CONOZCA LOS

PROFETAS

MENORES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

por

Ralph Earle, Th.D.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CASA NAZARENA DE PUBLICACIONES

P.O. Box 527 • Kansas City, Missouri, 64141 E.U.A.


Esta obra apareció en inglés con el título de Meet the Minor Prophets. Fue traducida bajo los auspicios de Publicaciones Internacionales de la Iglesia del Nazareno.

 

 

 

 

 

 

Décima edición, 1985

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Impreso en los E.U.A.

Printed in U.S.A.


PREFACIO

Los doce profetas “menores” no llevan este califi­cativo porque su mensaje sea de menor importancia, si­no porque sus escritos son menos extensos que los de los profetas “mayores.” Amós, Oseas y Miqueas ocupan una posición paralela a la de Isaías—su famoso contem­poráneo—por el énfasis en las sublimes verdades del judaísmo, a saber: que Jehová es el único Dios verdadero, cuya solamente es toda adoración; que Dios siempre cas­tiga el pecado; que la religión verdadera consiste de jus­ticia antes que de ritualismo, de manera que Dios de­sea justicia y misericordia más bien que sacrificios y ofrendas; que la salvación se encuentra por la fe en la Palabra del Señor a través de sus profetas, y por la obediencia a ella.

El siglo octavo antes de Cristo señala la cúspide de la profecía hebrea. En él encontramos a Amós, Oseas, Isaías y Miqueas, quienes posiblemente hayan apareci­do y servido en ese orden. Es probable que los libros de Joel, Jonás y Abdías, pertenezcan también a este perío­do. Si tal suposición resulta correcta, seis de los doce profetas menores escribieron en este siglo octavo A.C.

Durante el siglo séptimo aparecieron otros tres pro­fetas menores: Sofonías, Nahum y Habacuc. Ellos fue­ron contemporáneos de Jeremías.

El siglo sexto A.C. escuchó las voces de Haggeo y Zacarías desafiando a los cautivos que habían regresa­do a Jerusalén a reconstruir el templo. Unas décadas antes—en el mismo siglo—Ezequiel había servido a los exiliados en Babilonia.

Finalmente, el siglo quinto A.C. nos brindó al úl­timo profeta del Antiguo Testamento: Malaquías. El señaló con índice inconfundible hacia la venida del Mesías y de su predecesor—Juan el Bautista—cuatrocien­tos años más tarde.

Posiblemente alguien desee saber por qué no hemos presentado a estos profetas en su orden cronológico. La razón de ello es que nos ha parecido más prudente se­guir el orden que sus libros ocupan en el Antiguo Tes­tamento.

Hemos de observar que, generalmente, el primer versículo de cada profecía nos presenta el título del li­bro y ofrece los datos cronológicos.

El título de este volumen sugiere el método de es­tudio. Hemos decidido considerar a cada profeta desde un punto de vista intensamente humano. Nuestro deseo ha sido que estos videntes de antaño adquieran vida en nosotros. El autor abriga la esperanza de que su libro presente un reto a la juventud—la juventud que re­siente la ausencia de un desafío en sus libros de texto.

Los profetas menores tienen un mensaje moderno de urgente necesidad en esta hora de confusión y crisis. Es nuestra oración que los oídos se abran y que los co­razones se sintonicen para escuchar la Palabra de Dios a través de estos varones.

—RALPH EARLE


CONTENIDO

UNO. Oseas y Joel

A.               Oseas—El Triunfo del Amor

1.  El Hombre

2.  El Mensaje

3.  El Estilo

B.               Joel—Dios Castiga el Pecado

1.  La Plaga de Langostas

2.  Los Ejércitos Invasores

3.  El Día de Jehová

4.  Arrepentimiento y Promesa

DOS. Amós y Abdías

A.               Amós—La Lucha Entre la Justicia y el Ritual

1.  El Llamado del Profeta

2.  La Predicación del Profeta

3.  El Profeta de Justicia

4.  Justicia Antes que Ritual

5.  El Pecado de Samaria

6.  Cinco Visiones

B.               Abdías—La Tragedia del Odio Entre Hermanos.

1.  Jacob Versus Esaú

2.  Israel Versus Edom

3.  El Orgullo de Edom

4.  La Crueldad de Edom con Israel

5.  El Mensaje Para Nuestros Días

TRES. Jonás y Miqueas

A.               Jonás—Salvación Para Todas las Naciones

1.  La Ciudad de Nínive

2.  Las Protestas del Profeta

3.  Las Oraciones del Profeta

4.  La Predicación del Profeta

5.  Los Berrinches del Profeta

6.  La Interpretación del Libro

7.  Los Milagros en Jonás

8.  El Valor del Libro

B.               Miqueas—El Defensor de los Pobres

1.  El Llamamiento del Profeta

2.  La Opresión de los Pobres

3.  Sentencia de Muerte

4.  Promesa de Restauración

5.  El Pleito del Señor

6.  La Religión Verdadera

7.  La Perspectiva

8.  La Mirada Hacia Arriba

CUATRO. Nakum y Habacuc

A.               Nahum— Maldición de Dios Sobre la Crueldad

1.  La Crueldad de Nínive

2.  La Fecha del Libro

3.  Una Descripción de la Ciudad

4.  La Captara de Nínive

5.  El Hogar del Profeta

6.  La Ira de Dios

7.  El Mensaje de Nahum Para Nuestro Día

B.               Habacuc—El Combate con la Duda

1.  El Problema del Profeta

2.  La Respuesta de Dios

3.  Fecha del Libro

4.  La Perplejidad del Profeta

5.  La Paciencia del Profeta

6.  La Respuesta del Señor

7.  La Oración del Profeta

CINCO. Sofonías y Haggeo

A.               Sofonías—Cuando Dios Invade el Escenario Humano

1.  La Adoración de Baal

2.  Otras Idolatrías

3.  El Castigo de Jerusalén

4.  El Día de Jehová

5.  Un Llamado al Arrepentimiento

6.  Fecha del Libro

7.  El Gozo de Dios en su Pueblo

B.               Haggeo—Un Hombre de Acción Inspirada

1.  El Primer Mensaje

2.  La Respuesta del Pueblo

3.  El Segundo Mensaje

4.  El Tercer Mensaje

5.  El Cuarto Mensaje

6.  La Naturaleza de Haggeo

SEIS. Zacarías y Malaquías

A.               Zacarías—El Triunfo Final de la Santidad

1.  La Primera Súplica del Profeta

2.  Ocho Visiones

3.  El Asunto del Ayuno

4.  La Unidad de Zacarías

5.  La Esperanza Mesiánica

B.               Malaquías—Cuando la Gente es Tacaña con Dios

1.  El Método de Malaquías

2.  El Pecado de los Sacerdotes

3.  El Pecado del Divorcio

4.  “Mi Mensajero”

5.  El Diezmo

6.  El Mesías Viene Ya


Uno

OSEAS y JOEL

A.           Oseas—El Triunfo del Amor

Nombre: Significa “salvación,” “liberación.”

Fecha: Aproximadamente entre 750 y 736 A.C.

Lugar de su ministerio: El reino de Israel (Norte).

División de su libro:

I.               La Vida Hogareña de Oseas (capítulos 1—3).

II.               El Mensaje de Dios a Israel (capítulos 4—14).

Versículos sobresalientes para memorizar: 10:12; 14:4.

1.            EL HOMBRE

La tarde caía en un humilde hogar del norte de Israel. Un personaje solitario sollozaba con el rostro hundi­do entre sus manos. El ser amado había dejado el hogar y el desconsolado esposo compartía el funeral en su corazón.

¿Por qué había sucedido todo aquello? Esta pre­gunta obsesionaba la mente y atormentaba el alma de Oseas, nuestro joven profeta.

a.               Luna de Miel que se Vuelve de Angustia. La memoria tomó a Oseas de la mano y lo condujo hacia atrás por los senderos del tiempo. ¡Cuán vívidamente recordaba la ocasión en que conoció a la hermosa don­cella llamada Gomer! La escena aparecía de nuevo an­te sus ojos. El encanto de la juventud, la belleza fasci­nadora... la memoria de aquel momento agitaba y traspasaba su corazón en esta noche.

Dándose cuenta de su llamamiento, el mozo profe­ta había orado intensamente sobre el asunto. La instruc­ción divina había llegado con la claridad de una cam­panada: “Cásate con Gomer.” Y así, un día se unie­ron en matrimonio. Muy a pesar de la tragedia subse­cuente, Oseas no podía dudar de que Dios le había in­dicado que se casara con la mujer que llegó a ser su es­posa. Pero, ¿por qué? ¿Por qué? Esta interrogación reso­naba como un lamento por todos los ámbitos de su alma.

Los primeros años de su matrimonio fueron muy fe­lices. Oseas y su joven compañera estaban mutua y pro­fundamente enamorados. Como la fragancia de las li­las en primavera, las brisas de la memoria le traían el aroma de la dulzura de aquellos primeros días. El aún ardiente enamorado prorrumpió en nuevos sollozos.

¡Cómo recordaba al primer hijo que había arrulla­do! Cuando se llenó de orgullo por tener su primer hijo, le pareció que la copa de su gozo rebosaba. Cuando oró sobre ello, se le indicó que llamara al niño Jezreel. El niño era una señal para Israel de que Dios vengaría la sangre de Jezreel sobre la casa de Jehú.

Pero de pronto apareció un distanciamiento en la vida de la feliz pareja. Oseas observó con creciente con­goja la atención señalada que algunos jóvenes demostra­ban para con su esposa. Sus ojos comenzaron a intercep­tar algunas miradas veladas, pero acariciadoras. No fue muy difícil descifrarlas. La belleza misma de Gomer es­taba resultando ser una trampa para ella.

Poco tiempo después, otro bebé nació en el hogar, sólo que esta vez fue una hija. Pero el entusiasmo de Oseas se enfrió no porque aquel vástago fuera mujer­cita, sino porque en las honduras de su corazón se agi­taba la negra sombra de una tremenda incertidumbre— ¿era esta niña realmente hija suya? El horizonte del profeta se obscureció con una horrible interrogación.

La voz divina le dio muy poco consuelo al indicarle el nombre de la niña: “Ponle por nombre Loruhama: porque no más tendré misericordia de la casa de Israel” (1:6). Loruhama—“la no compadecida,” “la no amada.” Lenta, pero seguramente, la cruz caía sobre sus hombros: la cruz oculta de un temor indescriptible. La senda del profeta se estaba volviendo una verdadera vía dolorosa.

Finalmente, otro hijo vino al hogar. En esta ocasión no hubo duda alguna... tan sólo quedaba una horri­ble certeza. Dios le dijo: “Ponle por nombre Loammi: porque vosotros no sois mi pueblo ni yo seré vuestro Dios” (1:9). Loammi—“no pueblo mío,” “no mi fami­liar.” Aturdido y ofuscado, Oseas andaba como si estu­viera soñando. Gradualmente, como uno que vuelve en sí, el agudo dolor regresó. El alma sensitiva del profeta fue bombardeada con la realidad innegable de la verdad horrible—el niño no era su hijo. Gomer, su esposa, le había sido infiel.

b.               El Pecado Resulta en Separación. Por fin, un día Gomer dejó el hogar. Cuando el ruido de sus pasos se perdió, un horrendo sentido de vacío y soledad se apo­deró del alma del profeta. Parecía como si la luz del amor se hubiera apagado en su espíritu. Después, los sentimientos estallaron y Oseas encontró descanso de­jando salir un torrente de lágrimas.

Parecía que muchas horas habían transcurrido ya. Pero en realidad fue a los cuantos minutos que los ni­ños llegaron corriendo. “¿A dónde va mamacita? No contestó cuando la llamamos. ¿Por qué se va?” Sí— ¿Por qué? Oseas no supo qué contestar.

Esa noche, un extraño silencio reinó a la hora de la cena. Todos se daban cuenta del asiento vacío en aquel círculo familiar. De pronto, la pequeña Loruhama levantó su carita y preguntó, “¿Dónde está mamá?” La interrogación penetró el alma del profeta como un agudo puñal. En vano procuró Oseas contener las lágrimas. Lo­ruhama se subió a sus rodillas y comenzó a llorar, mien­tras repetía, “Yo quiero a mi mamacita.” El profeta puso su cabeza junto a la de la inocente, y lloró con ella.

Pero comprendió que debía dominarse delante de los niños. En silencio se reunieron para tener su altar familiar. Con labios temblorosos imploró desde lo más profundo de su alma: “Bendice a mamá, cuídala, y tráela pronto a casa.”

Cuando los niños se acostaron, Oseas se ocupó en limpiar y arreglar la casa. Los pequeños dormían pro­fundamente. Entonces, en el rincón más alejado de aquel hogar que solamente tenía un cuarto, Oseas se echó so­bre su rostro y dio rienda suelta a su dolor. Derramó toda la angustia de su corazón delante de Dios, el úni­co que podía escucharle. Le pareció que la pesada cruz del sufrimiento que experimentaba se había plantado y que los clavos más crueles lo sujetaban a ella. La an­gustia se volvió agonía, y de los profundos de su deses­peración, clamó: “Dios mío, ¿por qué?”

La respuesta vino de manera inesperada. Agotado por el llanto, el profeta se había quedado quieto por un momento. Y fue en aquella pausa de silencio que escu­chó un ruido. Sorprendido, levantó la cabeza. No, los niños dormían profundamente y no tenían alterada la respiración. ¿Qué sería ese ruido?

c.               Las Lágrimas de Dios. Una vez más sepultó el rostro entre sus brazos, pero de nuevo escuchó un ruido. Alguien estaba sollozando—Alguien que estaba junto a él. ¿Quién podría ser?

Casi sin atreverse a respirar esperó en silencio per­fecto. De nuevo se escucharon los sollozos. En esta vez alcanzó a oír algunas palabras. ¡Escuchad! “¿Cómo tengo de dejarte, Efraín?... ¿Qué haré de ti, Efraín?” (11:8; 6:4). Era el sollozo del corazón quebrantado de Dios. Esa noche Oseas aprendió que no sufría solo. En el centro mismo del universo había un Dios de amor quien sufría por los pecados de su pueblo. Así como Gomer había sido infiel a su esposo, Israel había sido infiel a su Dios. Oseas encontró en el compañerismo del sufri­miento no solamente la solución a su problema perso­nal, sino también un mensaje nuevo para la nación. El pecado más grande de Israel era el rechazamiento del amor de Dios; sin embargo, el amor de Dios, aunque des­preciado, permanecía incólume.

Pero el Calvario es sólo el principio de la redención. El precio que se paga en el sufrimiento no debe quedar sin galardón. El amor debe encontrar un camino, y lo encontrará.

d.               El Perdón no Conoce Fronteras. Una noche, cuan­do el profeta estaba orando, la Voz habló claramente a su corazón: “Ve, ama a una mujer amada de su compa­ñero, aunque adúltera, como el amor de Jehová para con los hijos de Israel” (3: 1).

El día siguiente Oseas envió a los niños a jugar con sus amigos vecinos. Entonces tomó el mismo camino que Gomer había seguido varios meses antes. Aquel camino llevaba de su humilde finca campestre a la gran ciudad que quedaba a unos cuantos kilómetros.

Cuando llegó a las calles de Bethel, Oseas observó los mismos espectáculos y ruidos que habían escandali­zado a Amós algunos años atrás. Mucha gente vivía aún en medio del lujo, aunque la cubierta de la prosperidad estaba cayéndose ya.

Oseas atravesó la mejor parte de la ciudad hasta lle­gar a los barrios bajos. Todo lo que veía le era novedoso pues nunca había visitado aquel lugar. Pero indagando llegó hasta el mercado de los esclavos.

Al acercarse le llamó la atención cierta esclava. Es­taba vestida en harapos inmundos y, sin embargo, había algo de familiar en su parecer. En ese instante la esclava volvió su rostro hacia él; sus ojos se encontraron por un segundo y ella viró rápidamente la vista en otra di­rección. Mas en aquel segundo Oseas captó una mirada de reconocimiento. Era difícil creerlo, pero era cierto— la esclava era Gomer.

Mientras su corazón latía agitadamente, Oseas trató con el vendedor: “Compréla entonces para mí por quin­ce dineros de plata, y un homer y medio de cebada” (3:2).

Cuando el profeta se acercó para recibir su prenda, aquella mujer que había sido tan bella ocultó el rostro avergonzada. Se había vendido a sí misma como esclava al pecado, y ahora se encontraba en la esclavitud literal. No obstante, su esposo había venido a redimirla.

Oseas la tomó amorosamente de la mano, la dirigió a través de los barrios bajos y por entre las avenidas donde vivía la gente rica, hasta el campo libre y el sen­dero que conducía al hogar.

e.               El Amor lo Conquista Todo. Nadie había dicho una sola palabra, pero ya en el camino las palabras tier­nas y amorosas de Oseas produjeron una conmoción pro­funda en el alma de Gomer. “Gomer, te amo con todo mi corazón. Nunca he dejado de amarte. Todos los días he orado por ti y he anhelado tenerte conmigo. Ni por un instante te he dado por perdida. Ahora te he comprado para que seas mía para siempre. Todo lo pasado queda perdonado. Debes quedarte conmigo y no serme infiel jamás. Estableceremos un hogar feliz y seremos fieles el uno al otro mientras vivamos.”

Gomer caminaba difícilmente, cegada por las lágri­mas. Por fin divisaron la casita que abrigaba su hogar. ¡Cómo se veía encantadora comparada con las madrigue­ras del pecado y el horrible mercado de esclavos! Oseas abrió la puerta y amorosamente le indicó que entrara.

Cuando Gomer se encontró de nuevo en su propio hogar con su esposo, la invadió un tremendo sentido de pecaminosidad. Se vio a sí misma como en realidad era y odió intensamente su yo malvado. Cayendo de rodillas, abrió su corazón y derramó su alma en confesión y arre­pentimiento; llorando y clamando, imploró perdón. No parecía posible que Dios la perdonara, pero si Oseas le había perdonado quizá Dios también se compadecería de ella.

Súbitamente, el resplandor del cielo brilló en su co­razón entenebrecido. Levantó sus ojos y a través de sus lágrimas se dejó ver el destello de una sonrisa radiante. Oseas la estrechó entre sus brazos. De nuevo ella era verdaderamente su prometida. El amor había encontrado una solución. La esposa pródiga regresaba al hogar pa­ra siempre.

Como producto de la tragedia doméstica acontecida en la vida de Oseas, encontramos el mensaje más sobre­saliente del Antiguo Testamento—la historia del amor redentor de Dios. Amós había dejado oír su voz en to­nos vigorosos de austera justicia—Oseas imploraba con notas del amor más tierno. ¿A qué se debió esta diferen­cia? En parte, al sufrimiento y al quebranto que tocara en suerte al último profeta.

¡Qué precio tan exorbitante pagó por su ministerio! Pero nadie puede proclamar el mensaje del Calvario sin haber comprendido primero el significado de la cruz. Oseas descubrió que sin sufrimiento no hay verdadero amor, y que mientras más se ama, más se sufre. En la tragedia sin fondo de su propio dolor, descubrió el se­creto del amor expiatorio. Solamente así pudo compren­der el amor redentor, aun cuando rechazado, de Dios. Los ruegos apasionados del ministerio de Oseas fueron un eco del sollozo que una noche escuchara en la oscuridad.

2.            EL MENSAJE

El libro de Oseas se divide muy naturalmente en dos secciones. En los primeros tres capítulos encontramos la historia de un corazón y un hogar hechos pedazos. En los capítulos cuatro al catorce, inclusive, tenemos el men­saje de Dios a Israel basado en la experiencia del profeta.

Dios tenía un gran mensaje para su pueblo; un men­saje de amor que redime. Mas ¿dónde hallar un mensa­jero que estuviera a la altura de la tarea? No habiendo ninguno disponible, el Señor preparó a su propio profeta.

a.               La Redención Requiere Sufrimiento. El amor abs­tracto significa exactamente nada. No se puede aprender a amar escuchando conferencias sobre el amor, ni estu­diando volúmenes que lo encomien. Es preciso experi­mentarlo. Por esta razón, Dios arrojó a su profeta a los abismos de una tragedia dolorosa. Sobre el sensible es­píritu de aquel hombre cayeron golpe tras golpe, y el corazón se abrió a pedazos hasta el límite. Oseas tuvo su Getsemaní y su Calvario, y en el sitio del sufrimiento vicario encontró el secreto del amor redentor.

Sólo un amor que sufre puede ser un amor que sal­va. Cuando Oseas encontró a su esposa descarriada, hun­dida en el cieno de su pecado, su vergüenza, su degrada­ción y su desgracia; cuando sintió un gran borbotón de amor inmenso fluyendo de su corazón hacia ella, y se vio poseído por un deseo incontrolable de libertarla de los grillos de su esclavitud; cuando pagó el precio en dinero contante y sonante, como ya lo había pagado con el su­frimiento desgarrador; cuando tomó a Gomer de la ma­no con toda su inmundicia y sus harapos para regresarla al corazón y al hogar—entonces el profeta compren­dió el amor de Dios que redime. Entonces pudo dirigirse al pueblo con lágrimas en sus ojos y voz entrecortada, diciéndole que Dios le amaba también, y que deseaba que regresara al hogar.

b.               El Amor Verdadero es Tierno. Solamente un pro­feta que amara con ternura podría proclamar el mensaje que encontramos en 2: 14-15: “Empero he aquí, yo la in­duciré, y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón. Y daréle sus viñas desde allí y el valle de Achor por puerta de esperanza; y allí cantará como en los tiempos de su ju­ventud, y como en el día de su subida a la tierra de Egipto.”

Este mensaje es un eco de lo que sucedió en el ca­mino del mercado de esclavos al hogar, cuando Oseas cortejó y conquistó de nuevo el corazón de Gomer. Los felices días que siguieron cuando el profeta escuchaba a su esposa cantando mientras hacía las labores domésti­cas y cuidaba de los niños, reservando para él las sonrisas que revelaban el amor que ella le brindaba, fueron re­compensa suficiente por las horas de angustia. Verdade­ramente, había valido la pena. Oseas estaba aprendiendo que el amor es la posesión más valiosa de la humanidad.

c.               El Gran Pecado. El gran pecado de Israel era su trasgresión en contra del amor. Es cierto que la gente era culpable de “perjurar, y mentir, y matar, y hurtar, y adulterar” (4:2), pero en último análisis, todos estos pecados contra las demás personalidades humanas eran consecuencia de su pecado en contra de Dios. El pecado básico, del cual brotaban todos los demás pecados, era el rechazamiento del amor de Dios.

Y porque ellos se apartaron de Dios, El dijo que se apartaría de ellos. “Andaré, y tornaré a mi lugar hasta que conozcan su pecado y busquen mi rostro. En su an­gustia madrugarán a mí” (5:15).

Oseas estuvo de acuerdo con Amós en poner más én­fasis en la rectitud que en el ritual. “Porque misericordia quise, y no sacrificio; y conocimiento de Dios más que ho­locaustos” (6:6).

3.            EL ESTILO

El libro de Oseas abunda en figuras sencillas de len­guaje, aunque vívidas. Casi todas ellas están tomadas del campo y parecen indicar que el profeta vivía en las afue­ras de la ciudad. Por ejemplo, en 4:16 encontramos una figura indeleblemente fija en la mente de todo muchacho criado en el campo: “como becerra cerrera se apartó Is­rael.” Y más adelante Dios dice al pueblo: “La piedad vuestra es como la nube de la mañana, y como el rocío que de madrugada viene” (6:4).

En 7:9 tenemos una figura triste: “Vejez se ha esparcido por él, y él no lo entendió.” Es un símbolo gráfico de la decadencia inconsciente.

Al insistir con urgencia en que la gente se volviera a Dios, Oseas recurre al campo para tomar una figura: “Arad para vosotros barbecho: porque es el tiempo de buscar a Jehová, hasta que venga y os enseñe justicia” (10:12).

Una figura hermosa, aunque patética, la encontra­mos en 11: 3—“Yo con todo eso guiaba en pies al mismo Efraín, tomándolos de sus brazos, y no conocieron que yo los cuidaba;” y agrega el Señor: “Con cuerdas hu­manas los traje, con cuerdas de amor.”

El punto culminante del libro se encuentra en el último capítulo. He aquí el llamado amoroso de Dios: “Conviértete, oh Israel, a Jehová tu Dios: porque por tu pecado has caído. Tomad con vosotros palabras, y con­vertíos a Jehová, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien, y daremos becerros de nuestros labios.”

Entonces Dios los recibe misericordiosamente. Es­cuchad su respuesta: “Yo medicinaré su rebelión, ama­rélos de voluntad” (14:4).

El mensaje final del libro se refiere al triunfo del amor. Cierto es que encontramos endechas fúnebres y cantos quejumbrosos en claves menores, pero el orato­rio termina en un resonante acorde de victoria. El amor venció al pecado.

B.           Joel—Dios Castiga el Pecado

Nombre: Significa “Jehová es Dios.”

Fecha: Incierta; quizá el siglo octavo, o el cuarto A.C.

Lugar de su ministerio: Probablemente el reino del sur, o de Judá.

División de su libro:

I.               Joel Habla (1:2—2: 17).

II.               Jehová Habla (2: 18—3: 21).

Versículos sobresalientes para memorizar: 2:21; 2:25; 2:32a.

1.            LA PLAGA DE LANGOSTAS

Era una cálida tarde de verano. Mientras Joel se de­tenía en el umbral de su hogar amparándose bajo la sombra del techado, pensaba atemorizado en los resulta­dos de la sequía que ya se dejaba sentir. El campo se di­visaba aún verde y hermoso, pero, ¿qué tanto tiempo permanecería así?

Recorriendo su vista por el rumbo noreste, observó de pronto una nube en el horizonte. La nube se acercaba rápidamente. Entonces llegó a sus oídos un ruido sordo, el cual aumentó gradualmente hasta volverse como ru­gido de catarata, como huracán en la costa. Apresura­damente, Joel entró a la casa y dio el grito de alarma: “¡Viene una nube de langostas!”

En unos cuantos minutos el aire se llenó de miríadas de insectos. El suelo, los árboles, las plantas, las paredes, las casas—todo quedó cubierto con aquella masa viviente.

Cuando Joel oyó el ruido que los insectos hacían al devorar hojas y tallos, espigas y troncos, un sentimiento de terror lo invadió. Esto era destrucción; destrucción incesante, incontenible. Por más animales que se mata­ran, decenas de millares avanzaban sobre los espacios despejados. Joel vio a los insectos subir por las paredes de la casa y entrar por las ventanas. Por todos lados no se veía sino un continuo fluir de devastación y muerte.

No fue sino hasta que todo lo verde desapareció, que los millones de animales levantaron el vuelo. Con un estruendo ensordecedor avanzaron hacia los campos de algún pobre vecino indefenso.

Cuando Joel examinó sus sembrados, se sintió en­fermo. Todos los árboles habían quedado desnudos de hojas y de corteza. Su jardín estaba tan desierto como si nunca hubiera arado y sembrado. En las parcelas no quedaba ni siquiera una hoja seca para una cabra ham­brienta. Todo a su derredor era desolación y ruina.

Generalmente las plagas de langosta duran de dos a cinco meses. Cuando terminó esta plaga en el tiempo de Joel, él escribió: “Lo que quedó de la oruga comió la langosta, y lo que quedó de la langosta comió el pul­gón; y el revoltón comió lo que del pulgón había que­dado” (1:4).

Algunos eruditos han pensado que se alude a ciertas etapas sucesivas de la misma plaga, pero George Adam Smith sostiene que el verso se refiere a cuatro plagas distintas de invasores. Las cuatro palabras hebreas eran nombres distintos dados a la langosta para describir sus diferentes actividades destructivas. El traduce así este versículo:

Lo que dejó el marchitador, comió el trepador;

Lo que dejó el trepador, comió el pulidor;

Lo que dejó el pulidor, comió el devorador.

2.            LOS EJERCITOS INVASORES

Mientras Joel observaba la aparición y actividad de la langosta, con la terrible desolación resultante, Dios le dio un mensaje para su pueblo. La devastadora plaga constituía una advertencia para Judá sobre los ejércitos enemigos que pronto invadirían sus fronteras cual sím­bolo de los inminentes castigos de Jehová sobre la tierra.

Es en esta forma que Joel nos ha dejado una des­cripción vívida fácilmente aplicable tanto a la plaga de langostas como a los ejércitos invasores. Observad las expresiones tan apropiadas de 2: 3-10:

Como el huerto de Edén será la tierra delante de él, y detrás de él como desierto asolado; ni tampoco habrá quién de él escape. Su parecer, como parecer de caba­llos; y como gente de a caballo correrán. Como estruen­do de carros saltarán sobre las cumbres de los montes; como sonido de llama de fuego que consume hojarascas, como fuerte pueblo aparejado para la batalla... Co­mo valientes correrán, como hombres de guerra subirán la muralla; y cada cual irá en sus caminos, y no torce­rán sus sendas... Correrán por el muro, subirán por las casas, entrarán por las ventanas a manera de ladro­nes. Delante de él temblará la tierra, se estremecerán los cielos: el sol y la luna se obscurecerán, y las estrellas retraerán su resplandor.

Hay tres divisiones en la profecía de Joel. En la pri­mera describe una plaga reciente de langostas y decla­ra que es un castigo de Dios por los pecados del pueblo. En la segunda advierte a la nación malvada que los ejér­citos enemigos descenderán pronto del norte como una gran plaga de langostas, dejando una cauda de muerte y destrucción. En la tercera división toma el poderoso len­te de la profecía y echa una mirada a través de los siglos hasta distinguir el gran día final cuando Dios ha de juzgar a todos los pueblos.

3.            EL DIA DE JEHOVA

La frase clave de Joel es “el día de Jehová,” que ocurre cinco veces en los tres capítulos de su breve pro­fecía (1:15; 2:1, 11, 31; 3:14).

a.               El Día de Castigo. Pero, ¿qué significa “el día de Jehová”? Joel lo describe como el día de castigo de Dios. Dice: “¡Ay del día! porque cercano está el día de Jehová, y vendrá como destrucción por el Todopodero­so” (1:15).

El trazo más vívido del profeta se encuentra en los primeros versículos del segundo capítulo. En ellos le oí­mos decir: “Tocad trompeta en Sión, y pregonad en mi santo monte: tiemblen todos los moradores de la tierra; porque viene el día de Jehová, porque está cercano. Día de tinieblas y de oscuridad, día de nube y de sombra.”

Más vigorosas todavía son las palabras que usa para cerrar el versículo once: “porque grande es el día de Jehová, y muy terrible; ¿y quién lo podrá sufrir?” Esta expresión encuentra eco en el versículo 31, en donde se menciona “el día grande y espantoso de Jehová.” El día de Jehová es un día de juicio, de castigo, de oscuridad y destrucción.

b.               Día Inminente. El profeta recalca la inminencia del día de Jehová. Por ejemplo: “viene el día de Jehová, porque está cercano” (2:1). Más adelante declara: “cer­cano está el día de Jehová en el valle de la decisión” (3:14).

¿Cuándo exactamente vendrá este día? Para res­ponder a esta interrogación hemos de reconocer la vera­cidad de lo que se ha llamado el principio telescópico de la profecía. Muchas predicciones del Antiguo Testamen­to encierran un cumplimiento parcial inmediato, y un cumplimiento absoluto mediato. El profeta se dirige a sus propias generaciones, pero también a las generacio­nes futuras.

En esto, Joel nos ofrece un ejemplo magnífico. La ocasión para su profecía la proveyó una plaga reciente de langostas. Ese fue “el día de Jehová;” un día de cas­tigo divino sobre la nación.

Pero el día de Jehová aún está por venir. Muy pron­to, ejércitos enemigos invadirán a Judá. Dios visitará a su pueblo y lo castigará por sus pecados.

e.               Día de Culminación Final. En seguida, el viden­te lleva el telescopio de la inspiración divina a sus ojos y divisa a través de los siglos el día grande y espantoso de Jehová. Será el día en que Dios tome las riendas del gobierno, sujete a todos sus enemigos, y reine supremo. El período de tiempo que el hombre usa para gobernar y arruinar el mundo, será substituido por el día de Jehová.

Este sentido de contemporaneidad y a la vez de con­templación de lo futuro, se ha expresado bien por G. Campbell Morgan en su obra Voices of Twelve Hebrew Prophets (Voces de Doce Profetas Hebreos). Este autor comenta: “El día de Jehová es siempre presente y siem­pre futuro.” Cada día es un día de castigo divino, pero en la historia humana hay crisis especiales de visitación divina. Estas crisis pueden denominarse con toda pro­piedad: “el día de Jehová.”

Puesto que la enseñanza principal de Joel se refiere al castigo, es muy natural que la fraseología del libro sea vigorosa. Esto se aprecia mucho más en hebreo que en cualquiera traducción al castellano. George Adam Smith —un sobresaliente exégeta de los profetas menores— describe esta singularidad del estilo de Joel:

Joel sobrecarga sus frases con las palabras más ex­presivas que puede encontrar y las dispara vertigino­samente, repitiendo una y otra vez el mismo vocablo contundente, como queriendo sacudir al pueblo indiferente y despertarlo a algún sentido del peso de la cala­midad que pende sobre él.

4.               ARREPENTIMIENTO Y PROMESA

a.               Llamado al Arrepentimiento. Pero el profeta no se detiene cuando termina de anunciar el castigo, sino que proclama un llamado al arrepentimiento. En 2:12-17, invita al pueblo a buscar la misericordia del Señor.

Si el pueblo obrare así, la bendición de Dios se de­rramará (2:18-27). El tendrá compasión de los suyos (v. 18). “Yo os envío pan, y mosto, y aceite, y seréis sa­ciados de ellos” (v. 19). Los árboles darán fruto en abun­dancia (v. 22). Dios mandará abundantes lluvias para sus cosechas (v. 23). “Y las eras se henchirán de trigo, y los lagares rebosarán de vino y aceite” (v. 24).

b.               Las Promesas son Brillantes. En seguida encon­tramos uno de esos hermosos pasajes de promesas con que uno se tropieza a menudo en los libros proféticos. Joel escribe (2:25-27): “Y os restituiré los años que co­mió la oruga, la langosta, el pulgón, y el revoltón; mi grande ejército que envié contra vosotros. Y comeréis hasta saciaros, y alabaréis el nombre de Jehová vuestro Dios, el cual hizo maravillas con vosotros: y nunca jamás será mi pueblo avergonzado. Y conoceréis que en medio de Israel estoy yo, y que yo soy Jehová vuestro Dios, y no hay otro: y mi pueblo nunca jamás será avergonzado.”

Así como Dios los libró de la plaga de langostas, los libraría de los ejércitos enemigos que pronto invadirían sus fronteras. Las frases que Joel usa en este pasaje (2:20) traen a la memoria el hedor producido por los millo­nes de langostas muertas.

Y haré alejar de vosotros al del aquilón, y echarélo en la tierra seca y desierta... y exhalará su hedor; y subirá su pudrición, porque hizo grandes cosas.

Este pasaje conmovedor encuentra su culminación en la profecía más importante de Joel—la predicción del día de Pentecostés (vrs. 28-29):

Y será que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vues­tras hijas; vuestros viejos soñarán sueños, y vuestros mancebos verán visiones. Y aun también sobre los sier­vos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aque­llos días.