CAPITULO 19
TESTIGOS DE LA
RESURRECCION
EN NUESTROS DIAS
Hace algunos años me arrodillé para orar
con una señorita que deseaba ser santificada. Le pregunté si quería dejar todo para
seguir a Jesús. Ella contestó que sí. Pensé entonces someterla a una dura prueba y le
pregunté si estaría dispuesta a ir como misionera de Jesús al África. Respondió que
sí. Nos arrodillamos y oramos y mientras orábamos prorrumpió en llanto y exclamó:
¡Oh Jesús! .
Ella nunca había visto a Jesús. Jamás
había oído su voz, y antes de ese momento no tenía más idea de una revelación de
Jesús a su alma que la que podría tener un hombre ciego de nacimiento acerca del arco
iris. ¡Pero ella le conoció! No tuvo necesidad de que alguien le dijera que éste era
Jesús, como no se precisa de la luz de una vela para ver salir el sol. El sol trae su
propia luz y lo mismo hace Jesús.
Ella le conoció, le amó y se regocijó en
él, con gozo indescriptible, y lleno de gloria; a partir de esa hora, ella testificó
acerca de él y siguió en pos de él: siguió en pos de él hasta el África, para
ayudarle a ganar a los paganos para su reino, hasta un día en que él le dijo:
Entra en el gozo de tu Señor (Mateo 25:23) y entonces ascendió al cielo,
para ver en toda Su plenitud su divina gloria.
Esta señorita fue testigo de Jesús: testigo
de que él no está muerto sino vivo y, como tal, fue un testigo de su resurrección.
Testigos de esa clase se han necesitado en
todos los tiempos. Los necesitamos hoy, tanto como en los días de los apóstoles. Los
corazones de los hombres son igualmente malos hoy como lo eran en aquel entonces; su
presunción es igualmente caprichosa, su egoísmo tan general como en aquel tiempo y su
incredulidad igualmente obstinada como en cualquier período de la historia del mundo; se
requiere una evidencia tan poderosa como siempre para subyugar sus corazones y engendrar
en ellos fe viva.
Hay dos clases de evidencias y parece que
ambas son necesarias para lograr que los hombres acepten la verdad y se salven. Estas son:
la evidencia que obtenemos por medio de la historia, y la evidencia que nos dan los hombre
vivos que nos muestra aquello de lo cual están conscientes.
En la Biblia y en los escritos de los
primitivos cristianos, tenemos las evidencias históricas del plan de Dios para con los
hombres, y la manera cómo trata con ellos; de la vida, muerte y resurrección de nuestro
Señor Jesús, y del avivamiento del Espíritu Santo. Pero parece que estos documentos no
bastan por sí solos para destruir la incredulidad de los hombres y hacerles que se
presenten ante Dios con humildad y sumisión, y que tengan fe sencilla y firme en su amor.
Tal vez ellos produzcan una fe histórica. Es decir, tal vez crean lo que dicen acerca de
Dios, acerca de los hombres, acerca del pecado, la vida, la muerte, el día del juicio, el
cielo y el infierno, de igual modo como creen lo que dice la historia referente a Julio
César, Bonaparte o Washington. Dicha fe podrá hacer que los hombres sean muy religiosos,
que construyan templos, que se abnieguen y cumplan con muchas ceremonias del culto; hará
que abandonen los pecados bajos y visibles y que vivan decorosa y moralmente; y sin
embargo, esos hombres podrán permanecer muertos para Dios. No les conduce a la viva
comunión con el Señor Jesús, que deshace todo pecado, tanto interno como externo, y
disipa el temor a la muerte, llenando el corazón de feliz esperanza de inmortalidad.
La fe salvadora es aquella fe que trae al
alma la vida y el poder de Dios: es una fe que convierte en humilde al presuntuoso; al
impaciente en paciente; al altanero en humilde de corazón; al mezquino en liberal y
generoso; al impuro en limpio y casto; al díscolo y contencioso, en manso y considerado;
al mentiroso, en veraz; al ladrón, en honrado; al fatuo e insensato, en sabio y sensato.
Es una fe que purifica el corazón, que pone al Señor siempre primero ante los ojos y
llena el alma de amor santo, humilde y paciente, hacia Dios y el hombre.
Para adquirir esta fe se necesita no sólo la
Biblia con sus evidencias históricas, sino también un testimonio vivo. Se necesita de
alguien que ha gustado la buena palabra de Dios, y poderes del siglo venidero
(Heb. 6:5); alguien que sepa que Jesús no está muerto, sino vivo; alguien que
testifique acerca de su resurrección, porque conoce al Señor que es la
Resurrección y la Vida (Juan 11:25).
Recuerdo a una señorita que vivía en
Boston, cuyo tranquilo y sincero testimonio de Jesús atraía mucha gente a las reuniones,
pues concurrían para oírla hablar. Un día, mientras caminábamos por la calle, ella me
dijo: El otro día mientras me hallaba en mi habitación preparándome para la
reunión, Jesús estuvo conmigo. Tuve la sensación de que estaba presente, y le
reconocí.
Yo repliqué: Podemos estar más
conscientes de su presencia que de cualquier amigo terrenal.
Con gran sorpresa y gozo para mí, le oí
decir: Sí, porque él está en nuestros corazones.
Pablo tuvo que ser un testigo así para poder
lograr la salvación de los gentiles. El no fue testigo de la resurrección de Jesús,
sólo por haberle visto con los ojos naturales, sino en el sentido más elevado y
espiritual, pues el Hijo de Dios se había revelado a él (Gálatas 1:16) y su
testimonio fue tan poderoso para convencer a los hombres acerca de la verdad y para
disipar su incredulidad, como lo fueron los testimonios de Pedro o Juan.
Esta facultad de testificar no está
restringida únicamente a los apóstoles que estuvieron con Jesús, ni a Pablo que fue
escogido específicamente para ser un apóstol, sino que es una herencia común a todos
los creyentes. Muchos años después de Pentecostés, Pablo escribió a los corintios,
allá lejos en Europa: ¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en
vosotros, a menos que estéis reprobados? (2 Corintios 13:5). Y escribiendo a los
colosenses referente al misterio del Evangelio, dice: Es Cristo en vosotros la
esperanza de gloria (Colosenses 1:27). En realidad, este es el elevado propósito
con el cual Jesús envió al Espíritu Santo. El dijo: Cuando venga el Espíritu de
verdad
no hablará por su propia cuenta... El me glorificará; porque tomará de lo
mío, y os lo hará saber (Juan 16:13-15).
Esta es su principal misión: revelar a
Jesús al alma de cada creyente individualmente, y al hacerlo así, purifica cada
corazón, destruye toda tendencia mala e implanta en el alma del creyente el mismo
temperamento y disposición del Señor Jesucristo.
La verdad es que la revelación interna de la
mente y corazón de Jesús, por medio del bautismo del Espíritu Santo, era necesaria para
hacer testigos de los mismos hombres que habían estado con él durante tres años y que
fueron testigos oculares de su muerte y resurrección. Les envió inmediatamente a que
contasen lo que había sucedido a todos los que encontraban. Se quedó con ellos algunos
días, enseñándoles ciertas cosas, y luego, poco antes de ascender a los cielos, en vez
de decirles: Tres años habéis estado conmigo, ya sabéis lo que ha sido mi vida,
habéis oído mis enseñanzas; me habéis visto morir; sois testigos de mi resurrección;
id ahora por todo el mundo, y contad estas cosas, en lugar de eso, leemos: Les
mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual,
les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis
bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días... Recibiréis poder, cuando
haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos (Hechos 1:4, 5,
8).
Habían estado con él durante tres años,
pero no le comprendieron. Se había revelado a ellos en carne y sangre, pero ahora se
revelaría en ellos por medio del Espíritu; en esa hora comprendieron su divinidad y su
carácter, y se dieron cuenta cabal de su misión, de su santidad, de su amor eterno y de
su poder salvador, de manera tal que jamás lo habrían comprendido aunque hubiese vivido
con ellos en la carne durante toda la eternidad. Esto fue lo que hizo decir a Jesús poco
antes de su muerte: Os conviene que yo me vaya, porque si no me fuese, el Consolador
no vendría a vosotros (Juan 16:7); y si no hubiese venido el Consolador, no
habrían podido conocer a Jesús, sino únicamente en la forma humana.
¡Oh, cuán tiernamente les amaba Jesús, y
con qué inexpresable vehemencia ansiaba que le conociesen! De igual modo hoy día, él
quiere que su gente le conozca, y quiere revelarse a sus corazones.
Es este conocimiento de Jesús que los
pecadores exigen a los cristianos antes de creer.
Pues bien, si es cierto que los hijos de Dios
pueden llegar a conocer a Cristo de ese modo, que el Espíritu Santo lo revela de ese
modo, que Jesús desea con vehemencia ser conocido por su pueblo, y que los pecadores
exigen que los cristianos tengan dicho conocimiento antes de creer, ¿no es eso, de por
sí, algo que obliga a todo seguidor de Jesús a buscarle con todo el corazón, hasta
sentirse lleno de ese conocimiento y poder para testificar? Además, se debiera buscar ese
conocimiento no sólo con objeto de ser útil, sino para adquirir consuelo y seguridad
personal, porque es salvación, es vida eterna. Jesús dijo: Esta... es la vida
eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has
enviado (Juan 17:3).
Una persona podrá saber diez mil cosas
acerca del Señor; podrá ser muy elocuente al hablar acerca de su carácter y sus obras
y, no obstante, no saber nada de él en su corazón. Un campesino podrá saber muchas
cosas acerca de su reina; podrá creer en su justicia y estar dispuesto a confiar en su
clemencia, aunque jamás la haya visto. Pero son sus hijos e hijas y los miembros de su
corte quienes realmente la conocen. Esta revelación universal del Señor Jesús es algo
más que la conversión: es el lado positivo de aquella experiencia que llamamos un
corazón limpio o santidad.
¿Quieren conocerle de ese modo? Si lo
desean, con toda el alma, podrán llegar a conocerle.
Primero, pueden estar seguros que sus pecados
han sido perdonados. Si han hecho mal a alguien, enmienden el mal hasta donde puedan.
Zaqueo le dijo a Jesús: La mitad de mis bienes doy a los pobres, y si en algo he
defraudado a alguno, lo devuelvo cuadruplicado (Lucas 19:8), y Jesús le salvó al
instante. Sométanse a Dios. Confiesen sus pecados, y luego confíen en Jesús, y pueden
estar seguros que todos sus pecados serán perdonados. El borrará todas sus rebeliones y
no se acordará más de sus pecados (Isaías 43:25).
Segundo, ahora que ustedes han sido
perdonados, acérquense a él con su voluntad, sus defectos, su todo, y pídanle
que él les libre de todo mal genio, de todo deseo egoísta y de toda duda secreta, y que
descienda a morar dentro de su corazón, que les conserve puros y los utilice para su
propia honra y gloria. Después de eso, no contiendan mas, sino anden en la luz que él
les dará, confíen en él con paciencia y expectación, creyendo que él les contestará
sus oraciones; y ustedes podrán estar seguros que él les llenará de toda la
plenitud de Dios (Efesios 3:19). Ustedes no deben impacientarse en este punto, no
deben hundirse en dudas y temores secretos, sino deben mantenerse firmes en la profesión
de la fe (Hebreos 10:23); porque, como dice Pablo, es necesaria la paciencia, para
que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, y
el que ha de venir vendrá, y no tardará (Hebreos 10:36,37). Dios descenderá a
nosotros. Sí, él vendrá, y cuando venga, él satisfará todos los deseos de nuestros
corazones.