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CAPITULO 21
PERFECTA PAZ
Tú guardarás en completa paz a aquel
cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado (Isaías 26:3).
Esa es una promesa maravillosa; todos
deberíamos anhelar adquirir esa experiencia. La manera de hacer eso es sencilla: consiste
en tener nuestros pensamientos fijos en nuestro Señor. Pero si bien es sencilla, confieso
que, para la mayoría, no es cosa fácil hacerlo. Prefieren más bien pensar en los
negocios, en los placeres, en las noticias del día, en la política, la cultura, la
música o en la obra del Señor, que no acerca del propio Señor y Salvador.
Es verdad que los negocios y las demás cosas
deben ocupar algo de nuestros pensamientos, y debemos prestar atención a la obra del
Señor, si es que le amamos a él y a las almas por las cuales él murió; pero así como
la niña enamorada, en medio de su trabajo y placeres piensa constantemente en su novio; y
así como la joven esposa, llena de nuevos cuidados, mantiene en su corazón constante
comunión con su esposo aun cuando éste se encuentre muy lejos, nosotros debiéramos
pensar todo el tiempo en Jesús y mantener ininterrumpida comunión con él. Debemos
confiar en su sabiduría, en su amor y poder, para vivir en perfecta paz.
¡Piense en esto! Todos los tesoros de
la sabiduría y conocimiento se hallan escondidos en él, y nosotros, en nuestra
ignorancia e insensatez somos hechos completos en él. Tal vez nosotros no
entendamos, pero él entiende. Tal vez nosotros no sepamos, pero él sabe. Tal vez estemos
perplejos, pero él no lo está. Además, si somos suyos, debemos confiar en él y así
viviremos en perfecta paz.
Diez mil veces me he encontrado al borde de
la desesperación, no sabiendo qué hacer, ¡pero cuánto consuelo me proporcionó saber
que Jesús lo veía todo de principio a fin, y que estaba haciendo que todas las cosas
obrasen en beneficio mío, por cuanto le amaba y confiaba en él! Jesús nunca se
encuentra desesperado por no saber qué hacer, y cuando nosotros estamos más confusos y
desesperados, debido a nuestra insensatez y falta de visión, Jesús en la plenitud de su
amor, y con toda su infinita sabiduría y poder, está realizando los deseos de nuestros
corazones, siempre que sean éstos deseos santos. ¿No ha dicho él: Cumplirá el
deseo de los que le temen? (Salmo 145:19).
Jesús no sólo tiene sabiduría y amor, sino
que nos asegura que tiene todo poder en el cielo y en la tierra; por
consiguiente el consejo de su sabiduría y los tiernos deseos de su amor no pueden
fracasar por falta de poder para realizarlos. El puede cambiar los corazones de los reyes
y hacer cumplir su voluntad, y su amor, invariable y fiel, le inducirá a hacerlo, si
sólo confiamos en él. Nada es más sorprendente a los hijos de Dios, que confían en él
y observan sus caminos, que la manera maravillosa e inesperada en que él obra a favor de
ellos, y la clase de gente que emplea para hacer su voluntad.
Nuestros corazones ansían ver la gloria del
Señor y la prosperidad de Sión, y oramos a Dios sin poder concebir una idea de cómo se
podrán cumplir los deseos de nuestros corazones; pero confiamos y volvemos nuestras
miradas hacia Dios. El comienza a obrar, empleando para ello a personas de quien menos lo
habríamos esperado y de la manera menos pensada, para contestar nuestras oraciones y
recompensar nuestra fe. De ese modo en todas las pequeñas ansiedades, pruebas y demoras
de nuestra vida, si seguimos confiando y nos regocijamos a pesar de las cosas que nos
incomodan, encontraremos que Dios está obrando en favor nuestro, pues él dice que es
nuestro pronto auxilio en las tribulaciones (Salmo 46:1) en todas ellas y Jesús es pues auxilio de
todos aquellos que mantienen firme su confianza en él. Muy poco tiempo ha transcurrido
desde que el Señor permitió que yo pasase por una serie de pruebas que me angustiaron
muchísimo. Pero mientras esperaba en oración, confiado en él, me hizo ver que si yo
tuviese más confianza en él mientras me hallaba en dificultades, y si seguía
regocijándome, yo obtendría bendiciones como resultado de las mismas pruebas a que me
veía sometido, y así como Sansón sacó miel del cadáver del león, yo también saqué
dulzura de mis tribulaciones. ¡Alabado sea su santo nombre! Me regocijé, y las
tribulaciones fueron desvaneciéndose de una en una, quedándome únicamente la dulzura de
la presencia de mi Señor y sus bendiciones, y desde entonces ha reinado paz perfecta en
mi corazón.
¿No hace Dios todo esto para impedir que nos
enorgullezcamos, para humillarnos, y para hacernos ver que nuestro carácter es, para él,
de más valor que todo servicio que le rendimos? ¿No lo hace con objeto de enseñarnos a
andar por la fe y no por vista y para estimularnos a que confiemos en él y vivamos en
paz?
No quiero por esto que ninguna alma sincera,
cuya fe es pequeña, ni ninguna de aquellas afanosas que creen que nada marcha bien si no
están afanosas, intranquilas y corriendo de un lado para otro, supongan que haya
semejanza alguna entre la paz perfecta y la perfecta indiferencia. La
indiferencia es hija de la pereza. La paz es hija de una fe cuya actividad es incesante,
perfecta y la más elevada de las actividades del hombre, porque por medio de ella hombres
humildes y desarmados conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas,
taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron
fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos
extranjeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección (Hebreos
11:33-35).
Para ejercer esta poderosa fe que trae
perfecta paz, debemos recibir en nuestros corazones el Espíritu Santo, y
reconocerle no como una influencia o atributo de Dios, sino como al propio Dios. El es una
persona, y él nos hará conocer a Jesús, y nos hará comprender también lo que él
piensa y cuál es su voluntad. Nos hará sentir, además, que está siempre presente con
nosotros, si confiamos en él. Jesús siempre está con nosotros, y si ansiamos tenerle con nosotros, eso le
complacerá tanto que nos ayudará a tener nuestros pensamientos fijos en él.
Esto requerirá, sin embargo, algún esfuerzo
de nuestra parte, porque el mundo, los negocios, las flaquezas de la carne, los defectos
de nuestra mente, el mal ejemplo de las personas que nos rodean, y el Diablo con todas sus
asechanzas, tratarán de apartar nuestros pensamientos de Jesús y hacer que le
olvidemos; tal vez en veinticuatro horas sólo volvamos nuestros pensamientos y afectos
hacia él una o dos veces y, aun en los momentos en que estamos orando, no nos
encontraremos realmente con Dios.
Cultivemos, por consiguiente, el hábito de
tener comunión con Jesús. Cuando nuestros pensamientos vagan y se alejan de él,
volvámonos otra vez; mas hagamos esto tranquila y pacientemente, porque cualquier
impaciencia (aunque ello fuese en contra de nosotros mismos) es peligrosa, pues podría
turbar nuestra paz interna, y ahogar la voz del Espíritu e impedir que la gracia de Dios
nos domine y subyugue nuestros corazones.
Pero si con toda humildad y contrición
dejamos que el Espíritu Santo more en nosotros, y si obedecemos su voz, él mantendrá
nuestros corazones en santa calma aun en medio de mil cuidados, debilidades y
tribulaciones.
Por nada estéis afanosos; sino sean
conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de
gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros
corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Filipenses 4:6, 7).
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