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El Elemento Tiempo en la
Salvación
Mi padre solía decirme que el mañana
es algo que siempre está viniendo y nunca llega. Esto me confundía mucho, y
pensaba cómo podía ser eso que el mañana estuviera siempre en el futuro. Cuando el
mañana llega se convierte en hoy. Años más tarde comprendí que los
niños no son los únicos perplejos con el problema del tiempo. Los filósofos han escrito
sesudos libros para exponer sus pensamientos acerca del problema. ¿Qué es lo que le da
al tiempo su elemento de continuidad? ¿Dónde está el tiempo pasado? ¿De dónde viene
el futuro? Todo lo que sabemos del pasado es lo que está en la memoria. Lo que
sabemos del futuro está en la imaginación. ¿Y Qué es lo que le da al presente su
carácter especial de fluidez? Es mucho más fácil plantear estas cuestiones que
resolverlas.
Hemos aprendido a dividir el tiempo en
pasado, presente y futuro. La parte del tiempo realmente importante para nosotros es ese
vital, elusivo, viviente y fluido momento que llamamos el ahora. ¿Cuán largo es
el ahora?
Parece ser el punto en el cual la Eternidad
irrumpe en el río del tiempo, igual que una brasa de carbón que al pasar por una
corriente de aire se enciende y chisporrotea. Eso es ahora. Mientras nos vamos
moviendo en el devenir del tiempo, vivimos siempre en el ahora, porque el ahora es
algo que se mueve junto con nosotros. Esto es lo que el apóstol quiere explicar cuando
escribe: Hoy es el tiempo de salvación. No solamente que hoy, o ahora, es el
momento propicio para aceptar a Cristo, sino que la única salvación que tiene
validez y significado es la que tenemos momento a momento. En este mismo sentido habla el
apóstol Juan al decir que nosotros estamos teniendo vida eterna. Es lo que quiere
dar a entender Pablo cuando dice en Romanos 8:1: Ahora, pues, ninguna condenación
hay para los que están en Cristo Jesús. No es suficiente que apuntemos hacia
atrás, al momento cuando fuimos reconciliados con Dios y nacimos de nuevo. Es necesario
que vivamos, sin condenación, cada momento sucesivo del ahora.
Supongamos que uno va manejando un automóvil
por la carretera y llega a un punto donde el camino está en construcción. Por detrás
quedan cientos de kilómetros de camino pavimentado: son los antiguos ahoras que
han quedado cristalizados en la memoria. Por delante, no hay más que proyectos de camino
en forma de moldes y planes del ingeniero, imaginación y esperanza. El punto principal es
la mezcladora de concreto, la que va formando el camino a medida que avanza, el fluido ahora.
Visto en cierto modo es un mero instante.
Visto de otra manera podríamos decir que nunca vivimos en otro tiempo sino en el ahora,
porque cada momento que hemos vivido ha sido en su oportunidad un ahora. Ahora,
entonces, es una gran continuidad, algo más que la memoria de los momentos pasados, y
es por eso que sentimos que el ahora es cualitativamente diferente del pasado y del
futuro.
La salvación, más que ninguna otra cosa, es
algo que pertenece al momento presente: una cosa viviente, fluida, en formación. Tiene
sus memorias y sus esperanzas, pero memorias y esperanzas serían escapes a la realidad si
las hiciéramos substitutos de la salvación que es ahora.
La vida cristiana tiene sus memorias. Por
ejemplo, tenemos la memoria de la conversión que cantamos hermosamente en el himno:
Día feliz, cuando escogí,
Servirte mi Señor y Rey.
Feliz es el hombre que puede hablar de un
día específico del pasado, un tiempo definido cuando tuvo esa experiencia, el día
que se convirtió. En el nacimiento físico, natural, nadie piensa que se le hace
injusticia a los largos meses de gestación prenatal ya pasados, ni a los años del
desarrollo por venir, si se considera el evento del nacimiento como una gran crisis. La
madre bien sabe que ese día es especial, y ¡para el padre es también una experiencia
inolvidable! Todos están de acuerdo en que el día del nacimiento debe ser celebrado
dignamente cada año. ¿Por qué ha de ser diferente el día del nacimiento espiritual?
Hay ciertos métodos evangelísticos que descuidan el tratamiento prenatal y
dejan a la persona en un estado de semi-convertido; o si se convierte de
veras, luego lo dejan perecer de inanición en el camino. ¡Pero la solución a este
problema no es tratar de omitir el simple hecho del nacimiento!
También hay otras crisis en la vida
cristiana: victorias espirituales que se han ganado, oraciones que han sido contestadas,
direcciones e inspiraciones recibidas por el Espíritu, iluminaciones de la Palabra de
Dios, y muchas veces que hemos dado nuestro testimonio obteniendo precioso fruto. Por
todo eso damos gracias a Dios, y también por aquel momento en que entregamos por completo
nuestra voluntad al Señor y recibimos la limpieza y pureza de corazón que hizo posible
la vida de santidad.
El cristiano se enriquece con la memoria de
sus grandes experiencias espirituales. Pero debe tener cuidado que esas queridas
memorias del pasado no se conviertan en el substituto al desafío de vivir santamente ahora.
He escuchado muchos testimonios que dan cuenta del día, el mes, y el año de la
experiencia de la conversión. Todo eso sería motivo de gozo si no fuera por el hecho de
que es una memoria estéril que olvida que la salvación es un proceso continuo. Para
estos hermanos su salvación es una memoria, un hecho del pasado. No pueden testificar
que ahora es el día de salvación. ¿No estableció Juan Wesley la
regla en las reuniones de sus sociedades de que nadie tendría que dar un testimonio que
fuera más viejo que una semana? ¡Qué diferente serían nuestras actuales reuniones de
testimonio si aplicáramos esa regla!
La esperanza es igualmente una parte muy
bendita de la gracia divina cuando la usamos para enriquecer nuestra vida cristiana, pero
es un grave peligro cuando se la convierte en un escape de la realidad presente. La
imaginación es la cuna de la invención, pero también la de los sueños vanos.
Multitudes de cristianos cubren la falla de su vida presente con la promesa que se hacen a
sí mismos de que algún día tendrán la victoria sobre el pecado, y el mal
hábito, o cualquier otra falla. Ellos debieran recordar que la salvación es un asunto de
ahora.
El cristianismo es una religión de
esperanza. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de
conmiseración de todos los hombres (1 Corintios 15:19). Es notable ver que,
históricamente, la doctrina de la esperanza cristiana ha florecido en proporción directa
a la cantidad de sufrimiento que han sufrido los cristianos. Algunos de nosotros, empero,
estamos agradecidos de poder decir que nuestra esperanza no es una flor de nuestro
sufrimiento, sino de creer firmemente en la palabra profética más
permanente. Tenemos esperanza por razón de la Palabra de Dios. ¡Pero esta gloriosa
esperanza no debe ser un escape a la realidad del ahora! Para el Cristiano la
esperanza debe ser una fuerza con la cual encara la lucha de la vida cotidiana. Es
esencialmente anti-cristiano usar la esperanza como un escape del desafío del día
presente. Cualquier énfasis sobre la segunda venida de Nuestro Señor que nos releva de
la responsabilidad de tratar de cambiar nuestra presente mala sociedad, es un escape
indigno.
La salvación como algo presente, viviente,
debe estar arraigada en la Cruz. Pero aún la Cruz como una sublime memoria no es
suficiente. Ella debe ser parte de nuestro presente, de nuestro momento existencial
presente. Es fácil cantar acerca de gloriarse en la Cruz de Cristo que se levanta
sobre las ruinas del tiempo, y al mismo tiempo negarnos a tomar la Cruz para andar
con ella cada día. Tenemos demasiadas cruces decorativas: cruces de enormes ventanas de
iglesia, catedrales en forma de cruz, cruces de oro, de plata, de joyería. ¡Bellísimas
cruces! Pero cruces sin sangre, sin sudor, sin polvo, sin agonía. Gaylord B. Noyce dice
que hemos llegado a idealizar la cruz a tal grado que si queremos conservar su ofensa
sería mejor que usemos en su lugar un lazo de verdugo. ¡Necesitamos la cruz como un modo
de vital experiencia en la salvación que es ahora!
La cruz entra en nuestra experiencia en el
preciso momento en que dejamos de impresionar a Dios con nuestras bondades, y nos
arrodillamos para recibir el perdón por la sangre derramada de Cristo. Este es el
objetivo de la cruz. Aparece otra vez cuando nos entregamos a Dios como sacrificio vivo.
Persiste cuando nos enfrentamos al mundo y las cosas que están en el mundo. Mientras
quede en el mundo un solo hombre que no se haya convertido, y mientras que el Reino de
Jesucristo no cubra la tierra como las aguas cubren el mar, el cristiano verdadero debe
seguir llevando la cruz en su corazón. Este es el aspecto subjetivo de la cruz. Ambos
aspectos, el objetivo y el subjetivo son esenciales para la salvación que es ahora.
No hay por qué tenerle lástima al hombre
que ha tomado la Cruz seriamente, porque él es el hombre más feliz del mundo. El ha
encontrado su hogar, por fin. Su vida ha sido transformada en un momento, y esa
transformación permanece como algo continuo, porque él mantiene su experiencia cristiana
en el ahora. Ha aprendido el secreto de morar en Cristo. He ahí su glorioso
privilegio. Es de esta manera como la vida se hace radiante, gozosa, milagrosa. Por
quienes se debe sentir realmente compasión, es por aquellos que son meros religiosos, que
no se han rendido completamente a Dios, y nunca han abrazado la Cruz.
La salvación que se mantiene en el gozo del
momento presente es aquella que depende sólo de Cristo, crucificado y resucitado, Cristo
viviendo dentro de nosotros tal como nosotros vivimos en El. Cuando uno ha experimentado
esta clase de salvación, no se contenta con nada inferior. Así como la iglesia debe
batallar continuamente contra la sofocante intromisión del formalismo en su vida
espiritual, así el cristiano debe estar permanentemente en guardia contra el peligro de
ceder del nivel de esa salvación que es viviente, brillante, gloriosa, real, ¡y todo
ello ahora!
¿Cómo podemos preservar ese brillo? ¿Qué
debemos hacer cuando notamos que nuestra vida se desliza hacia niveles más bajos? A veces
nos damos cuenta que aunque no hemos conscientemente roto la comunión con Dios, ni hemos
cometido pecado, tenemos sin embargo, menos gozo que antes, y hay menos entusiasmo y
fulgor en nuestra experiencia que antes. ¿Qué podemos hacer entonces? ¿Cómo podemos
conservar ese sentido de milagro en nuestra vida cristiana?
Primero, debemos examinar nuestras relaciones
con los prójimos. Esta prueba se basa en la rectitud y el amor. Si hemos
hecho algún mal a otro, y no hemos reparado el daño, es inútil tener gozo en la
salvación que es ahora. Todas nuestras relaciones tienen que ser justas. Esto
significa tener que devolver lo que es propiedad de otro, si lo hemos guardado
impropiamente, corregir las malas impresiones que hemos causado y cumplir las promesas
que hemos hecho, tanto a los hombres como a Dios.
En uno de mis cargos pastorales conocí a un
hombre que a menudo se hallaba en el pantano de la desesperación. No parecía tener
ningún gozo en su vida cristiana. Un domingo por la noche, después del servicio, me
confesó que muchas de sus tribulaciones provenían de que siempre hacía promesas a Dios
de devolver cierta cosa, pero nunca lo llevaba a cabo. Decidimos entonces salir juntos a
la mañana siguiente, y no regresar a casa hasta que él hubiese cumplido cabalmente su
promesa. Primeramente tenía que ir a la compañía de tranvías, porque él había
viajado sin boleto muchas veces cuando era niño, y quería hacer restitución de ese
dinero. También quería ir a la compañía de ferrocarriles porque muchas veces había
hecho viajes sin boleto de varios cientos de kilómetros. Había que ver el problema que
tuvieron esas dos compañías para decidir cuánto dinero les había defraudado este
hombre viajando sin pagar tantos años atrás, al grado que las compañías optaron por
perdonar las ofensas. Después tuvimos que buscar por toda la ciudad a un judío, que se
ocupaba de la compraventa de chatarra y hierro viejo. En los tiempos de la primera guerra
mundial, este hombre, junto con otros jóvenes había saltado la verja del corralón del
judío, le había robado una carretilla llena de hierro viejo, y se la había vendido al
mismo judío. Con el dinero obtenido habían comprado licor. Cuando le contamos esta
historia al descendiente de Abraham, las lágrimas corrieron por su rostro. Le hacía
mucho biennos dijoencontrar a un hombre tan honesto. Pero él se había hecho
millonario con el negocio de compraventa, y no necesitaba el dinero. Pero si mi amigo
deseaba quedar en paz con su conciencia, el judío le sugirió que diera los cinco
dólares al pastor, para alguna viuda o huérfano pobre. El hombre así lo hizo. Luego
este hombre pagó varias otras cuentas atrasadas de doctores y de otros acreedores de
muchos años atrás. Cuando hizo todo esto, ¡qué paz y gozo inundaron su corazón! Una
salvación viviente debe estar basada en la rectitud.
Mi esposa contó esta misma historia a un
grupo de cristianos indios, y uno de los líderes del grupo que la oyó, se sintió
profundamente afectado. El también había viajado muchas veces sin pagar boleto.
Alentado por la historia del hombre que había sido tan fácilmente perdonado, fue a la
compañía de ferrocarriles y confesó haber viajado muchas veces sin boleto. Agregó que,
como cristiano que era, deseaba hacer restitución del dinero defraudado. El empleado que
lo atendió le preguntó cuántas veces, y entre qué estaciones había hecho los viajes.
El hombre dio todas las explicaciones. Entonces el empleado del ferrocarril hizo los
debidos cálculos y le presentó una cuenta completa. El cristiano indio volvió a mi casa
cariacontecido. ¿Qué hago ahora?, dijo yo pensé que iba a ser
perdonado tal como el hombre de quien usted contó, y ¡mire, tengo que pagar esta
cuenta! La rectitud, verdaderamente, a veces no sale barata.
No es tanto el volumen de la falta lo que
importa, sino las pequeñas zorras que estropean las viñas de una limpia conciencia. Yo
aprendí la misma lección, cuando era muchacho, y después de haberme paseado, sin pagar,
en una de las diversiones de un carnaval, tuve que regresar, confesar y pagar para que mi
infantil alma estuviera en paz.
Pero no solamente la rectitud, sino también
el amor es una prueba en nuestras relaciones. Muchas veces en la iglesia nos
afirmamos tanto en la rectitud que nos olvidamos de la importancia del amor. Lo más
pronto que aclaremos una situación tirante, tanto mejor, porque la sospecha y la tensión
tienen la tendencia de crecer rápidamente. Estoy seguro que el noventa y cinco por
ciento de las discordias de la iglesia no surgen de malos motivos sino más bien de la
incomprensión. La carencia de comprensión lleva frecuentemente a la
incomprensión. Como cristianos necesitamos llevar vidas transparentes y conservar
transparentes todas nuestras relaciones. Grandes males vienen por insistir que el error
está en la otra parte, y que por lo tanto, hasta que ellos no se arrepientan, nada se
puede hacer para solucionar el asunto. No importa cuánta razón tenga yo, si soy
cristiano, estoy bajo la obligación de reconocer que si mi hermano tramó algo malo
contra mí, yo soy parte de una mala relación, y no puedo decir que estoy viviendo en una
relación de amor con todos los hombres hasta que yo tome la iniciativa de
dirimir nuestras diferencias. Si espero que mi hermano tome la iniciativa primero, estoy
compartiendo su misma culpa. Amar francamente es una gracia cristiana que debe ser
cultivada más ampliamente en el día de hoy.
Una segunda prueba de la vida cristiana es la
victoria sobre la tentación. Probablemente no hay manera más rápida de perder el
gozo que andar en el camino de la derrota. Quizás la derrota ha llegado a ser tanto la
norma de nuestra vida que sentimos mucho menos compunción que antes. Tal vez hasta
pensamos que hay buenas razones para no desear o esperar algo mejor. Uno puede aun
dedicar su vida para el trabajo misionero en lejanas tierras y todavía llevar esas
derrotas en su interior. Nueve de cada diez veces, la mejor prueba de la entrega absoluta
a Dios no consiste en salir a la obra misionera dejando patria, hogar y familia, sino en
desechar ese pequeño pecado que constantemente salta para acusarnos. ¿No podemos
esperar nada mejor de un Cristo perfecto que un camino de derrota? ¿Tenemos que
testificar que fuimos salvos diez años atrás, pero ahora tener memorias recientes de
derrota? No, gracias a Dios, nosotros podemos ser más que vencedores por medio de
aquél que nos amó. Cuando la cruz se hace real en nuestro corazón, lo suficiente
para ser el sitio de crucifixión de todos los pecados que nos derrotan, experimentamos
el poder de la resurrección del Cristo viviente en una salvación que es ahora, llena
de gozo y victoria. Esta es la esencia de la santificación. La santificación como
experiencia es una crisis a la que uno llega en el momento de rendirse por completo, y es
también un proceso, puesto que uno mantiene la validez de ese rendimiento en cada
momento sucesivo del perpetuo ahora, aplicado a áreas adicionales de vida
anti-cristiana que aún quedan dentro de nosotros, tal como nos lo revela Cristo en
nosotros por el Espíritu Santo.
Estrechamente unida a la conservación de la
victoria, está la disciplina de la vida devocional. Es un glorioso privilegio
poder orar a Dios, y saber que El nos oye en cualquier lugar y momento, aún en medio
del ruido y la multitud. Pero esta clase de oración es un substituto muy pobre para
esos largos períodos de quietud y devoción en los cuales hablamos con Dios, y El con
nosotros, períodos en los cuales nuestra alma encuentra su expansión.
Las devociones a la ligera producen un
carácter frívolo. No hay ningún substituto, si uno desea profundidad y solidez de
carácter, para los momentos de quieta y reposada meditación. No hay corrección para
las superficiales y versátiles filosofías, semejante a la que encontramos en la Palabra
del Eterno Dios. No hay mejor modo de comenzar el día de trabajo para incrementar la
eficiencia personal que escuchando la voz de Dios, en los momentos en que podemos
disfrutar de completa paz. Y no hay otra manera mejor para cambiar las cosas que por medio
de la oración.
En cierta ocasión me encontraba celebrando
cultos en un gran colegio cristiano de señoritas en la India. La dirección del colegio
había dispuesto un día para que tuviéramos conversaciones personales con las
muchachas que deseasen consejo. Las alumnas vinieron por docenas. La pregunta más
frecuente de todas era esta: ¿Qué puedo hacer con los pensamientos divagantes en
la oración? Las personas que viven en casas de departamentos o en vecindarios muy
bulliciosos comprenderían de inmediato el problema de estas muchachas. Me sentí feliz de
poder explicarles que, por lo pronto, los pensamientos erráticos y vagabundos no son un
pecado en sí mismos; segundo, que deben ser tratados en la misma forma que los
pensamientos erráticos y vagabundos que nos asaltan cuando leemos o estudiamos; y
tercero, que comenzar el período devocional con una lectura bíblica sirve para
concentrar nuestros pensamientos. No es necesario que la disciplina se convierta en una
esclavitud. Más bien debe ser el camino hacia una verdadera libertad. Para muy pocas
personas la vida devocional es una delicia desde el principio. Para la mayoría de
nosotros comienza por ser una disciplina.
Siempre que mi alma empieza a sentirse
débil, me cercioro primero si he estado orando definidamente, y segundo, si he recibido
respuestas también bien definidas. Oraciones indefinidas siempre traen respuestas
indefinidas.
Finalmente, debo mencionar el dar testimonio
como un medio de conservar el brillo de la experiencia cristiana. Testificar no es
precisamente discutir. Recuerdo que cuando era estudiante me gustaba discutir con mis
compañeros y sentía una especie de orgullo al persuadirme de que podía
ganar al discutir sobre mi fe evangélica. Pero nunca pude convertir a nadie
con eso, y siempre que me encuentro discutiendo de religión con alguien me doy cuenta
que estoy fallando. En el testimonio no hay discusión. Testificar es compartir, y si el
propósito que uno comparte es falso, entonces el testimonio es falso también. El dar un
testimonio cristiano a personas de otra fe, tales como judíos, musulmanes o hindúes,
nos obliga a escudriñar nuestro propio corazón. Y al poner en forma de palabras algo
que es real en nuestra vida, descubrimos que deja en su estela una nueva seguridad de su
realidad. Conduce a cristalizar, para uso de uno mismo, sus propios recursos
interiores. Además de ser un medio muy efectivo de ganar almas para Cristo, ejerce una
influencia reflexiva de gran valor.
Por este y otros
medios, uno mantiene y cultiva su salvación, la cual debe esta siempre en el eterno ahora.
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