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CAPITULO 6
PELEA
LA BUENA BATALLA DE LA FE
(1
Timoteo 6:12)
Un amigo, en cuya casa me hospedé una vez,
me dijo que había obtenido la bendición de un corazón limpio, y testificó este hecho a
la mañana siguiente, mientras nos hallábamos a la mesa a la hora del desayuno. Dijo que
había dudado acerca de que hubiese realmente experiencia tal; pero desde que había
comenzado a concurrir al Ejército de Salvación había estudiado la Biblia con más
detenimiento y observado las vidas de aquellos que la profesaban, y desde entonces había
arribado a la conclusión de que no podía servir a Dios sin que su corazón fuese
santificado. Pero la dificultad yacía en llegar al punto en que tomase el don de la
santidad, para sí, por medio de la fe. Dijo que había esperado recibirla algún día.
Había anhelado que llegase el día cuando sería puro; mas llegó el momento cuando
comprendió que debía reclamar el precio o don en el instante, y allí, en
ese instante y en ese momento, comenzó su lucha de fe. El echó mano a un lado de la
promesa y el Diablo empuñó el otro extremo, y lucharon para conseguir la victoria.
El Diablo había logrado obtener la victoria
muchas veces antes; pero esta vez el hombre no quiso desprenderse de su confianza, sino
que se allego confiadamente al trono de la gracia, y obtuvo misericordia y
halló gracia que le ayudó en el momento oportuno (Heb. 4:16); el Diablo fue vencido por
la fe, el hermano salió de allí disfrutando de la bendición de un corazón limpio, y
esa mañana pudo decir: Anoche Dios me llenó de su Espíritu, y el tono
alegre de su voz y la alegría que se reflejaba en su rostro confirmaban la veracidad de
sus palabras.
La última cosa que tiene que dejar el alma,
al buscar la salvación o la santificación es el corazón malo de
incredulidad (Hebreos 3:12). Esta es la fortaleza de Satanás. Tal vez logren
desalojarle de todas sus avanzadas, y él no se sentirá muy preocupado, mas si asaltan
esta ciudadela, les resistirá con todas las mentiras y toda la astucia de que es capaz. A
él no le incomoda mucho que la gente deje de cometer pecados abiertamente. Un pecador
decente le satisface tanto como uno que haya perdido la reputación. En
realidad me parece que hay algunas personas que son peores de lo que el Diablo quiere que
sean, pues sirven para darle mala fama a él. Tampoco le incomoda que la gente abrigue
algunas esperanzas de salvación y pureza; en realidad, sospecho que él prefiere que
vivan así siempre de esperanzas, con tal de que se detengan ahí no más. Pero
inmediatamente que un alma dice: Quiero saber si soy realmente salvada, ahora; quiero
recibir la bendición ahora; no puedo seguir viviendo sin el testimonio del
Espíritu que me diga que Jesús me salva ahora y que me purifica ahora ,
el Diablo comienza a rugir, a mentir y a emplear todo su ingenio a fin de engañar al alma
y apartarla a algún otro camino, o la arrulla hasta que se duerma, prometiéndole que
obtendrá la victoria algún otro día.
Aquí es donde comienza realmente el Diablo.
Hay muchas personas que dicen que están luchando contra el Diablo, pero que de hecho no
saben lo que es luchar con él. Esa lucha es una lucha de fe, en la cual el alma se
apodera de las promesas de Dios, y se aferra a ellas, creyéndolas fieles, y declara que
ellas son ciertas, a pesar de las mentiras que diga el Diablo, y a pesar de las
circunstancias y los sentimientos contrarios que tuviere, y obedece a Dios, ya sea que vea
que Dios está cumpliendo sus promesas o no. Cuando el alma llega al punto en que hace
esto, y retiene firme la profesión de fe sin fluctuar, muy pronto saldrá de las
tinieblas y del crepúsculo de la duda, y entrará al pleno día de la perfecta
certidumbre de que Dios le ha salvado y santificado. ¡Alabado sea Dios! Sabrá que Jesús
salva y santifica, y será lleno de gozo que, aunque al mismo tiempo le humilla, le hace
sentir el amor y favor eternos de Dios.
Un camarada, a quien amo como a mi propia
alma, buscó la bendición de un corazón limpio, y dejó todo, menos su corazón
malo de incredulidad. Pero él no se dio cuenta que seguía aferrándose a eso.
Esperaba que Dios le diera la bendición. El Diablo le dijo al oído: Dices que
estás sobre el altar de Dios, pero no sientes ninguna diferencia de lo que sentías
antes. El corazón malo de incredulidad tomó la parte del Diablo dentro
del alma del pobre hombre y le dijo que así era en realidad. El pobre hombre se
desalentó y el Diablo obtuvo la victoria.
Volvió a entregarse a Dios nuevamente,
después de una ruda lucha: entregó todo menos el corazón malo de
incredulidad. De nuevo le susurró el Diablo: Dices que te has entregado por
completo a Dios, pero no sientes nada de lo que dicen otras personas que sintieron en la
ocasión cuando rindieron todo a Dios. El corazón malo de incredulidad
volvió a decir: Es verdad, Y el hombre cayó otra vez, víctima de su
incredulidad.
Por tercera vez, después de mucho esfuerzo,
volvió a buscar la bendición, y le dio a Dios todo, menos el corazón malo de
incredulidad. El Diablo le dijo por tercera vez: Tú dices que eres
completamente de Dios, pero mira el mal genio que tienes; ¿cómo sabes tú si la semana
entrante no te sobrevendrá una tentación inesperada que te haga caer? Por tercera
vez volvió a decirle al Diablo: Es verdad, y por tercera vez nuestro hermano
fue derrotado, sin lograr conseguir el anhelado triunfo.
Pero al fin se sintió tan desesperado
buscando a Dios y en sus ansias de obtener la santidad y el testimonio del Espíritu, que
en seguida estuvo dispuesto que Dios le hiciera ver toda la maldad de su alma, y Dios le
demostró que su corazón malo de incredulidad había estado escuchando la voz
del Diablo y tomando su parte todo el tiempo. Las personas buenas, aquellos que profesan
ser cristianos, no quieren admitir que queda en ellos algún resto de incredulidad; pero
mientras no reconozcan todo el mal que hay en ellos, y tomen la parte de Dios, aunque tal
actitud sea en contra de ellos mismos, él no puede santificarles.
Volvió a poner todo sobre el altar y le dijo
a Dios que confiaría en él. El Diablo volvió a susurrarle al oído: No sientes
nada nuevo; pero esta vez el hombre hizo callar al espíritu maligno de
incredulidad, y replicó: No me importa, aunque no sienta nada diferente, yo
soy del Señor.
Pero no sientes lo que dicen que
sienten otras personas, susurró el Diablo.
No me importa eso, soy del
Señor, y él puede bendecirme o no, según le plazca.
Pero, ¿qué acerca de tu mal genio?
Eso a mí no me importa nada; yo soy
del Señor y voy a confiar en que el me ayudará a librarme de mi mal genio; soy del
Señor.
Y ahí se quedó, resistiendo al Diablo,
firme en la fe y rehusó prestar oído al corazón malo de
incredulidad, durante todo ese día y noche, y el día siguiente. Después de eso
hubo tranquilidad en su alma, y se hizo la firme determinación de quedarse siempre
inmovible en las promesas, de Dios, ora le bendijese Dios o no. La noche siguiente, a eso
de las diez, mientras se preparaba para retirarse a dormir, sin pensar en que iba a
suceder algo extraordinario, Dios cumplió su antigua promesa: Vendrá súbitamente
a su templo el Señor a quien vosotros buscáis (Malaquías 3:1). Jesús, el hijo de
Dios, el que vive y fue muerto, pero ahora vive por los siglos de siglos
(Apoc. 1:18) le fue revelado y manifestado a su alma, a tal punto que se sintió
maravillado, fuera de sí, y prorrumpió en amor y preces a Aquel que le había bendecido
de ese modo. ¡Oh, cómo alabó a Dios su Salvador! ¡Cuánto se regocijó por haber
mantenido firme su fe y por haber resistido al Diablo!
A este punto es al que debe llegar toda alma
que entra al reino de Dios. El alma debe morir al pecado, debe renunciar y dejar a un lado
toda duda. Debe consentir a ser crucificada con Cristo (Gál. 2:20) ahora; y al
hacer eso, tocará a Dios, sentirá el fuego de su amor y será lleno de su poder, tan
ciertamente como el tranvía eléctrico recibe la electricidad y poder cuando se halla
debidamente conectado con el cable, conductor de la corriente.
Dios les bendiga, hermanos míos y hermanas
mías, y que él les ayude a ver que ahora es el tiempo aceptable (2
Corintios 6:2). Recuerden que si se han entregado por completo a Dios, todo lo que les
inspire dudas es de Satanás, y no de Dios. Dios les ordena resistir al Diablo,
permaneciendo firmes en la fe. No perdáis, pues, vuestra confianza, que
tiene grande galardón (Hebreos 10:35)
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