LA NOCHE DEL VIERNES
Tercera noche de la campaña
Pasaje Bíblico: II Corintios 13: 5
SOBRE PRECIOS Y VALORES
El presidente norteamericano John F.
Kennedy dijo en un discurso: “Los norteamericanos estamos en peligro de
volvernos prisioneros de los precios que hemos fijado a las cosas”. No sé todo
lo que quiso decir, pero creo que la figura es adecuada a un vasto número de
cristianos, y especialmente a aquellos para quienes el precio de la religión
está divorciado de los valores espirituales.
Generalmente es fácil ver el precio
de una cosa, pero es mucho más difícil determinar su valor, sobre todo hoy,
cuando es tan fácil disimularlo.
Leímos no hace mucho tiempo en los
diarios sobre un hombre famoso, entre otras cosas, por su religiosidad. Era muy
estricto en algunos aspectos. No usaba tabaco, ni bebía licores, ni aun
permitía que sus hijos varones nadaran junto con sus hijas. Aparentemente era
muy recto. Pero es el caso que al mismo tiempo manejaba sus dineros en tal
forma que estafó a amigos y enemigos, y al gobierno, de millones de dólares.
¿Qué sucedió? Que estaba tan encadenado por el precio que había fijado a su
religión, que perdió de vista el valor verdadero de lo que verdaderamente
importa.
Un pastor
oró diciendo: “Dios nuestro, perdónanos el ser tan sensibles a lo que no
importa mucho, y tan insensibles a lo que importa todo”. ¿No debiéramos todos
orar así? Es tan fácil ocuparnos de lo secundario, lo transitorio y trivial, y
olvidarnos de lo que es vital, fundamental y eterno.
El profesor de un colegio evangélico
describió la vida de su escuela diciendo: “No tenemos vicios groseros, pero
tampoco tenemos virtudes sobresalientes”. Ningún vicio sórdido, pero tampoco
ninguna virtud sublime. Sensibles a las infracciones menores de la ley, pero
insensibles a las demandas del amor.
Es muy fácil caer presos de la letra
del credo, pero estar vacíos de la relación que debe existir entre lo que
creemos y la manera en que pensamos y hablamos. Me temo que en muchos de
nosotros las experiencias que profesamos disfrutar, y las doctrinas que
afirmamos creer, y las reglas que pretendemos cumplir, no influyen en la vida
diaria.
No tenemos vicios groseros—no
bebemos licor, no bailamos, no jugamos dinero, no fumamos, ni tampoco contamos
anécdotas inmorales. Pero, ¿tenemos algunas virtudes cardinales? Ni esto ni
aquello; ni fríos ni calientes… ¡tibios! Hemos diluido la vida interior al
punto de que no hay gozos, ni aventuras, ni espíritu intrépido. Nos hemos
negado los goces desabridos del pecado, pero no gozamos las emociones profundas
de una gran integridad, de una dedicación sin límites, ni la satisfacción
indescriptible de una comunión personal íntima con el Señor Jesús.
El Maestro advirtió repetidamente
sobre este peligro mortal. Mencionó la actitud farisaica de colar el comino
pero pasar el camello. Sentenció que si nuestra “justicia” no supera la de los
fariseos, no podremos entrar a su reino. Explicó que los fariseos equivocaron
el objetivo de la religión y cayendo presos de los precios que ellos mismos
fijaron a la religión se quedaron carentes de los verdaderos valores
espirituales.
Los fariseos de siempre son quienes
trastocan las cosas y volviéndose insensibles a lo que importa, y sensibles a
lo que no importa, pierden de vista lo fundamental. Los fariseos no tenían
vicios abominables, pero tampoco virtudes excelsas. Durante todo su ministerio
el Maestro luchó contra esta situación, y no obstante, como ha dicho el
escritor Elton Trueblood, “Una de las ironías de la historia es que la religión
cristiana haya producido tantos casos de lo que el Salvador combatió”.
También Pablo escribió sobre esto.
Su más sublime declaración del problema es el capítulo trece de su Primera
Carta a los Corintios. Pero me parece que expuso mejor el problema en el
capítulo trece de su Segunda Carta a los Corintios: “Examinaos a vosotros
mismos si estáis en la fe”.
Si un pastor preguntara a sus fieles
cuales son los puntos esenciales de la religión y de la comunión con Cristo,
recibiría tantas respuestas como fieles tuviera. Pero hay Uno cuya lista de
puntos esenciales a la vida espiritual es final, el Señor Jesús. ¿Qué consideró
El como esencial? ¿A qué cosas dio énfasis en su ministerio?
Aun la lectura más somera de los
Evangelios saca a la luz un “punto”, un asunto, una verdad que Jesucristo
recalcó desde el principio de su ministerio. Y puesto que El mencionó esto en
primer lugar, mencionémoslo nosotros también: el arrepentimiento (Léase
Marcos 1: 14-15).
Jesús vino predicando el
arrepentimiento. Para El era básico. Una de las causas por qué hay tantos
cristianos superficiales, tibios, raquíticos, es que no quieren comenzar por
aquí.
“Arrepentíos”, exhortó el Maestro,
“y creed al evangelio”. Observe el orden: el arrepentimiento precede a la fe.
Nadie puede tener fe eficaz si primero no se arrepiente.
Por eso celebraciones tales como “El
Día Mundial de Oración”, no producen impacto en las condiciones mundiales,
porque muchos de los que oran debieran primero caer de rodillas y arrepentirse.
Entonces podrían orar con fe. Y por eso también muchos que oran por la
salvación de sus seres amados no obtienen respuesta—primero deberían examinar
sus corazones y comprobar si necesitan arrepentirse. Es imposible tener fe
efectiva cuando hay pecado sin confesar.
“Si no os arrepentís,” dijo el
Señor, “todos pereceréis”. Pero hoy día decimos, “Si no tenemos armas
nucleares, todos pereceremos”. O, “Si no elegimos a tales o cuales personas al
poder político, todos pereceremos”. O, “Si no invertimos millones en combatir
la pobreza o fomentar la educación, todos pereceremos”. Pero Jesús insiste: “Si
no os arrepentís, todos pereceréis”.
Toynbee, el famoso historiador
inglés, nos recuerda que desde que Cristo nació se han levantado veintiún civilizaciones,
y dieciséis han perecido, no por fuerzas externas, sino por la corrupción
interna. Nadie es el hijo favorito de Dios. Si no nos arrepentimos, todos
nosotros, todos los seres humanos, pereceremos. Ni todas las bombas, ni todos
los miles de millones de pesos y dólares nos salvarán. Todavía está en vigor la
ley de que la justicia engrandece a las naciones, y que el pecado destruye
a los pueblos.
¿Qué quiso El decir por
arrepentimiento? ¿Asistir a las reuniones de oración, aprender de memoria
algunos versículos bíblicos, recibirse como miembro de una iglesia, bautizarse?
¿Quiso decir pasar a un altar durante una campaña de evangelismo y vivir según
ciertas normas de moralidad?
No. Se refería a una completa
confesión de todo pecado. Si queremos perdón completo, necesitamos una
confesión total (I Juan 1:9). Uno de nuestros problemas es que hemos perdido el
sentido de lo horrendo del pecado. Estamos confusos, y con frecuencia los
pecadores que deberían sentirse inmundos y contaminados, se sienten muy cómodos
en nuestras iglesias.
Una dama que frecuentemente da
conferencias en escuelas públicas, dice que ya no usa expresiones como “lo
bueno,” y “lo malo,” porque no significan nada para la juventud moderna. Más
bien dice que esto o aquello es “inteligente”, o “ignorante”. Los sicólogos y
muchos predicadores hablan de los “desajustes”, de “enfermedades”, de
“desequilibrio glandular”. No hay que decirle a un hombre que es pecador porque
puede sentirse mal, y aun “pescar un complejo”. ¡Con razón hemos perdido el
sentido de lo horrendo del pecado!
Lo malo es que al cambiar los
términos no borramos el problema. Tampoco lo resolvemos. Nuestras mezquinas
opiniones no alteran la ira de Dios contra el pecado. Por eso Jesucristo
comenzó su ministerio insistiendo: “Arrepentíos”, y no, “Pensad
positivamente”, ni “Desechad vuestros complejos”, ni “Tomad un calmante”.
Más aún, El no insistió solamente en
una confesión total del pecado, sino en su abandono total. Por supuesto,
Dios ha demandado esto desde el principio (Isaías 55: 7). Nadie tiene que
esperar hasta recibir el Espíritu Santo para abandonar el pecado. Si de veras
se arrepiente, lo abandonará del todo. Este aspecto cardinal del arrepentimiento
señala la superficialidad de muchos esfuerzos por “ganar almas”. A un
inconverso se le pregunta: “¿Crees tú que Dios promete salvarte? Pues entonces
¡ya eres salvo!” Y el pecador se va tan pecador como vino, la diferencia es
que ahora es un pecador que sabe de memoria un versículo de la Biblia. Pero
hasta los diablos conocen la Biblia, y tiemblan. Sin embargo, no poseen una fe
salvadora.
Creer no es tener fe. Es necesario
creer, pero antes que podamos ejercer la fe, es indispensable arrepentirse
de los pecados, y abandonarlos. La salvación no es meramente por el creer,
sino por medio de la fe (Efesios 2:8-9).
¿Por qué nos sorprendemos al saber
que muchos que han pasado al altar regresan al pecado? ¿Acaso no obtuvieron su
salvación de la manera más fácil? La verdad desnuda es que nadie cimienta una
relación vital con Jesucristo si no se arrepiente de sus pecados, y nadie se
arrepiente de sus pecados sino hasta que está profundamente convencido de
ellos. Sólo quienes sienten todo el peso del pecado claman: “¿Qué debo hacer
para ser salvo ?“ Esta convicción la da sólo el Espíritu Santo; y sólo el
arrepentimiento más genuino produce una conversión real; y sólo los
verdaderamente convertidos pueden ser bautizados con el Espíritu Santo y recibir
la entera santificación.
Desechemos, pues, esas conversiones
fingidas, esos arrepentimientos afectados, y ese cristianismo espurio. Paguemos
el precio de una convicción producida por el Espíritu Santo que hace a los
pecadores caer de rodillas verdaderamente arrepentidos. Sólo entonces se convertirán
en verdad, y vivirán un cristianismo auténtico, consistente y duradero.
No he mencionado sino un “punto
fundamental:” el arrepentimiento. No es casualidad que Cristo lo haya mencionado
primero pues es la base de un edificio sólido y firme que jamás derrumbarán las
tempestades de la vida. Por demás está hablar al mundo de la vida espiritual
cuando no ha comenzado a vivirla. Es una pérdida de tiempo hablar del
crecimiento en la vida cristiana cuando la gente que nos oye ni siquiera ha
nacido de nuevo (I Corintios 2:14).
EL DOMINGO EN LA MAÑANA
Primer domingo de la campaña
Pasaje Bíblico: Apocalipsis 2: 2-5
LA GOTERA DEL AMOR
El doctor Louis Evans, prominente
ministro presbiteriano, dijo: “Para nuestros abuelos la religión era una
experiencia; para nuestros padres fue una tradición: para muchos hoy día se ha
vuelto algo conveniente”. De experiencia, a tradición, a algo conveniente… Qué
lamentable dilución! Lo más trágico es que esto acontece no sólo de una
generación a otra, sino dentro de una misma vida.
Para muchos la religión fue en un
tiempo una experiencia real; un encuentro personal con Dios en Cristo: una
entrega total a El. Era algo personal, radiante, aventurado, satisfactorio.
Pero con el tiempo aquella religión se tornó tradición—todavía se ocupaban en
cosas religiosas porque así lo habían hecho siempre—y la vida espiritual
descendió a rutina, a hábito. Por fin, la religión se quedó en algo que
conviene, algo cómodo, que se hace si no molesta. Si hay tiempo, y no molesta
atender a las cosas de Dios, de acuerdo: si no, pues, ¿qué podemos hacer sino
dejarlo para “un día de estos”?
En cualquier congregación pueden
observarse estos tres niveles. ¿En cuál nivel vive usted? No en cuál debería
vivir, ni en cuál sabe que ha vivido antes, sino ¿en cuál vive hoy?
Se ha dicho atinadamente que la fe
cristiana no es suscribirse a un credo, sino enamorarse de una Persona. Si así
es, la vida espiritual cristiana es primordialmente una relación de amor. Un
estar enamorado de Dios en Cristo. Cuando la religión es una experiencia,
nuestro amor es ardiente y se acrecienta; cuando es una tradición, nuestro amor
es tibio y mengua: cuando es algo conveniente, el amor se enfría y al fin
muere. A esto se refería el Señor cuando reprendió a aquella iglesia
diciéndole: “Tengo contra ti que has dejado tu primer amor.” O como lo dice
otra traducción: “Que ya no me amas como me amabas antes.”
La prueba
suprema de cualquier relación es la del amor, y una de las características
obvias y principales del amor es que busca expresarse por todos los medios.
Aquellos de ustedes que se han enamorado alguna vez, recuerdan en cuantas
maneras buscaban expresar su amor. Pero todo amor humano es un reflejo del amor
divino, el cual también busca expresarse (Juan 3: 16). Jesucristo es Dios
diciéndole a la humanidad: “¡Te amo!”
Examinemos,
pues, ahora, la respuesta de nuestro corazón al amor de Dios expresado en
Jesucristo, y con la ayuda del Espíritu Santo pesemos la intensidad de nuestro
amor a Cristo según lo expresamos mediante la doctrina, la disciplina y la
devoción.
I. MEDIANTE
LA DOCTRINA.
Cuando la
religión es una experiencia, hay una profunda intensidad en nuestros
sentimientos hacia las doctrinas que creemos. Uno de los primeros síntomas de
que la religión se está volviendo tradición, o algo conveniente, es la
indiferencia a la doctrina.
Conocí a un
joven predicador de mucha promesa, que comenzó a descuidar la doctrina y pronto
se unió a grupos religiosos liberales. Ahora está fuera del ministerio y
confiesa que no cree en un Dios personal, ni en la deidad de Cristo, ni en la
realidad de una experiencia espiritual. Es como se ha dicho: Cuando alguien se
lanza desde el décimo piso de un edificio, no se detiene sino hasta que llega
al suelo.
Mas no todos los que se han vuelto
indiferentes a la doctrina han abandonado la Iglesia. Hay algunos que ya no
creen las doctrinas de la Iglesia, y otros que no sienten el mismo fervor hacia
ellas, pero que permanecen dentro. Todavía asisten por razones sentimentales o
de familia, pero consideran a la iglesia como una de sus actividades sociales.
Nuestros
abuelos y padres pagaron un elevado precio por sus creencias, mas hoy día
algunos están dispuestos a vender su credo por las algarrobas de la popularidad
y el respeto social. Nuestros padres fueron perseguidos por su fe, pero hoy
muchos no quieren que nadie los avergüence. No es que tengamos mejores
doctrinas, sino que se nos han escurrido porque nuestras manos se han hecho
suaves, y nuestros espíritus enclenques.
Algunos,
profesando creer todavía las doctrinas de la Iglesia, están, no obstante,
dispuestos a vender su valiosa herencia doctrinal por las migajas de algunos
dizque teólogos modernos a quienes no les importa un bledo lo que creemos.
Pero cuando hayan pasado todas las teorías y mentadas “nuevas
interpretaciones”, las grandes y eternas doctrinas de la Iglesia estarán
todavía llamando a los pecadores al arrepentimiento.
¿Por qué soy
evangélico? Por la doctrina. Creo totalmente en lo que la Biblia dice
en cuanto a qué es el hombre y por qué, y qué puede llegar a ser, y
cómo. Debemos pedir a Dios que nos dé más hombres y mujeres que estén bien
cimentados en la doctrina, porque cuando la religión es una experiencia, la
doctrina importa mucho. Necesitamos hoy un avivamiento de énfasis doctrinal que
produzca el ambiente adecuado en que nuestro pueblo pueda hablar sin vacilación
ni excusas, sobre lo que creemos.
También
debemos medir la intensidad de nuestro amor por Cristo.
II. MEDIANTE
LA DISCIPLINA.
Por supuesto
que no es suficiente creer algo. Los fariseos eran muy fieles a sus doctrinas,
pero Jesús les preguntó: “¿Qué hacéis más que los demás?” Y Juan
nos exhorta en su primera carta a expresar nuestro amor por Cristo no sólo con
palabras, sino con hechos. Podemos, entonces, medir la intensidad de nuestro
amor a Cristo por la disciplina de la mayordomía.
Por ejemplo,
la mayordomía de nuestro tiempo. Algunos han tirado una raya donde termina lo
que conviene y comienza el sacrificio. Han determinado no pasar más allá de esa
raya. Si no me incomoda asistir a la iglesia, a la reunión de oración, a la
sociedad misionera, etc., iré. Si me incomoda, no me esperen. Algunos que
profesan ser salvos y aun llenos del Espíritu Santo, están dispuestos a asistir
a los servicios de una campaña de evangelismo si no hay inconveniente. Mi
amigo, si Cristo hubiera pensado igual, nunca hubiera venido al mundo.
Y ¿qué me
dice de la mayordomía de nuestro dinero? Este es uno de los mejores
instrumentos para medir nuestro amor a Cristo. Cuando la religión es una experiencia,
preguntamos: “¿Cuánto puedo dar para la obra de Dios?” Cuando se ha vuelto una
tradición, preguntamos: “¿Cuánto están dando los demás? ¿Cuánto hemos dado
antes?” Y nuestra vida espiritual está por los suelos cuando decimos:
“Yo no voy a dar tanto. Y, además, me molesta que todos los domingos recojan
tanta ofrenda”.
El diezmo es
muy poco dar a Aquel que lo dio todo. Nadie da un céntimo a Dios,
sino hasta que ha depositado su diezmo, pues el diezmo es del Señor. Y
Dios nos pide los diezmos y las ofrendas.
Nadie puede
decirle a usted cuánto debe dar para la causa del Señor, pero lo que sí puedo
decirle es que la bendición y el gozo de Dios en su corazón permanecerán
mientras le dé a Dios todo lo que El pida.
Y también,
podemos medir la intensidad de nuestro amor por Cristo, según lo expresamos:
III. MEDIANTE LA DEVOCION.
Nuestra vida devocional es nuestra
comunión de amor con Dios. Cuando la religión es una experiencia, los momentos
más dulces y preferidos son los pasados con Dios en oración o leyendo su
Palabra. Cuando la religión se hace tradición, seguimos “repitiendo” nuestras
oraciones, pero pierden “sabor” y significado, y la Biblia pierde su atractivo.
Y cuando por fin la religión llega a lo conveniente, oramos sólo cuando nos
conviene, lo que quiere decir que perdemos el contacto con Dios por semanas y
meses. Y la Biblia permanece cerrada. Todavía nos llamamos “cristianos”, y
llamamos “hermanos” a los de la iglesia, y guardamos algunas reglas de conducta
moral, pero no hay comunión ninguna con Dios.
El famoso
sicólogo William James dijo: “Para la mayoría de la gente la religión es un
hábito aburrido, siendo que debería ser una fiebre aguda”. ¡Cuán cierto es!
Para la
mayoría este desliz de una experiencia real, a una tradición y a algo
conveniente, no es algo súbito. Es más bien un proceso lento. Un anciano pastor
de ovejas dijo que ninguna oveja brinca el cerco y se va de pronto a perderse.
No, sino que poco a poco se va alejando mientras come hasta que se pierde del
pastor. Así sucede con nosotros. Nadie decide de pronto: “Me voy a perder en el
pecado”. Lo que acontece es que nos vamos involucrando más y más en un
enjambre de ocupaciones seculares en el trabajo, la escuela, la oficina o el
hogar—en cosas que no son necesariamente perversas, sino hasta
responsabilidades legítimas—hasta que un día descubrimos que hemos perdido de
vista al Pastor de nuestras almas, y que nuestro corazón está frío.
En cierta
campaña de evangelismo, una noche se acercó al altar un laico importante de la
iglesia. Era miembro de la junta oficial, maestro de escuela dominical, fiel
miembro de la iglesia. Antes de arrodillarse, se volvió a la congregación, y
dijo: “Creo que todos aquí me conocen y saben que he procurado vivir una vida
buena. Pero desde hace varios meses he comprendido que no hay victoria en mi
corazón como antes. No me he entregado al pecado; ni siquiera he tenido deseos
de hacerlo. Pero esta noche Dios me ha mostrado que entre El y yo se ha estado
desarrollando un distanciamiento, y que por esta razón no he podido ganar a
otros para Cristo. No porque me haya vuelto malvado, sino porque soy un
cristiano que no está en el nivel espiritual que le corresponde. Por eso
quiero venir al altar a orar. Y si hay alguno aquí que reconozca estar en la
misma condición mía, le ruego que se una a mí para que oremos juntos”.
Ante aquella
invitación, un número grande de hombres, mujeres y jóvenes se levantaron y
pasaron a orar. ¿Otros miembros de la junta oficial? Sí. ¿Otros maestros de
escuela dominical? Desde luego. Nadie es inmune al peligro del enfriamiento
espiritual. A veces, sin darnos cuenta se entra a nuestras almas un
adormecimiento, un resfrío espiritual, y ya no somos lo que éramos. Posiblemente
no hayamos perdido todavía a Dios, pero estamos en camino de perderlo.
Quizá ahora
mismo el Señor Jesús le esté diciendo a usted: “Tienes muchas cualidades dignas
de admiración, eres fiel a la doctrina, eres activo en la iglesia, pero tengo
algo contra ti: que ya no me amas como me amabas antes”.
Y gracias a
Dios que no viene a nosotros con un garrote ni con un látigo, sino con ternura
y amor, para regresarnos de una religión de tradición o comodina, a una
relación, a una comunión, íntima, satisfactoria, profunda y gozosa con El.
EL DOMINGO EN LA NOCHE
Primer domingo de la campaña
Pasaje Bíblico: Eclesiastés 8: 11-13
APLAZANDO LA EJECUCION
Hace algunos años todo el mundo se
enteró que Charyl Chessman, criminal norteamericano, había sido sentenciado a
muerte en California, Estados Unidos. Este individuo recibió la sentencia de
muerte, pero valiéndose de subterfugios legales obtuvo el aplazamiento de la
ejecución muchas veces, durante once años y diez meses. Pero al fin lo
ejecutaron en la cámara de gas de la famosa prisión de San Quintín. Aunque
repetidamente se aplazó la ejecución, al fin él tuvo que pagar por sus
crímenes.
Pensando en aquel criminal recordé
este pasaje bíblico, y también las palabras del escritor Roberto Luis Stevenson:
“Todos tenemos que sentarnos un día a un banquete de consecuencias”. Chessman
se sentó… en una cámara de gas, y su platillo fue una cápsula de un gas mortal.
En este pasaje, Salomón apunta a
varias verdades y advertencias que se ilustran a través de las Sagradas
Escrituras.
En primer lugar, el pasaje nos
recuerda que,
I. EL
PECADO ESTA SIEMPRE BAJO SENTENCIA.
Si algo dice la Biblia, es que todos
debemos arrepentimos, o tarde o temprano pagaremos el precio del pecado. Ya se
ejecute la sentencia temprano o dilatadamente, sin duda se ejecutará.
En algunos casos se ejecuta pronto.
Por ejemplo, en el Antiguo Testamento, la mujer de Lot fue castigada en el
momento mismo de su desobediencia (Génesis 19: 26). En el Nuevo Testamento,
Ananías y Safira murieron tan pronto pecaron (Hechos 5: 5). La ejecución fue no
sólo horrible, sino también inmediata.
Pero en la mayoría de los casos bíblicos,
como en la vida de actualidad, Dios aplaza la ejecución de la sentencia contra
el pecado.
Por ejemplo, Achab. Sus años de
pecado lo alcanzaron (I Reyes 21: 17-22). También recordemos a Jezabel, la
perversa reina. Pensó que podía desafiar impunemente a Dios, sus leyes y sus
profetas, pero llegó el día en que tuvo que pagar. Todo el que lea la Biblia
encontrará que Dios nos advierte que el pecado está sentenciado, y que tarde o
temprano la sentencia se ejecutará. El juicio siempre se hace sobre toda alma y
todo pecado.
Cuando miramos a nuestro derredor,
observamos que no todos los crímenes son descubiertos, mucho menos castigados.
Y aunque se juzgue y sentencie a un criminal, no siempre se le ejecuta de
inmediato. No siempre derrocan pronto al tirano ni al dictador. No siempre se
descubre y castiga pronto al comerciante ladrón. No llega un hombre a vivir
tirado en la calle de borracho de la noche a la mañana. No sufre el hipócrita
las consecuencias dentro de una semana.
Imagine cuántos culpables nunca han
sido descubiertos ni juzgados. Hasta hoy, sólo Dios y ellos saben de sus
crímenes. Pero Dios lo sabe y ya ha sentenciado la pena que deberán sufrir.
Cuántos, también, son culpables de inmoralidades, pero como nadie los ha
descubierto, no han sido juzgados. Pero Dios no ignora ese pecado y ya lo ha
juzgado y sentenciado. Mientras tanto, el individuo inmoral vive un engaño, una
farsa.
Cuántos también son culpables de mal
manejo de fondos, pero nadie los ha descubierto ni han sido juzgados.
Aparentan ser ciudadanos decentes, pero viven dominados por el temor de ser
descubiertos. Y cuando se les descubre, los amigos se sorprenden y la familia
pasa vergüenzas.
Así le pasó a una mujer muy
respetada por todos, que ocupaba prominente posición en un banco, y era muy
diligente en la iglesia y organizaciones caritativas. Mas un día se descubrió
que había estafado al banco por más de trescientos mil dólares. O piense en
aquel otro prominente hombre de negocios, destacado en deberes cívicos, quien
confesó haber robado más de sesenta mil dólares a sus patrones.
Mucho antes de que los tribunales
civiles sentenciaran a estas personas, Dios ya los había sentenciado, pues todo
asesino, todo adúltero, todo mentiroso, todo ladrón, todo blasfemo, todo el que
practica el pecado, está ya sentenciado por Dios, sea que las autoridades
humanas lo descubran o no.
¿Quién sabe si alguno me escucha
ahora y es culpable de un crimen que nadie ha descubierto, o de un adulterio
que permanece secreto, o de un robo de dinero o propiedades que no se ha
notado todavía, o de otros pecados igualmente inmundos? Permítame decirle a
esta persona con toda bondad que aunque su familia jamás descubra su pecado, ni
lo lleguen a saber sus amigos, ni se denuncie a la policía, su pecado no es un
secreto. Dios lo conoce y ha pronunciado la sentencia de castigo, y sólo falta
que se ejecute. No crea que si se aplaza es porque Dios lo haya olvidado. No.
Hay que pagar ineludiblemente. Todo pecado que usted ha cometido, si no se
borra con la sangre de Cristo, debe sufrir el castigo.
Además, el pasaje bíblico nos
recuerda que,
II. DIOS
EN SU MISERICORDIA, APLAZA A VECES LA EJECUCION DE UNA SENTENCIA SOBRE EL
PECADO DESEANDO ATRAER AL PECADOR Y DARLE TIEMPO PARA QUE SE ARREPIENTA.
Dios nunca ha dicho que castigará el
pecado tan pronto se corneta. ¿Qué hubiera sido de David en ese caso? Pero,
misericordiosamente, Dios pospuso la ejecución, y se nos dice que David al fin
oró: “Oh Jehová… ten misericordia de mi” (Salmo 27: 7). ¿Qué hubiera sido,
también, de Pedro si Dios lo hubiera castigado en el instante de su negación?
Sin embargo, lloró amargamente y se arrepintió (Lucas 22: 62).
Así sucede con nosotros. Dios
misericordiosamente aplaza la ejecución de la sentencia, esperando que el pecador
despierte a su condición y se arrepienta. ¿Cómo procura Dios llamar y despertar
al pecador? Mediante su Palabra, sus providencias y su Espíritu Santo.
La Palabra de Dios es como espada de
dos filos que corta nuestras pretensiones, penetra las capas de nuestros
prejuicios, y quita todo lo que hemos echado sobre nuestros pecados para
ocultarlos, revelándonos tal cual somos en verdad. Pero esa Palabra también
atrae poderosamente el corazón humano hacia Dios y nos entera del amor de Dios
y la hermosura de Jesucristo. Dios puede alcanzarnos, y lo ha hecho muchas
veces en muchas vidas, a través de su Palabra, y transformarnos. Sirva como
Espada, como Red o como Imán, la Palabra de Dios alcanza el corazón del hombre.
También Dios procura atraer al pecador
por medio de sus providencias. ¿Acaso no ha sido Dios bueno con usted? Piense
en los que están orando por usted. Recuerde la gracia inmerecida de Dios
durante las crisis de la vida, en casos de urgencia, en tiempos de enfermedad,
en ocasión de algún accidente. Usted ha orado entonces, y Dios le ha
respondido, no porque esté obligado a hacerlo pues la única oración que Dios ha
prometido contestar a un pecador es la oración de arrepentimiento y confesión.
Pero en su gracia infinita Dios ha contestado y usted debería deponer sus
armas, desistir de su dureza, y abrir el corazón a Dios.
Recuerde también cómo Dios le ha
concedido que las buenas nuevas del evangelio lleguen hasta usted. ¿No ha sido
El bueno al permitirle escuchar tantos mensajes, tantos himnos, y llamarlo
tantas veces a pasar al altar y rendirse? Multitudes sin cuenta no han tenido
una sola oportunidad de escuchar un sermón, de asistir a un servicio, de
escuchar un himno, de recibir una invitación al altar. ¡Qué bueno ha sido Dios
con usted!
Pero no olvide que toda oportunidad
implica responsabilidad. Dios le pedirá cuentas de cómo ha respondido usted a
todas sus misericordias (Lucas 12: 48). Las providencias, las misericordias, de
Dios, lo atraerán hacia El o lo alejarán de El, y de usted depende lo que
suceda. Sin embargo, a pesar de tanta misericordia, muchos rehúsan abrir su
corazón al Maestro y rendir su vida a Dios. Endurecen el corazón y enmudecen el
espíritu. El resultado es que en vez de acercarse a Dios, se alejan más y más
de El.
Además, este pasaje bíblico nos
recuerda que,
III. MENOSPRECIAR
EL AMOR DE DIOS ES MIL VECES PEOR QUE DESOBEDECER SU LEY.
Quebrantar los mandamientos
(maldecir, mentir, robar, ser inmoral, etc.) es pecar contra la ley de Dios.
Pero rechazar al Hijo de Dios, despreciar la misericordia de Dios, repudiar su
perdón, resistir a su Espíritu Santo, todo esto es pecar contra el amor de
Dios. Este es el pecado más grave imaginable.
Alguno pensará que porque Dios no le
castiga luego El es indiferente al pecado. No; la paciencia de Dios no
significa indiferencia. O quizá piense usted que se deba a que Dios es
demasiado bueno para castigar a alguien. No; lo que sucede es que El lleva
cuenta exacta de los pecados de usted. Y aunque la sentencia contra esos
pecados no se ha ejecutado, ya se ha dado y es inevitable.
La peor mancha en su expediente es
la lista de ocasiones cuando usted ha rechazado la misericordia del Señor, se
ha rehusado a humillarse, ha despreciado su amor, y ha resistido al Espíritu
Santo. Todos los pecados contra otros seres humanos son nada comparados con el
pecado de repudiar la gracia de Dios y a su Hijo Jesucristo.
Dios dice que aunque usted peque
cien veces y viva largos días, quizá la vez número ciento uno llenará la causa
en contra suya y vaciará la ira de Dios sobre usted. Usted puede rechazar cien
invitaciones al altar, y pensar que porque parece que Dios no hace nada, usted
se está saliendo con la suya. Pero quizá sea en la invitación número ciento uno
cuando Dios retire su Espíritu de la puerta del corazón de usted, y su ira se
deje sentir.
El rey Saúl era el ungido de Jehová,
pero un día comenzó a endurecer su corazón y a pensar que por ser rey la ley
de Dios no se aplicaba a él. Dios le llamó la atención, y primero Saúl, tierno
aún en su corazón, lloró y confesó: “He pecado”. Sin embargo, siguió endureciendo
su corazón y pensó que porque Dios no lo castigaba luego, nunca lo haría. Cuán
equivocado estaba. Dios llevaba cuenta exacta de sus maldades hasta que un día
dijo: “Basta. Este hombre ha despreciado mi misericordia por última vez”.
Entonces retiró su Espíritu del corazón de Saúl al punto de que el rey lo notó
y exclamó: “Dios se ha apartado de mi, y no me responde más” (I Samuel 28: 15).
Si Dios
abandonó a su suerte a un hombre que El había escogido y ungido, y a quien
había honrado tanto como a Saúl, ¿qué le hace pensar a usted que Dios hará una
excepción en su caso? ¿Acaso cree que Dios lo dejará despreciar su
misericordia, endurecer su corazón, y resistir a su Espíritu, sin castigarle
como merece? Dios no hace acepción de personas, ni en su misericordia ni en su
ira. Si usted peca contra Dios, sufre las consecuencias. Tarde o temprano, pero
las sufre.
Pero,
escúcheme, tengo buenas nuevas para usted. Aunque esté ya sentenciado por todos
sus muchos pecados, hay una manera de evitar el castigo: la cruz. Usted puede
venir al pie de la cruz de Cristo, y allí confesar sus pecados, abandonarlos,
creer en Dios mediante Jesucristo, y ser perdonado. En ese momento Dios borrará
sus pecados, todos, con la sangre de Jesús, y usted podrá levantarse no como
un hombre sentenciado a muerte, sino como un criminal perdonado y puesto en
libertad.
Sin embargo,
usted todavía puede también rechazar este amor, menospreciar esta misericordia,
resistir al Espíritu. Pero quizá esta sea la vez número ciento uno que usted
le rechaza, y el Señor retirará entonces su Espíritu y ejecutará la sentencia
sobre sus pecados. El juicio de Dios es fulminante, rápido como relámpago. El
juicio aplazado no es juicio olvidado.
Dios dice
que al impío no le irá bien, en esta vida, ni en la hora de la muerte, ni en el
día del juicio, ni por toda la eternidad.
EL LUNES EN LA NOCHE
“Noche de la Iglesia”
Se pide
de antemano la presencia de todos los oficiales de la iglesia. En el servicio
pueden sentarse en el coro, o la plataforma, o las primeras bancas. El pastor
los presentará durante el culto. Se presentará también a todos los miembros de
la iglesia local, y de otras iglesias que estén de visita. Breves palabras
sobre la importancia de la membresía en la iglesia.
Pasaje Bíblico: I Corintios 13
UNA
RELIGION REAL
Siempre que
me encuentro en un grupo religioso me pregunto: “¿Qué significa la religión a
todos estos ?“ A veces visito iglesias católicas y cuando veo a los fieles
rezando con su rosario, me pregunto: “¿Qué significa para ellos todo esto? ¿Qué
impacto, qué consecuencias, tiene su religión en la vida diaria de ellos ?“ Lo
mismo me he preguntado al observar a los musulmanes en Turquía, a los
indígenas de Sudamérica, a los budistas del Japón y de Hawaii, y a los
feligreses en templos de los Estados Unidos.
También me
he hecho esa pregunta en muchas de mis campañas al observar las congregaciones.
¿Qué significa todo esto para ellos? ¿Cómo les ayuda su religión a afrontar la
vida diaria?
Si yo le
preguntara a usted qué significa realmente su religión, ¿qué respondería? ¿Me
contestaría con expresiones de rutina? Espero que no. Hay cuando menos cuatro
maneras de probar la validez, la realidad, el significado de nuestra religión:
la prueba intelectual, la emocional, la ética y la de la experiencia. Algunos
dan más énfasis a una que a las demás, y eso es peligroso porque se pierde el
equilibrio, pero cuando se conserva el equilibrio entre estos cuatro aspectos,
la religión es algo real, significativo, satisfactorio.
I. LA
PRUEBA INTELECTUAL.
Hay personas
que dicen: “Para mi la religión es algo mental. He decidido no creer nada que
mi inteligencia no pueda probar”. ¡Cómo se empobrece la vida de quienes así
piensan! No quieren entender que cuando la mente llega hasta el límite máximo a
que la razón puede conducirla, todavía la mente puede dar el paso de la fe y
vislumbrar realidades jamás soñadas ni experimentadas por la razón ni la
lógica.
Debemos
asegurarnos de llegar hasta el límite de la razón y la lógica, pero no
detenernos allí pues nadie obtiene la experiencia de un encuentro con Dios por
la razón sola. Quizá la lógica pueda ofrecernos las supuestas pruebas de la
existencia de Dios, pero nadie puede experimentar a Dios sino por la fe. Como
se ha dicho, el corazón sabe razones que la razón ignora.

Algunos sostienen que la razón
y la fe se contradicen. No es así. No son como dos círculos (véase la figura)
separados y en tensión, sino como un círculo pequeño llamado “razón” dentro de
otro más grande llamado “fe". La fe no contradice a la razón,
sencillamente abarca mucho más. Si no lo hiciera, no sería fe, sería razón.
Debemos
aprender todo lo posible, estudiar cuanto podamos, meditar hasta el límite. La
verdad no se opone a Jesucristo, puesto que El es la verdad, y la verdad nunca
se contradice. Pero las personas que limitan la religión a la esfera mental, se
vuelven fríos y vanidosos; les preocupa tanto la “honradez intelectual” que no
disfrutan de la gloria y la grandeza de la realidad espiritual. En su vanidad y
arrogancia cierran ellos mismos la posibilidad de llegar a la realidad
espiritual, la cual sólo los humildes alcanzan.
También hay
otros que dicen que la religión no es asunto mental, sino que exigen
II. LA
PRUEBA EMOCIONAL.
Es imposible
divorciar la emoción y la religión. Se ha pretendido hacerlo, pero no se puede.
Nadie puede poseer una verdadera comunión personal con Cristo sin conmoverse
emocionalmente. ¿Quién puede pensar seriamente en la Cruz, su sangre, y su
amor, sin emocionarse?
Nunca
faltan, por supuesto, en cada congregación los que alegan: “Bueno, es que yo
soy el tipo de persona callada, quieta, fría”. Está bien; en todas las
ciudades hay miles de esos, muy callados, muy quietos, muy fríos, ¡y a tres
metros bajo tierra! Porque donde hay vida, se expresa. Donde hay vida
espiritual, hay expresión espontánea y fervorosa de ella. La expresión será
tan original como la persona, pero no faltará.
Sin embargo,
es peligroso basar nuestra religión en las emociones por cuando menos dos
razones: Primera, que uno puede caer en la rutina de responder sólo a
ciertos himnos, a cierto tipo de sermón, o a cierta clase de servicio
religioso. Y eso no es malo, pero el peligro reside en que después uno bien
puede reaccionar a esos estímulos aunque se haya perdido ya la experiencia
espiritual. Y segunda, que es fácil acostumbrarse a sentirse uno
religioso por temporadas ya sea que esté bien con Dios o no. La naturaleza
humana es como un péndulo, siempre oscilando, y el que depende de cómo se
siente para definir su experiencia espiritual, siempre tendrá altas y bajas en
su religión, porque las emociones fluctúan constantemente.
Las
emociones, pues, no son un termómetro de que podamos depender para juzgar
nuestras relaciones con el Señor. El peligro, además, no es ser muy emocional,
sino lo contrario, ser tan frío que Dios no pueda inundar de bendición el
corazón.
Después encontramos
a otros que dicen: “Pues para mí la religión no es asunto mental ni emocional,
sino moral”.
Examinemos
entonces,
III. LA
PRUEBA DE LA ETICA.
Esta es la
única clase de “religión” que muchos conocen. Les preguntamos cómo saben que
son cristianos, y responden: “Es que vivo bien. No le hago mal a nadie. Ayudo a
los pobres”. Es sólo asunto de ética, de moralidad.
Nadie niega
que debe recalcarse el aspecto positivo de la moral cristiana. Es
imposible dar demasiado énfasis a la bondad, porque nadie puede ser demasiado
bueno, como no se puede ser demasiado cortés, o demasiado caritativo.
Pero también
es cierto que no sólo es posible, sino peligrosamente fácil, recalcar el
aspecto negativo de la ética, al grado de pensar que estamos bien con
Dios por lo que no hacemos.
Cristo dijo
que esta era la esencia del fariseísmo. Ellos guardaban todas las reglas y su
religión era una lista de prohibiciones. Hoy también sobra quienes guardan las
reglas cuando hace mucho que perdieron la realidad espiritual. Y cualquiera que
basa su religión sólo en prohibiciones, es un fariseo.
Cuando yo
enseñaba una clase de escuela dominical tuve un alumno que juzgaba la vida
espiritual de todo mundo por si iban al cine o no. Si no iban, eran cristianos,
pero si iban, estaban perdidos. Aceptado que un cristiano no anda en esos
lugares mundanos, mas el cristianismo verdadero no consiste en eso.
Conocemos a
muchos que juzgan si alguien es “espiritual” o no, según se abstenga de algo
muy secundario en el margen de la vida diaria. ¡Cómo se ha abusado del término
“espiritual”, usándolo para condenar a otros! Debemos recordar que es una
palabra muy significativa referente a asuntos céntricos, básicos,
fundamentales. Y lo triste es que muchos de los que abusan de esta palabra, son
los primeros en perder el control espiritual cuando las pruebas duras atacan.
Ese fue el
error de los fariseos, daban tanta atención a lo secundario, que se volvieron
expertos. ¡Qué tragedia! Haciéndolo se alejaron por completo del centro, del
amor, la comprensión, la bondad, la cortesía, la caridad, la paciencia.
Una buena
pregunta que debemos hacernos regularmente es: ¿Cómo está influyendo mi
religión en mi carácter? ¿Está aumentando mi semejanza a Jesucristo? Si no es
así, algo anda mal con mi “religión”. No tengo la religión verdadera, o no la
estoy aprovechando hasta el límite, porque la religión establecida sobre la
comunión con Dios en Cristo jamás será un estorbo, sino una ayuda para hacernos
como Cristo.
Y, por fin,
otros dicen: “Para mi la religión es pasar al frente, al altar, y ser salvo, y
luego volver a pasar y ser bautizado con el Espíritu Santo para santificación”.
Esa es,
IV. LA
PRUEBA DE LA EXPERIENCIA.
Jamás he
ridiculizado, ni menospreciado, la realidad ni la necesidad de una experiencia
espiritual intensa. Creo que todo hombre, por pecador que fuere, puede
arrodillarse, arrepentirse, aceptar a Jesucristo como Salvador personal y
recibir el perdón y nacer de nuevo. Y creo también que ese mismo individuo
puede venir al altar por segunda vez, arrodillarse, rendir enteramente su vida
a Dios, y ser purificado y lleno del Espíritu Santo. Y creo que él puede saber
que ha sido salvo, y que ha sido santificado y que el Espíritu Santo mora en
él. Si no lo creyere, no sería evangelista.
Pero,
dígame, ¿son esas dos experiencias la meta del pecador? ¿Es eso todo lo que la
religión significa? No. Lo que queremos es una comunión nueva y permanente con
Dios; la experiencia en el altar no es más que la puerta de entrada.
El pecador
no sólo quiere ser salvo, quiere ser hijo. Para serlo, necesita nacer de
nuevo, pero el nacimiento no es el fin, sino el principio. ¡Cuántas vidas han
fracasado por hacer de las dos experiencias religiosas básicas un fin y no un
medio! El fin es la comunión continua, profunda, rica, abundante, con Dios.
La religión
que es real, es una relación de amor con Dios. Y es algo que puede crecer
constantemente. Cuando me casé con mi esposa, la amaba. Pero ahora la amo mucho
más, de una manera más significativa, más real, más honda, más intensa.
Así debemos
amar al Señor Jesús. Cuando somos salvos nos enamoramos de El; cuando somos
llenos del Espíritu Santo, un amor mucho más hondo nos embarga. Pero con el
correr de los años, y el compartir de tristezas y alegrías, pruebas y
tentaciones, victorias y triunfos con El, el amor que se desarrolla no tiene
igual ni descripción.
¿Cómo será
el cielo? Mucho más que calles de oro y palacios de rubí. Será el lugar donde
conoceremos al Maestro como es en realidad, y le amaremos mucho más que ahora.
¿Cuál es,
pues, el fin del asunto? Si nuestra religión ha de ser real, válida,
significativa y llena de satisfacción, debe tener cimientos de razón, una
dimensión emocional, demandas morales, y experiencias transformadoras. Si
conservamos el equilibrio entre estos cuatro aspectos, y los unimos con el
vínculo de la perfección, que es el amor, poseeremos la verdadera religión.
Esto es lo que el Maestro nos quiso enseñar cuando dijo: “Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu
mente; y amarás a tu prójimo corno a ti mismo”.
EL LUNES EN LA NOCHE
“Noche de la Juventud”
Procure
reunir a todos los jóvenes y señoritas. Pueden formar un coro, sentarse en
lugares reservados, pedir que los maestros de escuela dominical los presenten a
la congregación, etc.
Pasaje Bíblico: II Timoteo 4: 7-8
UN
JOVEN DE LA MANO DE EL ÉXITO
UN
JOVEN DE LA MANO DE EL FRACASO
UN JOVEN DE LA MANO DE EL
Una revista muy popular publicó una
serie de artículos titulada: “Gente de Éxito”, donde reportó sobre científicos,
artistas, profesionistas, etc. que estaban ascendiendo rápidamente la escalera
del éxito. Se me ocurrió pensar: “¿Cuándo publicarán una serie de artículos
titulada ‘Gente Rumbo al Fracaso’?” Y pensando más en el asunto, descubrí que
el apóstol Pablo es una ilustración adecuada para meditar en “El Éxito,” “El
Fracaso” y en “El.”
I. UN
JOVEN DE LA MANO DE EL EXITO.
Cuando menos dos características son
comunes a los personajes de aquella serie de artículos, y a Pablo. La primera
es:
Inteligencia
Esta no es
sinónimo de educación. Algunos de los humanos más inteligentes no han gozado de
gran educación. Y se nos asegura que el nivel de inteligencia del cerebro
humano no ha cambiado desde Confucio o Aristóteles, hasta Einstein. El
conocimiento ha aumentado, sí, pero no la reserva de inteligencia. Cualquier
persona puede tener la cabeza llena de datos que no puede relacionar, o
información que no puede comunicar, o de palabras cuyo significado ignora.
Algunos de los más importantes
avances en la historia los han realizado hombres y mujeres de limitada
educación escolar. Pero eran personas de percepción, de sensibilidad, de
imaginación y de arrojo. No que la educación no sea importante, puesto que lo
es más y más diariamente. No se trata sólo de acumular información, sino de
enseñarnos a pensar, pues como dijera recientemente un prominente hombre de
negocios: “Cuando queremos emplear a hombres para posiciones elevadas, no
buscamos a alguien que sepa datos y cifras, sino a alguien que sepa cómo
pensar”. Pero aunque educación no es sinónimo de inteligencia, la primera hace
más placentera la segunda, más útil, más manual. Y todo el que va de la mano
del éxito, posee inteligencia.
La otra cualidad es:
Concentración
Me refiero a la concentración
intensa en un propósito. ¡Qué buena ilustración de este talento es Pablo!
Llámele ambición, si quiere, pero es mucho más, porque muchos han sido
ambiciosos mas no pudiéndose concentrar intensamente, han fracasado.
El filósofo Emerson dijo que no se logra nada grande sin una medida de
fanatismo. Hay muchos jóvenes que no pueden realizar nada grande porque no
concentran, no enfocan, sus talentos en un punto.
El poeta Walt Whitman dijo: “Yo sólo
estaba sobre la lumbre, pero un día Emerson me puso a hervir.” Así muchos
jóvenes han pasado la vida en un grado elevado de calor, pero nunca han tenido
una experiencia feliz o desventurada, que los hiciera hervir.
Esta cualidad de intensa
concentración es común a todos los que caminan de la mano del éxito, es
absolutamente esencial tanto para Pablo como para nosotros.
II. UN
JOVEN DE LA MANO DE EL FRACASO.
Ser inteligente y concentrarse no
significa éxito inevitable. Pablo tenía las dos cualidades en Jerusalén y
estaba camino del éxito profesional, pero cuando comenzó a perseguir a los
cristianos, comenzó a fracasar como persona. Sócrates pensaba que los
hombres eran malos porque eran ignorantes, pero educar a alguien no significa
hacerlo bueno. Quizá sólo lo vuelva un demonio educado en vez de un demonio
ignorante.
Todos los que caminan de la mano del
fracaso, comparten con Pablo dos cosas que él llevaba cuando iba camino a
Damasco.
Persiguiendo una meta equivocada
La meta de Pablo era matar a todos
los cristianos. ¡Qué equivocación fenomenal! Todo aquel que persigue metas
equivocadas, va derecho al fracaso. Quizá esté ascendiendo profesionalmente,
económicamente, o en el nivel social, pero está fracasando moralmente,
espiritualmente y como ser humano. Es posible ser un éxito en el trabajo, pero
un fracaso como persona.
Por ejemplo, Elizabeth Taylor Hilton
Fisher Burton (y creo que se me olvidan uno o dos apellidos) es según entiendo
un éxito como artista, pero un triste fracaso como persona. Y ese fue el caso
de la famosa Marilyn Monroe—una vida de mucho dinero, mucho prestigio, mucha
fama, pero vacía de satisfacción, de felicidad y de seguridad.
Las “estrellas” del cine no son el
único ejemplo. En todas las esferas de la vida hay casos de personas que
fracasan como seres humanos porque persiguen metas equivocadas.
Hasta en la iglesia se puede tener
éxito eclesiásticamente, pero ser un fracaso espiritualmente. El que sube en
la vida al claudicar con el mundo, o con el pecado, se vuelve más y más pequeño
dentro de si, y más y más vacío. Se puede ser un éxito como predicador, pero un
fracaso como cristiano. Déjeme repetirlo: Todo aquel que persiga metas
equivocadas, va camino del fracaso. Es posible ser un éxito en el trabajo, pero
un fracaso como persona.
Pero camino de Damasco, Pablo no
sólo iba tras metas equivocadas, sino también iba de la mano del fracaso porque
iba
Usando para hacer mal lo que era
para hacer bien
¿Por qué quería destruir el
cristianismo? Porque pensaba que así honraría y agradaría a Dios. ¡Estaba dispuesto
a odiar, aun a matar, para probar que amaba a Dios!
¿No es eso pervertir algo que es
bueno? Es bueno querer agradar a Dios, probarle nuestro amor, ser fieles, pero
Pablo estaba usando un bien legítimo para fines ilegítimos. Ese es el colmo de
la maldad: emplear un deseo legítimo para satisfacer un placer ilegítimo.
El hambre es “buena”, pero la glotonería es pecado. El sexo es “bueno”,
pero la inmoralidad es pecado. El respeto de sí mismo es “bueno”, pero la
vanidad y la arrogancia son pecado. Querer agradar a Dios es bueno, pero usar
métodos malvados es pecado.
Cuando Pablo se encontró con Cristo
comprendió que no estaba honrando a Dios, sino desagradándolo porque se oponía
a sus propósitos redentores. Estaba, de hecho, combatiendo contra Dios. Muchos
de nosotros necesitamos también una experiencia que nos tumbe al suelo para que
comprendamos nuestros móviles, examinemos nuestras metas, y descubramos lo que
importa y lo que no importa.
Todos los que persiguen metas
equivocadas van al fracaso, y todos los que persiguen metas correctas con
métodos incorrectos, también van al fracaso. Gracias a Dios que eso no fue lo
único que Pablo comprendió aquel día. Comprendió también que Jesucristo es el
Único en todo el mundo que merece nuestra lealtad absoluta, nuestra fidelidad y
devoción sin límites, y entonces, resuelto, Saulo se levantó y comenzó a
caminar de la mano de El.
III. UN
JOVEN DE LA MANO DE EL.
¿Qué significa andar de la mano de
Cristo? Cuando menos dos cosas han distinguido a todos los que lo han hecho, ya
hayan sido su nombre Pablo, Lutero, Wesley, Moody, Bresee o Billy Graham. La
primera cualidad es:
La Dedicación
No es suficiente ser dedicado,
porque se puede serlo a lo malo, como, por ejemplo, Hitler y Stalin lo fueron.
Todas las generaciones cuentan con hombres de profunda dedicación a metas
erróneas.
El significado final de nuestras
vidas radicará en las ideas que permitimos que nos usen, las causas que sostenemos
y las empresas con que nos identificamos íntimamente.
Felix Adler escribió: “Estoy muy
agradecido por la idea que me ha usado en la vida”. Y Neitzche aseguró que once
de cada doce grandes hombres en la historia sólo fueron agentes de una grande
causa. Ruskin, el notable escritor, afirmó que aun en el artista el poder no
está en él sino que fluye por él.
En una novela se relata el caso de
un joven que solicitó empleo de una gran compañía. En la solicitud que debía
llenar se le pedía que escribiera una breve autobiografía que terminara con
esta expresión: “El hecho más importante acerca de mí es…”
¿Cómo completaría usted esa
frase? ¿Diría que lo más importante ha sido el dinero? ¿O que el hecho más importante
acerca de usted es su presentación, o sus influencias políticas, o su salud, o
su educación? Si es cualquiera de estas cosas, va camino del fracaso, porque el
hecho más importante de su vida debe ser la idea que lo está usando, la causa
que representa, la empresa a que está dedicando la vida.
En otra novela se cuenta de un joven
quien, a la muerte de su padre, exclamó: “Nunca supo quién era” Es la triste
verdad de muchos hoy día. No saben quiénes son, ni quiénes deberían ser, y
nunca lo sabrán porque nunca se han identificado con algo bastante grande que
los levante de las masas y dé a su vida dimensión, significado, valor y
sentido.
El Deán Wicks, de la Universidad de
Princeton, quien por años observó a los estudiantes universitarios, dijo que la
señal de que un joven había pasado de la edad infantil a la madurez era el
descubrimiento de alguna grande empresa sobre la que él pudiera decir: “Yo pertenezco
a eso”. No, “Eso me pertenece”, sino “Yo pertenezco”.
¿No era eso lo que Pablo quería decir cuando
escribió: “Para mí el vivir es Cristo”? En otras palabras, decía: “El hecho más
importante acerca de mí es que yo pertenezco a Jesucristo. He descubierto que
la esencia de mi vida es pertenecer a la causa del Señor Jesús. Vivir, para mi,
significa estar totalmente dedicado a Cristo y a su causa en el mundo”.
¡Que Dios
nos dé más jóvenes y señoritas que digan resueltos: “Vivir, para mí, no es
ganar dinero, ni tener éxito, ni hacerme famoso. Para mí, vivir es Cristo”! Esa
es la dedicación que debe distinguimos.
Muy bien,
pero si queremos ir siempre de la mano de El, necesitamos una cosa más
que la dedicación, necesitamos el esfuerzo constante, la agresividad
persistente, y esto es asunto de carácter, y el carácter es asunto de
Disciplina
El clima
cultural de nuestros tiempos no estimula a la disciplina. Siempre procuramos
hacer las cosas de la manera más fácil, más barata, con el menor esfuerzo.
Freud y sus
amigos echaron a perderlo todo cuando volvieron la palabra disciplina un
término desagradable. Dijeron que lo que el hombre necesita es unas palmadas en
la espalda… y estoy de acuerdo, si se las dan con frecuencia, con energía, y
¡no en la espalda sino más abajo! El precio que se paga por carecer de
disciplina propia es enorme. Cuando se llega a la edad adulta el carácter es
blando, lacio y ante las decisiones inevitables de la vida invariablemente
escogen estos pobres individuos la seguridad en vez de la oportunidad, la
comodidad en vez del esfuerzo, y la mediocridad en vez de la excelencia.
Alcanzar excelencia, preeminencia,
en algo, cuesta, ya sea en el arte, los deportes, la educación y la vida toda.
La lectura de biografías nos informará de la tremenda medida de disciplina
personal que se requirió para todos los grandes descubrimientos, avances y
triunfos de la historia. Mientras todos dormían, los creadores de la
civilización se obligaban a sí mismos a crecer, a aprender, a superarse. Eso es
lo que cuenta: el continuo esfuerzo de superación. Schopenhauer aseguró que lo
peor que puede sucederle a un ideal, es que se alcance.
Pablo comprendió todo esto
(Filipenses 3: 13-14 y II Timoteo 4:7). ¡Qué dedicación! ¡Qué disciplina la
suya! ¡Qué vida! ¡Qué muerte! Pero, sobre todo, ¡qué influencia!
EL MIERCOLES EN LA NOCHE
“Noche de las damas”
Se pueden tener todos los números
dirigidos por mujeres, aun el levantar la ofrenda, y distinguir en alguna forma
a todas las damas que asistan.
Pasaje Bíblico: Lucas 17: 32
LA
MUJER QUE USTED NO PUEDE OLVIDAR
Si le pidieran que hiciera una lista
de las mujeres más prominentes de la humanidad, ¿a quiénes incluiría? Sin duda
no faltarían los nombres de Eva, Rebeca, Ruth, Sara, Maria, Susana Wesley,
Maria Curie y Elizabeth I. Hay, sin embargo, una mujer cuyo nombre nadie
recuerda, pero a quien nadie puede olvidar. El Señor Jesús mismo la mencionó,
diciendo: “Acordaos de la mujer de Lot”.
¿De qué debemos acordarnos sobre
ella? No sabemos casi nada de su vida, excepto que era esposa de Lot, madre de
cuando menos dos hijas y que se le ordenó salir de Sodoma y no mirar atrás.
Pero también sabemos que cuando huía miró hacia atrás e inmediatamente se
volvió una columna de sal. Algunos, como siempre, no aceptan la historia y
dicen que no es más que otro “cuento salado.” Pero no así Jesús, quien al
predicar un tremendo sermón sobre cuán seguro y súbito es el juicio de Dios,
nos advirtió: “Acordaos de la mujer de Lot”.
I. ACORDAOS
DE LAS VENTAJAS DE LA MUJER DE LOT.
El destino personal no lo determinan
las ventajas, sitio las decisiones. ¿Qué ventajas disfrutó ella? Desde luego,
un esposo temeroso de Dios, y los consejos sabios de Abraham. También, la
ventaja de que los “ángeles del Señor” (Génesis 19: 15-16) la sacaron de la
mano, de Sodoma.
Todos nosotros hemos contado con
“ángeles” en la vida que nos han librado del peligro y que nos han conducido de
las tinieblas a la luz y del pecado a la salvación. Para algunos, esos ángeles
han sido sus padres piadosos. ¡Cuán bendecidos y afortunados son los que han
tenido padres que los proveyeron de alimento y vestido, pero también de una
atmósfera cristiana donde conocieran al Señor como Salvador personal!
Cada día estoy más agradecido por la
bendición de padres que me dieron un hogar donde se honraba al Señor Jesús. Mis
padres no me dejaron mucho dinero, sino algo mil veces más valioso: una rica
herencia cristiana. Gracias a Dios por los ángeles que son los padres
cristianos.
En otros casos, algunos padres han
tenido por ángeles a sus hijos que les han conducido al Señor. Recuerdo una
niña de siete años que en una campaña que yo tuve, oró que su padre asistiera y
cuando vino estuvo lista a rogarle que pasara al altar y aceptara al Señor. A
ese hombre no lo ganó el evangelista, ni el pastor, ni la iglesia, sino aquella
niña que fue el ángel de su padre.
Otros ángeles han sido los maestros
de escuela dominical, los pastores, y otros amigos. Son personas que han
guiado a otros de la indiferencia a la pasión, del margen al centro, del frío
al fervor, de una vida espiritual raquítica a una profunda, vital relación con
Jesucristo.
A pesar de todo esto, el consejo
sabio de Abraham, el compañerismo de un esposo piadoso, y de los ángeles que la
guiaron, la mujer de Lot pereció. También hoy día muchos que gozan de ventajas
incomparables miran hacia atrás y perecen. Lo trágico es que muchos de ellos
perecen, no porque no disfrutaron de ventajas, sino porque tomaron
decisiones equivocadas. Lo que determina nuestro destino son no las ventajas,
sino las decisiones.
II. ACORDAOS
DEL PECADO DE LA MUJER DE LOT.
Acordaos de que aunque cuesta algo
obedecer a Dios, cuesta más desobedecerlo. ¿Cuál fue el pecado de aquella
mujer? ¿El crimen? ¿La embriaguez? ¿La inmoralidad? No. Su pecado fue
obedecer la voluntad de Dios a medias. Y una obediencia a medias, es
desobediencia.
Dios le ordenó que saliera de Sodoma
y no volviera la vista atrás. Ella salió, pero miró hacia atrás. Amaba a Dios
lo suficiente para salir de Sodoma, pero no lo suficiente para abandonar lo
que Sodoma representaba. ¡Cómo hay gente así hoy día! Son lo bastante
religiosos como para abandonar los pecados externos, pero no los de la mente y
el corazón. No bailan, no beben, no fuman, ¡pero cómo les gustaría! Ahora
algunos lo hacen y se excusan: “Es que no hay que ser fanático. Hay que tener
una mente amplia”. Pero no es que la mente se haya hecho amplia, sino que la
conciencia se ha vuelto estrecha.
No es suficiente dejar de pecar, hay
que abandonar el pecado en el corazón. La esposa de Lot salió de Sodoma, pero
siguió deseando lo que había en Sodoma. Cuando descubrió que mirar hacia atrás
es un peligro mortal, era demasiado tarde.
En Pompeya, Italia, nos enseñaron
los restos de algunas personas y animales que perecieron por la ceniza que el
Vesubio arrojó en la erupción del año 79 d.C. Guardaban las mismas posiciones
que tenían al morir. Una mujer iba huyendo de la ciudad cuando se le cayó una
bolsita con perlas. Se detuvo y se volvió a levantarla, pero la ceniza la
cubrió e inmovilizó y así permaneció por siglos, con los pies apuntando hacia
las puertas de la ciudad, pero las manos y el rostro hacia atrás.
¡Cuadro perfecto de muchos
cristianos modernos! Sus pies señalan hacia lo que es decente, respetado: a la
iglesia y la religión, pero en su corazón anhelan y añoran los pecados del
pasado, algún hábito inmundo, algún placer sensual. Estos, en un momento de
vacilación, vuelven la vista atrás y caen para siempre.
Que Dios nos dé más hombres y
mujeres, y jóvenes y señoritas, que no sólo dejen la práctica de los pecados,
sino también el deseo de ellos. Que vuelvan la espalda al mundo y la carne y
fijen sus ojos en Cristo, en las cosas de arriba.
III. ACORDAOS
DEL CASTIGO DE LA MUJER DE LOT.
Acordaos también de que los castigos
de Dios son seguros, y con frecuencia súbitos. No falta quien diga, sobre la
mujer de Lot: “¡Qué tremendo castigo para un pecadillo baladí! ¡Qué monstruo
debe ser un Dios que vuelve a una pobre mujer en estatua de sal sólo porque no
se aguantó la curiosidad inocente de ver a una ciudad en llamas!”
Todos los que hablan así están como
los que preguntan: “¿De veras cree usted en el infierno? ¿En serio cree que
Dios mandará a alguien a una eternidad de sufrimiento por cositas tales como
rechazar su amor cuando El lo ofrece?” Estos quieren ponernos en la defensiva.
Pero es hora de advertir a todos los hombres que si no se arrepienten y se
reconcilian con Dios, sufrirán las consecuencias. Dios no manda a nadie al
infierno; las multitudes se condenan a sí mismas por su desobediencia y por
negarse a aceptar el perdón cuando El lo ofrece.
El pecado nunca es una “cosita”. No
es cosa pequeña desobedecer a Dios o rehusarse a abandonar lo que El aborrece.
No es una bagatela negarse a obedecer la voluntad del Todopoderoso, ni jugar
con su amor, sus leyes o sus advertencias.
La mujer de Lot era decente,
respetable, religiosa, pero pereció. Era mejor que muchos en Sodoma, pero
sucumbió como ellos. Así, muchos dicen: “Yo soy mejor que la mayoría. Es más,
muchos dizque cristianos hacen cosas peores que yo. No soy tan malo”. Tampoco
lo era la señora de Lot, pero se perdió. Por un tiempo vivió bien, pero
luego miró hacia atrás, y el castigo de Dios fue no sólo cierto, sino rápido.
Queriendo vivir bien con dos mundos distintos, los perdió a ambos.
A la mujer de Lot se le amonestó una
vez, a usted, posiblemente, muchas veces. Ella sólo miró hacia
atrás, usted quizá se haya vuelto atrás, y esté ahora mismo cultivando
hábitos, placeres y diversiones que Dios nos ha prohibido. La señora de Lot no
quedó impune, ni nadie se saldrá con la suya porque el castigo de Dios es
seguro, y a veces inmediato.
Escúcheme, ¡por favor! Escuche la exhortación
del Señor Jesús: “Acordaos de la mujer de Lot”. Lo dice a los jóvenes que están
comenzando a jugar con el pecado. Lo dice a los padres jóvenes que comienzan
apenas a formar su hogar y se enredan tanto con las cosas de la vida que se
olvidan de la vida espiritual. Lo dice a los que una vez anduvieron con Cristo
pero se han desviado y ahora andan en el mundo. Lo dice a los que vacilan entre
dos caminos y piensan que no les conviene caminar con Dios.
Cristo previene, “Acordaos de la
mujer de Lot” a los que quieren sembrar corrupción y esperan cosechar vida
eterna. Se lo dice a usted, quien quiera que usted sea.
Y no olvide que no son sus ventajas,
sino sus decisiones lo que determinará su destino eterno. Quizá en esta misma
noche usted tomará esa determinación. Recuerde que aunque ciertamente le
costará bastante obedecer a Dios, le costará mucho más desobedecerlo. Y
recuerde que el castigo de Dios es indudable, inevitable, seguro, y también con
frecuencia es inmediato.
Y tenga en cuenta ahora que aunque
la mujer de Lot miró hacia atrás, y pereció, usted puede mirar hacia
arriba, y ser salvo.