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CAPITULO 7
EL CORAZON DE JESUS
Oh dame un corazón
Igual a ti, Señor,
Con tu sacro poder
Yo podré siempre ser
Igual a ti, Señor.
Una mañana cantamos esta estrofa con toda
nuestra fuerza en una de esas horas de contrición y recogimiento, cuando yo estaba en
nuestra escuela de cadetes, y por lo menos uno de mis compañeros de estudio comprendió
las palabras, y el espíritu del canto se apoderó de él.
Al final de la reunión se acercó a mí con
mirada grave y, con acento sincero, me preguntó: ¿Cree usted que realmente somos
sinceros al decir que podemos tener un corazón como el de Jesús? Yo le repliqué
que estaba seguro de ello y que el Señor Jesús quiere darnos corazones como el suyo:
Un nuevo y puro corazón,
Henchido de tu amor;
Sin mácula o condenación,
Igual a ti, Señor.
Contrito y manso corazón,
Creyente, limpio y fiel.
Ciertamente, Jesús fue el primogénito
entre muchos hermanos (Rom. 8:29). El es nuestro hermano mayor, y nosotros
debemos ser semejantes a el. Como él es, así somos nosotros en este mundo (1
Juan 4.17), y "el que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo (1
Juan 2:6). Pero es imposible que andemos con él o que vivamos como él, si no tenemos un
corazón semejante al suyo.
No podemos dar la misma especie de fruto a
menos que seamos la misma clase de árbol. Por eso él quiere hacer que seamos semejantes
a él. Juzgamos a los árboles por los frutos que dan; de igual modo juzgamos a Jesús, y
así vemos qué clase de corazón tuvo.
En él hallamos amor; deducimos, por
consiguiente, que Jesús tuvo un corazón amoroso. El dio el preciado fruto del amor
perfecto. En su amor no había lugar para el odio, no había rencor, ningún deseo de
venganza, ningún egoísmo; él amaba a sus enemigos, y oró por sus asesinos. No fue un
amor variable, que cambiaba cada nueva luna, sino que fue un amor invariable y eterno. El
dijo: Con amor eterno te he amado (Jeremías 31:3). ¡Oh, loado sea Dios!
¡Cuán maravilloso es eso!
Esa es la clase de amor que él quiere que
tengamos. Escuchen: Un nuevo mandamiento os doy: que os améis unos a otros, como yo
os he amado (Juan 13:34). Esa es una cosa tremenda: ordenarme que yo ame a mi
hermano con el mismo amor con que Jesús me ama a mí; pero eso es realmente lo que dice;
para poder hacerlo debo tener un corazón semejante al de Jesús.
Sé que si examinamos el amor, éste incluye
todas las demás gracias; pero echemos una mirada al corazón de Jesús para ver algunas
de esas gracias:
Jesús tenía un corazón humilde.
El dijo, refiriéndose a sí mismo: Soy
manso y humilde de corazón (Mateo 11:29); y Pablo nos dice: Se despojó a sí
mismo, tomando forma de siervo
y se humilló a sí mismo.
¡Alabado sea su amado nombre! El se
humilló, pues, aunque era el Señor de la vida y de la gloria; él condescendió a nacer
de una humilde virgen en un mesón, y durante treinta años vivió como un carpintero
desconocido; después escogió vivir entre los pobres, los ignorantes y los vilipendiados,
en vez de buscar la compañía de los ricos, los nobles y los entendidos. Si bien vemos
que Jesús jamás se sintió incómodo en presencia de aquellos que eran favorecidos con
las grandezas de este mundo, ni con los sabios y eruditos, no obstante, su corazón
sencillo y humilde hacía que encontrase a sus amistades entre la gente humilde, obrera y
del pueblo. El se apegó a ellos; él no consintió en que lo elevasen; ellos quisieron
hacerlo, pero él se alejó, y se retiró a orar entre los cerros, después de lo cual
regresó y predicó un sermón tan franco y directo, que casi todos sus discípulos le
abandonaron.
Poco antes de su muerte, tomó el lugar
humilde del esclavo y lavó los pies de sus discípulos; después dijo: Porque
ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis (Juan
13: 1 5).
¡De cuánta ayuda fue para mí eso, durante
el período que pasé en la escuela de cadetes! Al segundo día de mi llegada a dicho
instituto de preparación de oficiales, me mandaron a un oscuro sótano y me ordenaron que
lustrase una carrada de zapatos sucios para los cadetes. El Diablo se me acercó y me
recordó que pocos días antes yo había recibido mis títulos universitarios, que había
pasado dos años en un importante colegio teológico, había sido pastor de una iglesia
metropolitana, acababa de dejar la obra de evangelista, en el desempeño de la cual
había visto a centenares de personas acudir en busca del Salvador, y que ahora estaba
lustrando zapatos para una partida de muchachos ignorantes. ¡El Diablo es mi viejo
enemigo! Pero yo le recordé el ejemplo que me había dejado mi Señor, y me dejó. Jesús
dijo: Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis, si las hacéis (Juan
13: 17). Yo las estaba haciendo, el Diablo lo sabía y me dejó. Yo me sentí feliz. Ese
pequeño sótano se convirtió en una de las antesalas del cielo, y mi Señor me visitó
allí.
Dios resiste a los soberbios, y da
gracia a los humildes (Santiago 4:6). Si quieren tener un corazón semejante al de
Jesús, tendrá que ser un corazón lleno de humildad, que no se ensancha, que
no busca lo suyo (l Cor. 13:4,5). Revestíos de humildad (1
Pedro 5:5).
Jesús era manso de corazón.
Pablo se refiere a la mansedumbre y
modestia de Cristo (2 Cor. 10:1), y Pedro nos dice que cuando le maldecían,
no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al
que juzga rectamente (1 Pedro 2:23). Cuando le hirieron él no retorno el castigo;
no hizo nada para justificarse, sino que se encomendó a su Padre celestial y esperó.
Angustiado él, y afligido, no abrió su boca: como cordero fue llevado al matadero;
y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su boca (Isaías
53:7)
Esa fue la perfección de su humildad. No
sólo dejaba de responder cuando decían mentiras acerca de él, sino que soportó los
más crueles y vergonzosos vejámenes. De la abundancia del corazón habla la
boca (Mateo 12:34), y por cuánto su bendito corazón estaba henchido de humildad,
él no contestaba con aspereza a sus enemigos.
Esa es la clase de corazón que él quiere
que tengamos cuando nos dice: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que
te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;... y a cualquiera que te
obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos (Mateo 5:39,41).
Conozco a un hermano de color de una estatura
de cosa de seis pies; de ancho pecho y musculosos brazos, a quien le hicieron bajar de un
tranvía de manera indecente y brutal, pero donde tenía tanto derecho de estar como el
propio conductor. Alguien que sabía la fama que había tenido como pugilista, le dijo:
¿Por qué no le das una trompada, Jorge?.
No puedo pelear con él, porque Dios me
ha quitado todo espíritu de contienda, replicó Jorge. Cuando se mete un
cuchillo al fuego y se le destempla, pierde el filo y no corta, añadió, lleno de
regocijo.
Bienaventurados los mansos (Mateo 5:5), porque él hermoseará a
los humildes con la salvación (Salmo 149:4).
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