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Capítulo 8
La Perfección Cristiana en
la
Teología de la Reforma
La contribución más
decisiva de la Reforma al concepto de la perfección cristiana fue la recuperación de la
enseñanza nuevotestamentaria de que la vida cristiana cabal puede ser la posesión de
cualquier persona, en cualquiera de las vocaciones de la vida. La Confesión de Augsburgo
expresa tal verdad en su artículo sobre ese asunto, de la siguiente manera:
La perfección cristiana
es esto, temer a Dios sinceramente, y también, concebir una gran fe, y confiar que por
causa de Cristo, Dios se ha pacificado hacia nosotros; pedir, y con certidumbre esperar la
ayuda de Dios en todos nuestros asuntos, de acuerdo a nuestro llamamiento; y mientras
tanto hacer buenas obras visibles diligentemente, y dar atención a nuestro llamamiento.
En estas cosas consiste la perfección verdadera y el verdadero culto a Dios; no consiste
en el celibato, o en la mendicidad o en una apariencia vil.1
Aludiendo al trabajo de la
sirvienta que cocina, y limpia la casa, y hace otras tareas domésticas, Lutero escribe:
Puesto que el mandato de Dios está allí, hasta una tarea pequeña o humilde debe
ser alabada como un servicio a Dios, que sobrepasa considerablemente la santidad y el
ascetismo de todos los monjes y las monjas.2 Declaraciones como ésta se
encuentran frecuentemente en los sermones de Lutero. Melanchton expresa algo muy similar:
Todos los hombres, sea cual fuere su vocación, deben buscar la perfección, o sea,
crecer en el temor de Dios, en fe, en amor fraternal, y en virtudes espirituales
similares.3
A. MARTIN
LUTERO
La convicción de la
santidad en la vida cotidiana del creyente cristiano fue una consecuencia directa para
Lutero, de su redescubrimiento del evangelio. Para este reformador Jesús era todo. Dos
verdades nuevotestamentarias controlaron su pensamiento: la humanidad de nuestro Señor
y lo céntrico de su tarea salvadora.
En primer lugar, Lutero
colocó la humanidad de Jesús en el mero centro de la devoción cristiana. Muy
atinadamente observa Flew: Aparte de los evangelios y la Epístola a los Hebreos, no
hay nada en la literatura cristiana antes de Lutero que se compare a su vividez, y su
sentimiento profundamente religioso hacia la vida humana de Jesucristo. Es allí en esa
vida humana, donde Lutero encuentra a Dios.4 Si, como ya vimos, Bernardo
desertó al Señor encarnado en las etapas más elevadas de la contemplación,5
Lutero declara lo siguiente acerca del Jesús del Nuevo Testamento:
Cuando así me imagino a
Cristo, logro verlo verdadera y atinadamente... y entonces abandono todos los
pensamientos y las especulaciones acerca de la Majestad y la gloria divinas, y me apego y
me adhiero a la humanidad de Cristo... y así aprendo a conocer al Padre a través de Él.
De esta manera brota tal luz y conocimiento dentro de mí que me es posible conocer con
certidumbre lo que Dios es, y lo que Él quiere.6
Sería difícil exagerar la
importancia de este cambio radical de foco para la piedad cristiana que Lutero efectuó.
Hay que recordar que la devoción medioeval consideraba que la más alta expresión de la
vida espiritual era el conocimiento y el amor de Dios que se descubrían o lograban en la
contemplación. Pero para Lutero el conocimiento de Dios no era un descubrimiento humano
logrado mediante la contemplación, sino la revelación hecha por Dios de Sí mismo, y el
don a través de Jesucristo.
Nadie experimentará a la
Deidad a menos que Él quiera ser experimentado; y así quiere Él que sea, o sea, que lo
podremos ver en la humanidad de Cristo. Si tú no encuentras así a la Deidad, jamás
descansarás. Por lo tanto, deja que los demás sigan con sus especulaciones y hablando de
la contemplación, y de cómo todo es un enamoramiento de Dios, o de cómo nosotros
constantemente estamos teniendo un anticipo de la vida eterna, y de cómo las almas
espirituales principian su vida de contemplación. Pero yo te amonesto a que tú no
aprendas así a conocer a Dios.7
Hay que señalar otra
diferencia entre la piedad romana y la luterana. A pesar de su ideal de la contemplación
intelectual de Dios, la piedad católica era intensamente ética: la perfección
cristiana significaba amor perfecto, o sea amar a Dios por Sí mismo, y al prójimo en
Dios. Para Lutero la experiencia religiosa del perdón de los pecados era el centro
luminoso de la piedad.
Pues así como el sol
brilla e ilumina con igual fulgor cuando yo cierro mis ojos, asimismo este trono de
gracia, o este perdón de los pecados, siempre está allí, aunque yo caiga. Y tal como yo
veo el sol otra vez cuando abro los ojos, así también yo tengo el perdón de pecados una
vez más cuando miro a Cristo y regreso a Él. Por lo cual no debemos medir el perdón tan
estrechamente como los necios sueñan.8
¿Cómo entonces nos hace
santos la fe? En primer lugar, todos los creyentes disfrutan de una perfección por
posición o imputada. Un intérprete contemporáneo de Lutero lo explica de esta
manera:
Puesto que la fe recibe y
acepta el don de Dios y así es como los hombres se vuelven santos a través de la fe,
santo se vuelve el equivalente de creyente. Los santos son los
creyentes, y hacer santo significa ser hecho un creyente. En la
explicación que Lutero da, el énfasis pasa de la santidad y del proceso de hacer santo,
a la fe y al ser traído a la fe, excepto que realmente no hay diferencia entre los dos.9
En esta interpretación, la
fe es la perfección. Sin embargo esto no es lo mismo a decir que Lutero no le atribuye
poder santificador a la fe. En su prefacio a la Epístola a los Romanos, él explica cómo
sólo la fe (nos) hace justos y cumple la ley. Escribe:
Pues del mérito de Cristo
(la fe) nos trae el Espíritu, y el Espíritu hace al corazón alegre y libre como la ley
requiere que sea. Sin embargo, la fe es una obra divina dentro de nosotros. Nos cambia y
nos hace que nazcamos de nuevo de Dios (Jn. 1); mata al viejo Adán y nos hace hombres
enteramente nuevos y diferentes, en corazón, espíritu, mente y capacidades, y trae
consigo al Espíritu Santo. ¡Oh, esta fe es algo viviente, activo, dinámico y poderoso,
y por lo tanto es imposible no hacer buenas obras incensantemente! No pregunta si hay
obras buenas que se puedan hacer, sino que, antes que alguien haga la pregunta, ya las ha
hecho, y está haciéndolas siempre... Es tan imposible separar las obras, de la fe,
como es imposible separar el calor y la luz, del fuego.10
En su ensayo titulado Sobre
la libertad cristiana, Lutero se aproxima al asunto de la fe santificadora de otra
manera. En primer lugar, las virtudes cristianas se vuelven la posesión del alma del
creyente tal como el fierro entre las brasas brilla como el fuego, debido a su
unión con éste. En segundo lugar, la fe le tributa honor a Dios al adscribirle la
gloria de ser fiel a sus promesas. Al hacer tal cosa el alma se entrega a sí misma para
que Dios haga con ella como le plazca. La tercera gracia incomparable de la fe es
que une al alma con Cristo, como la esposa es unida al esposo, misterio por el cual, como
el Apóstol enseña, Cristo y el alma son hechos una sola carne. Todo lo que le pertenece
a Cristo el alma puede demandar. Cristo es todo gracia, vida y salvación. Que la fe dé
un paso hacia adelante, y así habrá la posibilidad dichosa de redención y de
victoria.
Así es cómo el alma
creyente, al depositar su fe en Cristo, se vuelve libre de todo pecado, sin temor de la
muerte, a salvo del infierno, y dotada con la justicia, la vida y la salvación eternas de
Cristo, su esposo.11
Aquí Lutero llega al umbral
mismo de la doctrina nuevotestamentaria de la perfección. Pero por apegarse a la doctrina
agustiniana del pecado original, como una lujuria que permanece, o concupiscencia,12
el reformador se inhibe de declarar, con Pablo, la posibilidad de una liberación presente
del pecado. Y por lo tanto escribe: Los remanentes del pecado se aferran todavía
hondamente a nuestra carne: por lo tanto, en lo que toca a la carne, somos pecadores, y
esto aún después de que hemos recibido el Espíritu Santo.13 En otro
lugar escribe: El pecado todavía está presente en todos los hombres bautizados y
santos de la tierra, y ellos deben luchar contra él.14
El pecado original,
después de la regeneración, es como una herida que principia a cerrarse; aunque es una
herida con vías a sanar, todavía fluyen humores de ella, y todavía está adolorida.
Asimismo el pecado original permanece en los cristianos hasta que mueren, y empero ese
pecado es mortificado, y muere, continuamente. Su cabeza está hecha pedazos, así que no
puede condenarnos. 15
Lutero se cuida del
antinomianismo. Aunque el pecado sigue siendo sentido en una vida
verdaderamente cristiana, no debe ser favorecido. Por lo tanto
hemos de ayunar, orar y trabajar, para dominar y suprimir la lujuria... En tanto que la
carne y la sangre perduren, asimismo el pecado perdurará; por lo cual siempre es algo
contra lo que hay que luchar.16 Por lo tanto, la novedad de
vida que tenemos a través de Cristo, sólo principia en esta vida, y
jamás puede ser perfeccionada en esta carne.17 Sin embargo, el Espíritu
Santo continúa llevando adelante su obra santificadora en nosotros, si nosotros luchamos
fielmente contra el pecado. Así es como nosotros hemos de crecer constantemente en
santificación, y ser más y más, una nueva criatura en Cristo.18
Es claro que lo que lisia la
enseñanza de Lutero sobre la santificación e impide la posibilidad de una doctrina
luterana de que haya una perfección evangélica presente, es la identificación que
Lutero hace de la doctrina paulina de la carne con la naturaleza humana.
B. JUAN
CALVINO
La naturaleza evangélica de
la teología de Calvino no admite ni la menor duda. Para él, una verdadera
conversión de nuestra vida a Dios consiste en la mortificación de nuestra
carne y del hombre viejo, y en la vivificación del Espíritu.19 Esto es
efectuado por nuestra participación en Cristo:
Pues si participamos
verdaderamente de su muerte, nuestro viejo hombre es crucificado por su poder, y el cuerpo
de pecado expira, de modo que la corrupción de nuestra antigua naturaleza pierde todo su
vigor (Ro. 6:5, 6). Si somos partícipes de su resurrección, somos resucitados a una
novedad de vida, que corresponde a la justicia de Dios.20
Así que, por lo
tanto, los hijos de Dios son librados por la regeneración, de la servidumbre del
pecado.21 La vida del cristiano ha de ser una vida de santidad.
¿Con qué mejor cimiento puede principiar, se pregunta Calvino, que el
de la amonestación de las Escrituras de que debemos ser santos porque nuestro Dios es
santo? (Lv. 19:2).
Cuando se nos hace
mención alguna de nuestra unión con Dios, debemos recordar que la santidad debe ser el
ligamento de ella, no porque hayamos alcanzado la comunión con Él por el mérito de la
santidad... sino porque es una propiedad muy peculiar de su gloria no tener relación
alguna con la iniquidad y la impureza.22
Sin embargo, Calvino hace
todo lo necesario para rechazar la idea de que está abogando por una doctrina de
perfección cristiana:
Sin embargo yo no
insistiría en ello como si fuese una necesidad absoluta de que la conducta de un
cristiano exhale sólo el evangelio perfecto; lo cual, empero, debería ser tanto nuestro
deseo como aquello a lo que aspiramos. Pero yo no requiero la perfección evangélica tan
rigurosamente como para no reconocer como cristiano a esa persona que todavía no la ha
alcanzado, puesto que en tal caso todos quedarían excluidos de la iglesia, ya que no se
puede encontrar hombre alguno que no esté a gran distancia de esa meta.23
No es difícil descubrir la
razón por la que Calvino limita la santidad cristiana asequible. Exactamente como
Agustín y Lutero, Calvino ve al creyente irremisiblemente atrapado por la carne.
Nosotros afirmamos, reitera Calvino, que el pecado siempre existe en los
santos hasta que son despojados del cuerpo mortal, puesto que su carne es la residencia de
esa depravación de concupiscencia que es repugnante a toda rectitud.24
Usando copiosamente los
argumentos de Agustín, Calvino basa su pesimista posición en su comprensión de Romanos
7, y declarando con mucha seguridad: Pablo está hablando aquí de un hombre
regenerado.25 Efectivamente, este es el conflicto entre la carne y
el espíritu que él experimentó en su propia persona.26 En un pasaje en
que cita a Platón por nombre, Calvino explica la doctrina paulina de la carne en
términos platónicos: En tanto que habitemos en la prisión de nuestro cuerpo tendremos
que mantener un conflicto incesante con los vicios de nuestra naturaleza corrupta.27
Aceptando tal concepto
platónico del cuerpo, Calvino tiene que menospreciar las oraciones en las que Pablo
pidió por la perfección de los creyentes; citando 1 Ts. 3:13 escribe:.
Efectivamente los
celestinos antiguamente pervirtieron estos pasajes para demostrar una perfección de
justicia en la vida presente. Creemos que será suficiente contestar muy brevemente, como
Agustín, que todos los hombres piadosos deben, desde luego, aspirar a este
objetivo, o sea, el aparecer un día sin culpa y sin mancha delante de la presencia de
Dios; pero puesto que la excelencia suprema en esta vida no es nada más que un progreso
hacia la perfección, nunca lo alcanzaremos hasta que, despojados en un instante de la
mortalidad y del pecado, nos adheriremos al Señor.
Sin embargo, yo no
discutiré pertinazmente con cualquier persona que escoja atribuirles a los santos el
carácter de la perfección, siempre y cuando también lo defina con las palabras del
mismo Agustín, quien dice: Cuando calificamos la virtud de los santos como
perfecta, a esa perfección misma también le pertenece el reconocimiento de la
imperfección, tanto de verdad como en humildad.28
Históricamente, el calvinismo ha sido el enemigo declarado de cualquier doctrina de
perfección cristiana. Sin embargo, muchos calvinistas han aceptado una doctrina de
santidad práctica mediante la experiencia de ser llenos con el Espíritu Santo. De modo
que, aunque estos maestros niegan la posibilidad de la destrucción del pecado, sin
embargo abogan por la posibilidad de una vida de victoria sobre la vieja naturaleza que ha
quedado en el creyente para aquellos que se ponen bajo la dirección y el control del
Espíritu que mora. Pero, reiteran con insistencia, en tanto que los cristianos habiten en
este cuerpo mortal, tendrán que contender con la vieja naturaleza de pecado. Desde
nuestro punto de vista, el error de esta posición se debe a que acepta una
identificación tácita del cuerpo mismo con el pecado. Tal posición es platónica, y no
paulina.
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