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CAPITULO 3
COSAS QUE IMPIDEN OBTENER
LA SANTIDAD
La santidad no tiene piernas, y no
anda de un lado para otro visitando a la gente ociosa, como parecía imaginárselo cierto
cristiano perezoso, que me dijo que él creía que la experiencia de la santidad le vendría
algún día. Una hermana replicó con justeza: Podría esperar igualmente que el
salón del culto viniese a encontrarle en el sitio donde él se encuentra.
El hecho es que la mayoría de las personas
encuentran tropiezos para entrar en el camino de la santidad; mas aquellos de ustedes que
desean obtenerla, deben disipar una vez por siempre todo pensamiento que les sugiera que
esos impedimentos yacen en Dios o en las circunstancias que los rodean; los impedimentos
están sólo en ustedes mismos. Siendo esto así, es el colmo de la insensatez el sentarse
con indiferencia, y esperar tranquilamente, con los brazos cruzados, que descienda la
bendita experiencia de la santidad. Pueden estar seguros de esto: no vendrá, como no
vendrá una cosecha de papas al sujeto haragán que se sienta a la sombra y jamás levanta
su azada, ni trabaja durante los meses de la primavera y el verano. La regla del mundo
espiritual es ésta: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma (2
Tesalonicenses 3: 10) y Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará
(Gálatas 6: 7).
Por lo tanto, mediante un aplicado estudio de
la Palabra de Dios, mucha oración secreta, un decidido y completo examen de conciencia,
rígida abnegación, sincera obediencia a toda luz que se tuviere actualmente, y la
concurrencia fiel y constante a las reuniones de creyentes, lo que indica la prudencia es
comenzar sin pérdida de tiempo a descubrir cuáles son esos impedimentos y, por la gracia
de Dios, hacerlos a un lado, aunque ello cause tanto dolor como cortarse la mano derecha o
sacarse el ojo derecho.
Pues bien, la Biblia nos dice y el
testimonio y la experiencia de todos los santificados está de acuerdo con la Biblia
que los dos grandes impedimentos a la santidad son: Primero, la consagración
imperfecta, y segundo, la fe imperfecta.
Antes que un relojero pueda limpiar y
arreglar mi reloj, yo debo entregárselo en sus manos, sin reserva de ninguna especie.
Antes que un médico pueda curarme, debo tomar los medicamentos que me recete, de la
manera que él lo ordene y a las horas que él señale. Antes que el capitán de un buque
pueda conducirme en su barco a través del océano, debo embarcarme en su nave y quedarme
allí. De igual modo, si quiero que Dios limpie y arregle mi corazón con todos sus
afectos; si es que quiero que cure mi alma enferma del pecado; si es que quiero que me
conduzca en salvo a través del océano de la vida hasta entrar en aquel otro océano,
más grande aún, de la eternidad, debo entregarme por completo en sus manos y quedarme
allí. En otras palabras, debo hacer lo que él me ordenare. Debo estar perfectamente
consagrado a él.
Una capitana se arrodilló con sus soldados y
cantó: Donde quiera iré con Jesús, pero añadió: Sí, a cualquier
parte, menos a H..., Señor. Su consagración era imperfecta, y hoy día se
encuentra fuera de la obra. Había algunas cosas que ella no quería hacer para Jesús, y,
por consiguiente, Jesús no podía purificarla ni guardarla.
El otro día, un infeliz retrógrado me dijo
que, en determinada época, comprendió que debía dejar de fumar. Dios quería que lo
hiciera, pero él se aferró al hábito y fumaba en secreto. Su imperfecta consagración
impidió que obtuviese la santidad, y lo arrastró a la ruina, de manera que hoy anda por
las calles borracho, y sigue el camino ancho que conduce al infierno.
Dentro de su corazón había deslealtad
secreta, y Dios no podía purificarle ni resguardarle. Dios quiere que seamos
perfectamente leales en lo más íntimo de nuestro corazón, y lo exige, no sólo para
gloria suya, sino para nuestro propio bien; por cuanto, si podemos comprenderlo, la mayor
gloria de Dios y nuestro mayor bien, son una misma cosa.
Esta consagración consiste en que nos
deshagamos completamente de nuestra propia voluntad, de nuestra disposición, de nuestro
mal genio y de nuestros deseos, gustos y aversiones, y nos revistamos por
completo de la voluntad, disposición, genio, deseos, gustos y aversiones de Cristo. En
una palabra, la perfecta consagración consiste en deshacerse del yo y el revestirse de
Cristo; el abandonar nuestra propia voluntad en todo y, en su lugar, aceptar la voluntad
de Jesús. Esto podrá parecer casi imposible de realizarse, y muy desagradable a nuestro
corazón no santificado; mas si queremos prepararnos para la eternidad, y si miramos de
manera inteligente y sin vacilaciones esta puerta estrecha por la cual entran tan pocos, y
le decimos al Señor que deseamos seguir por ese camino, aunque nos cueste la vida, el
Espíritu Santo no tardará en hacernos ver que el entregarnos de ese modo a Dios no sólo
es posible, sino fácil y agradable.
El segundo impedimento que encuentra aquel
que quiere ser santificado es la fe imperfecta. Cuando Pablo escribió a su cuerpo
de salvacionistas en Tesalónica, los encomió porque eran de ejemplo a todos los que han
creído en Macedonia y en Acaya, y añadió: En todo lugar vuestra fe en Dios se ha
extendido (1 Tesalonicenses 1: 7,8). Aquel era el cuerpo de más fe en toda Europa,
y su fe era tan real y tan valiente, que pudieron soportar muchas persecuciones, según
vemos en los capítulos 1:6; 2:14; 3:2-5; de manera que Pablo dice: En medio de toda
nuestra necesidad y aflicción fuimos consolados de vosotros por medio de vuestra fe
(3:7). Fe robusta era aquélla, mas no perfecta, pues Pablo añade: Orando de noche
y de día con gran insistencia, para que veamos vuestro rostro, y completemos lo que falte
a vuestra fe (3:10). Y por razón de su fe imperfecta, no eran santificados; por eso
vemos que el apóstol ora: Y el mismo Dios de paz os santifique por completo
(5:23).
Todos aquellos que son nacidos de Dios y que
tienen el testimonio de su Espíritu, acerca de su justificación, saben muy bien que no
ha sido por las buenas obras que han hecho, ni por haber crecido en ella que han obtenido
la salvación, sino que fue por gracia... por la fe (Efesios 2:8). Pero
muchísimas de estas personas parecen pensar que mediante el crecimiento llegaremos a la
santificación, o que la vamos a adquirir por nuestras propias obras. Mas el Señor
resolvió esa cuestión y la hizo tan clara como es posible hacerlo en palabras, cuando le
dijo a Pablo que lo enviaba entre los gentiles para que abras sus ojos, para que se
conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que
reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los
santificados (Hechos 26:18). No por obras, ni por crecimiento, sino por la fe,
habían de ser santificados.
Si quieren ser santos, deben acudir a Dios
con corazón sincero, en plena certidumbre de fe (Hebreos 10:22), y luego, si
esperan pacientes delante de él, se hará la maravillosa obra.
La consagración y la fe son cosas del
corazón, y ahí es donde yace la dificultad para la mayoría de las personas; pero no hay
duda de que en algunos casos la dificultad que ven algunas personas es cuestión mental.
No logran obtener la bendición porque andan en busca de algo demasiado pequeño.
La santidad es una gran bendición. Es la
renovación del hombre completo, a la imagen de Jesús. Es la completa destrucción de
todo odio, envidia, malicia, impaciencia, codicia, orgullo, lujuria, temor del qué
dirán, amor a las comodidades, amor a la admiración y aplauso mundanos, amor al lujo,
vergüenza de la cruz, voluntariedad y cosas por el estilo. Hace que el que la posee sea
manso y humilde de corazón (Mateo 11:29), como lo era Jesús; paciente,
bondadoso, longánime, misericordioso, lleno de compasión y amor; lleno de fe, benévolo
y celoso en toda buena palabra y obra.
He oído a algunas personas afirmar que eran
santificadas porque habían dejado de fumar, porque ya no usaban plumas en el sombrero, o
cosas por el estilo; pero seguían siendo impacientes, no eran bondadosas y estaban
completamente embebidas en las cosas de esta vida. El resultado de esto fue que no
tardaban en desanimarse, y concluían por creer que no existía tal bendición, llegando a
hacerse enemigos acérrimos de la doctrina de la santidad. La dificultad consistía en que
buscaban una bendición muy pequeña. Abandonaron ciertas cosas externas, pero la vida
íntima seguía sin crucificar. El minero lava la suciedad del mineral, pero no puede,
lavando, quitarle la escoria. Eso lo tiene que hacer el fuego, y sólo entonces quedará
el oro puro. De igual modo es necesario dejar a un lado cosas externas, pero sólo el
bautismo del Espíritu Santo y del fuego, puede purificar los deseos secretos y afectos
del corazón, y hacerlo santo. Y esto es menester buscarlo ferviente y sinceramente, por
medio de la completa consagración y de la fe perfecta.
Hay otras personas que no logran recibir la
bendición porque buscan algo completamente distinto de la santidad. Quieren tener una
visión del cielo, de lenguas de fuego, de algún ángel; o quieren adquirir una
experiencia que les mantenga exentas de las pruebas, tentaciones y de toda suerte de
errores y debilidades; o quieren tener tal poder que haga caer a los pecadores como
muertos, cuando ellos hablan.
Pasan por alto el versículo que declara que
el propósito de este mandamiento es el amor nacido del corazón limpio, y de buena
conciencia, y de fe no fingida (1 Timoteo 1:5); lo cual nos enseña que la santidad
no es otra cosa que un corazón puro, lleno de perfecto amor, y una conciencia limpia
hacia Dios y los hombres, resultado del cumplimiento fiel del deber, y de la fe sencilla y
sin hipocresía. Olvidan el hecho de que la pureza y el amor perfecto son tan de la
naturaleza de Cristo y tan escasos en el mundo, que por sí solos son una gran bendición.
Pasan por alto el hecho de que si bien Jesús era un gran hombre, Rey de reyes y Señor de
señores, era también un humilde Carpintero que se despojó a sí mismo, tomando
forma de siervo ((Filip. 2:7). Pasan por alto el hecho de que deben ser como fue
Jesús, en este mismo mundo en que viven, y que este mundo es el lugar de su
humillación, donde es despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores
experimentado en quebranto; sin atractivo para que le deseemos (Isaías
53:2,3). En este mundo, su única belleza es la del alma, la hermosura de su
santidad (1 Crón. 16:29), aquel espíritu humilde de mansedumbre y amor, ese
incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima
delante de Dios (1 Pedro 3:4).
¿Tiene su alma hambre y sed de la justicia
del amor perfecto? ¿Desea ser semejante a Jesús? ¿Está dispuesto a padecer con él y a
ser odiado de los hombres, por su nombre? (Mateo 10:22). Si es así, veamos lo que nos
dice la Biblia: Despojémonos de todo peso del pecado que nos asedia (Hebreos
12:1), presentemos nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que
es nuestro culto racional (Romanos 12:1), corramos con paciencia la carrera
que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe
(Hebreos 12:1,2). Acuda al Señor con aquella misma fe sencilla que ejerció el día en
que fue salvado; ponga su caso ante él; pídale a él que lo limpie de toda impureza y
que lo perfeccione en el amor, y luego crea que él lo puede hacer. Si después de eso
usted resiste todas las tentaciones de Satanás a dudar, pronto verá que han desaparecido
los impedimentos que antes tenía y estará regocijándose con gozo inefable y
glorioso (1 Pedro 1:8).
Y el mismo Dios de paz os santifique
por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible
para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo
hará (1 Tesalonicenses 5:23,24).
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