del Espíritu (con e mayúscula), se encuentra bajo el dominio de algún otro
espíritu (con e minúscula). Podrá ser el espíritu de arrogancia, y el Espíritu
Santo, que es Espíritu de humildad, no puede reinar en su vida; o quizá lo gobierne un
espíritu egoísta y en tal caso el Espíritu Santo, Espíritu de sacrificio, no es
quien domina esa vida. Pudiera ser también que el individuo abrigue odio o resentimiento
y será imposible en esa condición que el Santo Espíritu de amor llene su corazón.
Así que para estar lleno
del Espíritu Santo, el creyente debe estar dispuesto a que se le despoje de toda
actitud o deseos pecaminosos. Nótese que digo que debe estar dispuesto a que se le
despoje, y no que él debe despojarse por sí mismo. Este es el error que muchos cometen. Tratan
de despojarse o de abandonar por sí mismos actitudes profanas, lo cual es imposible. Lo
que se necesita es que permitan al Espíritu Santo hacer la obra.
Hay dos formas de vaciar el
agua de un vaso. Una es invertir el vaso y la otra es verter mercurio (o alguna otra
sustancia con más peso que el agua e incompatible con ese líquido) en el vaso y
automáticamente se vaciará el agua. Al tratarse del corazón humano y descubrir que
está lleno de resentimientos, rencores, odios, celos, impurezas, etc., será imposible
tratar de vaciar su contenido como si se tratara de un vaso con agua. Lo único que
podemos hacer es permitir que el Espíritu Santo penetre el corazón y lo llene por
completo y al hacerlo, automáticamente desalojará toda actitud y deseos perversos. En
otras palabras, esta es una obra que no podemos hacer nosotros; tenemos que permitir al
Espíritu Santo que la realice.
El secreto de la
santificación en la vida cristiana, es esa entrega completa de parte del creyente a fin
de ser dotado de la plenitud del Espíritu, porque donde reina el Espíritu Santo allí
hay santidad. No puede existir la menor impureza cuando El gobierna. La santificación, es
ante todo, una relación con una Persona, el Espíritu Santo. Entre tanto que el cristiano
mantiene esa relación íntima con el Espíritu, mediante una actitud de entrega y
obediencia, recibirá su plenitud y pureza. Pero si es obstinado y desobediente y
permite que deseos pecaminosos se adueñen de su vida, sufrirá una completa derrota
espiritual.
Un pequeño guijarro, por
ejemplo, mientras permanece en el fondo de un arroyo, se conserva limpio, pero si es
sacado del agua y tirado al suelo, lo más seguro es que se enlodará. Mientras
permanecemos en el Espíritu, estamos a salvo y limpios espiritualmente, pero
en el momento que nos alejamos de El, acecha el peligro de la contaminación. El secreto
de la pureza es perseverar en nuestra relación con el Espíritu Santo.
A la vez, esta entrega y el
resultado, ser llenos del Espíritu, son el secreto del poder en la vida cristiana.
A semejanza de la pureza, el poder no es una fuerza impersonal; significa una relación
íntima con el Espíritu Santo, el Poderoso. Si estamos plenamente rendidos a su
voluntad y en todo somos dirigidos por El, su potencia se deja sentir en nuestra vida en
el momento que se necesita. Todos los obstáculos que estorban la corriente de su poder
han sido eliminados, y mientras se mantenga esa relación, el poder obrará.
La vida llena del Espíritu
se inicia, como ya se dijo, al hacer de ella una entrega completa. El Espíritu Santo se
da en plenitud únicamente a quienes se rinden incondicionalmente. Un súbdito
británico, al dar su testimonio ante un grupo de personas, dijo: Hasta ahora
había reinado una monarquía constitucional en mi vida espiritual. Cristo ha sido el
Rey, pero yo he sido el primer ministro, adjudicándome todas las decisiones. Pero ahora
he renunciado al puesto y Cristo es ahora el Rey, Primer Ministro, y Señor de mi
vida. Cuando estamos dispuestos a que Cristo sea el Señor, el Espíritu Santo
morará en nosotros en toda su plenitud.
¿Qué significa la consagración?
No quiere decir que le diremos al Señor lo que nos comprometemos a desempeñar como
seguidores suyos, sino que nos disponemos a acatar aquello que El quiere que hagamos. Tal
vez nos llame a la obra misionera, y debemos disponernos a obedecer; o quizá más tarde
se nos pida pasar por alguna prueba difícil, y al cristiano consagrado sólo le toca
decir: Hágase tu voluntad.
Pero habrá quienes piensen
que esto es pedir demasiado, que el precio es muy alto. Recordemos, sin embargo, que
el Señor a quien nos hemos consagrado es amoroso y benigno y sólo anhela lo mejor para
sus hijos y que vivamos para su honra y gloria y para bendecir a la humanidad. No hay
nada que temer. Ciertamente, no podremos imponer nuestra voluntad, pero encontraremos que
la senda que El nos señala ¡es siempre la mejor!
¿Es el precio demasiado
alto? Hay que tomar en cuenta que al entregarle todo, que es muy poco, a El,
recibimos su grandioso todo. Nos inunda con su Santo Espíritu y recibimos así
toda su paz, todo su gozo y todo su poder. Y no sólo esto sino que esa vida que le hemos
entregado nos es devuelta, pero ahora es una vida nueva, redimida y transformada para
gloria suya, y en ella nos regocijamos.
Nos rendimos a El y El nos
llena del Espíritu Santo. Este es el secreto. Sed llenos del Espíritu.
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