CAPITULO TRES
EL PROFETA LLORON
Jeremías 1—25
Nombre: Significa “a quien Jehová ha designado.”
Ciudad Natal: Anathoth, cerca de tres millas al
noreste de Jerusalén.
Fecha de su Ministerio: 626-586 A.C.
Lugar de su Ministerio: El Reino del Sur o Judá.
División del Libro:
I. Profecías
Concernientes a Judá (capítulos 1—25)
II. Vida
Personal del Profeta (capítulos 26—45)
III. Profecías
Concernientes a las Naciones Extranjeras (capítulos 46—51)
IV. Apéndice
Histórico (capítulo 52)
Versículos para memorizar: 6:16; 10:23; 17:7, 9; 29:13; 33:3
INTRODUCCION
El profeta Jeremías es uno de los
personajes más peculiares del Antiguo Testamento. Sabemos más acerca de su
personalidad que la de cualquier otro profeta. Tan pronunciada es que se le
conoce universalmente como “el profeta llorón.”
Hay varios pasajes en el libro que
sostienen esta descripción. Entre ellos sobresale 9: 1—“¡Oh si mi cabeza se
tornase aguas, y mis ojos fuentes de aguas, para que llore día y noche los
muertos de la hija de mi pueblo!” La costumbre tradicional de adjudicar a Jeremías
el libro de Las Lamentaciones ha servido para confirmar esta característica.
Fue el triste destino de este
profeta contemplar la caída de su pueblo. Tuvo que ver a su pueblo eclipsarse
sin poder hacer nada para evitarlo. El tuvo la triste e indeseable tarea de
anunciar la caída de la nación y la destrucción de su capital. En tres
oportunidades se le ordenó: “No ores por este pueblo” (7: 16; 11: 14; 14: 11).
¿Qué misión más triste podría tener un profeta?
El ministerio profético de Jeremías
coincidió con los postreros días del reino de Judá. Durante el reinado de sus
últimos cinco reyes, el profeta suplicó en vano el arrepentimiento que
solamente podía salvar a la nación y evitar su caída. Ante sus ojos llorosos
Jerusalén fue destruida y Judá fue llevada al cautiverio.
Aunque Jeremías fue un profeta
inspirado del Espíritu, fue también intensamente humano. Las frecuentes notas
autobiográficas en su libro, revelan una personalidad muy sensitiva a las
actitudes de aquellos que le rodeaban. Esta no fue señal de un carácter débil,
porque lo mismo notamos en las epístolas de Pablo. Por el contrario, indican
que él estaba despierto y alerta.
Jeremías fue el profeta más
perseguido. Vez tras vez leemos que era castigado o puesto en prisión. Sacerdotes
y profetas, los príncipes y el pueblo—todos se volvieron en su contra. Quizá
en ocasiones le haya parecido a él que se trataba de Jeremías contra todo el
mundo. Sólo Dios estuvo con él.
I. EL LLAMADO DEL
PROFETA (capítulo 1)
A. EL ENCABEZADO
(versículos 1-3)
En cada uno
de los doce Profetas Menores el primer versículo compone el encabezado. (El
versículo primero de Abdías debiera ser dividido). Esto es verdad también en
relación con Isaías. Pero en el caso de Jeremías y Ezequiel, el encabezado
comprende los tres primeros versículos.
Jeremías es identificado como un
profeta que vivía en Anathoth. Esta villa sacerdotal (Josué 21: 18) era un
suburbio del norte de Jerusalén. Esta última, Jerusalén, originalmente estaba
en “la tierra de Benjamín,” con las fronteras de su tribu alcanzando hasta el
Valle de Hinnom, al sur de Jerusalén. Pero David la había escogido como su
capital (II Samuel 5:6-9), y desde entonces se contó con Judá.
Tres reyes se mencionan aquí:
Josías, Joacím y Sedequías. El primero reinó desde por el 638 hasta el 608 A.C.
“El año décimotercio de su reino” sería entonces el 626 A.C. Joacím y
Sedequías, reinaron durante once años cada uno. Entre Josías y Joacím, y entre
Joacím y Sedequías, un rey reinó durante tres meses. Estos dos no se mencionan
aquí. El reinado de Sedequías terminó con “la cautividad de Jerusalén” (v. 3)
en el año 586 A.C. Como en el caso de Isaías, el ministerio activo de
Jeremías duró cuarenta años.
B. EL LLAMAMIENTO
(versículos 4-10)
A Jeremías se le notificó que había
sido santificado (apartado) antes de su nacimiento y ordenado “por profeta a
las gentes” (v. 5). Su ministerio alcanzaría más allá de Judá.
La reacción del joven profeta fue
inmediata y enérgica: “¡Ah! ¡ah! ¡Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque
soy niño” (v. 6). Este versículo no apoya la idea de “niños predicadores” de
seis u ocho años de edad. Jeremías tenía probablemente veinte años de edad. Los
levitas no debían ministrar sino hasta que tuvieran treinta años de edad
(Números 4:3), y Jeremías sabía que no había alcanzado la edad normal para su
ministerio público. Todavía era un “niño.”
El ministerio de Jeremías era “para
arrancar y para destruir, y para arruinar y para derribar, y para edificar y
para plantar” (v. 10). El terreno debe ser limpiado antes de que una nueva
estructura se levante. Todavía es así en la predicación evangelística.
C. DOS VISIONES
(versículos 11-16)
1. Una
Vara de Almendro (vrs. 11-12). Esta simbolizaba el hecho de que Dios iba a
castigar a su pueblo pronto. “El árbol de almendro es el primero que despierta
en la primavera; así Jehová es como uno que despierta, levantándose para
juzgar.”
2. Una
Olla Hirviendo (vrs. 13-16). Esta visión significaba que el juicio vendría
desde el norte. Puesto que los invasores provenientes desde el área mesopotámica
venían por el Creciente Fértil, prácticamente arribaban a Palestina por el
norte. Así que esto podía aplicarse a Babilonia.
D. LA NECESIDAD DE TENER
VALOR (versículo 17)
A Jeremías se le advirtió que su
predicación se enfrentaría con ruda oposición. Pero Dios sería con él. El
profeta debería tener valor para enfrentarse a la gente.
II. LA TRAICION DE JUDA
(capítulos 2—6)
A. PECADOS GEMELOS
(2:1—3:5)
1. Dejando a Dios (2:1-13). El versículo 13 une las dos
partes del capítulo dos: “Porque dos males ha hecho mi pueblo: dejáronme a mí,
fuente de agua viva, por cavar para sí cisternas, cisternas rotas que no
detienen agua.” Ellos habían dejado a Dios para buscar alianzas extranjeras que
no les podían ayudar.
En la primera parte del capítulo, se
les acusa de idolatría. Han cambiado al verdadero Dios, quien milagrosamente
les libertó de la esclavitud egipcia (v. 6), por los dioses falsos de
los paganos (v. 11). Fue un mal negocio.
2. Buscando
Alianzas Extranjeras (2: 14—3:5). En vez de confiar en Dios, el pueblo de
Judá se volvía al sur, a Egipto, o al norte, a Asiria (2: 18). “El río” en el
Antiguo Testamento generalmente se refiere al Eufrates, en la vecindad del cual
Asiria estaba ubicada. Judá rechazaba “la fuente de agua viva,” para beber de
estos ríos.
El hombre no puede lavar sus propios
pecados, no importa qué tan fuertemente trate de hacerlo (2:22). La idolatría
era el pecado dominante de Israel. Salomón había introducido la adoración de
Baal (2:8), el principal Dios de los fenicios. El plural masculino “Baales”
(2:23) se usa a menudo para referirse a los dioses masculinos en general,
mientras que Astarot (plural femenino) se refiere a las diosas. Tan
prevaleciente había llegado a ser la idolatría, que el profeta podía decir:
“según el número de tus ciudades, oh Judá, fueron tus dioses” (2:28).
Asiria no les había ayudado (véase
Isaías). Ahora se estaban volviendo a Egipto. Jeremías pregunta en medio de la
desesperación: “¿Para qué discurres tanto, mudando tus caminos? También serás
avergonzada de Egipto, como fuiste avergonzada de Asiria” (2:36). La
volubilidad de Judá era patética.
La idolatría se compara con la
fornicación (3:1-5; véase 2:20). Oseas también había acusado a Israel de
adulterio espiritual.
B. LA REBELDE JUDA
(3:6—4:2)
1. Judá
Peor que Israel (3:6-11). Esta sección registra el segundo mensaje
profético, dado “en días del rey Josías” (v. 6). Evidentemente, la reforma
nacional instituida por Josías después del descubrimiento de la ley en el
templo (II Reyes 22—23), había sido superficial. Judá es acusada de no haberse
vuelto al Señor “de todo su corazón, sino mentirosamente” (v. 10). Aunque tenía
delante de ella la advertencia del fracaso que había venido al Reino del
Norte, o Israel, cien años antes (en el año 722 A.C.), continuaba en su
idolatría (fornicación, v. 8). En relación a Israel, es llamada dos veces “la
rebelde... Judá” (vrs. 7-8). El Señor declara por medio de su profeta:
“Justificado ha su alma la rebelde Israel en comparación de la desleal Judá”
(v. 11).
2. Un Llamado al Rebelde Israel (3:
12—4: 2). Al profeta se le ordena ir y clamar “estas palabras hacia el aquilón”
(Israel). La invitación es dada al remanente allí—los que no han ido a la
cautividad—para que vuelvan al Señor (3: 12). Si reconocieran su pecado, El
sería misericordioso con ellos (3: 13). La lección de esta sentencia es que la
confesión trae perdón.
C. EL DIA DEL SEÑOR (4:3-31)
1. Un Llamado al Arrepentimiento (vrs.
3-4). Una vez más el profeta se vuelve a Jerusalén y Judá. Su clamor es: “Haced
barbecho.” El suelo duro e incultivable de sus corazones necesitaba ser arado
con oración y rastrillado con arrepentimiento.
2. El Látigo del Norte (vrs.
5-18). La olla hirviendo (1: 13) está a punto de derramar su furia desde el
norte en “quebrantamiento grande” (v. 6). Sería una invasión espantosa: “He
aquí que subirá como nube, y su carro como torbellino; más ligeros con sus caballos
que las águilas” (v. 13). La única esperanza de escapar es apartándose del
pecado (v. 14). El castigo sobre Judá es justo: “Tu camino y tus obras te hicieron
esto” (v. 18).
3. Destrucción Total (vrs.
19-31). Este pasaje contiene una de las descripciones más vívidas de gran destrucción
que se encuentren en la Biblia. La expresión “asolada y vacía” se encuentra
sólo aquí (v. 23) y en Génesis 1:2, donde se describe el primer caos. El
efecto de este cuadro terrible en Jeremías fue una profunda agonía de corazón
(v. 19). El verdadero profeta siempre paga el precio del sufrimiento
debido a los pecados del pueblo.
D. SE NECESITA UN HOMBRE (capítulo 5)
Este ha sido
llamado a veces “El Capítulo de Diógenes.” Así como este filósofo griego
caminaba por las calles de Atenas durante el día con una linterna encendida,
buscando un hombre honesto, al profeta se le ordenó buscar por las calles de
Jerusalén un hombre íntegro. Si él encontraba uno, Dios perdonaría a la ciudad.
Pero Israel
y Judá “resueltamente se rebelaron” en contra del Señor (v. 11). Rechazaron sus
advertencias, declarando que el mal no les alcanzaría (v. 12). Como
respuesta, Dios repitió la amenaza de la invasión (v. 15). Esta vendría
a causa de la idolatría de ellos (v. 19). Luego viene este lamentoso clamor:
“Vuestras iniquidades han estorbado estas cosas; y vuestros pecados apartaron
de nosotros el bien” (v. 25). Cada pecador se engaña a sí mismo.
E. LA PROFUNDIDAD DEL PECADO DE JUDA
(capítulo 6)
A los hijos
de Benjamín que vivían en Jerusalén se les ordenó huir hacia el sur, a Tecoa,
una villa de pastores, a doce millas al sureste de la capital, donde el profeta
Amós había vivido. Un fuego se encendería como señal sobre la sierra de
Beth-haccherem, para guiarles; “porque del aquilón se ha visto mal, y
quebrantamiento grande” (v. 1).
La
abundancia del pecado de Judá se describe así: “Como la fuente nunca cesa de
manar sus aguas, así nunca cesa de manar su malicia” (v. 7). Toda la
gente, aun los sacerdotes y los profetas, son malos (v. 13). Los
profetas, como falsos doctores, “curan el quebrantamiento de la hija de mi
pueblo con liviandad, diciendo, Paz, paz; y no hay paz” (v. 14).
Mientras Jeremías clamaba “¡Guerra!” (vrs. 4-6), los profetas falsos calmaban
al pueblo diciendo, “Paz.”
“Ni aun saben
tener vergüenza” (v. 15; véase 8: 12) expresa la actitud temeraria de la
gente, tan a menudo reflejada hoy día. Jeremías les rogó que preguntaran “por
las sendas antiguas” (v. 16), pero ellos rehusaron. Por tanto serían
llamados “plata desechada,” porque Dios les había rechazado (v. 30).
III. CONFIANZA FALSA EN EL TEMPLO
(capítulos 7—10)
A. EL SERMON DEL TEMPLO (7:1—8:3)
El primer
versículo de esta sección indica que un mensaje nuevo e importante está a punto
de presentarse. Al profeta se le ordena dar este sermón “a la puerta de la casa
de Jehová.”
Se informa
al pueblo que lo único que le salvará de la destrucción es un arrepentimiento
genuino: “Mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y os haré morar en este
lugar” (v. 3). No es demasiado tarde para evitar la cautividad.
La gente de
Jerusalén tenía un sentido falso de seguridad por el hecho de que el templo
estaba allí (v. 4). Puesto que éste era inviolable, la ciudad estaba a
salvo. Pero Jeremías les advierte que el primer altar sagrado en Silo estaba
ahora en ruinas (v. 12). La misma destrucción llegaría al templo (v.
14). La gente de Judá iría al cautiverio como Israel había ido (v. 15).
Dios ordena a Jeremías no orar por ellos porque El no le oiría (v. 16).
Los
versículos 22 y 23 son un comentario excelente de las palabras de Samuel “El
obedecer es mejor que los sacrificios (I Samuel 15: 22). Jeremías predicaba una
religión espiritual en vez de una formal.
La gente en los días de Jeremías,
era, en un sentido muy peculiar, “la nación de su ira” (v. 29). Eran
ellos quienes serían echados de su tierra. Pero su castigo iba de acuerdo con
su maldad. Habían levantado ídolos en la casa misma de Dios (v. 30). Habían
descendido a la profundidad de la idolatría, ofreciendo sus propios niños en
el fuego de Moloch. El Valle de Hinnom al sur de Jerusalén, donde esto
sucedía, vendría a ser un “Valle de Matanza” (vrs. 31-33). “Su santuario se
convertiría en su cementerio.”
B. DESOBEDIENCIA E IDOLATRIA (8:4—10:25)
1. Rebeldía Perpetua (8:4-9). La
gente de Jerusalén estaba deslizándose constantemente hacia atrás, hacia el
borde del abismo. A pesar de todo lo que el profeta pudiera hacer, ellos no
querían “volverse” (v. 5).
2. Doctores Falsos (8:10-22).
Una vez más el Señor dice: “curaron el quebrantamiento de la hija de mi pueblo
con liviandad, diciendo: Paz, paz: y no hay paz” (v. 11). Y luego
pregunta: “¿No hay bálsamo en Galaad? ¿no hay allí médico? ¿Por qué pues no
hubo medicina para la hija de mi pueblo?” (v. 22).
3. El Profeta Llorón (9: 1-8).
El profeta se siente embargado por el sufrimiento al ver que el pueblo se está
acarreando a sí mismo tal sufrimiento por causa de su pecado. El pecado
principal de ellos es el engaño (vrs. 3-8).
4. Un Dios Ofendido (9:9-26).
Jerusalén y Judá serían puestas en asolamiento (v. 11). Sus habitantes
serían esparcidos entre las naciones (v. 16). La verdadera sabiduría
consiste en conocer a Dios (v. 24).
5. La Insensatez de la Idolatría (cap.
10). Casi en cada capítulo el pueblo de Judá es acusado de adoración idólatra
de los dioses paganos. Pero este es uno de los pasajes más largos sobre la
impotencia de los ídolos en contraste con la omnipotencia de Jehová (vrs.
2-16).
La sección
termina con otra predicción de la invasión del norte, la cual vendrá “para
tornar en soledad todas las ciudades de Judá, en morada de culebras” (v. 22).
Las nubes de la guerra se mueven muy bajas durante todo el ministerio de
Jeremías.
IV. EL PACTO DE DIOS (capítulos 11—12)
Es probable
que la mención que se hace aquí del pacto de Dios con Israel, se refiera al
hallazgo del libro de la ley en el templo, que resultó en la reforma religiosa
de Josías en el año 621 A.C. Así que esta profecía debe haberse
pronunciado cerca del principio del ministerio de Jeremías.
A. UN PACTO QUEBRANTADO (11: 1-10)
En el Monte
Sinaí, Dios hizo con su pueblo el pacto de darles la Tierra Prometida (v. 5).
Pero ellos habían quebrantado el pacto (v. 10) y por tanto habían perdido el
derecho a vivir en Canaán.
B. DEMASIADO TARDE PARA ORAR (11: 11-17)
Por segunda
vez Dios ordena a Jeremías no orar por el pueblo. Ellos habían rehusado
oírle, así que El rehusaría oír sus oraciones en los momentos de dificultad
(11:14).
C. LA CONSPIRACION EN CONTRA DE JEREMIAS
(11: 18-23)
Los hombres
de Anathoth, su pueblo natal, tramaron un complot secreto en contra de
Jeremías. El profeta era como un cordero conducido al matadero hasta que Dios
le reveló los planes de los conspiradores. No pasaría mucho tiempo sin que
ellos fueran sorprendidos por la invasión de Jerusalén y fueran destruidos.
D. LA
PROSPERIDAD DE LOS IMPIOS (12: 1-6)
El problema
que afrontaba Jeremías es un problema antiguo: “¿Por qué es prosperado el
camino de los impíos?” El profeta ruega que se le dé permiso para discutir el
asunto con Dios (v. 1).
La respuesta
de Dios se da en el lenguaje simbólico del versículo 5: “Si corriste con los de
a pie, y te cansaron, ¿cómo contenderás con los caballos? Y si en la tierra de
paz estabas quieto, ¿cómo harás en la hinchazón del Jordán?” El problema de
Jeremías era cómo competir con otros corredores. ¿Cómo podría competir en
contra de los caballos? esto es, ¿cómo podría afrontar verdaderas dificultades?
Si en el campo raso y tranquilo se fatigaba, ¿qué haría él en la jungla
enmarañada y sin caminos del Jordán—las dificultades más serias que le
esperaban en el futuro? La conspiración de los hombres de Anathoth era nada en
comparación con las que habrían de venir.
E. EL LAMENTO DIVINO (12:7-17)
Al par que
Jehová contemplaba la triste caída de su pueblo, se expresa a sí mismo por
medio de su profeta en estas dolientes palabras. Se había visto obligado a apartarse
de su casa y de su heredad.
V. CINCO ADVERTENCIAS (capítulo 13)
A. EL CINTO PODRIDO (vrs. 1-11)
Una de las
características sobresalientes del ministerio de Jeremías fue la de las
parábolas expresadas mediante ciertas acciones. Dios ordenó al profeta
comprarse un cinto de lino, usarlo, y luego esconderlo en el agujero de una
roca en el “Eufrates.” (Difícilmente podría referirse al río Eufrates, el cual
está a doscientas cincuenta millas de ese lugar; probablemente la referencia
fuera a un pueblo pequeño a tres millas de distancia con el mismo nombre
hebreo). Cuando Jeremías volvió a buscar el cinto, éste se había podrido y no
servía para nada. El cinto era un símbolo de Israel y Judá, a quienes Jehová
había tomado para sí, pero ahora “para ninguna cosa” eran “buenos” (v. 10).
B. LOS ODRES HENCHIDOS DE VINO
(versículos 12-14)
Dios dijo
que todos los odres serían henchidos de vino. La gente, interpretando esto como
prosperidad, estuvo de acuerdo. Pero el significado divino era que la gente
estaría tan borracha que no podría defenderse a sí misma. Serían lanzados unos
contra otros como vasijas de barro hechas pedazos.
C. EL ORGULLO DEL PUEBLO (versículos
15-17)
El orgullo
siempre precede a la destrucción (véase Proverbios 16: 18). Esta fue una de las
causas principales de la caída de Judá.
D. EL ORGULLO REAL (versículos 18-20)
Al rey y la
reina—quizá Joacím y su madre (597 A.C.) —se les ordenó que se humillaran. Su
reino sería destruido por la invasión que alcanzaría hasta las ciudades del
Neguev.
E. EL PECADO INCAMBIABLE (versículos
21-27)
Judá no
podía dejar su pecado más de lo que los etíopes podían cambiar su piel obscura
o el leopardo sus manchas (v. 23). Sólo Dios podía limpiar a Jerusalén, y ella
rehusó ser limpiada.
VI. LOS
SIMBOLOS DE LA CAIDA (capítulos 14—21)
A. LA
SEQUIA (capítulos 14—15)
La sequía es
una de las calamidades más grandes en el Oriente, donde puede ser la causa de
inanición entre las masas. En los Estados Unidos las sequías han causado
pobreza, pero el sufrimiento ha sido limitado. Sin embargo, la descripción en
14: 1-6 de que “no había hierba” para el alimento de los animales, puede ser
familiar para algunos.
A pesar de
la advertencia por medio de la sequía— la cual era sólo un símbolo de la
destrucción que se aproximaba—los falsos profetas decían a la gente que no habría
espada ni hambre (14: 13). Una vez más captamos un vislumbre del profeta
llorón: “Córranse mis ojos en lágrimas noche y día” (14: 17).
La seriedad
del pecado de Judá se indica muy claramente por la afirmación del Señor: “Si
Moisés y Samuel se pusieran delante de mí, mi voluntad no será con este
pueblo: échalos de delante de mí, y salgan” (15: 1). Estos dos—los intercesores
más notables del Antiguo Testamento—no hubieran podido evitar con sus
intercesiones que el castigo de Dios descendiera sobre Judá y Jerusalén.
Una de las
causas principales de la cautividad babilónica fue el reinado malvado del hijo
de Ezequías, Manasés (15:4), quien condujo a la nación a una idolatría
espantosa (II Reyes 21: 1-18). Puesto que el pueblo se apartó de Dios, Dios se
apartó de ellos.
Jeremías
lamentaba el hecho de que él había nacido un “¡... hombre de contienda y
hombre de discordia a toda la tierra!” A pesar de que no se había visto
envuelto en préstamos de dinero—una de las causas prevalentes de
disensión—todos le maldecían (15: 10). Pero él encontró consuelo en la Palabra
de Dios: “Halláronse tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo
y por alegría de mi corazón” (15: 16).
Una vez más,
como en su llamado inicial (1: 17-19), a Jeremías se le advierte que tendrá que
afrontar fiera oposición (15:20). Pero también una vez más se le promete
protección y liberación.
B. EL CELIBATO DEL PROFETA (capítulo 16)
Dios ordenó
a Jeremías que no tomara una esposa (v. 2). Su celibato sería una señal de los
horrores que vendrían a las esposas y los niños en la destrucción que se
aproximaba.
También le
fue prohibido entrar a la casa de luto (v. 5) y a la casa de convite (v.
8). Lo primero era un símbolo de que los que perecieran no serían llorados.
Lo segundo, por supuesto, significaba que el gozo y la alegría pronto cesarían
en la cautividad.
Cuando la
gente preguntara porqué serían castigados tan severamente (v. 10), el
profeta debería decirles que era porque habían dejado a Jehová para adorar
otros dioses (v. 11). La idolatría fue la causa principal de la
cautividad babilónica. Allí ellos se hartarían de idolatría (v. 13), hasta que
fueran curados para siempre. Ese fue el resultado sobresaliente del exilio.
C. LO INDELEBLE DEL PECADO DE JUDA (17:
1-18)
“El pecado
de Judá escrito está con cincel de hierro, y con punta de diamante” (v. 1)
—Dios describe así lo indeleble del pecado de su pueblo. Por causa de esto la
caída de Judá era inevitable.
“Maldito el
varón que confía en el hombre” (v. 5), era otra advertencia en contra de
alianzas con extranjeros. “Bendito el varón que se fía en Jehová” (v. 7),
era un llamado para depender sólo en El. El lenguaje del versículo 8 es muy
semejante al de Salmos 1:3.
Jeremías tenía sobrada razón para
llorar: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo
conocerá?” (v. 9). La única respuesta es: “Yo Jehová, que escudriño el corazón”
(v. 10). Una persona no puede conocer ni aun su propio corazón sino
hasta que el Espíritu de Dios se lo revele.
D. LA VIOLACION DEL DIA DE REPOSO
(17:19-27)
A Jeremías
se le ordena actuar como centinela en todas las puertas de Jerusalén para
advertir a la gente que no lleve cargas en día sábado. Si ellos escucharan su
mensaje, la prosperidad y la paz de la ciudad estarían garantizadas. Si ellos
rehusaban obedecer, la ciudad sería destruida por fuego. Esto último tuvo lugar
en el año 586 A.C.
E. EL VASO DE BARRO RAJADO (capítulo
18)
Obedeciendo
al mandato de Dios, Jeremías descendió a la casa del alfarero. Mientras
él observaba, un vaso de barro se quebró en las manos del alfarero, pero éste
lo volvió a hacer de nuevo. Por medio de esta ilustración Jeremías recibió un
mensaje para sus oyentes: aunque ellos habían sido quebrantados por causa de su
desobediencia, por medio del arrepentimiento podían volver a ser modelados de
acuerdo a los planes de Dios. Lo mismo, por supuesto, se aplica al individuo.
Una vez más
el profeta se enfrenta a la oposición. La gente decía: “Venid, y tracemos
maquinaciones contra Jeremías;... Venid e hirámoslo de lengua, y no miremos a
todas sus palabras” (v. 18).
F. EL VASO DE BARRO QUEBRADO (capítulo
19)
Dios ordenó
al profeta que tomara un vaso de barro, llevara algunos de los ancianos y de
los sacerdotes al Valle de Hinnom, y allí quebrara el vaso delante de sus ojos
(v. 10). Luego tenía que decirles que así Dios quebrantaría a Judá y a
Jerusalén (v. 11). Una vez más él predice que el Valle de Hinnom se
convertiría en el Valle de la Matanza (v. 6).
G. PASHUR,
EL SACERDOTE (capítulo 20)
No era nada nuevo para el profeta
ponerse en conflicto con los sacerdotes. Pero Pashur, el gobernador principal
de la casa del Señor, era perverso en extremo. Castigó a Jeremías y lo puso en
el cepo que estaba cerca del templo (v. 2), donde todo el pueblo
pudiera ver su desgracia.
Cuando Pashur puso al profeta en
libertad el día siguiente, Jeremías tenía unas palabras muy significativas que
decirle. Hizo la predicción más definida que hubiera hecho hasta entonces: “A
todo Judá entregaré en manos del rey de Babilonia, y los trasportará a Babilonia”
(v. 4). Dio por entendido que Pashur y su familia serían llevados a
Babilonia y morirían allá.
Luego viene uno de los frecuentes
pasajes autobiográficos del libro (vrs. 7-18). Jeremías se queja de ser
escarnecido cada día, diciendo que todo el mundo se burla de él (v. 7).
Decidió no hablar más en el nombre del Señor, “empero fue en mi corazón como
un fuego ardiente metido en mis huesos, trabajé por sufrirlo y no pude” (v.
9).
Mientras tanto sus amigos estaban
observándolo, esperando la oportunidad para atraparle y vengarse por causa de
su predicación (v. 10). Pero él tenía la seguridad de que Dios estaba
con él “como poderoso gigante” (v. 11). Alabó al Señor (v. 13),
pero en su próxima frase maldijo el día de su nacimiento (v. 14). En
esto nos recuerda a Job (3:1-10).
H. EL
SITIO BABILONICO (capítulo 21)
Esta profecía nos conduce hacia el
fin del ministerio de Jeremías. El sitio de Jerusalén había comenzado ya (v.
4).
Sedequías, el último rey de Judá,
envió mensajeros para pedir a Jeremías que orara para que Nabucodonosor se
retirara de Jerusalén. Pero el profeta le contestó que Dios estaría peleando
del lado de los babilonios (vrs. 4.6). Luego predice que tanto el rey como el
pueblo serían llevados cautivos por Nabucodonosor (v. 7).
Jeremías presenta entonces el asunto
claramente: “He aquí pongo delante de vosotros camino de vida y camino de
muerte” (v. 8). Los que quedaran en la ciudad perecerían por medio de
la espada, el hambre o las pestilencias. Los que se entregaran a los babilonios
vivirían (v. 9), porque el rey de Babilonia tomaría la ciudad y la
quemaría (v. 10). Por supuesto, esto parecía una traición.
VII. LOS
ULTIMOS REYES Y PROFETAS DE JUDA (capítulos 22—25)
A. LOS
REYES (capítulo 22)
1. Introducción
(vrs. 1-9). Dios ordenó a Jeremías que fuera a la casa del rey de Judá para
dar un mensaje. Es una exhortación general a reinar justamente, con la
seguridad de que el resultado será la continuación de la dinastía de David en
el poder. El rehusar obedecer significaría la destrucción de Jerusalén (vrs.
8-9).
2. Joachaz
(vrs. 10-12). La orden era: “No lloréis al muerto” o sea a Josías, quien
había sido muerto por Faraón Necao en Megido en el año 608 A.C. Más bien
debían llorar por Joachaz—llamado aquí Sallum—quien después de un reinado de sólo
tres meses fue llevado a Egipto y murió allá en el exilio.
3. Joacím
(vrs. 13-23). Este rey reinó por espacio de once años. Fue malo, ambicioso
(v. 13), y orgulloso (v. 14). Su padre, Josías, había sido bueno
(vrs. 15-16). Así que Dios no proclama luto para él (v. 18), sino
sepultura de asno—sin funeral (v. 19).
4. Joachin
(vrs. 24-30). Este rey—llamado aquí Conías—sucedió a Joacím pero reinó sólo
tres meses. Luego fue llevado cautivo a Babilonia por Nabucodonosor
(597 A.C.). Treinta y siete años más tarde fue puesto en libertad.
B. LOS
PROFETAS (capítulo 23)
1. Pastores
del Rebaño (vrs. 1-8). Hay cierta duda aquí acerca del término “pastores,”
si se refiere a reyes o a profetas. El título puede aplicarse a ambos. Quizá la
razón principal para interpretarse como refiriéndose a reyes sea la promesa de
que Dios levantará de la línea de David “renuevo justo,” el cual será llamado
“Jehová, Justicia Nuestra.” El pasaje es claramente Mesiánico.
2. Profetas
Falsos (vrs. 9-40). Jeremías expresa en un lenguaje bastante fuerte su
profunda inquietud por los profetas falsos. Su corazón está quebrantado, sus
huesos tiemblan, y se siente como un borracho (v. 9).
La vida religiosa de Judá estaba en
un nivel muy bajo cuando “así el profeta como el sacerdote son fingidos” (v.
11). Los profetas de Samaria habían guiado al Reino del Norte, o Israel, a la
adoración de Baal (v. 13). Los profetas de Jerusalén cometieron
adulterio, dijeron mentiras, y animaron a los malhechores. Ante los ojos de
Dios ellos eran como Sodoma y Gomorra (v. 14). Habían profanado toda la tierra
(v. 15), y todavía estaban prediciendo paz (v. 17). Dios no los
había enviado (v. 21). El se oponía a que usaran la expresión “carga de
Jehová” (vrs. 33-40), pues su uso pertenecía sólo a los mensajes divinos dados
por medio de los profetas verdaderos.
C. HIGOS BUENOS E HIGOS
MALOS (capítulo 24)
Después de que Nabucodonosor hubo
llevado a Joaquín—llamado aquí Jechonías—cautivo a Babilonia en el año 597
A.C., juntamente con los príncipes y los obreros especializados, Jeremías tuvo
otra visión simbólica.
Vio dos canastas de higos, una con
higos muy buenos y la otra con higos muy malos. Se le dijo que los higos buenos
representaban aquellos que ya habían sido llevados al cautiverio, los cuales
se volverían a Dios (vrs. 5-7). Los higos malos representaban a Sedequías y la
gente de Jerusalén, juntamente con aquellos que ya habían ido a Egipto (v. 8).
Acerca de estos últimos no sabemos nada definido, aunque parece que habían sido
llevados por Faraón Necao, juntamente con Joachaz. Aquellos que estaban
representados por los higos malos serían esparcidos y destruidos (vrs. 9-10).
D. LA
VISION DEL FIN (capítulo 25)
“El año cuarto de Joacím,” y “el año
primero de Nabucodonosor” sería el año 605 A.C. En ese año tuvo lugar la
batalla decisiva de Carchemis, en la cual los babilonios derrotaron a los
egipcios terminando así con el dominio de Faraón Necao sobre Palestina. Por
tanto la amenaza de Judá era Babilonia.
El ministerio de Jeremías se había
extendido desde “el año trece de Josías” (626 A.C.). Los “veintitrés
años” (v. 3) serían entonces—de acuerdo a la costumbre hebrea de
incluir el primero y el último años—el año 605 A.C. El profeta recuerda
al pueblo su celo y fiel predicación.
Una vez más Jeremías predice
definitivamente que Nabucodonosor, rey de Babilonia, destruirá a Judá. Sin
embargo, su predicción más sorprendente es que la cautividad durará
“setenta años” (v. 11).
Después de los setenta años, Dios
castigará a los babilonios (vrs. 12-13). La tierra de los caldeos se volverá
“en desiertos para siempre” (v. 12). Esto se ha cumplido al pie de la
letra.
Jeremías se ve a sí mismo como
tomando la copa del vino de la ira de Dios y haciendo que todas las naciones
la beban (vrs. 15-28). Estas incluían a Judá (v. 18) y a todas las
naciones circunvecinas enumeradas aquí en detalle. Después de que Dios termine
de castigar a su propia ciudad, Jerusalén, también castigará a las otras
naciones (v. 29).
La expresión “Jehová bramará desde
lo alto” (v. 30) es casi idéntica a las palabras introductorias de la
profecía de Amós (1:2), quien había profetizado un siglo y medio antes en el
Reino del Norte, o Israel.
Esta sección termina con el lamento
sobre la futura caída de Jerusalén. El fin estaba a la vista.
Para Estudio Adicional
1. ¿Dónde
y cuándo profetizó Jeremías?
2. ¿Por
qué se le llama “el profeta llorón”?
3. ¿Cuál
fue la carga principal del ministerio de Jeremías?
4. ¿Por
qué se le llama al capítulo 5 “El capítulo de Diógenes”?
5. ¿Cuál
era el pecado dominante de Judá en los días de Jeremías?
6. Discuta
las lecciones del cinto podrido, el vaso rajado, el vaso quebrado y los higos
buenos y los higos malos.
CAPITULO CUATRO
EL PROFETA DEL
CASTIGO
Jeremías 26—52
Lamentaciones 1—5
I. LA
VIDA PERSONAL DEL PROFETA (capítulos 26—45)
Los primeros veinticinco
capítulos—casi la primera mitad— del Libro de Jeremías consisten de profecías
en contra de Judá. La segunda parte del libro se ocupa mayormente con
narrativas históricas, siendo la principal excepción la sección que se dedica a
profecías contra naciones extranjeras.
A. LOS SACERDOTES Y PROFETAS
CONTRA LOS PRINCIPES Y EL PUEBLO (capítulo 26)
Esta profecía está fechada (v. 1)
al principio del reinado de Joacím (608 A.C.). Se le ordenó a Jeremías pararse
en la casa de Dios y advertir a los adoradores que si ellos no se volvían de
sus malos caminos, el Templo de Jerusalén sufriría la misma suerte que el Tabernáculo
en Silo (v. 6). Este último había sido el centro de adoración durante
los días de los jueces. La arqueología ha descubierto que Silo fue destruida
por fuego en la mitad del siglo décimoprimero A.C., confirmando así el
cuadro presentado en Primero de Samuel, y también la referencia de Jeremías a
su condición en ruinas en sus días.
La declaración del profeta de que
Jerusalén sería destruida (v. 6), se consideró como un acto de traición
por el cual debía morir (v. 8). Esto provocó un levantamiento popular (v. 9).
La casa del rey (v. 10)
estaba ubicada al sur del área del templo. Oyendo el clamor, los príncipes pronto
aparecieron en el Templo y se llamó a una sesión extraordinaria de la corte.
Los sacerdotes y profetas actuaron como abogados acusadores, pidiendo la pena
de muerte (v. 11). Los príncipes y el pueblo constituían el juez y el
jurado. La única defensa del acusado era que Dios le había ordenado dar la
profecía (v. 12). En su defensa incluyó una súplica al arrepentimiento (v. 13).
En esta ocasión Jeremías fue más
afortunado que en otras. Los príncipes y el pueblo rechazaron la acusación de
los sacerdotes, y en su veredicto lo declararon inocente (v. 16).
B. LA SUPREMACIA DE
BABILONIA (capítulos 27—29)
1. Sumisión
a Babilonia (cap. 27). El primer versículo de este capítulo lleva la misma
fecha que el principio del capítulo anterior—”En el principio del reinado de
Joacím.” Pero los versículos 3 y 12, juntamente con 28: 1, demuestran que se
refiere a Sedequías. Young, el erudito más distinguido del Antiguo Testamento,
dice: “Evidentemente, la palabra ‘Joacím’ en el versículo 1 se usó
erróneamente por los escribas en lugar de ‘Sedequías.’” Cawley está de acuerdo
con esto cuando dice: “Es casi de seguro un error de los escribas.”
Dios ordenó a Jeremías que se
hiciera coyundas y yugos para usar en su cuello (v. 2), y luego que los
enviara a los reyes de Edom, Moab y Ammón—todos ellos al este de Palestina—y a
los reyes de Tiro y Sidón—al norte. Con ellos debía ir el mensaje de que todos
estos reyes se someterían al gobierno de Nabucodonosor. La nación que no
estuviera bajo sujeción sufriría castigo (v. 8), mientras que a aquellos
que se sometieran, les sería permitido permanecer en sus propias tierras. Babilonia
era el poder escogido por Dios para este período (v. 6), y la paz
vendría sólo por la sumisión a su gobierno.
El mismo mensaje se dio
específicamente a Sedequías, el rey de Judá (vrs. 12-15). Este mismo énfasis
se repite varias veces en el libro.
Los profetas falsos estaban diciendo
al pueblo que los vasos del templo que habían sido llevados a Babilonia serían
pronto devueltos (v. 16). Jeremías lanzó este desafío: si los profetas
falsos tenían razón, que impidieran que el resto de los muebles del templo
fueran llevados a Babilonia (v. 18). Pero el hecho era que éstos pronto
serían llevados por Nabucodonosor (vrs. 19-22).
2. Jeremías
Contra Hananías (cap. 28). “En el principio del reinado de Sedequías” (598
A.C.)—evidentemente el mismo tiempo del capítulo 27—Hananías, un profeta
falso, desafió la posición de Jeremías. Citó a Dios diciendo que había dicho:
“Quebrantaré el yugo del rey de Babilonia. Dentro de dos años de días tomaré
a este lugar todos los vasos de la casa de Jehová” (vrs. 2-3). También predijo
que Jechonías (Joaquín), quien había sido llevado cautivo después de un reinado
de tres meses (597 A.C.), juntamente con los otros cautivos en
Babilonia, sería devuelto a Judá (v. 4).
Hananías quebró entonces el yugo de
madera que Jeremías tenía en su cuello (v. 10), declarando que Dios
rompería así, dentro de dos años, el yugo de Nabucodonosor en todas las
naciones (v. 11). Jeremías respondió que Dios pondría un yugo de hierro
en los cuellos de todas estas naciones y les obligaría a servir a
Nabucodonosor (v. 14). También predijo la muerte de Hananías en ese
mismo año. Cuando esto sucedió, la gente debería haber reconocido que Jeremías
estaba hablando verdaderamente en nombre de Dios.
3. Un
Mensaje a los Cautivos (capítulo 29). El profeta envió una carta a los
habitantes de Judá que habían sido llevados a Babilonia por Nabucodonosor en el
año 597 A.C. Les dijo que edificaran casas, que plantaran jardines, que
se casaran y que se establecieran allá (vrs. Que los profetas que les habían
dicho que pronto retornarían a Judá los habían engañado (vrs. 8-9). Una vez más
(véase 25: 11) Jeremías predijo que la cautividad babilónica duraría setenta
años (v. 10). Luego vendrían la paz y la restauración (vrs. 11-14).
Dos de los profetas falsos en
Babilonia se conocen por nombre—Achab (v. 21) y Semaías (v. 24). Este último
había llegado al extremo de enviar cartas de Babilonia a Jerusalén, instando a
los sacerdotes que callaran a Jeremías porque había aconsejado a los cautivos
que aceptaran su condición, pues duraría por largos años (vrs. 27-28).
C. ALBORADA A MEDIANOCHE (capítulos
30—33)
Esta es la única sección extensa de
Jeremías que está llena con mensajes de esperanza, consuelo y gloria futura. Se
levanta como el pico de una montaña sobre la niebla de lobreguez y castigo en
los valles circunvecinos.
El capítulo treinta y dos está
fechado “el año décimo de Sedequías, rey de Judá” (v. 1), y se cree que toda
la sección pertenece a ese tiempo. Esto fue justamente un año antes de que
Jerusalén cayera en el año 587 ó 586 A.C.
Así que estos capítulos fueron
escritos en la medianoche de la historia de Judá. El profeta estaba en la
prisión, el rey estaba sellando el castigo de la nación con su desobediencia,
el hacha del verdugo estaba a punto de caer. Pero en esta hora tan obscura, la
luz brilla con más intensidad en los escritos de Jeremías cuando él vislumbra
un futuro glorioso.
1. Jacob
Retornará (caps. 30-31). Aquí encontramos la primera referencia a la
escritura en Jeremías. Dios ordena al profeta: “Escríbete en un libro todas las
palabras que te he hablado” (30: 2). El propósito es que cuando el pueblo
vuelva de la cautividad, tenga una prueba de que Dios había hablado
verdaderamente por medio de su profeta (v. 3).
La clave de esta sección la
encontramos en 30: 10— “Tú pues, siervo mío Jacob, no temas, dice Jehová, ni te
atemorices, Israel: porque he aquí yo soy el que te salvo de lejos, y a
tu simiente de la tierra de su cautividad; y Jacob tornará, y descansará y
sosegará, y no habrá quien le espante.” Este pensamiento se repite vez tras vez
en estos dos capítulos.
El pasaje más sobresaliente de esta
sección es el que describe el “nuevo pasto” (31: 31-34). Este se cita completo
en Hebreos 8: 8-12. Es una de las predicciones más significativas en el Antiguo
Testamento de la naturaleza espiritual del cristianismo en comparación con el
judaísmo. En vez de que la ley de Dios fuera escrita en tablas de piedra, sería
escrita en los corazones humanos. El versículo 33 es una descripción gráfica
de la experiencia de la entera santificación.
2. La
Fe es Costosa (caps. 32-33). El año antes de que Jerusalén fuera tomada,
Jeremías recibió una orden de parte de Dios la cual era un verdadero desafío.
La ciudad estaba rodeada por el ejército babilónico. El profeta había sido
silenciado en la prisión por el rey, por haber predicho que Jerusalén sería
tomada y Sedequías llevado al cautiverio.
Faltaban apenas unos pocos minutos
para la medianoche, y no había señales del amanecer. Sin embargo, en esta hora
obscura Dios ordenó a Jeremías que hiciera algo aparentemente absurdo. Debería
comprar a su primo Hanameel un campo en Anathoth, que probablemente estuviera
en ese momento en posesión del enemigo. Frente a la posibilidad de la victoria
babilónica que ya era inminente, el valor comercial de la propiedad era prácticamente
nulo. Sin embargo, Jeremías pagó un buen precio por el campo (32: 9). Dos
contratos se firmaron; uno “sellado” y el otro “abierto” (v. 11). Ambos
deberían ser puestos por Baruch “en un vaso de barro,” donde quedarían bien
guardados por muchos años (v. 14). Esta costumbre de guardar manuscritos
valiosos en vasijas de barro ha recibido gran publicidad en los recientes
descubrimientos de los Rollos del Mar Muerto.
¿Por qué Jeremías compró el campo?
Esto sería una evidencia concreta de su fe en sus propias predicciones
divinamente inspiradas sobre el retorno de la cautividad (v. 15). Si él
realmente creía que la gente sería retornada a su tierra, lo probaría pagando
al contado el precio de propiedades que ahora no valían nada.
En ninguna otra parte se demuestra
tan claramente la humanidad característica de Jeremías, como en sus reacciones
después de cerrar el contrato. Con fe desesperada ora: “ni hay nada que sea
difícil para ti” (v. 17), pero al mismo tiempo recuerda al Señor del
sitio que pronto terminaría en la destrucción de Jerusalén (v. 24).
La respuesta no tardó en venir.
Jehová hizo eco a la pregunta de Jeremías: “¿Encubriráseme a mí alguna cosa?”
(v. 27). Luego reitera la predicción de que Jerusalén sería destruida (vrs.
28-29). La razón de ello era la idolatría del pueblo de Judá (vrs. 29-35).
Pero luego el Señor consuela el
corazón del profeta asegurándole que los cautivos serían retornados a Judá y
que los campos volverían a ser comprados por dinero (vrs. 36-44). La propiedad
que Jeremías había comprado volvería a tener su valor.
El capítulo 33 contiene un segundo
mensaje para Jeremías mientras que él estaba todavía en la prisión (v. 1).
Está lleno de nuevas seguridades del retorno de la cautividad, y hermosas
descripciones de la gloria futura de la nación. Para fortificar la fe del
profeta, el Señor le dice: “Clama a mí, y te responderé, y te enseñaré cosas
grandes y dificultosas que tú no sabes” (v. 3).
Aquí tenemos una profecía mesiánica:
“En aquellos días y en aquel tiempo haré producir a David Pimpollo de
justicia, y hará juicio y justicia en la tierra” (v. 15). Sólo en un sentido
limitado se cumplió esta profecía en el retorno de la cautividad. El cumplimiento
completo tuvo que esperar hasta la venida del Hijo de David, el Mesías. La
verdad es que este pasaje señala hacia la Segunda Venida de Cristo para su cumplimiento
final.
El capítulo treinta y tres se cierra
con la reiteración de la seguridad de que el pacto de Dios con Israel no será
quebrantado (vrs. 19-26). Una vez más ha de decirse que sólo en Cristo se ha
confirmado el Pacto de David.
D. PACTOS
QUEBRANTADOS (capítulo 34)
1. Un
Mensaje Para Sedequías (vrs. 1-5). Mientras que el sitio continuaba, Dios
ordenó a Jeremías que dijera al rey otra vez que Jerusalén sería destruida por
fuego y que Sedequías sería llevado cautivo a Babilonia. Pero se le dio la
seguridad de que él moriría allá en paz (v. 5).
2. Falta
de Fe (vrs. 6-22). Durante el sitio, los temerosos dueños de esclavos de
Jerusalén habían hecho un pacto para libertar a todos los esclavos hebreos, a
quienes ellos habían mantenido en contra de la ley de Moisés. En el Sinaí, Dios
había hecho un convenio con su pueblo de que cada esclavo israelita debería ser
puesto en libertad en el año sabático (v. 14). Pero ellos habían estado
quebrantando ese convenio. Ahora, como añadiendo a su pecado, quebrantaron la
promesa que habían hecho durante el sitio, y volvieron a subyugar a los
esclavos que habían libertado (v. 16). Dios dijo que proclamaría para estos
pecadores una “libertad… a cuchillo, y a pestilencia y a hambre” (v. 17).
E. LOS RECABITAS (capítulo 35)
Una de las
características más extrañas del libro de Jeremías es la falta de orden
cronológico. Muchas de las profecías están fechadas, pero no están colocadas
en orden de tiempo. Los capítulos 27—34 tienen su antecedente histórico durante
el reinado de Sedequías, el último rey de Judá. En el capítulo 35 retornamos a
los tiempos de Joacím (véase capítulo 26), el antepenúltimo rey.
Jeremías
llevó a los recabitas dentro del templo y les ofreció vino para beber. Ellos
rehusaron, diciendo que nunca habían desobedecido la orden de sus antepasados
de abstenerse de beber vino, tanto como de evitar vivir en casas y trabajar en
la agricultura (vrs. 6-10). Ellos debían seguir permanentemente la vocación de
pastores, habitando en tiendas.
El mensaje
del Señor por medio de Jeremías fue éste: Si los recabitas habían sido fieles a
los mandamientos de los antepasados, ¿por qué no podía Judá ser fiel a los
convenios con Dios? Los recabitas habían dado un ejemplo que ponía en vergüenza
a los israelitas.
F. LA PRIMERA Y LA SEGUNDA EDICION DE
JEREMIAS (capítulo 36)
Este
capítulo es único en el Antiguo Testamento al darnos una idea de la historia
literaria de uno de sus libros. La evidencia es clara de que el Libro de
Jeremías tuvo por lo menos cuatro ediciones, y quizá más. En este capítulo se
nos dice de dos. La última frase del capítulo 51 indica el final de las
palabras de Jeremías. La edición final incluyó el apéndice histórico del
capítulo 52. Este fenómeno ayudará a entender porqué el texto de Jeremías en la
Septuaginta es solamente siete octavos del texto Hebreo Masorético.
En el año
cuarto de Joacím (605 A.C.) el Señor ordenó al profeta que escribiera sus
profecías en un rollo. Así que éste llamó a su escriba, Baruch, y le dictó el
mensaje (v. 4). Puesto que Jeremías estaba confinado en la prisión, pidió a
Baruch que leyera el rollo en un día de ayuno, cuando la multitud estaría
congregada en el templo. Al año siguiente (v. 9) — ¡el tiempo avanza muy
despacio en el Oriente!—Baruch leyó el contenido del rollo al pueblo. Siendo
llevado ante los príncipes, lo leyó también en su presencia (v. 15).
Finalmente, el rey se enteró y el rollo le fue leído (v. 21). (Estas tres lecturas
del rollo, probablemente en un mismo día, indican que no era muy extenso).
La actitud
de Joacím hacia la Palabra de Dios se demuestra en forma sorprendente. Tan
pronto como se leía una de las columnas del rollo la cortaba en pedazos con su
navaja y desdeñosamente la arrojaba al fuego. (El hecho de que el rollo se
quemara, indica que era probablemente de papiro).
La
conclusión de todo el asunto se presenta en el versículo 32: “Y tomó Jeremías
otro rollo, y diólo a Baruch hijo de Nerías escriba; y escribió en él de boca
de Jeremías todas las palabras del libro que quemó en el fuego Joacím rey de
Judá; y aun fueron añadidas sobre ellas muchas otras palabras semejantes.” Esta
es la segunda edición ampliada de Jeremías. Cubrió la primera mitad del
ministerio del profeta (626-604 A.C.).
G. UN PROFETA EN LA PRISION (capítulos
37—38)
1. Contestando al Rey (37:
1-10). Durante el sitio de Jerusalén por los babilonios hubo una breve tregua
que levantó indebidamente la esperanza de la gente dentro de la ciudad. El
ejército egipcio entró a Palestina, y los caldeos (los babilonios) se retiraron
de Jerusalén por un tiempo (37: 5). Pero Jeremías advirtió al rey que los
babilonios volverían y quemarían la ciudad (37: 8).
2. Acusado de Traición (37:
11-15). Cuando el sitio se interrumpió temporalmente, Jeremías salió por la
puerta de Benjamín para inspeccionar su nueva propiedad en Anathoth, como a
tres millas de distancia, en “tierra de Benjamín” (v. 12). Pero fue
arrestado, acusado de desertar a los caldeos, golpeado, y puesto nuevamente
en la prisión.
3. Apelando al Rey (37: 16-21).
El rey Sedequías es un ejemplo patético de un carácter vacilante. Secretamente
sacó a Jeremías de la prisión y le preguntó: “¿Hay palabra de Jehová?” (v. 17).
Por respuesta el profeta repitió su predicción de que el rey sería llevado
cautivo. Luego rogó al rey que no le enviara de vuelta al calabozo, donde
corría peligro de morir. Así que el profeta fue dejado en el patio de la cárcel
y se le daba una torta de pan cada día (una torta de pan entonces era como una
galleta hoy día).
4. Amenazado de Muerte (38:1-6).
Cuando algunos de los líderes oyeron a Jeremías aconsejando abiertamente que
se rindieran a los babilonios, rogaron al rey que se le ejecutase por traición.
La respuesta de Sedequías fue muy típica de él: “Helo ahí, en vuestras manos
está; que el rey no podrá contra vosotros nada” (v. 5). Una nación está
en lamentable situación cuando es gobernada por un rey sin conciencia y con una
voluntad débil.
5. Rescatado por un Etíope (38:
7-13). El profeta tenía un amigo en el palacio, “Ebed-melec, hombre etíope.”
Este sirviente africano consiguió permiso del rey para sacar a Jeremías de la
mazmorra. Cuidadosamente proveyó trapos como almohadas para poner debajo de sus
brazos, para que el agotado profeta no se lastimara con las sogas mientras que
ellos lentamente lo sacaban del cieno. Millones de lectores han alabado la
bondad de este oscuro sirviente.
6. Aconsejando al Rey (38:
14-28). Una vez más el voluble Sedequías llamó a Jeremías a una conferencia
secreta. Después de que el rey juró no herirle, el profeta le declaró el
mensaje de Dios valientemente. Era lo mismo que había aconsejado antes:
ríndanse a los babilonios. Una terrible responsabilidad fue depositada sobre
el rey cuando Jeremías le informó que si él se rendía, la ciudad no sería
destruida; de lo contrario, sería destruida. La suerte de Jerusalén dependía de
la decisión de un hombre. ¡Qué tragedia que aquel hombre fuera Sedequías!
De acuerdo
con su carácter, el rey dijo: “Témome” (v. 19). Jeremías le advirtió una
vez más que si él no obedecía, el rey de Babilonia a “esta ciudad quemará a
fuego” (v. 23). El rey fue cobarde y la ciudad fue destruida. Sedequías
siempre llevará la culpa de esto.
H. LA CAIDA DE JERUSALEN (capítulo 39)
1. El Fin del Sitio (vrs. 1-3).
Nabucodonosor sitió a Jerusalén en el mes décimo del año noveno del reinado de
Sedequías. En el cuarto mes del año once (587 ó586 A.C.) los babilonios
rompieron las murallas. El sitio había durado un año y medio.
2. La Captura del Rey (vrs.
4-10). Sedequías trató de huir durante la noche, rumbo al valle del Jordán.
Pero fue capturado en las llanuras de Jericó. Lo último que él vio fue la
ejecución de sus dos hijos. Luego, con esa visión estampada vívidamente en su
memoria, le fueron arrancados los ojos. ¡Qué precio tuvo que pagar por una
voluntad débil y voluble!
3. El Cuidado de Jeremías (vrs.
11-14). Evidentemente, Nabucodonosor había oído sobre la predicación de
Jeremías. Sin duda que sus censores habían leído las cartas que Jeremías había
enviado a los cautivos en Babilonia. Así que ordenó al capitán de la guardia
que tratara a Jeremías con generosidad.
4. La Recompensa de Ebed-melec (vrs.
15-18). Ningún acto de bondad pasa sin su recompensa. Puesto que el etíope
confió en Dios y rescató al profeta, se le prometió su libertad.
I. LAS CONSECUENCIAS (capítulos 40—43)
La secuela a
la caída de Jerusalén es una historia de crímenes, intriga, decepción y
desobediencia. Estos cuatro capítulos describen lo que ocurrió.
1. El Nuevo Gobernador (cap.
40). Una vez que a Jeremías se le devolvió su completa libertad y se le dio
alimento y dinero en abundancia (v. 5), se dirigió al nuevo gobernador,
Gedalías, en Mizpa (v. 6), probablemente ocho millas al norte de
Jerusalén. El gobernador aconsejó a la gente que se sometiera pacíficamente
al gobierno babilonio (v. 9). Los judíos que habían huido al este del
Jordán volvieron a sus antiguos hogares (vrs. 11-12).
Al
gobernador se le advirtió que Ismael estaba planeando matarle, por orden del
rey de Ammón. Pero Gedalías rehusó creer tal cosa (vrs. 13-16).
2. El Asesino Malvado (cap. 41).
El gobernador perdió su vida porque dio oídos sordos a las advertencias (vrs.
1-3). Ismael, el asesino, no quedó satisfecho sino hasta que hubo muerto a
hombres de Siquem, de Silo y de Samaria, quienes habían venido a ofrecer
ofrendas a la casa del Señor. La vileza de su engaño, se describe en los
versículos 4-7. Finalmente fue atacado y huyó a Ammón (vrs. 11-15).
3. El Remanente Engañoso (caps.
42-43). Johanán, el nuevo líder de los judíos que habían sido dejados, vino con
sus seguidores a Jeremías para pedir consejo. Ellos juraron solemnemente
obedecer lo que el Señor les indicara que hicieran por medio de su profeta
(42:5-6).
Las órdenes
del cielo fueron muy definidas: Queden en esta tierra; no teman al rey de
Babilonia; yo les protegeré (vrs. 10-12). Además, el profeta advirtió al pueblo
que si ellos desobedecían las órdenes de Dios y huían a Egipto, sufrirían por
ello (vrs. 13-17). La espada que temían, les seguiría hasta allá.
El profeta
rogó al pueblo: “Oh reliquias de Judá: No entréis en Egipto” (v. 19). Luego les
acusó de engaño y falta de sinceridad cuando vinieron a pedir dirección
divina (vrs. 20-21).
Que el
profeta tenía razón se comprobó por lo que sucedió después (43: 1-7). El pueblo
acusó a Jeremías de hablar falsamente (v. 2) y de ser influido por Baruch para
dar consejos que resultarían en el castigo de ellos por los caldeos (v. 3). Con
una actitud desafiante, emigraron a Egipto, llevando a Jeremías y a Baruch con
ellos (vrs. 5-8).
En Egipto,
Jeremías predijo que Nabucodonosor conquistaría ese país y destruiría sus
dioses (43: 8-13). Esto se cumplió en el año 568 A.C.
J. LOS JUDIOS EN EGIPTO (capítulo 44)
En vista de
la destrucción de Jerusalén como castigo por la idolatría de los israelitas,
es difícil entender la actitud de los judíos en Egipto. Se hundieron aún más
profundamente en la idolatría. Quemaban incienso a los dioses de Egipto (v. 8).
Por tanto, Jeremías predijo la destrucción del remanente (v. 12).
El desafío
de los judíos hacia Dios y su profeta, se describe en el lenguaje duro del
versículo 16. Alegaban que al quemar incienso a la reina del cielo (Ishtar) estaban
mejor materialmente (v. 17). Pero el profeta les recuerda que fue la
idolatría de ellos lo que trajo la cautividad. Este parece ser el último
mensaje de Jeremías.
K. BARUCH, EL BIOGRAFO (capítulo 45)