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Una
Definición del Amor
Juan Wesley respondía a los que difamaban su
doctrina, diciendo que su enseñanza sobre la perfección cristiana se reducía a:
Amarás a tu Dios con todo tu corazón, toda tu mente, toda tu alma y toda tu
fortaleza. Esto condensa todo lo que hasta aquí hemos dejado dicho en este libro.
Había una vez un obispo medio excéntrico a
quien le gustaba recorrer su diócesis disfrazado, para ver cómo se estaban portando los
clérigos. Un día llegó a cierta iglesia, vestido como un vagabundo, y llamó a la
puerta de la rectoría. Salió a abrir la esposa del vicario, mujer que no perdía
ocasión de hacer obra evangelística. Antes de darle cualquier limosna al
vagabundo, le preguntó si sabía cuántos eran los mandamientos. Son once,
dijo el obispo. Te equivocas, son diez dijo la mujer con altanería. Al día
siguiente, domingo, el obispo predicó en esa iglesia. Mirando significativamente a los
ojos de la mujer del vicario, anunció el texto sobre el cual iba a predicar: Un
nuevo mandamiento os doy, que os améis los unos a los otros.
El pastor Charles Jefferson, predicando un
sermón sobre El Nuevo Mandamiento, dijo que había examinado más de
doscientos volúmenes de sermones sin encontrar uno solo sobre este tema. Todavía el amor
es la cosa más grande del mundo. Las páginas de veinte siglos de historia
eclesiástica muestran que hay un enorme vacío en la predicación sobre el amor. Cada
predicador debería leer, dos o tres veces por año, el gran sermón
de Henry Drummond y predicar enfáticamente sobre tan glorioso tema.
Dijo el apóstol Pablo que el fruto del
Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre,
templanza (Gálatas 5:22,23).
A menudo oímos leer este texto, pronunciando
la palabra fruto en plural, como si las cosas que siguen fueran manzanas,
peras, duraznos, uvas, todas juntas creciendo del mismo árbol. Esta interpretación
oscurece el significado del texto. Un manzano puede dar toda clase de frutos que varíen
de color, forma y tamaño, pero todos ellos, serán de la misma clase fundamental, y por
eso las llamamos manzanas. El fruto del Espíritu es amor. Pero amor, igual que
muchas otras palabras, es mal comprendido generalmente, y es usada en el sentido de un
mero sentimentalismo que empequeñece su significado. Amor es una palabra fuerte. Tiene
una gran riqueza de significado comprehensivo. El apóstol se esfuerza en explicar todo
su significado, y después de decir que el fruto del Espíritu es amor, da una serie de
palabras que amplían su significado. Es como si dijera: El fruto del Espíritu es
amor, pero el amor es... Y entonces agrega ocho definiciones del término, dos de las
cuales son palabras referentes a sentimientos y seis son referentes a acción. Esta
proporción matemática es necesaria porque, por lo general, hay una tendencia a
degenerar el amor en un simple sentimiento. Hay una gran diferencia entre el amor que
dice sentir una pareja de adolescentes, y el amor que demuestra tener una pareja de
mediana edad, uno de los cuales ha quedado permanentemente inválido y al cuidado continuo
del otro. En este segundo caso, el sentimiento se ha convertido en acción.
Los seis términos que Pablo usa para definir
el amor como acción, están agrupados en tres pares que cubren todas las posibles
relaciones en las cuales puede expresarse el amor como fruto del Espíritu. Esto quiere
decir que no hay una sola relación humana que no sea afectada por la presencia del
Espíritu en el corazón. Nosotros podemos tener sólo tres tipos de relaciones: con Dios
primeramente, con nuestros prójimos en segundo lugar y finalmente con nosotros mismos.
Paciencia y benignidad describen la
acción del amor en relación con otros. La paciencia es la virtud que necesitamos
cuando estamos abajo, cuando somos dominados por alguien y no podemos defendernos a
nosotros mismos. En este caso, el amor es una manifestación pasiva, y le llamamos
paciencia. Pero la paciencia necesita bondad. Algunas personas sufren con paciencia,
porque no pueden hacer otra cosa. Pero carecen de bondad. Gentileza es la palabra que
debemos aplicar cuando estemos por encima de todos y disfrutemos de autoridad. Entonces la
manifestación palpable de nuestro amor será la gentileza.
Nuestra relación con Dios, cuando estamos
bajo el control del Espíritu Santo, debe manifestarse en la forma de bondad y fe. No
podemos hablar de nuestra relación con Dios sin ser teológicos. La fe y la bondad se
enseñan a menudo, teológicamente, por separado. Pero deben formar una síntesis
viviente, tal como Pablo hace aquí. Es propio decir que la salvación es por la fe.
También es propio decir que la salvación es por la bondad. Cuando alguien dice que la
salvación es un don independiente de nuestras obras, dice una gran verdad. Sin embargo,
la verdad total del evangelio exige que la salvación produzca bondad. Cualquier cosa
que quisiéramos significar al hablar de salvación por la fe, tiene que ser una
salvación que no condena el pecado ni deja ningún lugar para el mal. La justicia no
sólo debe ser imputadatal como decían los antiguos teólogos, sino también impartida.
La humildad no debe ser una capa que cubra el
pecado y la derrota. Pero también la victoria espiritual debe testificarse con una
humildad que excluya el orgullo y dé toda la gloria a Cristo. Necesitamos recordar una
vez más que nuestra salvación no depende de nuestros sentimientos. La salvación
depende únicamente del sacrificio de Jesucristo. Esto es algo que verdaderamente no tiene
precio, y que debe ser testificado con acción de gracias y humildad. La victoria no es
nuestra, ni el efecto de nuestra lucha: es un don de la gracia de Dios. Por lo tanto,
¡a Dios debe darse toda la alabanza! Pero eso no es todo. Cometemos tantos errores de
juicio, decimos tantas palabras hirientes, ofendemos en tantas maneras, fallamos tanto al
no orar como debemos, y somos tan remisos en cumplir nuestros deberes, que la escasa
victoria que obtenemos sobre las cosas que sabemos son pecado, no nos permiten ninguna
clase de orgullo. Y no sólo eso, sino que muchas veces, ni siquiera estamos al tanto de
las maldades que cometemos sino hasta después que el daño ha sido hecho. Pero, sin
embargo, todo no invalida el sentido de la victoria. No debemos andar siempre
cariacontecidos y tristes, negándonos a testificar de victoria alguna, por el temor de lo
que pudiera haber sucedido o pueda suceder sin nuestra voluntad. La proclamación
de la victoria debe ir acompañada de un profundo reconocimiento de que la gracia de
Dios está limpiando constantemente nuestra alma de todos esos pecados inadvertidos. Y
justamente, como no nos sentimos culpables o conscientes de haber cometido nuevos pecados
deliberadamente, tampoco habrá nuevas revelaciones de su limpieza. Pero eso no significa
que nuestros errores, y la necesidad de corregirlos no estén presentes. Debemos ser
sabios y aceptar la realidad, y dar conscientemente alabanzas a Dios por todo lo
que El está haciendo, y que nosotros estamos recibiendo por fe. Nuestro aprecio de la
gracia y nuestra humildad de espíritu deben profundizarse a medida que vamos
comprendiendo cuánto es lo que Dios hace por nosotros durante todo ese tiempo en que
nos sentimos libres de pecado.
¿Cómo, entonces, se resuelve esta paradoja
de los dos énfasis teológicos, fe y bondad? Por el amor. El amor mantiene la tensión en
equilibrio. El amor es el vínculo perfecto (Colosenses 3:14).
Uno de los hechos singulares de la naturaleza
humana es que podamos tener relaciones con nosotros mismos. Es decir, que podamos
hablarnos a nosotros mismos, refrenarnos y examinarnos a nosotros mismos, y manejarnos a
nosotros mismos. Sin duda alguna, nuestro mayor problema en nuestra vida lo constituimos
nosotros mismos. Pero sin embargo, cuando poseemos la plenitud del Espíritu, El pone el
fruto del amor en esas relaciones y el amor se manifiesta en dos direcciones: mansedumbre
y temperancia (o sea el auto-control). Aquí hay otra paradoja viviente,
otra tensión entre dos polos, que se mantiene en la síntesis del, amor. Cualquiera de
esos dos polos, tomado aparte, se vuelve muy peligroso.
La esencia de la santificación es una
completa y total entrega. Pero esto es más que un simple y aislado acto. Iniciada la
santificación como un acto, debe ser mantenida como una condición. Y un estado
constante de sometimiento es definido aquí para nosotros como mansedumbre. Hay
un peligro aquí, no obstante, si suponemos que nuestra santificación consiste en la
condición en que meramente cedemos, y somos pasivos, débiles e irresponsables. La
mansedumbre y el sometimiento continuo deben ser acompañados por un concepto nuevo y
mayor. Dios acepta nuestra entrega total solamente para regresarnos nuestras vidas en
forma de un depósito del que somos mayordomos.
La prueba de que Dios nos acepte es un paso
gigantesco de fe de parte de Dios. El nos devuelve todo lo que damos, pidiendo de
nosotros sólo que seamos fieles mayordomos. Cada parte de nuestra naturaleza puede ser
usada como un instrumento de rebeldía. Cualquier elemento puede convertirse en un arma
para combatir a Dios. Y como hemos visto, la línea entre la mayordomía que honra a Dios,
y la mayordomía para la gloria del yo se cruza tan fácil e involuntariamente que sólo
la voz del Espíritu Santo puede guardarnos de las tretas del diablo aquí descritas.
Pero Dios corre el riesgo. Nuestra lealtad toca y satisface un deseo muy profundo de Dios,
y El la recompensa con el inmenso honor de nombrarnos sus mayordomos. Por lo tanto,
Dios no nos priva de nuestro ser, sino que, conforme lo rendimos a El constantemente, El
constantemente lo pone en nuestras manos, en mayordomía eterna. No nos corta la lengua,
pero espera que la gobernemos para su gloria. No nos quita la sensibilidad, o el
apetito, o nuestros instintos o capacidades, pero El ha determinado un día en que nos
pedirá que rindamos cuentas de cómo hemos usado todo ello. Dado que la esencia de
nuestra entrega a Dios es la entrega de nuestro yo, entonces la mayordomía del yo viene a
ser el auto-control. Y eso es el polo opuesto a la mansedumbre, en la
tensión de amor que existe dentro del yo.
Mucho se ha dicho acerca de la disciplina del
yo entregado a Dios. Algo más necesita ser dicho, sin embargo, acerca del amor como
emoción, en cuanto a conservarlo en correcta relación a la acción. La emoción es parte
esencial de la vida y no debe divorciarse de la experiencia cristiana. Podemos asegurar
que el cristianismo sin la emoción no es un cristianismo viviente. Por supuesto, el
ejercicio de las emociones requiere disciplina.
La emoción, la razón, la voluntad, el
instinto, y cualquier otra fase de la vida son peligrosas cuando se hacen un fin en sí
mismas. Cada una de ellas, no obstante, tiene una función esencial que realizar. La
función de la emoción es, primeramente, servir de resorte a la acción. Dice William
James en su clásico libro sobre los hábitos que es dañino someterse a experiencias
emocionales sin darles un modo adecuado de expresión en la vida. Para ilustrarlo, el
psicólogo norteamericano dice que si uno escucha un buen concierto sinfónico, y se
emociona profundamente al oírlo, no debe contentarse solamente con absorber tantas
emociones placenteras, sino que debe darles expresión a esas emociones cumpliendo con
alguna clase de deber, ¡tal como hacer un llamado telefónico a la abuelita al día
siguiente!
Hay un gran peligro en hacer del elemento
emocional el principal ingrediente de la experiencia cristiana, convirtiéndolo en un
fin en sí mismo. Esto es algo que deben tenerlo en cuenta tanto los filósofos místicos
como algunos hermanos que enfatizan los dones carismáticos. Los primeros tienden a
definir la religión en términos de experiencia extática, y los segundos en términos de
cantidad emocional. Ambos están correctos al decir que la emoción tiene un buen lugar
en la vida cristiana pero ambos se equivocan en decir que la emoción es el único lugar
en que se expresa la vida religiosa. La emoción religiosa debe ser un impulso para la
acción, acción que abarca el todo de la vida. Desafortunadamente, el énfasis a la
santidad en muchos círculos se ha confundido con un emocionalismo exagerado. Hay muchos
peligros en el emocionalismo, y hay que encararlos con franqueza y disciplina.
El primero de esos peligros es perder la
sinceridad al caer en la imitación de la emoción. Hay gente que cree que si no estalla
en el culto cierta clase de emocionalismo, no ha habido bendición verdadera. Creen que cada
culto debe ser ruidoso, sobrecargado de emoción. Piden a Dios, orando a gritas, que
perdone el frío formalismo de la iglesia, sin darse cuenta que esta forma de orar es
también un formalismo. A veces no discernimos bien los formalismos de la falta de forma.
Esos hermanos que creen que no hay libertad del Espíritu hasta que todos los creyentes
están dando gritos y llorando, deberían preguntarse si el Espíritu Santo no tiene
suficiente variedad y espontaneidad para inspirarlos algunas veces a desear estar quietos.
El segundo peligro es buscar las emociones en
lugar de buscar a Dios. Si cuando recibimos alguna gran bendición espiritual nos sentimos
agitados, sacudidos y movidos a alguna expresión extática, santo y bueno. Pero no
busquemos el éxtasis como un camino para hallar a Dios, ni menos pensemos que el
éxtasis es Dios.
Otro peligro es el de causar mala impresión
en los adversarios. Me refiero a la impresión que nuestro emocionalismo puede causar
en otros, la reacción adversa que produce en personas que gustan de una religión más
calmada. No tenemos derecho a mostrar nuestra piedad en maneras que ofendan la modestia,
el sentido de orden o la decencia de la gente. Es cierto que hay ciertas manifestaciones
de carnalidad bajo la forma de respetabilidad, carnalidad que no desea ser juzgada, pero
no nos conviene justificar nuestras asperezas echándole la culpa a otros de falta de
espiritualidad. Es posible que la gracia de Dios ayude a una persona a soportar cualquier
clase de tortura, pero no es la gracia lo que nos hace torturar a persona alguna. La
vida cristiana debiera ser un estudio constante de la gracia y cómo demostrarla, y en
este punto debemos recordar las palabras del Señor Jesús condenando a quienes
escandalizan a otros.
Todavía un peligro mayor del emocionalismo
es el desperdicio de energías. El propósito de la emoción es ser un impulso para la
acción. Cuando uno ha sido emocionado por el sermón, o ha sido inspirado por una
oración, o ha experimentado mucho gozo al cantar, debería haber reservas de energía
para darle expresión inmediatamente después del culto o reunión, yendo a ganar un alma,
o intercediendo en oración fervientemente, o también dando generosamente para la obra
del Señor o para los pobres de la iglesia, visitando a los presos o a los enfermos,
ayudando a los huérfanos y las viudas, animando y brindando amistad a los solitarios,
ministrando las cosas del Espíritu y demás cosas similares. Si la energía se gasta
únicamente en emoción, el servicio cristiano sufrirá mucho y la vida cristiana se hará
débil y sentimental. El cristiano sabio sabe trazarse un programa de trabajos para
canalizar sus emociones y para darles adecuada disciplina.
Disciplinao controles la palabra
apropiada para medir la espiritualidad, a despecho de muchos que tienen la tendencia de
medirla por la cantidad de abandonamiento que han alcanzado. Y este es el peligro
más sutil de todos. El mismo corazón de la experiencia de santidad es un completo
rendimiento a Cristo, pero es una trampa sutil del diablo hacer confundir abandonamiento a
Cristo con un abandono emocional. Al enemigo le gusta desviar nuestra atención de algún
problema vital en nuestra vida sobre el que Dios está tratando, y hacer que en vez de eso
recurramos al falso asunto de un estallido emocional. Supongamos que en un matrimonio se
ha producido uno de los tantos problemas que se producen. Para solucionar este problema no
hay más que entregarse y someterse al Espíritu de Cristo. Sin embargo se hace más
fácil llorar, patalear, tener una crisis de nervios delante de amigos simpatizantes,
quienes, pasado este paroxismo de emociones, dirán que él, o ella, deben ahora
tomarlo por fe. El que así ha derrochado emociones, entonces, volvería a su
casa con un sentido de victoria y seguridad de tener la razón, porque para eso hizo una
escena. Al día siguiente, comprobando que el problema hogareño no ha variado en lo
más mínimo, siente que la euforia de su gozo se desvanece.
Si uno lleva esta identificación de
sometimiento voluntario con abandono espiritual hasta su última consecuencia lógica,
llegará a un estado en el cual, cualquier vestigio que haya quedado de control racional
sobre sí mismo parece en esa proporción, falta de sometimiento. Entonces uno se halla a
sí mismo en un período temporal de abandono, durante el cual no es uno mismo, y no es
responsable por su comportamiento o conducta. Por eso es que tales acciones están tan
plagadas de quiebra y ruina moral. Pablo recomienda que los espíritus de los
profetas se sujeten a los profetas. Que no se sujeten a ninguna fuerza externa a
ellos, ni siquiera a Dios, excepto cuando el poder divino pasa a través de la voluntad
del profeta. El fruto final de una vida llena del Espíritu es el propio control, o
mejor expresado, el dominio propio.
Jesús es un perfecto ejemplo de disciplina.
El lloró sobre la tumba de su amigo Lázaro, sin embargo no nos lo podemos imaginar
desesperado o gritando. Se hallaba feliz cuando lo rodeaban los niños, o cuando charlaba
con Marta y María o cuando platicaba con sus discípulos alrededor del fuego, pero
¿puede usted imaginarlo como un hombre frívolo? El se gozaba intensamente en todas las
situaciones lícitas de la vida, pero su gozo estaba templado por la nota sobria de la
inminente cruz. Quizás si hubiera algo más de la cruz en nuestras vidas, nuestras
alegrías serían más sobrias, más profundas, más genuinas.
Muchos cristianos sensatos sienten inquietud
por los excesos emocionales, pero al mismo tiempo se someten a ellos por el temor de que
si los critican o quieren limitarlos, serían acusados de apagar el Espíritu.
Pero sin embargo, ¡cuántas veces el Espíritu es apagado por un emocionalismo
desenfrenado! Hay una advertencia bien clara, dirigida especialmente a las iglesias de
santidad, de poner manos a este asunto con una disciplina agradable a Dios. Por otro lado,
en el otro extremo de la escala están los que dicen que las iglesias de santidad sólo se
componen de fanáticos, indignos de ser tomados en serio. Esto es una verdadera
enfermedad. Para el verdadero amor no hay absolutamente nadie que sea indigno de ser
tomado en serio. ¡que tengan esto en cuenta los que se afanan en edificar una iglesia
unida!
Pero, ¿y aquellos que rechazan todas las
expresiones de la emoción religiosa excepto las enteramente tradicionales? Hay tanto
peligro en esto como lo hay en el emocionalismo extremo.
Precisamente porque la emoción es un resorte
para la acción, y un poderoso aguijón que punza la conciencia, muchos desean tener su
religión envuelta en una cápsula de frío formalismo. Muchos hay cuya religión está
detrás de un vidrio esmerilado, que deja pasar la cantidad justa de luz y calor para que
se sientan cómodos, pero que al mismo tiempo les impide ver el mundo exterior con sus
sufrimientos y pecados y que les penetre alguna convicción de pecado.
En las iglesias litúrgicas se ha puesto al
factor emotivo en el culto a Dios bajo un control severo. Los mejores artistas del mundo
fueron llamados para construir sus templos y decorarlos con las más bellas formas de
diseño, pictóricas y musicales. Por humilde que sea el adorador que entra a sus templos,
o cuán poco aprecio tenga de las bellas artes, el pobre está obligado a servirse del
arte porque su iglesia se ha encargado de que así sea. Pero hoy en día están
surgiendo gritos contra las formas estereotipadas aún dentro de las artes seculares. Se
insiste en que la belleza sólo puede ser tal si mantiene un elemento de espontaneidad
tanto en la obra del artista como en el que la aprecia. Las iglesias que no son
litúrgicas han tratado inútilmente de mantener este elemento espontáneo, sin el cual la
emoción muere. No siempre han tenido éxito, pues la falta de formalidad a veces se
vuelve otra forma de formalismo. La conservación de una viviente espontaneidad es
imprescindible para la adoración verdadera.
He oído muchas veces las sonoras frases del Libro
de Oración Común leídas por corazones tan sinceros que parecían el estallido de un
corazón lleno de amor. Pero también las he oído leer mecánicamente, aunque también
sonaban muy bellas. Pero no siempre suenan como si fueran frases de adoración. Todo
depende del estado del corazón del adorador durante el servicio. Nunca olvidaré el día
que oí a ese santo varón de Dios, el obispo Abraham, finado prelado de la iglesia siria
Mar Thoma de Travancore, India, recitando la liturgia de la comunión para 5.000
comulgantes, en la catedral de Maramón. Aún cuando leía en idioma malayo, que yo no
entendía, podía sentir el tremendo corazón de pastor de este santo indio, leyendo a su
pueblo la Palabra de Dios. Durante todo el tiempo de la lectura un ayudante se mantuvo
meciendo un incensario delante de nosotros. El obispo anglicano de Madrás estaba al lado
mío, porque nosotros éramos predicadores huéspedes, y me preguntó, en tono de broma
¡qué pensarían de mí mis amigos cuáqueros si supiesen que a mí se me había ofrecido
incienso! Pero sea como sea, todo el ornamento litúrgico de aquel servicio, el incienso,
las vestiduras, el canto y el ritual, han desaparecido de mi memoria. Sólo ha quedado esa
magnífica visión del varón de Dios adorando sinceramente en medio de una complicada
liturgia. Pero el peligro de la liturgia no deja de estar allí. La iglesia de Mar Thoma,
que por muchos años disfrutó de un poderoso avivamiento, ganando mil hindúes por año,
está ahora bajo la prueba de ver si puede mantener esa vida espiritual sin ser asfixiada
por su liturgia.
Ya que el ritual apaga fácilmente la
espiritualidad, muchos de nosotros elegimos la espontaneidad aún a considerable costo,
porque cuando las masas del pueblo son tocadas por el Espíritu de Dios, la manera de
expresarse puede ser cruda. Pero esta condición del pueblo simple pide más enseñanza
que censura. La gente fervorosa puede ser guiada a expresiones más agradables de
adoración, pero no puede ser forzada o congelada en ellas.
Sin embargo, en beneficio de la libertad y la
espontaneidad, debemos estar dispuestos a pagar el precio en la falta de arte, porque el
pueblo común que oye y sigue a Jesucristo no es artístico en su mayoría, a menos que
haya algo de arte en la espontaneidad misma. Cuando una joven señora recién convertida
se levantó en una reunión de testimonios para decir que se hallaba muy deprimida, pues
su marido estaba sin trabajo, pero que desde que había establecido en su casa el altar
familiar podía decir con alegría, ¡Al diablo con la depresión!, todos
sentimos que, detrás de lo poco elegante de la expresión, había algo de belleza y
dignidad. Esa cosa bella era la sinceridad. Ninguno de nosotros tenía duda de que Dios
era inmensamente real en la vida de esa joven, y que ella sentía realmente lo que decía.
Pablo usa las palabras gozo y paz para
describir los sentimientos cristianos. Uno necesita la vida de Cristo para agregar la
palabra compasión. El gozo cristiano es verdadero; no es un mecanismo de escape.
Está en cabal armonía con la más sobria faz de la escueta realidad. La paz también es
algo sobrio, aunque lleva su gran elemento de gozo. La paz y el gozo son nuestros, así
como lo fueron de Cristo, no como sentimientos insípidos, sino como poderosos resortes
para la acción. Y cuando nuestra paz y nuestro gozo se enfrentan a un mundo sufriente,
se vuelven compasión, y nos lanzan al polvoriento camino en amoroso servicio.
El gozo de Jehová es vuestra
fuerza (Nehemías 8:10). Este es uno de los versículos bíblicos más apegados a la
vida. Y uno de los más astutos ardides del diablo es quitarle ese gozo al cristiano.
Con el gozo se va su fortaleza y el desastre es inminente. El gozo del Señor es algo que
debe ser mantenido a cualquier costo. No podemos perderlo bajo ninguna circunstancia. El
gozo no desaparece con el sufrimiento. El gozo del Señor permanece aún en las penas y
es una poderosa fuerza que nos sostiene entonces. Es fortaleza. Sólo las personas muy
egoístas se privan de este gozo. Si descubrimos que nuestro gozo se está diluyendo,
debemos buscar y destruir pronto esa auto-aseveración del yo, o esa auto-compasión, que
nos está robando nuestro gozo. Nada en la tierra es digno que dejemos por ello el gozo
del Señor. En quietud y en confianza será vuestra fortaleza (Isaías 30:15).
La paz bíblica y el gozo bíblico son las emociones que el cristiano necesita.
El mero sentimentalismo es barato y sin
riesgo alguno. Siempre se protege a sí mismo. Pero el amor debe actuar, debe expresarse a
sí mismo. Uno comprende algo de lo que significa el amor cuando lee la historia de los
antiguos cuáqueros que pidieron al Parlamento inglés les permitiera ir a prisión en
lugar de otros cuáqueros que se estaban muriendo en esas pútridas mazmorras. Esto era
amor en acción. Esos hombres deseaban salvar las vidas de sus amigos. Pero había algo
más grande todavía. El pedido fue motivado por el asombroso deseo de ¡quitar la
culpa de sangre de la cabeza de esos carceleros! El sentimentalismo simplemente
hubiera dicho: ¿Qué pena nos dan esos amigos que están muriendo en la
prisión!
El Calvario es el amor de Dios en acción.
¡Cuán diferente hubiera sido toda la cosa si Dios hubiera mirado nuestra condición
perdida y solamente hubiera tenido piedad! Dios pudo haber lamentado nuestra
triste condición con verdadero sentimiento, sin hacer nada más, y todavía seguir
siendo uno de los grandes dioses. Pero Juan nunca hubiera escrito Dios es
Amor. Pero ya que El es verdadero Dios, y verdadero Amor, El no podía
mirarnos, compadecerse de nosotros, y permanecer indiferente. Siendo amor no podía hacer
otra cosa que actuar en favor de nuestra redención. Por el Calvario nosotros sabemos que
Dios es amor. Y si el amor de Cristo nos posee, debe manifestarse a sí mismo con acciones
semejantes a las del Calvario.
Hay una lección que aprender de la mujer que
ungió los pies de Jesús con un costoso ungüento. Un acto de desperdiciodiría
Judasirregular e incalculado. Pero Jesús lo aprobó porque era una expresión de
amor. Hay algo extraño acerca del verdadero amor. Los santos que más nos impresionan, no
son los místicos y devotos, sino los osados y pródigos amadores de Jesús.
"La Cosa más grande del
Mundo
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