CAPITULO 14
LA FE: LA GRACIA Y EL DON
No os hagáis perezosos, sino
imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas (Hebreos 6:12).
Sin fe es imposible agradar a Dios;
porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de
los que le buscan (Hebreos 11:6).
Porque os es necesaria la paciencia,
para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un
poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará (Hebreos 10:36, 37).
Hay una diferencia notable entre la gracia de
la fe y el don de la fe, y temo que el no percatarse de esta diferencia, y el no obrar de
acuerdo con ello, ha conducido a muchas personas a las tinieblas, y es posible que algunos
hayan llegado hasta abandonarla, arrojándose en la negra noche de la incredulidad.
La gracia de la fe es aquella que le es dada
a todo hombre para que trabaje con ella, y por medio de la cual podemos acercarnos a Dios.
El don de la fe es el que se nos da por medio
del Espíritu Santo, cuando llegamos al punto en que hemos empleado, con toda libertad, la
gracia de la fe.
El hombre que está ejerciendo la gracia de
la fe, dice: Creo que Dios me bendecirá, y busca a Dios con todo el corazón,
tanto en privado como en público. Escudriña la Biblia para enterarse de la voluntad de
Dios. Habla con otros cristianos acerca de las relaciones entre Dios y su alma. Carga con
todas las cruces y, al fin, cuando llega al límite de la gracia de la fe, Dios,
repentinamente, por medio de alguna palabra de las Escrituras, por medio de algún
testimonio o alguna meditación, le concede el don de la fe con la que puede llegar a
obtener las bendiciones que ha estado buscando. Después de eso no vuelve a decir:
Creo que Dios me bendecirá, sino que exclama: Creo que me
bendice. Entonces el Espíritu Santo testifica de que ha recibido las bendiciones y
por eso exclama lleno de júbilo: ¡Sé que Dios me bendice! Después
de eso no le dará gracias a un ángel para que le diga que ha recibido esas bendiciones,
pues él sabe que las ha recibido, y ni hombres ni demonios pueden privarle de esa
certeza. En realidad, lo que he llamado aquí el don de la fe, podría llamarse (y
probablemente hay quienes le den ese nombre) la certeza de la fe. Pero no es el nombre,
sino el hecho, lo que importa.
El peligro yace en querer recibir el don de
la fe, antes de haber ejercido la gracia de la fe. Por ejemplo: un hombre busca la
bendición de un corazón limpio, y dice: Creo que se puede obtener dicha
bendición, y creo que Dios me la dará. Si cree así, debiera buscar la santidad
inmediatamente, pidiéndole a Dios que le dé la bendición y, si persevera buscándola,
seguramente la encontrará. Pero si alguien le hiciese reclamar la santidad antes de haber
luchado contra las dudas y dificultades con que ha de encontrarse por medio de la gracia
de la fe, y antes que Dios le haya concedido el don de la fe, es muy probable que será
arrastrado por algunos días o semanas, y luego retrocederá y tal vez llegue a la
conclusión de que no es cierto eso de la bendición de un corazón limpio. A tal persona
se le debiera amonestar, enseñar, exhortar y estimular a que la busque hasta tener la
seguridad de haberla obtenido.
O, supongamos que estuviere enfermo, y que
dijere: Hay personas que han estado enfermas, y Dios las ha sanado, yo creo que él
me sanará a mí también. Teniendo esta fe debiera buscar la salud pidiéndosela a
Dios. Pero si alguien le persuadiese a que reclame la salud antes de haber luchado con las
dificultades que se le oponen, por medio de la gracia de la fe, y antes que Dios le
hubiese concedido el don de la fe por medio de la cual ha de recibir la salud, es probable
que se baje arrastrando del lecho de enfermedad y que esté levantado unos días, pero no
tardará en darse cuenta de que no está sano; se desalentará, y podrá suceder que hasta
se atreva a decir que Dios miente, y es muy posible que diga también que no hay Dios, y
que a partir de esa fecha no vuelva a creer más en nada.
O, supongamos que se trate de un oficial
salvacionista, o de un ministro del Evangelio, que siente vivos deseos de ver almas
salvadas, y que razone consigo mismo, arribando a la conclusión de que Dios quiere que se
salven las almas. Entonces dirá: Yo voy a creer que esta noche veremos veinte almas
salvadas. Mas llega la noche y no se salvan las veinte almas. Se pregunta en seguida
cuál será la causa; el Diablo le tienta y le hace tener dudas, y es probable que, a fin
de cuentas, caiga en la incredulidad.
¿Dónde estaba la dificultad? La razón yace
en que dijo que iba a creer antes de haber meditado detenida y sinceramente, contendiendo
con Dios por medio de la oración, y de haber oído la voz de Dios que le asegurase que
veinte almas se iban a salvar. Dios... es galardonador de los que le buscan.
Pero, alguien preguntará: ¿No debemos
exhortar a los que buscan, para que crean que Dios es quien hace la obra?.
Sí, si están seguros de que le han buscado
con todo el corazón. Si están seguros de que han ejercitado la gracia de la fe y han
rendido todo a Dios; en tal caso ustedes deben instarles, tierna y fervorosamente, a que
confíen en Jesús; pero si no estuviesen seguros de esto, tengan cuidado de no urgirles a
reclamar una bendición que Dios no les ha dado. Sólo el Espíritu Santo sabe cuando una
persona está en condiciones de recibir el don de Dios, y él notificará a ésta cuando
ha de ser bendecida. Tengan cuidado, pues, de no querer hacer la obra que corresponde al
Espíritu Santo. Si ustedes prestan demasiada ayuda a los que buscan, tal vez mueran en
las manos de ustedes, pero si ustedes andan cerca de Dios, con espíritu humilde y
consagrados a la oración, él les revelará lo que deben decir a dichas personas a fin de
serles de ayuda.
Nadie debe suponer, sin embargo, que sea
necesario ejercer mucho tiempo la gracia de la fe antes que Dios nos dé la certeza. Uno
puede obtener la bendición casi al instante, si la pedimos con corazón perfecto,
fervorosamente, sin ninguna duda y sin impacientarnos. Pero, como dice el profeta:
Aunque tardare (la visión), espérala, porque sin duda vendrá, no tardará
(Habacuc 2:3). Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no
tardará (Hebreos 10:37). Si la bendición tardase en llegar, no piensen que por el
simple hecho de tardar, se les deniegue; sino, como la mujer sirofenicia que acudió a
Jesús, sigan pidiendo con toda humildad de corazón y con fe firme. No tardará él en
decirles a ustedes con amor: ¡Oh hombre, oh mujer, grande es tu fe: sea hecho
contigo como quieres!