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CAPITULO 26
SANTIFICACION vs.
CONSAGRACION
La esposa de un senador concurría con
regularidad a una serie de reuniones de santidad y, al parecer, llegó a tener mucho
interés en lo que se decía. Un día me dijo:
Hermano Brengle, me gustaría que usted
la llamara más bien consagración en vez de santificación, en
eso podríamos estar todos de acuerdo.
Pero yo no quiero decir consagración,
hermana le respondí. Lo que quiero decir es santificación, y la diferencia
entre las dos es tan grande como la que hay entre la tierra y el cielo, entre la obra del
hombre y la de Dios.
El error de esta señora es muy común. Ella
quería privar a la religión de su elemento sobrenatural y descansar en sus propias
obras.
Está muy de moda eso de ser
consagrado y hablar mucho acerca de la consagración. Damas
vestidas de seda, cubiertas de joyas, adornadas de plumas y flores, y caballeros con manos
tiernas y suaves, ricamente vestidos y perfumados, hablan en voz baja y dicen con palabras
melosas que están consagrados al Señor.
Yo no les desalentaría; pero sí quiero
levantar mi voz muy alto y amonestarles diciéndoles que la consagración, tal como la
entiende la gente comunmente, es sólo obra de hombres, y ella no basta para salvar al
alma.
Elías levantó su altar sobre el monte
Carmelo, sacrificó su buey y lo puso sobre el altar, y después derramó agua sobre todo
ello. Eso era consagración.
Pero los sacerdotes de Baal habían hecho lo
mismo, con la única excepción de que ellos no derramaron el agua. Ellos habían erigido
su altar, sacrificaron sus bueyes, pasaron el día cumpliendo con los más estrictos
deberes religiosos y, a juzgar por lo que podían ver los hombres, esos sacerdotes
eran más fervorosos que Elías.
¿Qué hizo Elías más que los sacerdotes de
Baal?
Nada, salvo derramar algunos barriles de agua
sobre su sacrificio, una gran aventura de fe. Si Elías se hubiese detenido allí, el
mundo no habría sabido nada de él. Pero é1 creyó que Dios haría algo. El lo
esperó, oró pidiéndolo, y Dios rasgó los cielos y derramó el fuego que consumió el
sacrificio, las piedras del altar y hasta el agua que estaba en la zanja que rodeaba el
altar. Eso era santificación... ¿Qué poder tenían las piedras, inertes y frías, el
buey muerto o el agua, para glorificar a Dios y convertir a una nación apóstata? Mas
cuando el fuego comenzó a consumirlo todo, entonces la gente se postró de hinojos y
exclamó:
El Señor Jehová es Dios, Jehová es
Dios.
¿Qué pueden hacer las grandes ofrendas,
todo lo que se diga, y la llamada consagración, para salvar al mundo y glorificar a Dios?
Si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi
cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve (1 Corintios 13:3). Es
cuando Dios entra en el hombre cuando éste puede glorificarle, y trabajar con él para la
salvación del mundo.
Lo que Dios quiere son hombres santificados.
Naturalmente, éstos deben ser consagrados es decir, se deben haber entregado a
Dios a fin de poder ser santificados. Mas una vez que se han rendido a él, cuando
se han rendido sin ninguna reserva, cuando le han entregado la memoria, la mente, y la
voluntad, la lengua, las manos, los pies, la reputación, no sólo entre los pecadores,
sino también entre los santos; cuando han puesto en sus manos todas sus dudas y temores,
sus gustos y disgustos, su disposición a contradecir a Dios y a tenerse lástima a sí
mismos, a murmurar y quejarse cuando él pone a prueba su consagración; cuando han
hecho esto en realidad, de verdad, y han quitado las manos de encima del sacrificio, como
lo hizo Elías una vez que hubo puesto el buey del holocausto sobre el altar, deben
esperar en Dios y clamar a él con fe humilde pero persistente, hasta que les bautice con
el Espíritu Santo y con fuego. El prometió hacerlo, y lo hará, pero el hombre debe
esperarlo, buscarlo, orar por ello, y si demora en venir, no desesperar sino seguir
esperando. Un soldado salió de una de nuestras reuniones y, postrándose de rodillas en
su casa, exclamó: ¡Señor, no me levantaré de aquí mientras no me bautices con
el Espíritu Santo! Dios vio que ese hombre se había propuesto obtener la
bendición, vio que deseaba a Dios más que a toda la creación, de manera que lo bautizó
en ese mismo instante con el Espíritu Santo.
En cambio, un capitán y un teniente a
quienes conozco hallaron que la visión tardaba, y por eso la esperaron,
consagrando, durante tres semanas, cada momento que tenían disponible a clamar a Dios
para que les llenase con su Espíritu. No se desalentaron, sino que se aferraron a él con
fe inquebrantable; no cedieron, y obtuvieron el deseo de sus corazones. Algún tiempo
después me encontré con ese teniente, y cuánto me asombré entonces ante las maravillas
que había efectuado en él la gracia de Dios. El Espíritu de los profetas descansaba
sobre él.
Todo el cielo es campo libre para la
fe, suele decir un amigo mío.
¡Oh, este largo esperar en Dios! Es mucho
más fácil lanzarse atolondradamente a esto o aquello, y trabajar sin cesar hasta que la
vida y el corazón se hallan exhaustos por una labor sin gozo y comparativamente sin
fruto, que esperar ante Dios con fe paciente, invariable y que escudriña el corazón,
hasta que él descienda y nos llene con la potencia todopoderosa del Espíritu Santo, que
nos da resistencia, sabiduría y fortaleza sobrenaturales, nos capacita para hacer en un
día lo que de otro modo no podríamos hacer ni en mil años, y sin embargo nos quita todo
orgullo y nos lleva a dar toda la gloria a nuestro Señor.
El esperar en Dios hace que nos vaciemos de
modo que podamos ser llenados de nuevo. Pocos esperan hasta estar vacíos y a ello se debe
el que sean pocos también los que son llenos. Pocos quieren soportar el escrutinio del
corazón, las humillaciones, la intranquilidad, los ataques de Satanás, cuando él
pregunta: ¿Y dónde está tu Dios ahora? ¡Oh cuántas dudas y susurros de
incredulidad significa eso de esperar en Dios! A ello se debe el que sean tan pocos los
que, en entendimiento, sean hombres y mujeres en Cristo Jesús y verdaderas columnas en el
templo de Dios.
Jesús ordenó a los discípulos que se
quedasen en la ciudad de Jerusalén hasta que recibiesen el poder de lo alto (Lucas
24:49). Esa debió ser una gran traba para el temperamento inquieto e impulsivo de Pedro;
pero él esperó juntamente con sus hermanos. Clamaron a Dios y escudriñaron sus
corazones; olvidaron sus temores y no se acordaron de los príncipes y gobernantes que
habían muerto a su Señor. Se olvidaron de sus celos, de sus egoístas ambiciones, de sus
infantiles diferencias de opinión, a tal punto que perdieron todo el alto concepto que
tenían de sí mismos, toda egolatría, y toda confianza en su propio valer.
Sus corazones se unieron como el de un solo hombre, y tuvieron un solo deseo y éste era
un deseo intenso y fervoroso de estar poseídos de Dios. Súbitamente Dios descendió:
descendió con poder, con fuego, para purgar y purificar y para santificarles por
completo; para morar en sus corazones y hacerles valientes en presencia de sus enemigos;
humildes en medio del éxito, pacientes cuando se hallasen en conflictos duros y en
amargas persecuciones; firmes e invariables a pesar de las amenazas, los azotes y las
prisiones; gozosos en la soledad, y cuando eran calumniados; sin temor y triunfantes
cuando se hallaban cara a cara con la muerte. Dios les dio sabiduría para que supiesen
ganar almas y les llenó con el espíritu del Maestro a tal punto que ellos pobres
hombres humildes cual eran llegaron a trastornar el mundo, y eso sin atribuirse a
sí mismos ninguno de los honores.
Vemos, pues, que la santificación es el
resultado no sólo de dar sino también de recibir. Por consiguiente, tenemos la
obligación solemne de recibir el Espíritu Santo y ser llenos del Espíritu,
igualmente como la tenemos de entregarnos a Dios. Pero si no fuéramos llenados del
Espíritu al momento, no debemos suponer por eso que la bendición de la santidad no es
para nosotros y, con la pretendida humildad de la incredulidad, cesar de pedirle a Dios
que nos dé la santidad. Por el contrario, deberíamos clamar tanto más y escudriñar las
Escrituras en busca de la luz y la verdad; debemos humillarnos y ponernos del lado de Dios
en contra de la incredulidad, en contra de nuestros propios corazones y en contra del
Diablo, y no debemos ceder hasta no tomar posesión del Reino de los cielos. Hasta que
Jesús nos diga: ¡Oh hombre, oh mujer! grande es tu fe; hágase a ti conforme a tu
deseo.
A Dios le agrada que le obliguemos; él
quiere que le obliguemos por medio de la oración insistente y la fe de sus hijos. Me
imagino que muchas veces Dios se siente herido, decepcionado y airado con nosotros, como
el profeta que se disgustó con el rey que lanzó tres saetas cuando debió haber lanzado
media docena o más, pues pedimos tan poco, y cedemos tan fácilmente y nos retiramos sin
haber recibido la bendición que profesamos querer recibir. Nos quedamos satisfechos con
un poquito de consuelo cuando lo que necesitamos en realidad es al propio Consolador.
La mujer sirofenicia que se acercó a Jesús
para pedirle que sacase el espíritu inmundo que se había posesionado de su hija, es una
creyente modelo, y debiera servir para avergonzar a la mayoría de los cristianos, tal fue
su valentía y la persistencia de su fe. Ella no quiso retirarse sin antes haber recibido
la bendición que anhelaba. Al principio Jesús no le contestó palabra. El Señor suele
hacer cosa igual con nosotros, algunas veces, en estos días. Oramos y no recibimos
contestación. Dios guarda silencio. Luego Jesús la rechazó diciendo que él no había
sido enviado para auxiliar a mujeres de su clase, sino a las ovejas descarriadas de la
casa de Israel. Eso habría bastado para convertir en escépticos blasfemos a los hombres
del siglo diecinueve. Mas no sucedió así con esa mujer. Su fe desesperada se acrecienta
y se sublimiza. Finalmente Jesús parece añadir insulto a la injuria, pues le dijo:
No es justo tomar el pan de los hijos y darlo a los perrillos.
La fe de la mujer se impuso entonces y
triunfó, pues dijo: Es cierto, Señor, pero aun los perros comen de las migajas que
caen de la mesa de su Señor
Ella estaba dispuesta a tomar el lugar del
perro y a recibir la parte que se daba a los perros. ¡Alabado sea Dios! ¡Oh, cuán
grande fue el triunfo de su fe! Jesús, asombrado, dijo: Oh mujer, grande es tu fe;
sea hecho contigo como tú quieres
Jesús tenía intención de bendecirla desde
un principio, siempre que su fe quedase firme, y del mismo modo lo hará con nosotros.
Hay dos clases de personas que profesan
consagrarse a Dios, pero que si averiguamos bien los detalles encontraremos que la
consagración la hacen más bien a cierta clase de trabajo y no al propio Dios. Son más
bien guardianes de la casa de Dios que la esposa de su Hijo: personas muy atareadas, que
disponen de muy poco tiempo o gusto para pasarlo en comunión con Jesús. La primera clase
puede clasificarse entre los buscadores de placer. Ven que las personas
santificadas son dichosas, y creyendo que ello se debe a lo que han dado o hecho,
comienzan a dar y a hacer, sin pensar jamás en el Tesoro infinito que han recibido las
personas santificadas. El secreto de aquel que dijo: Dios es mi excelso gozo y
El Señor es la porción de mi alma, está escondido de ellos. Debido a eso,
nunca hallan a Dios. Buscan la felicidad y no la santidad. Difícilmente admitirán que lo
que necesitan es santidad según ellos, siempre fueron buenos y Dios sólo
puede ser hallado por aquellos que sintiendo su propia maldad y las flaquezas de sus
corazones, ansían disfrutar de la santidad. Bienaventurados los que tienen hambre y
sed de justicia, porque ellos serán saciados (Mateo 5:6). Esta clase, por lo
general, son personas que viven bien, comen bien, son muy sociables, se visten siempre a
la moda; son una especie de epicúreos religiosos.
La otra clase podríamos denominarla cazadores
de tristezas. Andan siempre en busca de algo difícil de hacer. Creen que deben estar
siempre sufriendo algo. Como los sacerdotes de Baal, se dan de cuchilladas (no en sus
cuerpos pero sí en sus mentes y almas); dan de sus bienes para alimentar a los pobres,
entregan sus cuerpos para ser quemados y, sin embargo, no sacan de ello ningún provecho.
(1 Cor. 13:3). Se desgastan trabajando como esclavos. No es gozo lo que persiguen sino
penas y tristezas. Juzgan la aceptación que Dios hace de ellas no por el gozo que les da
la presencia del Consolador en sus almas, el cual hace que el yugo sea fácil y ligera la
carga, sino más bien por las penas y amarguras que pueden soportar. Tales personas no son
felices, viven siempre bajo el temor de que no son salvados, a menos que tengan que hacer
algún sacrificio que les produzca el más intenso tormento. Han muerto mil muertes y, sin
embargo, viven todavía. Su religión no consiste en justicia, paz y gozo en el
Espíritu Santo, sino más bien en perseverancia, resolución, tristeza y amarguras.
Sucede, sin embargo, que estas personas no
hacen sacrificios más grandes que aquellas que son realmente santificadas, sólo que
hacen más alarde de ello. Como no están muertas, les duele someterse a Dios y, no
obstante ello, tienen la convicción de que deben hacerlo así. Sus penas no son mayores
que las que sobrevienen a las personas santificadas, sólo que son de diferente clase, y
brotan de diferentes raíces. Ellos sufren miserias y aflicciones a causa de los
sacrificios que tienen que hacer mientras que el hombre santificado considera que todas
estas cosas le dan gozo porque las sobrelleva por amor de Jesús: a pesar de eso,
continuamente le acosan aflicciones, pues las aflicciones y penas del mundo pesan sobre su
corazón, y si no fuera por la consolación y gozo que le imparte Jesús, algunas veces se
desesperaría.
Con todo, esta gente es buena y hace bien.
¡Dios les bendiga! Lo que necesitan es la fe que santifica (Hechos 26:18), que por medio
de la operación del Espíritu Santo les mate y libre para siempre de todas sus miserias,
dando gozo y paz a sus cansados corazones, de modo que, en novedad de vida, puedan beber
del río de los placeres de Dios y no volver a tener sed jamás; de ese modo podrán
soportar alegremente cualquier sufrimiento que les sobrevenga, pues lo sufrirán por amor
de Jesús.
Lo que necesitamos, pues, es la
santificación; Dios quiere que la tengamos y el Espíritu Santo nos insta a cada uno a
reclamarla. Es éste un camino de fe como de niños, que recibe todo lo que Dios tiene
para darnos, y de amor perfecto, que con gozo lo devuelve todo a Dios; un camino que, por
un lado preserva al alma de la pereza y comodidad de los de Laodicea, y por otro, de la
fría e inflexible esclavitud farisaica; un camino de paz y satisfacción interior, así
como de abundante vida espiritual, en el que el alma, siempre cuidándose de sus enemigos,
no se alboroza indebidamente por el éxito, ni se abate por las desilusiones y chascos que
sufra; no se mide a sí misma por otros, ni se compara con los demás, sino que, mirando
hacia Jesús, atiende estrictamente sus propios asuntos, andando por la fe y confiando en
que el Señor, en su orden y a su debido tiempo, cumplirá todas las preciosas y grandes
promesas que le ha hecho, movido por su inmenso amor.
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