SENTIMIENTOS,
SISTEMAS
Y
SERMONES
EVANGELISTICOS
por
C. WILLIAM FISHER
CASA NAZARENA DE
PUBLICACIONES
Box 527, Kansas City, Missouri,
64141, E.U.A.
LIBRERIA NAZARENA, LIBRERIA NAZARENA
3a. Avenida 18-08, Zona
1, Donato Alvarez Núm. 884
Guatemala, Guatemala Buenos Aires,
Argentina
El título de esta obra en inglés es Evangelistic Moods, Methods and
Messages, fue vertida al castellano por H. O. Espinosa, bajo los auspicios
del Departamento Hispano.
IMPRESO EN E.U.A. —PRINTED IN USA.
DEDICATORIA
Este
trabajo es mi manera sincera y pública de decir: ¡Muchas gracias! a todos los
bondadosos pastores y laicos que me han llamado, que han sido comprensivos con
mis errores, que han disimulado mis faltas, que han solventado los gastos, y
sin cuya gentileza y generosidad ningún siervo del Señor podría dedicar un solo
año a la evangelización, mucho menos veinticinco.
PREFACIO
Apenas terminada mi
educación universitaria, comencé mi primera campaña de evangelismo, el 3 de
junio de 1941. Este libro tiene el propósito de compartir con el lector los
sentimientos, los sistemas y los sermones de más de dos décadas y media. Los
sentimientos, o disposiciones de ánimo, han variado: los sistemas han mejorado,
y también los sermones, pero el mensaje permanece inalterado.
Ojalá que esta franca
exposición de los sentimientos de un evangelista, de sus estados de
ánimo, ayuden a algún lector a saber cómo se siente ser evangelista, y a
comprender mejor las presiones, los problemas, los privilegios y las
recompensas de este campo de acción, y que sea de tal manera que algunos se
animen a compartir esta vida.
Quiera el Señor que al
compartir mis sistemas, o métodos, pueda contribuir en algo a la mayor
eficacia evangelizadora de todos los cristianos; de predicadores, educadores,
y quienquiera que esté poseído por la pasión de ganar almas.
Y concédame el Señor que
los sermones aquí incluidos sugieran un fructífero plan de predicación para un
avivamiento. Esta es la primera vez que se publican algunos sermones míos de
evangelismo. No son necesariamente los mejores, ni los peores (aun
los que considero ser los mejores, resultan muy pobres), pero representan lo
que creo que es el énfasis necesario para la evangelización y el avivamiento.
¿Me pregunta usted ya si
me arrepiento de haber pasado mi vida en el evangelismo?
¡De ninguna manera! Por
el contrario, he descubierto que es una tarea que ofrece tal desafío, y que
satisface a tal grado, que si el Señor Jesús no viene antes, espero llegar al
día cuando, con la ayuda de Dios, pueda escribir otro libro sobre el mismo
asunto. Ya tengo listo el título:
“Cincuenta Años en el
Campo del Evangelismo”.
Pero hasta ese día, mi
oración es que el Espíritu Santo use este libro, en alguna medida, para avivar
a los cristianos y salvar a los perdidos, con el solo fin de que Jesucristo
sea glorificado y su causa adelante.
—C. William Fisher
CONTENIDO
PRIMERA PARTE
SENTIMIENTOS
1. Por
que Soy un Evangelista
2. Por
qué no Quisiera Ser un Evangelista
SEGUNDA PARTE
SISTEMAS
3. Cómo
Preparar una Campaña de Evangelismo.
4. El
Servicio de Evangelismo
TERCERA PARTE
SERMONES
¿Dónde Están los Campos?
¡Hay Poder, Sin Igual Poder!
Sobre Precios y Valores
La Gotera del Amor
Aplazando la Ejecución
Una Religión Real
Un Joven de la Mano de EL EXITO
Un Joven de la Mano de EL FRACASO
Un Joven de la Mano de EL
La Mujer que Usted no Puede Olvidar
Viviendo con mi Padre
Dioses Contemporáneos
Una Cita con el Destino
Libres a Medias
PRIMERA
PARTE
SENTIMIENTOS
1. POR
QUE SOY UN EVANGELISTA.
Ninguna otra pregunta
se me ha hecho con mayor frecuencia que
ésta: “¿Por qué es usted un evangelista?” A veces la pregunta revela
admiración, como si fuera así: “Creo que es la gran cosa, pero, ¿por qué?”
Otros la hacen con un aire de incredulidad: “¿A quién se le ocurre ser un
evangelista?” Y en otras ocasiones, el tono de voz parece decir que el que hace
la pregunta se imagina que hay algo sospechoso en ser evangelista, algo así
como ser un jugador profesional en juegos de azar, o algo sin chiste, como dar
de comer a las gallinas. Les es imposible comprender cómo haya alguien a quien
le guste ser evangelista.
Pero, precisamente, ese
es el punto.
Yo no escogí ser
evangelista; fui llamado a serlo. Es un imperativo divino. Algunos
aseguran que uno es llamado al servicio cristiano, pero que el campo de
servicio depende de las circunstancias, las disposiciones de la Iglesia, los
talentos, el voto del pueblo cristiano, o aun la casualidad. No me explico por
qué no creen que Dios llama a determinadas vocaciones cristianas, sobre todo
cuando su Palabra dice: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles a otros,
profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros” (Efesios 4: 11).
De lo que estoy seguro
es que Dios me llamó a ser evangelista. Siempre le he agradecido que su
llamamiento haya sido tan claro y definido, puesto que a veces eso es todo lo
que he tenido en qué apoyarme cuando las presiones y las circunstancias han
sido difíciles, y la enfermedad y experiencias amargas me han salido al
paso—experiencias inexplicables, aparentemente sin relación ninguna con mi
vocación.
En casos así, tres cosas
han sido mi sostén: (1) La certeza de mi amor hacia Dios; (2) La certeza
del amor de Dios hacia mí; (3) La certeza de que Dios me llamó a esta tarea, la
tarea del evangelista. Difícil, si no imposible, hubiera sido disimular las
críticas, sobrellevar la soledad, soportar los menosprecios, y resistir todo lo
demás que un evangelista tiene que resistir, sin esa certidumbre de mi
llamamiento.
Esa seguridad del
llamado divino al evangelismo me protegió asimismo de los vientos huracanados
de indecisión al presentarse otras oportunidades, por ejemplo, la oportunidad
de ser pastor. Todo evangelista recibe llamadas e invitaciones a aceptar algún
pastorado. Algunos, cual yoyos eclesiásticos, han mudado del evangelismo al
pastorado, y viceversa, muchas veces.
Desde luego que se
agradecen esas invitaciones a ser pastor. Pero si el llamamiento al evangelismo
es inequívoco, firme e imperativo, esas “oportunidades” no inquietarán ni
atraerán, ni nos enviarán a otros en busca de consejo.
Recuerdo que cierta
noche, después de un culto de evangelismo, platicaba con el pastor cuando me
llamaron por teléfono. Era de una iglesia donde había tenido varias campañas.
Los ofíciales estaban reunidos y querían saber si aceptaría ser su pastor. Les
agradecí su bondad y confianza, pero expliqué que estaba cumpliendo la voluntad
de Dios para mi vida. Terminada la conversación, mi amigo pastor me dijo:
—Pero, hombre, ¿ni
siquiera vas a orar sobre el asunto?
—No, —le contesté. —
porque la decisión se hizo ya hace mucho tiempo, cuando Dios me llamó al
evangelismo.
La invitación era de una
iglesia que ofrecía muchas ventajas materiales: una congregación numerosa, un
buen sueldo, una magnífica casa pastoral, líderes locales muy bondadosos, una
ciudad metropolitana con muchas ventajas, y una universidad grande cercana a
donde mis hijos podrían asistir, etc. Pero no hubo la menor vacilación ni
tentación.
En otra ocasión me
hallaba comiendo con un amigo muy querido: el doctor A. K. Bracken, rector del
Colegio Nazareno de Bethany en mis días universitarios. El me preguntó:
—Fisher, te he observado
por algún tiempo, y he notado que no eres nervioso ni inquieto como otros evangelistas;
¿por qué?
Sonreí, le di las
gracias por el cumplido, y le contesté:
—Quizá sea porque estoy
haciendo lo que Dios quiere que haga. No soy tan bueno como quisiera en mi
vocación, pero me esfuerzo por obedecer lo que estoy cierto que es la voluntad
de Dios para mí. Quizá esa sea la explicación, porque no le envidio nada a
nadie. Tengo todo lo que quiero para mi vida.
A usted le sorprenderá
la tranquilidad que acompaña a una convicción así.
Pudiera ser que alguno
confundiera esa actitud con indiferencia, o aun rebeldía, pero no es así. Es la
tranquilidad y la seguridad firme que estoy haciendo lo que Dios quiere que yo
haga, y de que en la voluntad de Dios no hay ascensos ni descensos. En su
voluntad no hay posiciones elevadas ni inferiores, sino que si obedezco la
voluntad de Dios para mí, y el otro obedece la voluntad de Dios para él, nos
encontraremos en igual nivel de acción y obediencia. Puedo, entonces, ver a
todos a la misma altura, sin complejos de inferioridad ni de superioridad.
Posiblemente a algunos esta actitud les produzca úlceras, pero a mí me ha
librado de ellas.
Ahora bien, si es cierto
que la razón fundamental por la que soy un evangelista es porque Dios me
llamó a ello, y por eso mismo continúo siéndolo, existen determinadas
ventajas y beneficios marginales que muchos no advierten ni estiman.
Uno es el ser
independiente. Mi tiempo, por ejemplo, está a mi disposición. Durante todos
estos años de evangelismo, me he esforzado por cumplir mis obligaciones
durante una campaña, en los servicios, el trato social, el programa de
visitación. Pero una vez desempeñada mi responsabilidad, me queda mucho tiempo
para usar como mejor me parezca. Para muchos eso constituye un problema, pero
la dificultad para mí es que no me alcanza el tiempo para hacer todo lo que
quisiera.
No estoy hablando de
paseos y diversiones, porque después de diez años de evangelista, ya se han
visitado todos los sitios de interés, los barrios se parecen mucho unos a
otros, y los parques zoológicos, los museos y los lagos, también pierden su
atractivo. Le aseguro que pasados veinticinco años de andar de evangelista,
pierde uno el entusiasmo por pasearse.
A lo que me refiero es
al tiempo disponible para ir a las bibliotecas, sumergirse en nuevas
profundidades de conocimientos, y sentirse humilde al vislumbrar todo lo que
uno no sabe. Tengo una deuda insolventable con las bibliotecas y los
bibliotecarios.
Me refiero también al
tiempo disponible para escribir, y también estoy muy agradecido por esa
oportunidad. Un evangelista no edifica templos, ni casas pastorales, ni levanta
nuevos edificios para el ministerio de la iglesia. Dicho de otra manera, un
evangelista no tiene oportunidad de dejar algo concreto, visible, como
expresión de su ministerio. Pero la producción de artículos y libros me ha
otorgado ese sentido de lo permanente, de una contribución tangible, que
se agrega al bien que mi servicio de evangelista haya podido realizar.
Poseo la satisfacción de
que cuando yo haya partido de este mundo, y mi nombre se haya olvidado,
alguien, en algún sitio, tomará uno de mis libros y será inspirado y ayudado
por algo que yo escribí. Eso es lo que me produce este sentido de permanencia.
Un beneficio adicional
de tener mi tiempo disponible, o de ser independiente, es que no estoy obligado
a involucrarme en la maquinaria eclesiástica, ni en los mil y un detalles de
la diplomacia religiosa. Esto, desde luego, pone el dedo sobre lo que considero
la médula del ministerio del evangelista: que el evangelista es primordialmente
un profeta. Su mensaje es un reto a los valores contemporáneos. Su clamor es:
“¡Volved a lo básico! ¡Sed renovados y avivados, y disfrutad una visitación del
Altísimo!“ Sabido es que el ministerio profético no es prebenda exclusiva del
evangelista, pero sí es su tarea más urgente primordial. Y mientras sea
evangelista, esa insistencia profética será su obsesión y su arma ofensiva.
Mas si el evangelista se
enreda en los aspectos de organización de la iglesia al punto de inmiscuirse
en decisiones y procesos eclesiásticos, perderá la perspectiva de su ministerio,
y su mensaje perderá también ese énfasis apremiante e imparcial.
Por supuesto que no
todos agradecen la presencia ni el mensaje del profeta, como lo observamos en
el Antiguo Testamento, en los conflictos entre profetas y sacerdotes, en los
encuentros del Señor Jesús con los del templo, en las luchas de Pablo, Lutero y
Wesley con quienes prefirieron las tradiciones a la verdad y a una visitación
del Espíritu Santo. Pero es el caso que la iglesia, como organización, también
necesita el aguijón del profeta, el desafío a poner “primero lo primero”, tanto
como el profeta requiere la influencia estabilizadora de la organización
eclesiástica de que forma parte.
Por este motivo yo no
asisto a todas las actividades oficiales de mi denominación, convenciones,
asambleas, etc. No se trata de que no estime mi iglesia. Creo que suficiente
prueba de lo contrario es mi patente esfuerzo por ser fiel a sus doctrinas y a
su énfasis durante más de veinticinco años, y los cientos de personas que he
conducido a la decisión de solicitar ser recibidos como miembros.
No, sino que estoy
convencido de que un evangelista no tiene ningún negocio en andarse enredando
en cuestiones oficiales, ni en las actividades y responsabilidades de la
organización eclesiástica. Debe ser enteramente libre para clamar: “¡Volved!
¡Avivaos! ¡Renovaos! ¡Dad prioridad a lo fundamental!“ Y lo será si no posee
una posición que conservar o ganar, ni una “política” que seguir.
Otro provecho de esta
independencia, o libertad, es la oportunidad de viajar con un propósito, no
sólo de aquí para allá, ni únicamente en mi patria, sino por todo el mundo.
Todos los veranos, por más de quince años, he tenido el privilegio de visitar
otros países y continentes para tener campañas de evangelización. La comunión
así obtenida con ministros, misioneros y obreros cristianos de muchas tierras
ha sido no sólo placentera, sino una positiva bendición. Su ejemplo de
sacrificio y devoción me ha inspirado, y me ha desafiado su evidencia de consagración
y dedicación absoluta a la iglesia y la causa de la santidad. Eso ha
incrementado grandemente mi estimación de mi iglesia, la Iglesia del Nazareno,
de sus líderes, su visión, y su empeño en circundar el globo terrestre. Y me ha
avergonzado de que en ocasiones he lamentado no tener zapatos, cuando millones
van por la vida descalzos.
Eso, a decir verdad, ha
sido una pérdida económica, porque jamás he aceptado un céntimo arriba de mis
gastos en cualquier viaje a campos misioneros. Pero sicológica, emocional y
espiritualmente, ha sido invaluable sentir el fervor de las actitudes de
nuestros obreros en todas partes del mundo; ser testigo de su entrañable amor a
la iglesia y su gratitud por todo lo que ella ha contribuido a sus vidas.
Además de la razón
fundamental de que he sido llamado por Dios al evangelismo, y de los beneficios
marginales de independencia y libertad que me concede, me gusta ser evangelista
por el sentido que me da de un desafío y unos resultados siempre inmediatos,
y continuamente presentes.
Estoy profundamente
convencido de que nuestra primera tarea, nuestra responsabilidad primordial
como Iglesia de Jesucristo, es la de proclamar el evangelismo de santidad.
Tengo, como evangelista, el privilegio de estar constantemente ocupado en lo
que creo que es la obra más importante de la iglesia: traer a otros al
conocimiento pleno de Jesucristo, y a la experiencia de la plenitud de su
Espíritu. ¡Me emociona la urgencia inmediata de ese desafío! Es un verdadero
reto existencialista. Apelar a hombres y mujeres, a jóvenes y viejos, que
acepten a Jesucristo y su voluntad para sus vidas ahora mismo, y que
comiencen a vivir, a vivir de veras, abundantemente—ese es el
privilegio del evangelista noche tras noche y año tras año.
Estoy muy agradecido por
los elogios que de vez en cuando mi ministerio ha merecido. Sobresalen entre
ellos uno dado por otro evangelista, y el otro dado por un pastor. El
evangelista me dijo: “Has mantenido el paso con el progreso moderno, pero no
has perdido el mensaje”. Y el ministro, que era por entonces el pastor de una
enorme congregación: “Eres un evangelista de carrera, pero no profesional”.
Cualquiera que sea
movido por otras consideraciones que el amor a Dios y a las almas, se ha vuelto
un profesional. Después de veinticinco años, 653 campañas, y miles de
servicios, puedo honradamente decir que no me ha cansado el desafío; a veces me
canso de la rutina, pero nunca del desafío.
¿Cómo podría fastidiarme
de ver a los hombres venir al altar noche tras noche cargados de culpa o de
profundos conflictos espirituales, y verlos levantarse con sus rostros serenos
y sus corazones victoriosos, habiendo cambiado el peso de la culpa por el
sentido de perdón, de pureza, de esperanza y confianza en el futuro? ¡Nunca!
¿Cómo podría aburrirme de escucharlos dar testimonio, lágrimas corriendo por
sus mejillas, de la paz que han encontrado, y de su nueva decisión de seguir
las pisadas del Maestro?
Maravillosas recompensas
del evangelista son, en verdad, que pasados los años, alguien se acerca y nos
dice que en tal y cual campaña donde predicamos él le dijo “Sí” a Dios, y desde
entonces la vida se transformó: o un pastor me recuerda que en un servicio
donde hablé, él resolvió para siempre la seguridad de su llamamiento; o recibir
una carta en que se nos recuerda que en tal y cual servicio Dios tocó al que
nos escribe, y cuánto está disfrutando la vida cristiana. No que nosotros solos
ganemos las almas, porque muchas influencias convergen en la salvación de una
persona, sino comprender que Dios nos usó en el momento decisivo para conducir
a alguien a Cristo… eso sólo vale la pena todo lo demás.
¡Imagínese usted lo que
será en el cielo! Cuando de muchos países vengan y nos digan que en aquel
verano, o en aquella campaña, o en aquel servicio, aceptaron al Señor, y
comenzaron a vivir para El. Con que suceda una vez será suficiente.
¿Todavía siente
compasión por los evangelistas?
Guárdese su compasión.
Con todo, aunque Dios
mismo me llamó a esta labor, y los beneficios superan en mucho a las
desventajas, hay, ciertamente, desventajas. Y para que más personas comprendan
algunas de las dificultades y contrariedades que un evangelista debe afrontar,
será bueno anotar algunas brevemente.
2. POR
QUE NO QUISIERA SER UN EVANGELISTA.
El precio más elevado que todo
evangelista debe pagar es la ausencia del hogar y de los seres amados. No hay
vida doméstica normal para el evangelista ni para su familia. Por la naturaleza
misma de su obra, debe estar ausente del hogar por semanas y meses. Escribo
estas líneas en diciembre, y es desde el primero de septiembre que no he visto
a mi esposa ni a mis hijos. Usted no llamaría a eso una vida hogareña normal.
¿verdad?
Un amigo me dijo:
—Ni por veinticinco mil dólares al
año haría yo lo que tú estás haciendo.
—Yo tampoco, —le contesté.
Otro amigo fue más franco:
—Yo no podría soportar pasar tanto
tiempo sin ver a los míos.
—Tampoco yo, —le dije— pero lo hago.
—Sí, —continuó él, — pero me
sentiría sumamente miserable.
—Así me siento yo, —le respondí.
—Entiendo, —me dijo, — pero… pues me
volvería loco.
—Bueno… pues… yo…, —y no pude
terminar.
La soledad es como un ácido que
puede corroer los pensamientos, los sentimientos, y las relaciones con los
demás, a menos de que uno esté en continua comunión con Dios recibiendo su
auxilio. La declaración de Pablo:
“He aprendido a contentarme,
cualquiera que sea mi situación”, es una gran verdad, pero se toma tiempo para
aprenderla. Y no se aprende sólo de rodillas, ni en el seminario o la escuela,
ni en un año, o dos, ni veinte. Sólo mediante la gracia de Dios puede uno
desarrollar la capacidad para estar solo por largas temporadas. No es fácil.
Mas tampoco lo es ninguna de las cumbres del espíritu.
Desde luego que el evangelista no es
el único que paga este enorme precio de separación y soledad por causa de su
labor. La esposa y la familia también lo pagan. Sólo que el evangelista es más
consolado por los demás, aunque no lo merece; realmente la familia es la que
merece ser más consolada.
¿Me concedéis el privilegio de decir
algo sobre mi esposa? Durante todos estos largos años como evangelista —de los
cuales más de quince ha pasado sola con los hijos —ni una sola vez me ha
sugerido que me ocupe de otra cosa y no de cumplir lo que creo que es la
voluntad de Dios para mí. Eso prueba irrefutablemente no sólo su amor hacia mí,
sino su amor, su consagración y dedicación a Dios y a su voluntad. Estoy
profundamente agradecido a ella. Y a mis dos hijos también, que ahora son
jóvenes y quienes han sido muy comprensivos y jamás han ni siquiera insinuado
que quisieran que yo me ocupara en otra tarea. Para ellos toda mi gratitud.
Por esto, cuando usted vea a un
evangelista, piense en la esposa y los hijos que se quedaron en casa, y guarde
para ellos la mayor medida de su consuelo y comprensión, por la soledad y la
separación a que se ven sujetos.
Otro motivo por el que no quisiera ser
evangelista es por la falta de seguridad. El evangelista carece por completo
de seguridad material, con la sola excepción de la ofrenda que las iglesias
determinen darle por sus servicios. ¿Qué sucede en tiempos de enfermedad, o
cuando se cancela una campaña? No hay entradas. Cualquiera otro obrero
cristiano recibe un estipendio seguro, por pequeño que sea, ya fuere pastor,
misionero, profesor de instituto bíblico o de seminario, pastor ayudante,… aun
el guardatemplo.
Si el pastor, el profesor de seminario
o el guardatemplo enferman, el sueldo continúa. La casa pastoral y los gastos
ordinarios no le preocupan. Y con mucha frecuencia, la congregación y la
denominación proveen otros beneficios adicionales en tiempos de estrechez
económica. Pero si el evangelista enferma no hay salario, nadie cubre el gasto
de las cosas que su familia necesita ordinariamente, ni la renta de la casa, ni
nada más. En otras palabras: el obrero más humilde en cualquier iglesia local
disfruta de mayor seguridad económica y más beneficios adicionales, que cualquier
evangelista.
Además, ¿qué sucede cuando una
iglesia decide cancelar una campaña? Confieso que no puedo hablar sobre esto
con lujo de experiencia, porque en todos mis años de servicio solamente catorce
veces me ha sucedido, pero es el caso que en ninguna de las ocasiones, ni
siquiera por cortesía, la iglesia mencionó hacer lo posible por reparar la
pérdida económica sufrida por la cancelación. Gracias a Dios que en todos los
casos pude hacer arreglos, y nunca he tomado unas “vacaciones por fuerza”, pero
todavía pudiera suceder, y el pobre evangelista vive con esa incertidumbre.
Consideremos aun otra faceta de este
problema de la inseguridad. Si el evangelista es fiel a su llamado, le resulta
imperativo predicar sobre asuntos que a veces son sumamente delicados. Al
hacerlo corre el riesgo de enfadar a quienes pudieran ser una fuente de sostén
y ayuda en el futuro.
El evangelista no permanece el
tiempo suficiente, como el pastor, para demostrar a la gente que en realidad es
un tipo agradable, y que los demás deben y pueden aceptar su personalidad y
ministerio. El dura en la iglesia unos cuantos días, y si quiere ser fiel a
Dios, a su conciencia y a la congregación que lo ha llamado, debe entonces
hablar francamente de temas que sin duda herirán e incomodarán a miembros
influyentes o acomodados. Es, verdaderamente, una situación injusta: el hombre
que depende más del beneplácito de los cristianos, es el mismo que, por la
naturaleza de su llamamiento, debe hablarles con mayor claridad y franqueza de
los asuntos más hirientes.
¡A mi no me gustaría ser
evangelista!
Sigamos adelante. Tampoco me
gustaría ser evangelista debido a la falta de estímulos humanos. Uno de
los deseos humanos más legítimos es el de ascender, de alcanzar niveles más
elevados de triunfos que todos reconozcan como evidencias de éxito. Este deseo
no siempre es carnal; es más bien una aspiración que Dios nos dio para que nos
esforcemos por lograr el mayor rendimiento de nuestros talentos, y que los
demás lo reconozcan.
El problema es que al evangelista no
hay quien le ponga delante el proverbial palo con una zanahoria que lo incite a
logros más prominentes. Esto acontece sobre todo si el evangelista quiere
permanecer fiel a sus convicciones bíblicas. Hay muchos grupos
denominacionales e independientes que no creen en un evangelismo claro,
bíblico, de santidad.
Hace algunos años estábamos sentados
en casa a la mesa para la cena de Navidad. A mi derecha estaba mi hermano, a
quien poco antes nombraran deán de una universidad en California. A mi
izquierda estaba mi cuñado, ascendido recientemente a gerente regional de una
famosa compañía nacional de maquinaria para construcción. Ambos recibieron
sendos aumentos de sueldo, y me sentí sinceramente contento por aquellos éxitos
alcanzados. Pero fue muy natural que de pronto pensara: “Bueno, aquí estás tú;
tienes veintiún años de ser evangelista, y eso es exactamente lo que serás
dentro de otros veintiún años, si acaso vives, y sin esperanza de que nadie te
conceda un aumento de salario”. Pronto, no obstante, deseché tales
pensamientos, y pude decir: “A ver, por favor pásenme el pavo”.
Pero algunos no han podido desechar
esos pensamientos. Cierto prominente evangelista dijo a un pastor amigo mío:
“Tengo ya diez años de evangelista y he predicado en casi todas las iglesias
grandes. Si sigo, sólo haré recorrer de nuevo el mismo camino. Creo que mejor
dejaré el campo del evangelismo”. Ahora es pastora de una numerosa
congregación.
Por supuesto que es fácil ser
evangelista cuando se tienen sólo veinte años de edad. El entusiasmo de la
juventud está en su vigor. Y tampoco es muy difícil ser evangelista a los
treinta y cinco años. Pero, ¿a los cincuenta?
Durante los primeros años hay algo
fascinante en el evangelismo; el encanto de nuevas experiencias y nuevos
éxitos, el placer de viajar, el sentido muy legítimo de la satisfacción que
viene cuando cierta aura de fama comienza a formarse alrededor de nuestro
nombre, y las iglesias solicitan más insistentemente nuestros servicios. Pero
si esas son todas las causas por las que somos evangelistas, pronto entra el
aburrimiento. Para escapar, el evangelista abandona entonces su ministerio, o
se enreda “en los negocios de la vida”. Tal proceder daña tanto al evangelista
como a la iglesia, es un reproche para el evangelismo, y deja una mancha
indeleble en la reputación del evangelista.
Aparte de la ausencia de incentivos
humanos, existe la penosa verdad de que aun algunos colegas ministeriales
consideran la obra del evangelismo como un anacronismo en la actualidad. Ven
con menosprecio y desdén el oficio de evangelista. Cierto pastor me preguntó
recientemente: “¿Eso es todo lo que esperas ser en la vida? ¿Un evangelista ?“
La evidente sinceridad de sus palabras hizo mucho más inquietantes sus
preguntas.
¿Por qué causa tanta sorpresa en los
seminarios que algún estudiante al ministerio anuncie su propósito de dedicarse
a la evangelización? Muchos se quedan boquiabiertos porque alguien invertirá
su vida en lo que consideran una tarea sin consecuencia. Muchos jóvenes en
nuestras escuelas y seminarios, que han sentido el llamamiento al evangelismo,
“pierden la visión” al correr de los años, y triste evidencia de ello es que de
los cientos de alumnos graduados de uno de nuestros más grandes seminarios,
sólo seis dan hoy todo su tiempo al evangelismo.
Muchos creen que el campo del
evangelismo es el refugio de payasos y excéntricos, de imbéciles, simplones,
bobos y otros que sólo quieren ocuparse en algo fácil mientras se abre una
“mejor oportunidad”. ¡Con razón no hay muchos jóvenes que quieran ser
evangelistas! Nadie quiere ofrendar su vida en aras de lo que sus amigos y
colegas juzgan inferior. Por eso, a menos de que el llamado de Dios sea tan
profundo y claro que clame “¡Ay de mí si no hago la obra de evangelista!” el
joven no entrará al campo del evangelismo, o pronto lo abandonará.
Con todo, aunque los inconvenientes
del evangelista— no disfrutar de vida de hogar, falta de seguridad y escasos
alicientes humanos, —parezcan obstáculos insuperables, no son nada comparados
con las recompensas que acarrea el saber de cierto que él está haciendo la
voluntad de Dios para su vida. Muy poco valen las desventajas, las presiones y
la inseguridad cuando se equiparan con el privilegio de ver noche a noche a
los hombres logrando nuevas alturas sublimes de vida; cuando estrechan su mano
y le dicen: “¡Cuántas gracias doy a Dios por usted!” Galardón supremo es
verificar frecuentemente que Dios le está usando como instrumento para redimir
almas inmortales.
¿Qué son, al lado de eso, las
comodidades del hogar, los honores de una posición de prestigio, la membresía
en unos cuantos comités o juntas, las críticas y burlas, las casas pastorales y
todos los beneficios adicionales?
No se compadezca usted del evangelista.
Recibe remuneraciones que, aunque no tangibles, son muy reales, satisfactorias
y positivas. Tan satisfactorias, de hecho, que un hombre del calibre de Juan R.
Mott, evangelista de una generación anterior que se codeó con los grandes y los
poderosos del mundo, y pudo haber dejado honda huella en muchos distintos
campos de acción, dijo: “Estas palabras deseo por epitafio: ‘Fue un
evangelista’.”
Billy Graham ha dicho: “Mientras el
mundo exista habrá pecadores, y mientras haya pecadores se necesitarán
evangelistas que les proclamen el evangelio; y mientras Dios quiera que yo sea
un evangelista, consideraré un gran privilegio, un elevado honor, y un tremendo
desafío, ser uno”.
“Si Dios te llama a ser un
evangelista”, aconsejó Lord Beaverbrook, “no te rebajes a ser rey.”
Cuando concluí veinticinco años en
el evangelismo, escribí este resumen:
ü
He
viajado más de 1,350,000 kilómetros.
ü
He
tenido 653 campañas de evangelización y avivamiento.
ü
He
predicado, con intérpretes, a congregaciones que hablan el francés, el español,
el alemán, el danés, el sueco, el italiano, el japonés, el samoano, y varios
idiomas y dialectos hindúes.
ü
No he
tenido que tomar una sola vacación a fuerza.
ü
Por
más de quince años he recibido cinco invitaciones, por término medio, cada
semana, a tener campañas.
ü
Nunca
he faltado a un servicio por razones de enfermedad, excepto cuando me operaron
de cáncer.
ü
Nunca
he llegado tarde a un servicio excepto en Glasgow, Escocia.
ü
He
conocido a miles y establecido amistad con cientos de predicadores y laicos.
ü
Todos
los años el Señor me ha dado lo suficiente para pagar mis cuentas y solventar
mis gastos, y que me quede un poquito.
ü
He
visto miles arrodillarse en el altar, cientos de ellos alcanzar la salvación,
de los cuales muchos ya han arribado al cielo y otros están en camino.
Al
considerar todo esto, y a pesar de todas las horas de soledad, todos los
errores, fracasos y flaquezas, puedo con mayor gratitud y convicción asentir a
las palabras del himno: “Qué bueno es servir a Jesús…” ¡Gracias a Dios!
SEGUNDA
PARTE
SISTEMAS
3. COMO
PREPARAR UNA CAMPAÑA DE EVANGELISMO.
El evangelista depende
de que lo inviten. Casi ninguna denominación tiene un departamento encargado de
asignar campañas a los evangelistas. El no es como un agente de ventas
contratado por una firma comercial y asignado a cierta área. El evangelista
dice con Juan Wesley: “El mundo es mi parroquia”.
Aunque algunos
superiores eclesiásticos y amigos pastores le ayuden a conseguir campañas al
principio de su ministerio, en fin de cuentas el evangelista mismo crea la
demanda de sus servicios. En la mayoría de las denominaciones es el pastor
local quien sugiere a la junta oficial, o de administradores, de diáconos o de
ancianos, uno o varios nombres de evangelistas que pueden invitar. La regla
general es que la junta, a su vez, conceda al pastor entera libertad para
escoger al evangelista; pero si algunos se oponen, el pastor tendrá la
sabiduría de no crear un problema y sugerirá otros nombres.
Cierta junta de
oficiales discutía nombres de posibles evangelistas para una campaña local, y a
todos los nombres mencionados, uno de los oficiales decía:
—No, ese no. No me cae
bien.
Por fin, otro oficial,
enfadado, le dijo:
—El problema con usted,
hermano, es que nada le cae bien, ¡todo se le resbala!
Si fuera indispensable
obtener el voto unánime de los oficiales de la iglesia para llamar a un
evangelista, probablemente ninguna iglesia podría llamarnos, porque es
imposible satisfacer a toda la gente todo el tiempo.
Una vez tomada la
decisión de llamar a un evangelista, el pastor es quien le escribe invitándolo.
Yo prefiero que me escriba el pastor y no el secretario de la junta de
oficiales. En su carta, el pastor debe sugerir dos o tres fechas adecuadas para
la campaña, y mencionar si ya tiene otros avivamientos planeados, en qué fechas
y con cuál evangelista. También puede extender una invitación “abierta”, es
decir, dejando a elección del evangelista la fecha más conveniente.
También creo muy justo
que se informe al evangelista de todos los detalles pertinentes, por ejemplo:
si están haciéndose arreglos para tener música especial, un cantante o grupos
que canten, el tamaño aproximado de la concurrencia, el lugar donde se
hospedará, y —algo que considero de importancia particular para un evangelista
que se ha lanzado al incierto vivir del predicador itinerante— la cantidad
económica mínima con que la iglesia espera remunerar sus servicios.
Por supuesto que el
evangelista no decidirá aceptar o no la invitación basándose únicamente en esta
información. Todo evangelista eleva sus ojos al cielo para recibir órdenes
sobre a dónde dirigirse, pero esos datos evitarán muchos contratiempos. Y las
iglesias deben tomar muy en cuenta que muchas veces un evangelista no puede
aceptar una invitación, no porque no quiera, ni porque se considere demasiado
importante como para aceptarla, sino porque ya está invitado a otros lugares y
ha formulado planes con anterioridad. Recuerden las congregaciones que muchos
evangelistas tienen su itinerario programado hasta con años de anticipación.
Cuando fuere necesario
suspender una campaña, si la iglesia la suspende lo correcto es que envíe al
evangelista siquiera la mitad de los honorarios que se habían fijado, pues que
los gastos de él y su familia seguirán haciéndose y sin duda será demasiado
tarde para arreglar otra campaña. Si es el evangelista quien la suspende, él
debe preguntar a la iglesia cuánto se gastó en propaganda, comunicaciones,
etc., y reembolsar ese dinero. Ambos deberán esforzarse por fijar una nueva
fecha para la campaña, si es posible.
En todos estos arreglos,
comunicaciones, planes, etc., debe siempre prevalecer el más amplio criterio de
comprensión y caridad cristianas. Sobre todo, la causa de Jesucristo debe
colocarse en primer lugar y dársele toda prioridad, más que a los deseos de la
congregación o las ideas del evangelista.
4. EL SERVICIO DE EVANGELISMO.
Desde luego que un
servicio de evangelismo no puede serlo de adoración. Los pecadores no pueden
adorar, a menos que estén en el proceso de arrepentirse y tener fe. El
propósito del servicio de evangelismo es alcanzar los corazones que no han
resuelto el problema del pecado.
Es de gran urgencia que
comprendamos la diferencia entre “avivamiento” y “evangelismo”. Un servicio de
avivamiento no es, estrictamente hablando, un servicio de evangelismo, pues su
objetivo es reavivar y renovar a los cristianos; pero sí tiene consecuencias
evangelísticas, puesto que los corazones reavivados de los cristianos se lanzarán
a ganar almas con pasión intensa.
No obstante, en este
capítulo usaremos ambos términos al referirnos a “el servicio de evangelismo”.
El Canto
El servicio de
evangelismo es más informal, particularmente en el canto. Por regla general, a
la gente no le gusta entonar selecciones corales, y, además, el servicio de
avivamiento no es la ocasión de dar al público una lección de música, ni debe
aprovecharse para crear el gusto musical, y mucho menos para pasar el tiempo
mientras llegan los retrasados.
Uno de los propósitos
importantes del canto es crear el espíritu de unanimidad; integrar una
congregación unida en espíritu, en propósito y en actitud receptiva. Nada
obtiene mejor este fin que el canto congregacional. Y sucede no sólo en la
iglesia, sino también en reuniones patrióticas, en clubes, en reuniones
sindicales, etc. El canto público une las mentes y, en las iglesias, los corazones.
Si se echa mano, sin
embargo, de himnos y cantos desconocidos, es difícil lograr aquello. Algunas
personas censuran los himnos que testifican de una experiencia espiritual
definida, pero el caso es que si poseemos una experiencia espiritual, ¿por qué
no podemos expresarla acompañada por una melodía? Esta es precisamente la razón
de que los cristianos convencidos de la experiencia espiritual en Jesucristo,
prefiramos cantar. Por el contrario, los que juzgan que una experiencia
personal profunda con Cristo es un engaño, rechazan el canto espiritual
alegre.
Juan Wesley advirtió
repetidamente a sus iglesias que si perdían el uso del canto espontáneo,
perderían algo vital y atractivo en todo el movimiento. Esa es una verdad
aplicable a cualquier movimiento que haga énfasis en la experiencia del
corazón. Jamás abandonemos el canto congregacional espontáneo, informal,
alegre, bajo falsas pretensiones de supuesta “cultura”.
Por supuesto que eso no
significa que el canto en un servicio de evangelismo no deba ser reverente y
bien ejecutado. Además, es necesario insistir en que quienes canten himnos
especiales lo hagan para ensalzar a Cristo y alcanzar los corazones, y jamás
para lucirse. El solista de las campañas de Billy Graham, el señor Beverly
Shea, podría muy bien cantar himnos de música clásica, pero invariablemente
canta los más sencillos himnos evangelísticos, y lo hace con profunda
reverencia y perfección. La consecuencia es que Jesucristo es levantado ante
las multitudes.
Yo tengo por costumbre
dirigir el canto en mis campañas. No lo hago porque crea que nadie lo puede
hacer mejor, pues soy testigo de muchos otros que me superan. Pero así obtengo
más rápidamente un sentido de comunión directa con el auditorio y para cuando
comienzo a predicar, ya somos “viejos amigos”.
Algunos se asombran de
que aunque dirijo el canto y predico, mi garganta no ha sufrido. La razón es
que uso mi garganta, no la abuso. Me esfuerzo en respirar debidamente, y usar
la voz correctamente durante el canto de los himnos, y cuando llega la hora de
predicar, mi garganta está “al punto”.
También me gusta tocar
el trombón, y cuando hay un pianista demasiado lento, o demasiado rápido, o
alguien en la congregación que quiere marcar el tiempo con su vozarrón, dirijo
el trombón en su dirección, y ¡yo le marco el tiempo!
El Sermón
La diferencia entre el
servicio de evangelismo y el de adoración no se limita al canto. También debe
existirla entre el contenido, el estilo y la presentación del sermón.
También aquí conviene
establecer comunión con el auditorio. Casi todos los presentes han pasado el
día trabajando y están conscientes de las noticias locales, nacionales y
mundiales. Por eso es buena idea comenzar el sermón refiriéndose a algún
acontecimiento de actualidad que atrape la atención y haga pensar a todos que
el predicador quiere hablarles de algo contemporáneo y útil.
Y en cuanto al
contenido, debe presentarse en forma clara, directa y sencilla. No se engañe
usted, hay que sudar mucho para reducir a expresiones llanas conceptos
misteriosos como el amor, el pecado, la deidad, la redención, el juicio, etc.
¿De qué sirve que el sermón sea profundo, o bien documentado, o de urgente
importancia, si la gente no tiene idea de lo que se le está diciendo, o, peor
aún, no logramos que tome una decisión?
El Maestro comprendía claramente
los misterios más hondos y los conceptos más profundos, pero los exponía de la
manera más llana Y diáfana. Se ha dicho que nadie puede entender a fondo un
concepto sino hasta que pueda decir, “por ejemplo”. Y ¿no era precisamente eso
lo que Jesucristo hacía cuando anunciaba: “El reino de los cielos es semejante
a…?” Estaba diciendo: “Por ejemplo…”
Por esto debemos incluir
muchas ilustraciones en nuestros mensajes. Cuando estamos presentando una
conferencia, sí caben las citas sonoras y las expresiones rimbombantes. Pero
el objetivo del sermón es distinto: se trata de persuadir, de ganar, de
provocar a la acción. El famoso predicador Barrett Baxter dijo: “El único propósito
de la predicación es influir sobre los hombres… La prueba definitiva de la
eficacia de la predicación es ésta: ¿ Qué cambios han ocurrido en la vida de
las personas que me han escuchado predicar?”
El sermón evangelístico
debe establecer comunicación directa con cada oyente. Para ello necesita ser
sencillo, directo, presentado con tono de urgencia, y dirigido no sólo a la
cabeza, sino también al corazón y a la voluntad.
El evangelista no debe olvidar que su propósito es persuadir, no impresionar. Si quiere ganar almas