Capítulo 6
San
Agustín
Algunos han puesto en tela de duda que
Agustín sea incluido entre los campeones de la perfección cristiana. Lo cierto es
que su nombre aparece entre los amigos y los enemigos de esta verdad.
H. Orton Wiley incluye a Agustín entre los
testigos de la doctrina. Como evidencia de ello cita la declaración de Agustín de que
nadie debe de atreverse a decir que Dios no puede destruir el pecado original en los
miembros, y estar Él mismo presente en el alma de tal manera que, estando la vieja
naturaleza abolida enteramente, la vida pueda vivirse aquí abajo como una contemplación
eterna de Quien está arriba.1 Y en el tercer centenario de Francisco de
Sales, el papa Pío XI declaró en una encíclica sobre la santidad: San Agustín
define el asunto claramente cuando postula: Dios no nos manda lo imposible, sino
más bien, al dar el mandamiento Él nos amonesta a lograr lo que podemos lograr de
acuerdo a nuestra fuerza, y a pedir ayuda para lograr cualquier cosa que esté más allá
de nuestra fuerza.2
Por otro lado, Agustín también escribe lo
siguiente, en su obra intitulada Retractaciones: nadie en esta vida debe ser
tan privilegiado... como para que no haya en sus miembros una ley que lucha contra la
ley de su mente.3 Él incluye hasta los apóstoles en este juicio. Sólo
Jesús y su madre, afirma Agustín, eran sin pecado.4
¿A qué se debe esta ambivalencia? En primer
lugar, la tensión del conflicto de Agustín con Pelagio, quien rechazaba la idea del
pecado original, llevó al primero a negar la posibilidad de ser impecable, o sin pecado,
en esta vida. Bajo la presión de este debate Agustín desarrolló una posición extrema o
de extremo, que contradecía sus postulados declarados en todo el resto de su producción.
Empero hay una razón todavía más profunda
de su confusión. La doctrina cabalmente desarrollada sobre el pecado original, de
Agustín, si bien tiene obviamente sus raíces en las Escrituras, también exhibe
evidencia inequívoca de las influencias griegas que falsearon la enseñanza bíblica. El
resultado es una doctrina en la que dos ideas enteramente diferentes del pecado se mezclan
y se confunden.
Agustín razonaba que la caída introdujo la
lujuria o concupiscencia, la que él describió más vívidamente como el deseo sexual. Si
lo que Santiago llama concupiscencia (Stg. 1:14-15) es el pecado original, o
la depravación, entonces, obviamente, la entera santificación es una ilusión.
Pero lo que nosotros declaramos es que tal
comprensión del pecado original saca a la superficie una tendencia helenista de pensar en
el cuerpo físico como algo pecaminoso per se, lo que es una idea que las
Escrituras desconocen. De esas premisas uno tiene que aceptar que la tentación ya implica
pecado. Cualquier doctrina de la salvación que ligue el pecado tan íntimamente a los
deseos del cuerpo tendrá que darle la mano a Agustín, y dudar la posibilidad de alcanzar
la santidad antes de la muerte.
Por lo tanto nosotros vemos la importancia de
Agustín en un estudio de la perfección cristiana. Los temas suscitados por su teología
todavía oscurecen la doctrina de la salvación. La doctrina agustiniana del pecado
original le dejó la herencia a la iglesia de la llamada teoría de las dos
naturalezas, que es la enseñanza de que por la gracia recibimos una nueva
naturaleza que es santa y justa, y que es una adición a la naturaleza vieja, que
permanece. Por ende el creyente que ha nacido de nuevo tiene dos naturalezas, una
naturaleza nueva y libre de pecado, y una naturaleza vieja y corrupta. Estas dos
naturalezas existen lado a lado, hasta la muerte del creyente. Por lo tanto la
santificación es sólo un proceso gradual, que espera a la muerte para quedar terminado o
completo.
Hasta que este problema sea o es resuelto, es
imposible tener una doctrina bíblica de la perfección. Nadie que quiera pensar
seriamente sobre el tema puede hacer a un lado las preguntas que Agustín nos hace
mediante su concepto del pecado original
A EL
LUGAR DE AGUSTÍN EN LA IGLESIA
Sin embargo, sería un tratamiento
completamente injusto de Agustín el limitar nuestra evaluación de su teología a estos
aspectos negativos de su enseñanza acerca del pecado original. Cuando menos en dos
aspectos, como santo y como teólogo, Agustín marcha en la línea de Pablo, Lutero,
Calvino y Wesley. Una gran parte de su influencia se debe precisamente a su piedad
mística.
El amor de Agustín hacia Dios palpita en
todos sus escritos, pero es en su excepcional obra, las Confesiones, donde ese amor halla
su expresión más cabal. Ninguna otra autobiografía espiritual de ese calibre fue
escrita en la iglesia cristiana de la antigüedad, y todavía sigue siendo probablemente
la obra clásica superior de la experiencia cristiana. En la primera página encontramos
la clave de la doctrina positiva de este gigante teológico, de la perfección cristiana.
Es esa conocida frase: Tú nos hiciste para ti, y nuestras almas no descansan hasta
que descansan en ti. Aquí está su doctrina del sumo bien: el verdadero fin del
hombre, su gozo más elevado y su autocumplimiento o logro supremo, yace en Dios. Es
bueno, entonces para mí, apegarme a Dios, puesto que si no permanezco en Él, tampoco
permaneceré en mí mismo; pero Él, permaneciendo en Sí mismo, renueva todas las cosas.
Y Tú eres el Señor mi Dios, pues no necesitas mi bondad (7: 11). Busqué una
manera de adquirir suficiente fuerza para disfrutarte, pero no la encontré sino hasta que
me acogí a ese mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, de quien
leemos que es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos, y cuyo
llamado oí (7:18). Mi única esperanza yace sólo en tu sobreabundante
misericordia. Da lo que Tú ordenes, y ordena lo que Tú quieras (10:29). Te
amaré, oh Señor, y te daré las gracias, y confesaré tu nombre, porque Tú has alejado
de mí todas esas acciones mías perversas y nefandas. Lo atribuyo a tu gracia, y a tu
misericordia que Tú has derretido mi pecado como si fuera nieve (2:7). Al
reflexionar sobre esto, Williston Walker escribe: Hay aquí una nota de devoción
personal tan profunda como no se había oído en la iglesia desde los días de Pablo, y el
concepto de la religión como una relación vital con el Dios vivo, que habría de ser de
influencia permanente, aunque frecuentemente sólo fuese comprendido parcialmente.5
B.
LA DOCTRINA AGUSTINIANA DE LA PERFECCIÓN
Un examen de la teología de Agustín revela
que esencialmente es perfeccionista. Su idea principal es el Sumo Bien, el cual puede en
alguna manera ser alcanzado y disfrutado en esta vida.
Y, ¿cuál es este Sumo Bien, la beatitud
máxima que el hombre puede alcanzar? Es Dios. Nuestras almas no reposan hasta que
encuentran su reposo en Él. En Dios, y en Él solamente, se encuentra la verdadera
realización del hombre.
La mente humana encuentra su meta en Dios, y
en Él está completa. Al recordar cómo él había sido guiado a Cristo por el estudio de
la filosofía y el amor de la verdad, Agustín escribe: La amonestación interna que
obra a tal grado sobre nosotros de que nos acordemos de Dios, de que le busquemos, de que
tengamos sed de Él (con toda la animadversión terminada), procede de la mismísima
fuente de la verdad. En el mero centro del pensamiento de Agustín está la
convicción de que el conocer a Dios en una comunión de la que uno está consciente es la
corona y la meta de la vida. En una de sus cartas Agustín escribe de esas personas que
tienen un amor meramente intelectual a Dios, sin tener a Dios morando en ellos, y de esas
otras personas en quienes Dios mora, sin que ellas lo sepan. Pero más
bienaventuradas y dichosas son las personas en quienes Dios mora, y ellas lo saben. Este
es el conocimiento más cabal, más verdadero, más feliz.6
Pero Agustín conocía el problema ético que
se cierne siempre sobre el hombre pecaminoso. Aunque fue creado para conocer a Dios, el
hombre ha caído y se ha alejado de Dios, y ahora es el esclavo indefenso del pecado.
Antes de que pueda amar a Dios y servirle, es menester que su voluntad esclavizada sea
emancipada Esto es posible sólo por la gracia de Dios en Cristo. Entonces, y sólo
entonces, puede el hombre disfrutar del conocimiento de Dios que es la salvación. De modo
que para Agustín la libertad cristiana significa ser libre del pecado, para conocer a
Dios y servirle.
El sumo bien, por lo tanto, es disfrutar del
Dios que escribe su ley en las tablas de nuestro corazón, y por cuya presencia es
derramado en nuestro corazón el amor de Dios, el cual es el cumplimiento de la ley. Esta
es la libertad que el evangelio de Cristo nos promete.
Nada puede ser mejor que esta bendición,
nada más feliz que esta felicidad: vivir para Dios, vivir en Dios, en quien está la
fuente de la vida y en cuya luz veremos la luz. El mismo Señor se refirió a esta vida al
decir: Esta es la vida eterna; que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a
Jesucristo, a quien has enviado
Seremos semejantes a él... Esta semejanza
principia aun ahora a ser obrada en nosotros, mientras el hombre interior es renovado de
día en día, de acuerdo a la imagen de quien lo creó.7
Por otro lado, escribe Agustín, la
desgracia máxima del hombre es no estar con Aquel, sin quien no puede estar, puesto que,
sin lugar a dudas, el hombre no es sin Aquel en quien es; y sin embargo, si no recuerda, y
comprende, y ama a Dios, no está con Él.8
Esta desgracia es el resultado del pecado, y
esta barrera a la participación en la Palabra es eliminada por el amor de
Dios que es derramado en el corazón por el Espíritu de Dios. El amor es, por lo tanto,
un elemento esencial del sumo bien. Esencialmente, conocer a Dios, y amar a Dios están
ligados en el pensamiento agustiniano del bien supremo. Este amor inspirado por el
Espíritu Santo, guía hacia el Hijo, o sea a la sabiduría de Dios, por medio de quien el
Padre mismo es conocido... Es un amor que pide, un amor que busca, un amor que llama, un
amor que revela, y también, un amor que brinda continuidad en aquello que ha sido
revelado.9
Lo que es más, este amor que es el sumo
bien, es enteramente social. Agustín escribe:
Tú te amas en una manera que guía a la
salvación cuando amas a Dios más que a ti mismo. Lo que entonces deseas o buscas para ti
lo deseas o buscas para tu prójimo, o sea que él ame a Dios con un afecto perfecto. Pues
tú no lo amas como te amas a ti mismo a menos que trates de atraerlo a ese bien que tú
mismo estás buscando... De este mandamiento emanan los deberes de la sociedad humana.10
En las páginas finales de su obra maestra, La
ciudad de Dios, Agustín recalca ese amor social de Dios. Escribe: ¿Cómo
podría la ciudad de Dios principiar o ser desarrollada, o alcanzar su debido destino, si
la vida de los santos no fuese una vida social?11
Aun en la vida futura hay grados y
diversidades, pero no hay envidia, ni agitación, porque Dios será el fin de
nuestros deseos, y Quien será visto por toda la eternidad, amado sin saciedad, alabado
sin cansancio. La comunicación de este afecto, este empleo, será definitivamente, como
la misma vida eterna, algo que todos tendrán en común.12
¿Es posible esta perfección para el hombre
mortal? En su primer tratado sobre el Sermón del Monte, Agustín definió a los
pacificadores que son llamados los hijos de Dios, como aquellos que disfrutan de esa paz
en su interior, y en cuyas almas todo es armonía. Las pasiones están sujetas a la
razón. Aquello que es lo más elevado en el hombre su mente y su razón
domina sin resistencia sobre su cuerpo con sus deseos. La razón misma está sujeta a la
Verdad, el unigénito Hijo de Dios. Esta es la paz de la que disfrutan en la tierra los
hombres de buena voluntad. Estas promesas pueden cumplirse en esta vida, tal como
creemos que se cumplieron en el caso de los apóstoles.13
Pero tal como ya vimos antes, después de su
debate con Pelagio, Agustín se retractó de esta posición. En esa vena escribe:
Nosotros no creemos que los apóstoles,
mientras que vivieron aquí en la tierra estuvieron exentos de la lucha de la carne contra
el Espíritu. Pero sí creemos que esas promesas pueden ser cumplidas aquí tanto como
fueron cumplidas, de acuerdo a lo que creemos, en los apóstoles, lo que equivale a decir
en la medida de la perfección humana, en que ésta puede alcanzarse en esta vida... La
medida es la de la perfección de la que esta vida es capaz, y no en la que esas promesas
han de ser cumplidas en ese día de paz perfecta, cuando se dirá: ¿Ubi est mors contentio tua?14
De modo que entonces hay una perfección relativa
en esta vida. A través de Cristo y la infusión del amor de Dios por el Espíritu
Santo podemos disfrutar del conocimiento de Dios, y experimentar una comunión
transformadora con Él, la que irá obrando un cambio gradual en nosotros, merced al cual
iremos siendo más semejantes de Aquel que es la imagen de Dios. Pero puesto que la
concupiscencia pecaminosa permanece, no podemos gozar de ser libres completamente del
pecado. Agustín escribe: Nadie en esta vida puede ser tan privilegiado que no haya
en sus miembros una ley luchando contra la ley de su mente.
C.
UNA EVALUACIÓN
La debilidad fatal en la enseñanza
agustiniana de la perfección es su tendencia a identificar el pecado original con la
lujuria sexual. Él dice: Hay varias y diversas clases de lujuria, algunas de las
cuales tienen su propio nombre, en tanto que otras no... Sin embargo, cuando no se
especifica un objeto, la palabra generalmente sugiere a la mente la excitación lujuriosa
de los órganos de reproducción.15
Según la teoría agustiniana, Adán y Eva
recibieron el mandato divino de poblar la tierra; en su estado original, antes de la
caída, ellos no conocían la excitación del deseo sexual. Si hubiesen quedado en ese
estado de inocencia, o sin pecado, el hombre hubiera sembrado la semilla, y la mujer
hubiera recibido, tal como hubiese sido necesario, pero los órganos de reproducción
hubiesen sido activados por la voluntad y no excitados por la lujuria.16
Si bien el orgullo (el apetito
de una exaltación exagerada) fue el principio del pecado, la lujuria
fue una consecuencia penal. De modo que esta lujuria es la marca infalible de nuestra
condición caída y continúa siendo la maldición de la humanidad hasta la resurrección.
Agustín interpreta la guerra entre los miembros, tan vívidamente descrita en
Romanos 7, como la lucha entre la voluntad y la lujuria17 y
persiste en la vida del santo más piadoso hasta su muerte, cuando finalmente se
despojará del cuerpo del pecado y de la muerte. Por lo tanto, la naturaleza
pecaminosa o carnal no es algo que pueda ser destruido por un acto de la gracia divina,
sino que es algo constituyente de nuestra humanidad misma, como miembros de una raza
caída.
Esta tendencia a definir el pecado original
como lujuria sexual emana del concepto pagano de que la creación material es mala per
se. Refleja la filosofía dualista que había formado parte de los antecedentes
pre-cristianos de Agustín. El concepto de que el mundo material es esencialmente malo fue
muy prevalente en la antigüedad, y la identificación del pecado con el sexo era parte de
esa manera de pensar. Esta idea no sólo contribuyó al ideal de la virginidad y del
celibato como las verdaderas expresiones de la santidad, sino que también oscureció
innecesariamente la doctrina del pecado original. Le ha sido casi imposible a la iglesia
el deshacerse de la idea de que la carnalidad y la lujuria sexual son prácticamente
sinónimos.
Pero tal identificación del cuerpo humano
con la naturaleza pecaminosa no se encuentra en sitio alguno del Nuevo Testamento. Desde
luego que nuestro cuerpo irredento es el esclavo y la herramienta del pecado. Pero
precisamente el propósito de la muerte de Cristo en la cruz fue librar nuestro cuerpo del
dominio del pecado (Ro. 6:6), a fin de que nos presentemos o consagremos a nosotros mismos
a Dios, y nuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia (Ro.
6:12-13). Puesto que somos los que han saboreado las misericordias de Dios, ahora hemos de
presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios (Ro.
12:1). En otro lugar Pablo escribe: Cualquier otro pecado que el hombre cometa,
está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca (1 Co.
6:18). A continuación el Apóstol les recuerda a los corintios: ¿O ignoráis que
vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros?... glorificad,
pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios (1 Co.
6:19, 20). Enteramente santificados, todo (nuestro) ser, espíritu, alma y cuerpo
(será) guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Ts.
5:23).
Desde luego que el cuerpo, con sus apetitos e
impulsos, es una fuente de tentación. Por lo tanto Pablo escribe: Golpeo mi
cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo yo, para otros, yo
mismo venga a ser eliminado (1 Co. 9:27). Lo natural debe ser sacrificado a lo
espiritual si es que hemos de ganar la corona de la vida. Por esa razón les escribe a los
romanos: Si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis
morir las obras de la carne, viviréis (Ro. 8:13).
Por lo tanto, la conclusión a la que
llegamos es que los deseos del cuerpo, incluyendo el impulso sexual, no son pecaminosos en
sí mismos. El deseo es la esencia de la tentación, pero la tentación no es pecado (Stg.
1:15-16). Tampoco aceptamos que la guerra entre nuestros miembros, tan vívidamente
descrita por Pablo en Romanos 7, sea un cuadro de la tentación, o una lucha entre la
razón y la pasión. En vez de referirse meramente a la sensualidad, la carne aquí
denota a todo el hombre tal como es por naturaleza.18 La vida en la
carne, tal como la describe Pablo en este capítulo, es la experiencia frustrada de
cualquier ser humano que trate de cumplir las demandas de la ley sin conocer y tener los
recursos de la gracia divina que nos brindan mediante Cristo. Así que la carne es
entonces todo el ser del hombre sujeto al pecado.
El interpretar el capítulo siete de Romanos
como la etapa más alta de vida posible para el cristiano es perder completamente el
argumento del Apóstol en Romanos 6 al 8. El propósito de Cristo al venir a este mundo
fue precisamente traer a su fin la esclavitud del hombre al pecado en la carne, al
introducir el reino del Espíritu, de vida y de santidad. Pablo escribe: Mas
vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de
Dios mora en vosotros (Ro. 8:9). La etapa final de la existencia cristiana es la
vida en la que el creyente es libre del pecado; Pablo testifica frecuentemente de esta
vida en el capítulo 8 de Romanos. Por ejemplo:
la ley del Espíritu de vida en Cristo
Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para
la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne
de pecado y a causa del pecado, condenó el pecado en la carne; para que la justicia de la
ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al
Espíritu (vv. 2-4).
Al negar la posibilidad de que el creyente
encuentre tal libertad en Cristo, Agustín no capta ambas cosas, el evangelio cabal de
Pablo, y las implicaciones de su propia doctrina de la libertad cristiana mediante la
gracia.