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EFESIOS:

La Iglesia Es el Cuerpo de Cristo

por Albert Truesdale

¡DIOS ESTÁ TRABAJANDO!

Es obvio para muchas personas que Dios el Espíritu Santo está trabajando hoy en la iglesia, renovando, ense­ñando y comisionando a sus miembros. La prueba de su presencia renovadora puede verse en todas las denomina­ciones. Seguramente todos los cristianos nos regocijamos por esta renovación, y por el despertamiento entre los cristianos de sus posibilidades de la gracia y responsabi­lidades del discipulado.

La renovación del interés en los dones del Espíritu Santo es una parte vital del trabajo que el Espíritu Santo está haciendo en la iglesia. Este interés renovado viene acompañado con la responsabilidad de entender la activi­dad del Espíritu Santo.

La Iglesia del Nazareno ha procurado proteger la ac­tividad libre del Espíritu y su actividad creadora dentro de la iglesia; a la vez hemos insistido que lo que se en­tienda como la actividad del Espíritu sea sometido al es­crutinio de la Biblia.

EFESIOS, CAPÍTULO 1

LA IGLESIA: EL CUERPO Y LA PLENITUD DE CRISTO

Todos reconocemos la importancia de empezar en el lugar debido para llegar al destino deseado. Una costurera no empieza cosiendo los botones a una tela que no ha sido cortada; un mecánico no empieza a cambiarle el aceite a un automóvil agregándole el aceite nuevo sin haberle sacado primero el usado. Donde uno empieza cambia los resultados en forma significativa, y esta verdad también se aplica a los asuntos de la fe cristiana.

La discusión de la iglesia empieza propiamente con la persona y la obra de Jesucristo. En términos sencillos, la iglesia es la creación de Cristo a través del Espíritu Santo.

Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delan­te de él (Efesios 1:4).

En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y ha­biendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa (Efesios 1:13).

Y sometió todas las cosas bajo sus (los de Cristo) pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la igle­sia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo (Efesios 1:22-23).

La iglesia no existe primordialmente por la actividad de los hombres, sino por la redención lograda por Cristo en su vida, muerte, resurrección y ascensión.

Cristo es el Señor de la iglesia, y sólo a El la iglesia le debe su vida, y sólo a El le es fiel.

Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia (Colosenses 1:18).

El es la cabeza y no comparte su puesto con nadie más (como hemos visto en Efesios 1:22-23). Todo lo que Dios hace en la iglesia —su creación, redención, adoración y ministerio de servicio al mundo— es provisto directamen­te por la obra redentora de Jesucristo.

(Jesucristo) se dio a sí mismo por nosotros para re­dimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pue­blo propio, celoso de buenas obras (Tito 2:14).

¿QUIÉN ES ESTE CRISTO?

Sin embargo, estemos seguros de quién es este Cristo. El es Dios encarnado en Jesús de Nazaret. En Jesús no encontramos una persona que sea mitad Dios y mitad hombre. Más bien, en El nos enfrentamos al eterno Dios quien fue encarnado en Jesús de Nazaret —un ser total­mente humano. Los cristianos confesamos que El es el Cristo de Dios. En El, Dios se ha revelado en la historia humana como el Creador. Por lo tanto, puesto que el que es la cabeza de la iglesia también es la persona en quien nos enfrentamos a Dios como Creador y Redentor, vemos que la iglesia es en efecto la creación de la gracia de Dios, por medio del Hijo, y a través de la actividad del Espíritu Santo. Además, la gloria de Dios como Creador y Redentor se manifiesta en la iglesia. La iglesia es el templo santo del Señor (Efesios 2:21).

La iglesia ha sido llamada a vida por el Señor resuci­tado y su presencia constituye el compañerismo de la igle­sia.

Cristo creó la iglesia y nos ha llamado a usted y a mí a vida en ella. El es la vida de la iglesia, y usted y yo tene­mos la vida de Cristo donde el Señor resucitado se revela a sí mismo dentro de la iglesia, “la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:23). Cuando medito en el hecho de que comparto la presencia redentora de Cristo a través de mis hermanos y hermanas en el Señor, entonces mi vida como un miembro de la igle­sia, un miembro que contribuye y recibe, toma un signifi­cado totalmente diferente. Pero es sólo por medio de tal entendimiento que las palabras del Nuevo Testamento acerca del Cuerpo de Cristo y del ministerio dentro del Cuerpo de Cristo tienen sentido.

UNA CREACIÓN DE GRACIA

La iglesia, entonces, es una creación de la gracia de Dios. Es la creación directa del evangelio, que significa “buenas nuevas”. Pero, ¿qué es el evangelio? El evangelio es las buenas nuevas de que, aun siendo pecadores, Cristo murió por nosotros, los injustos (Romanos 5:8). El evangelio es la proclamación de que Dios no nos ha tratado de acuerdo a lo que merecemos por nuestro pecado, sino que ha elegido brindar su perdón y reconciliación a todos los que se aparten de su pecado y vivan sólo en la nueva vida que El nos ofrece. El evangelio es verdaderamente una realidad nueva. A través de la expiación de Cristo el orden viejo de muerte, culpa y destrucción ha pasado, y ahora todo es nuevo (2 Corintios 5:17). A todos los que le recibie­ren, dijo Juan, les ha dado el poder para llegar a ser “hijos de Dios” (Juan 1:12). Y Pablo nos recuerda que en Cristo Dios está reconciliando consigo al mundo.

Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pe­cados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconci­liación (2 Corintios 5:19).

El propósito de la iglesia es ser una comunidad del evangelio. En ella las buenas nuevas son proclamadas a través de la vida de sus miembros, y el poder salvador de Dios también es realizado y demostrado en ella. De hecho, la iglesia es “un acontecimiento”, el evento-lugar donde Aquel que es la Palabra de Dios, está presente como el Señor resucitado, dándose a sí mismo como las buenas nuevas a sus miembros, y ellos a El, y juntos llevando este mensaje al mundo.

 

EL ESPÍRITU SANTO Y LA IGLESIA

JUAN 14—15

Ahora necesitamos hacernos esta pregunta: “¿Cuál es la relación del Espíritu Santo a Cristo y a la iglesia?”

Tal vez el mejor lugar para empezar a buscar la res­puesta sea en las instrucciones de Jesús a sus discípulos que encontramos en los capítulos 14 y 15 de Juan. En este último Jesús dice que el Espíritu Santo dará testimonio, en la iglesia y en el mundo, de que Jesús es el Cristo.

Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual proce­de del Padre, él dará testimonio acerca de mí (Juan 15:26).

El Espíritu no testifica acerca de Sí mismo, sino acer­ca de Cristo. Todo lo que El hace —confortar a la iglesia, enseñar, y convencer al mundo de su pecado y de su nece­sidad de la santidad— anuncia el señorío de Cristo. Todo lo que el Espíritu Santo hace en la iglesia y en el creyente glorifica al Señor quien hizo la expiación por nuestros pe­cados y quien es la cabeza de la iglesia. La gloria del Es­píritu Santo en la iglesia y en el mundo da testimonio de que en Jesús de Nazaret la santidad de Dios se ha revelado para la salvación de las personas; y también testifica que Jesús es el Cristo de Dios. Hacia este fin están dirigidas todas las actividades del Espíritu Santo. Cualquier doc­trina del Espíritu Santo que lo separa de la expiación de Cristo y le niega el primer lugar en la iglesia, debe ser re­chazada como dañina a la vida y a la misión de la iglesia.

La confesión del Espíritu Santo de que Cristo es Señor no puede considerarse como una declaración verbal simplemente. El hecho de que El da testimonio de Cristo como Señor y nos guía a nosotros a hacer la misma confesión, significa que el Espíritu se convierte en Señor y Redentor de cada parte de nuestra vida. A través del Espíritu el Cristo resucitado completa su obra redentora en la iglesia y en el mundo. Y a través de la obra del Espíritu, lo que Cristo es llega a ser un sinónimo de lo que El hace: Reden­tor creador (Juan 1:1-5, 9-14).

EL ESPÍRITU NO HACE NADA APARTE DE CRISTO

El Espíritu Santo no hace nada en la iglesia ni en el mundo aparte de la persona y la obra de Cristo. Siempre exalta al que fue crucificado y resucitado; siempre dirige a hombres y a mujeres a Cristo y hace que Este haga acto de presencia en la iglesia. Por lo tanto, cuando hablamos acerca del fruto del Espíritu, o de los dones del Espíritu, estamos en efecto diciendo que el señorío de Cristo se está manifestando a través del ministerio del Espíritu Santo.

Los cristianos no debemos permitir que la obra del Espíritu Santo se aleje de la persona y la obra de Cristo. El Espíritu Santo nunca va más allá de la reconciliación entre Dios y el mundo que Dios efectuó en la cruz en Cris­to. Donde esté el Espíritu Santo trabajando, allí da testi­monio de Cristo quien está “sobre todo principado y auto­ridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nom­bra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero” (Efesios 1:21).

Por lo tanto la iglesia es la creación de Cristo a través del Espíritu Santo. Por medio de su testimonio reconoce­mos que el Hijo está en el Padre, que los creyentes estamos en el Hijo, y que El está en nosotros.

EL TRABAJO PROPIO DEL ESPÍRITU SANTO

El Espíritu Santo siempre trabajará entre los hombres para cumplir lo que Dios en Cristo logró en la cruz y en la resurrección, y con esto nos referimos a la reconciliación a Dios del mundo por medio del amor santo, y la transfor­mación de los hombres a la imagen divina.

No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta (Romanos 12:2).

La obra reconciliadora de Dios en Cristo también significa que el Espíritu Santo busca la reconciliación de los hombres unos con otros y con sus prójimos. Logra esta reconciliación cuando quita el pecado y la culpa que causa la separación entre Dios y el hombre y entre las personas, y cuando crea de nuevo en santidad y en amor a las perso­nas. El Espíritu Santo crea la comunidad, y la iglesia debe ser la muestra de Dios ante los hombres del verdadero significado de la existencia humana y de la comunidad.

Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cui­dado, sino siendo ejemplos de la grey (1 Pedro 5:2-3).

EL GENIO WESLEYANO

El genio de la doctrina wesleyana del Espíritu Santo tiene tres características: (1) protege la relación entre el Espíritu Santo y Cristo; (2) reconoce que la obra del Es­píritu Santo es efectuar en el proceso de la historia lo que la expiación de Cristo hizo posible —la reconciliación, el amor santo a Dios y a nuestro prójimo, y la creación nueva de la comunidad entre los hombres; y (3) enseña que la presencia del Espíritu Santo en el creyente puede verse no en manifestaciones fabulosas, sino en el fruto de la santi­dad verdadera —“amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23).

LA UNIDAD EN LA DIVERSIDAD

Antes de estudiar a fondo la relación entre el fruto y los dones del Espíritu, estudiemos la unidad y la diversi­dad de la iglesia como las describe el capítulo cuatro de Efesios. Con frecuencia la iglesia está descrita como una unidad en la diversidad, y ésta parece ser una descripción apropiada de la discusión de Pablo en este capítulo de la Biblia. La iglesia es una, no debido a una estructura de gobierno singular ni a cualquier otra evidencia humana, sino debido a que Cristo es uno y la iglesia es uno en El como su Señor y cabeza. La iglesia no tiene significado aparte de la presencia del que le da vida. Cristo es la vida de la iglesia; El es la unidad de la iglesia. Y el Espíritu cultiva esta unidad en todo lo que hace.

Por lo tanto, Pablo dice, hay un solo cuerpo y un solo Espíritu que le da vida al cuerpo. Hay una sola esperanza, que somos reconciliados con Dios por medio de Cristo por fe solamente, y que esperamos su regreso en honra y gloria. Hay un Señor, una fe, un bautismo; y “un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos” (Efesios 4:6).

Nada que disminuya la importancia de esta unidad puede ser de Dios. La discordia, el egoísmo y otras carac­terísticas parecidas no son la evidencia de que el Espíritu Santo mora en nosotros, sino más propiamente son carac­terísticas del fruto y obras de la carne o de la vida domina­da por el pecado.

LA DIVERSIDAD DEL CUERPO DE CRISTO

Hay una diversidad dentro de la unidad que enrique­ce al Cuerpo de Cristo. Pablo emplea la metáfora del cuer­po en 1 Corintios y en Efesios para aclarar este concepto.

El Cuerpo de Cristo no es una repetición monótona de un solo miembro. Todos sus diversos miembros con sus distintas funciones son importantes para la vida del Cuer­po. Ningún miembro es innecesario. A pesar de que algu­nos miembros del cuerpo humano sean más atractivos que otros, sus funciones pueden ser menos significativas para el bienestar del cuerpo.

Por lo tanto, en la iglesia, el grado de atención pública que uno reciba no es el criterio principal con el cual medi­mos la importancia y la justificación de los miembros del Cuerpo de Cristo. La verdad central que Pablo recalca es que en vez de que la diversidad frustre la unidad del Cuer­po, en efecto la enriquece. La armonía y la riqueza se ma­nifiestan más en la incorporación de las partes en un todo, que en la monotonía y en la falta de diversidad.

Empero la diversidad de la iglesia se cumple, no en el aislamiento de las partes, sino en su incorporación en el Cuerpo, y de hecho en Cristo, la cabeza del Cuerpo, quien coordina las partes y les da significado. Cada una de las partes del Cuerpo de Cristo es un ministerio y un siervo a las otras partes, y a la cabeza. Por ejemplo, el pie encuen­tra su cumplimiento sólo cuando sirve a todo el Cuerpo, y esto sucede con los otros miembros del Cuerpo. Lo que es más, si un miembro sufre, todo el Cuerpo sufre también (lea con cuidado 1 Corintios 12:26).

La diversidad del Cuerpo de Cristo no encuentra su cumplimiento en sí mismo, sino en la cabeza quien es Cris­to (Efesios 4:13). El Cuerpo es edificado, enriquecido y logra su cumplimiento cuando la plenitud de Cristo se rea­liza en él. La presencia vivificante de Cristo en la iglesia logra mayor coordinación entre sus miembros. El que la iglesia conozca la cabeza, el Hijo de Dios, la guiará hacia una madurez en que pueda alcanzar “la medida de la esta­tura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4: 12-13).

LA SUPERIORIDAD DEL FRUTO DEL ESPÍRITU

La unidad y la diversidad de la iglesia también se ven en el fruto y los dones del Espíritu. Hay una unidad en el Cuerpo, una comunidad en el cuerpo, que señala al pie como una parte propia del Cuerpo. En 1 Corintios, Pablo nos dice que el pie no tiene que parecerse a la mano, sino que tanto el pie como la mano muestran la unidad que derivan de la cabeza. La unidad de la iglesia, y lo que iden­tifica a las partes como pertenecientes a la cabeza, no es una o más de las distintas partes, sino el carácter único—la vida— del que es la cabeza del Cuerpo.

Por lo tanto, la evidencia distintiva de que Cristo mo­ra en su Cuerpo, y de que el Cuerpo es suyo, es la caracte­rística por la cual lo conocemos mejor: su santo amor. Este es precisamente el mensaje que Pablo expone en el decimo­tercer capítulo de 1 Corintios. Ninguna de las diversida­des de las cuales se jactaban los corintios tenía significado aparte del amor. Dios es amor santo, y su presencia y obra son caracterizadas por lo que El es. El ha establecido a la iglesia y a sus miembros en El mismo, y se ha establecido a sí mismo en la iglesia y en sus miembros. El amor santo que reconcilia al hombre con Dios, al hombre consigo mis­mo, y al hombre con su prójimo, es la evidencia de la acti­vidad del Espíritu Santo en la iglesia y en el mundo. Y lo que el Espíritu Santo puede hacer en los seguidores de Cristo es hecho posible a través de la vida, muerte, resu­rrección y ascensión de Jesús quien es el Cristo. “Dios es­taba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Corin­tios 5:19).

TODOS LOS CRISTIANOS TIENEN FRUTOS

Hemos llegado a un lugar en nuestro estudio en que podemos tratar el significado del fruto del Espíritu. Note­mos primero que el sustantivo es singular, “fruto” no “frutos” (Romanos 6:22; Gálatas 5:22; Efesios 5:9; Juan 15:8). En cada uno de estos pasajes el término griego kar­pos, “fruto”, es singular. Aunque el fruto del Espíritu se manifieste en distintas maneras, es uno solo. ¿Y qué es lo que lo hace uno? La vida de Cristo manifestada en la igle­sia y en sus miembros. El fruto del Espíritu es la vida ma­nifestada de Cristo. Y la vida de Cristo, como hemos dicho, establece a la iglesia y a sus miembros en la santidad y el amor de Dios.

A pesar de que nos referimos al fruto del Espíritu, debemos recordar que de hecho estamos describiendo el fruto de Cristo realizado en la iglesia a través de la obra del Espíritu Santo. El Espíritu Santo lleva a cabo lo que el Señor de la iglesia hace posible. El fruto del Espíritu es el fruto de Cristo.

El fruto del Espíritu —“amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gá­latas 5:22-23) — es hecho posible sólo a través de la reden­ción que Cristo logró en la cruz y en la resurrección. El fruto no es el resultado de la auto-disciplina (pero recono­cemos que ésta es importante), sino de la vida transfor­madora, redentora, y santificadora de Cristo en el cristia­no. El fruto del Espíritu, cultivado y madurando por medio del ministerio del Espíritu Santo, es la evidencia de la vida de Cristo y la plenitud del Espíritu de Dios en el cristiano.

Toda persona nacida del Espíritu, nacida de nuevo, empezará a mostrar el fruto de la vida de Cristo porque ahora es una criatura nueva en Cristo por medio del Espíritu. Mientras que en la vida pasada, nuestros miem­bros estaban inclinados a producir el fruto de la carne, ahora, el Espíritu nos ha capacitado para que presentemos nuestros miembros al Espíritu (Romanos 6:13-14) para producir “fruto apacible de justicia” (Hebreos 12:11). Ningún cristiano que ha nacido de nuevo carece del fruto del Espíritu.

En el capítulo 15 de Juan, Jesús dice que el Padre es glorificado cuando los cristianos dan fruto. Sabemos que la producción del fruto requiere la cultivación cuidadosa y la inversión de tiempo. Esta verdad también se aplica al cris­tiano en quien ahora mora Cristo como Señor redentor.

El Espíritu cultiva la vida de Cristo en el creyente, y el que haya nacido de Dios deseará con todo su corazón que la vida de Cristo dé fruto en todas las áreas de su vida. No obstante, el Espíritu Santo está trabajando en una vida humana que ha entrado en contacto con muchas influen­cias, algunas de las cuales contradicen la vida de Cristo en el creyente. Algunas de estas influencias han moldeado su vida. Que no nos sorprenda ver al Espíritu Santo traba­jando paciente y determinadamente para armonizar a toda la persona con la vida de Cristo que ahora caracteriza al cristiano. Jesús comenta que la obra del Padre es limpiar los pámpanos para que lleven más fruto.

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto (Juan 15:1-2).

Todo cristiano sincero presenta su existencia total a la actividad que produce fruto del Espíritu Santo. Pablo nos exhorta: “Ofreceos vosotros mismos a Dios como muer­tos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios” (Romanos 6:13, Biblia de Jerusalén).

El Nuevo Testamento es absolutamente explícito sobre este punto. La evidencia del Espíritu Santo en la vida del creyente es producir el fruto de la vida de Cristo—el amor santo. Este es el poder del evangelio: que Dios en Cristo a través del Espíritu Santo logra crear para sí mismo un pueblo en quien su propia vida —el amor san­to— es la cualidad que lo caracteriza.

LOS DONES DEL ESPÍRITU EN LA IGLESIA

Ya estamos preparados para tratar el tema de los do­nes del Espíritu en la iglesia. Es muy importante que pon­gamos todos los elementos de esta discusión en su relación correcta al entendimiento comprensivo de la obra de Cris­to. Para principiar, recordemos que los dones del Espíritu (llamados así en Hebreos 2:4, Versión Moderna), son los dones de Cristo. Efesios 4:7 lo aclara: “Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo.”

El Cristo resucitado y triunfante da los diversos dones a la iglesia. “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros” (Efesios 4:11). Pero esto no excluye a la obra del Espíritu Santo quien, por la autoridad de la expiación de Cristo, administra estos dones dentro del Cuerpo de Cristo.

Otra lección que necesitamos aprender acerca de los dones del Espíritu es que son diversos. Por eso se usa el plural para describirlos. Funcionan para lograr la diversi­dad y el ministerio necesitados en el Cuerpo de Cristo. Cuando los entendemos de esta manera, fortalecen la uni­dad del Cuerpo, que es su coordinación como un todo integrado y orgánico, donde cada una de las partes contri­buye al bienestar de las otras partes.

Los dones del Espíritu ministran a la vida de Cristo en la iglesia, porque son los medios a través de los cuales el Cuerpo de Cristo logra su plenitud y participa en el evangelismo. Son diversos, pero encuentran su unidad en la vida de Cristo.

LOS DONES Y EL SERVICIO

Los dones del Espíritu cumplen su propósito sólo cuando desarrollan el papel de siervos trabajando para edificar al Cuerpo de Cristo (esto incluye su función evan­gelizadora). No cumplen su propósito cuando son usados para promover el egoísmo, el orgullo, el ego de algún miem­bro en particular, o cuando conducen a la división dentro de la iglesia. Pablo aclara en la Epístola a los Efesios que el propósito de los dones es “perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:12-13).

Los dones “falsificados” que son usados para propósi­tos del orgullo espiritual y la discordia deben ser recha­zados.

EL FRUTO DE LA SANTIDAD

Ya deberíamos ver claramente que ninguno de los do­nes aparte de los demás puede fungir como la única evi­dencia de la presencia y de la obra del Espíritu Santo. La verdadera evidencia del Espíritu Santo es esa que es co­mún a todos los miembros, el fruto de la santidad. Lo que es más, debe ser evidente que si los dones han de desarro­llar su función, ellos también tienen que tener la caracte­rística primaria, la misma que es el fruto del Espíritu, el fruto de la santidad. Desde los tiempos de la iglesia primitiva hasta hoy, muchos cristianos han errado en este punto. Incorrectamente identifican acontecimientos atrac­tivos y espectaculares como la verdadera esencia del pro­pósito de la vida, muerte, y resurrección de Cristo. Este es un error muy serio. “Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17).

Esta es la razón por la cual la tradición wesleyana a la que pertenecemos ha recalcado la doctrina de la entera santificación, del amor hecho perfecto a través de la obra del Espíritu Santo, como requisito a un entendimiento completo de la actividad redentora de Cristo. Hemos llegado a la comprensión, y muy correctamente, que el prin­cipio y la señal común de la presencia del Espíritu Santo son su fruto (el de Cristo), el fruto que es de hecho la vida del Señor resucitado de la iglesia.

Los dones del Espíritu son dados a la iglesia por Cris­to para el bienestar del Cuerpo. No son dados como la propiedad privada de los individuos, ni tampoco en reco­nocimiento de la superioridad espiritual de uno. Los dones del Espíritu Santo son “los trabajadores de la iglesia”. Son siervos dentro del Cuerpo, y resultan pervertidos y destructivos cuando son utilizados de otra manera. Sin el amor de Cristo como su característica principal, perecerán (1 Corintios 13). “Sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cris­to” (Efesios 4:15). A través de los dones del Espíritu, la iglesia recibe la capacidad para llegar a ser una comunidad de servicio, de servicio no sólo a sí misma sino a todo el mundo también.

UNA MISIÓN DE REDENCIÓN

La iglesia existe como misión tan seguramente como las llamas existen cuando hay fuego. En Jesucristo Dios ha actuado para reconciliar consigo a todo el mundo. Y la iglesia es el lugar donde el poder y la verdad de la nueva realidad se realizan y se demuestran. Si la vida de Cristo caracteriza a la vida de la iglesia, entonces no tendrá nin­gún otro propósito para su existencia aparte de ser una comunidad redentora entre los hombres. No hay justifi­cación alguna para que existan sólo como una sociedad de admiración recíproca entre sus miembros, ni para que con­tinúe su existencia únicamente porque está ubicada en el mundo. Existe como una misión de redención. Vive y se mueve en obediencia a la dirección del Señor. Y la única manera en que el fruto y los dones del Espíritu Santo pue­den cumplir su propósito es que la iglesia dé un testimonio auténtico de la realidad de gracia, de reconciliación y de santificación que Dios ha efectuado en Cristo.

Como una comunidad redentora, la iglesia necesita ser fiel en obedecer al Espíritu Santo al desarrollar su mi­nisterio en el mundo, con el fin de aprender de El nuevas maneras de lograr la salvación de Dios entre los hombres. ¡Esto es su responsabilidad y su gozo! Hoy, el Espíritu Santo está trabajando en la iglesia, enseñándoles a sus miembros que aún no hemos llegado a una comprensión completa de las posibilidades del amor reconciliador de Dios entre los hombres.

Que este estudio en que estamos participando esté libre del egoísmo espiritual que se concentra en el bienes­tar de uno mismo. Que lo consideremos como una oportu­nidad para que podamos captar la visión de la magnifi­cencia comprensiva y misión de la iglesia de Cristo, y de nuestro lugar en ella. Y esperamos que este estudio nos ayude a tener una visión nueva de las demandas y las posi­bilidades del amor reconciliador de Dios.

PARA DISCUSIÓN

1.  ¿Por qué es importante empezar con el tema de la per­sona y la obra de Cristo en una discusión sobre la igle­sia?

2.  ¿Por qué debemos considerar a la iglesia como un cuer­po completo en lugar de como una reunión de indivi­duos?

3.  ¿Cuál es la relación entre el Espíritu Santo y el señorío de Cristo?

4.  ¿Cómo nos ayuda la tradición wesleyana a comprender la relación entre el Espíritu Santo y Cristo?

5.  ¿Cuáles son algunas maneras en que se demuestran la unidad y la diversidad de la iglesia? ¿Cómo se relaciona Cristo a las diversas partes de la iglesia?

6.  ¿De qué manera afecta la presencia del “amor santo” al cuerpo de creyentes?

7.  ¿Cuál es el significado del fruto del Espíritu?

8.  ¿Qué significa el fruto del Espíritu, y cuáles son sus re­sultados?

9.  ¿Qué damos a entender cuando llamamos a la iglesia “una comunidad redentora”?

PARA LECTURA ADICIONAL
Carter, Charles Webb. The Person and Ministry of the Holy Spirit: A Wesleyan Perspective. Grand Rapids: Baker Book House, 1974.
Deal, William S. Be Filled with the Spirit. Kansas City: Beacon Hill Press of Kansas City, 1971.
Earle, Ralph. The Quest of the Spirit. Kansas City: Bea­con Hill Press, 1951.
Gould, Joseph. The Spirit’s Ministry. Kansas City: Naza­rene Publishing House, 1941.
Greathouse, William M. The Fullness of the Spirit. Kan­sas City: Nazarene Publishing House, 1958.
Murray, Andrew. Aids to Devotion, Thoughts on the Ho­ly Spirit in the Epistle to the Ephesians. Londres: Nisbet and Co., 1909.
Stedman, Ray C. Body Life. Glendale, Calif.; G/L Publi­cations, 1977.

Steele, Daniel. The Gospel of the Comforter. Kansas City: Beacon Hill Press, 1960.