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La
Unidad del Espíritu
Ningún hombre debe vivir para sí mismo, y
sería pecado el intento de hacerlo. Cuando nacemos de nuevo, Dios no nos hace nacer en
un orfanatorio, sino dentro de una familia. Se nos da pureza y limpieza de corazón con la
condición específica de caminar en esa luz, y de tener compañerismo con todos los otros
miembros de la familia de Dios. Hay dos palabras griegas del Nuevo Testamento que se
traducen corrientemente por iglesia. Una de ellas es ecclesia y la otra
es koinonía. La primera puede significar asamblea y la segunda comunidad.
Lo curioso es que, en la práctica común, el primer término haya gozado de
preponderancia, en tanto que el segundo haya declinado. Tal vez la razón sea que ecclesia
cuenta con el apoyo y la aprobación del mundo, por ser identificable con
organización. Pero comunidad, o más bien compañerismo es un asunto diferente: este
mundo pecaminoso está decididamente en pugna con él. Edificar la iglesia como una
organización es bastante fácil; pero edificarla como una comunidad o compañerismo
es mucho más costoso. Pero, ¿tenemos derecho de llamar iglesia cristiana a cualquier
organización religiosa que no sea también un compañerismo en Cristo? La enseñanza
clara del Nuevo Testamento no nos permite hacer tal cosa. Porque concebir la iglesia en
términos de cuerpo o novia de Cristo, es usar figuras que llevan implícita la idea de
compañerismo. Compañerismo es el carácter mismo del cuerpo de Cristo. Una de las
críticas más serias y fundadas que se les hace a las sectas de santidad es
su propensión a la contienda y la división. Para entender y predicar el mensaje de
santidad, el capítulo 13 de la primera carta a los Corintios es materia fundamental.
El movimiento ecuménico parece, cuando se le
examina superficialmente, estar encaminado hacia la unidad de todos los cristianos. Pero
nos asombra ver como algunos pretenden poner el carro delante del caballo. El lugar donde
empezar la práctica y el gozo de la unidad cristiana es la iglesia local. ¿Cómo es
posible lograr la unidad mundial, cuando en miles de iglesias locales pequeñas la
solidaridad y el compañerismo cristianos se han visto atomizados por rencillas, pleitos,
disensiones, orgullos y partidos? Es posible edificar un puente grande cuando el
fundamento es sólida roca, ¿pero cómo edificarlo sobre la movediza arena? El diablo lo
sabe muy bien y por eso dirige sus mayores ataques contra el compañerismo de los
cristianos en la congregación local para destruirlo. Examinaremos cuatro casos que
ocurrieron en la iglesia primitiva, y veamos cómo fue amenazando el compañerismo de
los creyentes, y de qué manera ellos supieron solucionar el problema.
Caso número uno. Este fue un caso de ineficiencia
administrativa (Hechos 6:1-8). Surgió a causa de cierta discriminación que se
hacía de algunas viudas en el reparto del socorro diario. La solución de un problema
administrativo en la iglesia es relativamente fácil, si se pone buena voluntad, y el
diablo no mete la cola para complicarlo. Típicamente, en este caso, el problema
administrativo se complicó con un elemento diferente y emocional cuando surgieron los
celos raciales. Causar suficiente entusiasmo para un pleito sobre la falla de un método
de distribución hubiera sido difícil. Sería sencillo ver lo que se tenía que hacer y
hacerlo. Pero el momento en que se mencionó a griegos y judíos,
y se puso una nota de raza, o de color, y aún de teología, el asunto se tornó
súbitamente siniestro. ¡Eso era motivo para una buena pelea! Cuán a menudo sencillos
problemas administrativos en las iglesias se agravan innecesariamente por convertirlos en
cuestiones morales o doctrinales. Si los apóstoles hubieran tardado un poco en hallarle
la solución al problema, el asunto de la agenda viudas, se hubiera convertido
en un tremendo conflicto racial, con la consiguiente división, exhibición de celos y
orgullos, y aplicación mutua de epítetos insultantes.
Afortunadamente los apóstoles gozaban de
suficiente visión y buen espíritu para conservar el problema libre de factores
secundarios. Junto con esta sabiduría, una genuina humildad cristiana los condujo a
ceder buena parte de sus poderes terrenales y a dividir responsabilidades con otros
hermanos de la iglesia. Por no saber estas dos últimas cosas, muchas congregaciones han
caminado hacia la ruptura del compañerismo y la fraternidad. ¿Qué hubiera pasado si los
apóstoles, cediendo a un criterio carnal de ellos, hubieran pensado que ciertos
elementos ambiciosos están tratando de hacerse de dinero y de poder y es
necesario mantenerlos a raya, y que, en vez de que todos los apóstoles se hubieran ido
a predicar, hubieran salido sólo algunos apóstoles a predicar, quedando los otros para
mantener firmes las riendas de la administración, y sujetar a los ambiciosos?
¿Tenemos nosotros la misma visión de estos
apóstoles, que renunciaron a los impulsos naturales del yo y de la carne, para compartir
responsabilidades administrativas con otros, porque sabían que una iglesia en crecimiento
necesitaba tener sobre todas las cosas un buen cuerpo de predicadores libres de todo
trabajo secundario y que pudieran dedicarse a la oración y a la Palabra? Algunos han de
protestar contra este criterio apostólico diciendo que no pueden hallar hombres dignos,
de confianza. Bueno, esto tiene su parte de razón. Delegar responsabilidades en hombres
indignos y carnales puede ser desastroso. Pero si no tenemos en la iglesia hombres
verdaderamente de confianza, entonces tenemos que preguntarnos el por qué. Quizás la
razón sea que nosotros mismos hemos fracasado en formar líderes sanos, porque hemos
estado tan ocupados sirviendo las mesas, que ahora que los necesitamos nos
resulta imposible hallar siete hombres de buen testimonio, llenos del Espíritu
Santo y de sabiduría a quiénes podamos poner en este trabajo.
No podemos dar demasiado énfasis al valor de
hacer la obra espiritual, de una manera espiritual y con herramientas espirituales. Por
ejemplo, todos decimos que la oración es la cosa más importante, y que creemos de todo
corazón en la eficacia de la oración. Pero, ¿cuántos de nosotros nos dedicamos a la
oración como a la cosa más importante de nuestro programa?
Fue mi privilegio durante veinte años en la
India, pertenecer a una agrupación que literalmente intentó poner la oración como la
primera cosa de la vida. Nos reuníamos para orar tantos días como fuesen necesarios, a
veces cuatro o cinco seguidos. Nos entregábamos por entero a la oración y a la Palabra
de Dios. Y continuábamos orando tanto tiempo como creíamos que era necesario hacer.
Ninguno se preocupaba acerca de los problemas que tenía entre manos. La oración era
nuestro único problema.
La oración es nuestro principal negocio.
Seguir el ejemplo apostólico cuando los líderes espirituales se dieron a sí mismos
primero a la oración y al ministerio de la palabra es una necesidad absoluta
para el crecimiento espiritual de la iglesia. Debemos orar para que surjan pastores y
diáconos que nos ayuden en la obra. La preparación que le puede dar un instituto
bíblico no es suficiente. Además de tener preparación escolar los líderes
espirituales deben ser de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de
sabiduría. Y para conseguir tales obreros la oración da mejores resultados que la
publicidad.
Es notable ver como los así llamados
negocios de la vida se realizan mejor cuando están saturados de oración.
Además los problemas mayores de la iglesia no deben solucionarse por un voto de la
mayoría. Los cuáqueros tienen un principio espiritual que reza así: Donde los
Amigos
no pueden ir juntos, sencillamente no iremos. El desacuerdo no es una ocasión para
distanciarseal contrario, es un llamado a más oración. La unidad del
espíritu, mantenida por nosotros en esa forma, tiene un valor incalculable.
Caso número dos. Este caso ocurrió
en el concilio de Jerusalén (Hechos 15:1-35). Aquí el asunto no era un problema de
administración sino de predicación del evangelio. ¿Era el evangelio sólo para los
judíos, o para los judíos y gentiles juntamente? Si era también para los gentiles,
¿debían ellos adaptarse a las costumbres y tradiciones de los judíos?
El primer hecho significativo revelado aquí,
en la solución de algo que amenazaba partir en dos a toda la iglesia, es que un grupo de
hombres, representativo de toda la iglesia, estudió la cuestión. ¡Qué suerte que la
iglesia de Antioquía no decidió trazar su propio derrotero, sin que le importara la
opinión de la iglesia de Jerusalén! ¡Qué afortunado que a Pablo y Bernabé no se les
ocurrió formar la Iglesia Paulina de Antioquía, con principios exclusivos de
libertad para los gentiles, mientras que en Jerusalén se formaba la Iglesia
Petrina, con reglamentos que satisfacían a los judíos! Un curso de acción que
pretende justificarse hoy día con la superficial idea de diferentes temperamentos
requieren diferentes denominaciones.
El segundo hecho significativo del concilio
de Jerusalén fue que todas las partes en disputa reconocieron por igual la soberanía
del Espíritu Santo. Las pruebas presentadas eran pragmáticas. La cuestión puesta sobre
la mesa era: ¿En qué forma está trabajando actualmente en el mundo el Espíritu
Santo? Pablo y Bernabé presentaron las evidencias recogidas en sus campos de
trabajo. Era evidente que el Espíritu Santo estaba trabajando entre los gentiles en la
misma forma que entre los judíos, concediéndoles las mismas bendiciones espirituales
sin necesidad de los ritos judíos. La solución propuesta era: debemos trabajar y
cooperar con el Espíritu tal como y donde El está trabajando.
El tercer hecho significante es que el
concilio obedeció a las Escrituras. Para resumir el caso, el apóstol Santiago recurrió
a las Escrituras haciendo ver al concilio que las mismas Escrituras anunciaban la
predicación del evangelio a los gentiles y la aceptación de los gentiles en el reino
de Dios. El mismo Espíritu santo, que escribió el Sagrado Volumen, es el que está
trabajando entre los gentiles en todas partes. El Espíritu de Dios nunca se contradice a
Sí mismo. Si cualquier obra del Espíritu Santo está siendo realizada en cualquier
parte, debe estar corroborada por las Escrituras. Por eso es que las Escrituras son la
regla de fe para la iglesia, porque las Escrituras revelan la mente del Espíritu Santo.
Un cuarto hecho significativo en este caso es
que, habiendo decidido ya que el asunto principal sería decidido de acuerdo al
Espíritu Santo y su Palabra, confirmados a través de su propia obra que era obvia, todos
estuvieron dispuestos a ser generosos y tolerantes con los sentimientos y los prejuicios
de los demás en cuestiones menos importantes. Las cuatro restricciones que fueron
recomendadas a las iglesias de los gentiles eran otras tantas concesiones a los
sentimientos judíos. Dos de ellas eran muy importantes: la idolatría y la
fornicación, y Pablo estaba seguro de que se haría provisión para ello en la enseñanza
cristiana, aún sin la influencia de la tradición judía. Pero Pablo creyó, con igual
vehemencia, que no comer ciertas carnes, o sangre, o animales estrangulados, no eran
problemas fundamentales y que, si sencillamente no se les daba importancia, se
desvanecerían por carecer de peso. Cuando escribe su Epístola a los Gálatas, y hace
mención del concilio de Jerusalén, no menciona estas cosas, pero sí dice que se le
encomendó tener cuidado de los pobres, cosa que realmente tuvo cuidado en hacer. En igual
manera, nosotros debemos aprender la magnanimidad para hacer concesiones a los demás en
cosas no esenciales, estando ciertos que, si trabajamos en cooperación con el Espíritu
Santo, estas cuestiones menores caerán como las hojas secas caen en el otoño.
Supongamos, sin embargo, que los líderes de
Jerusalén no hubieran llegado a la conclusión que llegaron, y se hubieran aliado con
los judaizantes. ¿Qué hubieran hecho entonces Pablo y Bernabé? ¿Hubieran aceptado una
decisión que viola sus conciencias, con tal de conservar la unidad a cualquier precio,
o se hubieran separado? Esta es una pregunta importante para nuestros días, en que la
separación ha llegado a ser un fetiche entre los fundamentalistas. Si la denominación
a la cual uno pertenece ha admitido entre sus líderes a hombres que se han apartado de la
fe evangélica, ¿están obligados los miembros fieles a continuar en ella?
En primer lugar, permítanme decir que la
respuesta a la pregunta debe ser escritural. No debe nacer del compromiso o la
conveniencia. Debemos estudiar a la Escritura por entero, e interpretarla mediante una
sana exégesis. Precisamente por amor a las Escrituras, y a su mensaje total, uno no debe
hacer énfasis sobre la separación basado en un texto como 2 Corintios 6:17 Salid
de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor. Este texto no podría aplicarse
a este problema, sin hacer violencia a la sana exégesis y violando la enseñanza total de
las Escrituras. Sería hacer una mala interpretación porque este texto, según su
contexto, se está refiriendo a separarse de los paganos. Aplicar este texto a
denominaciones contemporáneas, nos hace participar en juzgar y decidir que esas
denominaciones son paganas, cosa que sería errónea. Si una denominación, oficialmente,
cambia de credo, y se hace unitaria, o anticristiana, entonces el caso estaría muy
claro. Pero los credos oficiales rara vez son cambiados. Más bien los que cambian son los
líderes, o los pensamientos de los líderes. Y cuando tales líderes no son disciplinados
o relevados de sus puestos, la denominación llega a representar una mezcla de puntos de
vista. La situación se complica aún más cuando los líderes no reconocen que han negado
a Cristo. Frecuentemente son sinceros, no obstante estar ya muy equivocados, pensando que
sus nuevas creencias son las que todo cristiano debería tener ahora. Una vez producida
esta situación, está más allá de nuestro poder juzgar cuáles hombres se han vuelto
paganos o no cristianos. Por lo tanto, una aplicación sencilla de este texto no es
posible.
Más allá de esto está la enseñanza total
de la Escritura referente a este punto. Frank Colquhoun nos ha hecho un gran servicio al
reunir en su libro intitulado The Fellowship of the Spirit (El compañerismo del
Espíritu), toda la enseñanza de la Biblia en la materia.
De tal estudio surge claramente la evidencia
de que el Nuevo Testamento tiene dos mensajes que se complementan. Primero, hay una
demanda bien clara de separación del pecado, el mal y la incredulidad. Al mismo tiempo
hay una inmensa cantidad de escrituras dedicadas a la necesidad de conservar la unidad del
Espíritu. A veces nos sentimos tentados a defender una verdad en detrimento de otra, en
lugar de saber conservar ambas juntas en tensión viviente, tal como Dios quiere. El
problema se complica por la dificultad práctica de determinar quién es cristiano y
quién no. Indudablemente hay tiempos cuando la separación se hace necesaria y se
convierte en virtud. Pero también hay casos cuando el sufrimiento debido a una mala
situación se vuelve redentor.
Aquí tenemos otro caso en que nuestro único
recurso es depender en la dirección del Espíritu Santo para hacer la aplicación de una
verdad general, en tensión entre dos polos, a un caso dado en particular. Tenemos que
permitirle, a cada hermano cristiano, la libertad de buscar esa guía del Espíritu
Santo para sí mismo. Condenar a todos los hermanos que no desean abandonar su
denominación, aun cuando algunos de los líderes parecen haber caído en apostasía, es
algo abusivo que no tenemos derecho de hacer. Igualmente, afirmar que, ya que la Escritura
demanda unidad, todo intento de separación de una situación herética es
cosa mala, es algo falso. Pero puesto que tanto de la Biblia trata con la necesidad de
mantener el compañerismo, aun a gran costo, separémonos, si tenemos que hacerlo, pero
sin regocijarnos, o reírnos por ello, sino con lágrimas. No importa quién tenga la
culpa o la razón, la separación nunca es el mejor plan de Dios. Y conviene dejar siempre
las puertas abiertas para una reconciliación en cualquier momento.
Puede ser de ayuda para resolver situaciones
difíciles recordar que el compañerismo tiene dos niveles: el consultivo, y el activo.
El dejar de reconocerlos nos conduce a una gran cantidad de sufrimientos innecesarios.
El énfasis que se hace generalmente sobre la unidad es que debe ser total, especialmente
en estos días de ecumenismo. Esto requiere que haya unión tanto en lo que toca a
consulta como a acción. Pero conceptos teológicos ampliamente diferentes reclaman a
menudo programas de acción que no solamente difieren entre sí, sino que chocan unos con
otros. Forzar a esos programas a trabajar unidos en el mismo lugar y en el mismo tiempo,
simplemente hará que uno anule al otro. Esto no es la esencia del amor o de la unidad. Es
posible que cierta clase de separación sea más cristiana y más amorosa que una unidad
forzada. La separación en dos áreas diferentes, pero manteniendo la unidad a nivel
consultivo, puede ser la solución adecuada para todos. Esta clase de separación provee
la oportunidad para ejercer el respeto mutuo, que es la esencia de la unidad.
Caso número tres. Este caso es mucho
más difícil, pero al mismo tiempo de más importancia para nosotros, ya que expone el
tipo de diferencia más común hoy en día, y que lesiona el compañerismo cristiano más
que ningún otro. Es un nítido caso de choque de personalidades (Hechos
15:16-41).
En cierto sentido hay un aspecto en el cual
Pablo y Bernabé se anotaron un gran triunfo en Jerusalén, y no habrían sido humanos si
no hubieran vuelto a Antioquía con un profundo sentimiento de gratitud a Dios por la
victoria. Y Satanás también, no hubiera sido quién es, si no hubiera tratado de
torcer ese sentido de gratitud en uno de triunfo personal. Aún cuando uno posea la
razón, es peligroso estar en el lado victorioso de una contienda. Hay algo dentro de
nosotros que debe ser siempre controlado, si queremos evitarnos una calamidad. Porque hay
algo terriblemente infeccioso en la ruptura de la amistad y del compañerismo. Pueda ser
que Pablo y Bernabé salieran de la contienda, cada uno, con un sentido de triunfo
personal. Satanás intentó desvirtuar (como habitualmente lo hace) la gratitud por la
victoria, que cada uno debió tener, en un sentido de orgullo por haber ganado. Esto hizo
difícil para ambos amigos tomar la actitud del que cede, y ambos cayeron en una posición
falsa, que los obligó a buscar una nueva victoria otra vez. Quizás esto sea un falso
juicio mío sobre el caso, pero hoy en día hay un cantidad asombrosa de choques, y son
casos en los que una victoria pide otra, casi a cualquier costo. El diablo sabe armar
estas trampas con temible regularidad.
Ahora examinemos las personalidades
involucradas en el problema. Ambas eran exactamente opuestas. Pablo era intenso y rígido,
en tanto que Bernabé era apacible y generoso. Bernabé, cuyo nombre verdadero era José,
fue llamado Bernabé, Hijo de Consolación por los discípulos, teniendo en
cuenta su carácter. El trato que Pablo le dio a Juan Marcos, sobrino de Bernabé, estaba
más de acuerdo con su carácter que con su memoria, porque seguramente Pablo olvidó en
ese momento que algún tiempo atrás, Bernabé había abogado por él, y había pedido que
lo admitieran en el compañerismo de Jerusalén, cuando eran muchos los que tenían
todavía recelos del antiguo fariseo. Había sido Bernabé quien, viendo grandes
posibilidades en este joven convertido, lo había ido a buscar a Tarso y lo había
introducido en la iglesia de Antioquía para iniciarlo en el servicio cristiano. Era
Bernabé quién había encabezado la misión encomendada a Bernabé y Pablo,
y quien más tarde desarrolló al joven predicador hasta que generosamente se cambió el
orden, y Pablo fue el líder de la obra, pero en un modo tan natural que no queda más
recuento del cambio que ese simple cambio en la frase a Pablo y Bernabé.
¡Que Dios nos dé en estos tiempos más hombres como Bernabé, lado a lado de nuestros
Pablos!
Pablo era un gigante. Era capaz de una
tremenda auto-disciplina. A menudo esto lo hizo aparecer severo en su trato para con
otros. Fue un hombre enviado providencialmente por Dios, en un momento cuando su iglesia
necesitaba una severa auto-disciplina para crecer. Hay algo descollante, algo magnífico,
algo colosal en Pablo. Aparte del Señor Jesucristo, si se juzga a Pablo por su impacto en
la historia, hay que reconocer que es el hombre más grande que ha existido. Los líderes
cristianos de 20 siglos han encontrado siempre en Pablo una vívida fuente de
inspiración. Pero la conclusión de esto no es necesariamente que haya sido cosa fácil
convivir con Pablo. ¡Hay muchos buenos misioneros en el día de hoy, con los cuales me
alegro no tener que vivir! Mi opinión es que habría sido mucho más cómodo vivir con
Bernabé que con Pablo.
¿Quién tenía razón, y quién no tenía,
en este problema con Juan Marcos? Sólo Dios lo sabe. Se han hecho muchos intentos para
demostrar que esta separación produjo más bien que mal. Es posible que Dios haya
cambiado todo para el bien, y que algún provecho se sacó de ella. Pero decir que la
separación produce más bienes que males es pura conjetura, y mientras más estudio este
evento menos me persuade tal idea. Me atrevería a decir que este caso debería ser
calificado como una tragedia en tono menor. Todo parece chocar con las
convicciones espirituales más profundas de Pablo. Sea quien sea el que haya tenido la
razón, es cierto que la palabra traducida tal desacuerdo (grande contienda)
viene de una palabra griega que por transliteración, ha dado forma a la palabra
castellana paroxismo. Y Pablo dice en I Co. 13:5 que el amor no tiene
paroxismos, o sea que no se irrita (no se deja provocar). Uno de
estos dos hombres pudo haber tenido la razón, pero ninguno de los dos le dio mucho lugar
al amor en esos momentos. Aún las personas de carácter suave como Bernabé, pueden
alguna vez perder los estribos y ponerse obstinados y tercos. También es
difícil poder conciliar este evento con la enseñanza de Pablo, presentada en muchas
epístolas, someteos unos a otros en el temor de Dios. Yo creo que ambos
hombres estuvieron equivocados.
Supongamos que Pablo hubiera dicho:
Bueno, hermano Bernabé, estoy convencido que llevar de nuevo a este muchacho con
nosotros sólo nos conducirá al desastre otra vez. No tengo confianza en él. Pero admito
que una vez tú sacaste algo muy bueno de un material malo, y puede ser que tengas razón
respecto a él. A mí me parece como una acción de tontería y debilidad, pero si tú
insistes, acepto que Juan Marcos venga con nosotros, y yo haré lo mejor que pueda con
él.
Y supongamos que Bernabé hubiera respondido,
Pablo, yo realmente creo que este joven tiene un buen futuro. Es débil, pero ha
aprendido una lección. Creo que debemos darle una segunda oportunidad, y que podemos
correr ese riesgo. Pero por otro lado también comprendo tu punto de vista, de que nuestra
obra es difícil y sujeta a fuertes ataques del enemigo, y de que tenemos que ser un
equipo unido y valiente en el Espíritu Santo. Por eso no deseo insistir en que venga Juan
Marcos. Si tú no compartes mi opinión, entonces olvidemos el asunto, porque no debemos
permitir que haya divisiones entre los dos. Quizás podamos encomendar a Juan Marcos
algún otro trabajo, donde pueda reivindicarse.
Supongamos que todo hubiera sucedido así.
¿Hubiera habido necesidad de llegar al paroxismo? ¿No hubieran triunfado juntamente el
amor y la sumisión? ¿No podrían Pablo y Bernabé haber orado juntos, y permitido así
que el Espíritu Santo les hubiera indicado claramente qué hacer con Juan Marcos? ¿No
les hubiera dado el Espíritu unidad aquí también, como se las había dado en otras
muchas ocasiones más difíciles? ¿Acaso no podían estos dos hombres que habían tenido
tales pruebas maravillosas de la dirección del Espíritu, y que no la habían buscado
cuando sus personalidades chocaron, haberla encontrado ahora, si su misión mutua hubiese
sido tan profunda como había sido su sumisión unida a Dios en otras ocasiones, en que
Dios les había guiado?
Lo que es más, parece que el Espíritu Santo
usó esta tragedia menor para marcar un punto culminante en la vida espiritual de Pablo.
Es curioso que el Libro de los Hechos no haga mención de la guía diaria del Espíritu en
el primer viaje misionero hasta este evento. Pero de aquí en adelante se encuentran
expresiones tales como Les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la Palabra en
Asia (Hechos 16 6) Intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo
permitió (16:7), Pablo se propuso en espíritu ir a Jerusalén (19:21),
ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén (20:22); además de numerosas
referencias a la guía del Espíritu en visiones de noche (16: 10; 18:9; 23:11; 27:22-26).
Parece que Pablo aprendió un nuevo modo de hacer frente a los choques de personalidad,
porque además de todas estas manifestaciones de la guía del Espíritu referidas arriba,
él después vino a recalcar más y más su doctrina de la sumisión mutua, coronándola
con su Himno al Amor (I Corintios 13). Nuestros errores pueden convertirse en una
bendición si aprendemos la lección que el Señor nos quiere dar con ellos.
Nuestras iglesias necesitan un gran
avivamiento de la predicación de esta doctrina del sometimiento mutuo. Si esta doctrina
fuera predicada, aceptada y vivida, ¡Qué gran diferencia habría en las relaciones de
todos los obreros cristianos!
Otra relación en la que hay frecuentes
choques de personalidades, y se necesita mucho la doctrina del sometimiento mutuo es el
matrimonio. El punto de vista cristiano que considera al matrimonio un compañerismo no es
cosa nueva. Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré
ayuda idónea para él (Génesis 2:18). El que estas palabras hayan sido escritas en
un tiempo cuando la mujer vivía degradada y reducida a la categoría de un mueble, cuando
la poligamia era universalmente aceptada, y la necesidad biológica la suprema razón del
matrimonio, significa que son una verdadera revelación de Dios. El Nuevo Testamento
define esta relación como un mutuo compañerismo, en que cada cónyuge está sometido al
otro en términos de amor y obediencia. La obediencia de la esposa se asegura por el amor
del esposo. Pero el amor del esposo no se aprovecha de la obediencia de la esposa. Este es
el ideal. Ninguna de estas relaciones puede ser identificada como infatuación o
atracción natural. Ambas virtudes, la obediencia y el amor, son, en el juicio de los
apóstoles, decisiones voluntarias, decisiones que deben ser mantenidas en vigencia por la
voluntad continua de los esposos.
El hermoso compañerismo que existe en el
matrimonio ideal se consigue por medio de una natural compatibilidad. Esto quiere
decir que la pareja debe hallarse en completa armonía, tanto temperamental, como
espiritual, sexual y mentalmente, complementándose sin antagonismos, coordinándose sin
fricción. Pero en la vida real esto ocurre rara vez. El logro de este necesario
compañerismo, entonces, viene a ser no un asunto de atracción natural, ni de
compatibilidad natural, sino de amor redentor. En toda redención el amor es el impulso y
el instrumento de la cruz. Y en la redención hay menos interés en esos matrimonios que
dicen haber nacido el uno para el otro, que en esos matrimonios que, por medio
de la cruz, han logrado su compañerismo a través de abismos de incompatibilidad natural.
Algunas incompatibilidades son naturales y
otras son voluntarias. La infidelidad, los regaños y rezongos, el despotismo y el
egoísmo, todos esos son incompatibilidades voluntarias. La acentuación voluntaria de
incompatibilidades que provocan fricción, o rompen el compañerismo, se vuelven motivos
de culpa, y se corrigen únicamente por medio del arrepentimiento y la restitución. Las
incompatibilidades naturales o involuntarias, frecuentemente deben ser perdonadas puesto
que no son reconocidas, y por lo tanto han de ser resueltas, por la cruz voluntaria que
acepta llevar uno de los cónyuges. Pero cuando uno de los cónyuges llega a darse cuenta
de sus defectos, y no hace esfuerzo alguno para corregirlos, entonces se hace culpable de
quebrar el compañerismo. El cónyuge que da al otro ese trato ofensivo debe seria y
consistentemente tratar de corregirlo, o erradicarlo. Puede ser que este mal trato lo
cause una mala costumbre, arraigada de mucho tiempo atrás. Cuanto más tenaz es esta
costumbre ofensiva, más grande y pesada se hace la cruz del cónyuge que tiene que
soportarla.
Muchos de los consejeros matrimoniales
modernos achacan la culpa de todos los desajustes matrimoniales a la incompatibilidad
sexual. No deseo disminuir la importancia que tiene un buen ajuste sexual. Pero el
desajuste sexual no es la causa del problema, sino su síntoma. La raíz de toda la
dificultad es, en último análisis, el egoísmo. Y el egoísmo es un problema espiritual,
que debe ser tratado espiritualmente. Esta extendida enfermedad del espíritu tiene
una sorprendente tendencia a manifestarse en la vida sexual.
Cualquier matrimonio que no está logrando
una perfecta felicidad sexual, debería reconocer (a menos que haya alguna enfermedad o
impedimento físico) que esto es un síntoma seguro de egoísmo básico, el cual se delata
a sí mismo por una serie creciente de diversas incompatibilidades. Sea que estas
incompatibilidades tomen la forma de gazmoñería, auto-indulgencia, falsa modestia,
prejuicios o bestialidad, el denominador común es siempre el egoísmo. Por supuesto la
ignorancia de cómo lograr buenas relaciones sexuales puede ser un factor de no gozar de
armonía, pero la ignorancia no se excusa en estos tiempos donde tanta literatura hay que
trata franca y excelentemente los problemas del sexo y el matrimonio.
Cuando nos damos cuanta que la raíz de las
dificultades que sufren los matrimonios es de orden espiritual más que físico,
entonces comienza a vislumbrarse el remedio. Cuando el egoísmo es la enfermedad, la cruz
es la medicina. Y cuando la sanidad viene, resultarán el ajuste y la armonía sexual y
mucho más. Donde el egoísmo es crucificado, todas las fricciones matrimoniales ceden el
paso al perfecto ajuste. No hay nada imposible para la cruz.
Demasiados jóvenes piensan que el matrimonio
es algo en que deben recibir más que dar. El noviazgo ha sido un tiempo feliz de hacer
regalos: flores, dulces, alhajas. Pero el matrimonio como un acto de recibir solamente
está destinado al fracaso. Sólo el matrimonio como un acto de dar es el que triunfa. El
matrimonio es una mayordomía. Cuando cualquiera de los cónyuges se deja guiar por un
sentimiento posesivo del otro, está olvidando que ambos pertenecen a Dios.
Las Sagradas Escrituras demandan que la
esposa preste al esposo una obediencia tal como la iglesia debe prestar a Cristo. Y
demandan que el esposo le tenga a la esposa un amor redentor, tal como Cristo lo tuvo por
la iglesia. El matrimonio cristiano no es meramente un esfuerzo titánico de evitar el
divorcio, ni tampoco es un concurso de resistencia. Mejor que todo eso, el matrimonio
cristiano es la voluntad de amar, de amar aún una cruz que triunfa en el poder de
la resurrección y la nueva vida.
Una objeción que se hace al concepto
novotestamentario del matrimonio es que es demasiado idealista, y que es factible sólo
cuando ambos cónyuges llenan perfectamente el ideal. Esto significa que decir que sólo
cuando el esposo ama a la esposa, y se entrega a sí mismo por ella, tal como Cristo se
entregó a Sí mismo por la iglesia, es posible para la esposa amar y obedecer a su esposo
tal como la iglesia obedece a Cristo, y consecuentemente, sólo cuando la esposa presta
esa clase de obediencia es cosa segura para el esposo entregarse a la esposa humildemente
y sin egoísmos, sin arriesgar su posición y derecho como cabeza del hogar.
Pero aquí está exactamente, la virtud del
programa cristiano. El Reino de Dios no espera a que el mundo sea perfecto para comenzar a
realizarse. El reino está dentro de nosotros. Dios no esperó a que el hombre tuviera
perfecta obediencia para iniciar la redención. El se entregó a Sí mismo,
pródigamente, en un amor redentor que conquista. Y corrió el riesgo de ser rechazado y
despreciado. Eso es la cruz. Y el matrimonio cristiano debe aprender a llevar la cruz. El
matrimonio cristiano no puede esperar para empezar a realizarse a que haya parejas
perfectamente idóneas, en las que ambos cónyuges hayan nacido el uno para el otro. Es un
camino de redención. Y la desilusión, el conflicto y la infelicidad en que viven tantos
matrimonios hoy en día es justamente una oportunidad para que Dios comience a hacer
válida su redención.
Pero, ¿qué podemos decir de un marido
cruelquizás un marido borrachoque derrocha su dinero, que pone en peligro la
seguridad del hogar, y que quizás arruina todo, y hasta golpea a su esposa? ¿Debe ella
obedecerle y seguir ofreciéndole abnegada sumisión? Esto es algo difícil de aconsejar.
Uno está inclinado a simpatizar con la esposa, suponiendo que no ha sido su carácter
rezongón, o su frialdad sexual, o su falta de cariño y egoísmo lo que condujo al
esposo a comportarse así. Pero concediendo que la esposa sea verdaderamente inocente, y
víctima de un marido cruel y egoísta, no es fácil pedirle a ella que se someta
mansamente. Las ideas modernas acerca del divorcio hacen fácil el camino de escape. Pero
la cruz no es fácil. Tendríamos que plantear ahora, en este punto, la cuestión, ¿qué
debemos buscar primero: un escape fácil, o un amor victorioso y redentor? El amor no es
un sentimiento baladí. Es fuerte como el acero. Yo he visto al amor, actuar y entrar en
acción con fortaleza de hierro, pero derrochando ternura, en el caso de una esposa cuyo
marido, borracho empedernido, estaba a punto de perder la casa por no pagar una hipoteca.
Yo dudo que haya algún esposo que le pueda decir cómo hacer tal cosa a su esposa, pero
por la gracia divina lo he visto realizarse hermosamente. Me ha tocado estar tiempo al
lado de muchas mujeres que estaban llevando una cruz, y a las cuales no les podía dar
otra ayuda que mi apoyo moral, para que en su corazón el amor no fuera substituido por la
amargura. Parece haber algo innato en la constitución moral de esas mujeres entregadas a
Dios por completo, a las cuales es dada la guía del Espíritu Santo y su consuelo y
fortaleza para sobrellevar su cruz. Quizás esto sea la razón por la cual Dios creó a la
mujer como una paradoja.
¿Qué significa para un esposo darse por
entero a una esposa regañona, tal como Cristo se entregó a la iglesia? El problema de
los rezongos y regaños, y continuas pequeñas peleas, es quizás un problema matrimonial
peor que una caída en infidelidad, por la repetición continua de una situación
desagradable. El ser quemado en una hoguera no es peor suplicio que el de la gota de agua.
Las grandes tentaciones ponen en juego inmediatamente nuestros mecanismos morales de
defensa, pero los pequeños pecados diarios, que casi no parecen pecado, van adormeciendo
nuestro sentido moral, hasta caer en un sopor espiritual, y por fin en un estado de coma.
De este modo un hombre, que jamás cometería adulterio, puede ser culpable de echar a
perder el compañerismo con su esposa por tener una lengua demasiado ácida. Es dudoso
determinar si la victoria de Cristo fue más grande cuando oró por los hombres que
atravesaban sus manos con clavos, o cuando guardó silencio ante los insultos de los
soldados.
¿Cómo podríamos emular esa maravillosa
serenidad que supo cuándo responder a Pilato, y cuándo contestar a sus preguntas con el
silencio? ¡Cuán fácil hubiera sido para el Señor librarse de su cruz, con sólo quedar
callado cuando le preguntaron si era el Hijo de Dios! En las respuestas de Jesús
apreciamos mejor su carácter transparente. El nunca sacrificó su naturaleza esencial, ni
su posición, ni la veracidad. ¡Cuán maravillosamente libre estuvo El de cualquier
intento de defenderse o disculparse a Sí mismo! De igual manera, el marido cristiano no
debe ceder su derecho a ser la cabeza del hogar. Pero tampoco debe retener esta posición
mediante su propio enaltecimiento. El esposo debe despojarse de todo espíritu regañón o
aún autoritario, como cuando el Señor soportó con entera paciencia los alardes de
Pedro, o los deseos de preeminencia de Santiago y Juan, o la falta de fe de los
discípulos, pero el reproche debe darse con una humildad que está dispuesta a lavar
pies. Jesús nunca ha abdicado su derecho de ser la Cabeza divina de la familia de Dios,
la iglesia. Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo
soy. Pero el compañerismo desplaza a la condición de siervos en sus sujetos.
Ya no os llamaré siervos, sino que os llamaré amigos.
Los rezongos o regaños continuosy esto
puede ser dicho tanto del esposo como de la esposason un problema difícil de
resolver a causa de su pequeñez. Exige una gran dosis de silencio sin enfado. Pero
ningún hombre o mujer puede vivir en perpetuo silencio, porque ningún hogar puede ser un
vacío. Y muchas veces, cuando él cree estar dando la blanda respuesta que quita la
ira lo único que hace es provocar una nueva granizada. Entonces el pobre marido
piensa que mejor hubiera sido quedarse callado. Aquí tenemos otro caso en que es
necesaria esa experiencia de que disfrutaba el Señor Jesús de dirección inmediata
del Espíritu de Dios. En casos prácticos como estos es cuando debemos escuchar esa voz
suave y quieta del Espíritu Santo que ejerce una suave presión sobre nuestros
espíritus, mostrándonos cuál es la mejor actitud. Bienaventurado el hombre, o la mujer,
que es sensible a la voz del Espíritu, y que ha aprendido a escucharla en medio de voces
airadas y de provocaciones. Claro que el ideal es que el cónyuge que abusa y ofende se
convierta y sea purificado de este espíritu quejumbroso, porque un corazón lleno del
Espíritu no es regañón o quejumbroso. Pero ahora estamos considerando el camino de la
cruz en circunstancias no ideales. Supongamos que la esposa no quiere someterse a Dios
para que su corazón sea limpiado. ¿Cómo debe, entonces entrar en juego el amor? El
Espíritu traza entonces el camino para hablar bondadosamente y guardar silencio.
El amor, a la larga, siempre triunfa, pero
hay un precio que pagar. De otro modo no sería una cruz. Las serenas respuestas de
Jesús no evitaron que Pilato lo enviara al cadalso ni impidieron que sus manos fueran
atravesadas de clavos. Así también es en un hogar. El cónyuge más cristiano y
espiritual quizá no logre una armonía ideal, pero su manera de ser y actuar mantendrá
en alto su testimonio y además lo librará a él (o a ella) de cualquier raíz de
amargura. Porque el que es guiado así, y por eso calla y por eso habla en la dulzura del
Espíritu, en el Espíritu responde, dirige, comprende o tolera, pronto descubre que
cuando estas respuestas proceden del amor, y no del yo, no dejan ningún residuo de
resentimiento o malestar. Pablo debió estar pensando en esta situación de tensión y
conflicto matrimonial cuando escribió esta advertencia: Maridos, amad a vuestras
mujeres, y no seáis ásperos con ellas (Colosenses 3:19). Esta es la aplicación
práctica de la enseñanza más general, El amor es sufrido, es benigno...
(I Corintios 13:4).
Caso número cuatro. Este caso es uno
de falla por un lado y de reproche por el otro. Pedro ha dejado de ser fiel a la visión
que le había sido dada, y Pablo le administra una buena reprimenda. En mi opinión, es
debilidad general de la iglesia, que o deja de reprender el error, o cuando lo hace, no es
con amor y con el propósito de restaurar, sino para castigar. En este caso de Pedro y
Pablo el reproche parece haber sido no sólo fielmente administrado sino recibido con
gratitud. Es difícil decir cuál debe ser alabado más: si Pablo por la forma en que lo
dio, o si Pedro por la forma en que lo recibió. Que Pedro recibió la reprimenda con el
mejor espíritu se desprende del relato que Pablo hace en Gálatas, y en una nota final de
la segunda epístola de Pedro, donde se refiere a algunas de las epístolas de Pablo
entre las cuales hay algunas cosas difíciles de en tender. En educación y
en capacidad mental ambos apóstoles estaban separados por kilómetros de distancia.
Pero no era así en el Espíritu. El reconocimiento de Pedro a la superioridad intelectual
de Pablo está por encima de toda ponderación. Reconoce que los escritos de Pablo son
dificultosos, pero habla de que los indoctos e inconstantes tuercen, como también
las otras Escrituras, para su propia perdición... No hay en estas palabras ninguna
nota de amargura por el pasado reproche. Y en la Epístola a los Gálatas, Pablo dice que
Pedro tiene una comisión para los judíos tal como él la tiene para los gentiles,
demostrando así su profundo respeto que le tenía a Pedro.
Los hermanos en la fe deben respetarse
profundamente unos a otros. Por esto la palabra de reproche debe darse siempre con
amor y mansedumbre. Cuán a menudo, después que un hermano ha caído, decimos: Yo
sabía que justamente esto iba a suceder. Si estábamos seguros que tal hermano iba
a tropezar y caer, ¿por qué no le dimos una palabra de advertencia? La gracia de
reprender sabiamente y con amor es algo sumamente necesario en estos tiempos. Pero para
lograr esta gracia es imprescindible que cada uno sepa andar en profunda identificación
con Cristo, que es lo único que nos capacita para hacer un reproche con paciencia,
mansedumbre y dulzura.
Pero, ¿y si el reproche es injusto y
además, dado con acritud? En primer lugar, recuerde que nunca debemos desaprovechar
oportunidad alguna de examinar nuestro propio corazón. Si la acusación es falsa no hemos
perdido nada. Si tiene algo de veracidad, y nosotros podemos componer la cosa, habremos
ganado mucho. Pero si, sea de palabra o mentalmente, elaboramos apresuradamente una
defensa, perdemos un gran beneficio. Primero permitamos que se realice una investigación.
Dejemos que haya un escudriñamiento del corazón, en busca de cosas escondidas que tienen
que ser arregladas, antes de buscar migajas de bondad, en nosotros, con las cuales
aminorar el reproche. Y sobre todo, no devolver el reproche a la persona que lo hizo, son
la esperanza de hallar en ella un defecto para justificar el nuestro. Cuando se nos hace
un reproche o reprimenda tenemos la mejor ocasión para demostrar la realidad de nuestra
consagración a Cristo.
Un notable evangelista indio fue usado por
Dios grandemente en nuestra misión. Más tarde fue invitado a predicar durante una
semana en unos cultos campestres en el interior. Sin embargo, se notaba que algo andaba
mal, pues el evangelista no tenía mensaje que dar. En verdad, parecía estar apagado.
En la noche final el hombre estaba dirigiendo la reunión de testimonio, pero había
habido tan poca bendición en toda la semana que era difícil levantarse a dar un
testimonio. Otro de los predicadores presentes se levantó como para decir algo, pero fue
rápida y ásperamente detenido por el evangelista y obligado a sentarse. El hombre
aceptó el reproche mansa y tranquilamente, sin ofenderse. Cuando la reunión terminó,
este hombre se encaminó a su casa, que quedaba bastante lejos, con un corazón pesado y
sufriendo la tentación del diablo. Cuando llegó a su casa salía la luna por entre las
nubes, y se sentó a descansar un poco en el brocal hecho de ladrillos que rodeaba un gran
árbol. En eso vio, a la pálida luz de la luna, que había una serpiente cobra enroscada
en el hueco del árbol. El hombre levantó los ojos al cielo, dando gracias de todo
corazón a Dios por haberle librado del peligro de la cobra. Entonces se dio cuenta de una
lección espiritual: Dios lo libraba, no sólo de la picadura de la serpiente, sino
también de la tentación de Satanás.
En cuanto al evangelista que no había tenido
mensaje, más tarde se descubrió que estaba viviendo en adulterio. El también había
sido el blanco de acusaciones sembradas por hombres cuyo pecado él había denunciado
antes. ¡Es cosa buena confiar siempre nuestra reputación a Dios!
Estos son, pues, algunos de los modos que
Satanás tiene para romper el compañerismo. Pero para todos ellos hay un camino de
victoria, ¡y la victoria significa mantener el compañerismo a cualquier costo!
Una de las historias más hermosas de la
iglesia de Cristo no ha sido todavía suficientemente conocida. Se refiere a la pequeña
compañía de cristianos moravos que rodeaban al conde Zinzendorff. En cierta ocasión se
habían producido entre esos hermanos profundas disensiones. El conde vio el peligro de
una división. Entonces invitó a los feligreses a unirse en oración y en franca
conversación. Convinieron en no discutir, y hablar solamente de las cosas en que
estuvieran de acuerdo. También decidieron formar una cadena de oración que durase 24
horas. En todo momento, cada hora del día, uno, dos o más hermanos tenían que estar
orando en el cuarto de oración. Esta cadena de oración prosiguió sin cortarse por
más de cien años. El resultado fue la gran empresa misionera de los moravos, cuyo celo y
consagración no ha tenido parangón en ningún lado. Este es el camino al compañerismo,
la unidad, y la unión.
Aquí usado para denotar miembros de esa
iglesia.
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