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CAPITULO 4
LAS TENTACIONES DEL HOMBRE
SANTIFICADO
¿Cómo puede ser tentado el hombre que
está muerto al pecado? me preguntó hace algún tiempo un cristiano
sincero pero no santificado. Si hasta las mismas tendencias e inclinaciones al
pecado han sido destruidas, ¿qué hay en el hombre que responda a las instancias del
mal?
Esta es una pregunta que todo hombre hace
tarde o temprano, y cuando Dios me enseñó la respuesta, ella iluminó mi senda y me
ayudó a derrotar a Satanás en muy encarnizadas luchas.
El hecho es que el hombre verdaderamente
santificado, el que está muerto al pecado, no tiene ninguna inclinación en
sí que responda a las tentaciones comunes a todo ser humano. Tal como lo declara Pablo:
No tenemos lucha contra sangre y carne es decir, contra las tentaciones
sensuales, carnales y mundanas que tanto lo dominaban antes sino contra
principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo,
contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (Efesios 6:12), es
decir en su cuarto, en la oración secreta.
Si una vez fue borracho, ya no será tentado
a embriagarse, por cuanto está muerto y su vida está escondida con
Cristo en Dios" (Colosenses 3:3).
Si antes fue orgulloso y vanidoso, una
persona cuyo mayor deleite era vestir a la moda y cubrirse de alhajas, ahora no se siente
deslumbrado por los destellos, pompas y vana gloria de este mundo, porque ha puesto
la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Colosenses 3:2). Esas
cosas ya no tienen para él más atracción que la que tendrían los adornos de bronce,
las plumas de águila y la pintura de guerra de los indios.
Si antes codiciaba los honores y elogios de
los hombres, ahora considera todo eso como estiércol y escoria, para poder ganar a
Cristo, y tener el honor que viene únicamente de Dios.
Si antes deseó adquirir riquezas y vivir una
vida holgada y cómoda, ahora desecha, gustosamente, todos los bienes y comodidades
terrenales, con tal de acumular tesoro en el cielo, y no estar envuelto en los
negocios de la vida; a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado (2 Timoteo
2:4).
No quiero decir con esto que Satán no
presentará nunca ante el alma ninguno de estos placeres y honores mundanos y carnales,
con objeto de inducirla a que se aleje de Cristo, pues lo hará. Pero lo que quiero decir
es que, estando el alma muerta al pecado, habiendo sido destruidas hasta las
raíces del pecado, ésta no responde a las sugerencias que le hace Satanás, sino que
instantáneamente las rechaza. Satanás podrá enviarle una bellísima adúltera, como lo
hizo en el caso de José en Egipto; pero este hombre santificado huirá de ella, y
exclamará, como lo hizo José: ¿Cómo... haría yo este grande mal, y pecaría
contra Dios? (Génesis 39:9).
O podrá suceder que Satanás le ofrezca gran
poderío, honores y riquezas, como lo hizo con Moisés en Egipto, mas al comparar todo
esto con el poder infinito y plenitud de gloria que ha encontrado en Jesucristo, el hombre
santificado instantáneamente rehúsa la oferta que le hace el Diablo, escogiendo
antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del
pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los
egipcios (Hebreos 11:25,26).
O bien, Satanás podría tentar su paladar
con los sabrosos vinos y ricas viandas del palacio de un rey, como lo hizo con Daniel en
Babilonia; pero, como Daniel, este hombre santificado habrá propuesto en seguida en
su corazón de no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni en el vino que él
bebía (Daniel 1:8).
Todas estas atracciones mundanales le fueron
ofrecidas a Jesús (Mateo 4:1. 11; y Lucas 4:2.13), pero vemos, en el relato que nos hacen
los apóstoles, de qué modo tan glorioso triunfó sobre cada una de las sugerencias que
le hizo el tentador. Y así como él rechazó las tentaciones de Satanás y obtuvo la
victoria, así también lo hará el hombre santificado, pues tiene a Cristo mismo, que ha
entrado a morar en su corazón y a librar sus batallas, y por lo tanto puede decir como su
Señor y Maestro: Viene el príncipe de este mundo, y el nada tiene en mí
(Juan 14:30).
En realidad, tal es la satisfacción que ha
encontrado, tal la paz y el gozo de que disfruta, tal el consuelo, pureza y poder que ha
recibido de Cristo, que el poder de las antiguas tentaciones ha sido quebrantado por
completo, y ahora disfruta de la libertad de los hijos de Dios; es libre como cualquier
arcángel, porque si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres (Juan
8:34), con la libertad con que Cristo nos hizo libres (Gálatas 5:1).
Pero si bien es cierto que Cristo ha
libertado al hombre santificado, y que éste no tiene que contender con las antiguas
pasiones mundanas y deseos carnales, tiene, sin embargo, que sostener una lucha continua
con Satanás para conservar su libertad. Esta lucha es la que Pablo llama la buena
batalla de la fe (1 Timoteo 6:12).
Debe luchar para mantener firme su fe en el
amor del Padre.
Debe luchar para mantener firme su fe en la
sangre purificada del Salvador.
Debe luchar para mantener firme su fe en el
poder santificador y guardador del Espíritu Santo.
Aunque no la ve el mundo, esta lucha es tan
real como la de las batallas de Waterloo o Gettysburg, y sus trascendentes consecuencias,
ora para bien o para mal, son infinitamente mayores.
Por la fe el hombre santificado es hecho
heredero de Dios y coheredero de Cristo (Rom. 8:17), de todas las cosas, y su fe hace que
sean tan reales su Padre celestial y su herencia celestial, que la influencia de estas
cosas invisibles sobrepuja por mucho a las cosas que ve con los ojos materiales, las cosas
que oye con sus oídos y toca con sus manos.
El hombre santificado dice como decía Pablo,
y lo siente dentro de su corazón al decirlo, que las cosas que se ven son
temporales, y pronto perecerán, pero las que no se ven no se ven
con los ojos naturales pero sí con los ojos de la fe son eternas (2
Cor. 4:18), y permanecerán cuando los elementos ardiendo serán desechos (2
Pedro 3:10), y se enrollarán los cielos como un libro(Isaías 34:4).
Fácil es comprender que estas cosas sólo se
pueden retener por medio de la fe, y mientras el hombre santificado las retenga de ese
modo, el poder de Satanás sobre él está completamente quebrantado. Esto lo sabe muy
bien el diablo, y por eso comienza sus ataques sistemáticos en contra de la fe de tal
hombre.
Lo acusará de haber pecado, cuando la
conciencia del hombre está tan libre de haber quebrantado intencionalmente las leyes de
Dios, como la de un ángel. Pero Satanás sabe que si logra conseguir que le escuche está
acusación, y pierda la fe en la sangre purificadora de Jesús, lo tendrá en sus garras y
podrá hacer lo que quiera con él. Satanás acusa, pues, de este modo al alma
santificada, ¡y luego se torna y dice que es el Espíritu Santo el que condena al hombre!
El es el acusador de nuestros hermanos (Apoc. 12:10). He aquí la diferencia
que debemos observar:
El diablo nos acusa de pecado.
El Espíritu Santo nos condena por el
pecado.
Si digo una mentira, si me enorgullezco, o si
quebranto cualesquiera de los mandamientos de Dios, el Espíritu Santo me condenará al
momento por ello. Satanás me acusará de haber pecado cuando no lo he hecho, y no puede
probarlo.
Por ejemplo: Un hombre santificado le habla a
un pecador acerca de su alma, le exhorta huir de la ira venidera, y a que dé su corazón
a Dios, pero el pecador no quiere hacerlo. Entonces Satanás comienza a acusar al
cristiano, diciéndole: No dijiste a ese pecador lo que debiste decirle; si le
hubieras hablado con acierto, se habría entregado a Dios.
De nada sirve ponerse a discutir con el
diablo. La única cosa que el hombre puede hacer es no mirar al acusador sino poner los
ojos en el Salvador y decir: Amado Señor, tú sabes que hice lo mejor que pude en
esos momentos, y si hice algo malo, o si dejé algo sin decir que debí haber dicho,
confío en que tu sangre me limpiará en este mismo instante.
Si a Satanás se le hace frente de ese modo
cuando comienza sus acusaciones, la fe de la persona santificada obtendrá una victoria y
ésta se regocijará en la sangre purificadora del Salvador y en el poder del Espíritu
para guardar; pero si presta oídos al diablo hasta que su conciencia y su fe se hallan
heridas, podrá necesitarse mucho tiempo para que su fe recupere otra vez las fuerzas, que
la capaciten para dar voces de jubilo y triunfar en todos los ataques que le hiciere el
enemigo.
Una vez que Satanás ha herido y lastimado la
fe del hombre santificado, prosigue luego a degradar el carácter de Dios. Le sugiere al
hombre que el Padre no le ama más, con aquel paternal amor que tuvo a su Hijo Jesús; no
obstante, Jesús declaró que sí le ama. Luego le sugiere que tal vez la sangre no le
limpie de todo pecado y que el Espíritu Santo no puede guardar a nadie inmaculado, o, al
menos, que aunque pudiera hacerlo, no lo hace; y que, después de todo, aquí en el mundo
no existe, tal como se estima, una vida santa.
Otro resultado de las heridas recibidas por
la fe, es que las oraciones secretas del hombre pierden mucho de la bendición que antes
le producían; el deseo intenso que tenía de hablar a las almas acerca de la salvación
disminuye; el gozo que antes tenía en testificar acerca de su Señor y Salvador
Jesucristo es menor, y pláticas heladas reemplazarán a los entusiastas testimonios; la
Biblia cesará de ser constante fuente de bendición y fortaleza. Conseguido esto, el
diablo le tentará a que peque de hecho, a causa del descuido de algunos de estos deberes.
Pues bien, si el hombre escucha a Satanás y
comienza a dudar, ¡ay de su fe! Si no clama con todas sus fuerzas a Dios, si no
escudriña las Escrituras para enterarse de cuál sea la voluntad de Dios, y habiendo
visto cuáles son sus promesas, apropiándose de ellas; reclamándolas diariamente, como
lo hizo Jesús, quien en los días de su carne, ofreció ruegos y
súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte (Hebreos
5:7); si él no le echa en cara a Satanás estas promesas, y de manera resoluta
cierra sus ojos a todas las sugerencias que le hiciere el Diablo a que dude de Dios, será
sólo cuestión de tiempo para que figure entre aquellos que tienen nombre de estar
vivos, pero están muertos (Apoc. 3:1); tienen apariencia de piedad mas
niegan la eficacia de ella (2 Tim. 3:5); cuyas oraciones y testimonios están muertos;
cuyo estudio de la Biblia, exhortaciones y obras están muertas, por cuanto no tienen fe
viva; finalmente llegará a ser un retrógrado declarado.
¿Qué debe hacer el hombre santificado para
vencer el mal?
Escuchen lo que dice Pedro: Sed
sobrios, y velad (es decir, mantened vuestros ojos abiertos), porque
vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien
devorar; al cual resistid firmes en la fe (1 Pedro 5:8,9).
Escuchen a Santiago: Resistid al
diablo, y huirá de vosotros (4:7).
Oigan a Pablo: Pelea la buena batalla
de la fe (l Timoteo 6:12). El justo por la fe vivirá (Romanos 1:1 7).
Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos
de fuego del maligno (Efesios 6:16).
Y Juan dice: Esta es la victoria que
vence al mundo, nuestra fe (1 Juan 5:4). Y ellos le han vencido (al
Diablo, el acusador de los hermanos) por medio de la sangre del Cordero (en
cuya sangre tenían una fe como de niños) y de la palabra del testimonio de
ellos (porque si un hombre no testifica, su fe no tardará en morir),y
menospreciaron sus vidas hasta la muerte (Apoc. 12:11); obedecieron a Dios a todo
costo, y se abnegaron hasta el último extremo.
Pablo atribuye igual importancia al testimonio cuando dice: Mantengamos firme,
sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza (Hebreos 10:23). Mirad
hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse
del Dios vivo (Hebreos 3:12). No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene
grande galardón (Hebreos 10:35).
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